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El saber en sus límites
Pero tal vez convenga establecer otra zona para los acuerdos entre
pensadores; por ejemplo, acuerdos entre la filosofía y las otras
disciplinas relacionadas directamente con el quehacer humano. Horacio
Banega, profesor de gnoseología en la UBA, dice que la utilidad de la
filosofía puede abordarse desde un eje individual y otro colectivo. "En
cuanto a lo individual, la filosofía sirve para adquirir habilidades
cognitivas ligadas al pensamiento abstracto y eso luego trae aparejado el
placer por el saber. Colectivamente, la filosofía sirve para criticar,
revisar o consolidar las distintas racionalidades de la vida social, y
allí la filosofía se encuentra en pie de igualdad con otras disciplinas.
No creo que pueda dar un punto de vista fuera de lo social y tampoco dar
una vivisón de la totalidad. Su aporte es, más bien, una metodologías de
análisis antes que un pensamiento sustantivo."
Ahora, si la gente se reía de la futilidad del estudio de Tales de Mileto,
qué queda para la filosofía actual, que no es siquiera, como era en la
Antigüedad, la suma del saber. No es ciencia, ni tecnología de aplicación
puntual, ni tampoco teología. Pero ¿sería deseable tener ciencia, técnica
o teología sin una reflexión filosófica que examine críticamente sus
supuestos? "La filosofía es un género de reflexión acerca de los fines y
de los valores que orientan a un colectivo social —dice Daniel Kalpokas,
doctor en filosofía y especialista en el pensamiento del norteamericano
Richard Rorty—. Se supone que reflexiona sobre por qué invertir dinero en
una investigación científica y no en otra, por ejemplo. Si la ciencia y la
tecnología son medios para alcanzar ciertos fines, la filosofía debería
ser una reflexión acerca de esos fines y de su sentido."
Ligada a esta función aparece la dimensión crítica de la filosofía: "La
crítica de la cultura es prerrogativa suya —dice Kalpokas— porque es una
reflexión que atraviesa todas las áreas culturales: estética, ciencia,
historia: todo lo que el alemán
Jürgen Habermas llama "el mundo de la
vida", y esto es así porque la filosofía tiene esa capacidad de relacionar
los diversos fragmentos de la cultura con la vida cotidiana. Esto no es
parte del contenido de las ciencias, sino de la filosofía. En este
sentido, su vocación por la totalidad de la cultura es legítima. Si
Aristóteles definía a la filosofía como el saber de lo que es en tanto
que es, hoy deberíamos llamarla reflexión de la cultura en su
conjunto y en todas las sociedades".
La totalidad perdida
La ilusión de crear un sistema teórico de explicación del mundo a
partir de la pura razón se terminó con
Kant, quien situó los límites del
conocimiento humano y delineó los usos posibles de la razón pura y
práctica. "Las cosmovisiones omnicomprensivas del mundo, sean de carácter
religioso, metafísico o ideológico, o inclusive metafísicas laicas y
seculares como el marxismo leninismo, han perdido vigencia absoluta", dice
Osvaldo Guariglia, profesor de ética en la UBA e investigador del Conicet.
¿Significa que los márgentes de utilidad de la filosofía son más
estrechos?
"En este mundo nuevo de pensamiento postmetafísico —sigue Guariglia— el
filósofo de la ética y la política debe preguntarse cuáles son los
fundamentos intersubjetivos de las normas que nos deben regir todos los
días. La crisis del relativismo cultural, del escepticismo moral, de la
desorientación subjetiva es efecto de la secularización que trae la
modernización, y esto no produce siempre progreso. También produce el
terror al progreso, a la modernización de las relaciones sociales y a la
secularización de la sociedad, que está en la base de todo
fundamentalismo. En este marco, el filósofo puede aportar una visión
crítica porque al tener en cuenta el deber ser no intenta rever
el pasado sino abrir el horizonte de las expectativas."
