Las “lecciones” de Sócrates
Yo, en rigor, no he llegado a ser maestro de
nadie. Si al realizar mi tarea alguien quería escuchar lo que yo decía,
fuera joven o anciano, nadie jamás se lo impedía. Yo no dialogo cuando
recibo dinero y me niego cuando no lo recibo, sino que de manera similar
me ofrezco al rico y al pobre para que interroguen y para escuchar, si
quieren, lo que yo digo al responder. Siendo así las cosas, si alguno
luego es honesto o no, no se me puede imputar la culpa, como no se me
pueden imputar lecciones que jamás he dado. Y si alguien dice que en
algún momento ha aprendido de mí o escuchado privadamente algo que no
han [oído] todos los demás, sepan que no dice la verdad. Pero entonces,
¿por qué algunos se complacen en pasar mucho tiempo conmigo? Ustedes lo
han escuchado, señores atenienses; les he dicho toda la verdad: sucede
que los que me escuchan se regocijan cuando examino a los que creen ser
sabios sin serlo, pues no carece de amenidad. Pero en cuanto a mí, tal
como lo he referido, se trata de algo que me ha ordenado hacer el dios,
sea a través de oráculos, o de sueños, o bien de cualquier otro modo por
el cual algún designio divino ordena a un hombre hacer algo.55 …sta es
la verdad, señores atenienses, y fácil de probar. En efecto, si yo ahora
corrompo a unos jóvenes, y ya he corrompido a otros, es necesario que
algunos de ellos, que han llegado a viejos, hayan conocido a aquellos
que, cuando eran jóvenes, yo les haya aconsejado mal alguna vez, y ahora
comparecerían para acusarme y pedir mi castigo. Y si ellos mismos no
hubieran querido [hacerlo], algunos familiares de ellos, padres,
hermanos y otros parientes, puesto que los de su familia habrían sufrido
algún mal de mi parte, se acordarían ahora y me acusarían. De cualquier
modo, aquí están presentes muchos de ellos, que yo estoy viendo: en
primer lugar Critón, que es de mi misma edad y distrito, padre de
Critóbulo, que está aquí; luego Lisanias de Esfeto, padre de Esquines,
también presente. Además, Antifonte de Quéfiso, padre de Epígenes. Y
estos otros cuyos hermanos han pasado el tiempo [conmigo]; Nicóstrato
-hijo de Teozótides y hermano de Teodoreto (Teodoreto ha muerto, de modo
que no ha podido hacerle la más mínima presión para que viniese)-,
también Paralo, hijo de Demódoco y hermano de Teages. Este es Adimanto,
hijo de Aristón, cuyo hermano Platón está presente, y Ayantodoro, cuyo
hermano Apolodoro también está aquí. Y muchos otros puedo nombrar,
alguno de los cuales, como mínimo, Melero habría debido ofrecer como
testigos en su discurso. Silo ha olvidado en ese momento, que los
ofrezca ahora, yo le cedo mi lugar, que diga si cuenta con alguno de esa
índole. Pero todo lo contrario de eso es lo que escucharán, señores:
todos están dispuestos a socorrerme, a mí, que los corrompo, que hago
mal a sus parientes, según dicen Meleto 19 y Anito. Claro que respecto
de los que ya están corrompidos puede explicarse cal vez que acudan en
mi ayuda. Pero los que no están corrompidos, hombres de mayor edad que
son parientes de ellos, ¿por qué motivo puede explicarse que acudan en
mi ayuda como no sea lo recto y lo justo, porque advierten que Meleto
miente y yo digo la verdad?. La conducta de
Sócrates en el Tribunal
Bien, señores, con esto ya tendría para defenderme o, a lo sumo,
añadiendo algunas cosas semejantes. Pero quizás alguno de ustedes podría
irritarse al recordar que él mismo, al litigar en un pleito menor que
éste, ha rogado y suplicado a los jueces con abundantes lágrimas,
incluso trayendo consigo a los hijos a fin de ser compadecido lo más
