5. Magia, Filosofía
Natural y Ciencia. El primer paso después del rebasamiento de
Aristóteles es el ya insinuado por Pito della Mirándola: la magia. Ésta
se basa en dos principios fundamentales: primeramente en el hecho de que
todo ser del universo está penetrado por una fuerza especial, única y
semejante (o igual) a la que anima al hombre y que lleva a una comunidad
de todos los seres en forma de simpatía universal. Con ello surge el
intento de querer apresar esa fuerza común y oculta como se puede
apresar y dominar cualquier objeto natural. El segundo principio se
deriva de éste y consiste en la admisión de la posibilidad de penetrar
en los secretos más ocultos de la naturaleza de forma directa, para lo
cual se inventan fórmulas y procedimientos mágicos eficaces. Se trata,
pues, de un dominio del hombre sobre todo lo natural, partiendo de la
base de la comunidad de naturaleza que une lo más oculto y radical de
los seres con lo más oculto y radical del hombre mismo y sus poderes.
El núcleo del universo viene expresado de las formas más diversas;
así, para Cornelio Agripa Nettesheim (14861535), lo que penetra al
hombre y al cosmos entero es el espíritu; el hombre con su alma, puede
así dominar los secretos del mundo por medio de una magia naturalista,
por una magia celeste o por una religiosa o ceremonial. Teofrasto
Paracelso (1493-1541; v.) inaugura unos nuevos caminos para la medicina:
ante todo por su intento de unir íntimamente la teoría y la praxis de la
misma. Esta idea tan fecunda la cristaliza Paracelso mediante los
principios base de la magia: si el hombre es un microcosmos en continua
y radical comunidad en su ser y actuar con el resto de universo, para
realizar una curación en él habrá que tenerse en cuenta todos los
influjos que pueda recibir de fuera (de los astros, de las estaciones,
etc ...-) y se deberá actuar, no sólo en el paciente sino también y
sobre todo en el resto del universo que ha podido producir en él un
determinado fenómeno patológico; el procedimiento, pues, de la terapia
habrá de ser eminentemente mágico. Estas mismas ideas, en el ámbito de
la medicina mágica, son seguidas por Jerónimo Cardano (1501-76). Otros
representantes de la magia renacentista son: Juan Reuchlin (1455-1522),
Juan Bautista della Porta (1535-1615), Juan Bautista van Helmont
(1577-1644) y Roberto Fludd (1574-1637).
Un paso más adelante lo da la F. n. de Bernardino Telesio
(1509-88), precursor en muchos aspectos (a pesar de las grandes
diferencias que les separan) de Galileo (v.). Concretamente coincide con
este último en el principio de que la naturaleza goza de principios
propios y autónomos; Dios efectivamente es creador, pero ha creado la
totalidad de las cosas; lo individual funciona según sus propias leyes;
todo se explica por ellas y no por la acción de Dios que no opera sobre
lo particular sino sobre la totalidad del Universo. Llega Telesio a
confundir a Dios con las mismas fuerzas naturales que rigen al cosmos,
de forma tal que podría decirse que un aspecto de Dios queda
naturalizado. De acuerdo con esta idea de la naturaleza, de sus hechos y
de sus leyes, su ideal metódico es la «objetividad», preludio de un
futuro empirismo cientista, o de un racionalismo de tipo cartesiano.
Ahora bien, el hombre puede conocer la naturaleza, porque él mismo es
naturaleza. Más aún y en esto discrepará Galileo, el hombre y la
naturaleza están unidos por un panhilozoísmo, hilozoísmo (v.) universal;
todo ser está dotado de sensibilidad al igual que el hombre; únicamente
que este último puede elevarse a consideraciones científicas superiores,
que, por otro lado, no son más que desarrollos de la misma sensibilidad
y sin salirse de ella. Por lo demás, el mundo está regido por dos
fuerzas: el calor y el frío, y está compuesto de solamente dos de los
cuatro elementos clásicos: la tierra y el fuego.
Puede verse que Telesio surge con su F. n., más cercana al
cientifismo (v.) posterior, del seno de la misma magia al admitir aquel
pananimismo tan característico de ésta. Por ello, Giordano Bruno
(1548-1600; v.) y Tomás Campanella (1568-1639; v.), pueden considerarse
como seguidores telesianos desviacionistas, mientras que Galileo será su
seguidor más en la línea científica moderna. Giordano Bruno sigue adicto
a su entusiasmo por la naturaleza aunque en su vuelta al neoplatonismo y
a la magia, le hace abocar a un naturalismo dionisiaco que en realidad
detiene el proceso de acercamiento a la ciencia. Por parte de Campanella,
su naturalismo está enfocado a la construcción de una teología política
o simplemente de una política.
