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240711 -
José Luis Pozo Fajarnés
La vigencia del Ensayo sobre las categorías de la economía política de Gustavo Bueno

1. Introducción

En 2004 Gustavo Bueno publicó La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización. En este texto analiza dos de los fenómenos más importantes de entre los que se han dado durante esos cuatro primeros años del recién estrenado siglo XXI: los movimientos contra la Guerra de Irak de 2003 y las manifestaciones antiglobalización que se desarrollaron en esos pocos años. Este segundo fenómeno es el que nos va a interesar aquí, pues lo que se trata de estudiar tiene mucho que ver con lo que sea la «Globalización». Para poder hablar con rigor de este fenómeno, tan cotidiano ya pero tan importante, el propio autor hace referencia a otro de sus libros, el publicado por la editorial «La Gaya Ciencia» en 1972 y que lleva por título Ensayo sobre las categorías de la economía política{1}. Un libro que fue fruto de las aportaciones que Gustavo Bueno llevó a cabo para el desarrollo de un congreso sobre economía que se celebró dos años antes de la publicación. El marxismo oficial español de la época, desde su peregrina situación de semiclandestinidad, no dio al «Ensayo sobre las categorías de la economía política» una buena acogida. Algo un tanto obvio, pues en él se propone una «vuelta del revés» en planteamientos que son fundamentales en la propuesta de Marx. En concreto, Gustavo Bueno invierte la afirmación de que en la base de la sociedad humana esté una economía que adolece de definición, de manera que no puede dar razón de todo lo que sobre ella se quiere fundamentar. Este es el fundamento del «materialismo histórico» y en el «Ensayo sobre las categorías de la economía política» queda abolido. En la base de la sociedad humana ha de haber algo distinto, pero eso lo veremos más tarde.

La ortodoxia marxista de la época no supo aprovechar lo que tenía delante, quizá porque el imperialismo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas parecía mostrarse pujante todavía frente al de los Estados Unidos. El «Ensayo» es una herramienta que permite una nueva lectura de «El capital» y que en los tiempos en que se presentó, de haber sido aprovechado por los marxistas de la época, quizá hubiera podido conseguir que mantuviera su vigencia. La debacle que sobrevino en el movimiento comunista podría haberse quedado en mera calamidad y no haber llegado al auténtico desastre que fue el derrumbamiento completo de su sistema menos de veinte años después de la publicación del libro: en 1989 cayó el muro de Berlín y en 1991 desaparecería la URSS y, con ella, tanto la teoría económica y la filosofía que la fundamentaba, como el denominado «comunismo científico», el cual marcaba el camino que quería llevar a la emancipación y conformación del «Género humano».

En este estudio de las propuestas de Gustavo Bueno vamos a seguir la secuencia de análisis marcada por sus textos. En primer lugar trataremos del «cierre categorial» de la economía. Una economía que es siempre política, pues para que se dé es necesario el marco del Estado. Un «cierre categorial» además que no es total, como puede ser el cierre operatorio de otras ciencias, ya que la racionalidad económica no puede construir modelos aislados como sí pueden hacerlo las ciencias antes citadas. Pese a tal déficit en la finalidad del «Ensayo», su eficacia y necesidad es incontestable. La racionalidad económica busca la recurrencia en un sistema de referencia posible, susceptible de manejabilidad, pero sobre el campo que va a actuar, tal, es imposible pues lo que se desarrolla históricamente es la «sociedad universal», que en lugar de caracterizarse por la posibilidad de distribución entre una multiplicidad de individuos –necesario al mecanismo económico– tiende a la «unicidad»: «por estos motivos, la «Razón económica» académica no puede aspirar nunca a construir «cierres categoriales» tan rigurosos como la Geometría o la Física; la cientificidad de la Economía política es muy precaria –no por ello menos urgente– y la «Razón económica» tiene siempre tanto de 'prudencia' como de 'ciencia'».{2}

El autor del «Ensayo» también nos muestra la vaguedad de los términos («producción», «riqueza», «consumo») que tratan de definir el marco de la economía. La clarificación de términos que emana del cierre operatorio deriva de la independencia que la ciencia económica logra mediante tal operación. Lo característico de una categoría es su independencia, pues la categoricidad tiene como fundamento la segregación de la parcela de la ciencia que sea. El materialismo filosófico defiende la economía como una idea tecnológica –el materialismo filosófico afirma el origen tecnológico de todas las ciencias–que está asociada al intercambio de objetos producidos por los individuos que viven en el seno de una sociedad.

Como vemos, el texto de 1972 comienza por una contundente crítica de la economía del bloque del Este dominado por el gigante soviético, pero no se queda aquí sino que en él también enfrenta su propuesta clarificadora a las de la economía liberal. Desde Adam Smith hasta autores como Pierre Naville que en 1972 estaba desarrollando todavía sus tesis, pasando por otros como William Stanley Jevons. Unos y otros son analizados y pasados por el tamiz crítico de la filosofía de Gustavo Bueno. Tras la desmembración de la URSS, a partir de 1991, el liberalismo es la única forma económica que continúa en la práctica, la teoría económica protagonista de una economía mundial que hoy día está marcada por el fenómeno de la «globalización». Esta globalización, que se define en muchos contextos como cosmopolita, se ha conformado como ideología política en estas dos últimas décadas en las que el capitalismo campa por sus fueros. La globalización, tal y como se habla de ella en la actualidad en todos los informativos, en la prensa escrita, en Internet… es una «Idea» que considera que su radio de acción efectiva es la de un inexistente Estado planetario asociado a la totalidad de los seres humanos que lo deberían conformar (unos párrafos más arriba señalábamos, en similares términos a la «sociedad universal»).

