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Si los amantes del vino
y del amor van al infierno...,
vacío debe estar el paraíso.
Omar Khayyam
En el antiguo Egipto, la elite
paladeaba vino y las masas consumían cerveza. ¿Qué es lo que cambió,
entonces, en los últimos cinco mil años? Ni tanto ni tan poco, tal
como lo explica Rod Phillips, un profesor de historia canadiense, en
A Short History of Wine (Breve historia del vino), una crónica
que abarca desde los orígenes del vino, que son "tan oscuros como
deben haber sido las primeras vendimias", hasta el reciente
establecimiento de una Universidad del Vino en Francia.
El vino nació en algún lugar de las montañas Zagros del oeste de Irán,
en las montañas Taurus de Turquía o en el Cáucaso, pero fue un
descubrimiento tan increíble que se extendió con gran rapidez. Tan así
es, que su nombre es parecido en la mayor parte de las lenguas: "wajnu
en protosemítico y woi-no en indoeuropeo". El autor destaca la
distinción entre el vino y la cerveza. La cerveza fue ante todo un
invento científico, mientras que el vino puede producirse de manera
natural.
Mediante una combinación de superstición poética y espíritu
práctico, sin embargo, los hombres antiguos atribuyeron al vino
cualidades misteriosas y, al mismo tiempo, le dieron una serie de usos
muy pedestres. La resurrección anual de la vid, las facultades de
autotransformación de la uva y el éxtasis mágico del vino se asociaban
con mitos y deidades, desde Baco a Cristo. El Islam, sin embargo, tomó
en dirección contraria y desacralizó el vino. Mahoma consideraba que
el vino nublaba y condenaba las almas. Como la perdición era más
temible que la muerte, el vino fue prohibido. (Pero, como dicen
algunos de mis conocidos musulmanes de Rusia, "nada se dijo de la
vodka".)
Desde un primer momento se consideró que el vino era algo místico y
peligroso. Todavía a fines del siglo pasado se sostenía que, en
ciertos casos de excesivo consumo de vino, el bebedor podía ser
víctima de una combustión espontánea. Al mismo tiempo, también se le
atribuían propiedades nutritivas y medicinales. En el curso de su
historia, casi siempre se consumió el vino como acompañamiento de las
comidas, por lo que también se lo consideró alimenticio, fortalecedor
y fuente de energía. Por otra parte, siempre se le dio algún tipo de
uso medicinal.
Los griegos y los romanos democratizaron el consumo de vino.
Los filósofos debatían grandes ideas en los simposios (syn, "con", +
posis, "bebida"). Pero todos lo tomaban, hasta los esclavos. Se lo
usaba para templar el ánimo de los soldados y, en ocasiones, también
para protegerlos. (Al secarse, un género previamente empapado en vino
con sal podía detener las flechas). A partir de su descubrimiento, no
pasó mucho tiempo hasta que se convirtió en un buen negocio. Los
egipcios colocaban en las jarras sellos de arcilla que contenían
información sobre el contenido y sus orígenes. Para el siglo III antes
de Cristo, el vino ya constituía un mercado floreciente en Grecia. Y
había unos doscientos bares en Pompeya antes de que tuviera
lugar la madre de todas las resacas en el año 79 después de Cristo.
Hay perlitas que Phillips descubrió en el curso de su investigación.
Uno de los datos previsibles es que, en lo que respecta a la ebriedad
durante la Edad Media, "la población anglosajona de Inglaterra era la
peor: hay más referencias a intoxicación alcohólica en esa zona que en
el resto de Europa". Un dato nada previsible, en cambio, es que, en el
siglo XIV, se consumían cuatro litros de vino per cápita a la semana
en Florencia. O que en el Arsenal de la Venecia renacentista la madera
era el único elemento en el que se gastaba más que en vino. Cada
trabajador consumía más de dos litros de vino diluido por día. Más
adelante, se llegó a construir una fuente de vino. Por otra parte,
durante la coronación de Eduardo II, en 1307, se tomaron un millón de
litros de vino.
