Fotografía / Photograpy
Curaduría. Por la lentitud y el sentido
María A Iovino

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos


Buscar en Avizora y Atajo - by freefind

El Análisis documental de la fotografía - Historia de la Fotografía / History - What is Photography? - El diafragma y el obturador - Redefinición de la fotografía documental - Cartier-Bresson Vida y Obra - Tecnología de la fotografía

En la mesa redonda “Investigación y curaduría; un acercamiento al trabajo de los profesionales”, que se realizó en los Encuentros Abiertos de Fotografía-Festival de la luz, la autora fue una de los panelistas, junto a Rodrigo Alonso, Fernando Castro y Milton Guran. Este es una síntesis de su ponencia.

La permanencia del arte en la memoria y su resonancia en la historia humana, se debe tanto a su poder intrínseco, como al esfuerzo de seres atentos a los actos creativos que, a partir de profundizaciones, ofrecen constantes escenificaciones y actualizaciones de los significados del arte y así afianzan sus valores perennes.

El arte, como las grandes proposiciones que motivan a los hombres, se afirma en cadenas complejas de trabajo con comprensiones y visiones diversas. Esa labor sólo puede ser lenta, porque únicamente a partir de engranajes sólidos se pueden develar las creaciones que, por su trascendencia, constituyen motivo de referencia e inspiración en la tarea de interpretación de la existencia.

Si se trata de esclarecer un sentido, la velocidad no puede más que arrasarlo. Esto es lo que ha sucedido en este panorama caracterizado por la euforia del consumo y la comodidad, así como por la voracidad por lo novedoso. En este contexto, el arte –o lo que en esta confusión así se llama– se ha erigido en uno más de los tantos signos de bien estar y de bien parecer, y así, se ha desatendido la elucidación profunda de la propuesta artística, con el consecuente maltrato a ella misma y a los hombres y a las circunstancias que ella nutre.

Desde las búsquedas del mercado, el simulacro intelectual en que vivimos se ha entrelazado con reales necesidades de expansión del medio cultural como la apertura a nuevas interpretaciones artísticas, que naturalmente sobreviven, generando una confusión enorme en la orientación del público y de los artistas.

La proliferación de actividades expositivas, no sólo ha implicado una sobrepoblación de propuestas artísticas que ya no discriminan la diferencia entre ejercicio y obra (hoy todo es obra), sino también una sobreabundancia de curadores dotados para armar teorías instantáneas que ocupen la galopante aparición de escenarios.

La teorías que se sustentan en esos espacios obedecen a los principios de corrección cultural y política codificados por el consumo, en los que se debe atender necesariamente un espíritu global. Es decir, responder a una concepción rápida de contextualidad histórica o universal y al mismo tiempo, a una inmediata pertenencia en la que se reconozcan los temas que vinculan al artista y al curador a cualquiera de los íconos proclamados por las comunicaciones: violencia, género, ciudad, desastre, guerra, contextos en desventaja, indigenismo, exotismo, ecologismo, historicismo turístico, protestas por los abusos de ocasión, etc.

En los remolinos de esa marea, los productos artísticos y curatoriales serios han sufrido los efectos designificantes de la urgencia exposicionista y de las correlaciones artísticas de cobertura planetaria, en las que se niegan las reales motivaciones y alcances de muchas propuestas en nombre de las lecturas impuestas. Reducir, opacar o callar las voces críticas por ignorancia hacia sus contenidos o por carencia instrumental para potenciarlas, es tanto como censurarlas.

Las consecuencias del daño ocasionado con ese proceder son visibles en el cinismo con que los mecanismos de poder han invadido los espacios culturales, también en el desconcierto crítico de la contemporaneidad, sólo comparable al de los momentos históricos de mayor sometimiento.

Mantener la rueda de ficciones que conllevan los simulacros es labor dictatorial. Lo tienen claro los medios, como expresión de poder que son, al conducir el parecer de la colectividad en un juego que subordina conciencias, mientras las hace cómplices de sus mecanismos, cuando desatan, en su gigantesco auditorio, la convicción de que por el simple hecho de espectar se participa en la acusación y autorevisión de la democracia o del mundo. La gran falacia se sostiene en la comodidad de creer que existe quien acusa, denuncia y lidera el cambio, y en un gusto complementario por ser testigos apacibles de toda suerte de conflictos.

