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230108 - Agradecemos a
Clara Monterrubio
por habernos sugerido y enviado el siguiente texto desde
Valencia, España.
I
Un problema de algunas posiciones de izquierda es mantener
ciertos estereotipos como una especie de obviedad que quedase
por encima de toda discusión. Así resulta que, por supuesto, el
Papa es alguien de escasas luces en lo que se refiere a
modernidad y del que sólo habría que protegerse. Cualquier
representante de la izquierda puede mirarlo por encima del
hombro y darle benevolentemente lecciones de ilustración
política. Pero me parece que las cosas no son sin más así. Por
diversas circunstancias estos gestos se han multiplicado en los
últimos quince o veinte días. Las siguientes reflexiones han
nacido un tanto por agregación según se han ido produciendo
algunas de esas manifestaciones.
Sigo leyendo con interés escritos de Ratzinger, después que leí
algunos de él a propósito de una discusión suya con Habermas.
Cuando, por ejemplo, se lee su discurso de Navidad, a uno le
admira la claridad, concisión, elegancia y rigor conceptuales
con que Ratzinger vincula la patrística, el pensamiento
ilustrado, el idealismo alemán, la especulación teológica
centroeuropea y la teoría crítica de Horkheimer y Marcuse.
De forma más extensa, en su última encíclica, uno se encuentra
con la misma solvente vinculación de patrística, especulación
teológica y conocimiento del pensamiento moderno y contemporáneo
a la hora de analizar la cuestiones de sentido y fundamento que
se platean a la razón y a la libertad modernas, precisamente
cuando éstas no pueden sino ponerse como centro y quedar en el
centro afirmando su autonomía e incondicionalidad. Se trata de
un excelente análisis de la misma cuestión que ya abordaron
expresamente tanto Kant en sus escritos sobre la religión y
Hegel en los capítulos centrales de la Fenomenología del
Espíritu como también la Escuela de Frankfurt al analizar la
dialéctica de la Ilustración.
Naturalmente, Ratzinger hace ese análisis desde el punto de
vista de la “representación religiosa”, como diría Hegel. Lo
dirige a quienes piensan que lo Incondicionado se ha dado él
mismo representación en la historia y a quienes profesan además
la religión cristiana en su forma católica. Pero tanto el
creyente, como quien, con Horheimer y Adorno, piensa que debe
prohibirse a sí mismo toda representación de lo Incondicionado,
pueden encontrar en ese texto de Ratzinger una exposición
rigurosa, clara, e informada de lo mejor del pensamiento
moderno, acerca de por qué las religiones reaparecen hoy al
espacio público y acerca de las cuestiones de sentido que
precisamente a la libertad moderna se le plantean y que ésta no
puede pasar por alto al organizarse como tal libertad y al
afirmar su autonomía como tal libertad.
II
Precisamente hoy, la libertad moderna, para poder seguir
afirmándose en su incondicionalidad, tiene que repensar su
relación con las religiones, que, sin pedir ni autorización ni
permiso a nadie (y precisamente eso es rasgo esencial del
ejercicio de la libertad moderna) hacen acto de presencia en el
espacio publico que esa libertad ha creado, después de que las
grandes utopías mesiánicas seculares se hayan venido abajo. En
Teoría de la acción comunicativa Habermas analizó muy bien las
dos principales modalidades de esas utopías, una la representada
por Condorcet, otra la representada por Marx.
La necesidad de repensar esa relación no puede ser sustituida
por pataletas ni aspavientos, ni pretendiendo reinventarse
cosmovisiones laicistas, que, erigiéndose en religión, no serían
en el espacio público sino eso: otra religión, que no haría sino
evocar la religión. Tampoco se le puede hacer frente
pretendiendo expulsar a las religiones del espacio público; no
se van a ir de él, a no ser que ese espacio público niegue sus
propios supuestos. En él las religiones se expresan en su propia
lengua, convirtiendo en asunto de cultura general el entenderla.
A la necesidad de repensar esa relación sólo se le puede dar
satisfacción empezando por de pronto a releer importantes
fuentes de pensamiento europeo liberal y de izquierdas, que ahí
están. Sería curioso que el Papa las leyera antes y mejor, y que
la izquierda tuviera que aprender del Papa a volver a ellas y a
releerlas. ¿A qué líder de la izquierda se le ha visto alguna
vez recurrir como pieza central de su argumentación a Dialéctica
de la Ilustración de Horkheimer y Adorno, ni a nada parecido?