posible, y otros parientes y muchos amigos, y ahora se encuentran con
que yo no hago nada de eso, aunque estoy corriendo, según ha de
parecerles, el mayor de los peligros. Quizá tras pensar esas cosas, se
enfurecerán conmigo, y encolerizados por ellas, depositen su voto con
cólera. Si llegara a darse ese caso entre ustedes -yo ciertamente espero
que no- creo que hablaría con derecho si les dijese: “Sin duda,
excelente amigo, también yo tengo parientes; en efecto, para decirlo
como Homero, ëno he nacido de troncos ni de piedras sino de hombres, de
modo que tengo parientes, incluso hijos, señores atenienses, tres
[hijos], uno de ellos ya muchacho, los otros dos niños. No obstante no
he traído aquí a ninguno de ellos para pedir a ustedes que voten contra
mi condena. ¿Por qué no he de hacer ninguna de esas cosas? No por
obstinado, señores atenienses, ni por subestimarlos; y si yo me comporto
frente a la muerte temerariamente, ésa es otra cuestión; más bien es en
relación a mi honor, el de ustedes y el de la ciudad entera que no me
parece bien que yo haga alguna de tales cosas a una edad como la mía y
con el nombre con que cuento; ya que, sea cierto o falso, el caso es que
existe la opinión de que Sócrates se distingue en algo de la mayoría de
los hombres. Pues bien, si los que de ustedes parecen distinguirse por
su sabiduría, por su valor o por cualquier otro modo de perfección,
obraran de la manera mencionada, sería vergonzoso. Precisamente más de
una vez he visto a algunos que tienen reputación, y que cuando son
procesados hacen cosas insólitas, convencidos de que morir es algo
terrible1 como si fuesen inmortales en caso de que ustedes no los
condenaran a muerte. A mí me parece que llenan de vergüenza a la ciudad,
al punto que los extranjeros podrían suponer que aquellos atenienses que
son distinguidos en relación con su [tipo de] perfección -y a los que se
los elige para magistrados y otros cargos honoríficos- en nada se
diferencian de las mujeres. Estas cosas, señores atenienses, es
necesario que no las hagamos los que tenemos reputación del modo que
sea. Y si las hacemos [es necesario entonces] que ustedes no lo
permitan, sino que pongan de manifiesto que condenarán con mucho más
[rigor] al que comparece [representando] dramas que muevan a compasión,
y poniendo a la ciudad en ridículo, que a aquel que [se] mantiene [en]
calma. Pero aparte de lo concerniente al honor, señores, no me parece
justo implorar al juez ni ser absuelto implorando, sino informar y
persuadir En efecto, el juez no está sentado allí para hacer justicia a
modo de favor, sino para decidir lo justo: ha jurado no favorecer a
quien le plazca, sino dictar sentencia acorde con las leyes. Por
consiguiente, es necesario que no nos acostumbremos a [hacer que]
ustedes violen el juramento, ni ustedes tampoco deben acostumbrarlos a
ello; pues ni unos ni otros obraríamos religiosamente. No esperen
entonces de mí, señores atenienses, que haga frente a ustedes cosas que
no considero honorables, ni justas, ni religiosas, máxime que
precisamente, por Zeus, estoy acusado por Meleto, aquí presente, de
irreligiosidad. En efecto, si a ustedes, que han hecho aquel 20
juramento, los convenciera haciéndoles violencia con mis ruegos, estaría
enseñándoles a no tener en cuenta a los dioses; y en realidad, al
defenderme [así] me estaría acusando a mí mismo de no creer en dioses.
Pero estoy muy lejos de ello: yo creo, señores atenienses, como ninguno
de mis acusadores, y dejo en manos de ustedes y del dios decidir, a
propósito de mí, de qué modo está dispuesto lo mejor tanto para mí como
para ustedes.