Gustavo Bueno nos muestra en el texto de 2004 –cuando Gustavo Bueno escribió su «Ensayo», el fenómeno de la Globalización no se mentaba– como la economía sigue su movimiento habitual de mercado con su consiguiente rotación de los intercambios y como ese movimiento centrífugo no es un movimiento normal por darse en una situación ficticia, que es la de un irreal «Estado Universal» que abarcaría a la también irreal sociedad universal. Gustavo Bueno estudia el fenómeno de la Globalización comenzando, como es obligado en el sistema del materialismo filosófico, por su conceptualización. Para ello, aprovechará una categoría que ya está definida, la «categoría económica» que ha expresado en su «Ensayo». El análisis del fenómeno de la Globalización llevará, en primer lugar, a la trituración de las ideas que habitualmente se tienen en cuenta cuando se trata de expresar qué es el fenómeno en cuestión y, después, a la propuesta taxonómica de los distintos tipos de globalización que se dan hoy día.

Y, sin más preámbulos, pasamos a analizar el cierre categorial que de la economía política nos propone Gustavo Bueno en el «Ensayo sobre las categorías de la economía política».
 


Tabla de categorías de la Economía política (en Gustavo Bueno, Ensayo sobre las categorías de la Economía Política, La Gaya Ciencia, Barcelona 1972, página 47.

2. La «vuelta del revés del marxismo»

2.1. Las categorías de la economía política

 

Vamos a expresar a partir de aquí y sucintamente la propuesta de categorización de la economía política de Gustavo Bueno. La clarificación de los términos económicos nos va a permitir ver de otra manera cualesquier tratados anteriores sobre este tema. Bueno nos enmarca estas nuevas definiciones en un diagrama –la matriz compuesta por números y letras de más arriba– que revela las categorías de la economía política: «Una disposición matricial que sugiere multitud de relaciones entre los términos y que por ello mismo, a pesar de su apariencia analítica, no debe considerarse de forma estática»{3}. La propuesta de Gustavo Bueno comienza por categorías como son las de «módulo» y «bien» (los primeros elementos del diagrama), para pasar a las de «producción», «moneda», «intercambio»… La nueva categorización propuesta para la economía política va a procurar que términos como el de «producción» se invistan de un contenido económico del que adolecían. Por ejemplo, si tenemos en cuenta la teoría marxista, observaremos que allí tal significación, debido a su amplitud, se diluía en su interacción con otros conceptos económicos que estaban también poco clarificados:

«Presuponemos, en resolución, que los «bienes» son el término formal de la Producción, en su sentido económico. Es cierto que, con frecuencia, el concepto de «Producción» se extiende a la «reproducción de módulos» o a la «reproducción de relaciones sociales». Y, sin duda, salvo para quien sea ‘economicista’, el concepto de «praxis» no se agota en la categoría económica. Pero si la noción de «Producción» se amplía tanto que se superponga prácticamente al concepto de «praxis», entonces la «producción» pierde todo su sentido económico.» (pág. 52.)

Los números de la fila superior del cuadro son individuos o grupos, «módulos», susceptibles de poseer bienes o de no poseerlos.{4} Los individuos considerados en este diagrama categorial no son lo que entendemos habitualmente por seres biológicos sino que son tenidos en cuenta como individuos económicos, los cuales tienen capacidad reflexiva (no en el sentido cartesiano del término, que es lo mismo que considerarlo como mero subjetivismo, sino en sentido de las matemáticas. Así es como consideramos este concepto en el materialismo filosófico. La reflexividad, por ello, guarda una estrecha relación con otras dos importantes propiedades: la simetría y la transitividad).{5} La consideración de «módulo» agrupa tanto a los individuos como a los grupos o a las clases. Estas últimas están compuestas por individuos que pueden definirse en tanto que «organismos o sujetos (o clases de organismos) que mantienen, entre sí, relaciones sociales de intercambio, o de cualquier otro tipo (relaciones sociales en general)»{6}. Los módulos tienen la capacidad de operar opcionalmente de manera que escogerán, o no, distintos productos que el mercado les va a ofrecer y que pueden ser «bienes» productivos o improductivos (de consumo). Las categorías «módulo» y «bien» son las centrales, y primeras, para el «cierre categorial» de la ciencia económica pues interactúan contantemente entre sí y con las demás. Otras categorías muy relevantes en nuestro análisis y que también se relacionan directamente con la categoría de «producción», son las categorías que el marxismo considera como categorías económicas fundamentales y que en el esquema del materialismo filosófico pasan a un segundo plano: las «fuerzas productivas» y las «relaciones de producción».

Más arriba incidíamos en la dinamicidad que tiene esta disposición matricial de las categorías económicas. En la tabla de categorías se da el fenómeno de la «rotación recurrente» de una forma sistemática. Esta rotación tiene un efecto centrifugador expulsando todo posible sustancialismo de los conceptos que ella contiene, alejándolos así de toda consideración metafísica de los mismos. Las categorías económicas se van así constituyendo, mediante el dinamismo de esta matriz: como ya hemos señalado, en un primer momento articula las dos categorías –los «módulos» y los «bienes»– que se colocan como abscisas y ordenadas. En su movimiento constante los módulos irán generando sin parar bienes y los bienes, a su vez, generarán módulos. Con la idea de módulo vamos más allá que con la consideración de simple individuo, pues la idea de módulo tiene el sentido dado por el álgebra –antes ya lo adelantábamos al señalar las tres propiedades de simetría reflexividad y transitividad– y así podemos entender que lo que el módulo también nos señala es la característica de la invariabilidad (|3 ∩ d| = d). Un sujeto cualquiera es un módulo al interactuar con un bien, sea este producido o consumido por él, y así, «cuando el sujeto «3» consume, se apropia, o entra en relación con un bien «d», retira este bien del mercado, por ejemplo y, en principio, «genera» la necesidad de la reposición (por tanto de la producción) de un nuevo bien «d». (pág. 50.)

