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Encontramos parte de
mitología y parte de historia dentro de las pastas.
Una antigua leyenda romana dice que todo sucedió como consecuencia entre
una pelea entre Vulcano, el dios del fuego, y Ceres, la diosa de la
vegetación y de los granos. Vulcano enfureció tanto que arrancó los granos
de trigo de la tierra y los aplasto con su enorme masa de hierro. La
harina que obtuvo la introdujo por la boca del Vesubio entre las llamas y
vapores, luego roció con jugo de aceitunas y se comió su resultado, un
plato de pastas.
Desde la historia, el origen de la pasta es indudable, fue en Italia. Más
precisamente en la zona de la campiña napolitana. Cuya agua, muy rica en
azufre, le da a la pasta una elasticidad y resistencia a la cocción muy
particulares.
El término macarrones, con el que hoy se designa un tipo de pasta larga,
se encuentra en los escritores romanos de los primeros siglos de nuestra
era. En aquélla época se usaban para cualquier tipo y formatos de pastas,
es decir, es sinónimo de pastas. La controversia filológica sobre el
origen de ese nombre aún dura hoy en día. Algunos lo atribuyen a “Maccus”,
un bufón, personaje de representaciones teatrales en la Roma republicana.
Otros lo derivan del termino griego “makar”, que significa feliz o beato y
que se dedicaba a toda persona afortunada y sobre todo a los dioses.
Más adelante se dijo que el vocablo venía del plural de “makar”, es decir,
“makares” con el que se los identificaba a los difuntos, sobre todo
aquellos que merecían la consideración eterna y en cuyo honor se consumía
sobre si tumba comida que tomaba aquel epíteto.
También, se lo identifico el nombre con “makaria”, palabra que en griego
quiere decir felicidad y con la cual los griegos designaban una sopa de
caldo y cebada que consideraban un manjar.
Cuando los griegos fundaron Nápoles (Neapolis = ciudad nueva), adoptaron
un plato que hacía los nativos, y consistía en una pasta de harina de
cebada y agua que luego secaban al sol y por extensión lo llamaron “makaria”.
Finalmente, macarrones derivaría del término “maccare”, que, en latín,
tiene el significado de “aplastar para amasar”.
La misma pasta, en forma de láminas anchas y chatas, es la que
probablemente en tiempos de Cicerón, pero ya hechas de harina de trigo,
llamaban los romanos “lagana”, plural de “laganum”. Las actuales lasañas,
que al parecer gustaban mucho a Cicerón. Estas “laganas” se encuentran
también en el Libro IV del “De arte coquinaria” de Apicio. En un Códice
del siglo XIII, que se encuentra en la Universidad de Bolonia, se lee la
descripción de cómo se hace la lasañas y que no difiere en nada de cómo se
hacen en la actualidad.
En los siglos, XI y XII, aparece, por primera vez en Italia, la pasta seca
traída por los árabes, precisamente de Sicilia, entonces bajo su dominio.
Se trataban de un tubo de pastas delgadas llamadas “itrya”. Al parecer los
árabes tomaron la idea de poblaciones nómades del Medio Oriente.
Originalmente debía tratarse de tiras de masas arrolladas en torno a hilos
de paja o similares que se dejaban secar, el hueco servía para reducir la
posibilidad de la formación de moho. Posiblemente, este alimento tenía un
fin práctico: liviano y fácilmente de transportable y conservable,
permitía una preparación rápida y era particularmente útil para las tropas
que se desplazaban seguido.
Todas estas referencias echan por tierra la anecdótica introducción a las
pastas en Italia por Marco Polo, el cual las había traído de China. Se ha
podido reconstruir el manuscrito perdido, que con el relato de sus
aventuras, dictó Marco Polo a sus compañeros de prisión Rustichello,
publicado en Italia con el título de “ Il Millone” (El millón) y traducido
al francés con el de “Livre des merveilles du monde” (Libros de las
maravillas del mundo). En el Capítulo CLXXI se puede leer, refiriéndose a
la China: “…y les diré de otra cosa asombrosa. En esta provincia los
árboles tenían harina y les diré como. Sepan que tienen árboles muy
gruesos y muy grandes, que tienen la corteza delgada, y dentro de ellos
están llenos de harina, y con esa harina se hacen pan y otros manjares
como los que hacemos con la harina de trigo; y se hacen lasañas que son
muy buenas y que comí muchas veces”. Marco Polo partió para la China en el
año 1271, volvió a Italia en el 1295 y recién dictó su manuscrito después
de 1298. Por lo que hemos visto, ya las pastas se conocían de mucho antes
en Italia y el mismo Marco Polo habla de las lasañas como cosa ya
conocida.
