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240711 -
José Luis Pozo Fajarnés
La vigencia del Ensayo sobre las categorías de la economía política de Gustavo Bueno

3. La crítica a la economía liberal

En la tabla de la página 47 del texto que estamos estudiando de Gustavo Bueno se van dibujando cada una de las categorías de la economía política y se van intersectando unas con otras a todos los niveles. La tabla plasma, como es de suponer, dos dimensiones del espacio, de manera que en el plano del dibujo se esquematiza una sola economía, la que se da en un Estado concreto. En el cuadro, la «E» simboliza una unidad política en la que se nos presentan sus estructuras económicas. Unas estructuras que necesitan para su correcto funcionamiento un soporte territorial, lo que antes hemos señalado como la patria, como el territorio que enmarca las fronteras del Estado que sea. El Estado presente en el cuadro es una ficción por no poder darse nunca un Estado como un fenómeno aislado, de manera que, para que el cuadro fuera verdaderamente representativo de lo que sucede realmente, debería representar a todos los Estados.

La solución que nos propone el autor es que el círculo interior de la tabla, en el que interactúan las diversas categorías, debemos verlo como una suerte de corte del espacio tridimensional en el que otros círculos, otros Estados, conformarían la esfera completa. Los Estados representados en estas tres dimensiones estarían, como es de suponer, en conflicto entre sí dado que el conflicto es inherente a la esencia de la economía capitalista que los sostiene. Este esquema completo representaría a toda economía que fuese pujante, que interactuase con todas las demás en el mercado mundial. Solo en ese caso el esquema sería la representación perfecta de la dialéctica actual de los Estados, que hoy día conviven unos contra otros en una compleja situación que tiene cada vez más a complejizarse. Y ello, pese a las falsas pretensiones de una tendencia actual a un equilibrio, en el marco de un nuevo mundo globalizado, tendente a una falsa armonía, a una inexistente paz cada vez más nombrada pero, sin embargo, en una proporción inversa a su mención, y que desde luego no plasmada en lo cotidiano como podemos comprobar si seguimos las noticias que nos muestran –y las que nos tratan de ocultar– los informativos.

Hoy día ya no se dan dos economías políticas que se nieguen la una a la otra como ha sucedido hasta los últimos años del pasado siglo XX. La economía política capitalista es la que está imperando en cada uno de los Estados nacionales pujantes. Esta economía procura que tanto en el seno de cada uno de estos Estados como fuera de ellos también, circulen los bienes producidos. Y es que la riqueza propia de un Estado dependerá siempre de los bienes que de hecho tenga y de su correlato dinerario, sin dejar de lado el marco en el que se mueve, que es el de un conflicto continuo con los intereses económicos de los otros Estados. Estos bienes ya los hemos definido más arriba mediante dos parámetros, como corruptibles y como históricos, que los hacen susceptibles de reproducirse continuamente, sin interrupciones prefijadas. Para esta producción continua y repetitiva no hay por tanto ningún ritmo marcado. La constatación de este hecho lleva a que podamos afirmar que cuando hablamos de «crisis económica» en el capitalismo su causa es la falta de una ley que marque tiempos de producción. De todo esto, podemos concluir que la crisis se puede explicar tanto por la interrupción de la producción como por todo lo contrario, por la superproducción.