De esta manera los individuos, los módulos, que son a la vez consumidores se identifican con los bienes y así, cada vez que un módulo consume un bien, el que sea, el bien consumido debe reponerse y esta relación hace que el individuo deje de ser considerado como consumidor meramente biológico para ser considerado parte de un proceso distinto, el proceso de la producción. En relación al proceso de producción tenemos que tener en cuenta además el carácter principal que siempre ha tenido y nunca se ha tenido en cuenta hasta ahora: la producción es, de manera esencial, «producción cultural». Con esta importantísima afirmación que expresa Gustavo Bueno, entramos de lleno en la relevante propuesta que, para la transformación del esquema marxista nos propone. Con esta consideración se inserta un término considerado por Marx superestructural –la cultura– en la base del sistema económico, de manera que estamos ya señalando el factor más importante que nos llevará a expresar más adelante «la vuelta del revés del marxismo». Los bienes producidos son «bienes culturales» y son los objetos de la producción material, los bienes son por tanto siempre «objetivos», y eso quiere decir que tienen las tres dimensiones pertinentes de todo objeto.{7} Si los bienes no fuesen objetos, cuerpos, no serían susceptibles de intercambio, pues no se le podría dar valor.

Otro aspecto directamente relacionado con la objetividad de los bienes es su relación con el valor. La producción de objetos y, por ende, de valores económicos, debe ser perfectamente entendida por todos los módulos (individuos productores y consumidores){8}, pues si así no fuera, tal producción no tendría valor (aquí debemos tener en cuenta algunas excepciones como son por ejemplo las de ciertos objetos de arte que sí adquieren valor pese a no ser «entendidos», ni siquiera por algunos consumidores que se atreven y pagan por ellos cantidades astronómicas). O sea, que en el seno de la producción el bien que un módulo elabora deberá ser entendido por otro perfectamente, y ello sucederá siempre que la producción esté presidida por las propiedades matemáticas que hemos señalado más arriba, las propiedades de reflexividad, transitividad y simetría:

«Entonces tenemos que poder presentar el campo de la racionalidad económica (como concepto dialéctico que incluye la referencia a lo pre-racional) como un campo tal en el que los términos aparezcan precisamente definidos por las relaciones circulares{9} (simétricas, transitivas y reflexivas), en cuanto establecidas por la mediación de bienes.»{10}

La racionalidad del proceso de producción nos lleva también a otra importante cuestión, a la de que la posibilidad de una forma de producción individual es totalmente inviable. De esta manera podemos entender, por ejemplo, como las acciones cotidianas que Robinson Crusoe –el protagonista de la obra más importante de Daniel Defoe– lleva a cabo para su supervivencia no se pueden considerar producción, ya que en tales condiciones de individualidad, las acciones que lleva a cabo, no tendrían en ninguna consideración a las tres relaciones anteriores que, como ya hemos visto, son necesarias para la existencia de relaciones económicas. Y es que en la absurda situación de una producción individual el intercambio no podría darse, de manera que serían absurdos también los conceptos económicos de distribución y consumo.

La racionalidad del proceso de producción se muestra al constatar que nadie puede producir si tal acción no se da en el seno de instituciones ya conformadas, heredadas. Esto es lo mismo que decir que nadie puede generar algo de forma absoluta desde el origen, a partir de la nada, sino que, lo que sucede es que un productor se apoya en lo heredado, en lo que está a su disposición en el seno de las instituciones a las que pertenece. La producción es, por todo lo dicho, histórica, y se da a lo largo del tiempo, en el transcurso de generaciones y generaciones. Por otra parte, también vemos que la producción tiene un carácter histórico al observar que los bienes producidos siempre son perecederos, que tienen un principio y un final, además de que, como es de suponer, se deterioran a partir del mismo momento en que tienen su origen.

Dejamos aquí solo apuntado que términos como los de intercambio, distribución o consumo se relacionan también con las categorías de la tradición económica liberal, a la que se enfrentó la tradición económica marxista desde su origen, y que Gustavo Bueno también pone en su sitio en el «Ensayo sobre las categorías de la economía política». En la tradición liberal las categorías más conspicuas son las de «oferta» y «demanda». Y en la propuesta de Gustavo Bueno ambas categorías también son muy relevantes, formando parte de la matriz de la página 47 del «Ensayo». Las dos están siempre presionando a los «módulos» y a los «bienes». Estas cuatro categorías dibujan el primer paralelogramo, y la diagonal del mismo es otra importante categoría de la cual ya hemos adelantado su importancia, la categoría de «intercambio».

2.2. El intercambio

La categoría del «intercambio» puede tenerse en cuenta en dos sentidos distintos, el de la «distribución de bienes» y el del «intercambio comercial». El segundo de los dos tiene una complejidad más marcada pero, con todo, ambos sentidos del intercambio se clarifican por mor de la racionalidad implícita en el sistema productivo, una racionalidad que, como ya hemos corroborado, debe darse siempre en el seno de instituciones, y con la consideración añadida de que los intercambios regidos por las propiedades que ella soporta implican necesariamente el transcurrir histórico.

Cuando se incide en el segundo sentido del intercambio, de los dos expresados más arriba y del cual hemos ya apuntado su mayor complejidad, deberemos tener en cuenta un factor de la mayor importancia, el monetario. El dinero, la moneda, tiene en todo este entramado la máxima relevancia, por ser el factor más importante para la consolidación de la racionalidad económica: «a la manera como la rueda constituye, también, un acontecimiento en la historia de la racionalidad mecánica» (pág. 43). La moneda ya se usaba en formas rudimentarias en los pueblos primitivos. De ello nos ha dado distintas muestras la Antropología cultural desarrollada en el siglo XIX y principios del XX. Entre estos pueblos salvajes{11} se daban diversas formas de bienes dinerables, los cuales tenían un carácter biológico (conchas, colmillos de jabalí), pero este uso monetario era demasiado rudimentario. La racionalidad económica se desarrolla con la institucionalización de la moneda fabricada y, por lo tanto, acuñada como objeto de intercambio.