En la antigüedad, la gente rebajaba el vino con agua, lo que le
permitía tomar más y durante más tiempo. No sólo nuestros antepasados
más remotos, sino también nuestros predecesores más inmediatos en los
Estados Unidos se caracterizaron por tener más sed y capacidad que
nosotros. "Una estimación del consumo de alcohol en la década de 1790
indica que el promedio de los norteamericanos mayores de quince años
consumía unos 24 litros de alcohol puro por año, aproximadamente el
doble del volumen que se tomó en los Estados Unidos en la década de
1990". El agua siempre despertó sospechas, ya que se la consideraba
fuente de contagio.
La Prohibición fue sólo uno de los elementos que contribuyeron a "una
nueva etapa oscura del vino". El período entre 1870 y 1950 fue
particularmente difícil: dos guerras mundiales que arruinaron los
viñedos, diez años de depresión, la enmienda de la Constitución de los
Estados Unidos a los efectos de prohibir la producción, venta y
transporte de "licor embriagador". Pero aun peor que todo eso fue la
filoxera, un pequeño áfido amarillo que se alimenta de la vid y llegó
casi a arrasar con la industria vitivinícola europea a fines del siglo
XIX. La ciencia produjo consecuencias inesperadas cuando se decidió
injertar cepas norteamericanas en Europa de forma experimental. Las
cepas norteamericanas transportaban el áfido y eran inmunes al mismo.
No así las europeas.
Por último, hay que aclarar que Phillips no limita su análisis a
Europa y los Estados Unidos, sino que ofrece al lector un breve
recorrido por la historia del vino en Chile, Sudáfrica y Australia
A propósito de "A short Story of wine", de Rod
Phillips
Origen de la
palabra vino:
Podemos decir que el nombre del vino, según investigaciones recientes,
tuvo su origen en un término hoy desaparecido de la lengua hablada en
el antiguo Cáucaso, particularmente en Armenia, la palabra "voino", la
que servía para designar el brebaje embriagador elaborado a partir del
fruto del racimo de la vid.
Leyenda del vino:
Cuenta la leyenda... que en babilonia el rey persa Dsemsit almacenó
uvas en un sótano de su palacio para consumir fuera de la estación.
Obviamente estas uvas con el correr del tiempo fermentaron y
desprendieron anhídrido carbónico, intoxicando a los que las cuidaban.
Esta situación les hizo creer que las uvas se habían vuelto muy
venenosas. Una de sus concubinas al intentar suicidarse por el
desprecio del rey, tomando este jugo envenenado, muy contrariamente a
lo que se suponía se sintió muy feliz y radiante. Al presentarse ante
el rey con su alegría contagiosa, este la prefirió entre las otras.
Puede llegar a decirse que esta mujer fue la descubridora de las
bondades del vino...
Corcho y Vino, pareja perfecta Fuente:
Reserva y Cata
El corcho,
aunque de gran importancia, representa uno más de los múltiples
factores que influyen en el nivel de calidad de los vinos. Tras la
vinificación, en el caso de los vinos de cosecha, o tras la crianza en
madera, si nos referimos a crianzas, reservas o grandes reservas; el
vino permanece en botella ensamblando sus componentes. Durante este
periodo el corcho es el encargado de conservar el preciado líquido en
óptimas condiciones, preservándolo del oxígeno y de la posible
intervención de agentes no deseados como bacterias o mohos (aunque
también puede suponer, a veces, una puerta de entrada para éstos
últimos, cualidad negativa que define a un vino como 'acorchado' y que
obviaremos en este artículo).
El alcornoque (quercus suber), especie de la cual se obtiene el
corcho, ocupa tierras de la región mediterránea que cuentan con clima
benigno caracterizado por altas temperaturas, buena insolación y
humedad. Portugal es el primer productor mundial (significando un 50%
del total) seguido de España (que cuenta con un 25%), repartiéndose el
resto entre Argelia, Marruecos, Italia, Francia y Túnez. El alcornoque
es un árbol de tamaño medio (rara vez supera los 20 metros de altura)
y hoja persistente. Mientras que su madera es dura y pesada, la
corteza -siendo gruesa- es esponjosa y muy ligera, con profundas y
arrugadas grietas longitudinales. Para que ésta última pueda ser
empleada para la obtención de corcho deben transcurrir al menos
treinta años hasta realizar la primera saca o descorche. Una vez
realizado el primer descorche se puede repetir la operación cada ocho
o diez años.
