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Que el empeño estadounidense en Irak quede compendiado en estas imágenes
debe de parecer, entre los que hallaron alguna justificación para una
guerra que en efecto derrocó a uno de los tiranos monstruosos del siglo XX,
"injusto". Una guerra, una ocupación, es inevitablemente un enorme
entramado de acciones. ¿Qué hace que algunas sean y otras no sean
representativas? La cuestión no es si la tortura fue obra de unos cuantos
individuos (en lugar de "todos") —todas las acciones las realizan
individuos— sino si fue sistemática. Autorizada. Condonada. Fue todo lo
antedicho. El punto no es si la mayoría o una minoría de estadounidenses
ejecutan tales acciones, sino si la naturaleza de las políticas que
propugna este gobierno y la jerarquía desplegada a fin de consumarlas hace
que estas acciones resulten más probables.
Así consideradas, las fotografías somos nosotros.
Es decir, son representativas de las singulares políticas de este gobierno
y de las corrupciones fundamentales del dominio colonial. Los belgas en el
Congo, los franceses en Argelia, cometieron atrocidades idénticas y
sometieron a los despreciados y renuentes nativos con torturas y
humillaciones sexuales. Añádase a esta corrupción generalizada la
desconcertante y casi absoluta falta de preparación de los dirigentes
estadounidenses en Irak para hacer frente a las realidades complejas de un
país tras su "liberación", es decir, su conquista. Y añádanse las
doctrinas globales del gobierno de Bush, a saber, que Estados Unidos se ha
enfrascado en una guerra sin fin (contra un enemigo proteico llamado
"terrorismo") y que aquellos detenidos en esta guerra son, si el
Presidente lo decide así, "combatientes ilegales" —una política que
enunció Donald Rumsfeld desde enero de 2002— y por lo tanto en "sentido
técnico", como afirmó Rumsfeld, "no tienen derechos" que ampare la
Convención de Ginebra, y se tiene la receta perfecta para las crueldades y
los crímenes cometidos contra miles de prisioneros sin cargos y asesoría
legal en cárceles gestionadas por estadounidenses y establecidas desde los
atentados del 11 de septiembre de 2001.
Así, pues, ¿la cuestión central no son las propias fotografías sino la
revelación de lo ocurrido a los "sospechosos" arrestados por Estados
Unidos? No: el horror mostrado en las fotografías no puede aislarse del
horror del acto de fotografiar, mientras los perpetradores posan,
recreándose, junto a sus cautivos indefensos. Los soldados alemanes en la
Segunda Guerra Mundial fotografiaron las atrocidades cometidas en Polonia
y Rusia, pero las instantáneas en que los verdugos se colocan junto a las
víctimas son muy infrecuentes, como puede apreciarse en un libro de
reciente publicación, Photographing the Holocaust ("Fotografiar el
Holocausto") de Janina Struk. Si existe algo comparable a lo expuesto en
estas imágenes serían algunas de las fotos de las víctimas negras de
linchamientos efectuados entre 1880 y los años treinta, que muestran la
sonrisa de estadounidenses pueblerinos bajo el cuerpo desnudo y mutilado
de un hombre o una mujer colgados de un árbol. Las fotografías de
linchamientos eran recuerdos de una acción colectiva cuyos participantes
sintieron su conducta del todo justificada. Así son las fotografías de Abu
Ghraib.
Si hubiera alguna diferencia, sería la diferencia creada por la creciente
ubicuidad de las acciones fotográficas. Las imágenes de los linchamientos
correspondían a su carácter de trofeo: efectuadas por un fotógrafo cuyo
fin era reunirlas y almacenarlas en álbumes; convertirlas en tarjetas
postales; exhibirlas. Las fotografías que hicieron los soldados
estadounidenses en Abu Ghraib reflejan un cambio en el uso que se hace de
las imágenes: menos objeto de conservación que mensajes que han de
circular, difundirse. La mayoría de los soldados poseen una cámara
digital. Si antaño fotografiar la guerra era terreno de los periodistas
gráficos, en la actualidad los soldados mismos son todos fotógrafos
—registran su guerra, su esparcimiento, sus observaciones sobre lo que les
parece pintoresco, sus atrocidades—, se intercambian imágenes y las envían
por correo electrónico a todo el mundo.