¿Pero no habíamos quedado en que ese texto era de lo mejor del
pensamiento europeo de izquierdas? Toda una lección la de
Ratzinger, que empieza su discusión repitiendo casi a la letra
las páginas de Dialéctica de la ilustración sobre Bacon. ¿Qué
piensa hacer la izquierda? ¿Repetir quizá a Condorcet, después
de haberse despedido de Marx y haber transitado por el
postmodernismo?
Si la izquierda en general, en vez de pasar casi directamente de
la Revolución al postmodernismo se hubiera dejado ilustrar a
fondo por Teoría de la acción comunicativa de Habermas y otras
obras de este tipo, aparte de ahorrarse algunos sustos y de
adelantar mucho, habría evitado encontrarse con que, si se
descuida, se las puede acabar contando un Papa.
Pues hace tiempo que Habermas propuso a la izquierda un tránsito
algo complejo, pero muy coherente: “de Parsons a Marx a través
de Weber”. Es decir, de la mentalidad liberal de la “democracia
en América” (Tocqueville) a la conservación en ella de la
herencia de la izquierda europea, teniendo muy presente la
aporética de la razón y la libertad modernas diseccionadas por
Weber en su Sociología de la religión, aporética cultural y
social que precisamente en Europa había dado al traste con esa
libertad.
III
En una sociedad postsecular, en la que no se puede contar con
que ningún proceso de secularización acabe absorbiendo a las
religiones, la “ley humana” habría de procurar no contravenir a
las “leyes divinas” de las religiones si no es para proteger y
hacer valer la “ley divina” superior que está a la base del
derecho moderno, la de la efectiva, real e igual libertad de
todos y cada uno, la libertad de cada cual de decidir la
configuración que va a dar a su vida desde el sentido último que
atribuya a ésta, sin necesidad de pedir autorización ni permiso
a nadie, sin más limitación que reconocer ese derecho a todos.
Como muchas veces señalaron Kant y Hegel (y Ratzinger por lo
general hace suyas las formulaciones de Kant), esa ley de la
igual libertad brota del mismo sitio de donde nacen las
religiones, del quedar el hombre por encima de sí mismo, de
serse el hombre su propia posibilidad de también no ser, su
propio más-allá de sí, que inmisericordemente lo individúa
(nadie se muere en mi lugar) y lo entrega a su propia
responsabilidad. Aceptando esa ley de la igual libertad, las
visiones últimas del mundo y de la vida, que precisamente por
ello habrán de saberse plurales, se convierten en “razonables”,
como dice Rawls, y pueden convivir, también en el espacio
público, es decir, en ese espacio donde las personas privadas se
reúnen formando un público que se informa y que también se hace
oír.
Ya Durkheim y Weber y después también Habermas, han insistido
por una u otra vía en que a las religiones universales no tiene
por qué serles imposible aceptar esa ley de la razón, pues muy
bien pueden pensarla como proviniendo precisamente de aquello a
lo que ellas dieron figura, esto es, de que ha de ser el
individuo quien asuma la responsabilidad de su propia existencia
respondiendo de ella él solo ante lo Incondicionado, ante su
propio más-allá. Averroes, Spinoza y Hegel, es decir, un
musulmán, un judío y un cristiano, pueden muy bien seguir
instruyéndonos precisamente en este sentido.
Y también sucede al revés. Precisamente por provenir de la misma
fuente que las religiones, la razón y la libertad moderna quizá
hayan de dejarse recordar muchas veces por las religiones su
autonomía e incondicionalidad, obligando a redefinirlas y a
refrescarlas. Esto era algo en lo que creo que estaban de
acuerdo Ratzinger y Habermas. La razón moderna hubo de desistir
hace tiempo de dar alcance a su propia fuente y, por tanto, de
agotar su propio origen. Por eso las figuraciones sobre el
origen seguramente van a seguir ahí, convirtiéndose también en
“potencial semántico” del que no se excluye que también pueda
beber la razón.
IV
Las religiones, al igual que los sucedáneos modernos de ellas
referentes al sentido global de la vida y del mundo, muchas
veces han supuesto un riesgo para la libertad moderna y aun su
destrucción, otras muchas la afianzaron, y otras muchas fueron
para ella fuente de inspiración.
En un libro sugiere Ratzinger que también pudiera ser que, así
como el Cristianismo conservó la cultura greco-romana frente a
la irrupción de los bárbaros, ahora pudiera contribuir junto con
las demás religiones universales a hacer que la cultura
ilustrada moderna repensara y conservara entera e intacta su
original pretensión de universalidad frente a la nueva barbarie
de la que habla Adorno.
