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Pensar críticamente el pensamiento crítico. Parte 2

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- Eugenio del Río* - Sin Dominio

Un pensamiento para la movilización


El pensamiento crítico pretende impulsar la movilización y por ello propende a exponer las cosas de tal forma que invite a actuar. Y aquí empiezan los problemas: no todo lo real induce a actuar.

Para lograr el efecto movilizador que se busca hay dos normas bien conocidas. La primera es que el enemigo y sus actos aparezcan como odiosos.

La segunda consiste en que el propio campo social o político ha de percibirse como algo noble y simpático, y con capacidad para alcanzar algunos de sus fines.

Desde el punto de vista de la lucha contra el capitalismo, contra un gobierno o contra un partido, interesa pintar al adversario con los peores colores, pillarle en falta, subrayar sus defectos y silenciar sus aciertos, si es que los hay o cuando los haya.

Dado que no todo lo real propicia la movilización, surge un interés en seleccionar entre los rasgos que definen una realidad aquellos que favorecen más esa movilización, ignorando, si es preciso, aspectos sustanciales de la realidad.

Hace unos años, Mario Gaviria publicó un libro muy polémico sobre los avances registrados en la sociedad española. No voy a comentar ahora su contenido. Lo que sí evocaré es la reacción tan hostil que suscitó en diversos ambientes de izquierda. El libro provocaba antipatías por su insistencia en los progresos realizados. Era como si el mero hecho de hablar de ellos restara legitimidad a la izquierda, esto es, como si para justificar la oposición al capitalismo fuese necesario que todo marchara de la peor manera posible y que se perfilara una terrible catástrofe en el horizonte.

En Occidente, desde hace siglo y medio se suceden las predicciones que anuncian grandes movimientos autodestructivos. Si disminuye el paro, se trata de un fenómeno de corta duración; si aumenta el ahorro privado, la clase obrera nunca se beneficia de él; si disminuye la pobreza extrema, hay que desconfiar de las estadísticas que así lo indican.

En una ocasión, en el curso de una conferencia, cometí la imprudencia de afirmar que el rey de España no es ni mucho menos tan necio como con frecuencia parece, lo que mereció la reprimenda de un asistente, que puso en duda la firmeza de mis convicciones republicanas. A mi juicio, la oposición a la monarquía debería reposar sobre razones democráticas: el rechazo de una autoridad no sometida a las urnas. Mi punto de vista no implica que el rey haya de tener forzosamente un bajo coeficiente intelectual, lo mismo que no supone que un presidente de la república elegido por sufragio universal, por esa simple razón, haya de ser siempre un buen presidente. Uno es repúblicano no porque en una república vayan siempre las cosas mejor que en una monarquía, sino por razones democráticas. Es mejor que el pueblo se equivoque al elegir que no se equivoque porque se le niega el derecho a hacerlo. El republicanismo debería poder defenderse no ya frente a un rey deficiente mental, sino ante un rey inteligente.

Sobre este problema se levanta con frecuencia un doble lenguaje: el público, acorde con estos criterios a los que estoy aludiendo, y el privado, en el que se admite que el panorama es más complicado, que no todo es tan sencillo, a lo que se añade la coletilla de que hay cosas que no se deben decir en público.

Uno de los aspectos más frágiles de buena parte del pensamiento crítico es una representación de la realidad extremadamente simplificada. Todo es sencillo y todo está claro. Hay un escenario único, el mal está representado por poderes que, al parecer, se han unificado respecto a lo que ha de hacerse; algo así como un poder central subterráneo que mueve los hilos en la sombra, y que, en el caso de triunfar, puede provocar un desastre absoluto.

