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El
siglo siguiente a la muerte de Sócrates fue brillante por Platón
(427-347 A. de J.C.) y por Aristóteles (385-322 A. de J.C.) los
principales filósofos griegos, con quienes alcanzó su cumbre no
solamente el pensamiento filosófico de Grecia, sino también su
literatura y toda su cultura.
Platón
nació en Atenas. Perteneció a una familia noble y antigua cuyos orígenes
pretendían remontarse a Salón. Su nacimiento y su vocación lo inclinaba
a la política; pero la influencia de Sócrates lo llevó a dedicarse a la
Filosofía. Platón fundó en su ciudad natal una escuela, en los jardines
de Academos, de donde tomó su nombre: la Academia, que platón dirigió
hasta su muerte. La Academia perduró hasta el año 529 de nuestra Era,
aunque con algunas alteraciones. La mandó clausurar el emperador
Justiniano.
El
pensamiento filosófico de Platón abarcó todas las eras del amplio
panorama filosófico; pero es tal su profundidad y calidad, que en esta
visión de conjunto, que tiene por objeto darnos solamente una idea de lo
que es la actividad filosófica y el saber filosófico, no es posible
entrar en detalles al respecto, por lo que únicamente abordaremos en
forma superficial algunos de los aspectos referentes a los problemas
epistemológico y metafísico, que son el contenido principal de la
filosofía platónica y el que ejerce mayor influencia en el desarrollo
del pensamiento posterior.
Un
distinguido contemporáneo nuestro, como lo fué el maestro Manuel García,
considera a la filosofía platónica ubicada no en la corriente de la
filosofía idealista; sino más bien en la corriente de la filosofía
realista, no obstante que a la filosofía platónica se le ha llamado con
justicia la Filosofía de la Ideas, por ser las ideas el principal centro
de su investigación.
La
interpretación del maestro García Morente es válida si se tiene en
consideración que las ideas
de que nos habla Platón son en verdad entidades exteriores al ser humano
cognoscente, que le imponen sus categorías al sujeto en el acto de
conocer para producir el conocimiento mismo, que es la tesis de la filosofía
realista y no es el sujeto que conoce el que imprime a las ideas sus
categorías internas para producir el conocimiento, que es lo que ocurre
en todo sistema idealista.
Sin
embargo, se puede ubicar válidamente a la filosofía platónica dentro
del idealismo si se tiene en consideración que las ideas del mundo utópico
de Platón se internan en nuestra alma antes de nacer, según su teoría,
en la contemplación de ese mundo perfecto que es la religión de las
almas y de los modelos eternos de las cosas; pero si en nuestra vida
material podemos conocer qué son las cosas materiales, esos pálidos
reflejos, esas sombras vanas de las cosas perfectas del topos uranos, es
precisamente porque ya viene equipada nuestra alma de las imágenes de las
ideas perfectas que conoció en ese lugar celeste y ese equipamiento de
nuestro yo, de nuestra capacidad intelectiva es lo que proyectamos al
mundo exterior para conocer, a través del mundo engañoso de las cosas
vanas, de las cosas materiales, el mundo perfecto de las cosas auténticas,
de las existencias verdaderas y perfectas y así obtener el conocimiento
auténtico y verdadero del mundo, de la existencia de los objetos de
conocimiento científico.
Que
son las cosas y cómo obtenemos el conocimiento de ellas, son los temas
principales de la filosofía platónica para Platón, como para Parménides,
tenemos dos grados, des categorías de conocimientos: la mera opinión, en
griego doxa y el saber auténtico, en griego nus o episteme.
La
mera opinión es el conocimiento que nos resulta de las noticias que de la
realidad exterior nos proporcionan los sentidos, por eso no es de confiar,
porque los sentidos nos dan conocimiento superficiales de una realidad
cambiante, como dice Heráclito; en cambio, el saber auténtico aspira a
profundizar en la estructura básica de las cosas y darnos de esa manera
el conocimiento de lo que es eterno, definitivo e imperecedero, porque
para Platón, como para Parménides, no es posible admitir que la verdad
sea cambiante, es decir, la verdad auténtica acerca de una cosa
determinada acerca de un objeto de
conocimiento científico determinado.