Pensar lo público
Karl Marx, graduado en filosofía con una tesis doctoral sobre el
atomismo de Demócrito, escribió en su madurez: "Los filósofos se han
limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es
de transformarlo".
Con esta sentencia subrayó lo que ya era un lugar común desde tiempos
antiguos: los filósofos "interpretan", en cambio la actuación sobre la
realidad social y política —incluido todo intento de transformación— es
incumbencia de otros sabios: economistas, sociólogos, politólogos. Pero
hoy, al parcer, muchos filósofos reclaman un lugar más protagónico y
activo en la vida pública.
Tomando sólo algunos casos de académicos de la UBA, se pueden mencionar a
Eduardo Rabossi, que fue Secretario de Derechos Humanos del gobierno de
Raúl Alfonsín; Guariglia, convocado asimismo por Alfonsín para asesorar en
la formulación de criterios procesales que antes del Juicio a las Juntas
distinguieron entre quienes daban las órdenes (de un plan sistemático de
terrorismo de Estado), quienes las hacían cumplir y quienes las cumplían.
Florencia Luna ha sido asesora de la Organización Mundial de la Salud en
cuestiones legales y éticas ligadas a la genética; y Diana Maffia ha sido
Defensora del Pueblo adjunta. ¿De qué manera sirve la filosofía en la
Argentina de hoy, atravesada por crisis múltiples y por múltiples deseos
de transformación?
"La filosofía cumple una función crítica con respecto a todo lo que la
gente cree saber —explica Manuel Comesaña— y esto resulta útil:
Bertrand
Russell decía que es preferible una incertidumbre fundada a una
certidumbre infundada. No creo que esto se aplique a todas las
situaciones: por ejemplo, en la vida cotidiana, dar por sentada la
existencia de objetos físicos —que algunos filósofos han negado— parece
más práctico que ponerla en duda. Uno muchas veces está obligado a actuar
como si tuviera certezas, aunque no las tenga, pero en algunas situaciones
resulta útil cuestionar certezas, por ejemplo, certezas políticas —aunque
más no sea porque siempre se asesina en nombre de certezas, nunca en
nombre de dudas."
Horacio González afirma: "La filosofía sirve porque su servir
está en la revisión de los cimientos del propio lenguaje con el que
pregunta; ahora, cuando nos preguntamos por la utilidad de la filosofía en
la Argentina de hoy tenemos que admitir que nos falta un lenguaje que
pueda servir sin obligar ni programar. Es decir, que sirva justo porque se
considera que está de sobra. Ese lenguaje, que investiga lenguajes, es la
oscura felicidad de la filosofía. Es la flecha celosa que señala hacia la
conciencia de lo que falta. Porque todo país se compone alrededor de lo
que él priva. O de lo que a él lo privan".
Para poder intervenir activamente en la crisis actual, la filosofía
"debería intentar reproducir el espacio del ágora, que ya no existe, y que
para los griegos era el sitio de encuentro y debate sobre la política en
todos los sentidos de esta palabra", opina Samuel Cabanchik. "Ese espacio
—sigue— debe ser reconstruido en el ámbito familiar, en el de la amistad,
en el trabajo y en la universidad." Guariglia también piensa que la
filosofía puede y debe hacer aportes concretos en ética y en política.
"Pero eso no implica —dice— que en la Argentina de hoy se deba llamar a
los filósofos para que esbocen una república platónica ideal (el
revolucionario filósofo portavoz iluminado de la vanguardia entraña graves
peligros). Más aun, es posible que si algo así ocurriese, aquellos a
quienes se llame aporten sólo unas confusas ideas sobre entelequias
nacionales. A la inversa, significa que los filósofos, como ciudadanos,
tienen el deber de hacer propuestas claras y comprensibles a la opinión
pública y a los gobernantes, no sólo sobre lo que se debate, sino sobre lo
que no se discute y se debería discutir."