Finalmente, sentadas las bases de objetividad, naturalismo,
independencia y necesidad de las leyes físicas y naturales y la
posibilidad del hombre de conocerlas, queda abierto el camino, a través
de la F. n., para que aparezcan en escena los científicos propiamente
tales de la Edad Moderna, tales como Leonardo da Vinci (14521519; v.),
Copérnico (1473-1543; v.), Kepler (15711630; v.), Galileo (1564-1642;
v.), Francisco Bacon (1561-1626; v.).
6. Filosofía Natural
racionalista-cartesiana. El final científico de este proceso que,
partiendo de un aristotelismo y platonismo, pasa por una dimensión
mágica y otra de F. n., empalma de nuevo de forma explícita con la
Filosofía por obra de René Descartes (1596-1650; v.). Descartes inaugura
tres dimensiones del pensamiento: el metodológico, el subjetivista y el
científico-matemático. Ya antes Bacon se había preocupado por el método.
Descartes lo estudia de una manera radical: como método de salir de la
duda o negación previa para llegar a verdades, de modo matemáticamente
deducido y a base de ideas claras y distintas, según el modelo que le
presentaban las mismas matemáticas de deducción rigurosa y de
conocimientos exactos. Ese método llevará a Descartes a una Metafísica y
a una concepción dualista de la realidad que será en adelante el punto
de fricción de gran parte de la Filosofía moderna y contemporánea. Tras
dividir toda realidad (v.) en «realidad extensa» y «realidad pensante»,
enfrenta el sujeto, que en su cogito-sum halla la primera certeza clara
y distinta, a la realidad de un mundo exterior, reducido éste a pura
extensión cuantitativa y movimiento mecánico. El mundo exterior al
hombre es una pura extensión de materia única y sólida, carente de vacío
y de cualquier aspecto atomista. Esa materia extensa y compacta es la
misma para los seres físicos al alcance de la mano y para los cuerpos
celestes y astrales, según el principio de igualdad de todos los seres
asentado por Nicolás de Cusa enfrente de la tradición medieval.
Ahora bien, Descartes aplica tres principios fundamentales a la
consideración de esta materia natural extensa en su Filosofía: 1)
principio de inercia: nada cambia de su estado primitivo a no ser por un
agente exterior que lo mueva; 2) una vez puesto 'un cuerpo en movimiento
su trayectoria es siempre la de la línea recta; 3) el movimiento impreso
por un agente exterior a la materia extensa permanece siempre constante,
aun en el caso de choque entre varios cuerpos. Con ello, Descartes se ve
obligado a hacer intervenir a Dios, como propulsor de un movimiento
originario de la materia cósmica total. Este movimiento se propaga
inercialmente sin modificación alguna, haciendo que la materia compacta
se fragmente progresivamente en cuerpos cada vez más pequeños, más
sutiles por su tamaño; los cuerpos más densos se mueven mecánicamente
dentro del fluido de los irás sutiles o «pulverizados» sin que en ningún
caso llegue a producirse el vacío.
Por otro lado, Descartes ataca directamente el concepto
aristotélico de movimiento, reduciendo toda la tipología del mismo hecha
por el Estagirita a una sola: el movimiento local, lineal y uniforme que
luego deriva en forma de torbellinos. Dos elementos, pues, de la
consideración cartesiana de la naturaleza: la extensión mensurable
matemáticamente y el movimiento también mensurable; de la conjunción de
ambos elementos surge toda la gama polimorfa de cualidades captadas por
nuestros sentidos; la realidad con que se enfrenta su F. n. es una res
extensa y en movimiento.