La economía del liberalismo impera desde la caída de la URSS el año 1989. Lleva por tanto casi tres décadas sin rival y hoy por hoy es la protagonista en la vida económica, en unos tiempos marcados por el fenómeno de la «globalización». La globalización tal y como se habla de ella en la actualidad en todos los informativos, en la prensa escrita, en Internet… no era objeto de análisis en el momento en que Gustavo Bueno escribía su «Ensayo sobre las categorías de la economía política». Pero años después, en 2004, analizó este fenómeno en el texto que ya hemos citado en este trabajo, en «La vuelta a la caverna». Ello no es óbice para considerar lo que Gustavo Bueno expuso sobre la débil fundamentación que del liberalismo defendían algunos de sus defensores. En el texto de 1972 no solo llevo a cabo una contundente crítica de la economía del bloque del Este, dominado por el gigante soviético, sino que también enfrentó su propuesta clarificadora a las de la economía liberal. Vamos a incidir aquí en diversos autores y problemas. De los autores –entre los que podemos nombrar a Adam Smith, a William Stanley Jevons o a Pierre Naville– Gustavo Bueno nos muestra sus déficits teóricos, y lo lleva a cabo mediante su propuesta de cierre operatorio de la economía política. Lo mismo hace con respecto a cuestiones fundamentales para la economía liberal como son el «principio de no intervención del Estado» o la «administración de los bienes escasos».

Este último es el primer teórico del movimiento marginalista y, paralelamente a los desarrollos teóricos de su coetáneo Marx, elaboró una lograda síntesis de teorías relativas al consumo, el intercambio y la distribución. Por su parte, Naville, fue sociólogo y crítico del marxismo, pese a haber surgido de sus filas. Tras su paso por distintas formaciones comunistas y trotskistas, una de sus más importantes tareas que llevo a cabo fue la de la reconstrucción sociológica de las aportaciones de Karl Marx. Estos dos autores, Jevons y Naville, críticos de la economía marxista, son cribados en el «Ensayo » mediante el tamiz del materialismo filosófico. De los dos, comenzaremos por el segundo, por estar, pese a su crítica al marxismo, más cercano a él.

Gustavo Bueno en el «Ensayo sobre las categorías de la economía política» coloca los bienes culturales {a, b, c, d… m} en su cuadro de categorías en la cabecera. Los bienes son soportes de cambio, por lo que sus relaciones no son dependientes de relaciones físicas sino que lo son de relaciones humanas, circulares. Y como ya hemos señalado, también interactuaran con la oferta y la demanda. Y sobre todo ello, la constante presión de la rotación recurrente, Frente a este esquema, que le da un papel concreto a los bienes, la tesis de Marx incide en la explotación capitalista y en la cuestión de la alienación, no solo de los bienes respecto del productor sino también del mismo productor en su propio ser. En este tratamiento de lo que puedan ser los bienes para Marx vamos a incidir en una cuestión a la que Naville le dio gran importancia, que es la de la explicación que dio Marx de los «bienes de producción». Según el alemán estos bienes generan dos distintos tipos: nuevos bienes de producción fruto de los primeros, por un lado, y bienes de consumo, por otro. Gustavo Bueno nos muestra que la propuesta de Marx no resulta clarificadora pero que el análisis que Naville hizo de ella tampoco lo es.

En el Ensayo se dice que la Idea de «rotación recurrente», cuando ésta se aplica a los bienes materiales, nos permite exponer con claridad la diferencia entre los dos tipos de bienes que Marx segregaba. Que según la tesis de este autor, el proceso económico en su totalidad está marcado por los primeros, por los bienes de producción. Así pues, Marx se expresa en términos de producción y tiene en cuenta estos dos sectores: el de los «medios de producción» y el de los «medios de consumo». La distinción entre ambos es la base de la matriz de «reproducción simple» que, en base a la fisiocracia de Quesnay, Marx expuso en el libro segundo, sección tercera, capítulo XX, de El Capital. El planteamiento de Marx es analíticamente clarificador, pero cuanto más claro se muestra en lo analítico más se obscurece su conceptualización, y sus planteamientos también tienden al reduccionismo fenoménico, a la abstracción. Gustavo Bueno observa que en «El capital» el concepto de «producción», expresado en la tabla, constantemente da sentido a otros como, por ejemplo, el de «circulación» o, también, el de «compraventa de bienes». Si el concepto donador de sentido, la «producción», deja de entrar en juego los segundos se obscurecen y la matriz de Marx deja de ser un instrumento que sirva de cierre operatorio para la economía. Esta pérdida de sentido que descubre Bueno en los planteamientos de Marx, sucede de forma similar en la crítica que Naville dedica al alemán. Esto es así, nos dice Gustavo Bueno, porque cuando Naville critica la distinción marxista que está en el origen de la controversia anterior, sobre los bienes de producción y de consumo, cae en una suerte de análisis humanista, de manera que sus ideas dejan pasar a su trasluz ideas ya expresadas por Kant. La crítica de Marx que hace Naville, por tanto, no puede sobrepasar el ideario materialista de Marx ni tampoco ir más allá de una forma de idealismo, por supuesto que mucho más débil, que el del filósofo de Königsberg:

«Naville, por ejemplo, traduce del siguiente modo la distinción clave de la matriz de Marx: «producción de medios (moyens) de producción (clase I o sección I de la terminología de Marx) y producción de fines (fins) consumibles (clase o sección II)». Ahora bien: ofrecer, como criterio de articulación entre los sectores I y II de Marx, la articulación existente entre medios y fines, equivale a una lectura extraeconómica («humanista», aunque sea verdadera) de la tabla de Marx. Y esto aun cuando los fines propios de una clase social (en el capitalismo) se sustituyan por los fines de todos los individuos: «la reproducción socialista se supedita al objetivo de elevar sistemáticamente el bienestar de todos los miembros de la sociedad, dando la máxima satisfacción a las necesidades materiales y culturales, sin cesar crecientes, de toda la sociedad, mientras que la reproducción capitalista sólo se propone garantizar a los capitalistas la ganancia máxima».»{22}

Naville lleva a cabo un análisis en armonía con su kantismo al ver lo humano como un fin en sí mismo, una afirmación que tiene una gran importancia en el ámbito de la moral pero que en el terreno de la economía su significación pierde toda la contundencia. Pero la crítica que en el «Ensayo» se hace del autor francés va más allá. Pues si atendemos a la distinción medios/fines como mera estructura psicológica, aunque ésta tenga influencia en lo económico, no puede tenerse solo eso en cuenta pues se dejan de lado muchas de las implicaciones que se dan en el seno del sector segundo. Es en este sector en el que las relaciones no se dan solo entre consumidores, como si éstos fueran los fines últimos del proceso económico, sino que se dan entre seres humanos que tienen el carácter económico de productores. Naville, al tener en cuenta solamente el plano del consumo parece querer alejar de la producción todo lo que tenga que ver con lo humano. Pero la producción es una parcela innegable de su acción. Bueno ejemplifica de esta manera la complejidad del concepto de «consumo» y su estrecha relación con la producción:

«Con frecuencia, además, este concepto de consumo se interfiere, se contagia con otro concepto de consumo que es también claramente extraeconómico: el consumo como destrucción del bien, como desgaste. Se trata de un concepto físico, que entraña indudablemente importantes implicaciones económicas, pero que, en manera alguna, puede ser utilizado para definir el concepto de bienes de consumo. La mejor prueba es que también los medios de producción se consumen en este sentido físico –no solamente se consume el petróleo de un motor de explosión, sino el propio motor de explosión. Pero no por ello clasificaremos al petróleo o al motor de explosión entre los bienes de consumo, en sentido económico del sector II.» (págs. 76-77.)