Tengo en mis manos un saludo enviado por el admirado Noam Chomsky a la semana libertaria, interesante y estimulante bajo muy diversos conceptos, organizada por la CGT a finales de marzo de 2001 en el Ateneo de Madrid. De él entresaco los dos siguientes párrafos:

Una gran confrontación está adquiriendo forma a través de todo el mundo. La concentración de poder en manos de las empresas, en estrecha alianza con los Estados dominantes, no hace más que ir institucionalizando su control.
La consolidación de este proceso significará la desaparición del conjunto de derechos ganados en siglos de lucha popular. Su meta es reducir a las poblaciones controladas a la condición de dominados aislados y obedientes, cuya forma de realización sea simplemente la satisfacción de las «necesidades inducidas» por los mecanismos de dominación».
Encontramos aquí las piezas características de mucha de la literatura crítica: el enemigo se nos muestra como un ente unificado, sin fisuras; sus objetivos, absolutamente siniestros, pueden ser alcanzados; la población es una víctima y una masa que puede llegar a ser enteramente manejada. Esta manera de concebir las cosas tiene al menos dos defectos.

El primero es que la realidad es más compleja que todo eso, que las fuerzas del mal no están tan unidas debido a que sus intereses no coinciden al cien por cien y entran en conflicto en aspectos importantes, y que el mundo no es tan controlable, entre otras razones porque se ha entronizado una espontaneidad económica y, especialmente, financiera que depende de multitud de factores que no se dejan controlar buenamente.

El curso de los acontecimientos es más complejo, más indeterminado y menos previsible. Y las decisiones que toman los poderes establecidos ni son tan unificadas ni resultan siempre tan acordes con los intereses de todas las fuerzas conservadoras de todos los países. No es posible evitar las presiones sociales divergentes, los conflictos entre intereses nacionales o entre grupos empresariales diversos, la atomización en la toma de decisiones económicas que afectan a grandes áreas o a todo el planeta, las apreciaciones divergentes y a veces equivocadas. Esto se deja sentir con fuerza en el mundo contemporáneo. No hace mucho hemos tenido en Seattle, con motivo de la reunión de la Organización Mundial del Comercio, un testimonio contundente de la envergadura de las dificultades para unificar las perspectivas de los Gobiernos allí representados. Los ministros de Comercio de los 135 Estados miembros salieron de la reunión sin haber logrado fijar siquiera un calendario para las negociaciones posteriores.

Algo parecido ocurre cuando se habla de los medios de comunicación, a los que suele retratarse como simples y dóciles instrumentos en manos del estado mayor del capitalismo internacional. En un reciente artículo de Sergio Romano puede leerse lo siguiente: «En lo que se llama la ``sociedad libre de mercado'' el cometido de la industria de la comunicación, como el de cualquier industria, estriba en producir beneficio, más aún, en estimularlo...». Hasta aquí, nada que objetar. Pero, continúa: «...Y, sobre todo, en manipular a la mayoría de la población, de manera que no emprenda acciones contra el sistema de economía privada, sino que lo apoye y extienda». Más abajo añade que «la función primordial de la industria de la comunicación [...] estriba en desorganizar y desmoralizar a los sometidos» (Realidad, Sevilla: marzo 2001, p. 2).

Así pues, según esto, para una cadena de televisión, más importante que ganar dinero es disciplinar a la población.

A fuerza de buscar una eficacia sociopolítica (convencer, movilizar, denunciar, enfrentar), todo ello justo y necesario, algunas manifestaciones del pensamiento crítico reducen en extremo su calidad. Tal vez alcancen su propósito en el orden de la denuncia, pero como pensamiento dejan mucho que desear.

(Ver: Arthur Schopenhauer)

Al interés por ensombrecer al adversario se une el de traer buenas noticias para el propio campo y realzar sus atractivos

Hacer ver la bondad de un movimiento, de un partido, de una causa no siempre se consigue con los mismos procedimientos. En ocasiones se logra destacando lo fuerte que es y lo buenas que son sus expectativas. Es el conocido vamos a ganar. O, llevando las cosas más lejos, como proclamaba el curioso cartel de la organización juvenil de un partido de izquierda pegado en las paredes hace unos meses: Sólo podemos vencer. Otras veces, lo que se pone en la balanza son pronósticos estimulantes. Especialista en ello fue el ya desaparecido Ernest Mandel, activo luchador de izquierdas durante muchos años. Su forma de considerar el futuro a comienzos de los noventa fue muy característica del enfoque que estoy comentando. El movimiento obrero y la izquierda encararon una situación delicada, que él percibió así:

