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Proyecto Arjé I.C.E. Universidad Autónoma, Madrid Existen quienes, con tal de
llevar una existencia cómoda y fácil, están dispuestos a dejar a un lado
su capacidad de razonar y de dudar. Quienes desean llevar una vida sin
complicaciones, sencilla, “light”, y para ello abdican de la libertad de
pensamiento y de crítica. Están dispuestos a guiarse por los
conocimientos o creencias que otros han señalado, y no tienen la
capacidad ni el deseo de ponerlos en duda. Es un trueque existencial:
dime cómo vivir y en qué creer, y no te cuestionaré nada. Este arreglo
se puede hacer tácitamente con un líder concreto o con una idea
abstracta: la peor dictadura no es la de un déspota, sino la que impone
la mayoría. Esa creencia que dirige la vida
del hombre acrítico, se denomina “dogma”. El dogma exige una total
sumisión y falta absoluta de cuestionamientos y dudas. El dogma se
sigue, no se cuestiona. El dogmático cree, no duda ni piensa. El dogmático confía ciegamente
en su creencia. El dogmatismo es lo opuesto a la libertad de
pensamiento. El dogma es la antítesis de la duda. El dogmático desea la
inmovilidad, preferiría que nunca ocurrieran cambios, ni en su vida ni
en el mundo. Quiere vivir siempre en su torre de cristal,
amurallado por la aparente solidez de sus creencias, deseando que nada
lo perturbe. Es un ser profundamente reaccionario: si pudiera,
congelaría el tiempo y seguiría la misma rutina eternamente. Lo realmente grave es que el
dogmático cree en el fondo que su posición es la correcta, y que todos
los que discrepan de él, lo hacen por mala fe o por ignorancia. Según
él, no hay otra forma de vivir en el mundo ni hay otras creencias, salvo
las que él suscribe. Considera que su punto de vista es el correcto y
que es el mejor y único posible. Se cree en posesión de la verdad
suprema. Aunque las actitudes dogmáticas
pueden parecer cómicas, incluso ridículas, entrañan realmente dos
grandes amenazas: La primera es de tipo
antropológico: el dogmatismo encubre un profundo desprecio al intelecto
humano. En el fondo, dice lo siguiente: no eres lo suficientemente
maduro para guiar tu vida, no tienes la capacidad de pensar o dudar: por
lo tanto, obedéceme y no digas nada. Llevarás una vida gris y simple,
pero no tendrás que decidir, porque yo lo haré por ti. El dogmatismo se identifica
generalmente con los sistemas religiosos tradicionales: no dudes, no
pienses, no preguntes, sigue estas normas de conducta y practica estos
rituales, y no te preocupes de nada más. Sin embargo, el dogmatismo no
se expresa solamente en la religión, sino en muchos otros campos. Y es
ahí en donde radica la segunda gran amenaza, porque el dogmático puede
caer en la tentación de imponer sus creencias a los demás. Si tiene el
poder suficiente, tratará de acallar a todos aquellos que discrepen de
él, y recurrirá a la violencia más extrema, de ser necesario. Muchas veces, el dogmático es
pragmático y hará lo que sea para alcanzar el poder: puede fingir ser
democrático en una república (como Hitler), o ser un militar leal a las
instituciones (como Pinochet), o ser un revolucionario (como Fidel
Castro). Cuando los dogmáticos alcanzan
el poder, se quitan la careta y descargan su furia en aquellos que no
comparten sus ideas. Sócrates, Miguel Servet, Giordano Bruno, Galileo
Galilei, incontables líderes de izquierda (en países derechistas) o
líderes de derecha (en países izquierdistas) u opositores, han sufrido
las consecuencias y sus vidas son claros ejemplos de lo que pasa cuando
los dogmáticos tienen la fuerza. El autoritarismo, el
totalitarismo, el militarismo, el fascismo, el fanatismo, tienen un
elemento en común: surgen del dogmatismo. Los antídotos contra el
dogmatismo son, por un lado, el laicismo, y por otro, la libertad de
pensamiento. El laicismo no combate la
religión, sino que la acota. Lo sagrado tiene su espacio, pero es
privado y no público; lo sagrado se acepta o rechaza voluntariamente,
pero no es impuesto por una autoridad externa. El laicismo permite la
coexistencia pacífica de diferentes credos religiosos, no impone ni
favorece a ninguno. Procura una educación no religiosa, precisamente
para evitar los dogmas. El otro antídoto es la libertad
de pensamiento. Los librepensadores son indispensables para el avance la
civilización humana: sin ellos, no habría ciencia ni tecnología, ni
siquiera agricultura o ganadería. La obligación del estado es
protegerlos de los dogmáticos y aún alentarlos. El librepensador es aquel
sujeto insolente y molesto para los hombres del poder: es el que
cuestiona “lo establecido”, el que hace preguntas incómodas y no se
calla ante nada, el que desconfía de los expertos y que expresa sus
opiniones aunque sean “políticamente incorrectas”, el que se aparta del
rebaño y no es parte de la “mayoría silenciosa”, es el que no se sujeta
a dogmas e impulsa su propio desarrollo y el de generaciones futuras.
Eso y más, mucho más, es el librepensador. El dogmatismo se combate con
argumentos, no con nuevos dogmas. A menudo, los anti-dogmáticos son
igual de dogmáticos que aquellos a quienes enfrentan, pero de signo
contrario. Abundan los dogmáticos conservadores, pero también los
dogmáticos liberales. Así pues, el único dogma que debemos reconocer, es que no debe haber dogmas, sólo argumentos. |
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