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Michel Rolland: El nombre del vino global

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221108 - Vinos y Sabores - Sin duda es uno de los que marcan el camino en la industria vinícola mundial. Si usted quiere tener un éxito en materia de vinos y si tiene el dinero como para contratar a Rolland, con el asesoramiento del francés, quizás tenga abierta la puerta del éxito. Pero no faltan quienes lo critican: argumentos como aquellos que se refieren a los vinos globalizados, sin identidad, el que asesora desde un avión. Rolland marca un estado de cosas: es bueno preguntarle personalmente por cómo la situación y el mercado.























Tengo ante mí al que, dicen, es el asesino del vino. El día que hacemos la entrevista, en un hotel lujoso de Buenos Aires, se estrena una película, Mondovino, que lo acusa de eso. Rolland se ríe: de la película y de las acusaciones. Cuando uno ve su situación (una de las primeras personas, más allá de las empresas y de las bodegas que adquirió un nombre propio en la industria y una cuenta bancaria consecuentemente envidiable) es muy probable que se tenga el humor como para afrontar la situación: “parece que para el director soy una suerte de George Bush hijo del vino”, dice. Rolland, además, eligió la Argentina. Luego de su boom, del éxito de transformar los vinos de Estados Unidos –ni más ni menos-, el hombre eligió un nombre (Argentina) y un apellido (Malbec) para su nueva apuesta. Si bien asesora a cien bodegas en todo el mundo, en nuestro país, hay mucho de su apuesta (y de su dinero personal puesto en juego).

Conviene aclarar el punto de vista con el que llegamos a la entrevista. Nuestra experiencia con los vinos argentinos de Rolland (Los salteños de Yacochuya, los mendocinos de Clos de los Siete, el Linda Flor, el que tiene los mejores puntajes) fue reveladora e interesante. Pero, es cierto, probamos poco de lo que hace Rolland en su Pomerol natal y en el resto del mundo. No podemos entrometernos en la cuestión “fotocopia”, aunque sí podemos afirmar la calidad. ¿Son tan buenos como dicen? ¿Son tan Rolland? Y si así fuera, ¿está mal? Lo primero que tenemos que decir es algo que pensábamos antes de la entrevista. Uno reconoce la pincelada de Van Gogh, aunque se trate de su camita en la pensión o en un florero. Es lo que designa al artista: el estilo.

A Rolland claramente no le interesa ser Van Gogh (esto es lo que nos manifiesta), aunque sí le gusta que se note que son vinos suyos. Para él no se puede luchar contra el terroir, aunque afirma tener la clave para que ese terroir se transforme en rentable.
Pero, ¿Cuál es ese sistema? ¿Y si las cosas fueran diferentes? ¿Y si ese señor que tenemos frente a nosotros fuera una suerte Prometeo, aquel que robara el fuego de los dioses bordeleses para dárselos a todos los hombres e inventar lo que llamamos humanidad, cultura?

En el mundo del vino hay algo así como un nuevo deporte: criticar a Michel Rolland. ¿De qué se lo acusa? Primero, de un fenómeno del que es sin duda partícipe pero seguramente no la causa: la globalización del vino. La segunda línea de la crítica es que los vinos en los que él participa son todos un poco parecidos. Afirmación temeraria, dado que este hombre asesora a 100 bodegas en el mundo, desde la India a Pomerol, pasando por Argentina o Sudáfrica.

En la crítica a Rolland entran en juego al menos tres factores. Este enólogo es sin dudas una de las primeras personas en hacer una verdadera fortuna personal en el mundo del vino. Hay una cuestión muy parecida a la envidia en algunas críticas. Segundo, los vinos de Rolland tienen sin duda una impronta, un estilo. Tercero, y derivado de lo anterior. Rolland hace vinos que por lo general reciben muy buenas críticas, vinos potentes, caros y, sin embargo, jóvenes.
Toda una toma de posición frente a la industria.

Por eso es tan criticado (y por eso, también es tan contratado por los bodegueros). Pero ¿y si las cosas fueran distintas? ¿Si esta persona que demuestra una mezcla de satisfacción y orgullo, que contesta en excelente castellano las preguntas, no hubiera robado de su tierra natal un secreto antiquísimo y de a poco –y a un valor monetario muy alto- no está permitiendo al resto compartir ese conocimiento, contribuyendo de esa manera a aumentarlo? Por eso, la primera pregunta, necesariamente, tenía que apuntar a definir un poco cuál es su mundo de intereses. Y la respuesta no deja de ser sorprendente.