Examen de otras contrapropuestas de penas posibles
El hecho de que no me indigne, señores atenienses, ante este posible
resultado, a saber, que me hayan condenado, contribuyen muchas cosas,
entre otras la de que lo acontecido no era inesperado para mí; sino que
estoy mucho más sorprendido de cómo se ha repartido el número total de
votos. En efecto, yo no creía que la diferencia fuera tan pequeña sino
mucho mayor. En cambio, ahora parece que, si sólo treinta votos hubieran
cambiado, habría sido absuelto. Por consiguiente, creo yo, en lo
concerniente a Melero, heme aquí absuelto, y no sólo absuelto, sino que
es patente a cualquiera que, si no hubiera venido Anito con Licón para
acusarme, [Meleto] tendría que pagar una multa de mil dracmas, por no
recibir la quinta parte de los votos. Pues bien, este señor propone para
mí la pena de muerte. Bien. En cuanto a mí, ¿qué debo contraponerles,
señores atenienses? ¿No es evidente que lo que merezco? ¿Qué cosa
entonces? ¿Qué trato o compensación me merezco simplemente porque no he
guardado reposo a lo largo de la vida, descuidando en cambio las cosas
que [inquietan] a la mayoría, como negocios, administración de la casa,
cargos de estrategas o líderes políticos, magistraturas en general,
etc., así como las ligas, partidos que surgen en la ciudad, por
considerarme en verdad demasiado justo para mantenerme a salvo al ir en
busca de tales cosas? Por ese camino no marché porque al hacerlo no
habría sido útil en nada ni a ustedes ni a mí mismo, sino que fui en
busca de cada uno particularmente, prestándoles así el mayor de los
servicios, a mi modo de ver: por este camino marché, intentando
persuadir a cada uno de ustedes de que no atendieran a ninguna de las
cosas dc ustedes antes que a ustedes mismos. Y que quedaran atendidos de
modo tal que llegaran a ser lo mejor y más sabios posible;
[análogamente], no ascender a las cosas de la ciudad antes que a la
ciudad misma, y del mismo modo en todo lo demás. ¿Qué trato merezco,
pues, por ser así? Un buen trato, señores atenienses, si en realidad se
debe compensar de acuerdo con el merecimiento. Y claro está, algo de tal
índole que me sea apropiado. Ahora bien, ¿qué es apropiado para un
hombre pobre, benefactor necesitado de disponer de tiempo libre para
exhortarlos a ustedes? No hay otra cosa que sea apropiada a un hombre
semejante, señores atenienses, que ser alimentado en el Pritaneo: mucho
más [apropiado] que a cualquiera de ustedes que haya vencido en las
olimpíadas en un caballo de carrera, en un coche de dos o cuatro
caballos. Pues éste les hace creer que son felices, mientras yo [los
hago] ser [felices de verdad]. Además, aquél no necesita de alimento, yo
sí. Por consiguiente, si se debe compensarme según mi justo
merecimiento, yo propongo esto: alimento en el Pritaneo” Tal vez a
ustedes les parezca que al hablar de este modo, como cuando hablaba
acerca de las lamentaciones y ruegos, me expreso jactanciosamente. Pero
no es de cm manera, señores atenienses, sino más bien de esta otra: yo
estoy persuadido de que no cometo involuntariamente injusticia contra
hombre alguno, pero que no los persuado a ustedes de esto. Porque poco
tiempo hemos tenido para dialogar entre nosotros. Si existen entre
ustedes, como entre otros hombres, una ley tal que no permitiera decidir
acerca de 21 [la pena de] muerte en un solo día sino en muchos, creo que
los persuadirla. Pero ahora, en tan poco tiempo, no es fácil disipar tan
grandes calumnias. Persuadido como estoy de que no hago injusticia a
nadie, lejos estoy de hacerme injusticia a mí mismo, y decir respecto de
mí mismo que soy merecedor de algún mal, y proponer algo de esa índole
sobre mí ¿Qué puedo temer? ¿Que me pase lo que Meleto propone para mí,
lo cual -he dicho- no sé si es bueno o malo? ¿O bien, en lugar de eso,
elegir como compensación cosas que bien sé que son malas, tales como la
prisión? ¿Y por qué debo vivir en prisión, esclavo de los magistrados
que guardan turno permanentemente, los Once? ¿O bien [proponer] dinero,
y estar preso basta pagar la multa? Pero sobre esto precisamente acabo
de hablar; no tengo fortuna con la cual pagar multa ¿Acaso he de
proponer el destierro? Quizá con esto me vedan compensado. No obstante,
mucho amor a la vida tendría si fuese tan irreflexivo como para no poder
reflexionar que si ustedes, que son conciudadanos míos, no son capaces
de llegar a soportar mis discursos y argumentaciones, sino que les
resultan pesados y odiosos hasta el punto de que buscan ahora
desembarazarse de ellos, ¿acaso otros lo soportarán fácilmente? Haría
falta mucho para eso, señores atenienses. ¡Linda vida sería para un
hombre de ciudad exiliarse, cambiando una ciudad por otra y vivir
expulsado! Porque han de saber que, vaya adonde vaya, los jóvenes
estarán dispuestos a oírme cuando hablo, como aquí. Y si yo los alejara,
ellos mismos me expulsarían, persuadiendo a sus mayores; pero si no los
alejara, [me expulsarían] sus padres y parientes por sí mismos. Tal vez
alguno diga: “Pero Sócrates, ¿no eres capaz de vivir desterrado por
nosotros, callando y quedándote quieto?” Justamente esto es, entre todas
las cosas, la más difícil de que los convenza a alguno de ustedes. En
efecto, si digo que me es imposible quedarme quieto porque esto es
desobedecer al dios, no los convenceré, como si estuviera fingiendo.