Cada vez hay más registros de lo que la gente hace, por su cuenta. Al
menos, o sobre todo en Estados Unidos, el ideal de Andy Warhol de rodar
hechos reales en tiempo real —si la vida no está montada ¿por qué debería
montarse su registro?— se ha vuelto la norma de millones de transmisiones
por Internet, en las que la gente graba su jornada, cada cual en su propio
reality show. Aquí me tenéis: despertando, bostezando, desperezándome,
cepillándome los dientes, preparando el desayuno, enviando a los chicos al
colegio. La gente plasma todos los aspectos de su vida, los almacena en
archivos de ordenador, y luego los envía por doquier. La vida familiar
acompaña al registro de la vida familiar; incluso cuando, o sobre todo
cuando, la familia está en medio de la crisis y el descrédito. Sin duda la
incesante entrega a la videograbación doméstica mutua, en conversación o
en monólogo, durante muchos años, fue el material más asombroso de
Capturing the Friedmans (2003), el documental de Andrew Jarecki sobre
una familia de Long Island implicada en acusaciones de pederastia.
La vida erótica es, cada vez para más personas, lo que se puede capturar
en las fotografías o el video digital. Y acaso la tortura resulta más
atractiva, a fin de registrarla, cuando tiene un cariz sexual. Sin duda es
revelador, a medida que más fotografías de Abu Ghraib se presentan a la
luz pública, que las fotografías de las torturas se intercalan con
imágenes pornográficas: de soldados estadounidenses manteniendo relaciones
sexuales entre ellos, así como con prisioneros iraquíes, y de la coerción
ejercida sobre estos presos para que ejecuten, o simulen, actos sexuales
recíprocos. De hecho, el tema de casi todas las fotografías de torturas es
sexual. (Salvo la imagen, ya canónica, del individuo obligado a permanecer
de pie sobre una caja, encapuchado y al que le brotan cables, quizás
advertido de que si cae será electrocutado.) Con todo, las imágenes de
prisioneros atados muchas horas en posiciones dolorosas, o forzados a
permanecer de pie otras tantas, con los brazos en alto, son más o menos
infrecuentes. No hay duda de que se consideran como tortura: basta ver el
terror en el rostro de la víctima. Pero casi todas las imágenes parecen
formar parte de una más amplia confluencia de la tortura con la
pornografía: una joven que guía a un hombre desnudo con una correa es
clásica imaginería de dominación. Y cabe preguntarse en qué medida las
torturas sexuales infligidas a los internos de Abu Ghraib hallaron su
inspiración en el vasto repertorio de imaginería pornográfica disponible
en Internet y que pretenden emular las personas que hoy se transmiten a sí
mismas por red
Vivir "es ser fotografiado", poseer el registro de la propia vida,
y, por lo tanto, seguir viviendo, sin reparar, o aseverando que no se
repara, en las continuas cortesías de la cámara; o detenerse y posar.
Actuar es participar en la comunidad de las acciones registradas como
imágenes. La expresión de complacencia ante las torturas infligidas a
víctimas indefensas, atadas y desnudas, es sólo parte de la historia. Hay
una complacencia primordial en ser fotografiado, a lo cual no se tiende a
reaccionar hoy día con una mirada fija, directa y austera (como antaño),
sino con regocijo. Los hechos están en parte concebidos para ser
fotografiados. La sonrisa es una sonrisa dedicada a la cámara. Algo
faltaría si, tras apilar a hombres desnudos, no se les pudiera hacer una
foto.
Al mirar estas imágenes, cabe preguntarse ¿cómo puede alguien sonreír ante
los sufrimientos y la humillación de otro ser humano? ¿Situar perros
guardianes frente los genitales y las piernas de prisioneros desnudos
encogidos de miedo? ¿Violar y sodomizar a los prisioneros? ¿Forzar a
prisioneros con capucha y grilletes a masturbarse o a cometer actos
sexuales entre ellos? Y da la impresión de que es una pregunta ingenua,
pues la respuesta es, evidentemente: las personas hacen esto a otras
personas. La violación y el dolor infligido a los genitales están entre
las formas de tortura más comunes. No sólo en los campos de concentración
nazi y en Abu Ghraib cuando lo gestionaba Sadam Hussein. Los
estadounidenses, también, lo han hecho y lo siguen haciendo, cuando se les
dice o se les incita a sentir que aquellos sobre los cuales ejercen un
poder absoluto merecen el maltrato, la humillación, el tormento. Cuando se
les lleva a creer que la gente a la que torturan pertenece a una religión
o raza inferior y despreciable. Pues la significación de estas imágenes no
consiste sólo en que se ejecutaron estos actos, sino en que sus
perpetradores no supusieron nada condenable en lo que muestran las
imágenes. Y lo más detestable, pues se pretendía que las fotos circularan
y mucha gente las viera, es que todo eso había sido divertido. Y esta
noción de esparcimiento es, por desgracia —y contrariamente a lo que el
señor Bush le cuenta al mundo—, cada vez más parte "de la verdadera
naturaleza y el corazón de Estados Unidos".
