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Generalmente hablamos de
investigación fotográfica
como si fuera un concepto claro y unívoco,
cuando en verdad es muy general y puede referirse tanto a pesquisas o
estudios históricos fotográficos de índole variada, como a la búsqueda
de fotografías contemporáneas destinadas a una exposición, a su
compra, o a cualquier otro fin. Por lo que a mí respecta significa
rastreo y relevamiento de fotos antiguas de mi país para conocer
aspectos diversos y particulares del pasado histórico y fotográfico
nacional, para difundirlo, para reflexionar sobre él y para colaborar
con su conservación. Entiendo por antiguas a las fotos tomadas en la
Argentina antes de los años treinta, fase que llamaría, genéricamente,
de la fotografía sin estilo, ya que fue a partir de entonces cuando
comenzaron a trabajar aquí los fotógrafos que problematizaron por
primera vez la idea de forma en la creación de la imagen fotográfica.
El impulso inicial hacia la búsqueda de fotos antiguas se originó en
el interés por conocer y conservar en reproducciones el pasado
fotográfico de la pampa gringa santafesina. Para mí la fotografía era
una forma más de la memoria histórica de mi gente y de mí mismo, un
documento histórico directo y no convencional, como la memoria oral.
No fue el interés por la historia de la fotografía, o por descubrir
autores importantes, o incluso por promover la conservación
patrimonial el que me aproximó a la búsqueda de fotografías antiguas
de mi región natal. Todo eso vino más tarde. Al principio fue algo
íntimo y personal, por un lado, pero también histórico y social por
otro, ya que me interesaba encontrar rastros objetivos de la vida que
había escuchado y fantaseado en los relatos de mi madre y mi padre
desde la niñez. Aquello que Cesare Pavese llamaba el “mundo larval de
los orígenes instintivos” de nuestra vida espiritual.
Esta tirada autobiográfica viene a cuento porque la búsqueda de fotos
antiguas motivada por aquel impulso de detener la pérdida del pasado
objetivo de mi región natal, de los documentos que representaban
literalmente el mundo mítico de mi infancia, refiere a un aspecto
decisivo del documento fotográfico: el de portador de memoria personal
y colectiva. Habitualmente este concepto se asimila a recordatorio o
recuerdo, e incluso a historia. Sin embargo la imagen fotográfica,
como documento sensible, es decir condicionado por su factura formal
y, asimismo, por su relación con el tiempo (“el estar aquí de lo que
ya no está”, que decía Barthes) nos propone un modo específico de
volver al pasado. A este respecto, cuando me refiero al documento
fotográfico como portador de memoria personal y colectiva, no utilizo
el concepto en su sentido habitual, sino en el que se desprende de un
libro del historiador judío Yosef Yerushalmi, Zakhor. O, más
precisamente, del análisis que hace Carlo Guinzburg de algunos pasajes
de ese libro en un ensayo titulado Distancia y Perspectiva: Dos
metáforas (que forma parte del libro Occhiacci di legno. Nove
riflessioni sulla distanza, 1998).
Yerushalmi, nos dice Guinzburg, comprueba en su ensayo que el
judaísmo, que tanto se impregnó del sentido de la historia a través de
los tiempos, tiene una historiografía escasa e incluso irrelevante;
parece evidente que esa riquísima memoria del pasado, componente
fundamental de la experiencia colectiva hebraica, nunca estimuló el
sentido del deber de los historiadores judíos para custodiarla y
transmitirla. Encaminado a explicarse esa paradoja, el historiador
recuerda los dos caminos a través de los cuales el pueblo judío entró
en una relación vital con el pasado: por un lado a través de la
interpretación que hicieron los profetas del sentido de la historia y,
por otro, a través de los ritos colectivos, que comunicaban, en
palabras de Yerushalmi, “no un montón de hechos para contemplar a
distancia sino una serie de situaciones en las cuales uno se podía y
se debía zambullir, o donde se proyectaba un sentido existencial”.
Para ilustrar esto pone como ejemplo a la comida pascual o Seder, un
“ejercicio por excelencia de memoria de grupo”, dice Yerushalmi. En
esta ceremonia, agrega, la memoria “no es más un recuerdo, que
implicaría todavía un sentido de distancia, sino más bien una
actualización”. Algo que Guinzburg sintetiza con esta fórmula: “Una
experiencia del pasado, no un conocimiento del pasado”. En una
palabra: memoria, antes que historia.
