Fuente
La idea central de este ensayo es mostrar
A. que el acelerado proceso de globalización y de reestructuración productiva no ha podido enfrentar
ni superar los tremendos desafíos de la pobreza y del agotamiento de los recursos naturales y la
calidad ambiental en la mayoría de los países del tercer mundo.
B. que los problemas de la equidad intra e intergeneracional, así como el cuidado y protección del
hábitat propuestos en la Agenda 21 del desarrollo sustentable desde principios de los noventa no han
podido ser superados. Inclusive en nuestro país su implantación ha sido bastante débil.
C. que la responsabilidad frente a los problemas del cambio climático no está siendo compartida de
manera proporcional y diferenciada de acuerdo con el volumen de emisiones de gases de efecto
invernadero por países.
D. que el indicador de Producto Interno Bruto ya no refleja de manera adecuada el nivel de progreso,
de bienestar y de calidad de vida de la población.
E. que resulta una falacia el igualar globalización con modernidad, progreso y desarrollo.
Los datos macroeconómicos
De acuerdo con el Banco Mundial, una sexta parte de la población mundial (16.6 por ciento) percibe
cerca del 80 por ciento del ingreso mundial, lo que implica un promedio de 70 dólares diarios. Al
mismo tiempo, el 57 por ciento de los 6 mil millones de habitantes del planeta que vive en los 63
países más pobres reciben sólo 6 por ciento del ingreso mundial, es decir, sobreviven con menos de
dos dólares por día
En América Latina, el número de pobres se mantuvo arriba de los 200 millones de personas.
Las últimas crisis revirtieron la mejoría relativa y el actual decenio culminará con niveles relativos de
pobreza superiores a los de 1980, con el 41 por ciento de los hogares que viven en esa situación.
El mismo informe detalla que las personas que se ubican en situación de extrema pobreza son las que
viven con menos de un dólar (US) diario. El nivel de pobreza se define en razón de aquellas personas
que reciben en promedio menos de dos dólares al día.
En México, según la misma fuente, 42.5 por ciento de mexicanos sobrevive con menos de 2 dólares
diarios, mientras los ingresos anuales de los trabajadores cayeron durante 1999 a casi la mitad del
nivel alcanzado en la primera mitad de los años ochenta.
Entre 1995 y 1999, el ingreso mínimo obtenido por un trabajador mexicano fue de 768 dólares
anuales, cantidad inferior en 42 por ciento a los 1,343 dólares anuales registrados entre 1980 y
1984. A su vez, el valor agregado que generó con su trabajo cada empleado aumentó de 17,500
a 26 mil dólares para el periodo 95-99 (casi 49 por ciento),
De ahí se infiere, como lo destaca el mismo informe citando las "voces de los pobres", que "con
frecuencia el mensaje de la gente fue que quienes se benefician con los cambios de políticas
(estructurales) son los ricos".
Los datos revelan de manera fehaciente que el llamado progreso y avance para la mayoría de
mexicanos comenzó a detenerse en el decenio de los ochenta y a mediados de los noventa dicho
"progreso" se frena de manera abrupta y comienza a involucionar a niveles de ingreso y bienestar
existentes dos decenios atrás (1975). De hecho, como lo señala el BM, la crisis de 1994 borró logros
de dos decenios. En todo caso, el número de pobres a finales de siglo es similar al registrado en los
ochenta, de acuerdo con el Banco Mundial. El jefe de economistas del BM para México estima que
entre 54 y 58 por ciento de la población sobrevive actualmente en un situación de "pobreza o de
ultrapobreza". El directivo calculó que el ingreso disponible de los mexicanos que viven en situación
de miseria varía de unos 1,100 pesos al mes para los "pobres" y de 570 pesos para los "ultrapobres".
"Los de extrema pobreza son aquellos que no tienen lo suficiente para comprar una canasta básica
de alimento que les permitiría satisfacer sus necesidades nutricionales". Según este documento
oficial del BM, el 24 por ciento de la población rural está colocado en la "pobreza extrema" en 1996.