En la extracción de la corteza conviene tener en cuenta dos factores:
en primer lugar es importante no realizar este proceso cuando esté
teniendo lugar movimiento de savia, lo que dejaría el corcho
impregnado disminuyendo gravemente la calidad de éste. En segundo
lugar, la saca se debe realizar guardando escrupuloso cuidado de no
dañar la casca o corteza interna -encargada de la regeneración- sin la
cual el árbol moriría. Tras haber sido 'desnudado', el quercus suber
presenta un color rojo intenso que irá tomando tonalidades más ocres a
medida que se regenera la corteza.
El corcho es un tejido protector del tallo producido por el anillo
generador suberofelodérmico. Las células de este tejido se impregnan
de suberina, sustancia que lo hace impermeable e ignífugo y que
representa el componente mayoritario del corcho, alcanzando un 45% del
total. Los bosques catalanes de La Selva o El Empordà, los lusos en
los alrededores de la ciudad de Évora y los extremeños en las dehesas
de Cáceres, son los que producen las mejores calidades de corcho del
mundo. En la calidad final de éste intervienen diversos factores. Uno
de los más importantes es la velocidad de crecimiento del propio
árbol. A menor velocidad más densidad de la corteza y menores
oquedades, lo que redunda en una mayor calidad y viceversa.
De no menor trascendencia es la mayor o menor presencia de lenticelas
en el corcho. Éstas son pequeños orificios que se forman en los
corchos jóvenes con objeto de que respire el árbol ya que su tallo se
encuentra cada vez más profusamente cubierto. Cuanto mayor sea el
número de lenticelas presentes, mayor es la porosidad del corcho y,
por tanto, es más susceptible a albergar microorganismos no deseados.
Otros factores que inciden en una menor calidad del corcho pueden ser
el agrietado, el hinchado, taladros de insectos o simplemente que no
esté suficientemente maduro. En función de todos estos parámetros se
establece una clasificación, en la cual los corchos tipo 'flor' ocupan
la parte más alta, seguidos de los de 'primera' y los de 'segunda'.
Con una calidad sensiblemente inferior continúan la relación otros
corchos de 'tercera', etc....
El proceso de elaboración de tapones comienza con el acondicionamiento
de las planchas de corcho. Una vez que se han extraído del alcornoque,
se almacenan y desecan para reducir su humedad. Cuando han perdido
todo su frescor natural, las planchas son vaporizadas o escaldadas con
agua hirviendo (hoy en día se utiliza agua desclorada para evitar el
temido TCA) con objeto de mejorar su elasticidad y cerrar los poros.
De este proceso resultan unas planchas con un 30% más de volumen, las
cuales vuelven de nuevo a reposar para secarse. Este aumento se ve
compensado con la merma que se produce a resultas del ulterior raspado
para eliminar la corteza exterior. Una vez más las planchas vuelven a
ser vaporizadas. Finalmente, son cortadas transversalmente a la medida
de la altura que se desea para los tapones. La longitud de éstos
depende del vino de que se trate. Así, en los de rápido consumo, la
longitud estándar se sitúa entre 38 y 44 mm mientras que en los vinos
de guarda el rango oscila entre 49 y 54 mm. Con las planchas ya
preparadas únicamente resta cortar los cilindros (ya tapones) mediante
gubias o cilindros afilados.