La clase obrera y sus aliados no están aún en condiciones de imponer su solución revolucionaria, por razones esencialmente subjetivas. Permaneceremos en un largo período de crisis y luchas. (Entrevista publicada en Inprecor, en castellano, 300, Madrid: 12-25 de enero de 1990, p. 6).
Sobre el capitalismo pesa una maldición de la que no puede escapar. No solamente sus conflictos internos tienden a exacerbarse periódicamente y a desembocar en crisis explosivas de todo tipo, sino que además y sobre todo no puede crecer y desarrollarse sin hacer que crezca y se desarrolle también el proletariado. [...] La tendencia «secular» va en el sentido del reforzamiento y no del debilitamiento de la organización, de la cooperación y de la solidaridad entre asalariados. («L'avenir du communisme», Inprecor, 305, París: 23 de marzo al 5 de abril de 1990, pp. 25 y 26).
Como se ve, trató los problemas del movimiento obrero como principalmente subjetivos (conciencia, organización, liderazgo), sin dar mayor importancia a los condicionantes objetivos (creciente fragmentación social y económica, crecimiento de los servicios en perjuicio de la industria, etc.), que desempeñarían un papel destacado en la evolución de los comportamientos. Bajo un ángulo similar, Mandel, ante los cambios políticos en Polonia y Hungría en 1989, vaticinó que si se restauraba el capitalismo provocaría una resistencia popular («Alcance y límites de las reformas en Hungría y Polonia», El País, Madrid:7 de agosto de 1989, p. 7).

He de precisar que al hacer estas observaciones críticas no estoy poniendo en cuestión la honestidad de Mandel. Él, como en tantos otros, transmitía lo que veía tal como lo veía, destacando aquello que estimaba que podía infundir mayores ánimos en quienes le leían.

La confianza en el triunfo, si se apoya sobre hechos consistentes, tiene alguna fuerza pues, como se sabe, suele ser más popular estar con los ganadores que con los perdedores.

(Ver: Entrevista a Carlos Marx)

Un breve paréntesis sobre los insistentes llamamientos a ser optimistas

En este punto no puedo dejar de mencionar, aunque sea muy brevemente, a una pareja famosa que hace acto de presencia inevitablemente cuando se habla de estos asuntos. Esa pareja es la formada por el optimismo y el pesimismo. No me refiero a las acepciones muy comunes y livianas de optimista y pesimista (optimista es equivalente a animoso) y de optimismo y pesimismo («las perspectivas de su enfermedad son optimistas», «tenemos razones para ser optimistas sobre el desenlace de esta movilización»...). Por supuesto, todo movimiento necesita un talante animoso así como una capacidad para vislumbrar los puntos de apoyo más favorables, incluso en las situaciones más difíciles.

El problema al que estoy aludiendo tiene más envergadura y hace referencia a una acepción más fuerte de optimismo y pesimismo, en tanto que actitudes metafísicas contrapuestas sobre el curso de los acontecimientos. Según el punto de vista optimista, la Historia avanza finalmente por su lado bueno. Ese es el optimismo del célebre Dr. Pangloss del Cándido (1759) de Voltaire, quien creía que todo lleva al mejor de los fines de manera ineluctable. La obra iba dirigida contra la optimista fatalidad del bien postulada por Leibniz.

El pesimista, por su parte, sostiene lo contrario. Uno y otro se separan de la realidad, que se resiste a dejarse encajonar en un cauce tan rígido, simple y unidireccional.

A ese sentido fuerte de optimismo y pesimismo se refería el autor francés Georges Bernanos cuando escribió que «el pesimista y el optimista están de acuerdo en no ver las cosas como son. El optimista es un imbécil feliz, mientras que el pesimista es un imbécil desgraciado».

La oposición entre optimistas y pesimistas, en sentido fuerte, que expresan inclinaciones personales eminentemente subjetivas o doctrinas altamente metafísicas, casi nunca son provechosas. Tras ellas emerge, de un lado y otro, el irrealismo.