«Por debajo del nivel de la Ciudad-Estado, las categorías económicas son cada vez menos perceptibles (como, por debajo del «amphiosus» es cada vez menos perceptible la estructura de los vertebrados). El «cierre categorial» es cada vez más débil. En las sociedades más rudimentarias, no hay ni siquiera intercambios de bienes entre familias; aquí hay «razón económica» en el mismo sentido en que hay Geometría antes del descubrimiento del compás, o Mecánica antes del descubrimiento de la rueda. Esta perspectiva 'evolucionista' parece la más adecuada para situar los debates sobre la llamada «Antropología económica» o «Economía de los pueblos ágrafos».»{12}

La moneda, en sus orígenes, no tenía la complejidad que hoy día alcanza en su consideración de «bien dinerario», por lo que en sus primeros usos su valor era tal que le permitía ser intercambiada por multitud de otros bienes. Desde su origen se ha dado la circunstancia de que los que tenían grandes cantidades monetarias han tendido a multiplicarla su posesión muchas veces. La moneda es la que ha facilitado la acumulación de riqueza en las manos de unos pocos y, esta característica, ha llevado a que ciertos individuos o grupos puedan definirse en virtud de la posesión de gran número de bienes y, en sentido diametralmente opuesto, a definirse por no tener acceso a productos con un valor que supere unas mermadas posibilidades económicas. A estas dos posiciones se le pueden intercalar múltiples posibilidades en cuanto a esta tenencia de bienes, desde organizaciones económicas en que los que ocuparían las posiciones intermedias son minoritarios hasta las que su número –en muy diversas escalas de esa «riqueza» intermedia– es el más importante de los tres considerados. Pese a ello, el hecho de que exista economía lleva a que los productos siempre están en movimiento, en rotación, aun dependiendo de esas distintas posibilidades económicas que tienen los distintos módulos. Es más, podemos afirmar que la idea de economía está asociada a la presencia constante del intercambio, a una incesante rotación a distintas escalas.

La moneda permite en su interacción constante con las demás categorías de la tabla lo que Bueno denomina «metábasis». La metábasis es el proceso de «destrucción» de las propias categorías y se da de forma progresiva y regresiva, de manera que tiene un doble efecto dialéctico reforzado: «el desbordamiento del «cierre categorial» y la inmersión de la categoría en el reino de las «Ideas» –es decir, de la Filosofía–» (pág. 110). Así vemos que los contenidos categoriales no están «agotados» por la categoría en la que se realizan. La destrucción no se produce de una vez, sino que se realiza según se va dando el mismo proceso de constitución de las categorías, las cuales se renuevan cíclicamente y de maneras muy distintas. En la dialéctica del «progressus» alcanza sus cotas de máxima intensidad en los momentos en los que las categorías entran en crisis revelándose como apariencias de sí mismas, y en el sentido contrario o «regressus»: «La esencia de la dialéctica categorial destructiva, en la dirección del «regressus», puede declararse de este modo: dada una categoría, y dados los términos y relaciones categoriales (pongamos por caso: la Moneda, en la categoría económica) que sólo en el «cierre categorial» pueden realizarse, resulta que los propios contenidos categoriales no están 'agotados' por la categoría en la que se realizan» (pág. 113).

Para Gustavo Bueno la moneda tiene la misma función que las variables lógicas y aritméticas, y considera que la propia institución de la moneda llevó al uso de variables en el campo del Algebra: «Podríamos decir, simplemente, que si las monedas parecen variables, es debido a que las variables han comenzado por ser ellas mismas «metáforas monetarias». El mismo nombre de valores que damos a los argumentos de las variables no puede ocultar su parentesco con la terminología económica. El valor de una moneda es su capacidad adquisitiva, su capacidad para ser sustituida por ciertos «argumentos» que son los bienes que con ella podemos adquirir» (págs. 115-116). Para Gustavo Bueno la moneda en su condición de «variable», de «universal», es una suerte de Idea platónica y comparte con ella algunas de sus más importantes características, por ejemplo, la de que al ser participada por una multiplicidad no se agota, no pierde nada de lo que tiene por esencia. Y si por el hecho de ser un objeto material pierde algo de volumen, debido a cierto desgaste, esa pérdida es solo aparencial pues mediante el troquel podemos generar un nuevo objeto que sustituya al desgastado y que tendrá su mismo valor. Por eso nos decía Gustavo Bueno al definir la metábasis en su sentido de «regressus» lo siguiente: «el análisis regresivo de los propios contenidos que se sostienen en la categoría y la constituyen, nos remite más allá (metábasis) de la categoría, y nos presenta la propia categoría como una 'apariencia'» (pág. 113).

Las categorías de «moneda» o de «intercambio» tal como las hemos considerado aquí nos vuelven a llevar a una de las cuestiones más importantes apuntadas por Gustavo Bueno, la de que es imposible la economía sin la existencia de una sociedad política en el que se pueda desarrollar. No se puede hablar por tanto tampoco de una economía política si se adolece de esta moneda que debe ser obligatoria para todo ciudadano que lleve a cabo una transacción –cualquier intercambio entre módulos lleva aparejado un pequeño porcentaje para beneficio de todos, lo que denominamos «impuesto»–. El que establece la moneda que debe imponerse en el mercado es el Estado, determinando la cantidad de moneda a acuñar y los distintos valores de cada una de las distintas divisiones materiales de la categoría, sean en billetes o en monedas físicas de las distintas aleaciones y tamaños: «no es posible hablar de una economía política sin una moneda de curso legal y obligatorio».{13} El nivel mínimo de categorización de la economía solo puede funcionar si hay un Estado en su base. La polis griega hizo posible ya la economía, y en su seno fue por primera vez estudiada, en primer lugar por Aristóteles y más adelante por su discípulo Teofrasto, el cual distinguió entre estas distintas clases de economía: regia, satrápica, política e individual.

