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Jünger se
encarga de limpiar y desmitificar el concepto de nihilismo, debido a
todas las definiciones confusas y contradictorias que intelectuales
posteriores a Nietzsche desarrollaron en sus trabajos, problema para él
lógico debido a la "imposibilidad del espíritu de representar la Nada".
Como problema principal, distingue el nihilismo de los ámbitos de lo
caótico, lo enfermo y lo malo, fenómenos que aparecen con él y le han
dado a la palabra un sentido polémico. El nihilismo depende del orden
para seguir activo a gran escala, por lo que el desorden, el caos
serían, como máximo, su peor consecuencia. A la vez, un nihilista activo
goza de buena salud para responder a la altura del esfuerzo y voluntad
que se exige a sí mismo y los demás. Para Nietzsche, el nihilismo es un
estado normal y sólo patológico, por lo que comprende lo sano y lo
enfermo a su particular modo. Y en cuanto a lo malo, el nihilista no es
un criminal en el sentido tradicional, pues para ello tendría que
existir todavía un orden válido.
El nihilismo, señala Jünger, se caracteriza por ser un estado de
desvanecimiento, en que prima la reducción y el ser reducido, acciones
propias del movimiento hacia el punto cero. Si se observa el lado más
negativo de la reducción, aparece como característica tal vez más
importante la remisión del número a la cifra o también del símbolo a las
relaciones descarnadas; la confusión del valor por el precio y la
vulgarización del tabú. También es característico del pensamiento
nihilista la inclinación a referir el mundo con sus tendencias plurales
y complicadas a un denominador; la volatización de las formas de
veneración y el asombro como fuente de ciencia y un "vértigo ante el
abismo cósmico" con el cual expresa ese miedo especial a la Nada.
También es inherente al nihilismo la creciente inclinación a la
especialización, que llega a niveles tan altos que "la persona singular
sólo difunde una idea ramificada, sólo mueve un dedo en la cadena de
montaje", y el aumento de circulación de un "número inabarcable de
religiones sustitutorias", tanto en las ciencias, en las concepciones
religiosas y hasta en los partidos políticos, producto de los ataques en
las regiones ya vaciadas.
Según lo expresado en Sobre la línea, es la disputa con Leviatán -ente
que representa las fuerzas y procesos de la época, en cuanto se impone
como tirano exterior e interior-, es la más amplia y general en este
mundo. ¿Cuáles son los dos miedos del hombre cuando el nihilismo
culmina? "El espanto al vacío interior, obligando a manifestarse hacia
fuera a cualquier precio, por medio del despliegue de poder, dominio
espacial y velocidad acelerada. El otro opera de afuera hacia adentro
como ataque del poderoso mundo a la vez demoníaco y automatizado. En ese
juego doble consiste la invencibilidad del Leviatán en nuestra época. Es
ilusorio; en eso reside su poder". La obra de Jünger trastoca el tema de
la resistencia; se plantea la pregunta sobre cómo debe comportarse y
sostenerse el hombre ante la aniquilación frente a la resaca nihilista.
"En la medida en que el nihilismo se hace normal, se hacen más temibles
los símbolos del vacío que los del poder. Pero la libertad no habita en
el vacío, mora en lo no ordenado y no separado, en aquellos ámbitos que
se cuentan entre los organizables, pero no para la organización". Jünger
llama a estos lugares "la tierra salvaje", lugar en el cual el hombre no
sólo debe esperar luchar, sino también vencer. Son estos lugares a los
cuales el Leviatán no tiene acceso, y lo ronda con rabia. Es de modo
inmediato la muerte. Aquí dormita el máximo peligro: los hombres pierden
el miedo. El segundo poder fundamental es Eros; "allí donde dos personas
se aman, se sustraen al ámbito del Leviatán, crean un espacio no
controlado por él". El Eros también vive en la amistad, que frente a las
acciones tiránicas experimenta sus últimas pruebas. Los pensamientos y
sentimientos quedan encerrados en lo más íntimo al armarse el individuo
una fortificación que no permite escapar nada al exterior; "En tales
situaciones la charla con el amigo de confianza no sólo puede consolar
infinitamente sino también devolver y confirmar el mundo en sus libres y
justas medidas". La necesidad entre sí de hombres testigos de que la
libertad todavía no ha desaparecido harán crecer las fuerzas de la
resistencia. Es por lo que el tirano busca disolver todo lo humano,
tanto en lo general y público, para mantener lo extraordinario e
incalculable, lejos.