Antes de ser insertados en la botella los tapones son lavados con agua
o tratados con otras sustancias como peróxido de hidrógeno, ácido
oxálico, ozono, etc. Para mejorar la colocación en la botella y su
hermeticidad, se les aplica parafina, siliconas en aceite u otros
productos en la superficie. Si la calidad del corcho no es todo lo
buena que se desea, porque presenta numerosas lenticelas, éstas pueden
ser rellenadas con polvo de corcho y recubiertas con adhesivo. En este
caso estaremos hablando de corchos colmatados que de este modo mejoran
la presencia así como las cualidades de hermeticidad. Otra categoría
es la representada por los tapones de aglomerado elaborados a partir
de pequeñas piezas de corcho y unidas con poliuretano. Los vinos
espumosos emplean esta categoría con la particularidad de que al tapón
se le añade un fina capa de corcho virgen preservando, de este modo,
al vino del contacto directo con el aglomerante. Esta última razón,
junto a la humedad que desprende el gas carbónico en estos vinos,
permiten que su guarda se realice con la botella de modo vertical.
También pueden preservarse verticalmente aquellos vinos cuyos tiempos
de vida útil se les supone no mayor a 2-3 años a contar desde la fecha
de embotellado.
Por el contrario, en el caso de los vinos de guarda (aquellos cuya
vida puede prolongarse por encima de los 3 años en botella), la
botella debe descansar horizontalmente de modo que el líquido
permanezca en contacto con el corcho para evitar que éste se seque. Si
se produce esta situación, se pueden abrir vías de fuga del vino o de
entrada de oxígeno que aceleran el proceso de evolución del preciado
jugo. La vida media de un corcho depende de la calidad de éste,
oscilando, por lo general, en torno a los 20 ó 30 años. Transcurrido
este periodo se debe proceder a cambiar el tapón mediante una
complicada operación llevada a cabo por especialistas que se llama 'reencorchado',
ya que de lo contrario éste podría llegar a deshacerse en el propio
vino
'Qué vino primero, si la botella o el corcho, es una de las preguntas
que mejor queda sin contestar y generalmente es obviada. Los
estudiosos han establecido, sin lugar a dudas, que el corcho fue
utilizado para sellar contenedores de vino y ciertamente una multitud
de envases, jarras y frascos, por lo menos desde tiempos de los
romanos' (Matt Kramer, 'Making Sense of Wine', 1989). Como vemos, el
corcho, utilizado desde tiempo inmemorial, es un elemento fundamental
de caracterización de un vino y, a pesar de sus recientes detractores,
imprescindible a la hora de vestir nuestros amados vinos. Un binomio
felizmente unido para siempre
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Sibarita.
(Del
lat. Sybarīta, y este del
gr. συβαρίτης, de Σύβαρις, Síbaris,
ciudad del golfo de Tarento, en Italia, célebre por la riqueza y el
refinamiento de sus habitantes).
1.
adj.
Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento.
U. t.
c. s.
2.
adj.
Natural de Síbaris.
U. t.
c. s.
3.
adj.
Perteneciente o relativo a esta ciudad de la Italia antigua - RAE
Sibarita
¡A mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso:
jechalmi güenas siestas
embajo de los fresnos,
jartalmi de gaspachos
con güevos y poleos,
cascalmi güenos fritis
con bolas y pimientos,
mercal un güen caballo,
tenel un jornalero
que to me lo jiciera
pa estalmi yo bien quieto,
andal bien jateao,
jechal cá instanti medio,
fumal de nuevi perras
y andalmi de paseo
lo mesmo que los curas,
lo mesmo que los médicos...
Si yo fuera bien rico,
jacía n'ámas eso,
¡que a mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
José Mª Gabriel y Galán 1870-1905
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Vino es aroma Fuente:
Reserva y Cata
'Mas
si no fuese por lo intenso de su perfume, a su taberna no me hubiera
encaminado, y si no fuese por su resplandor, mi imaginación no lo
hubiera concebido.
Ben al Faridh (1181-1235 d.n.e.), estrofa de 'al-Khamriya', oda en
honor al vino.
Desde un punto de vista meramente teórico, no hay nadie que confunda
sabor con olor. Son percepciones ligadas a dos partes muy
diferenciadas de nuestra naturaleza que cumplen funciones distintas.
Desde una perspectiva práctica, quizás sean los dos sentidos más
indistintos y entrelazados entre sí, de la misma forma que nariz y
boca se encuentran unidos fisiológicamente dentro de nuestro cuerpo.