Es difícil evaluar la creciente aceptación de la brutalidad en la vida
estadounidense, pero las pruebas están por doquier, desde los videojuegos
de asesinatos que son el espectáculo principal de los chicos —¿cuánto
tardará el videojuego "Interroga a los terroristas"?—, hasta la violencia
ya endémica en los ritos grupales de la juventud en un acceso de euforia.
Los crímenes violentos están en baja, si bien ha aumentado el fácil
regodeo en la violencia. Desde los rudos vejámenes infligidos a los
alumnos recién llegados en numerosos bachilleratos de las urbanizaciones
estadounidenses —retratadas en la película de Richard Linklater "Dazed and
Confused" (Jóvenes desorientados, 1993)—, hasta las novatadas rituales con
brutalidades físicas y humillaciones sexuales institucionalizadas en las
escuelas, universidades y equipos deportivos, Estados Unidos se ha
convertido en un país en el que las fantasías y la ejecución de la
violencia se tienen por un buen espectáculo, por diversión.
Lo que antaño se apartaba como pornográfico, como ejercicio de extremos
anhelos sadomasoquistas —como en la última y casi insoportable película de
Pasolini, Saló (1975), que exhibe orgías de suplicios en un reducto
fascista del norte italiano en las postrimerías de la época de Mussolini—,
en la actualidad se normaliza, por los apóstoles de los nuevos Estados
Unidos belicosos e imperiales, como una animada travesura y desahogo.
"Apilar hombres desnudos" es como una travesura de fraternidad
universitaria, afirmó un oyente a Rush Limbaugh y a veinte millones de
estadounidenses que escuchan su programa radiofónico. Cabe preguntar si el
que llamó había visto las fotografías. No importa. La observación, ¿o
acaso la fantasía?, es muy acertada. Lo que tal vez aún pueda escandalizar
a algunos estadounidenses fue la respuesta de Limbaugh: "¡Exacto!
—exclamó—. Justo lo que digo. No es muy distinto de lo que ocurre en una
iniciación de Skull and Bones. Vamos a arruinar la vida de unas personas
por eso y a entorpecer nuestros esfuerzos militares y luego vamos a
cascarlos a ellos en serio porque se lo pasaron bomba". "Ellos" son los
soldados estadounidenses, los torturadores. Y Limbaugh continuó: "Vamos, a
esta gente le están disparando todos los días. Estoy hablando de estas
personas, de gente que lo está pasando bien. ¿Qué nadie recuerda lo que es
una descarga emocional?"
Es probable que buena parte de los estadounidenses prefiera pensar que
está bien torturar y humillar a otros seres humanos —los cuales, en
calidad de enemigos putativos o presuntos, han perdido todos sus derechos—
que reconocer el disparate, la ineptitud y el timo de la aventura
estadounidense en Irak. En cuanto a la tortura y la humillación como
diversión, parece que hay poco que oponer a esta tendencia mientras
Estados Unidos se convierte en un Estado de guarniciones, en el que los
patriotas se definen como respetuosos incondicionales del poderío militar
y en el que se necesita el máximo de vigilancia en el interior. Conmoción
y pavor fue lo que nuestros militares prometieron a los iraquíes que se
resistieran a los libertadores estadounidenses. Y conmoción y horror es lo
que han transmitido los estadounidenses según pregonan al mundo estas
fotografías: una pauta de conducta criminal que desafía y desprecia
manifiestamente las convenciones humanitarias internacionales. Hoy día los
soldados posan, con pulgares aprobatorios, ante las atrocidades que
cometen, y envían fotografías a sus compañeros y familiares. ¿Debería
sorprendernos siquiera? La nuestra es una sociedad en la cual antaño
habríamos hecho lo imposible por ocultar los secretos de la vida privada,
pero que en la actualidad clamamos por una invitación para revelarlos en
un programa de televisión. Lo que estas fotografías ilustran es tanto la
cultura de la desvergüenza como la reinante admiración a la brutalidad
contumaz.