Por otra parte, en ningún momento habla de los Spaghettis, que fue siempre
lo que se le atribuyo que había traído de la China.
En el 1492, en un escrito del historiógrafo de Platina, en lengua popular,
se encuentra la descripción de una receta para una comida de “dicta
vermivelli”. En otra crónica de la época se hace referencia a algunos
negocios de fabricantes de lasañas, en Florencia, donde la mano de obra
era totalmente femenina, sin ayuda masculina. También la elaboración de la
pasta era conocida en Sicilia por esa época ; el amasado se hacia con una
harina más bien granulosa y con agua y huevos, la masa se estiraba sobre
una mesa de madera con un palote y después se contaba en tiras y otros
formatos, antecesores de las pastas actuales.
Es aquí donde empieza las producciones artesanales y familiares
desconocidas por la plebe. Con el tiempo, los macarrones habrían entrado
en la mesa de la gente pobre y sólo durante el Carnaval.
A mediados del Siglo XVI para comenzar a encontrar en la Liguria, el Lazio
y la Campania, elaboraciones hechas con cierto criterio industrial; el
amasado se hacía trabajando ingredientes con los pies, casi como si se
tratase de una danza propiciatoria de la abundancia.
Contemporáneamente, también en la mitad del siglo XVI las pastas fueron
llevadas a Francia por los cocineros de Catalina de Médicis y recomendadas
por el médico de la corte, Paul Jacques Malouin, miembro de la Academia de
las Ciencias y profesor del Colegio de Francia.
En la segunda mitad del siglo XVIII , apareció en Francia una nueva
profesión los “vermicelliers” que usando un aparato con orificios,
transformaban la pasta en hilos delgados parecidos a gusanos. En italiano
gusano se dice “vermi” y de ahí proviene el nombre “vermicelli”, cuyo
sinónimo es la palabra “spaghetti”, palabra napolitana que recién aparece
en la mitad del siglo pasado.
En el siglo XVIII, francisco I rey de las dos Sicilias, encargó a un grupo
de ingenieros que encontraran un método más funcional e higiénico capaz de
eliminar el antiguo método de elaboración con los pies. Fue así como se
ideó un brazo de bronce que sustituía el trabajo de los operarios.
En el siglo XIX se introdujeron en Nápoles las primeras gramoladoras que
hacían más resistente y elástica la masa previamente elaborada con las
maquinas amasadoras. Más tarde vino el turno de la primera prensa
hidráulica hasta llegar a nuestros días con la tecnología de fabricación
de pastas.
La pasta ha sido también la responsable de un avance gastronómico
importante. Para cuando los spaghettis se volvieron la comida más popular
de los napolitanos, estos se comían directamente con las manos porque los
tenedores, que tenían solo dos dientes, no servían para enrollarlos.
En Estados Unidos de América las pastas fueron introducidas nada menos que
por Thomas Jefferson, quien también importó la primera máquina para hacer
spaghettis.
En cuantos a los métodos de elaboración también fueron progresando con el
paso del tiempo.
En un primer momento la elaboración solo se reservaba a las mujeres, luego
la elaboración industrial de la pasta comienza en el siglo XIX, más
precisamente en Nápoles en 1830.
El amasado se hacia en artesas, un recipiente cuadrilongo de madera y las
extrusión en toscas de prensa de madera, el secado de los fideos se hacia
al sol. Posteriormente, la invención de la prensa hidráulica utilizando el
vapor y el secado por medios artificiales fueron antecedentes de los
métodos actuales
Fuente
Alimentación
Sana
Más sobre las pastas
100 gramos de spaghetti, con una cucharada de aceite de oliva y
otra de queso parmigiano rallado, tienen 250 calorías (el equivalente a
dos yogures). De quién era la culpa? De la salsa.
Más
Recetas de pastas
Pastas del
chef Norberto E. Petryk
Alimento ecológico y dietético.
Descalificada durante mucho tiempo con la famosa frase: “las pastas
engorda”, la pasta ha sido hoy revalorizada como un excelente alimento que
cubre un amplio espectro de posibilidades nutricionales. Nacidas a partir
de un recurso fácilmente renovable como es el trigo, su fabricación no
genera desechos que no sean aprovechables, admite (en el caso de la pasta
secada en casa) su conservación por largos períodos sin necesidad de
costosos procesos técnicos como el frío. Aún mucho más tiempo que en el
freezer.