La segunda crítica del marxismo en que incidimos aquí es la de Jevons, que no solo se colocaría frente a ciertos postulados expresados en el capital sino que también se enfrentó a ideas expresadas por uno de los economistas más importantes del capitalismo triunfador del siglo XIX, David Ricardo. Y es que el propio Marx encontró en sus teorías del valor muchas ideas para fundamentar la suya del valor-trabajo. Jevons en esta cuestión afirmó que el valor del trabajo se determina por el valor del producto y no viceversa. Sus ideas le han colocado en el origen de una de las teorías más audaces entre las que hoy día están pujando frente al liberalismo, las defendidas por los «críticos del decrecimiento». Algunos de los que podemos nombrar en la actualidad son: el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen y el francés Serge Latouche. Jevons descubrió lo que hoy denominamos la «paradoja de Jevons», esta paradoja nos dice que pese a que la eficiencia lleva a un menor consumo, al aumentar el uso del modelo más eficaz, el consumo también aumenta en mayor proporción al ahorro primero. El ejemplo que pone es el derivado de los desarrollos de Watt, pues con la mayor eficacia conseguida en el funcionamiento de la máquina de vapor dado su menor consumo, se generó una proliferación de maquinaria eficaz pero con un incremento exponencial de combustible. La menor utilización de carbón se trasformo en mayor utilización. He aquí la paradoja. Los partidarios del decrecimiento defienden en base a ese principio contradictorio descubierto por Jevons que hay que llevar a cabo una parada en el progreso tecnológico.

Jevons no está de acuerdo con la explicación marxista que pone el trabajo como motor económico, por lo que busco un mecanismo que lo explicase mejor. En lugar del trabajo señaló el viejo criterio de la utilidad como causa del crecimiento económico. Jevons considera que la utilidad proporcionada por un bien se relaciona inversamente con la cantidad de ese bien previamente poseída. El valor de cualquier producto va a depender siempre de su utilidad y no del trabajo como habían señalado Ricardo y Marx. De manera que la oferta y la demanda dependen de unas leyes naturales que marcan la variación de la utilidad. Esta variación deriva en lo que podemos considerar el grado final de utilidad y que él denominó «utilidad marginal». Jevons es por tanto el primer defensor de lo que luego se consolidaría como la teoría marginalista. Esta teoría sería defendida poco después por su coetáneo, Carl Menger, el padre de la actual «Escuela Austriaca de Economía». Menger, en la misma línea de Jevons señalaba que la relación que se da entre bienes y necesidades genera «valor de los bienes», por lo que el valor no deriva, en primer lugar, y como decía el liberalismo, de los mismos bienes producidos y, en segundo lugar, como afirmaba el marxismo, del trabajo. La utilidad marginal será la más importante pues si tenemos en cuenta toda necesidad, cualquiera que sea, ésta se debe ordenar en una escala de necesidades que se relacionará, en su ascenso, con un movimiento contrario, en la misma escala, de la satisfacción. Para la contabilización del valor será la satisfacción que este produzca la que consideremos «última unidad del bien» y será la medida justa de la «utilidad marginal»{23}:

Pero las afirmaciones de Jevons, en relación al criterio de utilidad que está en la base de la teoría marginalista de los austriacos, son contrarrestadas en el «Ensayo». Gustavo Bueno niega taxativamente que el concepto «utilidad» pueda cerrar el «espacio» de la economía política, de manera que lo que ocurre con Jevons fue algo que después le sucedería a Naville, que cae en una suerte de psicologismo al definir los objetivos de la racionalidad económica. Y así, mediante su discurso utilitarista, señala la consecución de la mayor felicidad mediante la adquisición de placer a cambio de pagar con el mínimo dolor y este binomio place/dolor solo se puede relacionar –dejando de lado su contexto normal que es el de la psicología– de forma gratuita con lo puramente económico:

«Jevons parte de presupuestos psicológicos para definir el objetivo de la Razón económica: «maximizar la felicidad mediante compra del placer más alto al más bajo dolor posible». Pero inmediatamente, este placer y dolor quedan desbordados de su contexto psicológico al ser relacionados por la categoría (‘circular’) de ‘compra’. Y la utilidad marginal desborda también inmediatamente el contexto psicológico-metafísico (satisfacción de necesidades atribuidas a un sujeto) por cuanto, en primer lugar, las necesidades de los sujetos ‘marginalistas’ son necesidades históricas (es decir, creadas ‘circularmente’ por la propia oferta) y porque la utilización del concepto de «coeficiente diferencial » (que Marshall, ‘Principies’, pág. 690, hubo de corregir sustituyendo la ‘derivada’ de Jevons por la ‘diferencial’) permite a Jevons advertir que es posible comparar utilidades económicamente sin necesidad de conocer la ‘utilidad absoluta’ (que sería acaso una noción extraeconómica, a la manera como –pensamos nosotros– el físico puede comparar las variaciones ΔE de la entalpia de un sistema sin necesidad de conocer la energía interna U del mismo).» (pág. 108.)

