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0505 - Fuente "Atlántico
Diario" - Los griegos
difundieron la cultura helenística por todo el Mediterráneo, y con ella
llevaron también el matrimonio vino-religión hasta los últimos confines de
Occidente. En esta etapa, la vid comenzó a revestirse de una categoría
sagrada que la convirtió en la ofrenda óptima para los dioses. Y no sólo en
Occidente y en la cuenca del Mediterráneo, sino en culturas tan remotas y
aparentemente tan ajenas al vino como las de la India y el Japón.
"Los pueblos del Mediterráneo comenzaron a
salir del barbarismo cuando aprendieron a cultivar el vino", escribió
Tucídides en el siglo V a.C. Y como elemento civilizador, el vino comenzó a
ser ofrecido a los dioses.
La Grecia homérica ya dominaba el cultivo del vino con técnicas posiblemente
importadas de Egipto, que le llevaba 2.000 años de ventaja. Laertes, el
padre de Ulises, se jactaba de cultivar en sus tierras hasta 50 tipos
distintos de vino. Los comerciantes griegos fundaron colonias en Italia, sur
de Francia y España, dedicándolas a la producción del que ya era un bien
económico vital: el viñedo.
Y como tal, además de comprarse y venderse, debía ofrendarse a los dioses.
Las libaciones eran 'la señal de la cruz' de las religiones paganas griegas
y romanas, un gesto habitual que consistía en derramar al aire o ante un
altar parte de la crátera o copa plana de vino mientras se invocaba el
nombre del dios al que iba ofrecido. Un 'por Zeus' o 'por Dionisos'
acompañado del vertido sagrado bastaba.
En las ceremonias fúnebres, los griegos y macedonios echaban vino sobre la
tumba para calmar la sed del muerto en el tránsito a la otra vida. También
enterraban una vasija con la base cribada para que el vino se filtrase bajo
tierra. Un ejemplo de ello son estos versos de Esquilo: "Llevo a mi esposo
estos sustentos que regocijan a los muertos: leche, miel y el fruto de la
viña. (...) Derramemos estos brebajes, que la tierra beberá, llegando hasta
los dioses de lo profundo".
El vino era también una de las ofrendas favoritas de los dioses romanos.
Vesta, la diosa principal del patriciado romano que representaba el alma del
hogar, recibía vino y leña en su templo del Foro, regentado por unas
vírgenes de buena familia llamadas vestales.
El historiador Plutarco nos cuenta como tras la batalla de Platea las
víctimas del combate y los soldados fueron enterrados en el campo de
batalla, donde se les ofrendó "leche, vino, aceite y perfumes". También a
través de este cronista sabemos que los ritos para ofrecer las libaciones
estaban estrictamente reglamentados, no siendo aptos todos los vinos, ni
todos los vasos para el sacrificio. Así, no se podía usar un caldo
procedente de uvas salvajes, ya que "habrá impiedad en ofrecer a los dioses
una libación con vino de viña sin podar".
Clara Luz Zaragoza recoge asimismo en su espléndida 'Historia y mitología
del vino' como los romanos construían junto a los sepulcros una especie de
cocina ('culina', de donde deriva el témino culinario), destinada a cocer
los alimentos de los muertos. Allí se depositaba también el vino.
La mayor eclosión de enología religiosa de Roma se debió, sin embargo, a la
importación de la deidad griega Dionisos, que adoptaron bajo el nombre que
se le daba en algunas colonias helenas occidentales: Bacchus, es decir, Baco.
En los cultos báquicos, los romanos desarrollaron la componente orgiástica y
lúdica de las bacanales, fiestas en que mediante la ingesta inmoderada de
alcohol se llegaba al contacto con el dios. En estas celebraciones, una
representación de Baco con su corte desfilaba por Roma, en un barco con
ruedas, el 'carrus navalis' del que Ortega y Gasset dijo que era la
etimología de nuestro carnaval. El vino, en este caso, era dádiva de los
ricos, senadores y políticos al pueblo, que lo bebía en fuentes públicas
instaladas para tales eventos.
Esta costumbre imitaba uno de los atributos de un personaje de la corte de
Baco: las ménades, que portaban un bastón envuelto en hiedras con el que,
donde tocaban el suelo, brotaba vino. La efervescencia de las bacanales fue
tal que, por miedo al libertinaje que las acompañaba, fueron prohibidas en
el 186 a.C. por el Senado. No volvieron a ser aceptadas hasta que las
legalizó de nuevo Julio César, que siempre aspiraba a ganar popularidad con
gestos que satisfacían al pueblo.