Desde un punto de vista de la composición química, por cada 100 gramos,
hay 75 % de hidratos de carbono, 13% de proteínas y 1% de grasa. Además,
hay fibra, sodio, calcio, hierro, fósforo, potasio, vitamina B1, vitamina
B2 y niacina.
La mayor riqueza de las pastas son los hidratos de carbono, el aporte de
proteínas es el gluten.
El gluten es la proteína de la pasta. En realidad en la harina de trigo
existen dos proteínas: la gliadina y la glutenina. El agregado de agua y
el amasado hacen que aquellas dos proteínas se unan y formen el gluten.
Este elemento es el responsable de la consistencia y elasticidad de la
masa que no se da con otras harinas.
En cuanto, a las grasas, las pastas no contiene colesterol, ni
triglicéridos. Además, los aceites vegetales que se utilizan en las salsas
disminuyen el colesterol y en el caso particular del aceite de oliva.
Otra de las ventajas que tiene la pasta, es que son fácilmente digeribles
y por su consistencia y su neutralidad están especialmente indicadas
cuando hace falta un régimen blando.
En la actividad física, quienes realizan deportes intensos y sobre todo
competitivos, suelen consumir grandes cantidades de pastas antes de las
competencias, porque son la fuente más importante y prolongada de energía.
Cargaron con la culpa de ser hipercalóricas y el plato prohibido de los
que estaban a dieta. Reivindicadas y con justicia, hoy se instalan con
gloria en menúes light y energéticos.
100 gramos de spaghetti, con una cucharada de aceite de oliva y otra de
queso parmigiano rallado, tienen 250 calorías (el equivalente a dos
yogures). De quién era la culpa? De la salsa.
Milenarias
y chinas, llegaron a Occidente de la mano de Marco Polo y encontraron en
Italia su lugar en el mundo. Desde allí ingresaron a los cinco continentes
cargando con el peso de sus calorías. Fue mérito de la dieta mediterránea
desmitificarlas: si se acompañan con verduras, pescados y salsas sin
frituras, las pastas NO ENGORDAN.
Tips inteligentes
*Usar
aceite de oliva para rehogar los vegetales o las carne.
*Condimentar con hierbas frescas.
*Reemplazar el medio graso por queso blanco y leche descremada en partes
iguales.
*Espolvorear con queso rallado pero no más de una cucharadita (tamaño de
té) por porción.
*Emplear -preferentemente- pasta sin relleno, de harina de gluten,
considerando 100g por porción.
Categorias y Forma de preparación
Hay dos categorías principales: pastas hechas con agua y harina y pastas
hechas con huevo.
Es importante comprender las características de cada una. Las pastas
hechas con agua y harina usan harina hecha de trigo durum (duro), una
harina de alto contenido de gluten, llamada en italiano semolina.
Esta categoría incluye pastas envasadas como spaghetti, tubos y muchas de
formas especiales. Son firmes y van bien con salsas picantes y sabrosas y
con las que tienen una base de aceite de oliva. Estas pastas se compran en
negocios y son mejores cuando se hacen en fábricas. La otra categoría de
pastas es la que se hace con harina y huevos, y se las llama en general
pastas caseras al huevo o simplemente pastas caseras. Se hacen con una
harina de trigo blando, conocida en Italia como "00" y en algún aspecto
equivalente a la harina común para todo propósito. La receta para la masa
varía según la región.
En Toscana, por ejemplo, se agregan un poco de aceite de oliva y sal, y en
Liguria se usa un poco de agua. Pero en Emilia-Romagna, que es famosa por
producir las mejores pastas caseras y es el lugar de nacimiento de los
tagliatelle, tagliolini, lasagne y varias pastas rellenas, la masa se hace
usando sólo harina y huevos y nada más (excepto espinaca o pasta de
tomate).
Las pastas al huevo son capaces de absorber salsas con más facilidad que
las de agua y harina. Estas pastas se adaptan mejor a las salsas a base de
crema o mantequilla, y a salsas más suaves que son compatibles con su
delicada textura. Con salsas en la que predomina el aceite de oliva, las
pastas al huevo absorben demasiado aceite y se vuelven resbaladizas y
pegajosas. Las pastas al huevo, a diferencia de las pastas compradas en
negocios, deben ser hechas en casa. Las mejores pastas caseras son
porosas, de delicada textura y muy delgadas, un resultado que puede
alcanzar sólo amasando la masa a mano y afinándola con un palo de amasar.