Este proceso de devaluación de los valores supremos ha alcanzado, de
algún modo, caracteres de "perfección" en la actualidad. Esta
"perfección" del nihilismo hay que entenderla en la acepción de
Heidegger, compartida por Jünger, como aquella situación en que este
movimiento "ha apresado todas las consistencias y se encuentra presente
en todas partes, cuando nada puede suponerse como excepción en la medida
en que se ha convertido en el estado normal." El agente inmediato de
este fenómeno radica en el desencuentro del hombre consigo mismo y con
su potencia divina. La obra de Jünger, en este sentido, da cuenta del
afán por radicar el fundamento del hombre.
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Uno de los síntomas de nuestra época es el temor. Aquel temor que hace
afirmar al autor que toda mirada no es más que un acto de agresión y que
hace radicar la igualdad en la posibilidad que tienen los hombres de
matarse los unos a los otros. A lo anterior, hay que agregar la
inclinación a la violencia que desde el nacimiento todos traemos, según
lo señalado en su novela "Eumeswil" (1977). . Por eso el mundo se torna
en imperfecto y hostil. Su historia no es sino la de un cadáver acechado
una y otra vez por enjambres de buitres. Esta visión lúgubre de la
realidad, en la que se encuentra una reminiscencia schopenhaueriana, fue
sin duda alimentada por la experiencia personal del autor, testigo del
horror de dos guerras implacables que no hicieron más que coronar e
instaurar en el mundo el culto a la destrucción, al fanatismo y la
masificación del hombre. El avance de la técnica, a pesar de los
beneficios que conlleva, a juicio de Jünger tiene la contrapartida de
limitar la facultad de decisión de los hombres en la medida en que a
favor de los alivios técnicos van renunciando a su capacidad de
autodeterminación conduciendo, luego, a un automatismo generalizado que
puede llevar a la aniquilación. La pregunta que surge entonces es cómo
el hombre puede superarlo, a través de que medios puede salvarse. La
respuesta de Jünger, en boca de uno de sus personajes principales, el
anarca Venator: la salvación está en uno mismo. El anarca, que nada
tiene que ver con el anarquista, expulsa de sí a la sociedad, ya que
tanto de ésta como del Estado poco cabe esperar en la búsqueda de sí
mismo. El no se apoya en nadie fuera de su propio ser; su propósito es
convertirse en soberano de su propia persona, porque la libertad es, en
el fondo, propiedad sobre uno mismo.
Aparecen en este momento dos afirmaciones que pueden aparecer como
contradictorias: el hombre inclinado a la violencia desde su nacimiento,
y el hombre que debe penetrar en un conocimiento interior con el fin de
descubrir su forma divina. Jünger afirma que la riqueza del hombre es
infinitamente mayor de lo que se piensa. ¿Cómo conciliar esto con el
carácter perverso que le atribuye al mismo? Al responder esto, el
escritor apela a una instancia superior a la que denomina Uno,
Divinidad, lo Eterno, según lo que se colige sobre todo en su obra
posterior a 1950. La relación entre el hombre y lo Absoluto, expuesta
por el maestro alemán, se entiende del siguiente modo: el ser, forma o
alma de cada uno de nosotros ha estado, desde siempre, es decir, antes
de nacer, en el seno de la Divinidad, y, después de la muerte, volverá a
estar con ella. Antes de nacer, es tal el grado de indeterminación de
esa unidad en lo Uno que el hombre no puede tener conciencia de la
misma. Sólo cuando el nacimiento se produce, el hombre se hace
consciente de su anterior unidad y busca desesperadamente volver a ella,
al sentirse un ser solitario. Es allí cuando debe dirigirse hacia sí
mismo, penetrar en su alma que es la eterna manifestación de lo divino.