La noción de que las "disculpas" o las profesiones de "repugnancia"
o "aborrecimiento" por parte del presidente y el Ministro de Defensa son
respuesta suficiente a la tortura sistemática de los prisioneros revelada
en Abu Ghraib es un ultraje a nuestro sentido moral e histórico. La
tortura de prisioneros no es una aberración. Es la consecuencia directa de
una ideología global de lucha en la que "estás conmigo o en mi contra" y
con la que el gobierno de Bush ha procurado cambiar, cambiar de modo
radical, la postura internacional de Estados Unidos y refundir muchas
instituciones y prerrogativas nacionales. El gobierno de Bush ha empeñado
al país en una doctrina bélica seudo religiosa, de guerra sin fin; pues la
"guerra contra el terror" no es más que eso. Lo que ha sucedido en el
nuevo imperio carcelario internacional que gestiona el ejército
estadounidense excede incluso los escandalosos procedimientos de la Isla
del Diablo francesa o el sistema del Gulag de la Rusia soviética, ya que
en el caso de la colonia penal francesa hubo, primero, juicios y
sentencias, y en el del imperio penitenciario ruso cargos de algún tipo y
una sentencia que duraba años explícitos. La guerra sin fin se emplea para
justificar encarcelamientos sin fin: sin cargos, sin revelar el nombre de
los prisioneros o facilidades para que se comuniquen con sus familias o
abogados, sin juicios, sin sentencias. Los detenidos en el ilegal imperio
penitenciario estadounidense son "detenidos"; "prisioneros", una palabra
recientemente obsoleta, podría suponer que tienen derechos conferidos por
las leyes internacionales y la ley de todos los países civilizados. Esta
"Guerra Global Contra el Terror" —en la cual se han mezclado por decreto
del Pentágono tanto la justificable invasión de Afganistán y como el
irreducible disparate en Irak— acarrea inevitablemente la deshumanización
de todo aquel que el gobierno de Bush declara posible terrorista: una
definición indiscutible y que casi siempre se adopta en secreto.
Puesto que las imputaciones contra la mayoría de las personas detenidas en
las prisiones iraquíes y afganas son inexistentes —el Comité Internacional
de la Cruz Roja informa que entre setenta y noventa por ciento de los
recluidos no parece haber cometido otro delito más que el de encontrarse
en el sitio y momento inoportunos, capturados en alguna redada de
"sospechosos"—, la justificación principal para retenerlos es el
"interrogatorio". ¿Interrogarlos sobre qué? Sobre cualquier cosa. Lo que
el detenido pueda llegar a saber. Si el interrogatorio es el motivo por el
cual se detiene a los prisioneros indefinidamente, entonces la coerción
física, la humillación y la tortura resultan inevitables.
Recuérdese: no nos referimos a una situación extraordinaria, al escenario
de una "bomba de efecto retardado", lo cual a veces se aduce como caso
límite para justificar la tortura de prisioneros que están al tanto de un
atentado inminente. Se trata del acopio de información no específica o
general autorizado por militares estadounidenses y funcionarios civiles a
fin de saber más del indefinido imperio de malhechores sobre el que
Estados Unidos casi nada sabe, en países acerca de los cuales es
especialmente ignorante: en principio, toda "información" cualquiera
podría ser útil. Un interrogatorio que no produjera información (no
importa en qué consista) se consideraría un fracaso. Por ello se justifica
aún más la preparación de los prisioneros para que hablen. Ablandarlos,
presionarlos: éstos suelen ser los eufemismos de las costumbres bestiales
que han cundido en las cárceles estadounidenses donde están recluidos los
"sospechosos de terrorismo". Al parecer, infortunadamente, poco más que
unos cuantos fueron "presionados" demasiado y murieron.