Recuerdo que, ante un concurrido grupo de cata, alguien se jactaba de
poder distinguir perfectamente el sabor a vainilla. Seguramente para
esa persona era un sabor claro, nítidamente asociado a determinados
alimentos que se distinguían en su cerebro por una específica
sensación perceptiva. Todavía me sonrío al recordar como, al masticar
la vainilla en rama, su cara reflejaba como tambaleaba su concepción
sápida. Porque una cosa es el aroma a rosas y, otra muy distinta, el
sabor de la flor ingerida, ¿o no?
Desde pequeños todo nos sabe a algo: a fresas, a mar, a chocolate, a
'caca'………El mundo de los olores es más etéreo y frágil y suele
aparecer más tardíamente, seguramente motivado por un problema
semántico, más que por otra cosa. La necesidad básica de alimentarse
predomina sobre la aromaterapia del bienestar y la confusión
olor-sabor se da profusamente. En todo caso, en gastronomía, lo que
huele bien, suele saber bien. Ahora bien, no es así el caso en la
madre naturaleza y no hace falta que vuelva al ejemplo de las
rosas….Existen, además, componentes culturales, e incluso sociales, en
los aromas y sabores que repercuten en su evaluación como buenos o
malos. Si el ajo y el olor a aceitunas son consustanciales al alma
íbera, los mismos elementos parecen no crear el mismo disfrute en
tierras más septentrionales. Los sabores y aromas punzantes del whisky,
¿tienen la misma valoración en los niveles más jóvenes de la sociedad
que en los de más edad? Como decía la abuela, el gusto se educa con el
tiempo.
Es, por tanto, el mundo sensorial un mundo subjetivo que depende de
muchos factores en el que se impone el aforismo: 'sobre gustos no hay
nada escrito'. He aquí donde radica el embrollo, sobre todo cuando nos
adentramos en el universo del vino. Ya en épocas muy pretéritas se
valoraban vinos por zonas y estilos y no pocos historiadores y
tratadistas, especialmente griegos y romanos, los ensalzaron o
minusvaloraron de acuerdo con los gustos propios o de la época. Pero
fue especialmente a partir de 1223, fecha en que se celebrara el que
se considera como primer concurso internacional de cata de la
historia, auspiciado por el rey francés Philippe Auguste (más tarde
inmortalizado por el poeta Henri d'Andeli en su cántiga: 'La batalla
de los vinos'), que el ser humano se puso de lleno a querer distinguir
las distintas calidades de un panorama cada vez más repleto de vinos
compitiendo entre sí
Se empiezan a desarrollar los concursos y las fichas de cata.
Valoraciones y clasificaciones empiezan a jugar un papel importante en
la consecución de posiciones dominantes en el mercado que redundan en
pingües beneficios. En el siglo XX, con la entrada masiva de los
norteamericanos en el mercado del vino de calidad, se disparan las
tablas, las puntuaciones, dependiendo muchas veces el éxito económico
de las inversiones y/o esfuerzos realizados de apreciaciones
subjetivas de no pocos gurús. Se multiplican por doquier las notas de
cata evocadoras, sugerentes y poéticas, en las cuales la mayor parte
de su contenido está ligado a los aromas del vino. Si el vino, por
excelencia y por historia, es la bebida reina elaborada para disfrute
de nuestros sentidos; entonces su nota sensorial va cada vez cobrando
más valor, tanto en lo que concierne a su calidad como a su éxito
comercial.
Los norteamericanos singularmente, como buenos amantes de la
competitividad más estricta, comienzan a dudar de tanta poesía
especulativa, incluso en su propia casa. El manido 'sobre gustos no
hay nada escrito' parece no casar con las puntuaciones milimétricas de
los más prestigiosos taumaturgos vinícolas. Así en la década de 1980,
Ann C. Noble, profesora del departamento de Viticultura y Enología en
la Universidad de California Davis, quizás cansada de tanto
vocabulario evocador y subjetivo, empieza a perfilar un sistema
'objetivo' de descriptores de aromas. Este sistema surge impulsado por
el espectacular desarrollo de la tecnología de cromatografía de gases
que permite identificar, al nanogramo, sustancias volátiles
(aromáticas) hasta hace poco desconocidas para el ser humano.
