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Pensar críticamente el pensamiento crítico. Parte 3

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- Eugenio del Río* - Sin Dominio

 

Compromiso social y rigor intelectual

La severidad con los adversarios contrasta con la complaciente benevolencia, rayana a veces en el servilismo, cuando se trata de los nuestros. Quienes pertenecen a nuestro bando y sostienen ideas que le son favorables pueden permitirse actuar de manera intelectualmente ligera o poco rigurosa. Cuando se repara en sus deficiencias, si tal cosa ocurre, puede llegar a disculparse su proceder puesto que están al servicio de nuestra causa. Es como si sólo interesara su adhesión al propio campo y la obtención de resultados intelectuales favorables a nuestros fines políticos o sociales, sin plantear mayores exigencias respecto al modo de conseguirlos y a su calidad misma.

He ahí uno de los grandes problemas del pensamiento crítico: la confusión entre justificación política y social, de un lado, y justificación teórica, del otro; entre bondad moral y bondad intelectual. Juzgar las aportaciones intelectuales más por su función social o por los valores morales que expresan que por su valor propiamente intelectual es algo que abona la pretensión de tener razón intelectual, porque se tiene razón política, y eso cómoda y apresuradamente, sin necesidad de esfuerzo, de tensión, de lucha contra los propios prejuicios, la rutina y la ignorancia.

Por este camino se han desarrollado en la historia de los movimientos socialistas y comunistas defectos de bulto ante los que rara vez ha sonado la señal de alarma en su interior, lo que, al menos en este campo, parece confirmar la idea de que el pensamiento racional riguroso se nos muestra como un acontecimiento no del todo frecuente.

Como botón de muestra de la persistencia del pensamiento cómodo mencionaré ese fenómeno tan extendido en los dos últimos siglos que ha venido siendo la traslación de determinadas teorías científicas fuera de su ámbito de pertinencia. Ocurrió con Saint-Simon, quien llevó las concepciones de Newton desde el campo de la física al de la sociedad humana. Fue el caso de la teoría acerca de la selección natural, expuesta por Darwin en El origen de las especies (1859), que en la segunda mitad del siglo XIX, y aun después, fue acarreada por muchos autores desde el terreno de las ciencias naturales al de las ciencias sociales, dando lugar a diversas formas de evolucionismo histórico-natural, que alcanzaron, por cierto, notable predicamento en el socialismo. Lo que sucedió con Darwin se repitió medio siglo después con Einstein, cuya teoría de la relatividad (1905 y 1912-15), perteneciente al campo de la física, originó múltiples desarrollos filosóficos, lo que le hizo exclamar a Bachelard que un ciego sería más competente hablando de colores que los filósofos de la relatividad einsteiniana. Todavía hoy, Marta Harnecker, en su último libro, invoca algunas de las actuales perspectivas de la investigación sobre los fenómenos meteorológicos para defender las concepciones históricas de Marx (La izquierda en el umbral del siglo XXI. Haciendo posible lo imposible, Madrid: Siglo XXI, 1999, p.284). Marx abusó de las analogías entre diferentes realidades históricas cuando mostró determinados avatares de la lucha de clases en la sociedad moderna como un trasunto de la lucha entre la nobleza y la burguesía en el período de decadencia de la sociedad feudal. En mi libro La sombra de Marx. Estudio crítico sobre la fundación del marxismo aludí a los límites de las analogías históricas como forma de conocimiento del presente (Madrid: Talasa, 1993, pp. 198 y ss.). Las interpretaciones histórico-analógicas han sido moneda corriente en muchos autores socialistas o comunistas, que han interpretado unas crisis como reencarnación de crisis anteriores. En términos generales, dentro del pensamiento crítico, ha cobrado mucha importancia tanto la inmersión en la esfera científica con una fuerte carga ideológica como las tentativas de convertir las teorías científicas en dispositivos ideológicos. Jacques Bouveresse se ha extendido en la crítica de este fenómeno en su libro Prodiges et vertiges de l'analogie, París: Raisons d'agir, 1999. Alexandre Zinoviev, a quien trae a colación Bouveresse, había hablado hace más de veinte años de los dobles ideológicos que escoltan a las teorías científicas cuando obtienen éxito (Les hauteurs béantes, Lausanne: L'Age d'Homme, 1977).

(Ver:
¿Qué es la dialéctica?)

