|
He aquí una propaganda Panzani: saliendo de una red
entreabierta, paquetes de fideos, una caja de conservas, un sachet,
tomates, cebollas, ajíes, un hongo, en tonalidades amarillas y
verdes fondo rojo.
Tratemos de esperar los diferentes mensajes que puede contener.
La imagen entrega de inmediato un primer mensaje cuya
sustancia es lingüística; sus soportes son la leyenda, marginal, y
las etiquetas insertadas en la naturalidad de la escena, como en
“relieve”; el código del cual está tomado este mensaje no es otro
que el de la lengua francesa; para ser descifrado no exige más
conocimientos que el de la escritura y del francés. Pero en
realidad, este mismo mensaje puede a su vez descomponerse, pues el
signo Panzani no transmite solamente el nombre de la firma,
sino también, por su asonancia, un significado suplementario, que
es, si se quiere, la “italianidad”; el mensaje lingüístico es por lo
tanto doble (al menos en esta imagen); de denotación y de
connotación; sin embargo, como no hay aquí más que un solo signo
típico,
a saber, el del lenguaje articulado (escrito), no contaremos más que
un solo mensaje.
Si hacemos a un lado el mensaje lingüístico, que da
la imagen pura (aún cuando las etiquetas forman parte de ella, a
título anecdótico). Esta imagen revela de inmediato una serie de
signos discontinuos. He aquí, en primer término el orden es
indiferente pues estos signos no son lineales) la idea de que se
trata, en la escena representada, del regreso del mercado. Este
significado implica a su vez dos valores eufóricos: el de la
frescura de los productos y el de la preparación puramente casera a
que están destinados. Su significante es la red entreabierta que
deja escapar, como al descuido, las provisiones sobre la mesa. Para
leer este primer signo es suficiente un saber que de algún modo está
implantado en los usos de una civilización muy vasta, en la cual se
opone al aprovisionamiento expeditivo (conservas, heladeras,
eléctricas) de una civilización más “mecánica”. Hay un segundo
signo casi tan evidente como el anterior; su significante es la
reunión del tomate, del ají y de la tonalidad tricolor (amarillo,
verde, rojo) del afiche. Su significado es Italia, o más bien la
italianidad; este signo está en una relación de redundancia con el
signo connotado del mensaje lingüístico (la asonancia italiana del
nombre Panzani). El saber movilizado por ese signo es ya más
particular: es un saber específicamente (los italianos no podrían
percibir la connotación del nombre propio, ni probablemente tampoco
la italianidad del tomate y del ají), fundado en un conocimiento de
ciertos estereotipos turísticos. Si se sigue explorando la imagen
(lo que no quiere decir que no sea completamente clara de entrada),
se descubren sin dificultad por lo menos otros dos signos. En uno,
el conglomerado de diferentes objetos transmite la idea de un
servicio culinario total, como si por una parte Panzani
proveyese de todo lo necesario para la preparación de un plato
compuesto, y como si por otra, la salsa de tomate de la lata
igualase los productos naturales que la rodean, ya que en cierto
modo la escena hace de puente entre el origen de los productos y su
estado último. En el otro signo, la composición, que evoca el
recuerdo de tantas representaciones pictóricas de alimentos, remite
a un significado estético: es la nature morte, o, como mejor
lo expresan otras lenguas, el still living.
El saber necesario es en este caso fuertemente cultural. Podría
sugerirse que a estos cuatro signos se agrega una última
información: la que nos dice, precisamente, que se trata de una
imagen publicitaria, y que proviene, al mismo tiempo, del lugar de
la imagen en la revista y de la insistencia de las etiquetas
Panzani (sin hablar de la leyenda). Pero esta última información
es extensiva a la escena; en la medida en que la naturaleza
publicitaria de la imagen es puramente funcional, escapa de algún
modo a la significación: proferir algo no quiere decir
necesariamente yo hablo, salvo en los sistemas deliberadamente
reflexivos como la literatura.
He
aquí, pues, para esta imagen, cuatros signos que consideraremos como
formando un conjunto coherente, pues todos son discontinuos, exigen
un saber generalmente cultural y remiten a significados globales
(por ejemplo la italianidad), penetrados de valores
eufóricos. Advertiremos pues, después del mensaje lingüístico, un
segundo mensaje de naturaleza icónica.