La Ilíada
Homero también nos ha dejado constancia de otra forma de buscar el favor de
los dioses a través del vino. Antes del combate pactado entre Paris y
Menelao, en plena guerra de Troya, Agamenón, Ulises y Príamo ofrecen un
sacrificio a Zeus, degollando un cordero ante un altar y "sacando todos con
las copas el vino de la crátera, lo derramaron y rogaron a los dioses que
siempre viven".
Otro documento que deja constancia escrita de una ofrenda sagrada con el
vino como objeto la encontramos en una tablilla hallada en la ciudad fenicia
de Ras-Shamra (Ugarit) que alude a la partición del pan y derramamiento del
vino frente a un altar.
Quizá heredada de esta costumbre, la Biblia recoge una acción similar en el
libro XIV del Génesis, que narra como Abraham es testigo de un rito igual de
manos del sacerdote-rey Melkisedec, que celebra con él la victoria del
patriarca judío sobre su enemigo Kedorlaómer.
En la India
El uso ofertorio del fruto de la vid no se limita a las religiones semíticas
y a la cultura occidental. Así, en la India, un convite con arroz, uvas y
leche era el alimento con que se alimentaba a los espíritus de los muertos.
En un sistema de creencias tan lejano como el budismo, cuando se produce un
nacimiento se lleva a cabo una ceremonia de purificación denominada pangsai,
en la que se ofrece a la madre como regalo, además de las hada o cintas con
oraciones, vino y té. También los aínos, una raza blanca que pobló Japón y
Siberia, adoraban a su dios Fuyi, 'el fuego sagrado', con libaciones de
vino.
Las alusiones sacralizadoras del vino no tienen fin en las culturas
clásicas. Sin embargo, una coincidencia muy llamativa es la que relaciona su
descubrimiento con los diluvios universales, otra constante en las historias
antiguas. A la ya conocida de Noé y su arca, hay que sumar la versión griega
de la gran inundación. Según ella, tras la lluvia sólo sobrevivió una pareja
que tuvo varios hijos. Uno de ellos, Orestheus, plantó la primera vid.
La variante persa del diluvio habla de Jamsheed, un rey que construyó un
arca con la que salvó animales y en la que había almacenado uvas en jarros.
Uno de los recipientes fue apartado para evitar un envenenamiento, ya que
rezumaba espuma y olía mal. Cuenta este relato persa que una de las
concubinas de Jamsheed, deprimida por el anegamiento, quiso suicidarse
bebiendo de ella, pero al contrario su humor mejoró, y a la alegría le
siguió un sueño reparador. La mujer, agradecida, descubrió el líquido
milagroso al rey, que una vez en tierra comenzó su elaboración.
Los innegables paralelismos entre todas estas historias sobre un gran
diluvio que acabó con la vida sobre la tierra, para luego permitir su
repoblación a un personaje épico, justo y elegido de los dioses, son uno de
los planos de estudio de la paleoenología. Sin embargo, mucho más singular
es su convergencia en el regalo de bienvenida que todos encontraron tras la
travesía: el néctar de la uva, el zumo divino obsequio de los dioses.
Roma globalizó el vino
La palabra vino posiblemente proceda del griego 'woinos', asimilado por los
romanos como vinus. Y es que los latinos de la península Itálica heredaron
las técnicas de cultivo de la vid de sus vecinos helenos, a los que tanto
admiraban y de los que tanto copiaron. Pero al igual que sucedió con los
capiteles corintios, con los dioses del Olimpo y con los sistemas militares,
supieron adaptarlos a su cultura, mejorarlos y expandirlos por todo el
Mediterráneo, sentando las bases culturales de Occidente.
Fueron los colonos griegos los que plantaron las primeras vides en el Lacio.
Sorprendidos por las buenas condiciones climáticas y del terreno, fomentaron
su cultivo y llegaron a denominar aquella tierra como Enotria, es decir, la
tierra del vino.
Los etruscos lo expandieron hasta las faldas de los Alpes, reglamentando su
consumo y prohibiéndoselo a las mujeres, a las que el marido podía matar si
eran vistas bebiendo el néctar sagrado.