Más aún, el intenso proceso privatizador que se vivió en todo el decenio de los noventa tampoco
sirvió para revertir la situación de pobreza en que vive casi la mitad de la población. De acuerdo
con el BM, se transfirieron activos públicos por 31,458 millones de dólares a inversionistas privados.
Ello coloca a México como "el segundo privatizador en América Latina en la década de los noventa".
"El beneficio no ha alcanzado a la mayoría de mexicanos. Sólo para citar un dato, los recursos
obtenidos por el fisco en una década por la venta de las paraestatales equivalen al 42 por ciento
de la deuda comprometida por el presidente Ernesto Zedillo para el rescate bancario que asciende
al valor actual (abril de 2000) a 75 mil millones de dólares, 19.5 por ciento del PIB, según datos del
IPAB". El saldo de la deuda externa total en 1998 fue de 160 mil millones de dólares.
Balance latinoamericano
En América Latina y el Caribe, el número de personas que sobrevive con menos de un dólar al día
creció de 63.7 millones en 1987 a 78.2 en 1998, un incremento de 22.7 por ciento en un decenio.
En México, la situación no es nada alentadora, ya que 18 por ciento de la población de 98 millones
sobrevive con menos de un dólar por día.
Los dos últimas decenios no han sido mejores para América Latina en el orden económico, social y
ambiental. De acuerdo con el informe CEPAL/ONU de este año 2000 intitulado Equidad, Desarrollo
y Ciudadanía, tras la década perdida de los ochenta con una tasa de crecimiento del PIB de apenas
1 por ciento anual, los noventa muestran una ligera reactivación del 3.3 por ciento del PIB y
disminución de los índices de inflación. No obstante, el ritmo de crecimiento fue inferior al que la
CEPAL considera como deseable y necesario (6.0 por ciento anual). De acuerdo con el FMI el
pasado año la economía latinoamericana se mantuvo estancada, con apenas 0.1 por ciento de
aumento en el PIB. Para el año 2000 se estima un repunte de 4 por ciento.
El PIB per cápita actual en la región no es muy diferente al del inicio de la crisis de la deuda. En
países como Venezuela y Ecuador el nivel de vida ha caído a estándares similares de 1950.
Con todo, la recuperación económica es poco probable y los costos sociales y ambientales de las
políticas dictadas por el FMI seguirán siendo muy elevados. Es más, la reestructuración productiva
apoyada en los ajustes estructurales ha mostrado su inconsistencia e inviabilidad si acaso, tomando
sólo indicadores de crecimiento del PIB y si comparamos su desempeño actual con el periodo de
1945-1980, cuando se alcanzó un crecimiento del 5.5 por ciento anual, muy superior al obtenido
durante las dos últimas décadas cuando ha prevalecido la estrategia antirregulacionista y de ajustes
estructurales recomendada por el organismo internacional.
El modelo macroeconómico vigente ha sido el de crisis recurrentes con baja estabilidad en el ritmo
de crecimiento, desempleo y pobreza. Un agravante más es el patrón de exportaciones que se
muestra bastante vulnerable al seguir dependiendo de la exportación de recursos naturales, materias
primas y de producción en industrias consideradas ambientalmente sucias "susceptibles de verse
obstaculizadas por las nuevas exigencias de la dimensión ambiental en el comercio internacional".
Lo anterior revela que las cifras y principales indicadores macroeconómicos no tuvieron un mejor
desempeño a pesar de los fuertes procesos de privatización que se vivieron en la región. Así, de
acuerdo con el BM y el FMI, entre 1990 y 98 las privatizaciones de empresas públicas
latinoamericanas alcanzaron un monto de 154 mil 225 millones de dólares, cantidad similar al
saldo de la deuda externa
sólo de México. Brasil es el país que más privatizó, ya que en ese mismo periodo realizó ventas del
patrimonio público por 66 mil 329 millones de dólares, cantidad que equivale al 43 por ciento del total
de ventas en la región.