Esta
concepción inicial plantea graves problemas a Platón para poder
determinar cómo es que
ocurre el conocimiento substancial, básico, científico, seguro, sin
alteraciones, de la realidad exterior y ante la imposibilidad de
explicarlo con la precisión, conservadas en su totalidad hasta nosotros,
en las que hace gala de facilidad literaria y belleza en la exposición,
adoptando el estilo de diálogo y en las que inmortaliza la figura de su
maestro Sócrates, como personaje central de sus diálogos, matizados de
bellas narraciones en las que nos presenta mitos o alegorías, con los
cuales pretende explicar su grandiosa concepción.
Así
surge la teoría de las ideas . Sigue el procedimiento Socrático que
conocemos con el nombre de mayéutica o parto del espíritu, mediante el
cual se pretende obtener el conocimiento del interlocutor forzando el diálogo
para hacerlo incurrir en contradicciones, hasta hacer brotar la luz de la
verdad.
Platón
pone en boca de Sócrates, para citar un ejemplo, un interrogatorio
mediante el cual logra obtener de un esclavo iletrado la solución a
complicados problemas matemáticos. Eso prueba, piensa Platón, que en
realidad el conocimiento de las cosas, tanto el de las cosas materiales
como el de los objetos intelectuales, como son, por ejemplo, los números,
ya lo traemos los seres humanos en nosotros mismos desde antes de nacer,
lo cual implica la existencia en nosotros de una alma racional e inmortal,
la cual necesariamente tuvo una existencia previa a nuestra existencia
material y que por tanto, conoció en algún lugar diferente a nuestro
mundo material, la estructura misma de las cosas, que en este mundo
material apenas sí podemos conocer como sombras o reflejos; pero que al
alma contempló en su forma perfecta, en su estructura esencial, en el
lugar celeste en donde habitó antes de venir al mundo, es decir, en el
topos uranos, el cual está poblado por las esencias o formas puras, en
griego eidos: imagen, idea.
De
allí que los sentidos solo nos proporcionan vagos conocimientos que nos
llevan a la simple creencia, conjetura u opinión; mientras que, como en
su vida anterior el alma adquirió el conocimiento auténtico de la
esencia de esas mismas cosas en el tipos uranos, donde conoció al hombre
perfecto, o sea el concepto, a la idea de hombre, al árbol perfecto, o
sea a la idea de árbol, a la justicia perfecta, o sea a la justicia más
verdadera y auténtica, al amor perfecto, a la belleza perfecta, etcétera,
para alcanzar ese saber auténtico solamente tenemos que esforzarnos en
recordar, en hacer memoria para hacer presente ese conocimiento que ya traíamos
con nosotros desde que nacimos.
Algunos
conocimientos los recordamos con mucha facilidad, simplemente los evocamos
al ver las cosas materiales; pero para otros, necesitamos el diálogo con
un interlocutor más entendido que, como en la mayéutica socrática, nos
ayude, mediante un auténtico parto del espíritu, a evocar el recuerdo de
los conocimientos olvidados por el alma al momento de nacer.
Del
diálogo platónico se originó la dialéctica, sistema de conocimiento
que implica el poner nuestras opiniones una frente a otra y aplicar todas
las reglas de la Lógica para purgarlas de todo error, hasta quedarnos con
la verdad sola. En ese lugar celestial, el topos uranos, el conocimiento que obtuvo el alma no estuvo exento de dificultades. Platón nos los explica con dos mitos: el tránsito del alma humana en el cielo, anterior a la existencia terrenal, se puede comparar con el viaje que realiza un cochero, que representa a la razón humana, el cual viaja en un coche tirado por dos caballos, uno blanco y otro negro. El blanco, dócil y de buena raza, aspira a elevarse a la región más alta del cielo, el negro, díscolo, representa a los instintos sexuales y a las pasiones. La habilidad del cochero está en saber establecer armonía entre ambos caballos, para conseguir éxito en el viaje que lo lleva a la contemplación de las ideas. En su viaje por el firmamento, haciendo prevalecer al caballo blanco, el cochero logra llegar hasta el lugar donde residen las ideas y al conseguirlo, el cochero contempla la belleza de ese lugar celestial: el amor perfecto, la belleza perfecta, la sabiduría perfecta, las cosas perfectas: pero al quedar deslumbrado por la contemplación de esa perfección, inconscientemente suelta las riendas del coche lo que aprovecha el caballero negro para tirar del carruaje hacia abajo, el cual viene a caer en la tierra con el cochero, nuestra alma, que antes pasa por un lugar en donde se produce el olvido total de lo que había visto en el mundo utópico de las ideas. |