Con el crecimiento de Roma y la llegada de una época dorada en el siglo I
a.C. marcada por las conquistas y la llegada a la capital de personas de
todo el Imperio, los patricios comenzaron a construir grandes y lujosas
villas en la bahía de Nápoles y la península de Sorrento, donde disfrutaban
de los más selectos vinos importados por barco de las mejores zonas de
Italia. Los 'Mouton Cadet' de la época eran los vinos de Falerno, al sur de
Roma, así como el Opimian, que seguía siendo consumido al principio de
nuestra era.
El vino se popularizó en extremo, y Roma comenzó a consumir cantidades
ingentes de caldos, hasta e l punto que todo el Lacio se llenó de viñedos,
llegando a arrinconar al trigo y provocar escasez de cereales. Como
consecuencia, el emperador Domiciano prohibió la plantación de cepas nuevas.
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Sibarita.
(Del
lat. Sybarīta, y este del
gr. συβαρίτης, de Σύβαρις, Síbaris,
ciudad del golfo de Tarento, en Italia, célebre por la riqueza y el
refinamiento de sus habitantes).
1.
adj.
Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento.
U. t.
c. s.
2.
adj.
Natural de Síbaris.
U. t.
c. s.
3.
adj.
Perteneciente o relativo a esta ciudad de la Italia antigua - RAE
Sibarita
¡A mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso:
jechalmi güenas siestas
embajo de los fresnos,
jartalmi de gaspachos
con güevos y poleos,
cascalmi güenos fritis
con bolas y pimientos,
mercal un güen caballo,
tenel un jornalero
que to me lo jiciera
pa estalmi yo bien quieto,
andal bien jateao,
jechal cá instanti medio,
fumal de nuevi perras
y andalmi de paseo
lo mesmo que los curas,
lo mesmo que los médicos...
Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso,
¡que a mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
José Mª Gabriel y Galán 1870-1905
Algunas reflexiones sobre el sexo -
Jorge T Colombo
Eres libre para disfrutar del
sexo con quién te plazca y siempre que el otro esté de acuerdo con
disfrutarlo
Realizar el sexo sin culpas, con respeto, de manera divertida y placentera,
hace más buenos a los seres humanos
La
mejor manera de disfrutar del sexo, es hablar de sexo con tu pareja, siempre
que necesites decir algo
El sexo es divertido y une a las
parejas más allá de las palabras
Considera tus relaciones sexuales con
orgullo y jamás sientas vergüenza, porque realizarlas es natural y un derecho
No te prives del goce sexual, y si algo
te sucede o no sabes, averigua, pregunta, lee, investiga. Cuanto más sepas
de sexo, más disfrutarás y mejor persona serás
El sexo disfrutado en libertad y sin
culpas, aleja la violencia.
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La zona con las mejores viñedos era Pompeya, y a partir de su destrucción en
el 79 d.C. tuvieron que importar vino de las plantaciones de la Galia
correspondientes a la actual Burdeos y el Rin, así como de regiones de
Hispania, en lo que hoy son La Rioja y Andalucía.
El vino, sustancia de Dios
En la última fase de la identidad vino-religión, el fruto de la vid alcanza
una categoría sagrada tan alta que llega a transustanciarse para convertirse
en la sangre de la propia divinidad, como acontece en el cristianismo.
Conforme las religiones dominantes en el mundo fueron evolucionando desde el
paganismo hacia los monoteísmos -judaísmo, cristianismo, islam-
desaparecieron los sacrificios propiciatorios como elemento de comunicación
con dios. Lo que no cambió, antes al contrario, fue la importancia del vino
en los rituales más sagrados de aproximación mística a la deidad. El ejemplo
más contundente es, desde luego, la asimilación que hizo Jesús de la vid con
'el pueblo de dios', y de su fruto con su propia sangre, "sangre de la
alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros".
Esta frase, pronunciada durante la última cena según el Nuevo Testamento,
supuso el mejor seguro de vida posible para la expansión del viñedo en el
mundo. Jesús, al instituir la comunión con vino como eje central de las
congregaciones cristianas, obligó a que el fruto de la vid estuviese siempre
presente allá donde hubiese un sólo creyente con la necesidad periódica de
comulgar.
Cuando, 350 años más tarde, los bárbaros comenzaron a socavar los cimientos
del Imperio, esta necesidad de abastecer a las comunidades cristianas
salvaría al vino de desaparecer. Más tarde, en otro bajón de la producción
vinícola, entre los siglos VIII y XI, de nuevo serían las abadías
benedictinas las que no sólo resguardarían el saber enológico, sino que lo
expandirían por toda Europa.