¿Es ese el fin? Si se sacan todos estos signos de la imagen, todavía
nos queda una cierta materia informativa; deprivado de todo
conocimiento, continúo “leyendo” la imagen, “entendiendo” que reúne
en un espacio común una cantidad de objetos identificables (nombrables),
no simplemente formas y colores. Los significados de este tercer
mensaje los constituyen los objetos reales en la escena, los
significantes, por estos mismos objetos fotografiados, pues, dado
que la relación entre significado e imagen que significa mediante
representación analógica no es “arbitraria” (como lo es en la
lengua), ya no se hace necesario dosificar el relevo con un tercer
término a modo de imagen psíquica del objeto. Lo que define el
tercer mensaje, es precisamente que la relación entre significado y
significante es cuasi-tautológica; sin duda la fotografía involucra
un cierto arreglo de la escena )encuadre, reducción, compresión de
la perspectiva), pero esta transición no es una transformación (en
el modo en que un código puede serlo); aquí tenemos una pérdida de
la e quivalencia (propia de los verdaderos sistemas de
signos) y posición de una cuasi-identidad. En otras palabras, el
signo de este mensaje no proviene de un depósito institucional, no
está codificado, y nos encontramos así frente a la paradoja (que
examinaremos más adelante) de un mensaje sin código.
Esta particularidad aparece también al nivel del saber requerido
para la lectura del mensaje;
; para “leer” este último (o primer) nivel de la
imagen, todo lo que se necesita es el conocimiento ligado
estrechamente a nuestra percepción. Ese conocimiento no es nada,
porque necesitamos saber qué es una imagen (los niños aprenden esto
solo a la edad de cuatro años, más o menos) y lo que es un tomate,
una bolsa de malla, un paquete de pastas, sino que es un asunto casi
de conocimiento antropológico. Este mensaje corresponde, como
efectivamente era, a la letra de la imagen, y podemos concordar en
llamarlo mensaje literal, como opuesto al “mensaje” simbólico
previo.
Si nuestra lectura es correcta, la fotografía
analizada nos propone entonces tres mensajes: un mensaje
lingüístico, un mensaje icónico codificado y un mensaje icónico no
codificado. El mensaje lingüístico puede separarse fácilmente de los
otros dos; pero ¿hasta qué punto tenemos derecho de distinguir uno
de otro los dos mensajes que poseen la misma sustancia (icónica)? Es
cierto que la distinción de los dos mensajes no se opera
espontáneamente a nivel de la lectura corriente: el espectador de la
imagen recibe al mismo tiempo el mensaje perceptivo y el mensaje
cultural, y veremos más adelante que esta confusión de lectura
corresponde a la función de la imagen de masa (de la cual nos
ocupamos aquí). La distinción tiene, sin embargo, una validez
operatoria, análoga a la que permite distinguir en el signo
lingüístico un significante y un significado, aunque de hecho nunca
nadie pueda separar la de su sentido, salvo que se recurra al
metalenguaje de una definición: si la distinción permite describir
la estructura de la imagen de modo coherente y simple y si la
descripción así orientada prepara una explicación del papel de la
imagen en la sociedad, entonces la consideramos justificada. Es
preciso pues, volver a examinar cada tipo de mensaje para explorarlo
en su generalidad, sin perder de vista que tratamos de comprender la
estructura de la imagen en su conjunto, es decir, la relación final
de los tres mensajes entre sí. Sin embargo, ya que no se trata de un
análisis sino de una descripción estructural,
modificaremos ligeramente el orden de los mensajes, invirtiendo el
mensaje cultural y el mensaje literal. De los dos mensajes icónicos,
el primero está de algún modo impreso sobre el segundo: el mensaje
literal aparece como el soporte del mensaje . Ahora bien, sabemos
que un sistema que se hace cargo de los signos de otros sistemas
para convertirlos en sus significantes, es un sistema de connotación.
Diremos pues de inmediato que la imagen literal es denotada, y la
imagen simbólica connotada. De este modo, estudiaremos sucesivamente
el mensaje lingüístico, la imagen denotada y la imagen connotada.
El mensaje lingüístico
¿Es constante el mensaje lingüístico? ¿Hay siempre un
texto en una imagen o debajo o alrededor de ella? Para encontrar
imágenes sin palabras, es necesario sin duda, remontarse a
sociedades parcialmente analfabetas, es decir a una suerte de estado
pictográfico de la imagen. De hecho, a partir de la aparición del
libro, la relación entre el texto y la imagen es frecuente; esta
relación parece haber sido poco estudiada desde el punto de vista
estructural. ¿Cuál es la estructura significante de la
“ilustración”? ¿Duplica la imagen ciertas informaciones del texto,
por un fenómeno de redundancia, o bien es el texto el que agrega una
información inédita? El problema podría plantearse históricamente
con relación a la época clásica, que tuvo una verdadera pasión por
los libros ilustrados (en el siglo XVIII no podía concebirse que las
Fábulas de La Fontaine no tuviesen ilustraciones), y durante la cual
algunos autores como el P. Ménestrier se plantearon el problema de
las relaciones entre la figura y lo discursivo.