También pueden obtenerse muy buenas pastas al huevo amasando con una
máquina. En este caso, hay que estar dispuesto a sacrificar parte de la
porosidad y la textura. Las llamadas pastas "frescas" que se encuentran en
los refrigeradores de los supermercados y en los negocios de
especialidades son las peores pastas al huevo. Los fideos son generalmente
demasiados gruesos, la masa está hecha con semolina, que es una harina
demasiado dura para pastas al huevo, y se hallan refrigeradas para que se
las pueda llamar "frescas".
El frío es el mayor enemigo de las pastas. De hecho, se deben evitar los
ingredientes fríos o las superficies frías cuando se las hace, y la mejor
manera de conservarlas es dejar que se sequen por completo y luego
mantenerlas a temperatura ambiente. No tiene ninguna importancia si las
pastas son "frescas" o no. No hay ninguna diferencia apreciable entre las
pastas usadas inmediatamente después de hechas, mientras todavía están
húmedas, y las pastas que se han secado por completo y han sido guardadas
durante varias semanas.
Si hay que comprar pastas al huevo, se deben buscar los fideos envasados
que han sido secados y enrollados en nidos y controlar los ingredientes
para asegurarse de que esté hechos con huevo. La pasta es un alimento muy
saludable y los expertos en alimentación sugieren comer diariamente al
menos 100 gr. de pasta porque de este modo, se da al organismo de un 14% a
un 18% de su necesidad energética. Ha sido probado clínicamente que la
pasta baja el grado de colesterol en la sangre y favorece el
funcionamiento regular de la tiroide. La pasta, moderadamente
condimentada, puede ser incluida, también, en dietas de adelgazamiento. De
hecho, al aumentar de volumen durante la cocción provoca saciedad
manteniendo las calorías en los límites permitidos.
La pasta es un energético muy rico y, como tal, un alimento bastante
nutritivo. Es algo que no debe faltar en la dieta de aquellos que
necesitan una sobrealimentación, realizan ejercicio físico o tienen una
difícil digestión. Para los niños es ideal porque su consumo garantiza
buena parte de las energías que necesitan, además de ser muy apetecida por
ellos debido a las múltiples formas en que puede servirse y la gran
cantidad de figuras atractivas con que se confecciona. Sin embargo, la
pasta suele ser relegada de muchas mesas debido a que dicen que engorda.
Esto es verdad hasta cierto punto ya que, en realidad, todos los alimentos
en exceso engordan. Hay que comerla con moderación y no precisamente a
diario. Sólo estaría contraindicada en caso de obesidad o diabetes. De
hecho, lo ligero o pesado de cualquier pasta dependerá de los condimentos
con que se sazone o de las salsas y aderezos con que se acompañe. De esto
dependerá también su valor nutritivo: acompañada de carne, queso y crema
aporta proteína animal además de calorías; acompañada de salsas de tomate
y otros vegetales se enriquece en vitaminas.
Tanto las pastas sencillas como las enriquecidas con huevo u otros
ingredientes tienen un gran poder nutritivo . Los 100 gr. de pasta en
crudo aportan un 14% de proteínas, 4% de fibra y 67% de hidratos de
carbono, además de 54 mg. de potasio, 5 mg. de sodio, 22 mg. de calcio,
144 mg. de fósforo, 38 mg. de magnesio y 1,6 mg. de hierro, cantidad esta
última que se duplica en el caso de la pasta integral. También contiene
vitaminas del grupo B, PP y E.
Se trata de una fuente de energía de fácil asimilación e imprescindible en
la dieta de personas que hacen deporte o tienen gran actividad física. Su
valor nutritivo es de 350 calorías por 100 gr. de pasta en crudo, cantidad
que puede incrementarse notablemente con las salsas e ingredientes que la
acompañen. Hay dos pasos fundamentales para el cocinero en cuanto a la
elaboración de la pasta: la selección y la cocción.