Lenguaje políticamente correcto y pensamiento políticamente correcto

En el campo, o en los campos, del pensamiento crítico, se pueden distinguir fuentes de ideas con especial influencia. Esto es algo inevitable, dado que no todas las personas ni todos los grupos tienen las mismas capacidades para realizar esta función, ni las mismas posibilidades de extender su influencia.

Tal es el otro foco de problemas al que quiero aludir: la conjunción de una desemejante distribución de las capacidades intelectuales con la presencia de grupos de presión desigualmente influyentes. El desarrollo del pensamiento crítico es inseparable de la creatividad y del dinamismo de esas personas y de esos núcleos que desempeñan un papel más influyente. Pero, a la vez, su existencia suele ir acompañada por diversas manifestaciones de conformismo, lo que da forma a un conformismo intelectual dentro del inconformismo social. Una de ellas se manifiesta en lo que en los últimos años se ha llamado lenguaje políticamente correcto, esto es, una forma de hablar que no resulte ofensiva para los grupos nacionales o las etnias minoritarias, para las mujeres, para homosexuales y lesbianas, minusválidos, inmigrantes; un modo de hablar que sea respetuoso con los animales y con el medio ambiente, y muchas cosas más. El lenguaje políticamente correcto no es un fenómeno simple. Por un lado, muestra los avances, en cuanto a influencia y legitimación, de muchas causas justas, aunque no sólo de ellas. Además, el cambio de lenguaje produce también, de rebote, un efecto positivo. A fuerza de nombrar a las cosas de otra forma puede modificarse la manera de verlas.

Pero, por otro lado, tiene algunas vertientes no tan positivas, cual es la superficialidad formalista: cambian las palabras más rápidamente que las mentalidades, y no siempre por convicción sino para evitar problemas con los grupos de presión que defienden el nuevo léxico. En realidad, el éxito del lenguaje políticamente correcto, junto a sus puntos positivos, denota un seguidismo acrítico hacia aquellos grupos de presión que consiguen una posición de fuerza en el interior de un campo social o de una sociedad.

Cuando una ideología o un movimiento alcanzan esa posición de fuerza pueden conseguir que sea admitido su propio lenguaje. De ahí esa tendencia a aceptar y repetir ideas y palabras que se entienden poco o mal, pero que se asocian a la identidad colectiva a la que uno quiere pertenecer o a la causa que uno defiende.

Muchas buenas ideas están abocadas a un cruel destino. No se sabe qué es peor: que tengan éxito o que no lo tengan. Si no asientan su influencia apenas cumplen su objetivo. Pero si triunfan están condenadas a ser manejadas extensivamente, con contenidos inciertos y variados, pero en el sobreentendido de que todo el mundo está en el secreto de su significado. Al final, esas ideas acaban desvirtuadas, simplificadas y vulgarizadas, lo que las hace poco aptas para entenderse con la complejidad del mundo.

(Ver: El existencialismo es un humanismo)


Las previsiones más o menos científicas

No quisiera pasar a las conclusiones sin mencionar, aunque sea de pasada, una de las fuentes de conformismo más repetidas en la historia de los movimientos sociales del Occidente moderno. Me refiero a la dictadura de las predicciones.

Las ha habido en el pasado de los partidos de izquierda y las hay actualmente en uno de los movimientos más influyentes, como es el ecologismo. En el primer caso se trataba de predicciones muy crudas para la economía capitalista y favorables para la izquierda. Los congresos de la Internacional Comunista solían anunciar la inminente llegada de crisis económicas gravísimas, que auspiciarían un gran avance de los movimientos anticapitalistas. En el segundo, son augurios amenazantes sobre los cambios climáticos o sobre el agotamiento de determinados recursos naturales. Cuando las predicciones cobran mucha fuerza en la formación de un movimiento social se desprenden algunos efectos perniciosos. Así, sucede que los anuncios sobre el luminoso triunfo que aguardaba a la izquierda, al no cumplirse, han producido toneladas de decepción. Las previsiones que auguran los peores males, por su parte, tienen el enojoso efecto de alimentar el miedo, que no es la mejor base ideológica para un movimiento popular, aunque en ocasiones puede resultar eficaz.

Mas, en relación con el pensamiento crítico, quizá el mayor inconveniente de lo que estoy comentando es que, cuando las predicciones ocupan un lugar muy destacado en la configuración ideológica de un movimiento, se origina una dependencia respecto a los científicos, que son quienes se desenvuelven en ese terreno. Y quienes no tienen los conocimientos especializados o la información científica precisa quedan a merced de lo que los científicos pronostican.

