Gracias a sus descubrimientos metafísicos,
Aristóteles es el primer filósofo que establece vías universalmente
válidas del pensamiento hacia Dios
1. CIELOS Y TIERRA: LA IMAGEN DEL MUNDO.
Como en toda la antigüedad, también en Aristóteles la imagen del Universo
es la de un todo ordenado admirable (cosmos). Las regiones del
mundo son dos: la Tierra y los cielos astronómicos. La Tierra ha sido
objeto de estudio en la Física; las substancias naturales son
cambiantes y corruptibles; constan de elementos. En la Tierra todo es
cambio. En los cielos, por el contrario, no hay el más mínimo cambio:
movimiento local perfecto, circular. La astronomía antigua y moderna,
hasta Johannes Kepler (1571-1630), tomaba como evidente el carácter
circular de las órbitas celestes debido a la creencia implícita en que los
cielos son la región de las cosas eternas.
Aristóteles no elaboró una astronomía, se limitó a adoptar las teorías
vigentes en su tiempo, las cuales no pretendían describir la realidad sino
tan sólo explicar las “apariencias celestes”. La Astronomía de Eudoxio de
Cnido (408-355, a.C.) mejorada por Calipso de Cízico, es adoptada por
Aristóteles, que la puso en estrecha vinculación con ideas metafísicas.
Así cada una de las esferas o cielos, de que consta el Cosmos, es un
cuerpo indestructible, hecho de una “quinta esencia” o materia sutil e
incorruptible (“éter”), que está animado por un principio vital a modo de
forma sustancial: una inteligencia también incorruptible. La Inteligencia
que anima el primer cielo, es el Primer Motor Inmóvil, de la Física.
La Tierra se encuentra en el centro (geocentrismo) del sistema de los
cielos, inmóvil. Las esferas giran en torno a la Tierra, incorruptibles y
perfectas. La perfección de las esferas
celestes es mayor cuanto más se alejan de la Tierra. Hay siete esferas por
encima de la Tierra, que contienen 34 órbitas, esto es, sistemas orbitales,
giratorios, en los que se sitúan la Luna, el Sol, y los planetas conocidos
(Venus, Mercurio, Marte, más Júpiter y Saturno), finalmente, hay la órbita
de las estrellas fijas, que los contiene todos. Cada movimiento orbital
está equilibrado por una esfera compensatoria, que gira en sentido
contrario con la misma velocidad angular, de manera que el total de
esferas o orbes es de 55 o de 47. Con este modelo de “máquina de los
cielos” Aristóteles sólo pretendía “explicar las apariencias”, es decir,
aquello que vemos en la alternancia del día y la noche, los meses, las
estaciones, etc.
El movimiento de los cielos proviene de un impulso mecánico comunicado por
el Primer Motor. El Primer Motor se ocupa, él mismo, en el conocimiento de
Dios. Dios no forma parte del Universo. Y “mueve” de manera figurada: la
Inteligencia del primer cielo lo conoce y en su contemplación encuentra un
gozo perfecto, que traduce en la comunicación a su cuerpo de un movimiento
perfecto; el primer cielo, por tanto, se mueve de manera uniforme y
eterna. El movimiento perfecto de los cielos alcanzando a las dos últimas
esferas, experimenta perturbaciones: la inclinación del zodíaco explica la
aproximación y alejamiento periódicos del Sol a la Tierra, las
perturbaciones atmosféricas, los cambios de los elementos terrestres. La
mecánica celeste de Aristóteles estuvo vigente hasta el siglo XVI. El
único interés que tiene hoy es ver cómo el Estagirita ordenaba las
sustancias por grados de perfección ascendente hasta llegar a Dios, el
cual está fuera de la Naturaleza. Las inteligencias intermedias eran
hipotéticas, como todo el sistema astronómico. En todo caso, reflejaban la
convicción de que lo actual –lo que tiene acto– es sobre todo intelectual
y tiene grados: el hombre corona el mundo físico, con una mente (noûs)
capaz de conocerlo todo; por encima del hombre, con una actualidad
superior, cada inteligencia es un grado, hasta llegar a Dios, Inteligencia
que es Acto puro. El Neoplatonismo pseudo-aristotélico otorgaría un enorme
papel a las inteligencias “separadas” al pretender que el alma de todos
los hombres o incluso Dios mismo, eran alguna de aquellas sustancias
perfectas, “separadas”.
2. LA EXISTENCIA DE DIOS.
2.1. Argumento general: prioridad absoluta del ser en acto sobre el
ser en potencia.