En el mundo del vino, ¿qué es negocio, qué es moda y qué es arte?

El mundo del vino es un negocio. Todo el que hace vino, lo hace para regalar o vender, nunca para tomar solo en un rincón. Todo es negocio y no está nada mal. Sobre lo que es moda, yo no sé si hay moda realmente, porque la moda es algo que pierde vigencia muy rápido. El vino no está andando tan rápido: se evoluciona muy lentamente, especialmente en el gusto en general del promedio de consumidores. Nunca hemos visto alguna revolución sino evolución. Los cambios toman mucho tiempo: se necesitan veinte años para llegar a un tipo de vino actual. Y ese tipo de vino no va a caer de un día al otro. La industria se mueve siempre, permanentemente, pero en forma lenta. En la moda, todo cambia muy rápido y muy radicalmente. No digo que no exista la moda. Puede tener su influencia, puede dar éxito a un vino en particular, a un tipo de vino en determinado momento, pero el vino no es un producto realmente que cambia de un día a otro. No es que un año se usan las cosas más cortas y al año siguiente más largas, o cosas por el estilo, como la moda de las mujeres, que cambia de verano al invierno.

¿Y de arte?

Es que la gente que hace vino tiene que ser muy realista: tenemos un suelo, tenemos una variedad, tenemos un clima y eso te obliga a mantenerte en la realidad, debes adecuarte de manera dura. Atrás de todo eso, efectivamente, llegando al final del vino, contando con que hiciste crecer bien la viña, hacer la mejor uva, llega el momento de hacer el corte. Hacer el vino, imaginar el vino. Ahí puede ser que exista una pequeña parte artística que cada uno tiene un poco en sus manos. Algunos tienen un poco más de ese elemento: un poco más de sentimiento, de alma. Eso sería la parte artística. Pero es la que aparece realmente al final de todo. Es un toque final que va a hacer un poco la diferencia.

Ese toque es lo que podríamos llamar estilo. ¿Hay un estilo Michel Rolland?

Ohhh, espero que sí.

Pero, ¿cómo lo definiría usted?

Mi filosofía, porque siempre hay una filosofía detrás de todo, es muy simple. Me meto mucho en la viña. Los buenos años no se recuerdan por el enólogo, sino por muy buena uva. Porque hacer un gran vino con uva mala es imposible. Si no hay la materia prima, no sirve ser un gran enólogo, un enólogo muy fuerte, con muchas ideas. La vinificación entonces debe ser muy simple. Cuanto más simple sea el proceso, mejor. Luego llega la última parte, que es blend, que es hacer, dar al vino una personalidad. Efectivamente a mí me gustan vinos muy simples. Me gustan los vinos buenos, eso siempre está en primer lugar.

¿Y qué sería un vino bueno, precisamente?

Un vino con armonía. Armonía desde la entrada, la presencia de la fruta, la complejidad y también el medio bouquet. Soy un enamorado de los vinos que tienen muy buena boca. Un enamorado de los vinos que tienen mucha concentración, mucha elegancia. Concentración no quiere decir un vino rústico. Quiere decir que tienen fuerza y eso se nota en la boca. Otro elemento importante es que tengan taninos suaves: ahora no tenemos mucho tiempo para guardar los vinos. La gente guarda cada día menos vinos. Hace 15 años, cuando ocurría eso, había que buscar en una misma bodega distintos tipos de vinos: el vino para tomar joven, el vino para guardar durante cinco años, para tomar a los 15 años y los vinos que eventualmente podían incluso envejecer más. Eso hoy es imposible: decir, uh, mira, este va a ser un vino muy bueno dentro de cinco años. Al tipo que se está tomando un vino eso no le importa. Cuando abre su botella es ahora y ese es el momento fundamental. Tener un buen volumen de taninos, buscar taninos suaves, taninos redondos, es fundamental y una excelente respuesta a ese tipo de consumo. Pero cuidado, no hay que olvidar que no se puede ir contra la naturaleza. Esa es la clave de todo. Afortunadamente. Porque es lo que permite lograr vinos diferentes.

La India y Pomerol, el Nuevo y el Viejo Mundo
Alguna vez usted dijo que para usted era más desafío hacer buenos vinos en la India que en el Pomerol...