Y cuando los científicos no se ponen de acuerdo y se lanzan a discusiones incomprensibles para los no iniciados, cada cual se ve obligado a elegir entre uno y otro, sin poseer los conocimientos necesarios para hacerlo fundadamente, lo que lleva a inclinarse por quien resulte más convincente, por quien parezca más fuerte científicamente, o por quien exponga ideas que cuadran mejor con nuestras ideas previas. Esa dependencia, que nos lleva a admitir lo que no entendemos, es un poderoso factor de conformismo.

(Ver: Historia de la Filosofía I)

Para concluir

Luc Boltanski y Ève Chapiello, en su libro sobre el nuevo espíritu del capitalismo (Le nouvel esprit du capitalisme, París: Gallimard, 1999, p. 415 [existe traducción castellana, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Col. Cuestiones de Antagonismo, 2002]) llaman justamente la atención sobre el hecho de que durante veinte años el capitalismo se ha visto favorecido por el debilitamiento de la crítica. Bajo este ángulo, estamos ya en un nuevo período. Una nueva voluntad crítica se abre paso, estimulada hoy por las políticas liberales y por la mundialización capitalista. Pero los desarrollos económicos, sociales, culturales y técnicos del mundo contemporáneo se mueven en el sentido de la complejidad y no ponen las cosas fáciles a la labor crítica. ¿Estará a la altura de su objeto?

Ante los problemas que he ido abordando no hay solución perfecta. Lo que cabe es una toma de conciencia sobre su presencia permanente y una tensión o un esfuerzo para moderar sus efectos. Esta toma de conciencia es la condición primera y principal de cualquier empeño. ¿Cómo intentarlo? Ahí van unas cuantas exigencias, que no normas concretas, que acaso puedan ayudar.

El pensamiento crítico demanda selección. No partimos de cero. Todo movimiento o corriente vive en buena medida de ideas heredadas. De ahí la necesidad de afinar bien antes de tomar como propia una idea, de someter a crítica las concepciones que nos llegan, discriminarlas, quedarnos con lo mejor o al menos con lo que resulta aceptable.
Aunque referidas a la crítica literaria, me parecen pertinentes para el asunto que nos ocupa las siguientes palabras de Jean Starobinski: «La crítica es, ante todo, selección: es preferencia motivada, elección (o rechazo) de una obra entre sus competidoras. Selección que retiene las obras en razón de su excelencia» («Los deberes del crítico», Revista de Occidente, Madrid: nº 210, noviembre de 1998, p. 10).

Lo distintivo del pensamiento crítico es su función crítica, y su riqueza está en el rigor con el que acomete esta tarea y en su índole expansiva multilateral, la que se obtiene cuando no toma sólo como blanco al campo contrario sino también al propio.
Criticar es mostrar los males que produce el poder político, o el mercado; y es también apuntar la debilidad de una idea, de un argumento, de un razonamiento, inclusive de los nuestros cuando no son consistentes. Frente al adversario, en la lucha social o política, la crítica persigue hacer daño, debilitar. En relación con nuestro propio campo, lo que intenta es corregir para reforzar. Pero, en ambos casos, con distintos propósitos y formas, criticar es destruir.

No destruir como resultado de una pasión ciega, sino como acción racional necesaria para poder avanzar. Criticar (destruir) es, así, una acción productiva. Sin ese paso previo, no se puede avanzar. Es difícil decirlo mejor de lo que lo hizo Walter Benjamin en sus notas sobre el carácter destructivo: «El carácter destructivo no ve nada duradero. Pero, por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. (...) Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos» («El carácter destructivo», 1931, en Discursos interrumpidos, I, Madrid: Taurus, 1973, pp. 160-161).

Veracidad y respeto por nuestros interlocutores.
Aquí creo que es obligado distinguir dos planos, como hice al comienzo de estas páginas: uno es el de una hoja que se distribuye en una concentración o en una huelga o el de un cartel. Lo mismo sucede cuando se trata de precisar las ideas-fuerza de un movimiento social o de fijar los objetivos de una movilización. En estos casos sabemos que han de seleccionarse pocas ideas, descartando la pretensión de elaborar un análisis multilateral. La función de denuncia o de movilización es lo fundamental, y la función explicativa puede llegar a ser muy secundaria o no existir siquiera. Pero hay un segundo plano. Es el que cobra vida cuando disponemos de medios en los que se puede abordar una cuestión con más detenimiento: un artículo, una conferencia o un libro. Cuando tiene cabida un tratamiento más pausado, es conveniente que la función de denuncia o de movilización, o la de dar seguridad o cohesión a un grupo, no ahoguen el rigor. Interesa distinguir la teoría de la propaganda.