Mirando al pasado, esa sugerencia de Ratzinger no es
inverosímil. Por ejemplo, la democracia liberal americana, que
nació directamente como democracia liberal y como tal se
mantiene, se funda en el principio de que la ley la establecen
(a través de sus representantes) los mismos que quedan sujetos a
ella y en el principio de “un hombre, un voto”, y ello dentro
del marco de un conjunto de garantías constitucionales (las
enmiendas de 1791) consideradas prácticamente como intocables,
impregnadas de espíritu del protestantismo, en un medio y
mentalidad configuradas por el protestantismo de sectas (el
catolicismo americano hubo de acomodarse a ello). En el espacio
público, esa razón política moderna autónoma, que apela a Locke
y a la Ilustración, no necesita volverse contra una conciencia
religiosa de la que casi se sabe provenir y en la que en buena
parte encuentra su base. En todo caso, me parece difícil hacer
siquiera una esquemática historia de la democracia en América
sin poner en el centro el Cristianismo protestante.
Me atrae, ciertamente, mucho más el mundo político creado por
las socialdemocracias y las democracias cristianas europeas
después de la Segunda Guerra Mundial. Pero ello no me impide ver
que sin “la democracia en América” heredera de la revolución
puritana de Cromwell y de la Gloriosa Revolución y nutrida de
raíces religiosas, la democracia liberal quizá hubiera quedado
barrida en el continente europeo en la primera mitad del siglo
XX por los monstruos engendrados por el sueño de la razón
ilustrada y por la crisis de ese sueño en Europa, y no sólo a
causa de las religiones. El que la historia de la Contrarreforma
católica fuera otra, no implica que en el contexto de una
modernidad europea que se ha convertido en destino para toda la
especie humana, la presencia de las religiones en el especio de
discusión pública tenga que significar sólo destrucción y
riesgos; puede cumplir también un papel de afianzamiento,
inspiración e incluso de importante innovación.
V
Este Ratzinger conservador aborda con precisión y claridad en su
última encíclica problemas de la conciencia ilustrada moderna
que la descolorida textura conceptual postmodernista que hoy por
desgracia prevalece en buena parte de los discursos y
manifestaciones de bastantes posiciones de izquierdas ni
siquiera es capaz de tocar.
Cuando se comparan discursos y manifestaciones, uno incluso se
pregunta si muchas veces, también en lo que respecta a un manejo
solvente de las fuentes de izquierdas, los portavoces de la
izquierda no se empeñan quizá excesivamente en hacer verdad
aquello que el poeta francés Guillaume Apollinaire escribía de
otro Papa conservador, en un radical libro de poemas titulado
Alcools: “ L’Européen le plus moderne c’est vous Pape Pie X” [el
Europeo más moderno es usted, Papa Pío X ].
Me explico. Por lo que yo he leído de Ratzinger, éste entiende
por razón e ilustración lo que Kant entiende por razón e
ilustración, pues Ratzinger repite siempre más o menos las
formulaciones de Kant, las hace suyas y las da por obvias. Y por
lo que yo he leído de Ratzinger, éste entiende por dialéctica de
la Ilustración lo que Horkheimer y Adorno entienden por
dialéctica de la Ilustración; lo que éstos dicen, él lo hace
suyo y lo da por obvio. Y por lo que yo he podido también leer,
Ratzinger tiene además, como teólogo cristiano-católico, un
conocimiento de sus propias tradiciones que es brillante y
preciso, con una curiosa obsesión por la claridad y el rigor.
Cuando el Ratzinger teólogo, haciendo suya la obra de Horheimer
y Adorno (con referencias por tanto a Nietzsche y, en todo caso,
a Weber), se refiere a la problemática que se plantean a sí
mismas la razón y la libertad moderna tal como las describe Kant,
el razonamiento tiene que resultar de una notable potencia,
también para el no creyente y precisamente para el no creyente.
Por mi parte es por lo que leo a Ratzinger, aparte de a Bultmann,
a Jüngel y a otros; para enterarme bien del “teólogo” Hegel.
VI
En un artículo publicado en EL PAÍS (13 de enero de 2008), un
colega italiano de filosofía, Paolo de Flores d´Arcais, muy
empeñado en descalificar las coincidencias Habermas-Ratzinger
(me refiero a otro artículo suyo en DIE ZEIT de 22 de noviembre
de 2007, “Once tesis sobre Jürgen Habermas) oponía al
sorprendente edificio conceptual del último texto de Ratzinger
una articulación conceptual de urgencia, muy poco sólida.
El artículo me interesó porque, publicado en España, era muy
representativo de las posiciones de un tipo de cultura de
izquierdas, que ante escritos como los de Ratzinger hace sólo
aspavientos, no logrando apenas tapar que no tiene mucho que
oponerle. He empleado muchas horas en poner en español bastante
buen pensamiento europeo de izquierdas, que creo que tiene poco
que ver con eso.