Las imágenes no desaparecerán. Es la naturaleza del mundo digital en que
vivimos. En efecto, parecen haber sido necesarias para que los dirigentes
estadounidenses reconocieran que tenían un problema entre las manos. Con
todo, el informe remitido por el Comité Internacional de la Cruz Roja y
otros informes periodísticos y protestas de organizaciones humanitarias
sobre los castigos infligidos a los "detenidos" y "sospechosos de
terrorismo" en las prisiones gestionadas por soldados
estadounidenses,
han estado circulando durante más de un año. Es improbable que el señor
Bush o el señor Cheney, la señora Rice o el señor Rumsfeld hayan leído
esos informes. Al parecer las fotografías fueron lo que reclamó su
atención, cuando resultaba ya patente que no podían suprimirse; las
fotografías hicieron todo esto "realidad" para el presidente y sus
cómplices. Hasta entonces sólo hubo palabras, que resulta más fácil
encubrir, y más fácil olvidar, en la era de nuestra reproducción y
diseminación digital infinitas.
Así pues las fotografías seguirán "asaltándonos", como están siendo
inducidos a sentir muchos estadounidenses. ¿Se acostumbrará la gente a
ellas? Algunos afirman que ya han visto "suficiente". No, sin embargo, el
resto del mundo. La guerra sin fin: un torrente sin fin de fotografías.
¿Los editores de periódicos, revistas y televisoras estadounidenses
discutirán ahora que mostrar otras más, o mostrarlas sin recortar (lo
cual, con algunas de las imágenes más conocidas, procura una visión
diferente y en algunos casos más horrorosa de las atrocidades cometidas en
Abu Ghraib), sería de "mal gusto" o una acción política manifiesta? Por
"político" entiéndase: crítico de la guerra sin fin del gobierno de Bush.
Pues no puede haber duda de que las fotografías perjudican, como ha
testificado el señor Rumsfeld, la reputación de "los hombres y mujeres
honorables de las fuerzas armadas que con valentía, responsabilidad y
profesionalismo están protegiendo nuestras libertades en todo el mundo".
Este perjuicio —a nuestra reputación, nuestra imagen, nuestro éxito en
cuanto potencia imperial— es lo que deplora sobre todo el gobierno de Bush.
Cómo es que la protección de "nuestras libertades" —y en este punto se
trata sólo de la libertad de los estadounidenses, cinco por ciento de la
población del planeta— precisa del despliegue de soldados estadounidenses
en cualquier país que le plazca ("en todo el mundo") es algo que
difícilmente se debate entre nuestros funcionarios elegidos. Estados
Unidos se ve a sí mismo como víctima potencial o futura del terror.
Estados Unidos sólo está defendiéndose de enemigos implacables y furtivos.
La reacción ya se ha hecho sentir. Se aconseja a los estadounidenses no
dejarse llevar por una orgía de reproches. La publicación continuada de
las imágenes está siendo interpretada por muchos estadounidenses como una
indicación de que no tenemos derecho a defendernos. Al fin y al cabo,
ellos (los terroristas, los fanáticos) comenzaron. Ellos —¿Osama Bin Laden?
¿Sadam Hussein? ¿Qué importa?— nos atacaron primero. James Inhofe,
republicano de Oklahoma y miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del
Senado, ante el cual testificó el Ministro de Defensa, confesó su
certidumbre de no ser el único miembro "más indignado por la indignación"
que causó lo que exponen las fotografías. "Se sabe que estos prisioneros
—explicó el senador Inhofe— no están ahí por sanciones de tráfico. Si
estos prisioneros están en el bloque 1—A o 1—B es porque son asesinos, son
terroristas, son insurgentes. Es probable que muchos tengan las manos
manchadas de sangre estadounidense y aquí estamos preocupados sobre el
trato que se le da a estos individuos". La culpa es de "los medios"
—llamados habitualmente "medios liberales"—, que provocan, y seguirán
provocando, más violencia contra los estadounidenses en el mundo. "Ellos"
se vengarán de "nosotros". Morirán más estadounidenses. Por estas
fotografías. Y las fotos engendrarán más fotos: "su" respuesta a las
"nuestras".
Sería un error manifiesto permitir que estas revelaciones sobre la
connivencia militar y civil estadounidense para torturar en la "guerra
mundial contra el terrorismo" se conviertan en la historia de la guerra de
—y contra— las imágenes. No es a causa de las fotografías, sino a causa de
lo que revelan que está sucediendo, sucediendo por orden y complicidad de
una cadena de mando que alcanza los más altos niveles del gobierno de Bush.