El propósito en estos casos debería ser, en mi opinión, obtener el mejor conocimiento posible de un objeto dado, ahondar en los problemas, exponerlos con claridad, sin reservas, dar la prioridad a la veracidad.

Los propósitos creativos y rigurosos chocan con pulsiones subyacentes al pensamiento crítico, una de cuyas misiones, como he señalado más arriba, reside en proporcionar seguridad. La creación provoca rupturas, inquietud, destrucción de equilibrios; con frecuencia resulta antipática, no necesariamente por la forma en que se expresa sino por su contenido desazonante.

Por eso, en bastantes ocasiones, el pensamiento crítico de izquierda y el pensamiento conservador de derechas se oponen sólo por el contenido de sus tesis, pero no por el estilo intelectual, igualmente conformistas en uno y otro caso.

La exigencia de veracidad, por su parte, ha de guardar proporción con la intención declarada. Si titulamos un artículo «La actual situación económica», se nos puede pedir con razón que sobre esa cuestión no se oculte ninguno de los aspectos que nos parecen principales. Hace unos años tropecé en Hika con un artículo que me llamó la atención porque iba firmado por el hijo de un viejo amigo. También picó mi curiosidad el hecho de que estuviera dedicado a un tema tan interesante como el de los concursos de misses en Venezuela. Eran dos razones para leerlo con atención. Y no me defraudó. A pesar de ser un artículo largo, se leía de un tirón y, después de hacerlo, uno tenía la impresión de no haber perdido el tiempo. ¿Qué es lo que tenía de especial aquel texto? Primero, no era un vulgar artículo políticamente correcto. No se centraba en hacernos ver que los concursos tratan a las mujeres como una mercancía y que por ello deben ser combatidos.

Segundo, huía de un tratamiento prejuiciado. Probablemente el autor no tenía ninguna simpatía previa por los concursos de misses, pero se propuso entender el por qué de su señalado éxito en Venezuela. Miraba el fenómeno en cuestión con curiosidad y con avidez por comprender, huyendo de las generalidades y sumergiéndose en las condiciones particulares de Venezuela. Tercero, el autor procedía de una forma veraz. Nos transmitía lo que él había percibido, tratándonos con respeto y sin empujarnos en una dirección determinada. Sin duda, había un enfoque crítico, pero sin esa apresurada ansia por emitir juicios que encontramos tan a menudo. Los apuntes críticos se derivaban, sin prisas, y sin necesidad de hacerse muy explícitos, de los hechos aducidos.

En el artículo que estoy evocando se percibía una voluntad de veracidad; nos suministraba un montón de informaciones de interés que podían ayudarnos a comprender el fenómeno y a quienes participan en él, y a formarnos una opinión propia, que, por cierto, gracias a lo leído en ese artículo, no podía dejar de ser crítica, pero tampoco podía ceñirse a la simple condena. ¿Qué razón hay para oponerse a las deformaciones o, simplemente, a la mentira? No que la verdad sea siempre revolucionaria, como dijo Che Guevara y, mucho antes que él, Trotsky, quien pensaba que exponer a los oprimidos la verdad de su situación equivalía a abrirles la vía de la revolución. Ésta es una concepción muy ingenua.

La verdad puede llegar a producir efectos de ese tipo en circunstancias muy especiales. Cuando no es el caso, no abre la vía de ninguna revolución. Si hay que hacer valer la verdad no es porque sea útil en el sentido en que lo decía Trotsky, sino porque mentir es un procedimiento autoritario, supone tratar como inferiores a los receptores de la mentira y convertirlos en objeto de manipulación, en masa de maniobra. Es más honesto ayudar a que la gente sea consciente de los problemas y asuma sus responsabilidades.

Copyright © 2001 Eugenio del Río
Este artículo se publica bajo la licencia CreativeCommons Attribution-NonCommercial-NoDerivs. Permitida la reproducción y difusión literal sin ánimo de lucro de este artículo por cualquier medio.

Notas al pie

... Río*
Artículo publicado originalmente en el libro Disentir, resistir. Entre dos épocas, Madrid. Talasa, 2001 y en la web Pensamiento Crítico. Aquí se reproduce por gentileza del propio autor.

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