Creo que ha habido mucha cultura de izquierdas que, como he
dicho, pasó de la Revolución a una postmodenidad teñida ésta a
veces de religiosos tintes heideggerianos, y que últimamente se
reubica en la modernidad en términos de una especie de religión
laica demasiado sumaria, que, por la vía de entablar
confrontaciones, busca darse una consistencia de la que quizá
carece. A esa izquierda, Ratzinger le pone delante los textos de
la modernidad y la problemática interna de esos textos. Y se los
pone en forma de una apropiación religiosa, a la que no puede
excluirse que respondan millones. Y a eso no hay que responder
con histerias. La ilustración islámica (sí, especialmente la
ilustración islámica), Lutero, Francisco de Vitoria, Grocio,
Hobbes, Spinoza, Locke, Rousseau, Jefferson, Mills, Weber,
Kelsen, la Escuela de Frankfurt, Habermas y muchos otros, pueden
ofrecer elementos para repensar en esta nueva situación de
retorno de las religiones los principios del orden liberal sin
salir corriendo a convocar enseguida una contracruzada por parte
de una izquierda, autoerigida ahora en guardiana del espacio
público burgués.
(Y digo también la ilustración islámica, porque, precisamente
leyendo el libro de Habermas Entre naturalismo y religión, a uno
le queda claro que lo que sucede en la cultura europea en la
discusión protagonizada por Kant, Fichte, Hegel y
Scheleiermacher entre otros, puede muy bien entenderse como algo
análogo e incluso como una “repetición” de lo que, siglos antes,
había sucedido en la cultura islámica, en la contexto de la
discusión entre Algacel y Averroes. El Islam puede muy bien
apelar a este contexto, lo mismo que el cristianismo puede
apelar al otro, para moverse ambos en similares terrenos de
discusión y pensamiento ilustrado, que ni siquiera se serían
mutuamente ajenos, pues en muchos de los hilos que llevaron a la
ilustración europea intervino por una u otra vía el averroismo.
En ese contexto, después de considerar conjuntamente los
tratados teológicos de Averroes y, por ejemplo, el “Michkât al-Anwâr”
de Algacel, el recurso de Ratzinger en Ratisbona a las
manifestaciones de un oscuro emperador de Constantinopla me
pareció un tanto fuera de lugar.)
Según expone mi colega italiano en su artículo, Ratzinger dice
en su encíclica que la justicia sólo puede venir de Dios, no del
pueblo soberano. De donde se ve que Ratzinger lo que quiere es
descalificar la democracia liberal, sometiendo la legislación
estatal a los dictados de la Iglesia católica. No tengo ni idea
de si es eso lo que quiere Ratzinger, ni me interesa (como
tampoco me interesa otra curiosa cuestión de estos días: la de
si dice la misa de cara a los asistentes o dándoles la espalda,
pese a que entiendo que esa cuestión pueda ser de mucho interés
para otros). El caso es que fui a buscar la cita, y lo que
Ratzinger dice es que a quien fue aplastado por una injusticia
que no fue reparada, la justicia sólo puede venirle ya de un
Dios al que le interese tanto la poca cosa que somos, que
resucite a los muertos. No logro ver en esa vieja afirmación
religiosa ninguna voluntad de negar la democracia liberal. Si
esta voluntad existe, mi colega italiano debe de conocerla por
otras vías que lo que ambos hemos leído.
Añade mi colega que lo que busca Ratzinger es sustituir el
concepto moderno de autonomía por el de una “ley natural”
administrada por la Iglesia católica. Pero resulta que en ese
texto de Ratzinger no aparece la expresión “ley natural” ni una
sola vez. Lo que sí aparece es el concepto de libertad de Kant,
que es el concepto moderno de autonomía, con los “postulados de
la razón práctica”, y todo ello tal como es visto desde el texto
de Dialéctica de la Ilustración, en el que se centran las
consideraciones de Ratzinger.- Mi colega dice además que esa
apelación a la “ley natural” es lo que separaría a Ratzinger de
la propuesta de Grocio de fundar un orden que fuese válido
incluso si no existiese Dios (Etsi Deus non daretur). Pero
precisamente para Grocio ese orden sería un orden de “ley
natural” que quedaría por encima tanto del Dios de las
confesiones como de todo lo que pueda parecerse a una soberanía
popular, y que vendría a coincidir con los elementos más
abstractos del Cristianismo, con la razón de la que el
Cristianismo es portador.