Jesús, salvador del vino
Finalmente, a partir del siglo XV, la necesidad de un abastecimiento regular
de vino para las nuevos fieles convertidos en América, extendería el cultivo
por el nuevo continente. Devolviendo el favor, cuando en el siglo XIX la
filoxera casi acabó con los viñedos de la vieja Europa, los patrones
resistentes al parásito traídos de América salvaron las plantaciones de este
lado del Atlántico.
Por tanto, la 'alianza nueva y eterna' que estableció Jesús con su iglesia
en la última cena benefició, casi podemos decir que garantizó, la
supervivencia del vino en todo el planeta.
Pero volvamos al Nuevo Testamento. Antes de la última cena, existe otro
pasaje memorable que hace referencia al vino, y que nuevamente nos remite a
la analogía entre la figura de Cristo y Dionisos.
En las bodas de Canaán, que por cierto era una importante región vinícola
donde antes del siglo I los egipcios ya compraban vino en la ciudad de Daha,
"donde el vino es tan abundante como el agua viva", Jesús transforma el agua
en vino ante la urgencia de agasajar a los invitados, escogiendo ya el fruto
de la vid como símbolo de la nueva era, de la Nueva Alianza, convirtiéndolo
en una metáfora, ni más ni menos, que de la vida eterna que espera a los
justos.
Pues bien, esta historia no era nueva. Entre los prodigios atribuidos a
Dionisos, que también cosechaba sus símbolos de entre los atributos de la
viña, el geógrafo griego Pausanias recogió en el siglo II a.C. el siguiente
milagro: "Tres cuencos son llevados dentro del templo por los sacerdotes y
son colocados vacíos en presencia de los ciudadanos (...) las puertas son
selladas por los sacerdotes y por cualquiera que lo desee. Por la mañana se
le permite que examinen los cierres, y entrando en el templo encuentran los
cuencos llenos de vino".
La analogía es, cuando menos, muy sugerente. La transustanciación del vino
en la sangre de Jesucristo, iniciada con la primera comunión de la última
cena, es explicada así por el francés Schuré: "Al legar esos símbolos a los
apóstoles, Jesús los amplió (...) con ese cáliz de amor celestial que los
hijos de dios le ofre-cieran en el transporte de su más el-vado éxtasis". Y
el vehículo elegido fue, una vez más, el vino.
El islam y el vino
Por su parte, la prohibición del islam de beber el jugo fermentado de la vid
ha llevado al error en Occidente de analizar este tabú como un rechazo, lo
que convertiría a los musulmanes en la única cultura que se escaparía al
contrato vino-religión que es objeto de este ensayo. Sin embargo, esto es
falso. No se trata de un rechazo, sino de una elevación a la máxima
sacralidad del vino, que no se puede consumir por precepto en vida pero que,
según el destino reservado por el profeta Mahoma a sus justos seguidores, en
el paraíso podrán disfrutar de "ríos de vino, una delicia para los bebedores
(...) y rondará sobre ellos una copa de plata, y vasos como botellas". Sin
comentarios.
Finalmente, como ya hemos apuntado, la iglesia consolidó su matrimonio con
el vino plantando cepas en torno a los conventos y elevando el cultivo al
nivel universal que hoy conocemos. Cuando acabaron los tiempos oscuros de la
alta Edad Media, los monjes no sólo se contentaron con hacer vino, sino que
lo mejoraron. Los cenobios del Císter en Borgoña fueron los primeros en
catalogar los suelos de la Côte-d'Or, en seleccionar las cepas, en
desarrollar las técnicas de poda y en buscar los terruños menos afectados
por las heladas.
Rodearon las plantaciones con muros bajos, los 'clos' que aún sobreviven en
la denominación de los vinos franceses. Otros cistercienses, en este caso
los germanos de Kloster Eberbach, realizaron la misma labor en el Rheingau,
con su ambición ya puesta no sólo en proveerse de vino para la Eucaristía
sino también con las miras puestas en generar un excedente que permitiese la
supervivencia de la comunidad.
Y no debemos olvidar que muy posiblemente fueron otros monjes benedictinos
los que trajeron desde Centroeuropa la casta precursora del albariño hasta
el norte de la Península en el siglo XI, aprovechando el desembarco en
Galicia de la corte de Borgoña.
Luis Congil es subdirector de 'Atlántico
Diario', de Vigo, donde se publicó por primera vez este texto.
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