Es así como nace la famosa rueda de los aromas que, en círculos
concéntricos, clasifica los aromas con términos bastante comunes y que
van de los muy generales -parte interior de la rueda-, a los más
particulares -exterior de la rueda-, en tres etapas. A pesar de que la
propia clasificación elaborada por la Profesora Noble puede ser
cuestionada, proporciona un primer intento de estandarizar la
terminología y de preparar a los neófitos en el arte del análisis
olfativo. De las doce categorías primarias (afrutados, especiados,
florales, microbiológicos, ajerezados, punzantes, químicos, terrosos,
madereros, caramelizados, frutos secos y herbáceos o vegetales), se
pasa a más de 85 descriptores finales de aromas (categorías
terciarias). El sistema es global, es decir, incorpora aromas
considerados como positivos, por ejemplo: herbáceos-frescos-hierba
recién cortada; como aquellos negativos:
microbiológicos-lácticos-sudor.
Pero, como ya hemos visto en la introducción, el mundo de los aromas
es complejo y los componentes culturales y sociales juegan un papel
importante. Mientras la vista, el tacto (bucal en este contexto) o el
sabor se encuentran enormemente limitados, el olfato es, de todos los
sentidos, el que más contribuye al disfrute del vino. En primer lugar,
por una razón puramente numérica y química. Para ello habrá que
definir las sustancias que huelen (odoríferas o aromáticas) frente a
las que no. Una sustancia aromática es aquella que tiene una
volatilidad contrastada y es susceptible de ser percibida por el ser
humano. Ambos aspectos de la definición son importantísimos. Por un
lado, aquello que no es volátil difícilmente podrá ser olido, por lo
tanto los compuestos no volátiles, no son aromáticos. Por otro lado,
los compuestos volátiles (ésteres, alcoholes, terpenos, ácidos, etc.)
deben darse en cantidades suficientes para ser percibidos por los
humanos. Aquí entra en juego los que los técnicos llaman el umbral de
percepción u olfacción, que no es sino incorporar los conceptos de
concentración y/o dilución en la definición
Pues bien, con ayuda de la tecnología más moderna (cromatografía de
gases), se han detectado en el vino más de 800 sustancias químicas
volátiles pertenecientes a familias muy diversas. Las cantidades
encontradas son muy variables y dependen del tipo de vino, variedad
utilizada, métodos de elaboración, climatología, ciclo vegetativo,
levaduras, contaminaciones, tipos de suelo, condicionantes
externos….En segundo lugar no sería muy descabellado declarar que si
no existieran las percepciones olfativas, el vino sería una de tantas
bebidas genéricas (por categorías), ya que es el olfato el que
generalmente matiza las sutiles diferencias entre ellos. Pues, los
aromas de un vino no sólo se perciben a copa parada o agitada, sino
que también se destilan sus olores una vez en la boca, en lo que
algunos han venido a denominar como retro-olfacción. Quizás sea ésta
la principal razón por la cual muchos confunden sabor y olor. Para
ejemplificar este punto de una manera sencilla, baste recordar aquella
vez que estando acatarrados nos invitaron a una gran comida y no menos
buen vino y, en conjunto, nada nos supo a nada.