Pero no es ya que mi colega no cite siempre con pulcritud o no
cite siempre con solidez. Se trata más bien del contenido de su
argumentación. El neocórtex desliga al mono “hombre” de los
instintos y lo remite a la construcción de un universo
normativo; de acuerdo. Del “es” no se sigue un “debes”; de
acuerdo. El Estado moderno nace de que el orden del derecho
queda desligado de una determinada confesión religiosa, de modo
que la fuente del derecho, el poder soberano, se pone por encima
de las confesiones imponiendo la paz entre ellas y haciendo
valer la igual libertad de cada uno de adorar a su Dios; de
acuerdo. Eso no sucedió así o no sucedió sin más así en el
contexto de la Contrarreforma católica; de acuerdo. El orden del
Estado soberano moderno acabó articulándose conforme al
principio de soberanía popular y al de “un hombre un voto”; de
acuerdo, con tal de que añadamos que también conforme a un marco
de garantías constitucionales de derechos, estrictamente
observado (al estilo de los Bills of rights clásicos). La
articulación del concepto de autonomía pasa por el escepticismo
moderno y pasa por el Etsi Deus non daretur; de acuerdo; lo
explica Hegel muy bien en la Fenomenología del espíritu. – Pues
bien, yo me preguntaba leyendo el artículo de mi colega: “¿Dónde
niega Ratzinger alguno de esos puntos? En lo que yo he leído de
él no. Las objeciones de mi colega me parecen, pues, un tanto
vacías.
A través del escepticismo la conciencia moderna se da alcance a
sí misma como conciencia autónoma, y, una vez que se sabe
autónoma, busca permanecer escéptica respecto a todo menos
respecto a ese concepto de autonomía. Y el conseguirlo conlleva
notables problemas no solo teóricos, sino sobre todo políticos;
tantos, que también a la izquierda europea y no sólo a la
derecha más conservadora le costó más de un siglo aceptar y
reordenar los principios de la democracia liberal. Pero mi
colega parece pensar que la dialéctica de la ilustración no
existe; no sé si para él la Sociología de la religión de Weber y
la Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno son
también libros de teología, igual que lo es la Fenomenología del
Espíritu de Hegel, es decir, libros que ni siquiera merece la
pena que se los tome en consideración (otro error de esta nueva
izquierda).
VII
Y algo que tampoco entiendo es el conflicto de estos días en la
universidad La Sapienza de Roma. ¿Que Ratzinger es demasiado
conservador? He visto a bastantes conservadores pronunciando
lecciones inaugurales; siempre di por supuesto que tenían el
mismo derecho a hacerlo que los no conservadores; y no lo
hicieron necesariamente peor que éstos, ni necesariamente mejor.
Lo que yo me pregunto es cómo es posible que gente que se
considera liberal, libertaria, progresista, de izquierdas,
censuren la visita de alguien a una universidad por haber citado
hace veinte años a Paul Feyerabend ¿Saben quién era Paul
Feyerabend? Me pregunto si esa izquierda piensa tirar al cesto
de los papeles la crítica liberal, libertaria, escéptica (tal
como la practicó Feyerabend) al estiramiento de la razón
científica moderna, es decir, si piensa tirar por la borda la
crítica de Feyerabend a un racionalismo dogmáticamente
autodisminuido en términos cientificistas y tecnológicos sin
capacidad de cobrar ningún tipo de distancia respecto a sí
mismo. ¿Qué piensa entonces hacer esa izquierda ante el “retorno
de las religiones”, tratar de instaurar o de reinstaurar una
especie de intolerante religión laica de la diosa Razón, con
censura incluida? Si eso fuera todo lo que una cultura de
izquierdas tuviera que oponer a las ideas contenidas en el
proyecto de discurso de Ratzinger en La Sapienza, que se ha
publicado estos días, se explicaría la histeria de esa
izquierda, pues esa cultura de izquierdas tendría perdida la
partida. La tendría igualmente perdida, e incluso aún más, si
Ratzinger no fuese un conservador.
Y la razón de ello es desesperantemente simple. En su discurso,
Ratzinger se remite a Rawls y a Habermas, dos nombres que pueden
representar a otros muchos, que son dos reconocidos
representantes de la cultura ilustrada occidental contemporánea,
y los convierte en objeto de una apropiación religiosa, hablando
y discutiendo con ellos. Por el contrario, quienes en La
Sapienza de Roma han conseguido de hecho censurar ese discurso
de Ratzinger, ni conocen esas fuentes ni otras muchas similares
del propio pensamiento actual de izquierdas, ni, por tanto,
saben remitirse a ellas.