La crítica a Jevons se hace demoledora a pasar por el tamiz clarificador del cierre operatorio, el placer y el dolor no explican nada pues lo que se da es una relación entre módulos, una relación que se da en el seno del «espacio antropológico», en su eje circular. Las necesidades de los sujetos marginalistas –o mejor dicho, de los «módulos»– son necesidades históricas y no meramente subjetivas. El cierre operatorio que propone el materialismo filosófico llevará a la clarificación de la economía política

La novedosa y potente propuesta de Gustavo Bueno tiene un jalón insoslayable en el análisis del papel del Estado en la economía pues con este elucidador planteamiento se opone de nuevo de forma tajante a las premisas liberales. Para dar cuenta de esta tesis debemos considerar en primer lugar que la economía en un hecho humano, y solamente humano. Los animales no tienen conducta económica. La etología nos enseña los rudimentos, las trazas, racionales de algunos animales, unas trazas que llevan a que se les denomine «raciomorfos», pero eso no es suficiente para fundamentar una posible conducta económica. El hecho de que algunos de ellos escondan parte de su alimento no significa que ahorren, ni siquiera si esto se relaciona con la alimentación de las crías. En el seno de las especies animales, salvo la humana, no podemos hablar de un núcleo familiar, en cuyo seno pueda darse «economía», como la denominó Aristóteles en su «Política». Tampoco podemos hablar de economía si pensamos nuevamente al personaje de Defoe, en Robinson Crusoe, pese a que, en la soledad de su isla, llega a criar ganado para que no le falte leche y carne, de manera que cambia la caza por esas formas de conseguir alimentos menos arriesgadas y más seguras. Tampoco podemos hablar de economía cuando Robinson plantea su horario de actuaciones, y pese a que el motor de la preocupación por ese plan sea tener siempre alimento. Esta tarea es la que lleva a cabo cuando aparece Viernes, de manera que el famoso náufrago reelaboraba su plan de necesidades: era necesario aumentar la tierra de cultivo y sembrar más grano, además de secar más uvas. Con todo, todas estas actuaciones siguen sin procurarnos que podamos hablar de economía en sentido estricto y solamente lo podemos hacer en sentido figurado pues, como ya hemos apuntado más arriba, la economía no puede ser individual sino que tiene que tener una organización social –o mejor, estatal– para que se desarrolle en su seno.

El materialismo filosófico niega la posibilidad de la economía sin una sociedad política que como base que la sustente. Ello se opone al postulado liberal que señala para un perfecto funcionamiento de la economía el «principio de no intervención del Estado» (el denominado «postulado de Say»). Adam Smith en el siglo XVIII había hablado del mercado en términos de la metafísica leibniziana pues veía su funcionamiento como la «armonía preestablecida»: «Los individuos de Adam Smith son, al parecer, escoceses interesados, ahorradores, calculadores: pero en seguida empiezan a funcionar como mónadas de Leibniz» (pág. 106). Desde estas premisas metafísicas no puede darse economía sino que hace falta una base que la pueda sustentar, este fundamento necesario es el Estado. Ni la armonía preestablecida de Leibniz, ni la acentuación kantiana de los fines defendida por Naville, ni el utilitarismo psicologista de Jevons ni, por último, los planteamientos también metafísicos defendidos por Jean-Baptiste Say, son viables para que la economía política pueda ser expresada mediante términos definidos con el rigor de categorías científicas.