Es más que contradictorio que la difusión artística haya acogido la metodología del aparato comunicacional. Casi podría decirse que el planteamiento expositivo contemporáneo, como el de cualquier noticiero, comienza por anunciar un recorrido por lo ocurrido en el mundo en pocos minutos, cuando al final siempre sabremos que ni ese es el mundo, ni eso fue lo que sucedió, y que tampoco se desarrolló la noticia en el tiempo anunciado.

Las verdaderas proposiciones artísticas nunca han sido simplificables, generalizables o acontextuales, así las marque el espíritu del momento. La creación artística es, por el contrario, producto de individuos con análisis lúcidos, capaces de abarcar panoramas más vastos desde un punto de radicación que, a fuerza de sensibilidad y penetración, convierten en universal.

La designificación de la mirada referenciable es una malversación creada, entre otros desvíos, por el descontrol curatorial. Descontrol que se verifica tanto en la concepción como en la puesta en escena de un buen número de encuentros artísticos, en los que se trata de unificar visiones en torno a temas de vigencia fugaz.

Es oportuno, entonces, nutrir el debate que hace más de un lustro se enfila contra el desmesurado poder del curador, figura de la que, a pesar de su ampliada presencia, poco se sabe sobre su formación, posibilidades, alcances, funciones y formas de control. Precisamente por esa razón, el curador se desempeña en un campo fisurado por orientaciones políticas y económicas, así como por el arribo de nuevos curadores que se establecen su área con la escasa credencial de la atención juiciosa a los cánones de la moda, atados, en muchos casos, a un desempeño sin igual en el ámbito de la diplomacia.

Julia Margaret Cameron - Semiótica cultural de la sociedad de imágenes - La imagen como doble y realidad - Glosario de la luz - Fotografía Digital - Retórica de la imagen: R Barthes

 

 

 

 

No obstante, es importante advertir que, como en todos los problemas de excesos o de polarizaciones, ello no obedece a lógicas unilaterales, sino a una intrincada red de intereses culturales, comerciales, comunicacionales y transnacionales; de debilidades y de fortalezas conceptuales; de transición de modelos históricos, así como de agonía de categorías artísticas, que mantienen su precaria existencia gracias a la también débil posibilidad de reflexión desde espacios independientes.

Las condiciones de supervivencia dentro del capitalismo actual conllevan un disconformismo silencioso, dado que el sistema ha absorbido las alternativas críticas y los contrapuntos argumentales, lo que supone para la oposición, mucha coherencia, autocrítica y acción propositiva. El espacio crítico de la palabra resta bastante debilitado y revivirlo no será sencillo si no lo respaldan acciones demostrativas.

No creo en la efectividad de la confrontación a la curaduría desde ordenes de importancia artista-curador. Un combate de egos entre curador y artista sólo conduciría la problemática al otro extremo y, desde allí, igualmente ocasionaría estragos. Todavía más considerando que muchos postulados creativos han transado, aún a costa de su entereza, para mantener un lugar en los ámbitos de visibilidad.

Son muchos los implicados en la complacencia que domina al mundo cultural y quizás van a quedar señalados uno a uno si, antes de procesarlos en un juicio con guillotina, se trabaja por la recuperación del sentido. Hoy, en medio de la devastación de las referencias, es necesario examinar los factores que han cambiado en las últimas décadas y que, a pesar de estar movilizando procesos, permanecen sin reconocimiento ni espacios, mientras se perpetúan formas vencidas.

El mundo siempre es distinto, a pesar de que los hombres se empecinen en la inalterabilidad de sus lecturas. Y dado que esa es una tendencia humana, el arte siempre ha sido su enemigo, al advertir la inestabilidad y la constante reconfiguración de lo existente.

Unido al giro de sentido que exige la labor curatorial, es imprescindible rescatar en el enorme inventario de nombres de las últimas décadas, las propuestas que aportan valores trascendentes. Y ello, a través de investigaciones que les otorguen la dignidad y la altura que merecen como movilizadores de pensamiento. Sin estudios adecuados, que las diferencien e independicen de los comentarios que han marcado los últimos años en la curaduría, no se posicionarán las voces críticas que han sostenido posiciones divergentes al coro de lo correcto y de lo comercial.