Pero la distinción —entre fotografía y realidad, entre política y
manipulación— se puede desvanecer con facilidad. Eso es lo que espera este
gobierno que ocurra.
"Hay muchas más fotografías y videos —reconoció el señor Rumsfeld en su
testimonio—. Si se difunden entre el público, este asunto, evidentemente,
empeorará." Empeorará para el gobierno y sus programas, presumiblemente,
no para quienes son víctimas potenciales y actuales de la tortura. Los
medios podrían censurarse a sí mismos, como acostumbran. Pero, según
reconoció el señor Rumsfeld, es difícil censurar a los soldados en
ultramar que no escriben, como antaño, cartas a casa que los censores
militares pueden abrir para tachar los fragmentos inaceptables, sino que
se desempeñan como turistas; en palabras del señor Rumsfeld: "Nos
sorprende que vayan por ahí con cámaras digitales tomando fotografías
increíbles, y luego las pasen, al margen de la ley, a los medios". Los
esfuerzos del gobierno por detener la marea de fotografías se desarrollan
en varios frentes. En la actualidad, el argumento está adoptando un cariz
legalista: las fotografías se clasifican ahora como "pruebas" en causas
futuras, cuyo resultado podría verse afectado si son dadas a conocer al
público. Siempre se sostendrá que las imágenes más recientes, que según se
informa contienen horrendas imágenes de violencia ejercida contra los
prisioneros y humillaciones sexuales, no han de difundirse. El presidente
del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, el republicano John Warner,
después de examinar con otros legisladores la muestra de diapositivas del
12 de mayo con más horrendas imágenes de humillación sexual y violencia
contra los prisioneros iraquíes, dijo que en su "enérgica" opinión las
fotografías más recientes "no deberían hacerse públicas. Me parece que
podrían poner en riesgo a los hombres y mujeres de las fuerzas armadas
mientras están prestando su servicio en medio de grandes peligros".
Pero el impulso más decidido para restringir la disponibilidad de las
fotografías provendrá del empeño incesante en proteger al gobierno de Bush
y encubrir el desgobierno estadounidense en Irak; en equiparar la
"indignación" a causa de las fotografías con una campaña para socavar el
poderío militar estadounidense y los propósitos a los que sirve en la
actualidad. Del mismo modo en que muchos tuvieron por una implícita
crítica de la guerra la transmisión televisada de fotografías de soldados
estadounidenses muertos en el curso de la invasión y ocupación de Irak, se
tendrá cada vez más por antipatriota la propagación de las nuevas
fotografías que mancillen aún más la reputación —es decir, la imagen— de
Estados Unidos.
Con todo, estamos en guerra. Una guerra sin fin. Y la guerra es el
infierno. "No me importa lo que digan los abogados internacionales, vamos
a machacarlos." (George W. Bush, 11 de septiembre de 2001) Vaya, sólo nos
estamos divirtiendo. En nuestra sala de espejos digital, las imágenes no
se desvanecerán. Sí, al parecer una imagen dice más que mil palabras. E
incluso si nuestros dirigentes prefieren no mirarlas, habrá miles de
instantáneas y vídeos adicionales. Incontenibles
(*)
S Sontag es escritora
estadounidense nacida en Nueva York en 1933. Estudió en las universidades
de California, Chicago, París y Harvard. Su artículo -Notas sobre el Camp-,
publicado en la revista Partisan Review (1964) y reseñado en numerosas
publicaciones, llamó la atención nacional sobre su nueva definición de "camp"
como "el amor hacia lo antinatural, artificioso y exagerado". Sontag está
considerada una autoridad en lo referente a las costumbres estadounidenses
de la década de 1960. Sus ensayos se han publicado bajo el título de
Contra la interpretación (1966), Estilos radicales (1969) y Bajo el signo
de Saturno (1980). También escribió El benefactor (1963), Equipo mortal
(1967) y El amante del volcán (1992), todas ellas novelas, además de
ensayos como Sobre la fotografía (1977), El sida y sus metáforas (1987) y
relatos recopilados en Yo, etcétera (1978). Asimismo ha escrito sobre cine
y teatro y editado textos escogidos de Roland Barthes y Antonin Artaud. En
el año 2003 recibió junto a Fátima Mernissi el Premio Príncipe de
Asturias. |