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Gastronomía / Gastronomy
Vino y Religión: Unión más que milenaria
Luis Congil

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0505 - Fuente 'Atlántico Diario' - Para los griegos, el vino era un regalo de Dionisos. Los sumerios tenían a la diosa Gestín, que significa 'madre cepa'. En Egipto el dios del vino era Osiris, y el fruto de la uva eran las 'lágrimas de Horus'. Los romanos ofrecían vino a Vesta en el fuego de su hogar y libaciones a Baco. Noé plantó una viña tras el diluvio y Jesús selló su Nueva Alianza con vino. ¿Qué hay tras esta unión tan fuerte? Llamó la atención hace días que las primeras palabras del Papa Benedicto XVI para dirigirse la cristiandad fuesen: "Yo no soy más que un humilde trabajador de la viña del Señor". ¿Porqué esta metáfora en un momento tan trascendental?

El estrecho vínculo entre el vino y la religión se remonta a la noche de los tiempos, y gracias a la aleoenología, comienza a descubrirse que el aprovechamiento de la vid fue simultáneo o incluso anterior a la extensión de las comunidades de Homo sapiens por todo el planeta.

A continuación mostraremos como el hecho religioso, que también acompaña al hombre desde sus orígenes, estableció desde siempre una provechosa simbiosis con el vino. Este proceso abarca cuatro momentos: el hombre contacta con la deidad a través del vino; luego lo recibe como un regalo de dios, después se lo ofrece y, finalmente, cambia su esencia para fundirse con la divinidad gracias a su consumo.

¿Qué fue antes, vino o religión?

Las comunidades paleolíticas de hace 50.000 años ya pudieron conocer el mosto fermentado espontáneamente a partir de vitis rupestris locales. Y si el origen de la viticultura es tan antiguo, es evidente que la 'joint venture' entre vino y religión se remonta a los albores de la humanidad, en un perfecto complemento de mística y técnica productiva.

La vinificación fue uno de los primeros conocimientos técnicos que adquirió la humanidad, antes de la escritura, la rueda y es posible que el propio fuego. El vino no fue inventado, estaba ahí a la espera de ser descubierto. Dada la concentración de azúcares en su jugo, la uva es el único fruto con tendencia natural a fermentar. Nada más la baya está madura y el zumo entra en contacto con las levaduras presentes en el entorno, comienza la transformación de la glucosa en alcohol.

La 'Enciclopedia Larousse del Vino' resume así como pudo ser aquel estimulante acontecimiento: "Es posible imaginarse a un hombre de la Edad de Piedra depositando unos racimos maduros en algún tipo de recipiente -pote de arcilla, bol de madera u odre de piel- y dejándolos fermentar. (...) Después de unos días, el líquido obtenido será una especie de vino. ¿Quién fue el primero que bebió ese zumo excitante y delicioso? No lo sabremos jamás, pero él vivió posiblemente la experiencia de la primera resaca".

Por la espontaneidad natural del proceso, es muy posible que esa primera 'cosecha' recolectada a expensas de la Vitis vinifera rupestris se produjese antes del paleolítico. Incluso es probable que antes de la aparición del Homo sapiens como especie, ya que tanto el Homo habililis (capaz de fabricar herramientas de piedra) el Homo erectus o el Neanderthal tenían capacidad intelectual más que suficiente para recoger y almacenar el fruto para su fermentación natural.

Determinar ese momento preciso es el reto de la paleoenología, una ciencia en pañales que tiene mucho camino por recorrer. Sin embargo, es muy probable que la humanidad naciese conociendo ya el vino, lo que es tanto como afirmar que el vino es anterior al Homo sapiens. ¡Ahí es nada!

Primer contacto con la deidad

Los inicios de la vinificación y de la religión se confunden en la noche de los tiempos. La utilización de bebidas fermentadas en los actos rituales facilitó los primeros contactos del hombre con dios. La embriaguez los sorprendió con un éxtasis confuso, les presentó otra realidad mejorada y distorsionada, posiblemente mucho mejor que las duras condiciones de vida que tenían que soportar. Sin otra explicación a mano, lo divino, la certeza de una presencia superior, comenzaría entonces a cobrar forma ante los primeros humanos que traspasaban el umbral de la embriaguez.

