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. Un museo para la eternidad

Cata y Texto Abraham García

A pesar de ser una bebida popular, siempre ha estado relegada al aperitivo. El restaurador Abraham García, que ha elaborado esta cata a ciegas, reclama un lugar protagonista para la excelsa manzanilla en las más altas mesas. Reivindicación a la que ya se ha sumado la familia Barbadillo con la creación del Museo de la manzanilla

“Contrastando con su arraigada popularidad, el esplendor de la manzanilla es todavía muy reciente. Podría afirmarse que la supremacía abrumadora sobre su hermano, el fino, ha surgido imparable durante la última década”. Así, con sonriente orgullo explicaba la guía a un grupo de ávidos curiosos que aún sobrios visitábamos la meca de la manzanilla. “Las alomadas cepas de palomino que asedian (exageró) el casco urbano, horadan profundamente la tierra para nutrirse del agua del subsuelo, de ahí su exultante verdor pese al sol de injusticia y las contadas lluvias”.

“La polvorienta albariza crea una especie de costra que impide la evaporación y su capa blanquecina actúa como un espejo reverberante propiciando una maduración homogénea. La tímida palomino (uva sin demasiado carácter ni especial aroma, podría haber añadido sin mentir) acostumbra a recolectarse cuando la maduración es óptima, es decir, declinando ya la solanera en el ocaso del verano. Al mosto yema obtenido se le emborracha con tres grados de alcohol. Y discúlpenme que les ahorre el tedioso proceso de deslío para... para no liarlos. Un año en la guardería (crianza estática o sobretablas) bastará para que nuestro avezado enólogo, catando a fondo (aquí la guía empinó el codo con ironía) seleccione el vino más delicado para manzanilla. El resto dará vida a amontillados y creams, antes de introducirlo definitivamente en las grandes botas rimadas en escala”.

“Criaderas y soleras en cuyo vientre semilleno obrará el milagro de las levaduras o velo de flor que aislándola del aire protegerá a la criatura de las erosiones externas durante su prolongada crianza. Este cremoso velo de apenas dos centímetros de grosor que pueden observar (y descubrió con unción, como si abriera un sagrario o desplegara la sábana santa, una bota de fondo acristalado) es el determinante del gusto, el buqué, la sequedad, la ligereza, el estilo de la personalísima manzanilla”.

Al mantenimiento constante de las bienhechoras levaduras contribuye el alimenticio y cíclico rociado de vino nuevo. Amén de un amplio racimo de factores entre los que cabría destacar la proximidad de ese mar donde el Guadalquivir se hace salado. Y los vientos filtrados por bosques y marismas de la vecina Doñana, cuyo hálito, creando un microclima irrepetible, refresca las amplias naves de crianza. Capillas en sombras protegidas por altas celosías que desparraman y criban un sol empañado. Catedrales del vino en las que te invade el grato sopor del tiempo enclaustrado, ajeno a relojes y calendarios. Un tiempo sereno y circular que, como el vino, pasa insomne de criaderas a soleras en una noria sin fin.

“El largo periodo bajo flor debe prolongarse ininterrumpidamente durante años, circunstancia que rara vez se consigue fuera de Sanlúcar, donde las levaduras, hipersensibles a los cambios climáticos, mueren en los meses calurosos o con los primeros fríos, y su cremoso palio se derrumba hasta el fondo del barril. Conscientes de la capital importancia del velo, (precisó) los cotidianos trasiegos de criaderas a soleras (rociados) se realizan (y bajó la voz para que se escuchara el silencio) con extrema delicadeza, de tal forma que el velo permanezca siempre inmune, sin agujeros ni desgarros”. Rememoré a la Celestina remendando un himen.

“El tiempo de envejecimiento (prosiguió) se alarga entre los tres y los siete años, y sus matices en nariz y boca son, en tan amplio abanico, marcadamente distintos como comprobarán ahora”. Y acto seguido, esgrimiendo una venencia de caña con la elegancia de un crupier, extrajo de la penumbra de las botas y escanció en los sedientos catavinos las diferentes muestras. Vinos deslumbrantes y rotundamente distintos: fragantes, secos, etéreos casi; y tan escasos de glicerina que el sorbo parecía desvanecerse en la boca. Joyas enológicas que, pese a su graduación y baja acidez, nos premiaban con un final fresquísimo y seductor en el que prevalecía su característico pellizco amargo.

Más tarde, y lejos ya del entorno mágico de las bodegas y sus efluvios, sometí a 7 marcas adquiridas en Sanlúcar (en Madrid fue imposible hallar más de media docena) a una rigurosa cata a ciegas. Prueba cuyos resultados fueron, ¡ay!, no tan optimistas: excepcionales firmas que eran gloria bendita junto a marcas que no pasaban del limbo y botellas que merecían el infierno. Y, sin embargo, curiosamente el precio no oscilaba más allá de un euro entre las manzanillas sublimes y las mediocres.