Actualmente, a nivel de las comunicaciones de masas, parece evidente
que el mensaje lingüístico esté presente en todas las imágenes: como
título, como leyenda, como artículo de prensa, como diálogo de
película, como fumetto. Vemos entonces que no es muy apropiado
hablar de una civilización de la imagen: somos todavía, y más que
nunca, una civilización de la escritura,
porque la escritura y la palabra son siempre términos completos de
la estructura informacional. De hecho, sólo cuenta la presencia del
mensaje lingüístico, pues ni su ubicación ni su longitud parecen
pertinentes (un texto largo puede no contener más que un significado
global, gracias a la connotación, y es este significado el que
precisamente está relacionado con la imagen). ¿Cuáles son las
funciones del mensaje lingüístico respecto del mensaje icónico
(doble)? Aparentemente dos: de anclaje y de relevo (relais).
Como lo veremos de inmediato con mayor claridad, toda
imagen es polisémica; implica, subyacente a sus significantes, una
de significados, entre los cuales el lector puede elegir algunos e
ignorar los otros. La polisemia da lugar a una interrogación sobre
el sentido, que aparece siempre como una disfunción, aún cuando la
sociedad recupere esta disfunción bajo forma de juego trágico (Dios
mudo no permite elegir entre los signos) o poético (el -pánico- de
los antiguos griegos). Aún en el cine, las imágenes traumáticas
están ligadas a una incertidumbre (a una inquietud) acerca del
sentido de los objetos o de las actitudes. Por tal motivo, en toda
sociedad se desarrollan técnicas diversas destinadas a fijar la
cadena flotante de los significados, de modo de combatir el terror
de los signos inciertos: el mensaje lingüístico es una de esas
técnicas. A nivel del mensaje literal, la palabra responde de
manera, más o menos directa, más o menos parcial, a la pregunta:
¿qué es? Ayuda a identificar pura y simplemente los elementos de la
escena y la escena misma: se trata de una descripción denotada de la
imagen (descripción a menudo parcial), o, según la terminología de
Hjelmslev, de una operación (opuesta a la connotación).
La función denominativa corresponde pues, a un anclaje de todos los
sentidos posibles (denotados) del objeto, mediante el empleo de una
nomenclatura. Ante un plato (publicidad Amieux) puedo vacilar en
identificar las formas y los volúmenes; la leyenda ("arroz y atún
con callampas”) me ayuda a elegir el
nivel de percepción adecuado; me permite acomodar no sólo mi mirada
sino también mi intelección. A nivel del mensaje simbólico, el
mensaje lingüístico guía no ya la identificación, sin la
interpretación, constituye una suerte de tenaza que impide que los
sentidos connotados proliferen hacia regionales demasiado
individuales (es decir que limite el poder proyectivo de la imagen)
o bien hacia valores disfóricos. Una propaganda (conservas d'Arcy)
presenta algunas frutas diseminadas alrededor de una escalera; la
leyenda ("como de su propio jardín") aleja un significado posible
(parsimonia, pobreza de la cosecha), porque sería desagradable, y
orienta en cambio la lectura hacia un significado halagüeño
(carácter natural y personal de las frutas del huerto privado). La
leyenda actúa aquí como un contra-tabú, combate el mito poco grato
de lo artificial, relacionado por lo común con las conservas. Es
evidente, además, que en publicidad el anclaje puede ser ideológico,
y esta es incluso, sin duda, su función principal: el texto guía al
lector entre los significados de la imagen, le hace evitar algunos y
recibir otros, y a través de un dispatching a menudo sutil, lo
teleguía hacia un sentido elegido con antelación. En todos los casos
de anclaje, el lenguaje tiene evidentemente una función de
elucidación, pero esta elucidación es selectiva. Se trata de un
metalenguaje aplicado no a la totalidad del mensaje icónico, sino
tan sólo a algunos de sus signos. El signo es verdaderamente el
derecho de control del creador (y por lo tanto de la sociedad) sobre
la imagen: el anclaje es un control; frente al poder proyectivo de
las figuras, tiene una responsabilidad sobre el empleo del mensaje.