Eso lo dije un poco bromeando. Como mi trabajo es hacer vino... yo he hecho mucho vino en los últimos 32 años. Imagine la cantidad de vino que yo he visto en mi vida y he probado. A Pomerol realmente lo conozco, hace 57 años que estoy en Pomerol. Le diría que hago los vinos allí casi sin pensar. Es mi vida, están dentro de mí. En cambio, en la India es otra cosa: el clima es muy malo para el vino, el suelo tampoco es muy bueno. Pero es un desafío porque hay que buscar las formas de hacer las cosas, encontrar el mejor vino posible. Y hoy hacemos vinos bien tomables, muy agradables, y que, bueno, tienen un poco de éxito en el mundo. Eso es interesante. En esta época de mi vida busco los desafíos. Hoy creo que nadie niega que Rolland hace buenos vinos. A algunos les pueden gustar un poco más o un poco menos.

¿Qué cosas le dio Pomerol a su personalidad y a sus vinos?

Considero que mi evolución es casi normal. Soy de una familia dueña de viñedos, Le Bon Pasteur, crecí en la viña y en el vino. Luego fui a estudiar a la facultad de Enología en Burdeos y me recibí como enólogo. Empecé a trabajar como enólogo, pero de laboratorio. Haciendo análisis, porque en esa época no había asesoramiento. Estoy hablando del año 73, o sea, 32 años. No había asesoramiento de vino. La gente venía pidiéndome análisis de los vinos y charlábamos. Ahí me di cuenta que sería muy bueno dar consejo a la gente, mismo si no lo pedían. Se empezó así a desarrollar una relación con los clientes del laboratorio y después de ocho a diez años en la zona de Pomerol y en toda esa vera del río, empezó una forma de relación que era mitad amistad y mitad técnica y fue apareciendo así el asesoramiento porque antes no existía. Y bueno, empecé en Francia, asesorando. Y doce años después, en el 85, entré en contacto con los Estados Unidos. Y fue realmente el comienzo. En realidad fue mi comienzo. Desde el 85 este asesoramiento ha crecido mucho.

Usted habla de vinos modernos, pero defiende la idea del viñedo como base ¿Cómo se hace para hacer vinos modernos en los diferentes terruños?


Todo varía según el tipo de vino que quieres hacer. Si quieres hacer un vino liviano, hay que hacer una vinificación especial para hacer un vino así. Si quieres uno más concentrado, se debe hacer de otra forma. Si quieres alto nivel, otra. Pero en todo caso, el terroir va a dar la personalidad. Es una cuestión genética. No se puede superar al terroir. Pero sí se puede hacer mejor, mejorar la técnica. No digo que vamos a hacer gran vino en todos lados, pero se puede hacer buen vino en casi cualquier sitio. ¿Qué quiere decir moderno? Exactamente aceptar el hecho de hoy manejamos todos esos procesos: sabemos mucho más de la viña y de la uva. Hace 25 años nadie los manejaba porque nadie trabajaba especialmente, se pensaba en el rendimiento del vino por hectárea. Pero la personalidad es cuestión genética.

¿La modernidad sería el varietal? Esa es la diferencia entre los vinos de Burdeos y los californianos...

Sobre eso, voy a decir algo. No es totalmente verdad una distinción así. De Pomerol se dice que es un blend, porque tenemos Merlot y Cabernet Franc. Yo tengo en mi viñedo de Pomerol, 85% de Merlot y 15 % de Cabernet Franc. En el resto del mundo a esto se le llama varietal. Todo el mundo dice que en los Estados Unidos están haciendo varietales. Pero no más que en Burdeos, porque la ley dice 75 y 25, entonces casi todos los vinos pueden tener un 25% de otras variedades y adentro y llamarse cabernet sauvignon. Entonces siempre son cortes, nunca tenemos vinos que sean puros. En Argentina y Chile es 85 y 15 y ahora en Europa también es así. En Burdeos no marcamos el varietal porque no es parte del marketing del negocio. Para nosotros es más importante la denominación de origen.

¿La clasificación Vinos del Viejo o Nuevo mundo tampoco sirve?

La gente siempre quiere basarse en cosas simples. Y es bastante fácil entender que el viejo mundo es Europa, y el nuevo mundo son los países que están saliendo y que tienen una historia más corta. No veo por qué no usar una clasificación así. Pero también tengo que decir que no quiere decir mucho hablar de nuevo o de viejo. Pero Europa sí tiene tras de sí más historia que Australia, o que Sudáfrica o que Argentina. Y hablar de nuevo mundo lleva a crear una buena imagen de marca.

Y usted, a los bodegueros del nuevo mundo, ¿qué les recomendaría? ¿Que hagan vinos pensando en exportar? ¿en el mercado local? ¿que lo hagan usando sus varietales, que utilicen la expresión “nuevo mundo”, la expresión “Michel Rolland”?