Precios que, me urge decirlo, manteniéndose increíblemente bajos, no han contribuido a popularizar el producto fuera de sus lindes, siendo aún Andalucía y la exportación las principales bazas. Sí entiendo –aunque no justifico– que a menos de i0 euros el litro algunas marcas se quiten más años de envejecimiento que las folclóricas, y que demasiadas bodegas opten por un estilo más incoloro que el agua del Quema, ofensivamente light, insustancial y facilón: sevillanas más que bulerías... Soslayando estos tragos amargos, creo sinceramente que la frágil (¿para cuándo fecha de embotellado en todas las etiquetas?) y excelsa manzanilla merecería alcanzar como anfitriona las más altas mesas: ¡basta ya de conformarse con ser invitada al aperitivo! Y, por favor, olvídense para siempre de sus i5 grados de alcohol: los míticos blancos borgoñeses rondan esa cota y a precios imposibles son más buscados que el Santo Grial (700 euros cuesta la botella del mejor Montrachet). Y olvídense también del encorsetado catavinos, vistiéndola de largo con sus mejores copas, para que en ellas quepa la marisma. n

Un museo para la eternidad - Pablo Amate

Ya que el vino es breve en su conservación, que no en el recuerdo, la bodega Barbadillo abre un museo para mostrar la importancia, no sólo palatal y hedónica, de este caldo.

Tras cada brindis existen miles de puestos de trabajo, historias y leyendas que conforman la estructura de esta exposición, que muestra las primigenias técnicas de viticultura, vinificación, crianzas y demás procesos de este vino alegre, descarado y “tuteante” que se deja querer. El museo dedicado a la manzanilla y su historia se encuentra en un edificio antiguo de 1.500 m2, con dos plantas y un patio central, cuyo interior ha sido completamente restaurado y equipado con un ascensor para minusválidos. Está situado en el centro histórico de Sanlúcar (Cádiz) y anexo a la bodega mayor de Barbadillo, con la que comunica, lo que permite completar la información del museo visitando una bodega en pleno funcionamiento dedicada a la manzanilla y a los vinos del marco. El museo, que se inaugurará a finales de octubre, cuenta con varias salas agrupadas en tres temas: “El medio natural”, “La elaboración” e “Historia y curiosidades”. Además, dispone de sala de proyecciones, de cata, de degustación y de recepción y de una tienda de vinos

Marcas

La Goya (pasada), Delgado Zuleta
Pese al enunciado pasada de su etiqueta, exhibe un sorprendente color brillante, casi traslúcido. Gratísimos apuntes herbáceos (heno) fundidos con matices de crianza. Abrupto, largo y fresco final, rematado por un deje de aceitunas verdes. Excelente.

Solear, Bodegas Barbadillo
Bien armonizada, atractiva y sobria en aroma. Paladar con toques salino minerales donde afloran acordes de la mejor crianza: de inusual ligereza y, sin embargo, con tronío y garra, incisiva y profunda. Como una soleá. Excelente.

Saca de verano 2002 (en rama), Bodegas Barbadillo
Complejísima en nariz donde exhala un exotismo que rememora a los fragantes vinos de sauvignon blanca del Nuevo Mundo. Levemente ahumada con recuerdos de eucaliptos y flores secas. Magnífica en boca, interminable y delicadísima. Excepcional.

La Gitana, Vinícola Hidalgo
Aroma limpio, pero apenas perceptible (sin puntas de alcohol ni recuerdos de crianza). Paladar sin demasiado carácter y mediana intensidad. Ciertos atisbos de madera sobre un grato fondo almendrado. Buena.

La Aurora. Pedro Romero
Tan perezosa en nariz que vagamente insinúa su aroma biológico. Sin defectos ni especiales virtudes. Tan suave y cortita en boca que ni el fresco amargor final remonta las sensaciones vacías. Inexpresiva, sin tipicidad ni memoria. Regular.

La Guita, hijos de Rainera Pérez Marín

A su original presentación hay que sumar y agredecer la encomiable iniciativa de incluir la fecha de embotellado. En nariz insinúa levemente el alcohol, abriéndose en boca para que afloren atisbos anisados (hinojos) que se prolongan en una ascendente y grata estela de frescor. Muy buena.

Barón Solera San José, bodegas Barón
Sugerente en nariz, vivaz, punzante y especiada (regaliz, anís) fresca y amplia en boca, pese a alguna no bien integrada punta de alcohol y un perceptible deje de barrica que aportándole estructura le resta elegancia. Buena.

San León, Herederos de Argüeso
Insinuante y sutil al olfato percibiéndose un elegante toque ahumado. Muy fragante y persistente en boca donde exhibe su raza antes de despedirse despacio dejándonos un grato recuerdo de laurel y almendra. Excelente.


Papirusa, Lustau
Magnífica presentación y el mejor corcho, cuando la mayoría condesciende al tapón de rosca. Atrayente color y aroma fragante. Cierta vinosidad en boca que no atenúa su deje de frutos secos. Final prolongado y fresco, pero carente de finura. Buena.

Barbiana (pasada), B. Rodríguez. La-Cave
Nariz que denota el mejor alcohol y prolongada crianza. Boca amplísima, con tipicidad y raza. Compleja, refrescante y cítrica (insinuaciones a pieles de pomelo y naranja), final medidamente amargo y muy apetecible. Excelente.


 

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