Aristóteles llega a la existencia de un Dios único por la línea de la
absoluta prioridad del acto sobre la potencia. Un principio netamente
aristotélico, de gran trascendencia es prioridad del acto respecto al ser
en potencia. El acto es “antes” que el ser en potencia, no sólo según la
perfección, sino también según el tiempo, y en todos los sentidos. Por
tanto allí donde se encuentre ente en potencia es preciso que haya un ser
en acto, superior, que le comunique actualidad; y así siempre, hasta
llegar a un Acto tal que, no teniendo potencialidad alguna, sea Acto
“puro”, el Acto superior a cualquier acto; y en consecuencia, no puede ser
precedido por ningún otro acto, antes bien los precede a todos, no depende
de nada ni es causado, sino que todos dependen de Él. La prioridad del
acto exige la existencia del Acto puro (= sin potencia), ya que la
actualidad no se sostiene en la potencia sino precisamente a la inversa.
Ahora bien, tal prioridad se contempla según dos ópticas: la del
conocimiento y la del cambio físico en el mundo.
2.2. Argumentos basados en la prioridad absoluta de la inteligencia.
Como la primera significación de “ser en acto “ es el conocer (como el que
está despierto al que duerme, como el que piensa a quien puede pensar),
acto es sinónimo de perfección. La acción cognoscitiva es superior a la
acción física. Cuando consideramos en acto, «vemos», pero, no lo sabemos
todo: podemos saberlo todo, pero no lo sabemos todo. En la línea del acto
vital, se ve una potencialidad distinta de la material: no lo sabemos
todo, no lo sabemos siempre, aunque saber es perfección; esta perfección
no se sostiene por sí sola, por lo tanto hay una Inteligencia en acto de
entender, plena y eterna: esto es, el Acto puro, el entender de un
Inteligente que entiende en plena actualidad. Es vida perfecta y eterna.
Esto es el Dios de Aristóteles.
El argumento por la prioridad de la inteligencia elaborado en la época
platónica, se encontraba en los escritos de juventud y presentaba diversas
formas:
·a) Por el orden del mundo
El objeto de la inteligencia es el orden. Si el mundo es inteligible ha de
haber un Inteligente por encima del mundo: «si alguien sentado en lo alto
de la montaña troyana de Ida, hubiese visto el ejército de los helenos
avanzando por la llanura en orden y disposición perfectas..., tendría la
idea de que existiría un ordenador de tal orden, que mandase a unos
soldados tan bien dispuestos bajo su mando... De la misma manera, los
primeros que miraron el cielo y contemplaron el sol recorriendo su curso
desde la aurora hasta el ocaso, y las ordenadas danzas de los astros,
buscaron un Artífice de esta bella ordenación, pensando en la
imposibilidad de que se hubiera podido formar al azar, y sí, en cambio,
por obra de una naturaleza superior e incorruptible, que era Dios».
·b) Por los grados de perfección de los seres.
Allí donde hay un más y un menos de perfección, tiene que haber un
Ser perfectísimo, un Máximo, y Éste es Dios: «Se puede afirmar que en
todas partes donde hay una jerarquía de grados y, por tanto, un
acercamiento mayor o menor a la perfección, existe necesariamente una cosa
absolutamente perfecta. Ahora bien, como en todo lo que existe se da una
gradación de cosas más o menos perfectas, por la misma razón existirá
también un Ser más perfecto que todos, el cual podría ser Dios».
·c) Por la experiencia psicológica.
Aristóteles solía decir que «la idea de Dios viene en los hombres de dos
fuentes distintas: en primer lugar, de las experiencias de la vida
psíquica; después, de la contemplación de los cuerpos celestes. En cuanto
a la primera, tiene en cuenta los influjos divinos y la clarividencia que
sobreviene al sueño».
Más que en Platón, para Aristóteles es imprescindible postular alguna
forma de influjo divino en el alma humana, para que ésta sea capaz de
formular la idea de Ser infinito, por mucho que contemple el cielo
estrellado; en efecto, si todo nuestro conocimiento deriva de la
experiencia sensible, ¿de dónde proviene la idea de Dios, como Ser
infinito? Ninguna sensación puede proporcionar la idea del infinito
positivo.
2.3.<El argumento basado en el movimiento.
Es la prueba típicamente aristotélica aunque ya la había formulado Platón.
Tanto la Física como la Metafísica parten del hecho evidente del
movimiento, que consideran eterno, pero andan en busca de una Causa
suprema y Primera para explicarlo.
En efecto, no hay ninguna cosa en el mundo que no cambie. Ahora bien,
“todo lo que se mueve, es movido por otro” (principio de causalidad). Todo
movimiento requiere un motor distinto del móvil. Pero la serie de motores
móviles, que se subordinen en el acto de moverse, no puede remontarse al
infinito. Es necesario pararse, llegamos así a un Primer Motor que mueve
todas las cosas sin ser movido él mismo. El Primer Motor es inmóvil y
eterno, puesto que el movimiento cósmico es también único y eterno.