De todas las opciones que usted nombra, nunca Michel Rolland (risas). Soy muuuy modesto (nuevamente risas). No, hablando seriamente: si piensas que puede servir, muy bien, se puede usar Michel Rolland, con mi autorización por supuesto. Pero claro, lo fundamental es generar identidad y, en un mundo con tanta competencia, las uvas de cada lugar, como la Malbec argentina pueden ayudar a marcar personalidades. Hace unos años yo les recomendé enfatizar con el Malbec. Y creo que no les fue mal. Argentina tiene que trabajar en su imagen de marca.

¿Qué lugar ocupan en el mundo del vino estos tres elementos: el periodismo, los puntajes de las grandes publicaciones internacionales, la educación del consumidor?

Hay que volver a 30 años atrás. Había muy poco periodismo sobre el vino. Apenas algunos artículos de vez en cuando. Ahora hay una información sobre el vino tan completa, tan importante, que nadie puede leer todo. Lo que sin duda es una contribución a la cultura de cada uno, porque la gente tiene que ser informada sobre lo que está pasando en el mundo. Cuando empezó este proceso, hace unos 15 o 20 años esto fue muy bueno. Porque la gente no conocía lo que pasaba. Si usted salía de Pomerol, a 100 km, sin ir demasiado lejos, le preguntaba a la gente de qué sepa estaban hechos los vinos y seguramente no sabrían qué contestarle. Había que decir qué era tal vino, por qué era así, qué variedad tenía. Era una cuestión de cultura y también un beneficio para vender más, un poco de marketing: para vender tenemos que formar a la gente. Hemos llegado ahora a un punto contrario, porque muchos periodistas se meten dentro del circuito y dan consejos para comprar y puntajes, por supuesto. Esto también es nuevo. La gente, que siempre necesita un bastón, en su comportamiento se acerca por los puntajes y entre los periodistas y catadores que son periodistas hay algunos que tienen mucha fuerza y hay otros con menos importancia.

¿Qué opina de Robert Parker Jr.?

Es un muy buen amigo y desde hace mucho tiempo, porque nos encontramos en el 81. Pienso que Parker es un tipo un poco como yo. Le encanta el vino y como no tenía la posibilidad de estudiar enología, porque ha crecido en una parte de los Estados Unidos donde no había viña, estudió abogacía. Le encanta probar y realmente tiene un paladar. No voy a decir si es bueno o muy bueno. No importa, lo que no cabe duda es que tiene un paladar fantástico y una capacidad de degustar y está haciendo su actividad desde hace 25 años ahora y con mucha dedicación. Hasta hace ocho años no tenía idea de su poder. Como siempre, cuando alguien tiene poder, hay otros que se asustan un poco y quieren discutirle ese poder y, bueno, han salido un montón de historias, un montón de comentarios, algunos a favor y algunos en contra, como siempre, porque es así la política. Así fue como él ha empezado a entender que su poder es tan fuerte. Cosa que no sabía. Pero no ha cambiado tanto. Incluso ahora, aunque nos vemos muy de vez en cuando, es capaz de decir que se equivocó y corregir sus evaluaciones.

¿Qué cosas, ahora que han pasado los años, lo sorprenden del mundo del vino?

Una pregunta interesante. No soy lo suficientemente viejo como para decir “nada”. Lo que me sorprende es la evolución. Porque mirando a lo que he conocido, porque esto es mi vida, de los años 70 y lo que está pasando ahora, es fantástica la evolución. Yo empecé en una época en Francia –aún no viajaba-, una época muy dura económicamente. Veo la evolución, cómo ha crecido el mundo del vino, sobre todo el del vino de buen nivel; como van desapareciendo los vinos de bajo nivel, los vinos muy malos, que los hay siempre pero cada vez son menos. Yo he visto cómo se dio ese proceso en Francia, en España, en Argentina. Toda esa evolución mirando hacia la calidad del vino. Eso es lo que realmente me fascina. Ese proceso me mantiene joven.

¿Y Argentina? ¿Qué lugar ocupa en su vida?

Cada vez más uno muy importante. Es mi segundo país. Realmente me enamoré. Y encontré aquí, cosas que había en Francia hace muchos años y fueron perdiéndose: una manera tranquila y afable de hacer las cosas. Y además de múltiples posibilidades, que todavía no sabemos hasta dónde van a llegar. Piense que todo Clos de los Siete son 700 hectáreas. Las mismas, ni más ni menos, que las de Pomerol.

 


 

 

 

 

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