Si, por otro lado, antes consideramos en Bernardino Telesio un
espíritu de objetividad muy próximo al futuro empirismo, en Descartes
cabe plantearnos también el papel de la empeiría o experiencia. Bien es
verdad que Descartes es calificado fundamentalmente como racionalista,
al poner en primer término, como fuente de todo conocimiento, por encima
de la experiencia sensible, el poder de la razón (v.). Esta
preponderancia de la mente y subordinación de la experiencia es lo que
diferencia cualquier filosofía racionalista de otra empirista. Sin
embargo, podemos afirmar que en la filosofía de Descartes no está
excluida la experiencia, más aún, una cierta experiencia ocupa el lugar
central de su pensamiento, a saber: la experiencia de la conciencia
detectada en el cogito y en los actos concienciales de cualquier tipo;
este empirismo interiorista y subjetivista llevará al empirismo
psicológico de la introspección. Más aún, la realidad del mundo exterior
se me da en la experiencia de la conciencia propia, pero esto habría que
perfilarlo un tanto más; en la Sexta Meditación se nos da un simple
conocimiento intelectual según el cual se ofrece la mera posibilidad de
un mundo de cosas materiales; la imaginación, por su lado, nos da no
sólo la posibilidad sino también la probabilidad de las mismas; por fin,
la experiencia de los sentidos me brinda la real existencia de ese mundo
exterior que racionalmente se justifica con exactitud y evidencia por
medio de la apelación a Dios. Con esa experiencia sensible me percato de
la existencia de mi propio cuerpo, de la existencia de otros cuerpos
materiales en torno al mío y en relación con él, y, finalmente que debe
haber en esos cuerpos algo que corresponda a mis sensaciones de las
diversas cualidades de color, sonido, suavidad, etc... cualidades que, a
nivel racional, hemos visto resuelve en términos de extensión y
movimiento. La experiencia, pues, en la F. n. cartesiana, tiene un
relevante valor, si bien relativo y subordinado al centro de detectación
de los mismos: la conciencia, y al centro explicativo último de los
mismos, la razón.
Claro está que el propósito de Descartes no se cerraba en la
consideración del propio sujeto pensante y en la salida de la duda
metódica universal: quería, a partir de ahí, saltar a la investigación
del mundo natural, de la ciencia, de la F. n. Pero la problemática que
él planteó de la subjetividad hizo que él mismo quedase encerrado en sus
propias redes y que no avanzase como quisiera en otros campos. Del mismo
modo ocurrió con sus seguidores que se quedaron en la problemática del
método, en las relaciones alma-cuerpo, en el ocasionalismo, etcétera,
sin que hiciesen avanzar, como era la intención de Descartes, la ciencia
y la F. n., a pesar de que algunos de ellos escribieron incluso tratados
sobre F. n. o disciplinas afines. Así, p.ej.: Enrique Le Roy
(1598-1679), Juan de Raey (1622-1701), Adrián Heereboord (1614-59)
Arnold Renerio Geulincx (1625-69), precursor del ocasionalismo
posterior, Everardo Digby (1578-1606), Claudio Clerselier (1614-86),
etc., sin contar los conocidos racionalistas poscartesianos: Spinoza
(v.), Malebranche (v.) y Leibniz (v.). Entre todos ellos tal vez merezca
la pena recordar como representativo del cartesianismo y, a la vez, de
las primeras desviaciones del mismo a Manuel Maignan (1600-76) que
escribió Cursus philosophicus concinatus ex notissimis cuique principüs
ac praesertim quoad res instauratus, ex lege naturae sensatis
experimentis comprobatus, aparte de otros tratados filosóficos, físicos
y matemáticos. Sigue adicto al mecanicismo cartesiano, conserva parte de
su racionalismo y sostiene como Descartes la idea de que las cualidades
percibidas por los sentidos son el efecto de una serie de acciones
mecánicas y extensionales. Sin embargo, su interés se centra sobre todo
en la Física, hasta el punto de calificar a la Metafísica como una
especie de propedéutica, propugnando la sustitución del nombre de esa
disciplina, por el de «Prophysica». Al centrarse en lo físico, se hace
eco de las orientaciones empiristas que van surgiendo y propugna la
experiencia como método imprescindible y fundamental para la
consideración de la Naturaleza. Esta Naturaleza ya no es como la
cartesiana una materia compacta y sólida, sino un conjunto de átomos en
movimiento, específicamente distintos entre sí.
7. Filosofía Natural
atomista. El camino para el atomismo está ya abierto y es Pedro Gassendi
(1592-1655) el que desarrollará esta teoría dentro del ámbito de la F.
n. de la Edad Moderna. Físico, matemático, filósofo y teólogo, se puso
en contacto con la tradición aristotélica a la que remontó en su teoría
de la naturaleza. Por otra parte, dada su vocación, estuvo en estrecho
contacto con Hobbes, Fermat, Descartes y profesó una profunda simpatía
por las doctrinas científicas de Telesio, Campanella, Bacon, Kepler y
Galileo. De momento, opone al estricto racionalismo cartesiano un
profundo empirismo: todo nuestro conocimiento nace de los sentidos y
desde ellos, gracias a nuestra facultad de la ratio universalitatis
podemos remontarnos a teorías abstractas de la realidad con tal de que
nunca pierdan el contacto con los datos de la experiencia.
