¿Es el tiempo el misterio
protagónico de una fotografía? La encrucijada paradigmática nos
confunde. El paradigma analógico cede ante la revolución
digital. ¿Y la fotografía? Una reflexión teórica sobre el
momento que nos toca.
La
humanidad se ha revolucionado, transformado y progresado más en
los últimos doscientos cincuenta años, que en los doscientos
cincuenta mil que le precedieron.
Hemos visto la fotografía de un pié humano en la Luna y, ya sin
asombrarnos, la fotografía de un fragmento del Universo, donde
esos puntos brumosos, que parecen estrellas, son en realidad
miles de galaxias con trillones de estrellas y planetas, donde
un punto brumoso es también la Vía Láctea. Es un lugar, donde
hay un lugar, donde hay otro lugarcito, donde hay un espacio,
por donde gira la tierra. ¡Cuanto ¡Y qué foto!
Cuando los científicos comenzaron a investigar con la tecnología
adecuada, el hombre se enteró que el átomo no es el espacio de
materia más pequeño, y a finales del XIX y principios del XX
descubrieron los protones, los fotones, los electrones, los
neutrones, los neutrinos, positrones, los antiprotones y etcs.
Así cada vez que navegaban por el universo microscópico
(microscópico para la percepción humana), siempre había algo más
pequeño. Entonces la ciencia se vio en el desafío de tener que
descubrir cual era el espacio mínimo de materia. ¡No sabían en
el lío que se metían!. Se llegó a teorizar que quizá cada átomo
no era más que otra galaxia, con todas sus características, y
con un dinosaurio incluido.
Una piedra filosofal, y a sus pies un alquimista triunfante de
la ciencia. Eso, una vez esclarecido, iba a hacer tambalear al
pensamiento contemporáneo. Ya lo hizo.
Hubo que ponerle un nombre, provisorio, porque quizá ese espacio
no existía o la teoría estaba equivocada. Se lo llamó cuantum
(energía), y así nacía la física cuántica, en el año 1900, de la
mano del físico
Max Plank.
Si ese espacio existía se llamaría Cuantum.
Pero la ciencia y la tecnología seguían progresando, ahora la
partícula más pequeña, nacía y moría en un instante.
Infinitesimal. Un nuevo interrogante, y el tiempo mínimo ¿Cual
es?, ¿la velocidad de la luz? ¿el segundo?, ¿la millonésima
parte de un segundo?, ¿la millonésima parte de esa millonésima
parte?
¿Cuál es el espacio donde el tiempo no transcurre?
¿Cuál era el cuantum del tiempo? ¿Sería esa existencia efímera
de energía? ¿Y si eran lo mismo? ¿Y si no existían? ¿Y si la
materia y la energía son lo mismo, … y el tiempo?
Cómo se que todos tenemos un primo, un cuñado o un vecino con el
título de físico cuántico, les dejo las intrigas científicas
para que se las esclarezca él, o Einsten, o la Web, “El Aleph”
donde se encuentra todo, y me paso ahora al lado derecho de mi
cerebro, donde se halla la intuición, la interpretación sensible
de ese universo vasto, pero que nuestros sentidos sólo pueden
percibir de forma aparente y parcial.
Cabe un ejemplo:
Cuando vamos al cine, se apaga la luz y se nos proyecta una
imagen compuesta de veinticuatro cuadros por segundo (en
realidad son cincuenta, ya que cada uno está dos veces para
evitar el efecto hipnótico que produce el margen entre un cuadro
y el otro), pero la deficiencia retiniana nos hace creer que
vemos una imagen que transcurre en eso que llamamos tiempo.
Nuestra vista sólo percibe diez. Sobran quince. Las moscas no
tienen tal deficiencia retiniana, por eso pueden ver nuestra
mano preparándose para el manotazo, que casi siempre fracasa, es
todo el misterio. Ellas ven más imágenes por segundo.
Ya sentados en nuestro hemisferio derecho contemplamos una
fotografía, la percibimos y la evaluamos, y la guardamos para
siempre en nuestro archivo mental (olvidar es imposible, sólo se
reprime).
Inmediatamente la percepción se transforma en sensación, y desde
ese lugar-tiempo, no podemos dejar de relacionar a esa imagen,
con lo que llamamos realidad. Valoramos esa imagen porque es el
retrato de nuestra tía y sabemos que estuvo allí, ese día, ese
instante, en ese lugar, donde ya no está. Tenemos la sensación
de que eso sucedió, hay un antes y un después, pero nos importa
ese “ahora” que estamos observando. Una analogía. (Del griego,
Aná: conforme a, logos: razón)
Es allí donde la fotografía se eleva hacia el arte, porque el
arte es un misterio que nos transforma para siempre. Es ese
tiempo detenido, donde todo es inmutable, es el cuantum del
tiempo.
Cuando nuestra intuición manda y apretamos el botón de la cámara
accedemos al arte de pintar en el tiempo. El tiempo detenido.
Todas las vanguardias de principios del siglo XX fueron posibles
gracias a que los pintores, artistas iluminados, se dieron
cuenta de que contra ese hecho, la batalla estaba perdida. Nacen
así el surrealismo, el dadaísmo, el futurismo, el cubismo, etc.
La pintura no murió, como presagiaban muchos, pero tuvo que
adaptarse.
Nos encontramos hoy en la encrucijada de dos paradigmas: el
paradigma analógico cede ante la revolución digital. Es un
momento confuso, donde muchos creen descubrir lo que Picasso o
Dalí ya se cansaban de hacer en 1920. Otros creen que la
fotografía analógica murió. Darwin diría, está evolucionando
adaptativamente.
Pero la fotografía sólo es posible con el factor Tiempo.
La fotografía tiene un protagonista oculto, el tiempo detenido,
sin tiempo detenido, no hay fotografía.
¿Y la fotografía digital? Es otra discusión, no se pierda por
esta batirevista, la próxima batiteoría sobre este batitema, que
nos baticonfunde ¿y cuantum!
Pero recuerden esto: sólo existen las revoluciones triunfantes.
Y las revoluciones científicas, son siempre triunfantes, hasta
que un nuevo paradigma científico las desplaza. Y recuerden
también que nuestro cerebro tiene dos hemisferios, por un lado
el científico y por el otro lado el intuitivo. Los dos, en
armonía, pueden y deben ser revolucionarios.
“Nunca la tierra se había transformado hasta tal punto en un
siglo … He conocido los gorriones que esperaban a los caballos
de los tranvías, en el Palais-royal, y al tímido y seductor
comandante Glenn, a su regreso del cosmos” -
André Malraux -
Antimemorias.
Fuente
Fotomundo
N° 442 - Octubre 2005