En nuestro país, existe la evidencia de que en menos de un lustro se dilapidaron y gastaron en
inversiones no productivas como el fondo de Solidaridad, o para pagar deuda, más de 22 mil millones
de dólares, producto de la venta de empresas importantes como Teléfonos de México, la banca
antes nacionalizada, empresas de fertilizantes, minería y petroquímica secundaria, es decir, el
patrimonio acumulado durante más de cuatro decenios de esfuerzos del pueblo mexicano fue usado
de manera discrecional, irresponsable y corrupta por la burocracia política mexicana que gobierna el
país durante ya casi 80 años.
A pesar de haber vendido prácticamente el 80 por ciento de los activos totales de las empresas
paraestatales, no se pudo evitar la segunda crisis de la deuda de finales de 1994, que produjo el
desastre financiero por 50 mil millones de dólares, arriba mencionado.
La globalización desigual y subordinada
La globalización y las reformas macroeconómicas demandan un comercio internacional de bienes y
servicios adecuado, justo y equilibrado. Ello no ha sido así. Más del 40 por ciento de las
transacciones de América Latina con el exterior dependen de materias primas, recursos naturales
y productos agropecuarios. Más aún, la globalización debe expresar también un reforzamiento en l
os procesos de democracia política de los países, así como en la responsabilidad compartida frente
a los problemas ambientales que afectan ya de manera severa a todos los habitantes del planeta.
Aceptamos que una de las mayores ventajas del proceso de globalización sería aquella que tiene
que ver con la responsabilidad común y diferenciada de los países para atender los graves problemas
ambientales a nivel mundial. El problema es que ello es sólo una propuesta y aún está lejos de
convertirse en una realidad.
Si hacemos un recuento de las "desventuras" del crecimiento capitalista y de los procesos de
internacionalización y mundialización de tecnologías, comercio y capitales que éste conlleva,
observamos precisamente los altos costos y pérdidas que el mismo ha representado en términos
sociales y ambientales. Estamos siendo testigos de procesos antropocéntricos con altos grados de
injusticia, inequidad y desigualdad. A guisa de ejemplo tomemos el análisis sobre el cambio climático
y sus manifestaciones, que nos da pautas de la manera diferenciada en que el Sur debe pagar los
"costos" ambientales provocados a partir del crecimiento y progreso de los países del "Norte".
El cambio climático ocupa el primer sitio en un listado de los 27 problemas más relevantes del
planeta. De acuerdo con las Naciones Unidas, aunque los pobres son los que padecen en mayor
grado los daños ambientales, éstos rara vez son los principales causantes de los mismos: "Los ricos
son quienes más contaminan y contribuyen al recalentamiento mundial de la atmósfera".
En la reciente reunión de La Habana (febrero 2000) sobre los temas de Equidad, Desarrollo y
Cambio Climático, planteamos la necesidad de un enfoque integral basado en un desarrollo
socioeconómico sostenible de largo plazo, en lugar de una visión de corto plazo orientada por las
fuerzas de libre mercado. Este cambio de estrategia será crucial para la contribución que puedan
hacer a la mitigación del cambio climático los países latinoamericanos y del Caribe.
Al considerar la menor responsabilidad de la región en los problemas de cambio climático y de
emisiones de gases de efecto invernadero, se plantea la necesidad de la transferencia de recursos
de los países desarrollados a través de un sistema internacional de impuestos compensatorios, así
como de los CDM (Clean Development Mechanisms). Ello contribuiría dentro de los países del Tercer
Mundo a impulsar un desarrollo sustentable y sus respectivas sinergias con las estrategias de
respuesta frente al cambio climático.
No es indiferente el que, por ejemplo, en los países industrializados el índice per cápita de emisiones
anuales de CO2 sea de 11.4 mil toneladas, contra 2 en los países en desarrollo.
También el cambio climático expresa una manera distinta y poco explorada de analizar los retos que
la globalización plantea. Vale decir, la falla central del progreso y de la globalización está en su
carácter altamente antropocéntrico (en el mejor de los casos) y en la no internalización por parte
de los países y las ciudades del Norte de las externalidades ambientales negativas.