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La
otra alegoría es el Mito de la Caverna. Imaginemos, dice Platón, que
exista en un lugar una caverna, en donde se encuentran encadenados, desde
que eran niños, unos esclavos que han vivido toda su vida en ese lugar,
sin haber conocido jamás el mundo exterior y sin tener posibilidad de
imaginar siquiera lo que es nuestro mundo. Las cadenas les impiden moverse
y ni tan siquiera pueden mirar a otro lugar que no sea el fondeo de la
caverna y el fuego existente un camino por donde diariamente transitan los
habitantes de una ciudad cercana, cuyas sombras y de los objetos que
llevan consigo, se proyectan en el fondo de la caverna. Los esclavos
pueden observar con claridad las sombras, las conocen e identifican una
por una y hasta pueden establecer un cierto orden de sucesión en los
movimientos, que les permite
predecir que sombra va a seguir después de la que acaba de pasar: primero
una niña que lleva sobre sus hombros un cántaro, después unos niños
que juegan con una rueda y un carrito, posteriormente una mujer con cubos
de agua, luego los hombres con sus instrumentos de labranza, más tarde el
regreso de cada grupo y así sucesivamente. Cuando los transeúntes
hablan, los encadenados oyen sus voces e imaginan que proceden de las
sombras que ven, lo cual es para ellos la única realidad que existe,
supuesto que es lo único que han visto durante toda su existencia.
Imaginemos, sigue diciendo Platón, que uno de los encadenados, por una
causa tan desconocida como inexplicable como poder mágico, de pronto se
ve libre de las cadenas que lo atan, lo cual lo mueve a observar a los
lados, hacia donde nunca había visto, después se anima a ponerse de pié
e investigar la caverna y tratar de salir por la abertura hacia el
exterior, en donde puede contemplar la realidad del mundo que nosotros
conocemos. Seguramente la nueva luz que hiere sus ojos hace que le duelan
y apenas puede ver; después el sol lo deslumbra dolorosamente y lo ciega,
por lo que apenas de poco en poco pueden lograr habituarse: primero
consigue ver las sombras, luego las imágenes de las cosas reflejadas en
las aguas y después las cosas mismas, con creciente admiración al darse
cuenta de que lo que él imaginaba antes que eran las cosas, no son sino
sombras vanas, un pálido reflejo de lo que las cosas son en la realidad.
Por la noche verá el cielo estrellado y la luna, al amanecer, vera la
imagen reflejada del sol y por último, después de un largo esfuerzo, en
griego: gimnasia, podrá llegar a contemplar al mismo sol. Entonces se daría
cuenta de que el mundo en que había vivido antes, el mundo de la caverna
y de las sombras, era un mundo irreal y desdeñable, por lo que
seguramente sentirá un gran deseo de volver a ese lugar; pero para hablar
con sus compañeros de esclavitud, para hacerles ver, para decirles, para
convencerlos de que esas sombras no son reales; sino el pálido reflejo de
un mundo mucho más pleno y hermoso, mucho más perfecto, para llegar a
conocer el cual deberán abandonar la caverna, porque las sombras a que
están habituados no son si no una mera reproducción, una figura, una
silueta de las cosas perfectas que representan. Si así lo hiciera, sus
compañeros esclavos no podría creerle, sino al contrario se reirían de
él y si él continuará en su empeño de tratar de salvarlos de las
tinieblas de su ignorancia y sacarlos a la luz esplendorosa de la verdad
del mundo real, seguramente se amotinarían contra él y llegarían a
matarlo.