Gustavo Bueno en su texto de 2004, La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización, hace su propia clasificación de la economía a partir de la fructífera idea de la «rotación recurrente» de los intercambios. Señala tres distintos valores de la idea funcional de economía, los cuales no están separados pues actúan entre sí en diferentes círculos abstractos. Los «bienes producidos» no son el factor más importante de la tripartición sino que el factor determinante es «la sociedad» en cuyo seno se producen. Estas son las tres:

Las «economías particulares o privadas»
Las «economías públicas, economías nacionales o políticas», en éstas el parámetro de la función rotación es el Estado, mientras que en la anterior era la familia, o también la empresa
Las «economías globalizadas»
En relación a estas últimas Gustavo Bueno hace hincapié un una importantísima cuestión. Pese a que el término «globalizadas» parece que deja de lado las fronteras estatales, esto es mera apariencia pues el Estado está necesariamente presente en este valor de la idea funcional de economía. La propaganda del Imperialismo depredador trata de ocultarlo para su propio beneficio pero su presencia es un hecho. Esta propaganda va desde lo más vulgar, como puede ser la «alianza de las civilizaciones» defendida por el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero,{14} a otras que han alcanzado cierto prestigio, como pueden ser la de el famoso «fin de la historia» de Francis Fukuyama o la idea de «geoeconomía» de Luttwak y Lorot, economistas estadounidense y francés respectivamente{15}. Pero para que haya economía política es necesario el Estado. Esta importante tesis de Gustavo Bueno, que pone al Estado como fundamento de la economía, da la vuelta del revés al marxismo pues invierte sus relaciones estructurales. Para la periodización de la historia de Marx, el Estado era parte de la superestructura ideológica.

2.3. Vuelta del revés del marxismo

El fenómeno que está en la base de cierre categorial de la economía es la «rotación recurrente». Ésta es una rotación de bienes y servicios que son todo lo heterogéneos que podamos imaginar. La «rotación recurrente» es un proceso constante que se da en las vías cotidianas del mercado tras que las fuerzas productivas hayan generado tales bienes y servicios y los consumidores se hayan beneficiado de ellos. Es un movimiento incesante, desde la producción hasta su consumo, derivado de una demanda constante y efectiva. Por ello hemos afirmado más arriba que la «rotación recurrente» de los intercambios es el fenómeno conformador de todo el proceso económico y, por lo mismo, de las categorías de la economía política. Con el importante papel clarificador de los conceptos económicos pues mediante su efecto centrifugador expulsa todo posible sustancialismo de los mismos, alejándolos, como ya hemos dicho, de toda consideración metafísica.

El intercambio de productos que en una sociedad se da puede ser entendido como una suerte de «rotación» –que como cualquier otro concepto de cualquier otra ciencia tiene un origen tecnológico– que está sugerida en la observación del «ciclo estacional». Tal sugerencia es el fundamento tecnológico de la idea de «rotación de la mercancía», de su intercambio. Así pues, afirmamos que la idea misma de economía, no solo sus conceptos, tiene un origen tecnológico, como lo tienen también cualesquier otras ciencias. La «presión» que ejerce la rotación recurrente, con su movimiento incesante desde la producción hasta su consumo, derivado de una demanda constante y efectiva, expulsa del esquema económico lo que Marx consideraba la base común a todos los «modos de producción», la cual fundamentaba también el mecanismo social e histórico. La rotación recurrente, igual que había expulsado ya a todo lo metafísico del esquema, expulsa a la misma infraestructura económica de su privilegiado lugar. La centrifugación que ejerce la rotación recurrente provoca la fuga de lo que en el esquema marxista era primero y coloca en su lugar al propio proceso en movimiento.

La distinción que Marx expresa en el materialismo histórico entre base y superestructura no tiene consistencia dado que es un puro artificio en el que la superestructura es prácticamente la totalidad de las cosas siendo lo que está en su base la economía. Esta idea está expresada con toda rotundidad en el «Ensayo sobre las categorías de la economía política»: la economía como infraestructura del sistema del materialismo histórico no está explicada, no sabemos de dónde sale, el esquema marxista adolece de definición. Base y superestructura deben ser reinterpretadas para que el esquema cobre sentido. Todo lo considerado por el alemán superestructural (filosofía, teología, derecho, religión…) tiene papel en el proceso transformador. No son solamente una mera derivación del modo de producción y de la economía que lo sustenta pues todas ellas son motores de los cambios históricos. De manera que, lo que para Marx es último para Bueno es primero y, así, lo superestructural y fruto de las relaciones económicas va a ser lo fundamental en esta vuelta del revés del marxismo.

Para Gustavo Bueno la economía dejará de ser ese débil, indefinido, soporte de todo el armazón y en su lugar se colocará el armazón mismo. El armazón es una suerte de esqueleto generado por el funcionamiento del sistema, que como todo esqueleto es posterior pues lo genera el propio organismo: «Un soporte que ha brotado del propio zigoto, que no es él mismo la fuente de los demás tejidos (aunque algunos broten incluso a su través), sino que se constituye conjuntamente con la diferenciación del todo, al cual, sin embargo, sostiene»{16}. En esta vuelta del revés de la teoría de Marx, la base de todo el sistema es producto de su mismo funcionamiento, de manera que lo que se denomina en la teoría marxista superestructural, como es la ideología, la historia, el arte… es todo lo contrario, pues todo lo que denominamos «cultural» es parte constitutiva –el esqueleto– del lugar en el que a posteriori se llevara a cabo la propia actividad económica:

«Quien afirma, por tanto, que la base es un determinante ‘en última instancia’, resulta tan sorprendente como aquél que se declaraba panteísta moderado... ¿por qué la base habría de necesitar una conciencia, por qué habría necesidad de expresarse en el arte, en la religión —a la manera como la libido de Jung necesitaba metamorfosearse en símbolos? Esta hermenéutica convierte al materialismo histórico en una disciplina similar a esa clase de Frenología que, apoyada en las relaciones efectivas entre el cráneo y el cerebro, y recogiendo de paso conexiones del máximo interés, concluye que es el cerebro el que ha sido creado por el cráneo.» (pág. 83.)

El marxismo está patas arriba, pues Gustavo Bueno ha demostrado que lo cultural es anterior a lo económico, que para que haya economía política es necesario el Estado, que tiene que haber una patria. La definición del materialismo filosófico para la «patria» es que ésta es la tierra de los padres, la tierra en que está la riqueza y que se tuvo primero en cuenta como el «suelo» para la agricultura y la ganadería. Esta tierra fue fruto de una apropiación originaria, una apropiación que no es generadora de ningún derecho, pues el derecho emanará de la organización social que, con el paso del tiempo, se desarrollará en ese territorio. El territorio se mantendrá como propio a lo largo del curso histórico y, de forma casi inexorable, pues así nos lo señala el devenir histórico, tras ejercer los ocupantes/propietarios la defensa del mismo ante otros intentos de apropiación (con esta afirmación nos enfrentamos tanto a la afirmación de propiedad de la «tierra santa» por parte de los hebreos o a la que señalan algunos musulmanes hoy día respecto de la que llaman –con prurito de propiedad– «al-Ándalus». En el sentido opuesto a los absurdos derechos de propiedad que defienden en España los vascos o los catalanes).