En el conócete a ti mismo, el hombre puede acceder a la forma que le es
propia, proceso que para Jünger es un "ver" que se dirige hacia el ser,
la idea absoluta. Señala en El trabajador que la forma es fuente de
dotación de sentido, y la representación de su presencia le otorga al
hombre una nueva y especial voluntad de poder, cuyo propósito radica en
el apoderamiento de sí mismo, en lo absoluto de su esencia, ya que el
objeto del poder estriba en el ser-dueño... En consecuencia, en ese
descubrimiento de ser atemporal e inalterable que le confiere sentido,
el hombre puede hacerse propietario de éste y convertirse en un sujeto
libre. En caso contrario, quien no posea un conocimiento de sí mismo es
incapaz de tener dominio sobre su ser no pudiendo, por tanto, sembrar
orden y paz a su alrededor. En conclusión, esta inclinación a la
violencia que surge con el nacimiento del hombre, en otras palabras, con
su separación de lo Uno en la identidad primordial y primigenia dando
lugar a la negación de la Divinidad, puede ser dominada y contrarrestada
en la medida que el hombre se convierta en dueño de sí mismo, para lo
cual es fundamental el conocimiento de la forma que nos otorga sentido.
La sustancia histórica, señala Jünger, radica en el encuentro del hombre
consigo mismo. Ese encuentro con el ser supratemporal que le dota de
sentido lo simboliza con el bosque. En su obra El tratado del rebelde
afirma: "La mayor vigencia del bosque es el encuentro con el propio yo,
con la médula indestructible, con la esencia de que se nutre el fenómeno
temporal e individual". Es, entonces, el lugar donde se produce la
afirmación de la Divinidad, al adquirir el sujeto la conciencia misma
como partícipe de la identidad con lo Eterno.
El Verbo, entendido como "la materia del espíritu", es el más sublime de
los instrumentos de poder, y reposa entre las palabras y les da vida. Su
lugar es el bosque. "Toda toma de posesión de una tierra, en lo concreto
y en lo abstracto, toda construcción y toda ruta, todos los encuentros y
tratados tienen por punto de partida revelaciones, deliberaciones,
confirmaciones juradas en el Verbo y en el lenguaje", enuncia en El
tratado del rebelde. El lenguaje es, en definitiva, un medio de
dominación de la realidad, puesto que a través de él aprehendemos sus
formas últimas, en la medida en que es expresión de la idea absoluta. En
una época tan abrumadoramente nihilista como la contemporánea, el propio
autor describe como el lenguaje va siendo lentamente desplazado por las
cifras.
En la obra de Jünger, el hombre que no acepta el "espíritu del tiempo" y
se "retira hacia sí mismo" en busca de su libertad, es un rebelde. A
partir de un ensayo de 1951, Jünger había propuesto una figura de
rebelde a las leyes de la sociedad instalada, el Waldgänger que, según
una antigua tradición islandesa, se escapa a los bosques en busca de sí
mismo y su libertad. Posteriormente, el autor desarrolla la figura del
rebelde en la novela Eumeswil, publicada en 1977, definiendo la postura
del anarca, tipo que encarnaría el distanciamiento frente a los peores
aspectos del nihilismo actual; o como el único camino digno a seguir
para los hombres de verdad libres.
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Como en Heliópolis, en Eumeswil, Jünger nos presenta un mundo aún por
llegar: se vive allí el estado consecutivo a los Grandes Incendios -una
guerra mundial, evidentemente- y a la constitución y posterior
disolución del Estado Mundial. Un mundo simplificado, en que aparecen
formas semejantes a las del pasado: los principados de los Khanes, las
ciudades-estados. El autor marca el carácter postrero del ambiente que
da a su novela, comparándola a la época helenística que sigue a
Alejandro Magno, una ciudad como Alejandría, ciudad sin raíces ni
tradición. De modo análogo, en la sociedad de Eumeswil las distinciones
de rangos, de razas o clases han desaparecido; quedan sólo individuos,
distinguidos entre ellos por los grados de participación en el poder. Se
posee aún la técnica, pero como algo más bien heredado de los siglos
creadores en este dominio. La técnica permite, por ejemplo -siendo esto
otro rasgo alejandrino-, un gran acopio de datos sobre el pasado, pero
este pasado ya no se comprende.
