Filosofía
Tolerancia: La
apología de Voltaire

Carlos E Miranda
cmiranda@uchile.cl

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Voltaire Vida y Obra - La Ilustración - Filosofía de la Ilustración -

En los últimos años se ha producido una notable expansión de regímenes democráticos en diversos lugares del mundo. Muchos de ellos luchan por consolidarse. La tarea no es fácil, ya que la democracia no consiste solamente en el establecimiento de instituciones jurídicas y políticas. Más importante es la práctica de los valores que la sustentan. Entre ellos uno de los más fundamentales es el espíritu de tolerancia. Y cuando uno reflexiona sobre la tolerancia, acude de inmediato a la mente la figura de Francois Marie Arouet, Voltaire, uno de sus más ardorosos apologistas.

 

Sin embargo, ¿será adecuado desarrollar un argumento político basándose en un autor manifiestamente no político?

 

Ciertamente, en la obra de Voltaire no existe lo que pudiera ser calificado con propiedad como un pensamiento político, si por tal entendemos el tratamiento sistemático de ciertos temas o problemas de la política y la propuesta de un determinado sistema de ordenamiento social con sus correspondientes instituciones. Nada semejante a esto hay en las miles de páginas escritas por Voltaire en el transcurso de su larga vida. Desde cierta perspectiva, tal vez incluso pudiera ser considerado como contradictorio que un espíritu tan extremadamente abierto como el suyo se preocupara de elaborar un cuerpo doctrinario necesariamente excluyente de otras doctrinas.


No obstante, es indudable que algunas ideas de Voltaire tuvieron un fuerte impacto político aun cuando ellas fueran postuladas con propósitos por completo ajenos a la política. Es así como principios y valores ardorosamente defendidos por Voltaire en causas vinculadas a la esfera de la tolerancia religiosa, por ejemplo, contribuyeron en importante medida a la configuración del ambiente intelectual y cultural que preparó el camino a la Revolución Francesa. Pero su influencia "ideológica" en este evento fue indirecta.


De ninguna manera podría sostenerse que Voltaire haya sido él mismo un revolucionario o que estuviera impulsado por el anhelo de un profundo cambio social. Ni siquiera creo que sea sustentable atribuir a Voltaire una nítida inclinación o preferencia por la democracia como régimen de gobierno. La monarquía, incluso la monarquía absoluta, no aparece para él como un problema; la acepta como un hecho que no cuestiona. Más aún, sus juicios valorativos acerca del comportamiento o las decisiones del rey son casi siempre elogiosos. Ciertamente, no es ésta la actitud de un escritor revolucionario.

 

De modo, pues, que si ideas de Voltaire sirvieron para alimentar y fundamentar los principios centrales de la Revolución Francesa, y si hasta el día de hoy sirven para promover los valores de la democracia moderna, ello no se debe a la supuesta existencia de una "filosofía política" de Voltaire, sino a la fuerza de estas ideas y a la elocuencia con que nuestro autor supo defenderlas en dominios ajenos al ámbito político propiamente tal.
 

Para decirlo más claramente: a Voltaire no le interesaba la política; lo que a él le interesaba era algo mucho más profundo y fundamental: la dignidad humana, el respeto debido a cada hombre. Para lograr ese respeto se requiere el reconocimiento y la aceptación de la libertad individual, de la igualdad de derechos de todos los hombres y, como consecuencia, de la fraternidad existente entre ellos por su propia naturaleza, es decir, por el hecho de ser hombres.

 

Pareciera que Voltaire no percibió que estos valores superiores sólo pueden ser alcanzados en la realidad por medios políticos; es decir, que no es indiferente el régimen político para su concreción efectiva. La ceguera de Voltaire en este punto crucial puede ser considerada como una consecuencia de su ya mencionado desinterés por la política, y corrobora la ausencia de un pensamiento político sistemáticamente elaborado dentro de su obra. A pesar de ello, sin embargo, el impacto político de sus ideas es un hecho incuestionable, como podremos apreciarlo si examinamos la que tal vez sea su idea dominante: la tolerancia.