Más adelante analizaremos de dónde surge el fundamento de la economía política capitalista, de dónde surge por tanto el derecho de propiedad. Mientras, y continuando con lo que estamos tratando desde hace unas páginas, relativo a la economía marxista, señalaremos que para el marxismo la propiedad es fruto de la lucha de clases, y esta última es el «pecado original» de la «humanidad», el origen de la alienación. Esta afirmación fundamental de la doctrina del marxismo es, sin embargo, un auténtico dislate, una argumentación que pide el principio afirmado pues la humanidad no existe, la humanidad no ha existido nunca. El concepto de «humanidad» es una sustancialización de lo que no es sustancia. No podemos rastrear en la historia semejante sujeto: ni en el origen de nuestra especie, pese a los intentos de explicación de Rousseau cuando señala como origen de la sociedad humana al «buen salvaje» (o mejor dicho a la calificación que de él hace como «bondadoso»), ese que comenzó a organizarse en sociedades más complejas que los simples, pese a ser supuestos también, rudimentos de la actual familia. Ni tampoco en las sociedades posteriores más complejas pues la unidad que pide el concepto «humanidad» no se ha dado nunca. No se dará siquiera en el final utópico de Marx –precisamente por esto mismo, por ser utópico y, por lo mismo, ucrónico–, cuando la humanidad surja como una organización comunista y justa por definición. Por otra parte, la alienación como tal estaba ya definida en Saulo de Tarso, aunque en un sentido opuesto al marxista pues para los cristianos alienarse es meterse en uno mismo. En base a estas afirmaciones que ahora estamos criticando y fundándose también en el fenómeno denominado como «lucha de clases», y cuyo fruto perverso es la señalada alienación, Engels afirmó que los explotadores habían inventado el Estado para defender y mantener sus propiedades frente a los que eran sus explotados:

«Pero acababa de surgir una sociedad que, en virtud de las condiciones económicas generales de su existencia, había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad que no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a sus límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino en medio de una lucha abierta e incesante de estas clases entre sí o bajo el dominio de un tercer poder que, puesto ostensiblemente por encima de las clases en lucha, suprimiera sus conflictos públicos y no permitiese la lucha de clases más que en el terreno económico, bajo una forma sedicente legal. La «gens» había dejado de existir. Fue destruido por la división del trabajo, que escindió en clases a la sociedad, y fue remplazada por el Estado.»{17}

Sin embargo, lo que realmente sucede es que a partir de que surja el «derecho al territorio» surgirá también el «derecho a la propiedad», solo con la primera condición cumplida tendrá cabida lo segundo. De esta manera lo explica Bueno: en primer lugar estaría la apropiación de un territorio, de un territorio que es la plataforma de supervivencia y también de riqueza de los que lo ocupan. El derecho a tal territorio emanará solo de la fuerza que muestren a resistir, pues no hay derecho consolidado a lo largo del tiempo, ni siquiera al autoproclamarse «primeros ocupantes». En segundo lugar tendremos la «propiedad» que es la distribución y continua redistribución de la apropiación anterior. Con ello surgirá el «derecho de propiedad», su rudimento será el del «derecho del más fuerte» y su consolidación se dará en los distintos códigos expresados en las distintas sociedades estatales dadas a lo largo de la Historia. De esta secuencia emana la imposibilidad de unas clases, poseedoras y desposeídas, que pudieran darse antes de la conformación del Estado. Esta es la tesis de Gustavo Bueno: las clases surgirán dentro del Estado. Con ella se opone frontalmente a la tesis del marxismo relativa a la conformación del Estado como fruto de una lucha de clases originaria y que hemos podido leer en el anterior fragmento de Engels.

Para Marx, el grado de explotación de los poseedores de los medios de producción respecto de los desposeídos viene dado por la «plusvalía», que es un valor que el capitalista roba a los productores. Este robo se lleva a cabo mediante la apropiación de un «plus de trabajo» que el asalariado no cobra pues el patrón se hace con él a cambio de nada. El plus de valor surge de una mercancía que tiene la facultad de ocultarse como tal, tal mercancía es «fuerza de trabajo» no remunerada, no comprada por el capitalista. Marx afirmó que el capitalista no se percataba de tal apropiación indebida.{18} Para el autor del «Ensayo sobre las categorías de la economía política» la plusvalía en la teorización marxista esta expresada «ad hoc». La plusvalía recuerda a la tesis del flogisto –expresado por Stahl como un principio inflamable, descendiente directo del "azufre" de los alquimistas y más remoto que el antiguo elemento "fuego"– que formaba parte de los cuerpos combustibles, de manera que cuanto más flogisto tuviese un cuerpo mejor combustible era. Lo que tienen en común ambas «sustancias» es que son efectivas –ostentan la efectividad de los objetos metafísicos- pero sin poder demostrar cómo y por qué funcionan. O sea, que les ocurre lo mismo que a las «almas», a «Dios» o a la misma «humanidad» antes señalada: su existencia da sentido, ayuda a «comprender», en cierta forma, muchas cuestiones (a quienes no buscan con otras herramientas, como son las de las ciencias, un conocimiento mucho más complejo).