Gassendi rechaza decididamente la materia llena escolástica y la
cartesiana carente de vacío. Para que los cuerpos puedan moverse
necesitan del espacio vacío y del tiempo que no son ni sustancias, ni
accidentes, ni seres materiales, ni espirituales, pero existentes
realmente. En su seno se mueven los átomos, cuerpos físicamente
indivisibles. Dios creó la materia de la nada en el vacíoespacio. Esta
materia originaria carecía de toda determinación y cualidad. De ella se
formaron los átomos finitos en número y distintos entre sí sólo
cuantitativamente (magnitud, peso, figura, etc.), constituyéndose así
las cualidades primarias. Las cualidades secundarias (color, sabor,
etc.) dependen del sujeto que percibe los seres materiales. Por otro
lado, en medio de esta concepción atomista y mecanicista de la
Naturaleza, inspirada en parte en Descartes, Epicuro y Leucipo-Demócrito,
inserta una visión hilozoísta: la materia está dotada de una especie de
vida y sensibilidad que ya estaba en una especie de rationes seminales
creadas por Dios y que por el movimiento se fueron desarrollando en
forma de átomos (a partir de la materia informe originaria) y en forma
de los demás seres que tenemos ante la vista.
Las tesis de Gassendi sufrieron los más violentos ataques por
parte sobre todo de los escolásticos y aristotélicos, aunque gozó de un
gran predicamento, como en Francisco Bernier (1620-88), Santiago Sallier
(1615-1707), Edmundo Rostand (1619-55), Luis Rodríguez de Pedrosa (m.
1673), Isaac Cardoso (1615-80), etc. A este elenco de filósofos de la
Naturaleza habría que añadir todos los pertenecientes a la Escolástica
(v.) Ecléctica posterior de la Escuela de Sevilla, de Valencia, de
Cervera, de Argentina, México y Ecuador.
V. t.: COSMOLOGÍA; EPISTEMOLOGÍA; FísICA NUEVA, IDEAS
FILOSÓFICAS DE LA; CIENCIA VII; ATOMISTAS; CARTESIANOS; ECLECTICISMO 1,
3; HUMANISMO I; MODERNA, EDAD III; RENACIMIENTO II.
BIBL.: L. BRUNSCHVICG, Les étapes de la
philosophie mathématique, París 1912; E. A. BURT, The Metaphysical
Foundations of Modern Physical Science, Nueva York 1936; H.
BUTTERFIELD, Origins of Modern Science, Londres 1949; W. H. DAMPIER,
Historia de la Ciencia y sus relaciones con la filosofía y la
religión, Madrid-México 1931 y 1950; F. DANNEMANN, Die
Naturwissenschaften in ihrer Entwicklung und ihren Zusammenhünge,
Leipzig 1910-1913; P. DUHEM, Le systéme du Monde, Histoire des
doctrines cosmologiques de Platon á Copernic, 2 ed. París 1954-59;
É. GILSON, La unidad de la experiencia filosófica, 2 ed. Madrid
1966, 147-255; A. HANNEQUIN, Études d'Histoire des sciences et
d'Histoire de la Philosophie, París 1908; P. LAÍN ENTRALGO y J. M.
LÓPEZ PIÑERO, Panorama histórico de la ciencia moderna, Madrid 1963;
K. LASSWITZ, Geschichte der Atomistik von Mittelalter bis Newton,
Hamburgo 1889-1890; L. MABILLEAU, Histoire de la philosophie
atomistique, París 1895; A. MIELI y OTROS, Panorama general de la
Historia de la ciencia, Buenos Aires 1945-61; F. PAPILLON, Histoire
de la Philosophie moderne dans ses rapports avec le développement
des sciences de la nature, París 1876; G. SARTON, Introduction to
the History of Science, Baltimore 1927-48; 1. SCHALLER, Geschichte
der Naturphilosophie seit Bacon, Leipzig 1841-44; W. STANLEY-JEVONS,
Los principios de las ciencias, Lógica del método científico.
Historia y Filosofía de la Ciencia, Buenos Aires, Madrid 1946; R.
TATON, Histoire Générale des Sciences, París 1957-61; L. THORNDIKE,
A History of magic and experimental science, Nueva York 1923-42.
|