Volvemos a la anterior afirmación: para poder hablar de economía política es necesario, como hemos apuntado más arriba, llevar a cabo el «cierre categorial» de la economía. Una vez que se dé el cierre operatorio estaremos en el terreno de la «Razón económica» y manejaremos unos conceptos lo suficientemente claros para saber a qué atenernos. Así, saldrán a la luz las deficiencias de anteriores criterios utilizados, y los cuales son defendidos por marxistas y liberales aún en nuestros días. Esto ya lo hemos podido comprobar en los casos tratados hasta ahora de Naville, Jevons, Say, o el caso del marxismo, analizado en el capítulo anterior.

En este mismo sentido y siguiendo con la crítica al liberalismo, observamos que según sus postulados es un hecho de la mayor importancia en la maquinaria económica lo que se denomina la «administración de los bienes escasos». El liberalismo defiende esta metodología pese a tener enfrente potentes argumentos derivados de los estudios llevados a cabo por la Antropología social y cultural que la contradecían de forma contundente. Podemos señalar, para ejemplificar alguno de ellos, la labor de campo realizada por Frank Boas en el noroeste americano a finales del siglo XIX. Allí estudio del fenómeno del «potlach» de los indios Kwakiutl, que es un sistema de producción a gran escala, una producción que luego se destruía para mayor prestigio del jefe productor. Una forma económica basada en la sobreabundancia que se extendía por muchas organizaciones sociales –algunas muy complejas, pues solían estar muy estratificadas– situadas en la costa actual del noroeste de los Estados Unidos y su continuación en la costa del Pacífico canadiense.

Señala Gustavo Bueno que, pese a la anterior objeción antropológica, George B. Richardson tomó muy en serio este criterio. Este economista inglés tiene en cuenta los problemas de la «Razón económica» como problemas de mera asignación de recursos a términos objetivos que puedan ser calculados. Sin embargo, la cuestión no es esa, pues ni la escasez ni los recursos son ponderables, ya que ni la una ni los otros son datos objetivos. En relación a los recursos, ni la tierra ni el trabajo son susceptibles de medida en estos términos: están ahí y su consideración como «cantidad» es ficticia pues no tiene en cuenta muchos factores que les hacen no permanecer fijas, medibles. Además, como nos dice Bueno, una consideración así solo sería mínimamente viable a nivel de una empresa y nunca de un Estado. Pero lo más importante es la consideración de lo que es escaso, pues la escasez no es nunca de lo que los módulos tienen ante sí de forma natural (eso sucedía en las sociedades de cazadores/colectores, en todo caso) sino que es algo más sofisticado y complejo, es la propiedad de ciertos bienes culturales, los cuales son producidos, o es necesario que se produzcan, dadas ciertas necesidades o una cierta demanda:

«Por ello, cuando los bienes son pensados como formando parte de un 'mundo posible', del que deben simplemente ser seleccionados, se incurre en la ilusión de que esos bienes existen ya, y existen como escasos, cuando en rigor lo que ocurre es, sencillamente, que no existen, sino que deben ser producidos (y esto es lo que significa que son posibles). Decir que los recursos son escasos es un modo oblicuo de decir que los bienes económicos deben ser producidos. Pero al utilizar el criterio de la escasez, se sugiere que los bienes existen ya, pero escasos. Y, con ello, la «Razón económica» aparece contraída a la tarea de selección o combinación entre esos recursos.» (pág. 87.)

La tesis de la escasez para Gustavo Bueno es una tesis fallida pues no tiene en cuenta ciertas partes de la economía que son muy importantes. Bueno reconoce, de alguna manera, que los bienes sí tienen la característica de la escasez, pero ello deriva de la consideración de los bienes como «culturales», y son escasos porque los bienes no están dados en la naturaleza y es necesario producirlos. Incluso el agua que sale de los grifos de las casa tiene que ser producida, tratada, por lo que es necesario todo un mecanismo ingenieril de transformación. O la tierra, que debe tratarse para elaborar cementos o tierras limpias y tamizadas para la construcción. Pero la escasez para Gustavo Bueno no es el motor de la racionalización en la economía pues no da cuenta, por ejemplo, de las grandes crisis de producción por «exceso», que son crisis de «sobreabundancia» de bienes. La racionalidad económica es vista por Bueno como la maquinaria que maneja la sobreabundancia de bienes y no la escasez.