Gustavo Bueno señala que la plusvalía tiene explicación lejos de la anterior sustancialización espuria. Si nos preguntamos cómo es posible que el capitalista multiplique su dinero la respuesta es por la teoría de la moneda. La plusvalía se genera en el mercado y no surge del plus de trabajo expresado «ad hoc» por Marx. La mercancía que en un momento determinado obtiene un capitalista puede ser susceptible de mayor demanda (a veces mucha demanda) y encarecerse por ello. La mayor ganancia del capitalista es fruto del propio mercado y no de un robo por parte del capitalista al trabajador. Los errores de la teoría marxista están aquí expresados, Gustavo Bueno nos los ha mostrado con toda rotundidad. El problema ahora es que si en base a una teoría errónea se había levantado un Imperio, ¿qué podía suceder con él?{19}

2.4. ¿La caída de la URSS fue el final del marxismo?

En el «Ensayo sobre las categorías de la economía política» se hace referencia a que la racionalidad económica no termina al acabar la fase capitalista, sino que renace con un vigor nuevo en el curso del modo de producción socialista. Para Bueno «socialismo» en este contexto se identifica, no con comunismo, sino con la misma idea de «filosofía», la cual se enfrenta por definición al individualismo. La filosofía no era, ni es, una actividad individual sino más bien todo un proceso institucional, cultural, que surge en el momento en el que hay una sociedad ya conformada con leyes complejas que la organizan y sustentan, por lo tanto, la filosofía es un producto de la Historia, con una inmensa tradición a sus espaldas y que supone dada una organización totalizadora perfectamente organizada, un Estado (Atenas, Roma –la Iglesia de Roma después de ésta–, España, la URSS). El socialismo al que se refiere Gustavo Bueno es el «socialismo» de los Estados, de los Imperios, pero no de Imperios depredadores, como es el caso del estadounidense actual, sino de Imperios universales, católicos. Este socialismo es el que todavía hoy puede pujar por ser protagonista de la historia.{20} Pero el socialismo al que estamos más acostumbrados no tiene este aspecto positivo, el socialismo que la URSS profesó y que defendían los amigos de la misma era el heredero de las tesis marxistas, el socialismo que iba a fracasar.

Por lo mismo, antes de cualquier otra disquisición debemos responder por tanto a la pregunta que hemos efectuado en el epígrafe. Una contestación que para tener la forma más apropiada debe contemplar la premisa relativa a que en los años en que se fraguó el «Ensayo sobre las categorías de la economía política» la URSS se suponía, por parte de los interesados en el mismo sobre todo, como un proyecto viable pero, como ya hemos adelantado más arriba, solo hizo falta el paso de un par de décadas para que aquel supuesto se negara. Gustavo Bueno señaló que tal proyecto era la misma prueba del marxismo, de manera que si fracasaba, fracasaba el propio marxismo. Además la hipótesis del materialista filosófico, en este caso coincidía en algunos aspectos con lo que consideraban los propios protagonistas, aunque el sentido de la misma era diametralmente opuesto pues el primero, desde su postura crítica observaba los errores fundamentales de la teoría, demoliéndola. El éxito del proyecto socialista primigenio era, para los propios comunistas de dentro y de fuera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, imposible que no se diera. Pero contrariamente a lo que hemos leído en el «Ensayo», el convencimiento de éstos era una cuestión de fe ciega, y aunque sin darle tal calificativo, así lo trasmitían o todo el que los quisiera escuchar.

El proyecto pues tenía que resultar, el éxito del mismo era trascendental para dar sentido a todo lo anterior. El proceso de consecución de la sociedad comunista era un proceso en el que lo que se esperaba conseguir –la sociedad comunista– parecía pervivir en lo que realmente sucedía. Ese comunismo virtual es la «idea aureolar» que hace ver «lo que no es todavía» pero debe ser «necesariamente», y esto es conseguido de una forma tal que algunos incluso creían ver la realidad virtual del comunismo como realidad incontestable. La URSS es para el materialismo filosófico una idea aureolar, una idea de las que admiten el calificativo de «realmente existente», calificativo que piden también otras ideas, también aureolares, como lo son: el Imperio universal, la Democracia, la Globalización, la Iglesia católica o Dios.{21}

En este marco que vamos dibujando se va conformando la cultura humana, la cual se ha desarrollado paralelamente al desarrollo de la razón económica. De manera que en el conflicto capitalismo/comunismo del siglo XX hemos atendido a los logros científicos más importantes, que decir de lo que nos espera en este siglo recién estrenado, y que al parecer no va a ser socialista –comunista mejor dicho–, máxime si la situación geopolítica no cambia en un futuro que, casi seguro, no es cercano. La teoría que había tratado de destruir Marx se hizo –contrariamente a su intento– más fuerte. Pero esta última doctrina también tiene grandes debilidades teóricas, las cuales son también tratadas en el «Ensayo».

Notas

{1} Un texto al que se puede acudir en la página web de la Fundación Gustavo Bueno, pues allí está reeditado en formato pdf, para quien esté interesado en su lectura www.fgbueno.es/gbm/gb72cep.htm

{2} Gustavo Bueno, Ensayo sobre las categorías de la economía política, La Gaya Ciencia, Barcelona 1972, pág. 67.

{3} Javier Delgado Palomar, «La economía como disciplina científica», El Catoblepas, nº 13, mayo 2003, página 13.

{4} El cierre categorial de la razón económica está desarrollado en el texto que estamos analizando (páginas 39 a la 102). El diagrama de las categorías de la economía política está en la página 47.

{5} El profesor Bueno señala que estas tres relaciones matemáticas conectan los individuos con los bienes y con la moneda de manera que sin ellas no habría posibilidad de funcionamiento del mercado. Y concluye a partir de ello en como las formas del intercambio, sujeto a esas tres propiedades anteriores, ha sido uno de los factores de racionalización más importantes en la historia, siempre teniendo en cuenta que tal efecto racionalizador solo pudo darse a partir de la complejización generada por el uso de dinero.

{6} Gustavo Bueno, Ibídem, página 45. Los individuos, los módulos en ese caso que nos ocupa, participan unívocamente de la definición de la especie a la que pertenecen sobre todo si consideramos las especies como totalidades distributivas. En una totalidad distributiva las partes son homogéneas y mantienen relaciones reflexivas, simétricas y transitivas.