Chamanes y brujos detectaron pronto los efectos antisépticos del vino, y se convirtieron en los depositarios de las técnicas de fermentación. Comenzaba así un matrimonio que sería una constante en toda la historia de la humanidad, una sociedad que generaría una retroalimentación cultural de consecuencias históricas.

Así, el vino se expandió por el mundo como necesario complemento de sacrificios y ofrendas, como en el caso de persas, fenicios, griegos, romanos, judíos, aínos, hindúes, budistas y, por supuesto, cristianos. Y la religión se lo pagaría conservando su cultivo en momentos difíciles, como hicieron los monasterios y abadías cristianas tras las invasiones bárbaras del Imperio romano y las incursiones musulmanas.

En el quinto y sexto milenio antes de Cristo, pueblos que vivían en el Cáucaso utilizaban cuencos de arcilla que fueron las primeras herramientas del vino de la historia. Presumiblemente, los pueblos nómadas de hace más de 6.000 o 7.000 años ya elaboraban vino a partir de uvas silvestres. Según el estudioso del vino André Dominé, "cuando se volvieron sedentarios, la vid fue, junto con el olivo y la higuera, una de las primeras plantas en ser cultivadas y aprovechadas por el hombre".

Existen pruebas de que en Oriente Medio se practicaba en el 6.000 a.C. una viticultura rudimentaria, y está demostrada la difusión del vino también en el Egeo en el 2.500 antes de nuestra era. Asimismo, desde el cuarto milenio antes de Cristo ya se documenta en Egipto el cultivo de la vid. Durante estos dilatados periodos, la provechosa sociedad entre vino y religión se fue consolidando, partiendo de la capacidad de la embriaguez para favorecer un éxtasis trascendente, pasando por el uso terapéutico del vino por los chamanes y llegando a su utilización ritual.

La autora Clara Luz Zaragoza, en su magnífica 'Historia y mitología del vino' explica que el culto a los muertos, los sacrificios y las fiestas de homenaje a los dioses, así como la adivinación y la magia, contaron siempre con un auxiliar imprescindible: el vino. "La enomancia era la ciencia de los presagios,

que se obtenían después de observar el color del vino y sus efectos sobre las personas".

¿Expansión de este a oeste?

El contrato entre vino y religión siempre es un capítulo obligado en cualquier historia del vino. Los primeros vestigios de la vid, 6.000 años a.C., están documentados en el Cáucaso y la actual Armenia, de donde la viticultura pasó a Egipto, a Grecia, Roma y de allí al resto del mundo.

Esa ruta de este a oeste llama la atención por su parecido con la expansión de l o s cultos paganos orientales, como Dionisos, Mitra o Isis, hacia Grecia y Roma, y de allí al resto de occidente. Vino y religión habrían viajado juntos desde el principio de los tiempos.

Sin embargo, en los últimos años recientes descubrimientos llegados a caballo del ADN y las técnicas moleculares han revolucionado las teorías más clásicas sobre el origen del vino. En 2002, la Conferencia Internacional del Genoma de San Diego fue escenario de la presentación de un estudio sorprendente, basado en el análisis del ADN de los cloroplastos de la vitis, que a diferencia del material genético del núcleo, no varía en muchas generaciones.

Especialistas españoles, como el equipo de José Miguel Martinez Zapater, del Centro Nacional de Biotecnología de Madrid, estudiaron las vides endémicas y las cultivadas propias de cada zona, y encontraron tremendas similitudes entre ambas. Luego se dieron cuenta de que analizando los cloroplastos de viñas de gran parte de Europa y de la vertiente occidental de Asia el fenómeno se repetía. Las vitis locales salvajes se parecían mucho a las cepas cultivadas de cada zona. El equipo concluyó que la vid fue domesticada a la vez en muchas zonas de Europa.

No hubo una expansión lineal, sino que las Vitis rupestris evolucionaron con el hombre que las seleccionó en cada zona y las especies actuales son, por tanto, fruto de las peculiaridades naturales de cada zona, enriquecidas con las aportaciones sucesivas y cruces con otras especies. La viña, por tanto, acompaña al hombre desde mucho antes de lo que se pensaba, ya que las culturas occidentales de Europa no tuvieron que esperar a que las migraciones de otros pueblos venidos del este le trajesen la vid, como apunta la teoría clásica.