La demostración, por parte del autor del Ensayo, de estas afirmaciones de más arriba, va a llevarse a cabo con una de las herramientas analíticas más apropiadas para tal fin y una de las más eficaces, de todos los tiempos, también: la «Historia de la Filosofía». Javier Delgado Palomar define con precisión esta cuestión en su artículo titulado «Para la elaboración de un esquema histórico de las doctrinas económicas», publicado en El Catoblepas de julio de 2002:

«Entenderemos por doctrina económica, en general, a cualquier reflexión sobre la realidad económica misma, independientemente, en principio, de que este regressus desde las realidades de la producción e intercambio hacia las Ideas económicas pueda ser diagnosticado como religioso, científico o filosófico. Será en el progressus, que en la Teoría económica se realiza a través de la política misma, interviniendo, normalizando o domesticando la realidad económica, y también en las efectivas polémicas que mantuvieron y mantienen estas diferentes doctrinas entre ellas, donde cada una muestre su auténtico carácter y capacidad para analizar y transformar la realidad.»{24}

La filosofía es por tanto el terreno desde el cual puede darse respuesta o pueda ponerse en claro el instrumento definitivo, o el mejor, para saber a qué atenernos cuando nombramos y tratamos de entender qué es la «economía política».

En el seno de la Historia de la filosofía se ha ido definiendo paso a paso la Economía política. La Historia de la filosofía ha sido protagonista de excepción del surgimiento de las diferentes teorías económicas, y de los consiguientes procesos de transformación social que paralelamente a esas teorías se han ido sucediendo en nuestra civilización. Así pues, el cierre operatorio de la economía política va a poner en claro el problema planteado más arriba de la «escasez de bienes» siguiendo para ello con la crítica a los planteamientos leibnizianos introducidos por Adam Smith. Hemos apuntado, con relación a este problema, la tesis de la «armonía preestablecida» de Leibniz y, paralelamente, su propuesta sustancialista de las «mónadas». Además, ahora tendremos en cuenta otro de sus principios fundamentales, el de «Razón suficiente». El análisis de este último nos pondrá en una perspectiva nueva respecto de la armonía preestablecida. El «Principio de Razón suficiente» desde el «impropio»{25} punto de vista de Dios puede ser visto como una especie de «razón económica» (divina), una economía «de altura», jocosamente hablando, que no es nunca de escasez sino de todo lo contrario. El principio definido por el racionalista alemán tiene como premisa fundamental que el universo creado es en el que es posible la mayor variedad posible y en el que las relaciones de los individuos serán de índole económica:

«Y el problema fundamental de la Razón económica no será tanto "elegir entre posibilidades alternativas", sobre un horizonte de escasez, cuando "elegir alternativas de composibilidades" (de la compatibilidades con otros términos posibles), sea en la escasez, sea en la superabundancia, pero de tal suerte que la recurrencia del sistema quede asegurada. Pero el número de «composibilidad» aumenta al aumentar la complejidad de la producción cultural: por ello aumenta la intensidad de los problemas económicos. «En nuestra tesis, lo que hace necesaria la Razón económica no es formalmente la realidad de la escasez, cuanto la existencia de incompatibilidades y de inconmensurabilidades entre recursos acaso superabundantes, pero cuya composición coyuntural es capaz de bloquear la recurrencia del sistema». Estas incomposibilidades se producen en el curso mismo del proceso económico, en el Tiempo económico, puesto que dependen, en gran parte de la cantidad de los propios factores que se componen.»{26}