{7} La división de subjetivo/objetivo queda borrada en la categoría económica. El módulo se define por todos los bienes a que tiene opción mediante el dinero. En el momento de mayor subjetividad el módulo es absolutamente objetivo pues lo que hace es fabricar bienes para cambiar, comprar o vendérselos a otros.

{8} «En la perspectiva de la rotación sistemática recurrente, los módulos dejan de ser simplemente consumidores y aparecen también como productores». Bueno, Ib., pág. 59.

{9} Para saber a que nos referimos aquí con «relaciones circulares», como contrapuestas a las «radiales» (página 42 del Ensayo) podemos verlas como las que se dan en el «eje circular» del «espacio antropológico», una teoría ésta muy fructífera para el materialismo filosófico, a la que, para su desarrollo, podemos acudir a muchos textos de Gustavo Bueno, o también a http://www.filosofia.org/filomat/df244.htm

{10} Gustavo Bueno, Ensayo sobre las categorías de la economía política, págs. 46-47.

{11} En las escuelas antropológicas posteriores al «evolucionismo», por ejemplo, en las escuelas funcionalistas (representadas por Bronislaw Malinowski) y después, en algunas variables del estructuralismo (representadas por Claude Levi-Strauss), el pluralismo cultural fue deslizándose poco a poco hacia un relativismo radical: cada esfera cultural tendría su propia estructura interna (emic), que sería imposible entender desde fuera (etic). Por ello cabrá decir, con Levi-Strauss: «Salvaje es quien llama a otro salvaje.» Gustavo Bueno, «Etnocentrismo cultural, relativismo cultural y pluralismo cultural», El Catoblepas, nº 2, abril 2002, página 3.

{12} Gustavo Bueno, Ensayo sobre las categorías de la economía política, pág. 97.

{13} Gustavo Bueno, La vuelta a la caverna…, Ediciones B, Barcelona 2004, pág. 205. Asegura Bueno además que el Estado, cuando adopta el papel de gendarme, establece también una escolarización obligatoria que haga de los individuos buenos productores y consumidores. También elabora las infraestructuras y, cómo no, una cobertura de la seguridad social que mantenga una mínima población que garantice que el sistema se mantenga.

{14} Ante estas débiles propuestas cargadas de ideología del Presidente Zapatero podemos considerar lo que nos dice Gustavo Bueno en su artículo «Globalización y Mundialización», publicado en El Catoblepas. Por un lado apunta la propuesta de Toynbee al definir la cultura humana como una división de «civilizaciones globales», para después atender a la lectura que de esta afirmación hace Huntington, el cual afirma que es imposible que una civilización incorpore a su ámbito a otras civilizaciones englobantes. Samuel P. Huntington elabora así su teoría del «Choque de civilizaciones», «a la que los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 dieron una inesperada actualidad ideológica. La teoría del choque de civilizaciones, en este caso el choque entre la «civilización occidental» y la «civilización islámica», podía servir para «legitimar» y orientar la respuesta de los EEUU, de acuerdo con la llamada «Carta de América», de 14 de febrero de 2002, suscrita también por Huntington. Gustavo Bueno, «Mundialización y Globalización», El Catoblepas, nº 3, mayo 2002, página 2.

{15} Esta idea volverá a ser atendida más adelante cuando analicemos la posible existencia de economías globalizadas.

{16} Gustavo Bueno, Ensayo sobre las categorías de la economía política, pág. 102.

{17} Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Editorial Fundamentos, Madrid 1977, págs. 210-211.

{18} De la misma manera que no se percataba de que él mismo era su mayor contrincante, pues su modo de actuar iba en su contra, ya que agrupaba masivamente a la clase obrera bajo el mismo techo, repartiéndolos en cada una de las fábricas, y ello representaba el primer paso para la futura autodestrucción. Entre los alienados trabajadores lo importante, para acelerar el proceso, era la adquisición de «conciencia de clase» y observar a su vez la necesidad de la toma del poder. La vuelta del revés del marxismo en relación al papel de contenidos superestructurales como es el de la «conciencia de clase» son clarificados en el «Ensayo»: «Pero ¿por qué la base habría de necesitar una conciencia, por qué habría necesidad de expresarse en el arte, en la religión —a la manera como la libido de Jung necesitaba metamorfosearse en símbolos? Esta hermenéutica convierte al materialismo histórico en una disciplina similar a esa clase de Frenología que, apoyada en las relaciones efectivas entre el cráneo y el cerebro, y recogiendo de paso conexiones del máximo interés, concluye que es el cerebro el que ha sido creado por el cráneo. Gustavo Bueno, Ibídem, pág. 83.

{19} Hasta aquí, pero transformado y con una introducción mucho menos amplia hay un pequeño artículo publicado por la «Asociación de Filosofía de Castilla La Mancha» pues se presento en sus XV Jornadas una introducción a este trabajo, al cual puede leerse en esta dirección: http://sfcm.filosofos.org/modules/news/article.php?storyid=56#_ednref1

{20} Esta forma de socialismo podemos relacionarla con la «Séptima generación de izquierda», a la que se refiere el profesor Bueno en su texto «El mito de la izquierda». A partir de esa sugerencia de Gustavo Bueno se elaboró por parte de Ismael Carvallo Robledo el interesante documento intitulado «Tesis de Gijón» que puede leerse en (http://www.nodulo.org/ec/2006/n053p04.htm). Allí defiende Carvallo que este nuevo Socialismo –pensado en español– se opondría desde un redefinido Imperio Iberoamericano al actual Imperio anglosajón. El motor de la historia no es la lucha de clases sino la lucha de Estados imperiales que incluye como uno de sus elementos en pugna también a la de clases.

{21} Gustavo Bueno acuña este nuevo concepto («idea aureolar») para el materialismo filosófico. Un concepto de gran riqueza y que permite clarificar y distinguir entre una suerte de ideas que hoy día están en el acervo de tantos y tantos analistas y comentadores, entre los cuales podemos incluir importantes filósofos de hoy en día y de otros tiempos. Para saber que es con más detalle una idea aureolar acudir a la enciclopedia filosófica symploke: http://symploke.trujaman.org/index.php?title=Idea_aureolar

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