Ahora, si digo que el supremo bien para un hombre viene a ser hablar a
diario acerca de [los modos de] perfección, y las demás cosas acerca de
las cuales ustedes me oyen dialogar cuando me examino a mí mismo y a
otros; y si [añado] que una vida carente de examen no es vida digna para
un hombre, mucho menos los convenceré al decir tales cosas. Sin embargo,
las cosas son del modo que afirmo, señores, aunque no [sea] difícil
persuadirlos de [ellas]. Y yo, por lo demás, no estoy acostumbrado a
considerarme a mí mismo merecedor de pena alguna. Por esa, si uniera
fortuna, propondría una cantidad de dinero que estuviera en condiciones
de pagar; pues eso en nada me perjudicaría. Ahora bien, no tengo
[fortuna]; 22 salvo que ustedes deseen, como compensación, que pague en
la medida que puedo. Quizá podría pagarles una mina de plata: eso es,
pues, cuanto propongo. Pero he aquí, señores atenienses, que Platón,
Critón, Critóbulo y Apolodoro me exhortan a proponer treinta minas y
ellos mismos salen como garantes. Entonces propongo esa cantidad; los
que salen garantes de dinero serán para ustedes solventes.
Alocución a los que han votado por la condena
En verdad, por no [aguardar] un breve tiempo, señores atenienses,
adquirirán la fama y la acusación, por parte de quienes quieren
reprochar a la ciudad, de que hayan matado al sabio varón Sócrates. En
efecto, dirán incluso que soy sabio, aunque no lo sea, aquellos que
desean censurarlos”. Si hubieran aguardado un breve tiempo, esto habría
sucedido por si solo, por mi edad pueden ver que estoy ya avanzado en la
vida, más bien próximo a la muerte. Esto lo digo no a todos ustedes,
sino a aquellos que han votado por mi condena a muerte. Y también esto
les digo a aquellos. Quizá, señores, piensen ustedes que he sido
condenado por carencia de discursos como los que los habrían persuadido
a ustedes, si yo hubiese juzgado que debía hacer y decir todo lo que me
permitiera eludir la sentencia. Lejos de eso. Si se me ha condenado no
ha sido ciertamente por carencia de discursos, sino de temeridad,
desvergüenza y de disposición a decirles cosas como las que a ustedes
les agradaría escuchar de mí, al tiempo que llorara, me lamentara e
hiciese y dijese muchas cosas indignas de mí, según preciso yo: cosas
tales como las que ustedes están acostumbrados a escuchar de los demás.
Pero en su momento he juzgado que no se debe hacer nada servil frente al
peligro, y ahora no me arrepiento de haberme defendido así, sino que con
mucho prefiero la muerte tras defenderme de este modo, que vivir
[habiéndome defendido] con aquellos [otros recursos]. En efecto, sea en
los tribunales o en la guerra, ni yo ni ningún otro debe procurar eludir
la muerte a cualquier precio. Pues en las batallas con frecuencia se
pone de manifiesto que cualquiera puede evitar la muerte arrojando [sus]
armas y volviéndose suplicante hacia los perseguidores. Y hay muchos
otros artificios para eludir la muerte en cualquier caso de peligro, con
tal que uno se atreva a hacer y decir todo [lo necesario]. Pero señores:
lo difícil no es evitar la muerte, sino que mucho más difícil es
[evitar] la bajeza. En efecto, [ésta] corre más rápido que la muerte.