Filosofía para la vida
Para Banega, la pregunta por la utilidad de la filosofía equivale a
preguntarse para qué sirve estudiar. O también ¿cómo se restauran los
valores trabajo y del estudio cuando ya nadie cree en ellos? "A todos
quienes nos dedicamos a la filosofía nos toca enfrentar esta cuestión:
¿Tengo algo para ofrecer? ¿Qué puedo ofrecer, como filósofo, al mercado
productivo? ¿Puedo ofrecer algo más que la aspiración a convertirme en un
asalariado del Estado? Todos deberíamos preguntarnos esto porque la
investigación, como profesión, está desapareciendo en el país. No estoy
seguro de que la filosofía pueda ofrecerse como sabiduría para la vida:
eso parece propiedad del psicoanalista o de la religión. Deberíamos
preguntarnos por qué."
No todos los que portan credenciales filosóficas de alguna especie
aceptarían hoy que la filosofía no sirve para la vida. En primer término,
quienes organizan cafés filosóficos, reuniones que proponen a sus
asistentes formar un "grupo de reflexión" sobre asuntos de la vida
cotidiana: la infidelidad, la tristeza, el amor. Hoy a las 22, por caso,
se puede asistir a uno que tratará el tema de los celos. A este tipo de
encuentros —inspirados en los Cafés-Philos franceses pero que vienen
ganando terreno en Buenos Aires— se accede pagando diez pesos. A cambio,
los organizadores —formados en filosofía— ofrecen una relación teórica
sobre el tema, seguida por un amable diálogo en común. No es lo mismo, sin
embargo, la inocua costumbre de la charla del café que el consultorio
filosófico: otro sitio que reivindica la utilidad y la capacidad de la
filosofía para aplicarse a la vida, pero de origen y función más dudosos.
Difundidos por el norteamericano Lou Marinoff en su best seller
Más Platón y menos Prozac y extendidos en todo el mundo, estos
consultores dicen solucionar los problemas de sus "clientes" por medio de
una conversación que versa sobre filosofía. "En función de su problema
—escribe Marinoff— examinamos las ideas de los filósofos que mejor se
apliquen a su caso, aquellas con las que usted se sienta más cómodo". A
diferencia del psicoanálisis, que se propone como una teoría o un conjunto
de teorías afines, los consultores filosóficos disponen de innumerables
opciones para hacer que su "cliente" se sienta a gusto y pague la
consulta. Más allá del efecto terapéutico que pudiera tener esta práctica
está claro que el adjetivo "filosófico" está allí en nombre de un rigor y
de una solidez intelectual de las cuales el "cliente" puede no participar
jamás. Porque el placer por la lectura sistemática de los textos y el
ejercicio de llegar con el pensamiento hasta las últimas consecuencias
—las dos claves que explican la vigencia y el interés por la filosofía a
través de todos los tiempos— le son escamoteados. Y a juzgar por algunos
de los casos que relatan los consultores en sus propias publicaciones, el
aporte "filosófico" puede reducirse a la pronunciación de unos cuantos
consejos del más básico sentido común. Por otra parte, los filósofos
deberían poder hacer lo que les gusta pero ¿tienen derecho a cobrar por
hacer lo que les gusta? ¿Y esto en todas las posibilidades de lo
"filosófico" o sólo en algunas?
En su República, Platón trazó una extraordinaria alegoría: los
hombres —dice allí— vivimos como encadenados en una caverna, y el que
logra desencadenarse y ver el sol —es decir, el filósofo que sabe que hay
algo más bello, más verdadero y mejor que las tinieblas en las que está
sumida la multitud— debe regresar a la oscuridad para llevar su noticia y
persuadir a los demás de que lo sigan, aunque lo llamen loco o maldito.
Las interpretaciones éticas y políticas de esta alegoría son incontables
pero hay una enseñanza para los aspirantes a filósofos que sin duda la
mantiene viva: la filosofía no servirá ni para la propia vida ni para la
vida en común si no es, de algún modo, un placer dulce y un retorno arduo
a la caverna. |