En
la alegoría anterior Platón ha simbolizado en la caverna el mundo
sensible que nosotros conocemos y en el cual las cosas cuya realidad
percibimos únicamente a través de los sentidos, no son sino sombras de
las ideas perfectas, paradigmas que existen en el lugar celeste que imaginó,
donde el alma, en su estancia anterior a la vida presente, pudo conocer y
tratáramos de liberarnos de las cadenas que nos atan al conocimiento
superficial, superando los obstáculos que se oponen a que conozcamos la
realidad que solamente percibimos mutilada por nuestros sentidos, podríamos
transponer los umbrales de la caverna de la ignorancia y poco a poco
recordaríamos, primero las imágenes, después las cosas verdaderas en sí,
después la realidad exterior plena y finalmente, después de habituar
nuestros ojos a la perfección, pasando de las cosas menos perfectas a las
más perfectas, mediante un esfuerzo o ejercicio gimnástico de nuestro
entendimiento, podríamos alcanzar a comprender la máxima sabiduría que
corresponde a la idea del bien; pero el filósofo, el hombre que puede
realizar esa proeza y que se ve arrastrado por el anhelo, por la pasión
arrolladora de comunicar a sus semejantes el resultado de sus meditaciones
y los logros de su sabiduría corre el riesgo, como ocurrió con Sócrates,
de morir incomprendido por sus conciudadanos, incapaces de liberarse de la
miserable condición de la ignorancia.
En
sus diálogos y en sus mitos Platón ha recurrido a la alegoría, al
cuento, a la conversación, porque la sabiduría auténtica es de tal
naturaleza inaccesible al conocimiento humano, que no es posible
comunicarla directamente, o por raciocinios o demostraciones y la
actividad misma filosófica no es una labor precisa y determinada, como
las restantes ocupaciones habituales en la vida; sino más bien se trata
de un modo de ser, de una manera de vivir, de un entregarse apasionado a
encontrar un sentido a la existencia.
Es
necesario subrayar que la teoría postulada por Platón en la exposición
de su filosofía no es ni mucho menos una tesis caprichosa o arbitraria,
un mito o una leyenda ni una explicación religiosa, mística o puramente
imaginativa.
Lejos
de ello, la filosofía de Platón es un esfuerzo sincero, razonable y
respetable, por encontrar la solución adecuada a los dos grandes
problemas filosóficos de que hemos venido hablando en las páginas
anteriores: el problema epistemológico y el problema metafísico, es
decir un esfuerzo por encontrar la solución más racional y adecuada al
problema que consiste en explicarnos como es posible el conocimiento, si
el conocimiento científico de las cosas que integran la realidad exterior
universal es o no posible para el entretenimiento humano y en caso de ser
afirmativo esa respuesta, que son, en qué consisten, cuál es la
estructura de las cosas mismas y en qué consiste éso que les comunica el
ser, la existencia, a todos los objetos del cosmos.
El
referirse a un lugar celeste en donde existen los paradigmas de toda
realidad, imágenes de las cosas que conocemos en el mundo material, de
las cuales esta última no son sino meras sombras o reflejos por las
cuales podemos ascender hasta comprender las primeras, no es un mito
religioso; sino el resultado directo de la exigencia de estricta
racionalidad, exigencia planteada primero por los filósofos presocráticos
y después por los sofistas y Sócrates, especialmente este último que fue
quien hizo notar y subrayó la necesidad de encontrar el concepto de cada
objeto de conocimiento en tanto es objeto de conocimiento universal y la
necesidad de definir los conceptos precisando su alcance y contenido,
necesidad que, unida a la exigencia de universalidad y fijeza del
conocimiento científico, frente a la realidad cambiante del devenir del
mundo material que descubrió Heráclito, llevan de la mano a Platón a
proponer una hipótesis, la primera hipótesis seria, científica,
racional, que responde a la pregunta acerca de que es eso que llamamos el
concepto universal de las cosas que son objeto del conocimiento científico.
Bajo
esa perspectiva, podemos decir que Platón ha sacado provecho de los
sistemas filosóficos intentados por los presocráticos; pero que se
interesa también en el hombre, tanto como los sofistas y no olvida el
valor objetivo de la verdad y del bien, siguiendo las enseñanzas de Sócrates,
su maestro; que su mundo material tiene la movilidad es inmutable y
perfecto, como el ser de Parménides. Será un discípulo de Platón quien nos ha dejado la enseñanza de la única forma en que puede darse un discipulado digno en el terreno filosófico, Aristóteles quien impregnado de toda la majestad del pensamiento de la filosofía platónica, aprovecha sus logros y los proyecte en un nuevo sistema conceptual, de proporciones monumentales, que habrá de eliminar todo el desarrollo del pensamiento posterior, hasta los albores del Mundo Moderno y cuyos destellos se proyectan fecundos hasta nuestros días. |
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