La subordinación de la sostenibilidad a los fines que persigue una economía globalizada bajo estos
principios ha provocado una relación perversa y anómala entre el hombre y la naturaleza, entre su
entorno físico local y la satisfacción de sus necesidades no faústicas ni suntuosas. El problema es
que en las estrategias de crecimiento y desarrollo ha estado ausente una perspectiva humana y
ética centrada en la naturaleza y en los recursos biofísicos. Ha privado una visión egoísta, poco
virtuosa y antropocéntrica en oposición a aquella otra perspectiva que definimos como ecocéntrica.
Los habitantes de los países industrializados ya habrían alcanzado durante los dos últimos decenios
el nivel más alto posible de desarrollo y bienestar. Por ejemplo, en la actualidad una unidad adicional
de mejoría en la calidad de vida y bienestar per cápita requiere de outputs extraordinarios en la
economía y expresa una enorme presión sobre los recursos naturales así como sobre las funciones
y los servicios que brinda el medio ambiente. Igualmente ocurre con el empleo: se requiere una
tasa de crecimiento del 3 por ciento anual para que éste aumente 1 por ciento. Más aún, la meta
mínima de crecimiento propuesta por la CEPAL requiere una inversión del orden del 28 por ciento
del PIB anual, así como niveles consecuentes de ahorro interno nacional. Los niveles históricos
de inversión y de ahorro han sido, en el mejor de los casos, inferiores al 20 por ciento del PIB.
Paradójicamente, de manera similar, aunque por diferentes razones, el progreso material y el nivel
de vida logrados tanto en el Norte como en el Sur, hoy no es mejor de lo que se logró a principios
de los ochenta. De ahora en adelante, hay que pagar la factura por ello. Esta factura que aparece
en números rojos es precisamente la del aumento de la contaminación atmosférica, de aguas, ríos
y mares, de suelos, la escasez creciente de recursos en cantidad y calidad. Pero sin duda el mayor
daño está en el proceso de deterioro de la calidad de los ecosistemas y la biodiversidad, así como
en el consecuente cambio climático global y en el llamado efecto invernadero, ambos como
causa-efecto de ese mismo proceso.
Reconocer lo anterior resulta tanto más urgente como necesario ya que, de acuerdo con la ONU,
normalmente se considera que la contaminación atmosférica es un problema de los países
industrializados, si bien más del 90 por ciento de las muertes por esa causa tiene lugar en los
países en desarrollo. Peor aún, la impredecibilidad y recurrencia de catástrofes naturales como
inundaciones, huracanes, sequías e incendios, afecta con mayor fuerza a los países pobres. Está
de más resaltar como evidencia de ello las penosas y lamentables consecuencias que en el otoño
del 99 dejaron las sucesivas depresiones tropicales sobre más de la cuarta parte del territorio
mexicano, o bien al más reciente desastre natural en Venezuela que cobró decenas de miles de
víctimas.
En suma, si el modelo de corte neoliberal, los ajustes estructurales y la rápida apertura económica,
sensu strictu, no son las principales responsables de la pobreza endémica y los rezagos y
desórdenes estructurales que aquejan a nuestros países, tampoco el neoliberalismo los ha superado
al seguir siendo un modelo que responde a una estrategia polarizadora, excluyente y no sustentable
que, en el mejor de los casos, beneficia sólo al 30 por ciento de la población.
Sí importa subrayar la interconexión estrecha existente entre las condiciones económicas, sociales
y ambientales, que son, a su vez, los tres temas y dimensiones centrales del desarrollo sustentable:
el desarrollo, la equidad y la sostenibilidad de los recursos naturales.
Redefiniendo el progreso
De lo señalado hasta hoy, se infiere la necesidad de modificar y repensar la idea que de manera
tradicional se ha venido aplicando para definir el progreso.
Una metodología propuesta por Redifining Progress destaca todo aquello que se debería de restar
del PIB per cápita al ser considerado un gasto en protección y defensivo, es decir, expresa una
pérdida de bienestar, más que un ingreso, un consumo o una ganancia real para la población.
En la gráfica 1, se ejemplifica esta relación entre el producto nacional bruto y el progreso real
durante la segunda mitad del siglo XX para la economía estadunidense, donde se muestra una
tendencia continua en la disminución del bienestar social, a excepción de ciertas categorías y
grupos de población.