 

Sibarita.

(Del lat. Sybarīta, y este del gr. συβαρίτης, de Σύβαρις, Síbaris, ciudad del golfo de Tarento, en Italia, célebre por la riqueza y el refinamiento de sus habitantes).
1. adj. Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento. U. t. c. s.
2. adj. Natural de Síbaris. U. t. c. s.
3. adj. Perteneciente o relativo a esta ciudad de la Italia antigua - RAE

Sibarita
¡A mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!

Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso:
jechalmi güenas siestas
embajo de los fresnos,
jartalmi de gaspachos
con güevos y poleos,
cascalmi güenos fritis
con bolas y pimientos,
mercal un güen caballo,
tenel un jornalero
que to me lo jiciera
pa estalmi yo bien quieto,
andal bien jateao,
jechal cá instanti medio,
fumal de nuevi perras
y andalmi de paseo
lo mesmo que los curas,
lo mesmo que los médicos...

Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso,
¡que a mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!

José Mª Gabriel y Galán 1870-1905

Algunas reflexiones sobre el sexo - Jorge T Colombo

Eres libre para disfrutar del sexo con quién te plazca y siempre que el otro esté de acuerdo con disfrutarlo

Realizar el sexo sin culpas, con respeto, de manera divertida y placentera, hace más buenos a los seres humanos

La mejor manera de disfrutar del sexo, es hablar de sexo con tu pareja, siempre que necesites decir algo

El sexo es divertido y une a las parejas más allá de las palabras

Considera tus relaciones sexuales con orgullo y jamás sientas vergüenza, porque realizarlas es natural y un derecho

No te prives del goce sexual, y si algo te sucede o no sabes, averigua, pregunta, lee, investiga. Cuanto más sepas de sexo, más disfrutarás y mejor persona serás

El sexo disfrutado en libertad y sin culpas, aleja la violencia.

 


Un obsequio de los dioses

Tras descubrir el vino en el Paleolítico y utilizarlo para contactar con la divinidad, el hombre comenzó a incluir al fruto de la vid en sus narraciones épico-religiosas. En esta etapa de la humanidad, el vino fue presentado como un generoso regalo de los dioses a los mortales.

Cuando el ser humano cruzó el umbral de la historia y comenzó a poner por escrito sus mitos y leyendas, el vino le acompañó en su viaje. A través de estas narraciones, encontramos una constante en las antiguas civilizaciones de sumerios, hititas, persas, babilonios, judíos, egipcios y griegos: el fruto de la vid se recibe en algún momento de su historia como un regalo de los dioses. En Egipto, hace 5.000 años, la revelación del proceso de elaboración del vino se atribuye a Osiris.

Como dejó escrito el geógrafo y viajero griego Diodoro Sículo, Osiris "enseñó a la humanidad el cultivo de la vid, así como a vendimiar la uva y cómo guardar el vino". Gracias a otro historiador de la antiguedad, Herodoto, sabemos que los egipcios le agradecían este regalo a Osiris festejando la vendimia con flores en el pelo y fenomenales borracheras en la ciudad de Bubastis. El epíteto para el vino era 'lágrimas de Horus'.

Una inscripción del 2.700 a.C. menciona a la diosa sumeria Gestín, bajo la advocación de 'madre cepa'. Otro dios sumerio se llamaba Pa-Gestín-dug, es decir, 'buena cepa', y su esposa Nin-kasi, que significa 'dama del fruto embriagador'.

'La Epopeya de Gilgamesh', obra literaria de Babilonia fechada en el 1.800 a.C., cuenta como el héroe Gilgamesh entró al reino del Sol en busca de la inmortalidad, se encontró un viñedo cuidado por la diosa Siduri, y ésta le dio a beber del jugo de sus uvas.