Con respecto a la libertad de los significados de la imagen, el
texto tiene un valor regresivo,
y se comprende que sea a ese nivel que se ubiquen principalmente la
moral y la ideología de una sociedad.
El anclaje es la función más frecuente del mensaje
lingüístico; aparece por lo general en la fotografía de prensa y en
publicidad. La función de relevo es menos frecuente (por lo menos en
lo referente a la imagen fija); se la encuentra principalmente en
los dibujos humorísticos y en las historietas. Aquí la palabra (casi
siempre un trozo de diálogo) y la imagen están en una relación
complementaria. Las palabras, al igual que las imágenes, son
entonces fragmentos de un sintagma más general, y la unidad del
mensaje se cumple en un nivel superior: el de la historia, de la
anécdota, de la diégesis (lo que confirma en efecto que la diégesis
debe ser tratada como un sistema autónomo).
Poco frecuente en la imagen fija, esta palabra -relevo- se vuelve
muy importante en el cine, donde el diálogo no tiene una simple
función de elucidación, sino que, al disponer en la secuencia de
mensajes, sentidos que no se encuentran en la imagen, hace avanzar
la acción en forma efectiva. Las dos funciones del mensaje
lingüístico pueden evidentemente coexistir en un mismo conjunto
icónico, pero el predominio de una u otra no es por cierto
indiferente a la economía general de la obra. Cuando la palabra
tiene un valor diegético de relevo, la información es más costosa,
puesto que requiere el aprendizaje de un código digital (la lengua);
cuando tiene un valor sustitutivo (de anclaje, de control), la
imagen es quien posee la carga informativa, y, como la imagen es
analógica, la información es en cierta medida más “floja”. En
algunas historietas, destinadas a una lectura “rápida”, la diégesis
está confiada principalmente a la palabra ya que la imagen recoge
las informaciones atributivas, de orden paradigmático (el carácter
estereotipado de los personajes). Se hacen coincidir entonces el
mensaje costosos y el mensaje discursivo, de modo de evitar al
lector impaciente el aburrimiento de las “descripciones” verbales,
confiadas en este caso a la imagen, es decir a un sistema menos .
La imagen denotada
Hemos visto que en la imagen propiamente dicha, la
distinción entre el mensaje literal y el mensaje simbólico era
operatoria. No se encuentra nunca (al menos en publicidad) una
imagen literal en estado puro. Aún cuando fuera posible configurar
una imagen enteramente “ingenua”, esta se uniría de inmediato al
signo de la ingenuidad y se completaría con un tercer mensaje,
simbólico. Las características del mensaje literal no pueden ser
entonces sustanciales, sino tan sólo relacionales. En primer lugar
es, si se quiere, un mensaje privativo, constituido por lo que queda
en la imagen cuando se borran (mentalmente) los signos de
connotación (no sería posible suprimirlos realmente, pues pueden
impregnar toda la imagen, como en el caso de la “composición de la
naturaleza muerta”); este estado privativo corresponde naturalmente
a una plenitud de virtualidades: se trata de una ausencia de sentido
llena de todos los sentidos; es también (y esto no contradice
aquello) un mensaje suficiente, pues tiene por lo menos un sentido a
nivel de la identificación de la escena representada; la letra de la
imagen corresponde en suma al primer nivel de lo inteligible (más
acá de este grado, el lector no percibiría más que líneas, formas y
colores), pero esta inteligibilidad sigue siendo virtual en razón de
su pobreza misma, pues cualquier persona proveniente de una sociedad
real cuenta siempre con un saber superior al saber antropológico y
percibe más que la letra; privativo y suficiente a la vez, se
comprende que en una perspectiva estética el mensaje denotado pueda
aparecer como una suerte de estado adánico de la imagen. Despojada
utópicamente de sus connotaciones, la imagen se volvería
radicalmente objetiva, es decir, en resumidas cuentas, inocente.