Pues se diría que quieren reorganizar el espacio público de
discusión dándole la forma de una peculiar religión e iglesia
laica, sin percatarse de que de lo que se trata en ese ámbito es
de que en él han de convivir muy distintas “iglesias”, cosa que
Ratzinger da por supuesta. Quienes han censurado esa visita
ignoran elementos del orden liberal que incluso un Papa
conservador da por sentados. Creo que, conceptualmente,
Ratzinger tiene las cosas bastante más claras que ellos.
No se puede pretender expulsar a las religiones del espacio
público de discusión, para convertir éste en un espacio
exclusivamente laico, porque, precisamente, el poder salir a la
palestra y el poder hablar sin pedir autorización ni permiso a
nadie forma parte de la libertad moderna. Las religiones están y
seguirán estando en el espacio público precisamente porque éste
es un espacio de ejercicio de libertades. Laico ha de serlo
terminantemente el Estado. En cambio, el espacio público es el
espacio de personas privadas que se reúnen formando un público
y, por tanto, es un espacio que es y que (mientras sea lo que
debe ser) tiene que ser tan variopinto como la sociedad misma; y
en él cada cual habla el lenguaje que quiere, y tanto es
problema suyo el no ser entendido, como es problema de los demás
el no entenderlo. Y ante los problemas de incomprensión y
desacuerdo que eso genere, no vale ningún juego de exclusiones,
sino un intensificado juego de argumentaciones, en el que queden
siempre netamente marcadas las reglas de ese espacio y la
incondicionalidad de los principios que lo sostienen.
VIII
En todo caso, la cultura ilustrada liberal y sobre todo la
cultura ilustrada liberal de izquierdas deberían felicitarse de
que las grandes religiones reaparecieran en el espacio público
apelando a algunos de los productos más prestigiosos de esa
cultura, convirtiéndolos en ingredientes del propio sistema de
creencias, sirviendo así de sustentación al overlapping
consensus (Rawls) en que una democracia liberal ha de asentarse.
Y a la inversa, como el mismo Ratzinger ha recordado, las
grandes religiones universales representan en el proceso de
racionalización cultural y social (Weber) ofertas de
“configuración racional” de la existencia, que, so pena de haber
de ser consideradas puramente irracionales, han de sujetarse a
las condiciones de “razonabilidad” (Rawls) que les impone la
razón ilustrada moderna que nace de ellas y a la que las
religiones han de ver como naciendo de ellas (ésa es la
cuestión). Pero no por eso dejan de poder aportar a la razón
ilustrada la tradición de sabiduría y experiencia que ellas
poseen como tales ofertas de articulación y configuración de la
vida.
En este sentido la izquierda ilustrada europea debería por todos
los medios tratar de conservar al conservador Ratzinger.
Conservarlo también para aprender de él, incluso en lo que
respecta a la capacidad de apelar a fuentes de la cultura
liberal y de izquierdas. Se haría un gran favor a sí misma.
Pues, ¿qué va a hacer esa cultura cuando se tope con líderes
religiosos que no estén dispuestos a asumir esos principios como
ingredientes decisivos de sus propias creencias? ¿Limitarse a
aceptar a su vez censura de hecho o imponerse a su vez
prudentemente autocensura, como ya han propuesto dirigentes
europeos de izquierdas? Lo peor que podría hacer la izquierda es
convertirse en participante en un juego de equilibrio de
“poderes de censura”, incapaz de tematizarse, analizarse y,
menos aún, de justificarse a sí mismo. Paradójicamente, las
ideas contenidas en el texto de la censurada intervención de
Ratzinger en La Sapienza ofrecen una buena base para empezar a
hacer frente a este tipo de cuestiones, tanto por parte de las
religiones como por parte de la cultura liberal y de izquierdas.
Asimilando primero “Estado laico” y “laicismo del espacio
público” y convirtiendo después el “laicismo” y la “libertad de
expresión” en dos bienes jurídicos supremos que hay que sopesar
el uno contra el otro, alguien hacía estos días en un periódico
español este comentario: “Sí, por una vez ha ganado el laicismo,
por primera vez un puñado de jóvenes han parado la máxima
autoridad del Estado Vaticano, por una vez, se ha sacrificado la
libertad de palabra y de opinión sobre el altar de la laicidad”
(EL PAÍS, G. Cerasi en artículo fechado en Roma el 17 de enero
de 2008). También en lo que respecta a principios de la mejor
cultura liberal e ilustrada contemporánea, el nivel del
proyectado discurso del conservador Ratzinger es
incomparablemente superior al nivel de este comentario. Como
enseñaba Habermas hace ya muchos años, también el
conservadurismo puede ejercer en ocasiones funciones críticas.