En cuanto a la selección de la pasta cruda, simplemente hay que tener
cuidado de que ésta sea lo más amarillo-ámbar posible. Su aspecto debe ser
liso, brillante y uniforme, sin quebraduras. Las pastas quebradizas
pasaron generalmente por un mal proceso de desecación o no son de grano
duro. Es quizás la cocción el punto clave para obtener buenos resultados
con la pasta. Es, un punto clave, pero no por ello difícil. Para cocinar
bien la pasta, el agua tiene que ser muy abundante, al menos un litro para
cada 100 gr. de pasta. La razón es simple: a mayor cantidad de agua más
rápidamente volverá a hervir ésta después de la inmersión de la pasta. Es
preferible usar sal gorda de cocina en vez de sal fina. La proporción
aproximada es de 7gr. por cada litro de agua. La pasta tiene que ser
echada en el agua en el momento de máxima ebullición y mezclada enseguida.
Una vez que el agua vuelve a hervir, la cocción debe continuar sin la tapa
de la cazuela. El fuego debe ser alto al principio. Una vez que la pasta
está echada y el agua ha vuelto a hervir se baja un poco la llama y se
continua la cocción a fuego medio. El tiempo de cocción se calcula desde
el momento en el cual el agua vuelve a hervir (una vez echada la pasta).
La pasta, para que realmente esté buena, tiene que estar hecha "al dente".
Es decir, sólo el tiempo necesario para que se vuelva tierna. Para juzgar
el tiempo de cocción correcto, el único sistema seguro consiste en ir
probando, de tanto en tanto, un trocito. Transcurrido el tiempo requerido
en cada formato, la cocción debe pararse inmediatamente, echando en la
cazuela un chorrito de agua fría. Finalmente, pasaremos la pasta de la
cazuela al colador y de ahí a la bandeja. Para controlar si la pasta es de
buena calidad pondremos en un vaso un poco de agua de la cocción y lo
miraremos a contraluz.
Cuanto más limpia esté el agua, mejor es la pasta. Si por algún motivo no
se va a usar la pasta hasta después de un tiempo de haberla cocido, hay
que mantenerla en agua fría, pues de otra manera se secará. Para calentar
una pasta que esté guardada en remojo, hay que ponerla a hervir en agua y,
cuando haya alcanzado pleno hervor, sumergir la pasta tan sólo unos
segundos. Apagar el fuego y volver a escurrir la pasta.
De cualquier forma, una buena pasta cocida debe tener olor y sabor
agradables y sus elementos no deben tener quebraduras. El aumento de su
volumen debe ser tres veces en relación con la pasta cruda.
Un
poco de Historia
Nadie sabe en realidad de dónde vino la pasta, o mejor dicho, dónde
apareció. Los napolitanos han sostenido su paternidad e incluso le han
inventado leyendas muy imaginativas, pero poco verosímiles, con el fin de
apropiarsela más. Pero, aunque seguramente los macarrones no nacieron en
el sur de Italia, es allí donde el arte de la pasta alcanzó su mayor
exquisitez.
Parece más
probable que la pasta haya sido un legado de la antigua China, pues Marco
Polo se refiere a ella. También se populariza en Grecia, donde seguramente
tomó el conocido nombre de macarrón (de makros, largo, y de makares,
bienaventurados los difuntos, en cuyo honor se preparaban platillos a base
de pasta).
Muy
probable es que de Grecia haya llegado la pasta a Napoles que durante
algún tiempo fue colonia del imperio griego. Ya en la historia moderna, la
pasta es aceptada ampliamente en España, sobre todo a partir del siglo XVI,
época del virreinato español en Napoles.
La palabra "Pasta" deriva muy probablemente de un término griego que
significa "harina mezclada con líquido". Más adelante vino a definir un
alimento de origen itálico, que los antiguos romanos llamaban "lagano".
Horacio, en sus sátiras, describe el placer de volver a casa para comerse
una buena sopa de puerros y "lagano".
Del manual gastronómico de Apicio aprendemos, además, que los romanos
ponían en algunas de sus recetas pasta troceada para que la comida fuera
más compacta. Por otra parte, la cámara sepulcral de la famosa tumba
etrusca de Cerveteri, llamada "de los relieves", lleva numerosas
decoraciones que reproducen utensilios domésticos entre los cuales varios
de ellos están destinados a cocinar, dar forma y cortar la pasta. Por lo
tanto, la pasta fresca era usada y apreciada en Italia desde la época de
los etruscos y de los romanos. Con el pasar de los siglos, la pasta siguió
apareciendo en las mesas de Italia con diferentes nombres. Por ejemplo, en
el 1400 la pasta se llamaba "lasagna" y los fabricantes de pasta "lasagnare".