Gráfica 1. Producción bruta versus progreso real (1950-1997, EUA)
Consideramos erróneo el igualar globalización con modernidad, progreso y desarrollo.
Desafortunadamente también la mayoría de nuestros políticos que aspiran a dirigir este país no
entiende ni pretende aceptar esta realidad y éstos siguen proponiendo de manera irresponsable
y hasta temeraria el paraíso con esquemas de crecimiento acelerado altamente insustentable.
Los políticos insisten en "estimular" el crecimiento económico para resolver los problemas de la
nación, pero lo que realmente están estimulando son los propios problemas.
En nuestro caso, para ilustrar la aplicación del índice (IPR), sólo evaluamos cuatro indicadores,
a través de los cuales podemos mostrar el grado de erosión del progreso social y de una adecuada
calidad de vida. Éstos serían los siguientes:
1. Pérdida por deterioro, contaminación y agotamiento de los recursos naturales.
2. Gastos y costos por la "autosupervisión" para prevenir, vigilar, controlar y castigar la corrupción
de los servidores públicos.
3. Gastos por combate a la criminalidad, la delincuencia y el narcotráfico.
4. Costos económicos derivados de las horas perdidas por transportación (traslados),
congestionamientos y por el monto de los daños por accidentes vehículares.
Estos últimos representaron, sólo para la ZMVM, 6.2 mmd en 1999 (sin incluir costos por
contaminación atmosférica), lo que equivale aproximadamente al 13 por ciento del PIB de esa región.
Haciendo una extrapolación a nivel nacional, el monto por ese concepto sería del orden de 18.6 mmd,
cifra cercana al 13 por ciento del PIB del país.
La evaluación de estos cuatro ítems nos muestra claramente una pérdida y reducción de bienestar
y calidad de vida de la gente. Un cálculo grueso de los mismos arrojaría una cifra cercana al 25 por
ciento del PIB per cápita. Al restar este porcentaje al PIB en forma lineal, obtendríamos para una
serie de tiempo el Indice de Progreso Real (IPR). (Ver gráfica 2)
Gráfica 2. Índice de progreso real
Los datos para Estados Unidos muestran que aumenta el abismo entre el PIB y el IPR. No obstante,
nuestra proyección lineal de un porcentaje constante es suficiente para ilustrar la manera en que el
PIB sobreestima el nivel real de desempeño y crecimiento económicos de un país, al subvaluar los
costos sociales y ambientales que éste conlleva.
A manera de conclusiones
Existe la idea comúnmente difundida de que es necesario crecer para apoyar la sustentabilidad de
los recursos naturales y de que sólo gracias al crecimiento económico se pueden obtener los
recursos financieros para ayudar a una mejor relación con el medio ambiente. Esta tesis se
asemeja a aquella otra de que primero hay que producir y hornear el pastel para después poder
cortarlo y repartirlo. En efecto, pensamos que está fuera de discusión si la economía tiene que
crecer o no y que el problema reside en cómo crecer, a qué ritmos e intensidad y cuál tipo y
modalidad de crecimiento debemos impulsar para que el daño que éste produce a la ecología
y el medio ambiente sea mucho menor de lo que histórica y
tendencialmente lo ha sido.
Vale decir, para una estrategia alternativa de desarrollo sustentable no es sólo importante cómo
partir el pastel, sino la manera en que éste va a ser cocinado.
Consideramos que la solución de muchos de los problemas arriba señalados se facilitaría con un
enfoque integral basado en el desarrollo sustentable de largo plazo, por encima de la estrecha
visión cortoplacista de mercado.
La reestructuración productiva y el desarrollo tecnológico no pueden ser metas en sí y por sí
mismos, sino que éstos deben estar vinculados a los aspectos sociales y medioambientales.
Se ignora que para nuestro país la globalización, en primera instancia, expresa la consolidación
potencial de una integración subordinada y asimétrica con la economía norteamericana, que ahora
adquiere características estructurales. A lo anterior debemos agregar que el agudo proceso de
globalización observado durante el último decenio no ha estado exento de tensiones y
contradicciones sociales y entre países
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