Acerca del tren sin freno de la irresponsabilidad curatorial y de la voz obligatoria con que se ha amarrado al arte, quisiera recordar la irritación del escritor checo Milan Kundera hacia quienes quieren encontrar en la obra de arte una explícita actitud política o religiosa, en lugar de descubrir en ella una intención de conocer, de comprender o de captar algún aspecto de la realidad.

Pero una posición, como la que reclama Kundera, distinta a la de la impostura expresiva, exige insistencia y lentitud: dedicarse a comprender unas mismas obras, antes que pretender de los creadores una producción de volúmenes esquizofrénicos, en los que se pierden la concentración y la honestidad de la observación y de la expresión.

El mundo por su propia naturaleza es veloz y global. Nada le aporta la carrera de los hombres; por el contrario, lo afecta. No hemos dado nosotros su forma al globo terráqueo, que así nació y que no cesa de girar por sí mismo, indiferente a los hombres y a pesar de sus resistencias, comunicando, entrelazando y transformando todo lo que hay en él. Apoyando la carrera no somos más que artífices de las falacias que nos afectan.

La velocidad humana se potencia sólo cuando la lentitud la apoya, y esto, en su relatividad. La más bella claridad a ese respecto la hace la historia china del maestro Chuang Tzu con la que Italo Calvino termina su conferencia sobre la Rapidez en las Seis propuestas para el próximo milenio. Antes, en ese capítulo, Calvino ha insistido en que “en una época en que corremos el riesgo de achatar toda la información, convirtiéndola en una costra uniforme y homogénea, la función de la literatura es la de establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto es diferente, sin atenuar la diferencia sino exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito”.

Esta es la historia de Chuang Tzu:

“Entre sus muchas virtudes Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”.

Me permito recordar una historia más, para volver al valor del sentido y para que sea ésa la palabra de mayor sonoridad al final de esta argumentación, pues creo que la revisión de la concepción de velocidad sólo tiene significado si va unida a la recuperación del sentido expresivo.

Posiblemente, George Steiner sea una de las personas que más ha reiterado en la necesidad de establecer un sentido. En más de cuarenta años de actividad literaria, se ha preguntado ¿Qué sentido puede nacer de la montaña de escombros dejada por el siglo XX? Steiner ha insistido en que la palabra, de una manera u otra, debe dar cuenta del mundo, reflejar un sentido de la realidad.

En la larga entrevista que le hace Antoine Spire en “La barbarie de la ignorancia”, Premio Príncipe de Asturias 2001, Steiner concluye de manera esperanzadora, al decir, “que al final de un diálogo sobre problemas demasiado difíciles uno puede permitirse la anécdota, porque contando historias es como uno intenta comprender”:

“Bajo Brezhnev –que no era lo peor, era grave, pero no era Stalin– había una joven rusa en la universidad, especialista en literatura romántica inglesa. La metieron en un calabozo sin luz, sin papel ni lápiz, a causa de una delación idiota y completamente falsa, ni falta hace aclararlo. Conocía de memoria el Don Juan de Byron (treinta mil versos o más). En la oscuridad lo tradujo mentalmente en rimas rusas. Sale de la prisión habiendo perdido la vista, dicta la traducción a una amiga y ésa es ahora la gran traducción rusa de Byron.”

Ante ello me digo varias cosas:

En primer lugar, que la mente humana es totalmente indestructible.

En segundo lugar, que la poesía puede salvar al hombre, hasta en lo imposible.

En tercer lugar, que una traducción, incluso con la imperfección humana, traduce lo que traduce, lo cual es otra manera de decir que hay una relación entre lenguaje y realidad.

Y en cuarto lugar, me digo que debemos ser muy felices

(*) Leonid Illich Brezhnev (1906-1982). Presidente de la URSS y Secretario General del Partido Comunista, luego de la caida de Nikita Jruschov.

AVIZORA
TEL: +54 (3492) 452494 / ARGENTINA - Web master: webmaster@avizora.com - Copyright © 2001 m. Avizora.com