Este carácter utópico de la denotación resulta considerablemente
reforzado por la paradoja ya enunciada, que hace que la fotografía
(en su estado literal), en razón de su naturaleza absolutamente
analógica, constituya aparentemente un mensaje sin código. Sin
embargo, es preciso especificar aquí el análisis estructural de la
imagen, pues de todas las imágenes sólo la fotografía tiene el poder
de transmitir la información (literal) sin formarla con la ayuda de
signos discontinuos y reglas de transformación. Es necesario pues,
oponer la fotografía, mensaje sin código, al dibujo, que, aún cuando
sea un mensaje denotado, es un mensaje codificado. El carácter
codificado del dibujo aparece en tres niveles: en primer lugar,
reproducir mediante el dibujo un objeto o una escena, exige un
conjunto de transposiciones reguladas; la copia pictórica no posee
una naturaleza propia, y los códigos de transposición son históricos
(sobre todo en lo referente a la perspectiva); en segundo lugar, la
operación del dibujo (la codificación) exige de inmediato una cierta
división entre lo significante y lo insignificante: el dibujo no
reproduce todo, sino a menudo, muy pocas cosas, sin dejar por ello
de ser un mensaje fuerte. La fotografía, por el contrario, puede
elegir su tema, su marco y su ángulo, pero no puede intervenir en el
interior del objeto (salvo en caso de trucos fotográficos). En otras
palabras, la denotación del dibujo es menos pura que la denotación
fotográfica, pues no hay nunca dibujo sin estilo. Finalmente, como
en todos los códigos, el dibujo exige un aprendizaje (Saussure
atribuía una gran importancia a este hecho semiológico). ¿La
codificación del mensaje denotado tiene consecuencias sobre el
mensaje connotado? Es evidente que al establecer una cierta
discontinuidad en la imagen, la codificación de la letra prepara y
facilita la connotación: la de un dibujo ya es una connotación; pero
al mismo tiempo, en la medida en que el dibujo exhibe su
codificación, la relación entre los dos mensajes resulta
profundamente modificada; ya no se trata de la relación entre una
naturaleza y una cultura (como en el caso de la fotografía), sino de
la relación entre dos culturas: la del dibujo no es la de la
fotografía.
En efecto, en la fotografía -al menos a nivel del
mensaje literal-, la relación entre los significados y los
significantes no es de “transformación” sino de “registro”, y la
falta de código refuerza evidentemente el mito de la fotográfica: la
escena está ahí, captada mecánicamente, pero no humanamente (lo
mecánico es en este caso garantía de objetividad); las
intervenciones del hombre en la fotografía (encuadre, distancia,
luz, flou, textura) pertenecen por entero al plano de la
connotación. Es como si el punto de partida (incluso utópico) fuese
una fotografía bruta (de frente y nítida), sobre la cual el hombre
dispondría, gracias a ciertas técnicas, los signos provenientes del
código cultural. Aparentemente, sólo la oposición del código
cultural y del no-código natural pueden dar cuenta del carácter
específico de la fotografía y permitir evaluar la revolución
antropológica que ella representa en la historia del hombre, pues el
tipo de conciencia que implica no tiene precedentes. La fotografía
instala, en efecto, no ya una conciencia del estar-allí de la cosa
(que cualquier copia podría provocar), sino una conciencia del haber
estado allí. Se trata de una nueva categoría del espacio-tiempo:
local inmediata y temporal anterior; en la fotografía se produce una
conjunción ilógica entre el aquí y el antes. Es pues, a nivel de
este mensaje denotado, o mensaje sin código, que se puede comprender
plenamente la irrealidad real de la fotografía; su irrealidad es la
del aquí, pues la fotografía no se vive nunca como ilusión, no es en
absoluto una presencia; será entonces necesario hablar con menos
entusiasmo del carácter mágico de la imagen fotográfica. Su realidad
es la del haber-estado-allí, pues en toda fotografía existe la
evidencia siempre sorprendente del, “aquello sucedió así” poseemos
pues, milagro precioso, una realidad de la cual estamos a cubierto.
Esta suerte de ponderación temporal (haber-estado-allí) disminuye
probablemente el poder proyectivo de la imagen (muy pocos tests
psicológicos recurren a la fotografía, muchos al dibujo): el aquello
fue denota al soy yo. Si estas observaciones poseen algún grado de
exactitud, habría que relacionar la fotografía con una pura
conciencia espectatorial, y no con la conciencia ficcional, más
proyectiva, más “mágica”, de la cual, en términos generales,
dependería el cine. De este modo, sería lícito ver entre el cine y
la fotografía, no ya una simple diferencia de grado sino una
oposición radical: el cine no sería fotografía animada; en él, el
haber-estado-allí desaparecería en favor de un estar-allí de la
cosa. Esto explicaría el hecho de que pueda existir una historia del
cine, sin verdadera ruptura con las artes anteriores de la ficción,
en tanto que, en cierta medida, la fotografía escaparía a la
historia (pese a la evolución de las técnicas y a las ambiciones del
arte fotográfico) y representaría un hecho antropológico “plano”,
totalmente nuevo y definitivamente insuperable; por primera vez en
su historia la humanidad estaría frente a mensajes sin código; la
fotografía no sería pues, el último término (mejorado) de la gran
familia de las imágenes, sino que correspondería a una mutación
capital de las economías de información.