Por eso ahora yo, que soy lento y viejo, soy apresado por el más lento;
mis acusadores, en cambio, por ser vigorosos y veloces [son apresados]
por cl más rápido, la corrupción. Y ahora yo me marcho, condenado a
muerte por ustedes, pero ellos han sido condenados por la verdad por
depravación e injusticia.~ Yo me atengo a mi pena, ellos [a la suya].
Sin duda ha sido necesario que las cosas fueran así y estimo que se dan
según su medida. En fin, además de esto deseo predecirles algo a
ustedes, que me han condenado. Porque estoy ahora en el momento en que
los hombres profetizan mejor: cuando están a punto de morir Pues bien,
señores que me han condenado a muerte, les diré que inmediatamente
después de mi muerte, recibirán un castigo mucho más duro, por Zeus, que
el que me han infligido al condenarme a muerte. En efecto, al hacer esto
creen ahora desembarazarse del tener que someter a prueba su modo de
vida. Pero es muy al contrario lo que resultará de esto, según afirmo.
Muchos más serán los que los sometan a prueba, a los cuales yo he
contenido, sin que ustedes se percataran de ello, y serán más duros
cuanto más jóvenes sean, y ustedes se irritarán mucho más. Porque si
ustedes creen que condenando a muerte a los hombres 23 impedirán que
alguno les reproche que no vivan correctamente, ¿no reflexionan bien? En
efecto, ése no es un [modo] de desembarazarse, ni eficaz en absoluto, ni
honorable; el único [modo] realmente honorable y fácil, no es el de
impedir a los demás, sino el de prepararse a sí mismo de modo de llegar
a ser el mejor Estas son, por lo tanto, las cosas que pronostico a los
que, entre ustedes, me han condenado, al despedirme.
La muerte como bien
En cuanto a los que han votado por mi absolución, con mucho gusto
dialogaría acerca de lo que ha acontecido, mientras los magistrados
pasan el tiempo y yo aún no marcho al lugar al que debo ir para morir.
Permanezcan conmigo, señores, ese rato, ya que nada nos impide conversar
relatándonos entre nosotros hasta tanto sea licito. Y a ustedes, como a
amigos, quisiera mostrarles de qué modo interpreto lo que me ha sucedido
ahora. Me ha sucedido, señores jueces -pues a ustedes los puedo llamar
jueces de verdad- , algo maravilloso. Se trata de aquella profecía
demoníaca habitual en mí, que en tiempos pasados con frecuencia se me
hacía presente y se oponía en asuntos completamente sin importancia
cuando estaba a punto de hacer algo no correcto. Pues bien, ahora me han
sucedido cosas que ustedes mismos ven, y que cualquiera podría juzgar y
considerar que es el peor de los males. Pero he aquí que ni cuando salí
de casa a la mañana temprano, ni cuando concurrí aquí ante el tribunal,
ni en ningún momento en que estaba a punto de decir algo en la
argumentación, se me ha opuesto el signo del dios. Y, sin embargo, en
medio de otros discursos, me ha impedido hablar. Ahora, en cambio,
frente a este asunto, en nada se me ha opuesto, ni al obrar ni al
hablar. ¿Cuál debo suponer que es la causa? Les diré: es probable que lo
que me ha acontecido resulte un bien, y no sea correcta la suposición
que hacemos cuando pensamos que morir es un mal. Una gran prueba de esto
es lo que me ha sucedido a mí; pues no podría ser que el signo habitual
no se me hubiese opuesto, si lo que yo estaba por hacer no fuera bueno.