Podemos concluir por todo esto que la Razón económica se opone frontalmente a la individualidad, a la escasez, pues supone todo lo contrario, supone la superabundancia en un contexto de múltiples posibilidades que surgen y surgen pero teniendo en cuenta que no todas ellas son composibles: «Todos estos son los problemas que, en el sistema leibniziano, logran ser formulados en términos de «composibilidad de los posibles», que se regula por un principio no mecánico, pero no por ello menos racional -el principio de razón suficiente, el «principio de lo mejor»» (págs. 164-165. Pero lo mejor aquí incluye el conflicto de manera que los «incomposibles» deben ser destruidos, eliminados. Leibniz nos muestra, en este aspecto, un pensamiento que le acerca a Heráclito, a Hegel, pues tal forma de ver la cuestión es puramente dialéctica.

Cuando Leibniz defiende su tesis de la armonía preestablecida esta prefigurando los modelos armonistas que hemos estudiado al analizar el cierre categorial de la economía política que nos propuso Gustavo Bueno. Estos sistemas también armonistas han sido los de Adam Smith, Jean-Baptiste Say, Frédéric Bastiat o Henry Charles Carey. En sus sistemas también está incluido aquel aspecto negativo que acompaña a la economía política como es la lucha, la guerra, aspecto que ya hemos señalado es parte fundamental en la tesis leibniziana. La idea de «armonismo», pese a su gran contenido metafísico, conduce al «cierre categorial económico», pues aunque se dé un constante conflicto entre individuos y Estado, entre individuos solos, o entre Estados… lleva implícita la recurrencia del sistema, un recurrencia que se funda «en el supuesto de que todo lo que suceda, en tanto siga sucediendo, ha de tener una razón suficiente («todo lo real es racional») es decir, una Razón económica que conduce a la situación óptima» (pág. 165). Que las leyes de la historia nos conduzcan a una situación óptima es lo que se denomina el «postulado del optimismo». Este postulado está implícito en todo sistema político sea este capitalista o sea marxista, aunque el optimismo final será representado de forma muy diferente en unos y en otros. Aunque para los segundos el optimismo desapareció, dejo de ser un referente, cuando se derrumbo el proyecto aureolar que podía hacer tanto por los seres humanos, cuando desapareció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Notas

{22} Bueno, Ensayo…, págs. 74-75. El primer entrecomillado de esta cita del libro de Gustavo Bueno es a su vez una cita del texto de Naville «Classes sociales y classes logiques». El segundo entrecomillado es cita del «Manual de Economía Política» editado en 1960 por la Academia de Ciencias de la URSS.

{23} La escala utilitaria es distinta a partir del marginalismo pues el precio de un bien se define a través de su la «utilidad marginal» es la que definirá el precio de los bienes que sean, por lo que la «utilidad objetiva» cuantificable no es la importante. Dice Gustavo Bueno: «Los individuos de Stuart Mill son ciudadanos o campesinos, sujetos de necesidades, de demandas subjetivas, pero inmediatamente, esta subjetividad, sin ser negada, es limitada, a la «demanda objetiva»» (Bueno, Ib., pág. 106). Respecto de la utilidad marginal, el ejemplo que podemos poner es el siguiente: allí donde un bien es abundante su valor disminuye, algo que puede observarse en los mercados cuando llegan los productos de temporada y las subidas o bajadas de los precios de estos productos según la bondad de las cosechas. Friedrich von Wieser es el economista al que se le atribuye la acuñación del término de «utilidad marginal».

{24} Javier Delgado, «La economía como disciplina científica», El Catoblepas, nº 5, julio 2002, pág. 9.

{25} El punto impropio puede definirse como «el distante lugar donde dos rectas paralelas se cortarían». Esta cuestión la trata este autor en: http://nodulo.org/ec/2009/n094p18.htm

{26} Bueno, Ensayo…, pág. 164 (nota a pie de página).

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