En la medida en que no implica ningún código (como en
el caso de la fotografía publicitaria), la imagen denotada desempeña
en la estructura general del mensaje icónico un papel particular que
podemos empezar a definir (volveremos sobre este asunto cuando
hayamos hablado del tercer mensaje): la imagen denotada naturaliza
el mensaje simbólico, vuelve inocente el artificio semántico, muy
denso (principalmente en publicidad), de la connotación. Si bien el
afiche Panzani está lleno de símbolos, subsiste en la fotografía una
suerte de estar-allí natural de los objetos, en la medida en que el
mensaje literal es suficiente: la naturaleza parece producir
espontáneamente la escena representada; la simple validez de los
sistemas abiertamente semánticos es reemplazada subrepticiamente por
una seudo verdad: la ausencia de código desintelectualiza el mensaje
porque parece proporcionar un fundamento natural a los signos de la
cultura. Esta es sin duda una paradoja histórica importante: cuanto
más la técnica desarrolla la difusión de las informaciones (y
principalmente de las imágenes), tanto mayor es el número de medios
que brinda para enmascarar el sentido construido bajo la apariencia
del sentido dado.
Retórica de la imagen
Hemos visto que los signos del tercer mensaje
(mensaje “simbólico”), cultural o connotado) eran discontinuos; aún
cuando el significante parece extenderse a toda la imagen, no deja
de ser un signo separado de los otros: la posee un significado
estético; se asemeja en esto a la entonación que, aunque
suprasegmental, es un significante aislado del lenguaje. Estamos
pues, frente a un sistema norma, cuyos signos provienen de un código
cultural (aún cuando la relación de los elementos del signo parezca
ser más o menos analógica). Lo que constituye la originalidad del
sistema, es que el número de lecturas de una misma lexia (de una
misma imagen) varía según los individuos: en la publicidad Panzani,
anteriormente analizada, hemos señalado cuatro signos de
connotación: es probable que existan otros (la red puede significar,
por ejemplo, la pesca milagrosa, la abundancia, etc.). Sin embargo,
la variación de las lecturas no es anárquica, depende de los
diferentes saberes contenidos en la imagen (saber práctico,
nacional, cultural, estético), y estos saberes pueden clasificarse,
constituir una tipología. Es como si la imagen fuese leída por
varios hombres, y esos hombres pueden muy bien coexistir en un solo
individuo: una misma lexia moviliza léxicos diferentes. ¿Qué es un
léxico? Es una porción del plano simbólico (del lenguaje) que
corresponde a un conjunto de prácticas y de técnicas;
este es, en efecto, el caso de las diferentes lecturas de la imagen:
cada signo corresponde a un conjunto de “actitudes” --turismo,
actividades domésticas, conocimiento del arte-- algunas de las
cuales pueden evidentemente faltar a nivel individual. En un mismo
hombre hay una pluralidad y una coexistencia de léxicos: el número y
la identidad de estos léxicos forman de algún modo el idiolecto de
cada uno. La imagen, en su connotación, estaría entonces
constituida por una arquitectura de signos provenientes de léxicos
(de idiolectos), ubicados en distintos niveles de profundidad. Si,
como se piensa actualmente, la psique misma está articulada como un
lenguaje, cada léxico, por que sea, está codificado. O mejor aún,
cuanto más se en la profundidad psíquica de un individuo, tanto
mayor es la rarificación de los signos y mayor también la
posibilidad de clasificarlos: ¿hay acaso algo más sistemático que
las lecturas del Rorschach? La variabilidad de las lecturas no puede
entonces amenazar la de la imagen, si se admite que esta lengua está
compuesta de idiolectos, léxicos o sub-códigos: así como el hombre
se articula hasta el fondo de sí mismo en lenguajes distintos, del
sentido atraviesa por entero la imagen. La lengua de la imagen no es
sólo el conjunto de palabras emitidas (por ejemplo a nivel del que
combina los signos o crea el mensaje), sino que es también el
conjunto de palabras recibidas:
la lengua debe incluir las “sorpresas” del sentido.