Esa imagen de zambullida en los hechos antiguos, como así también las
ideas de actualización del recuerdo y de experiencia directa del
pasado, me llevaron inmediatamente a pensar en la visión de
fotografías antiguas de la propia cultura como una experiencia
similar. Una especie de breve ceremonia o ritual de encuentro con el
pasado colectivo que casi siempre se produce en soledad –aunque bien
puede masificarse a través de la proyección de las imágenes, o de su
difusión mediática–, y que si bien difícilmente asimilemos a la
experiencia religiosa en cuanto a intensidad emocional y profundidad
existencial, sentimos que es única por el tipo de encanto que produce.
Dicho encanto deriva de un reconocimiento súbito –una especie de
revelación– de un momento del pasado propio, personal, en tanto pasado
colectivo, e implica una fuerte proyección anímica. Si no hubiésemos
estado preparados interiormente para sentirnos deleitados, la reacción
simplemente no hubiese existido. En el caso de las fotos antiguas de
nuestra cultura, la intensidad del atractivo o encanto que nos
despierta depende del reconocimiento más o menos rápido que hagamos de
su contenido iconográfico. En ocasiones resulta transparente, pero
otras veces se necesita información adicional, es decir referenciación
y datación precisas, para poder reaccionar y proyectarnos hacia ellas.
Proyectarnos desde la oscura región de nuestros mitos culturales
primigenios, que la imagen agita, convoca y revela; como si fuera una
segunda aparición de una imagen latente, pero esta vez no contenida en
la química del papel fotográfico, sino en la de nuestro espíritu. En
este sentido el encanto experimentado con las imágenes antiguas de
nuestra cultura obtiene buena parte de su fuerza en ese reconocernos
fuera de nosotros de un modo, por decir así, relampagueante; en
confirmarnos como parte de un mundo que fue antes que nosotros, cuando
nosotros, como individuos, no existíamos, pero en el que, sin duda,
somos.
En verdad, un rastreador de fotos antiguas de su cultura siempre está
a la búsqueda de esa experiencia. Sin embargo, no hace falta tener un
interés particular por dichas imágenes, ni haber hecho de su
investigación y difusión un oficio para estar abierto y dispuesto a
deleitarse con ellas. Por lo que he observado, se trata de una
reacción muy común, que atraviesa transversalmente la sociedad con sus
diferencias de clase o de educación entre individuo e individuo, y
creo que la mayoría de las personas pertenecientes a una determinada
cultura, frente a ciertas imágenes que refieren al pasado común, están
disponibles para experimentarla.
Voy a dar un ejemplo con la foto del Obelisco en construcción.
Creo que ningún porteño, de cierta edad al menos –e incluso me
atrevería a decir casi ningún argentino–, podría confundirse sobre el
contenido de esta foto: reconocemos inmediatamente al Obelisco. Pero
lo que nos impacta es que está en construcción. Esto, al menos, fue lo
que primero me impresionó y encantó cuando vi la imagen en la placa
negativa, y me produjo un intenso deseo de copiarla. Sin haber nacido
aquí, esta ciudad siempre tuvo presencia mítica en mi espíritu a
través de mediaciones diversísimas. El encanto que esta imagen me
produjo fue el de una llamar revelación (algo similar, a lo que
Barthes llama satori, en La cámara lúcida, y Joyce llamaba epifanía):
el súbito despertar de la emoción por un estímulo sensible que nos
deja encantados.
Hay aquí dos cuestiones. ¿Cualquier imagen de un tema dado –en este
caso cualquier imagen del Obelisco en construcción– es capaz de
provocar una revelación? De hecho hay varias fotos similares a esta,
tomadas desde otros puntos de vista, en el archivo de la Dirección de
Paseos. Pero la feliz composición lograda incorporando la Diagonal
Norte, la luz, el momento, en fin, el carácter formal –estético– de la
imagen, es una condición definitoria de su propiedad de atracción y
encanto. El segundo tema tiene que ver con la importancia de las
fotografías antiguas como herramientas de aproximación viva al pasado
común, como ocasión de pequeñas comuniones con ese pasado. Sin
pretender para ellas –sería absurdo y disparatado– el vigoroso papel
de los ritos religiosos antiguos como vehículo de identificación y
cohesión social para una comunidad, vale preguntarse si no tienen para
todos nosotros, los que somos parte de la cultura de esta república,
algunos gramos de esa fuerza cohesionante de la memoria del pasado, en
el sentido de Yerushalmi.
*Investigador fotográfico. Curador de la serie de libros de fotografía
histórica editados por la Fundación Antorchas. Ponencia presentada
para “XII Encuentros Abiertos-Festival de la luz”. |