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Fuente
Luna Córnea
Virginia Woolf (1882-1941), descendiente directa de Julia Margaret Cameron, es una de las mayores prosistas del siglo 20. Autora de obras como
Las olas, Orlando y Al faro, la escritora
retrata en esta
evocación el carácter excéntrico de la fotógrafa, sus pasiones y
vicisitudes, pero también el trasfondo de la fotografía victoriana y
su propia experiencia en el arte de la fotografía.(En 1870, fotografiada por su hijo) Julia Margaret Cameron, la tercera hija de James Pattle del Servicio Civil Bengalí, nació el 11 de junio de 1815. Su padre era un caballero de señalada pero dudosa reputación, quien después de vivir una vida revoltosa y de ganarse el título de “el más grande mentiroso de la India”, bebió finalmente hasta morir y fue consignado en un barril de ron para esperar su embarco a Inglaterra. El barril fue puesto junto a la puerta del cuarto de la viuda. A medianoche oyó una explosión violenta, salió corriendo y encontró a su marido, quien había hecho saltar la tapa de su ataúd, erguido, amenazándola de muerte como lo había hecho en vida. “El shock la hizo desvariar, pobrecita, y murió loca. Es el padre de la señorita Ethel Smyth el que cuenta la historia (en Impressions that Remained), y continúa diciendo que, después de que “Jim Llamarada” fue clavado de nuevo y embarcado, los marineros se bebieron el licor en el que el cuerpo había sido preservado, “y por Júpiter, el ron se derramó, ardió en llamas e incendió el barco. Y mientras trataban de apagar el fuego, el barco se precipitó hacia una roca, explotó y fue arrastrado hacia la playa justo debajo de Hooghly. ¿Y qué creen que dijeron los marineros? ‘Que ese Pattle era tan bribón que el diablo no quiso que abandonara la India!’” Su hija heredó esa vena
de vitalidad indomable. Si su padre era famoso por sus mentiras, la
señora Cameron tenía el don de una lengua ardiente y una conducta
pintoresca que han quedado impresas en las reposadas páginas de la
biografía victoriana. Pero fue de su madre, se presume, que heredó el
amor por la belleza y el desprecio por las frías y formales
convenciones de la sociedad inglesa. Pues la sensible dama a la que la
visión del cuerpo de su marido había matado, era francesa de
nacimiento. Era la hija de Chevalier Antoine de I’Étang, uno de los
pajes de María Antonieta, que había estado en prisión con la reina
hasta su muerte y que fue salvado de la guillotina sólo a causa de su
propia juventud. Fue enviado al exilio a la India con su mujer, quien
había sido una de las damas de la reina, y es en Ghazipur, con una
miniatura que le dio María Antonieta colgando sobre su pecho, que yace
enterrado. Pero la fotografía y las alas de cisne todavía no se
vislumbraban. Durante muchos años su energía y sus poderes creativos
fueron dirigidos a la vida familiar y a los deberes sociales. En 1838
se casó con un hombre muy distinguido, Charles Hay Cameron, “jurista
benthamita y filósofo de gran erudición y capacidad”, que desempeñó el
cargo, previamente ocupado por Lord Macaulay, de cuarto Miembro del
Consejo en Calcuta. En ausencia de la esposa del Gobernador General,
la señora Cameron estaba a la cabeza de la sociedad europea de la
India, y era esto, en opinión de Sir Henry Taylor, lo que avivaba su
desprecio por las maneras mundanas cuando regresaron a Inglaterra. En
todo caso, tenía poco respeto por las convenciones de Putney. Llamaba
a su mayordomo perentoriamente “Señor”. Vestía batas de un terciopelo
rojo subido, caminaba con sus amigos revolviendo una taza de té al
andar, camino a la estación de trenes, en tiempos de un calor estival.
No había excentricidad que no se permitiera en nombre de ellos, ni
sacrificio que no hiciera para procurarse algunos minutos más de su
compañía. Sir Henry y Lady Taylor padecieron la furia extrema de su
afecto. Chales hindúes, brazaletes de turquesa carpetas incrustadas,
elefantes de marfil, “etc.”, llovían sobre sus cabezas. Les prodigaba
cartas de seis hojas de largo “todo sobre nosotros”. Desairada por un
momento, “le dijo a Alice (Lady Taylor) que antes de que acabara el
año la querría como a una hermana”, y antes de que acabara el año Lady
Taylor difícilmente podía imaginar lo que sería la vida sin la señora
Cameron. Los Taylor la amaban; Aubrey de Vere la amaba; Lady Monteagle
la amaba; e “incluso Lord Monteagle, a quien no le gusta ninguna otra
excentricidad, siente aprecio por ella”. Era imposible, pensaba, no
amar a esa mujer “genial, ardiente y generosa”, que tenía “una
capacidad de amar en un grado nunca superado por nadie y una misma
determinación de ser amada”. Si era imposible rechazar su afecto, era
aún más peligroso rechazar sus chales. Amenazaba con quemarlos o, si
el obsequio era regresado, lo vendía y compraba con las ganancias un
costoso sofá para inválidos que regalaba al Hospital de Incurables
Putney con una inscripción que decía, para gran sorpresa de Lady
Taylor, cuando se topaba casualmente con él, que se trataba de un
obsequio de la propia Lady Taylor. Era mejor, en definitiva,
doblegarse y conformarse con el chal.
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Mientras tanto, ella buscaba una expresión más permanente de sus
abundantes energías en la literatura. Traducía del alemán, escribía
poesía y avanzó lo suficiente en una novela como para poner a Sir
Henry Taylor bastante nervioso: no fuera que lo instara a leerla toda.
Volumen tras volumen fue despachado por correo. Escribía cartas hasta
que el cartero se iba, y luego comenzaba las posdatas. Mandaba al
jardinero en busca del cartero, al hijo del jardinero tras el
jardinero, haciendo que el burro galopara todo el camino a Yarmouth en
pos del hijo del jardinero. Sentada en la Estación Wandsworth escribía
página tras página a Alfred Tennyson hasta que, “cuando ya estaba
cerrando tu carta me llegó el silbido del tren y luego el vociferar de
los maleteros con la amenaza de que el tren no me esperaría”, por lo
que tuvo que deslizar el documento en manos extrañas y correr
escaleras abajo. Todos los días le escribía a Henry Taylor, y todos
los días él le respondía.
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