Se enfrentan en Eumeswil dos poderes: el militar y el popular,
demagógico, de los tribunos. Del elemento militar ha salido el Cóndor,
el típico tirano que restablece el orden y, con él, las posibilidades de
la vida normal, cotidiana, de los habitantes. Pero se trata de un puro
poder personal, informe, que ya no puede restaurar la forma política
desvanecida. Por lo demás tampoco en Eumeswil se tiene la ilusión de la
gran política; no se trata siquiera de una potencia, viviendo como vive
bajo la discreta protección del Khan Amarillo. En suma, son las
condiciones de la civilización spengleriana, las de toda época final en
el decurso de las culturas. "Masas sin historia", "Estados de fellahs",
como señala Jünger.
El protagonista y narrador de la novela es Martín Venator, "Manuelo" en
el servicio nocturno de la alcazaba del Cóndor. Es un historiador de
oficio: aplica al pasado sus cualidades de observador, y de allí las
reflexiones sobre el tiempo presente. Su modelo es, sin duda, Tácito:
senador bajo los Césares, celoso del margen de libertad que aún puede
conservar, escéptico frente a los hombres y frente al régimen imperial.
Venator también es camarero, barman en la alcazaba: como en las cortes
de otra época, el servicio personal y doméstico al señor resulta
ennoblecido. El camarero suele ser asimismo un observador, y en este
terreno se encuentra con el historiador.
El historiador se retira voluntariamente al pasado, donde se encuentra
en realidad "en su casa", y en este modo se aparta de la política. La
derrota, el exilio, han sido a veces la condición de desarrollo de una
vocación historiográfica -Tucídides en la Antigüedad, por ejemplo-, pero
en otras ocasiones el historiador ha tomado parte activa de las luchas
de su tiempo. En la novela, tanto el padre como el hermano del
protagonista también son historiadores, pero, a diferencia de éste,
están ideológicamente "comprometidos": son buenos republicanos,
liberales doctrinarios, cautos enemigos del Cóndor más ajenos al mundo
de los hechos que éste representa. Ellos deploran que "Manuelo" haya
descendido a tan humilde servicio al tirano. Servicio fielmente
prestado, pero en ningún caso incondicional. Entre los enemigos del
Cóndor están los anarquistas: conspiran, ejecutan atentados... nada que
la policía del tirano no logre controlar. De ellos se diferencia
claramente Venator: no es un anarquista, es un anarca.
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La mejor definición para la posición del anarca pasa por su relación y
distinción de las otras figuras, las otras individualidades que se
alzan, cada una a su modo, frente al Estado y la sociedad: el
anarquista, el partisano, el criminal, el solipsista; o también, del
monarca absoluto, como Tiberio o Nerón. Pues en el hombre y en la
historia hay un fondo irrenunciable de anarquía, que puede aflorar o no
a la superficie, y en mayor o menor grado, según los casos. En la
historia, es el elemento dinámico que evita el estancamiento, que
disuelve las formas petrificadas. En el hombre, es esa libertad interior
fundamental. De tal modo que el guerrero, que se da su propia ley, es
anárquico, mientras que el soldado no. En aparente paradoja, el
anarquista no es anárquico, aunque algo tiene, sin duda. Es un ser
social que necesita de los demás; por lo menos de sus compañeros. Es un
idealista que, al fin y al cabo, resulta determinado por el poder. "Se
dirige contra la persona del monarca, pero asegura la sucesión".
El anarca, por su parte, es la "contrapartida positiva" del anarquista.