En el 1800 cambiaron de nombre y se llamaron "vermicellai". Pero entre el
1400 y el 1800 entre "lasagne" y "vermicelli" nacieron los "fidelli", que
eran hilos de pasta con forma cilíndrica. De este modo los fabricantes de
pasta también se llamaron "fidellai". Por último, muchos afirman que la
pasta fue introducida en Italia por primera vez en 1292 por Marco Polo.
Sin embargo, un documento notarial de 1279, que se conserva en el archivo
de Génova, desmiente esta creencia. De hecho, en él se habla claramente de
los macarrones, testimoniando así la existencia de la pasta en Italia
antes de esa época. Los sicilianos dicen que las inventaron, y brindan
como prueba la referencia a los "macarruni" en la literatura, mientras que
una escritora napolitana de fines del siglo XIX, Matilde Serao, cuenta una
fábula que intenta designar a Nápoles como el lugar donde la pasta hizo su
primera aparición. Escribió que en 1220 vivía en Nápoles un mago llamado
Chico. Rara vez salía de sus habitaciones en el piso superior de la casa
excepto para ocasionales excursiones al mercado en busca de diversas
hierbas y tomates (Conseguir tomates fué un buen truco de magia de parte
de Chico, porque todos en Europa tuvieron que esperar otros 400 años,
hasta que los europeos llegaran a América). Pasaba sus días delante de un
caldero burbujeante, y sus noches revisando antiguos textos y manuscritos.
Después de muchos años, alcanzó su meta. Se regocijó al saber que había
descubierto algo que contribuiría a la felicidad de toda la gente. Durante
todo ese tiempo, Jovanella, cuyo marido trabajaba en la cocina del palacio
del rey, había estado espiando a Chico en todos sus movimientos desde el
balcón de su casa que daba a las habitaciones del mago. Cuando finalmente
descubrió el secreto, se lo contó a su marido: "Ve a decirle al cocinero
del rey que he descubierto una nueva comida que merece ser probada por su
Majestad". Así, su marido habló con el cocinero, que habló con el
mayordomo, que habló con un conde, que, después de grandes deliberaciones,
habló con su Majestad, el rey, que estaba aburrido de su comida, recibió
con beneplácito la oportunidad de probar algo diferente. Jovanella fué
admitida en la cocina real y comenzó a preparar lo que había visto crear
al mago. Combinó harina, agua y huevos para formar una masa, que, con
mucho esfuerzo, estiró hasta que quedó tan delgada como un pergamino. La
cortó en tiras y formó anillos, que dejó secar. Luego cocinó cebollas,
carne y tomates sobre fuego muy lento durante largo rato hasta que
formaron la salsa. Cuando llegó el momento de comer, cocinó la pasta en
agua hirviendo, la coló y mezcló con la salsa y con "el famoso queso de
Parma". El rey quedó tan impresionado por lo que ella había hecho que le
pregunto cómo había logrado inventar algo tan notable. Respondió que un
ángel se lo había revelado en sueños. El rey ordenó que fuera
cuantiosamente recompensada por haber hecho una contribución tan
importante a la felicidad de la humanidad. Un día, Chico sintió que el
aroma de su maravillosa invención, provenía de una casa vecina. Incrédulo,
preguntó qué se estaba preparando. Se le dijo que un nuevo plato
maravilloso que un ángel había revelado en sueños a una mujer. Con el
corazón destrozado, salió corriendo y no se volvió a ver nunca más. Por
otra parte, es muy probable que de Grecia llegara la pasta a Nápoles que
durante algún tiempo fue colonia del imperio griego. Ya en la historia
moderna, la pasta es aceptada ampliamente en España, sobre todo a partir
del siglo XVI, época del virreinato español en Nápoles, de donde los
españoles la llevaron a su vez a tierras mexicanas . Diversas formas de
pasta, de la gran variedad existente, fueron adaptadas, pues, a la dieta
mexicana. La nobleza de esa neutral combinación a base de harina y huevo
encontró un acoplamiento perfecto con los ingredientes clásicos de México,
haciendo mestizo lo que en un principio fue una aportación eminentemente
europea. Cualquiera fuera la forma en que aparecieron por primera vez, los
italianos han estado haciendo pastas durante siglos. aunque se han
procesado de muchas maneras diferentes los ingredientes básicos siguen
siendo los mismos.
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