Las posiciones del conservador Ratzinger podrían quizá cumplir
también la función de ayudar en casos como éste a conservar
elementales principios de la mentalidad liberal, de los que
ciertas posiciones de izquierda están evidentemente dispuestas a
prescindir.
IX
Y en EL PAÍS de 21 de enero de 2008 se comenta que “Ratzinger ha
hecho saber que se propone la reconquista católica de los países
del sur de Europa, entre ellos España. Dentro del marco de la
libertad religiosa consagrada por la Constitución, está en su
derecho. Fuera de ese marco, el proyecto de Ratzinger es una
agresiva reformulación del integrismo”.
No estoy muy al tanto de lo que Ratzinger se propone, pero estoy
completamente de acuerdo con este comentario y creo que sería
muy difícil no estarlo. Sólo que como lector de algunos textos
de Ratzinger, a mí me parece que, paradójicamente, no tiene que
darse por excluido que para defender ese marco de la libertad
religiosa y de la libertad de ideas, a donde a veces haya que
recurrir, o al menos en alguna ocasión pueda muy bien
recurrirse, sea a textos de Ratzinger. Así como tampoco debe
excluirse que precisamente para defender ese marco haya que
prescindir en alguna ocasión de algunas posiciones de
izquierdas.
En todo caso, en un discurso que le he leído, después de
reafirmar expresamente los valores revolucionarios de libertad,
igualdad y solidaridad, Ratzinger se explica sobre esta
cuestión: “El artículo 10 de la carta europea de los derechos
humanos de 1999 garantiza la libertad de conciencia, de
pensamiento y de religión, y también la libertad de cambiar de
religión o visión del mundo, y finalmente la libertad de
manifestar la propia religión, en particular, o en común con
otros, pública o privadamente, mediante culto, enseñaza,
costumbres y ritos. Los Estados se declaran neutrales frente a
la religión, pero a la vez le conceden la posibilidad de
manifestarse públicamente. Todo esto es positivo y responde a la
idea básica cristiana de la separación entre el ámbito estatal y
el ámbito religioso.” Ratzinger subraya que aquellos valores
revolucionarios son secularización de una herencia cristiana y,
por lo tanto, son valores que la cultura religiosa comparte sin
más con la cultura política moderna.
Y refiriéndose después a la necesidad de respetar lo que los
otros consideran santo, hace un comentario en el que se ve que
este conservador sabe defender lo suyo pero no sin sutileza. Hoy
nadie en Europa se atrevería a hacer burla pública de un símbolo
de la religión hebrea; nadie de hecho se atrevería menos aún a
hacer burla pública de símbolos de la religión islámica; no es
así cuando se trata de símbolos de la religión cristiana; en
este caso se considera que la libertad de expresión ha de
prevalecer sobre el respeto a lo que para el otro es santo: “Se
pone aquí de manifiesto un autoodio que sólo puede calificarse
de patológico por parte de esta Europa que intenta abrirse de
forma tan laudable a la comprensión de los valores del otro,
pero que no se gusta ni se quiere a sí misma, que sólo ve lo
cruel y destructivo de su historia, pero que no sabe percibir lo
grande y valioso de ella. Europa necesita para sobrevivir una
aceptación de sí misma que ha de ser, ciertamente, crítica y sin
orgullos. Pues tampoco la multiculturalidad es posible sin
constantes compartidas, sin puntos de orientación en lo propio.”
X
Y quizá esta última observación explique la complejidad del
personaje Ratzinger, que, ciertamente, por lo menos a cierta
izquierda parece estarla poniendo demasiado a menudo al borde
del ataque de nervios.
Ratzinger pertenece a una curiosa generación centroeuropea de
obispos-profesores, y, como profesor, figura sin duda entre los
profesores de filosofía y teología más prestigiosos de Europa.
El medio intelectual del que bebe y en el que se mueve este
profesor de filosofía es el pensamiento ilustrado moderno, los
grandes de la ilustración europea de raíz protestante.
Y en el propio contexto del desenvolvimiento de esa gran
tradición filosófica, Ratzinger no sólo ha percibido muy bien la
problemática interna de ella (de ahí su proximidad a algunos de
los representantes de la Escuela de Frankfurt), sino también la
tendencia a su propia auto-dejación postmoderna (y de ahí su
continua crítica a las posiciones postmodernistas).
Pues de la pretensión de universalidad de la cultura ilustrada
moderna sólo parecen quedar dos cosas: por un lado, la intacta
pretensión de universalidad y el poder de autoimposición de la
cultura científica y tecnológica, capaz de penetrar ya en las
propias “cisternas de la vida” y, por otro, la intacta
pretensión de universalidad de las religiones de las que esa
cultura ilustrada europea puede considerarse la herencia
secularizada.