En propias palabras de Jünger: "El anarquista, contrariamente al
terrorista, es un hombre que en lo esencial tiene intenciones. Como los
revolucionarios rusos de la época zarista, quiere dinamitar a los
monarcas. Pero la mayoría de las veces el golpe se vuelve contra él en
vez de servirlo, de modo que acaba a menudo bajo el hacha del verdugo o
se suicida. Ocurre incluso, lo cual es claramente más desagradable, que
el terrorista que ha salido con bien siga viviendo en sus recuerdos...El
anarca no tiene tales intenciones, está mucho más afirmado en sí mismo.
El estado de anarca es de hecho el estado natural que cada hombre lleva
en sí. Encarna más bien el punto de vista de Stirner, el autor de El
único y su propiedad ; es decir, que él es lo único. Stirner dice: "Nada
prevalece sobre mí". El anarca es, de hecho, el hombre natural". No es
antagonista del monarca, sino más bien su polo opuesto. Tiene conciencia
de su radical igualdad con el monarca; puede matarlo, y puede también
dejarlo con vida. No busca dominar a muchos, sino sólo dominarse a sí
mismo. A diferencia del solipsista, cuenta con la realidad exterior. No
busca cambiar la ley, como el anarquista o el partisano; no se mueve,
como éstos en el terreno de las opciones políticas o sociales. Tampoco
busca transgredir la ley, como el criminal; se limita a no reconocerla.
El anarca, pues, no es hostil al poder, ni a la autoridad, ni a la ley;
entiende las normas como leyes naturales.
No adhiere el anarca a las ideas, sino a los hechos; es en esencia
pragmático. Está convencido de la inutilidad de todo esfuerzo ("tal vez
esta actitud tenga algo que ver con la sobresaturación de una época
tardía"). Neutral frente al Estado y a la sociedad, tiene en sí mismo su
propio centro. Los regímenes políticos le son indiferentes; ha visto las
banderas, ya izadas, ya arriadas. Jünger afirma, además, que aquellas
banderas son sólo diferentes en lo externo, porque sirven a unos mismos
principios, los mismos que harán que " toda actitud que se aparte del
sistema, sea maldita desde el punto de vista racional y ético, y luego
proscrita por el derecho y la coacción." No obstante, el anarca puede
cumplir bien el papel que le ha tocado en suerte. Venator no piensa
desertar del servicio del Cóndor, sino, por el contrario, seguir
lealmente hasta el final. Pero porque él quiere; él decidirá cuando
llegue el momento. En definitiva, el anarca hace su propio juego y,
junto a la máxima de Delfos, "conócete a ti mismo", elige esta otra:
"hazte feliz a ti mismo".
La figura del anarca resplandece verdaderamente, como la del hombre
libre frente al Estado burocrático y a la sociedad conformista de la
actualidad. Incluso aparece en algunas ocasiones en forma más bien
mezquina, a la manera del egoísmo de Stirner: "quien, en medio de los
cambios políticos, permanece fiel a sus juramentos, es un imbécil, un
mozo de cuerda apto para desempeñar trabajos que no son asunto suyo".
"(El anarca) sólo retrocede ante el juramento, el sacrificio, la entrega
última". "Sólo cabe una norma de conducta" -dice Attila, médico del
Cóndor, anarca a su modo- "la del camaleón..."
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La cuestión es si el anarca se constituye en una figura ejemplar para
cierto tipo de hombres que no se reconozcan en las producciones sociales
últimas. Pues si el anarca es la "actitud natural" -"el niño que hace lo
que quiere"-, entonces nos hallamos ante simples situaciones de hecho
que no tienen ningún valor normativo ni ejemplar. Desde siempre los
hombres han querido huir del dolor y buscar lo agradable; por otro lado,
apartarse de una sociedad decadente y que llega a ser asfixiante es una
cosa sana. Venator invoca a Epicuro como modelo; debería referirse más
bien a Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la
escuela hedonista, quien proponía una vida radicalmente apolítica, "ni
gobernante ni esclavo", con la libertad y el placer como únicos
criterios. Jünger reconoce, y muy de buena gana, que el tipo de anarca
se encuentra, socialmente hablando, en el pequeño burgués, piedra de
tope de más de una corriente de pensamiento: es ese artesano, ese
tendero independiente y arisco frente al Estado. La figura del anarca es
más familiar al mundo anglosajón, especialmente al norteamericano, con
su sentido ferozmente individualista y antiestatal: del cowboy solitario
o del outlaw al "objetor de conciencia". Están en la mejor línea del
anarca y el rebelde contra la masificación burocrática. Se sabe, por
supuesto, en qué condiciones sociales han florecido estos modelos.