He podido comprobar que muchas veces se condena una visión de la realidad, a la que se tacha de pesimista, no porque deforme las cosas, sino porque las malas noticias no ayudan a la propia causa. Y, de acuerdo con eso, se nos pide que deformemos nuestra visión de la realidad en sentido contrario. Una deformación contra otra. Optimismo y pesimismo tienen bastante en común.

Hemos de admitir que nuestra disposición subjetiva al afrontar la realidad es ambivalente. Queremos que nuestro conocimiento sea realista, pero, a la vez, ese deseo de conocer está condicionado, interferido y hasta dirigido por una voluntad moral y sentimental que nos induce a obtener unos resultados determinados en cada proceso cognitivo. El ansia por conocer choca con la demanda de que las cosas sean de una forma y no de otra, lo que contribuye a hacer deficiente el conocimiento.

De hecho, cuando se nos llama a combatir el pesimismo, se nos está pidiendo algo más: que creemos ilusiones, que nos convirtamos en ilusionistas, en sentido estricto, esto es, que nos unamos al optimismo no sólo frente al pesimismo, sino frente al realismo, con lo que se echa por la borda una de las condiciones principales de un buen pensamiento crítico.

Por mi parte, veo imprescindible distinguir dos partes de esta cuestión. La primera hace referencia al conocimiento de las cosas. Aquí lo que debería imperar es la búsqueda del mejor conocimiento posible. Y la transmisión clara de ese conocimiento.

Luego, aunque con frecuencia esto no aparece propiamente como una secuencia temporal, hace falta afrontar esas realidades, y entonces se requiere una predisposición positiva, lo que en el lenguaje común se podría llamar un ánimo optimista, es decir, la capacidad para captar aquello que nos resulta más propicio y una voluntad de hacer frente a los problemas, lo que no excluye el realismo ni siquiera considerar la posibilidad de que las cosas tomen el peor rumbo posible. Una mala noticia, la misma mala noticia, es abordada de manera diferente según sea este ánimo. Pero frágil será esta disposición del espíritu si no se basa en el realismo.

(Ver:
Zoroastro (Zaratustra)

«Tenemos razón»

Guarda relación con lo que estamos viendo la actitud consistente en ignorar los puntos de vista de quienes pertenecen al bando político o social equivocado. Con frecuencia oímos que tal persona no tiene razón, no puede tenerla, porque es de derechas. Es como si se supusiera que cualquier ámbito intelectual está inserto en uno de los posibles campos de la lucha política y social, y que las ideas de los autores de derechas, hablen de lo que hablen, no pueden dejar de estar al servicio de la causa política que defienden. Ese hecho, al parecer, exime de considerar si las ideas que sostienen respecto a la historia, a la biología o a la lógica poseen o no algún fundamento.

La cuestión se agrava cuando, además de ser de derechas, osan criticar algo que se considera sagrado. Así ocurrió durante mucho tiempo con las críticas al marxismo que procedían de intelectuales de derechas. Las juiciosas observaciones críticas de Karl Popper a la dialéctica marxista fueron a menudo descalificadas de un plumazo por proceder de tan conocido conservador, sin que fuera precisa una discusión razonada.

Y, a la inversa, si alguien de izquierda se atreve a coincidir con esas críticas o a desarrollar puntos de vista de similar alcance, se arriesga a caer bajo el peso de la excomunión. La defensa de tales ideas, en este caso autocríticas, evidenciaría un alejamiento de la izquierda. El enfoque de la labor teórica bajo el simple cálculo del interés político lleva a administrar los problemas teóricos de una manera defensiva, a no reconocer las propias debilidades o a tratarlas sólo a puerta cerrada.

En suma, estamos ante una resistencia a admitir lo que no conviene y ante una desconfianza respecto a lo que pueda decir el contrario. Todo ello nos impide percibir sus posibles puntos fuertes. Tal desconfianza suele ir acompañada de una credulidad simétricamente intensa respecto a lo que viene de los intelectuales o dirigentes del propio campo.

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