'Enología' y 'ampelografía'

Dentro de este bloque de civilizaciones que tenían el vino por un regalo de los dioses también se encuadran los griegos, que agradecían su descubrimiento a Dionisos, deidad asiática importada por los helenos, con los juegos dionisíacos y las celebraciones más disparatadas de la antigüedad. Según la mitología, hay tres versiones de como Dionisos conoció el vino. Una dice que fue en el curso de uno de sus numerosos viajes.

Otra que a través de su hijo, el navegante Estáfilo (literalmente, 'racimo'). Estáfilo, nacido de la unión de Dionisos con Ariadna, era pastor del rey Eneo de Calidón. Un día se fijó en que una de las cabras de su rebaño tardaba más que las otras en volver al redil, y además lo hacía más contenta que el resto. La siguió y observó como comía las uvas, ignoradas hasta entonces por el hombre. Le llevó un racimo al rey Eneo, quien elaboró el primer vino a través de él.

Precisamente de Eneo deriva el nombre de la ciencia que estudia el vino: la enología. La tercera, la más trágica, relata como el mejor amigo de Dionisos, el joven Ampelos, murió acometido por un toro, y en su dolor, el dios hizo que brotase vino del lugar donde cayó muerto para consuelo de la humanidad. Aquel desdichado Ampelos da nombre a la disciplina de la ampelografía.

Avanzando en el tiempo, llegamos al compendio de relatos milenarios con mayor vigencia hoy en día: la Biblia. La primera referencia bíblica al vino se encuentra en Noé, en el Antiguo Testamento.

Tras salvar a una pareja de cada animal tras el diluvio universal, el justo Noé bajó de su barca y disfrutó del privilegio de poder rehacer su vida cotidiana. Como es sabido, plantó una viña con cuyos frutos hizo vino, del que bebió llegando incluso a emborracharse.

Como muy acertadamente ha destacado A. Gil en su ensayo 'Sangre mediterránea', en la religión bíblica el vino es un don de dios, y su abundancia es señal de bendición. Así, la fórmula utilizada por el patriarca Jacob para bendecir a su pueblo anunciaba que "la vid será tan común en la tierra de Judá, que a ella se atará el borriquillo y el vino podrá ser utilizado como agua de colada". Los judíos no sólo mimaron y extendieron el cultivo de la vid, sino que para los múltiples autores del Antiguo Testamento, el pueblo mismo es la 'viña de Dios', imagen que se prolonga hasta el Nuevo Testamento, y de ahí hasta nuestros días.

La vigencia de la identificación de la vid con el 'pueblo de Dios' traspasa los milenios con tal éxito como para ser la frase escogida por el nuevo Papa para saludar a sus fieles nada más ser designado Benedicto XVI: "No soy más que un humilde trabajador de la viña del Señor".

Dionisos y Jesucristo, dos figuras paralelas

Aunque para los teólogos el orgiástico Dionisos y el ascético Jesucristo sean figuras antónimas, desde el punto de vista propio de la paleoenología dista mucho de ser así. Dionisos era un dios que nació dos veces, y que vivía dos vidas, una de día como prolífica deidad de la labranza, el agro y la abundancia, y otra de noche, en interminables fiestas y jolgorios. La esperanza de esta vida mejor servía de aliento a los hombres, y ayudó a desear el concepto semítico de vida eterna cuando el cristianismo comenzó su expansión.

Además, Jesús y Dionisos comparten a la vid como el símbolo de su sangre. El vino era el sustituto de la sangre de Dionisos en la Grecia antigua, y gracias a su consumo sus fieles llegaban a él mediante la embriaguez. En el caso de Cristo, el fruto de la uva es el símbolo elegido para la Eucaristía, en una etáfora que la iglesia católica ha elevado a dogma a lo largo de los siglos, afirmando que es materialmente la sangre de Jesús lo que los cristianos comparten en la Comunión.

Es el símbolo de la vida eterna, como en el caso de Dionisos, de la inmortalidad, de la vida futura y del reino mesiánico que ha de venir a redimirnos. Dionisos tendría también un papel fundamental en la religión de Roma, bajo el nombre de Baco, donde se consolidó con éxito entre las clases populares que más tarde acogerían al cristianismo.

Luis Congil es subdirector de 'Atlántico Diario', de Vigo, donde se publicó por primera vez este texto.
 

 

 

 

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