Pero las sociedades "posmodernas" actuales se distinguen por el más
vulgar hedonismo; su tipo no es el del "superhombre", sino el del
"último hombre" nietzscheano, el que cree haber descubierto la
felicidad. El tipo del "idealista" y del "militante" pertenecen a etapas
ya superadas; hoy, es el individuo de las sociedades "despolitizadas",
soft, que toma lo que puede y rehúsa todo esfuerzo. ¿Cuál es la
diferencia de este tipo de hombre con el anarca? La respuesta radica en
que el segundo está libre de todas las ataduras sentimentales,
ideológicas y moralistas que aún caracterizan al primero. En verdad, la
figura de Venator está históricamente condicionada: aparece en una de
esas épocas postreras en la cuales nada se puede ya esperar. Lo que hay
que esclarecer es si efectivamente nuestra propia época es una de ellas.
Pero lo dicho sobre el anarca tiene un alcance mucho más universal: en
cualquier tiempo y lugar se puede ser anarca, pues "en todas partes
reina el símbolo de la libertad".
La senda del anarca termina en la retirada. Venator ha estado
organizando una "emboscadura" temporal -según lo que el mismo Jünger
recomendaba en Der Waldgang (1951)-, para el caso de caída del Cóndor.
Al final, seguirá a éste, con toda su comitiva, en una expedición de
caza a las selvas misteriosas más allá de Eumeswil: una emboscadura
radical, o la muerte, no se sabe el desenlace. Del mismo modo, en
Heliópolis, el comandante Lucius de Geer y sus compañeros se retiran en
un cohete, con destino desconocido. Pero eso sí, después de haber
luchado sus batallas, al igual que los defensores de la Marina en Sobre
los Acantilados de Mármol no buscan refugio sino después de dura lucha
con las fuerzas del Gran Guardabosques. Pero ¿de qué se trata esta
"emboscadura"?
El anarca hace lo que Julius Evola, el gran pensador italiano,
recomienda en su libro Cabalgar el tigre: "La regla a seguir puede
consistir, entonces, en dejar libre curso a las fuerzas y procesos de la
época, permaneciendo firmes y dispuestos a intervenir cuando el tigre,
que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, esté fatigado de
correr". Lo que Evola llama "tigre", Jünger lo denomina "Leviatán" o "Titanic".
El anarca se retira hacia sí mismo porque debe esperar su hora; el mundo
debe ser cumplido totalmente, la desacralización, el nihilismo y la
entropía deberán ser totales: lo que Vintila Horia llama
"universalización del desastre". Jünger enfatiza que emboscarse no
significa abandonar el "Titanic", puesto que eso sería tirarse al mar y
perecer en medio de la navegación. Además: "Bosque hay en todas partes.
Hay bosque en los despoblados y hay bosque en las ciudades; en éstas, el
emboscado vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. Hay
bosque en el desierto y hay bosque en las espesuras. Hay bosque en la
patria lo mismo que lo hay en cualquier otro sitio donde resulte posible
oponer resistencia... Bosque es el nombre que hemos dado al lugar de la
libertad... La nave significa el ser temporal; el bosque, el ser
sobretemporal...". En la figura del rebelde, por tanto, es posible
distinguir dos denominaciones: emboscado y anarca. El primero
presentaría las coordenadas espirituales, mientras el segundo da luces
sobre su plasmación en el "aquí y ahora". Jünger lo define más
claramente: "Llamamos emboscado a quien, privado de patria por el gran
proceso y transformado por él en un individuo aislado, está decidido a
ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que
acaso carezca de perspectiva. Un emboscado es, pues, quien posee una
relación originaria con la libertad... El emboscado no permite que
ningún poder, por muy superior que sea, le prescriba la ley, ni por la
propaganda, ni por la violencia".