Y entre la pretensión de universalidad de unas religiones que
quedaron detrás y la pretensión de universalidad de una cultura
científica y técnica que se autointerpreta en términos
naturalistas, es decir, entre naturalismo y religión (Habermas),
la cultura ilustrada moderna no tiene muy claro cuáles habrían
de ser las bases sobre las que seguir asentando la pretensión de
universalidad y de incondicionalidad de aquel programa
revolucionario de libertad, igualdad y fraternidad que
constituye la cultura moral ilustrada de Occidente.
Y Ratzinger está convencido de que, una vez que se han venido
abajo las utopías universalistas de carácter secular, ha de ser
papel de las religiones universales el recodar a la razón moral
ilustrada moderna su entera pretensión de autonomía,
universalidad e incondicionalidad, aunque ello haya de ser por
la vía del desafío.
Pero además, a este Ratzinger profesor le encanta la discusión.
Por lo que veo, se mete en todo, se mete con todo y se mete con
todos. Le busca las vueltas a todo y a todos (por tanto, a veces
no resulta muy simpático), aprende de todos, saquea
inteligentemente a todos y se apropia de todo. Por eso decía yo
al principio de estas consideraciones que no puede excluirse que
la izquierda tenga alguna vez que recurrir a Ratzinger para
aclararse acerca de algunos conceptos difíciles de sus propias
tradiciones. Leer a Ratzinger puede significar dar en tres
páginas con la literatura bíblica, la patrística, el pensamiento
moderno, una breve exposición de la dialéctica de la ilustración
de Horkeimer y Adorno, alusiones a Marcuse, y una precisa
explicación del concepto de instante en Kierkegaard, Benjamin y
Heidegger, y ello de forma inteligible para todos.
Y por último, uno se encuentra con el Ratzinger conservador que,
irritantemente, no es posible separar ni del Ratzinger profesor
atenido al pensamiento moderno y contemporáneo ni del Ratzinger
polemista y dialogante. Pues tal atenencia a los principios de
la modernidad y tal apertura a la discusión, Ratzinger la
consigue ateniéndose a su vez rigurosamente a lo suyo propio, a
su propia verdad, a su propia herencia religiosa, a la que busca
dar claridad, precisión y un neto perfil, es decir, capacidad de
contraste, y también capacidad de desafío, protegiéndola
constantemente de que pueda disolverse en lo otro. Quiere
conservarla en toda su pureza y diferencia, como antaño en los
monasterios de la orden de San Benito (creo que el nombre que se
puso como Papa es también una alusión a eso), porque entiende, y
esto puede ser muy discutible, que sólo así puede ser capaz de
irradiación cultural, que sólo así puede cumplir el papel de
conservación y de memoria que él entiende que las religiones
universales están llamadas a cumplir en la existencia ilustrada
contemporánea, una vez que las representaciones utópicas
seculares se han disipado.
Por poner un ejemplo, Ratzinger lee a Kant o a Hegel mejor que
nadie, pero sigue a Kant o a Hegel hasta el punto en el que a
Kant o a Hegel la representación religiosa se les disuelve en
conceptos. Es entonces cuando Ratzinger busca con Weber, con
Adorno, con Habermas o con muchos otros las vueltas a Kant y a
Hegel. Y se le ve afirmar la pureza y originalidad de la
representación religiosa frente a unos conceptos que, habiendo
de afirmar su autonomía frente a esa representación de la que
provienen y habiendo de considerar a esa representación una
figuración subordinada de ellos mismos, hoy corren, sin embargo,
el riesgo de disiparse. Así lo ve Ratzinger.
En suma, Ratzinger, al menos el que yo leo, me parece a mí que
es un personaje más complejo y que responde a una situación
cultural más compleja, que lo se ha supuesto estos últimos días
en algunas posiciones de izquierdas
M. Jiménez Redondo
Valencia, 23 de enero de 2008
Manuel Jiménez Redondo nació en
1947. Cursó estudios universitarios en Madrid y Francfort. Ha
sido el traductor de buena parte de la obra de Habermas. Ha
traducido también a Heidegger y a Hegel, entre otros. Perteneció
en los años 80 al seminario de derecho dirigido por Habermas. Es
catedrático de Filosofìa de la Universidad de Valencia. Ha sido
profesor invitado en varias universidades extranjeras. Tiene
numerosas publicaciones sobre idealismo alemán y corrientes
filosóficas contemporáneas. Desde hace años dirige en la
Universidad de Valencia el curso de Doctorado "El discurso
filosófico de la modernidad".
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