Reflexionemos un momento: grande es la esperanza de que esto sea un
bien. En efecto, el morir es una de dos cosas: o bien no se existe ni se
posee ninguna sensación de nada, o bien, como algunos dicen, se produce
una transformación del alma, y un cambio de morada desde este lugar
hacia otro lugar. Ahora bien, si no hay ninguna sensación, sino que es
como un sueño al modo de cuando el que duerme no sueña ni ve nada,
¡maravillosa ganancia sería la muerte! Porque a mí me parece que si
alguien tuviera que elegir aquella noche en la cual hubiese dormido tan
profundamente como para no ver sueños, y tras comparar con aquella noche
las demás noches y días de su vida, debiera examinarlas y decir cuántos
días y noches mejores y más agradables que aquella ha vivido en su
propia vida, pienso que no sólo un particular cualquiera sino el mismo
Gran Rey encontraría pocas para contar en relación con las otras noches
y días. Por consiguiente, si la muerte es algo de esta índole, significa
para mí ganancia, pues el tiempo Integro no parecería ser más largo que
una sola noche. Si, en cambio, la muerte es algo así como un partir de
aquí a otro lugar y es cierto lo que se cuenta, en el sentido de que
allí están todos los que han muerto, ¿qué mayor bien habrá que éste,
señores jueces? En efecto, si uno llegara al Hades, desembarazado de
éstos que se dicen jueces y hallase a los verdaderos jueces, aquellos de
los que se dice que juzgan allí: Minos, Radamanto, Eaco, Triptolemo, y
además aquellos semidioses que han sido justos en sus propias vidas,
¿sería acaso un viaje de poco valor? Por convivir, además, con Orfeo y
Museo, Hesíodo y Homero, ¿cuánto no daría cualquiera de ustedes? En
cuanto a mí, estoy dispuesto a morir muchas veces si esto es verdad, ya
que para mí 24 particularmente seria una manera maravillosa de pasar el
tiempo, ya que entonces podría conversar con Palamedes, con Ayax
Telamoniano y cualquiera de los antiguos que hayan muerto merced a una
sentencia injusta: contrastar mi padecimiento con los de ellos, me
parece, no sería desagradable. Y lo más grande de todo: ocuparme, como
con los de aquí, de examinar e inquirir allí quién de ellos es sabio y
quién parece [serlo], pero no [lo es]. ¿Cuánto no daría cualquiera,
señores jueces, por escrutar al que ha conducido hacia Troya al numeroso
ejército, o bien a Ulises o a Sísifo, o bien otros miles de hombres y
mujeres que se podrían mencionar? ¡Convivir con ellos, dialogar con
ellos y examinarlos sería una felicidad inconcebible! Por lo demás, sin
duda los de allí no me condenarían a muerte por esa causa: en efecto,
los de allí son también en las otras cosas más felices que los de aquí,
y son desde ya por el resto del tiempo inmortales, si es que las cosas
que se cuentan son ciertas. En cuanto a ustedes, señores jueces, es
necesario que enfrenten a la muerte con buenas esperanzas, y conciban
una sola cosa como verdadera: que no existe mal alguno para el hombre de
bien, sea vivo o tras la muerte, y que sus obras no son descuidadas por
los dioses. Lo que me ha sucedido no se debe al azar, sino que me
resulta patente que ya era mejor para mí morir y descansar de mis
tareas. Por ese motivo en ningún momento el signo me ha disuadido y por
lo mismo no me irrito demasiado contra los que me han condenado ni
contra mis acusadores. Claro que no es con este pensamiento que me han
condenado y me han acusado, sino creyendo perjudicarme, en lo cual
merecen ser censurados. No obstante, les pido sólo esto: cuando mis
hijos crezcan, castíguenlos, señores, afligiéndolos con las mismas cosas
con que yo los he afligido a ustedes, si les parece que se preocupan por
la fortuna o por cualquier otra cosa antes que por su perfección. Y si
aparentan ser algo que no son, repróchenselo, como yo [lo he hecho] con
ustedes, por no preocuparse de las cosas que deben, y crean merecer algo
que no merecen. Si ustedes hacen esto, yo mismo habré sido objeto de
acciones justas por parte de ustedes, y también mis hijos. Pero es ya
hora de marchamos, yo para morir, ustedes para seguir viviendo. Quiénes
[ustedes o yo] avanzan hacia una realidad mejor, no es manifiesto a
nadie excepto al dios