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El nihilismo y la rebeldía... La figura del anarca es la de quien ha
sobrevivido al "fin de la historia" ("carencia de proyecto: malestar o
sueño"). El último hombre no puede expulsar al anarca que convive junto
a él. Su poder radica en su impecable soledad y en el desinterés de su
acción. Su sí y su no son fatales para el mundo que habita. El anarca se
presenta como la victoria y superación del nihilismo. Las utopías le son
ajenas, pero no el profundo significado que se esconde tras ellas. "El
anarca no se guía por las ideas, sino por los hechos. Lucha en
solitario, como hombre libre, ajeno a la idea de sacrificarse en pro de
un régimen que será sustituído por otro igualmente incapaz, o en pro de
un poder que domine a otro poder".
El anarca ha perdido el miedo al Leviatán, en el encuentro con la médula
indestructible que le dota de sentido para luego proyectarse y
reconocerse en el otro, en la amada, en el hermano, en el que sufre y en
el desamparado, puesto que Eros es su aliado y sabe que no lo
abandonará...
La actitud del anarca puede ser interpretada desde dos perspectivas, una
activa y otra pasiva. Esta última verá en la emboscadura, y en el anarca
que la realiza, la posibilidad de huir del presente y aislarse en
aquella patria que todos llevamos en nuestro interior; al decir de Evola,
la que nadie puede ocupar ni destruir. Pero no debe confundirse la
actitud del anarca como una simple huida: "Ya hemos apuntado que ese
propósito no puede limitarse a la conquista de puros reinos interiores".
Mas bien se trata de otro tipo de acción, de un combate distinto, "donde
la actuación pasaría entonces a manos de minorías selectas que prefieren
el peligro a la esclavitud". Minorías que entiendan que emboscarse es
dar lucha por lo esencial, sin tiempo y acaso sin perspectivas. Minorías
que, como el propio Jünger lo expresa, sean capaces de llevar adelante
la plasmación de una "nueva orden", que no temerá y, por el contrario,
gustará de pertenecer al bando de los proscritos, pues se funda en la
camaradería y la experiencia; orden que pueda llevar a buen término la
travesía más allá del "meridiano cero", y se prepare a dar una lucha en
el "aquí y ahora"...
"En el seno del gris rebaño se esconden lobos,
es decir, personas que continúan sabiendo lo
que es la libertad. Y esos lobos no son sólo
fuertes en sí mismos: también existe el peligro
de que contagien sus atributos a la masa,
cuando amanezca un mal día, de modo que el
rebaño se convierta en horda. Tal es la
pesadilla que no deja dormir tranquilos a los
que tienen el poder".
Ernst Jünger
BIBLIOGRAFÍA
1.-Acerca del Nihilismo; Sobre la línea, Ernst Jünger; Hacia la pregunta
del ser, Martin Heidegger, Ediciones Paidós, Barcelona, 1994.
2.-Tratado del rebelde, Ernst Jünger, Editorial Sur, Buenos Aires, 1963.
3.-Eumeswil, Ernst Jünger, Editorial Seix Barral, España, 1977.
4.-Juegos africanos, Ernst Jünger, Editorial Guadarrama, Madrid, 1970.
5.-Visita a Godenholm, Ernst Jünger, Editorial Alianza, Madrid, 1983.
6.-Diario de guerra y ocupación, Ernst Jünger, Editorial Plaza y Janés,
Barcelona, 1972.
7.-Tempestades de acero, Ernst Jünger, Editorial Fermín Uriarte, Madrid,
1965.
8.-Conversaciones con Ernst Jünger, Julien Hervier, Fondo de Cultura
Económica, 1990.
9.-Cavalcare la tigre, Julius Evola, Editorial Vanni Scheiwiller,
Milano, 1973. |