Otra dificultad relacionada con el análisis de la
connotación, consiste en que a la particularidad de sus significados
no corresponde un lenguaje analítico particular. ¿Cómo denominar los
significados de connotación? Para uno de ellos, hemos adelantado el
término de italianidad, pero los otros no pueden ser designados más
que por vocablos provenientes del lenguaje corriente
(preparación-culinaria, naturaleza-muerta, abundancia): el
metalenguaje que debe hacerse cargo de ellos en el momento del
análisis no es especial. Esto constituye una dificultad, pues estos
significados tienen una naturaleza semántica particular; como sema
de connotación, no recubre exactamente en el sentido denotado; el
significante de connotación (en este caso la profusión y la
condensación de los productos) es algo así como la cifra esencial de
todas las abundancias posibles, o mejor dicho, de la idea más pura
de la abundancia. Por el contrario, la palabra denotada no remite
nunca a una esencia, pues está siempre encerrada en que un habla
contingente, un sintagma continuo (el del discurso verbal),
orientado hacia una cierta transitividad práctica del lenguaje. El
sema , por el contrario, es un concepto en estado puro, separado de
todo sintagma, privado de todo contexto; corresponde a una suerte de
estado teatral del sentido, o, mejor dicho (puesto que se trata de
un signo sin sintagma), a un sentido expuesto. Para expresar estos
semas de connotación, sería preciso utilizar un metalenguaje
particular. Hemos adelantado italianidad; son precisamente
barbarismos de este tipo lo que con mayor exactitud podrían dar
cuenta de los significados de connotación, pues el sufijo -tas
(indoeuropeo -tà) servía para formar, a partir del adjetivo, un
sustantivo abstracto: la italianidad no es Italia, es la esencia
condensada de todo lo que puede ser italiano, de los spaghetti a la
pintura. Si se aceptase regular artificialmente -y en caso necesario
de modo bárbaro- la deenominación de los semas de connotación, se
facilitaría en análisis de su forma.
Estos semas se organizan evidentemente en campos asociativos, en
articulaciones paradigmáticas, quizás incluso en oposiciones, según
ciertos recorridos, o como dice A. J. Greimas, según ciertos ejes
sémicos:
italianidad pertenece a un cierto eje de las nacionalidades, junto a
la francesidad, la germanidad o la hispanidad. La reconstrucción de
esos ejes -que por otra parte pueden más adelante oponerse entre sí-
no será sin duda posible antes de haber realizado un inventario
masivo de los sistemas de connotación, no sólo del de la imagen sino
también de los de otras sustancias, pues si bien es cierto que la
connotación posee significantes típicos según las sustancias
utilizadas (imagen, palabras, objetos, comportamientos), pone todos
sus significados en común: encontraremos siempre los mismos
significados en el periodismo, la imagen o el gesto del actor
(motivo por el cual la semiología no es concebible más que en un
marco por así decirlo total). Este campo común de los significados
de connotación, es el de la ideología, que no podría ser sino única
para una sociedad y una historia dadas, cualesquiera sean los
significantes de connotación a los cuales recurra.
A la ideología general corresponden, en efecto,
significantes de connotación que se especifican según la sustancia
elegida. Llamaremos connotadores a estos significantes, y retórica
al conjunto de connotadores: la retórica aparece así como la parte
significante de la ideología. Las retóricas varían fatalmente por su
sustancia (en un caso el sonido articulado, en otro la imagen, el
gesto, etc.), pero no necesariamente por su forma. Es incluso
probable que exista una sola forma retórica, común por ejemplo al
sueño, a la literatura y a la imagen.
De este modo la retórica de la imagen (es decir la clasificación de
sus connotadores) es específica en la medida en que está sometida a
las exigencias físicas de la visión (diferentes de las exigencias
fonatorias, por ejemplo), pero general en la medida en que las no
son más que relaciones formales de elementos. Si bien esta retórica
no puede constituirse más que a partir de un inventario bastante
vasto, puede, sin embargo, preverse desde ahora que encontraremos en
ella algunas de las figuras ya señaladas por los antiguos y los
clásicos.
De este modo el tomate significa la italianidad por metonimia; por
otra parte, de la secuencia de tres escenas (café en grano, café en
polvo, café saboreado) se desprende por simple yuxtaposición una
cierta relación lógica comparable al asíndeton. En efecto, es
probable que entre la metábolas (o figuras de sustitución de un
significante por otro,
la que proporcione a la imagen el mayor número de sus connotadores
sea la metonimia; y entre las parataxis (o figuras del sintagma), la
que domine sea el asíndeton.