En relación con este punto es menester hacer hincapié en el problema
de la nomenclatura o de la relación léxico-olfativa. Imaginemos,
nuevamente, un perro que, como es de todos bien sabido, tiene una
capacidad innata de la pituitaria mucho más desarrollada que el
hombre. Evidentemente sus umbrales de percepción serán muy superiores
a los del hombre pero tiene un problema: no tiene capacidad de
comunicarlos o, cuando menos, de hacerlo por escrito. O sea hay una
relación con el efecto memoria, mencionado anteriormente, que a su vez
está ligado con el lenguaje. Llevándolo al extremo y haciéndole un
guiño al genial Wittgenstein, se podría llegar a postular que aquello
que es imposible de describir certeramente con palabras es que ni
huele, ni existe. Volviendo al análisis sensorial y con la intención
de comprender su extrema complejidad, simplemente imaginemos que los
800 compuestos fueran igualmente perceptibles por los humanos,
independientemente de su concentración, y que se dieran todos en un
único vino. Si consideramos que la clasificación de la Profesora Noble
llega sólo a una décima parte de descriptores… ¡tendríamos que buscar
más de 700 términos para definir sus aromas! Ni que decir tiene que la
nota de cata de este 'súper' vino en cuestión sería pero que muy larga
En realidad esto no es así porque a los factores de concentración y
umbral perceptivo habría que añadir otras variables que conformarían
una nueva disciplina: la olfatometría cromatográfica de gases, que da
como resultado el aromagrama, la más moderna herramienta que define
las cualidades aromáticas de un vino determinado. La olfatometría,
cuya metodología más empleada es la denominada A.E.D.A. ('Aroma
Extract Dilution Analysis'), tiene en cuenta los efectos potenciadores
y neutralizantes de los compuestos aromáticos, sensaciones
cualitativas (emociones), efecto memoria (situaciones, lenguaje) o
sensaciones afectivas de los consumidores y/o catadores (indiferencia,
rechazo o aceptación). Por tanto, un aromagrama de un vino se
determina como un sistema a mitad analítico (cromatograma
cuantitativo), y a mitad empírico-cualitativo (umbrales,
sensaciones…etc.). Realmente su consecución no es tarea fácil jugando
la estadística un papel fundamental en la fase empírica. Todo depende
de lo que se quiere relacionar o, mejor dicho, correlacionar. Por
ejemplo se puede estudiar un solo compuesto o un conjunto de ellos o
una única sensación o un conjunto de ellas. Cualquier combinación
sería válida por lo que la similitud con la complejidad de una partida
de ajedrez en el medio juego, viene aquí como anillo al dedo
Los métodos estadísticos de resolución son realmente complejos y no
hacen sino reflejar cuan enrevesado es el mundo de los aromas y que
todavía estamos en los albores de la investigación. Para ejemplo un
botón: la nariz humana posee más de 10.000 sensores que transmiten
señales al cerebro cuando un olor es detectado y todavía no se conocen
muy bien los mecanismos de registro. Complicado, ¿no? Muchísimos
estudios se están publicando sobre la información obtenida basándose
en la olfatometría cromatográfica de gases con técnicas A.E.D.A.
Conforme se va mejorando la tecnología, que permite detectar
substancias volátiles incluso al nivel de ultratrazas, se hacen más
complejos, si cabe, el análisis y la recopilación de compuestos y
umbrales de percepción.
En este sentido, destaca en España el Grupo de Cromatografía, Aromas y
Enología de la Universidad de Zaragoza formado por los profesores Juan
F. Cacho, V. Ferreira y R. López. Un importante estudio suyo realizado
sobre vinos jóvenes refleja interesantes resultados: que alrededor del
70% de los aromas de un vino medio pueden corresponder a subproductos
del metabolismo de las levaduras (aromas secundarios) y alrededor de
un 30% pueden proceder de la uva (aromas primarios). En resumen su
análisis refleja que 'un vino tinto joven tiene un aroma básico
frutal, graso/láctico y alcohólico, constituido principalmente por
ácidos grasos, alcoholes y, sobre todo, ésteres. Este aroma básico se
enriquece con notas frutales, florales, lactónicas o fenólicas, que
provienen de componentes de la uva'. Sólo tenemos que imaginar cuan
embrollado se hace todo en cuanto se incorporan las variables tiempo
(envejecimiento), temperatura, crianza en madera…entonces la sinfonía
de aromas del vino supera a cualquiera de concepción humana
Poema de Omar Kayan (Persia 1040-1121?)
Omar Khayyam
¡Oh Alá!
Rompiste
en mis manos
el ánfora,
que llena estaba de puro vino.
Me cerraste,
con furioso ademán,
las puertas del placer.
Derramaste
por el suelo
la bebida dorada,
que se me ha vuelto fango
en la boca contrahecha.
¿No estarás
un poco borracho,
Alá?
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