 

En efecto, si hay un rasgo característico del pensamiento de Voltaire es su espíritu de tolerancia. A su defensa él dedicó no sólo su Traité sur la Tolérance, sino también, entre otros escritos, varios artículos del Dictionnaire Philosophique, en los que se refiere directa o indirectamente al tema. Lo mismo ocurre en numerosos pasajes de las Lettres Anglaises o Lettres Philosophiques, como también se las conoce. Estas fueron escritas entre 1726 y 1730, durante el exilio de Voltaire en Inglaterra, y reflejan su alta valoración de las instituciones y principalmente de los hábitos sociales ingleses, tan contrapuestos en su espíritu libertario a los existentes en esa época en Francia. Las Lettres fueron publicadas en Francia en 1734, y su destino inmediato fue ser lanzadas a la hoguera a raíz de un fallo del Parlamento del 10 de junio de ese mismo año. El fallo condenaba el libro como "propio para inspirar el libertinaje más peligroso para la religión y para el orden de la sociedad civil".


Irónicamente, el texto del fallo ilustra con dramática claridad acerca de la interconexión existente entre la esfera religiosa y la política. Es cierto que la apología volteriana de la tolerancia está principalmente dirigida al ámbito religioso, pero la aplicación de sus argumentos exceden ese solo campo e invaden otros espacios de la vida social donde también son válidos, en la medida en que el poder intenta reprimir la expresión de ciertas opiniones o creencias. Es por esta razón que las ideas volterianas, en sí mismas a-políticas, tienen inevitablemente repercusiones políticas.

 

El caso de las Lettres Anglaises es en este sentido significativo. La obra, presa de la intolerancia política, no es un escrito político. Sus principales objetivos eran divulgar la física de Newton y la filosofía de Locke. El libro recogía la admiración de Voltaire por Inglaterra; pero, como acertadamente ha comentado George Sabine, esta admiración "estaba motivada en menor grado por su gobierno representativo que por la libertad de discusión y publicación que permitía".

 

En el Dictionnaire Philosophique Voltaire pone en boca de Milord Boldmind, oficial general inglés, las siguientes palabras: "Los tiranos del pensamiento son los que han causado gran parte de las desgracias del mundo. En Inglaterra no fuimos felices hasta que cada uno de sus habitantes gozó con libertad el derecho de expresar su opinión".

 

Esta libertad aparecía como algo admirable ante los ojos de Voltaire, debido a lo poco difundida que se hallaba en el mundo. Sin embargo era un buen indicio, que permitía alentar el optimismo volteriano, del advenimiento de la racionalidad entre los hombres. El cifraba en la razón la esperanza del término de la larga historia de guerras, persecuciones y crímenes que han dividido a los hombres, principalmente por motivos de creencias indemostrables racionalmente. La razón, en cambio, escribe Voltaire, "ilumina lenta, pero infaliblemente a los hombres". Y agrega: "La razón es tan dulce, tan humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la obediencia a las leyes, más todavía de lo que la mantiene la fuerza".


Por cierto, la razón no hace que todos los hombres piensen de la misma manera, salvo en aquellas cosas que la razón puede realmente comprender y que son demostrables racionalmente, como es el caso, por ejemplo, de la matemática. "Euclides persuadió fácilmente a todos los hombres de las verdades de la geometría. ¿Por qué? Porque no hay ninguna que no sea un corolario evidente de este pequeño axioma: dos y dos son cuatro. No ocurre lo mismo con las verdades de la metafísica y de la teología".

 

Voltaire no tenía reparos en confesar su incapacidad para comprender este último tipo de verdades, pero no lo hacía a partir de una actitud de modestia intelectual subjetiva, sino que creía que ningún hombre tenía la capacidad para entenderlas. Este convencimiento es la raíz de su condena a las disputas teológicas, en las que cada bando sólo puede sustentar su posición en dogmas que en último término no puede entender. Por esta razón, él consideraba "el colmo de la locura pretender que todos los hombres pensaran de la misma manera respecto de la metafísica. Mucho más fácil sería subyugar el universo entero por la fuerza de las armas, que a los espíritus de una sola ciudad".

 

Esta insensata pretensión, sin embargo, es la que ha animado a los fanáticos de todos los tiempos, quienes debido a su incapacidad de persuadir a otros de la supuesta verdad de sus dogmas, no han vacilado, cuando han contado con el poder para hacerlo, en recurrir a la fuerza del castigo, la tortura, la cárcel o la hoguera.