Sin embargo, lo más importante -al
menos por ahora- no es hacer el inventario de los connotadores, sino
comprender que en la imagen total ellos constituyen rasgos
discontinuos, o mejor dicho, erráticos. Los connotadores no llenan
toda la lexia, su lectura no la agota. En otras palabras (y esto
sería una proposición válida para la semiología en general), todos
los elementos de la lexia no pueden ser transformados en
connotadores, subsiste siempre en el discurso una cierta denotación,
sin la cual el discurso no sería posible. Esto nos lleva nuevamente
al mensaje 2, o imagen denotada. En la propaganda Panzani, las
legumbres mediterráneas, el color, la composición, y hasta la
profusión, surgen como bloques erráticos, al mismo tiempo aislados e
insertados en una escena general que tiene su espacio propio y, como
lo hemos visto, su…
: están en un sintagma que no es el suyo y que es el de la
denotación. Es esta una proposición importante, pues nos permite
fundamentar (retroactivamente) la distinción estructural entre el
mensaje 2 o del mensaje 3 o simbólico, y precisar la función
naturalizante de la denotación respecto de la connotación; sabemos
ahora que lo que el sistema del mensaje connotado es el sintagma del
mensaje denotado. En otros términos: la connotación no es más que
sistema, no puede definirse más que en términos de paradigma; la
denotación icónica no es más que sintagma, asocia elementos sin
sistema; los connotadores discontinuos están relacionados,
actualizados, a través del sintagma de la denotación.
La descripción de la
fotografía está hecha aquí con toda prudencia, pues ya
constituye un Metalenguaje. Remitimos al lector a la
fotografía que se reproduce junto a este artículo.
Llamaremos signo típico al
signo de un sistema, en la medida en que está
suficientemente definido por su sustancia: el signo verbal,
el signo icónico, el signo gestual son otros tantos signos
típicos.
En francés (en el original),
la expresión se refiere a la presencia original de objetos
fúnebres, tales como un cráneo, en ciertos cuadros.
Cf. (FALTA TEXTO), incluido en
este volumen, p. 115.
El análisis es una enumeración
de elementos la descripción estructural quiere captar la
relación de estos elementos en virtud del principio de
solidaridad de los términos de una estructura: si un término
cambia, cambian también los otros.
Elementos..., pág. 62 de este
volumen.
El arte de los emblemas, 1684.
La imagen sin palabra se
encuentra sin duda, pero a título paradójico, en algunos
dibujos humorísticos; la ausencia de palabra recubre siempre
una intención enigmática.
Elementos..., IV, págs. 64-65
de este volumen.
Esto se ve bien en el caso
paradójico en que la imagen está construida, según el texto,
y en el cual, por consiguiente, el control parecería inútil.
Una propaganda que quiere dar a entender que en tal café el
aroma es del producto en polvo, y que por consiguiente se lo
encontrará intacto en el momento de comenzar a utilizar el
producto, hace figurar por encima del texto un paquete de
café rodeado de una cadena y un candado. en este caso la
metáfora lingüística (
FALTA
) está tomada al pie de la letra (procedimiento poético muy
corriente); pero en realidad, lo que primero se lee es la
imagen, y el texto que la ha formado se convierte en la
simple selección de un significado entre otros: la represión
aparece en el circuito bajo la forma de una trivialización
del mensaje.
Cf. más arriba el artículo de
Claude Bremond.
Cf.A. J. Greimas, (13)
Elementos..., pág. 22 de este volumen.
Desde el punto de vista
saussuariano el habla es sobre todo lo que se emite,
tomándolo de la lengua (y que a su vez la constituye). Hoy
en día, es necesario ampliar la noción de lengua, sobre todo
desde el punto de vista semántico: la lengua es
… de
los mensajes emitidos y recibidos.
Forma, en el sentido preciso
que le da Hielmslev (cf. Elementos..., p. 62), como
organización funcional de los elementos entre sí.
A. J. Greimas, Cours de
Sèmantique, 1964, fascículos mimeografiados por el École
Normale supérieure de Saint-Cloud.
Cf. E. Benveniste: , en La
Psychanalyse, 1, 1956, págs. 3-16.
La retórica clásica deberá ser
repensada en términos estructurales (tal el objetivo de un
trabajo en preparación): entonces será tal vez posible
establecer una retórica general o lingüística de los
significantes de connotación, válida para el sonido
articulado, la imagen, el gesto, etc.
Preferiremos eludir aquí la
oposición de Jakobson entre la metáfora y la metonimia, pues
si por su origen la metonimia es una figura de la
contigüidad, no por eso deja finalmente de funcionar como un
sustituto del significante, es decir, como una metáfora.
|