El Primer Motor de la Física aparece como una parte del mundo: comunica la
rotación a la periferia suprema del Universo. Por lo tanto este Primer
Motor formaría parte del mundo. Es el alma del primer cielo. Lo mueve
físicamente, por impulso y contacto, de modo semejante a como el alma
mueve al cuerpo. El Primer Motor es inmóvil, activo, inteligente y alma
del primer cielo que circunda el Universo. Aristóteles en la Física no le
da el nombre de Dios.
En la Metafísica sigue un proceso similar: partiendo de la realidad del
cambio eterno en el mundo, se propone demostrar que existe una sustancia
separada, inmóvil, eterna e incorruptible. Ahora ya distingue tres tipos
de sustancia: las terrestres y las celestes son físicas, móviles, aunque
las primeras corruptibles y las segundas no; por encima de todas ellas,
hay otra, inmóvil y, por tanto, eterna, incorruptible.
El nervio de todo el argumento es el principio de causalidad: lo
más no puede provenir de lo menos. «El ser no procede del Caos ni de la
Noche». Como el acto es anterior a la potencia, así el motor es anterior
al móvil. Y dado que en las cosas hay un cambio continuo, cíclico, de
generaciones y corrupciones, ha de existir una sustancia primera,
inmaterial, Acto Puro, sin mezcla de potencialidad que comunica el acto a
todos los seres de modo continuo y uniforme. Si no existiera el Acto puro,
siendo todas las cosas corruptibles, alguna vez dejaría todo de existir.
En suma, más allá de los movimientos y variedad de sustancias cambiantes
de la Tierra, y más allá de los cuerpos celestes que comunican movimiento
y vida, ha de haber un Ser que mueve sin ser movido, que es Acto y no es
en potencia en ningún sentido: «Y esto es Dios», afirma (Metaph., XII, 7).
3. NATURALEZA DE DIOS.
La demostración de la existencia de Dios comporta ya el conocimiento de
algunos atributos o propiedades que nos dan a conocer cómo es Dios
y cómo opera. Ante todo, como es el Acto puro -- del que dependen todos
los existentes, en su realidad y movimiento -- , se puede afirmar que está
manteniendo en la existencia todas las cosas: «de este Principio penden el
cielo y la naturaleza toda» (Metaph.,XII, 7)
En este argumento, el sistema aristotélico no depende ya de la astronomía
ni de la mecánica antiguas; ha trascendido el orden físico. Si en el
cosmos todo se mueve siempre, tiene que haber una Causa primera de este
movimiento constante, la cual se encuentra fuera de cualquier movimiento,
porque no necesita ser movida para comunicar actualidad. Es actualidad
eterna, inmóvil, separada de lo sensible, inmaterial, indivisible, sin
partes, sin pasividad, y , por tanto, inmutable e inalterable,
incorruptible y «dotada de un Poder infinito».
El Acto puro que es Dios, es vida y felicidad perfectas: «Su actividad es
como la más perfecta que nosotros somos capaces de vivir por un breve
intervalo de tiempo. Es siempre feliz, cosa que para nosotros es
imposible, porque su actividad es gozo (por esto, el estar despierto, la
sensación y el pensamiento son sumamente placenteros, y en virtud de
estos, lo son la esperanza y los recuerdos)».
Dios es vida, más aún, es la forma más alta de vida: es Acto de pensar,
contemplación que nunca acaba:
«Así pues, si Dios se encuentra siempre tan
bien como algunas veces nos encontramos nosotros, es admirable. Y si se
encuentra mejor, todavía más admirable. Y así es. Y en El hay vida --
porque la actividad del entendimiento --; es vida y es idéntico a tal
actividad. Y su actividad es, en sí misma, vida perfecta y eterna.
Afirmamos, pues, que Dios es un Viviente eterno y perfecto. Así, pues, a
Dios le corresponde vivir una vida continua y eterna. Esto es, pues,
Dios» (Metaph.,XII, 7)
.
Pero la vida divina se encuentra encerrada sobre sí misma: el Acto puro de
pensar no contempla nada exterior a sí, porque esto lo supondría en
potencia. Conocer cosas externas a Él, sería imperfección y dependencia --
considera Aristóteles --, por tanto, no conoce nada fuera de sí mismo y en
sí encuentra la plenitud de la felicidad.
El hombre y las inteligencias de las esferas pueden conocer y amar a Dios;
pero El no puede amar. Para Aristóteles, lo que nosotros llamamos amor
implica indigencia, deseo (orexis), potencialidad; pero el Entendimiento,
que es Acto puro de ser, no puede estar en potencia respecto a nada. Por
eso Aristóteles sostiene que Dios no conoce el mundo, ni los hombres.
Tampoco es el Creador. Su causalidad sobre el mundo no es eficiente, sino
final: “mueve como amado”, con una especie de causalidad psicológica.
Extracto del libro S. Fernández Burillo – J. García del Muro i Solans,
Història de la Filosofía, Lérida 1998, pp. 63-67 [ISBN:
84-605-8095-4]. Traducción de A. Orozco-Delclós.