 

El rechazo volteriano del fanatismo y la intolerancia es, por cierto, aplicable a cualquier manifestación de este tipo de actitudes. Desgraciadamente, donde éstas han aparecido de manera más recurrente ha sido en la historia del cristianismo, plagada de controversias teológicas que proporcionan abundantes ejemplos de lo que Voltaire quisiera ver superado. Pero, a mi entender, su objetivo principal no era atacar a la Iglesia ni menos aún a la religión, sino más bien atacar los crímenes que en nombre de la religión se han cometido. El se declaraba respetuoso de la religión, cuyas verdades no pretendía comprender porque ellas sobrepasaban su capacidad de entendimiento y la de todos los hombres. Por esta misma razón, no podía aceptar que algunos hombres intentaran imponer a otros sus propias interpretaciones acerca de la Revelación. "Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros". Más inaceptable aún le parecía a Voltaire pretender imponer el dogma cristiano a través de medios coercitivos. "En fin, ¿querríais sostener con verdugos la religión de un Dios a quien los verdugos hicieron perecer y que sólo predicó la dulzura y la paciencia?"


"La intolerancia ha convertido la tierra en una carnicería" , escribe Voltaire. Y si bien este efecto es siempre repudiable, lo es mucho más en el caso del cristianismo, religión que se sustenta en los principios del amor y la caridad. Estos principios son incompatibles con los odios persecutorios que han desplegado algunos de sus fieles.

 

Pero quiero insistir en que la crítica volteriana a los inquisidores cristianos no involucra un rechazo a la religión sino que está dirigida contra las acciones persecutorias, intolerantes, fanáticas que han ejecutado ciertos creyentes. Sus argumentos, si bien referidos al ámbito religioso, serían enteramente aplicables contra las prácticas de intolerancia política que hemos presenciado en muchos lugares a lo largo del siglo XX. Concuerdo con el juicio de Sabine respecto del significado profundo del pensamiento de Voltaire en el tema que nos ocupa. Dice Sabine: "Su ataque contra el cristianismo perseguidor es probablemente la mayor contribución que se haya hecho jamás a la libertad de palabra". Aunque realizado en forma indirecta, éste es, en efecto, el mayor aporte de Voltaire a la filosofía política. Y lo es más por el ardor y el convencimiento con los que despliega sus argumentos que por la originalidad de los mismos. Por cierto, no fue él el primero en ocuparse de este tema crucial para el desarrollo de la teoría democrática moderna. Ya anteriormente lo había hecho, entre otros, "el sabio" Locke, como acostumbraba Voltaire llamar al filósofo inglés a quien tanto admiraba.

 

Ahora bien, defender la libertad de palabra involucra tolerancia frente a opiniones ajenas y renuncia a posiciones dogmáticas. A su vez, estas actitudes constituyen las condiciones de posibilidad para el logro de la paz y la felicidad. En palabras de Voltaire: "Cuanto menos dogmas, menos disputas, menos desgracias". Nuestro autor asigna a la filosofía la misión de sacar a los hombres de la ignorancia que los impulsa a refugiarse en los dogmas y las supersticiones. En fin, escribe con ironía, "cuando la filosofía ha empezado a ilustrar un poco a los hombres, se ha cesado de perseguir a los brujos, y (éstos) han desaparecido de la tierra".

 

Pero Voltaire no se forja demasiadas ilusiones acerca del poder del espíritu filosófico ni de que éste se haya consolidado entre los hombres. En los capítulos finales del Tratado de la Tolerancia advierte premonitoriamente: "No se diga que no quedan huellas del horrible fanatismo, de la intolerancia; quedan todavía en todas partes, incluso en los países que pasan por más humanos". Y más adelante agrega: "Temamos siempre el exceso a donde conduce el fanatismo. Déjese a ese monstruo en libertad, no se corten sus garras ni se arranquen sus dientes, cállese la razón, tan a menudo perseguida, y se verán los mismos horrores que en los pasados siglos: el germen subsiste; si no lo ahogáis cubrirá la tierra":

 

Parece superfluo comentar la pertinencia de los temores de Voltaire. Hasta el día de hoy seguimos presenciando las atrocidades de la intolerancia partidista, sea ésta política, religiosa o étnica.

 

A pesar de todo, quizás lo más saludable sea mantener la esperanza que animaba a Voltaire al definir el objetivo de su Tratado de la Tolerancia: "Este escrito sobre la tolerancia es un informe que la humanidad presenta muy humildemente al poder y a la prudencia. Siembro un grano que algún día producirá una cosecha"

Licenciado en Filosofía y Magíster en Estudios Internacionales, Universidad de Chile; M.A. en Ciencia Política, Georgetown University. Académico del Instituto - Universidad Nacional de Lomas de Zamora

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