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240711 -
José Luis Pozo Fajarnés
La vigencia del Ensayo sobre las categorías de la economía política de Gustavo Bueno

4. El fenómeno de la Globalización y el «fin de la historia". ¿Los EEUU son el motor de la Globalización?

4.1. Globalización y categoría económica

La globalización es un fenómeno del que nadie se puede sustraer en nuestros días, dado su gran protagonismo. Su origen es muy controvertido, de manera que algunos señalan para el mismo la fecha del descubrimiento de América, hace ya más de quinientos años, otros consideran que su origen está en el fenómeno del colonialismo del siglo XIX. También se suele apuntar el momento de consolidación de las necesidades expansionistas del capitalismo, y nos pondríamos ya en los primeros años del siglo XX. Pese a todos estos hitos tan importantes con relación al origen del fenómeno, debemos señalar que según la tesis que se considera como «oficial» para definir la «Globalización», el suceso que es la clave para que hoy estemos hablando de ella es que la URSS dejara de tener un papel importante en el esquema del mundo. Un papel que, por paradójico que pueda parecer, y como veremos en el desarrollo de este análisis, era también globalizador.

Aquí consideramos el fenómeno de la Globalización desde la perspectiva del materialismo filosófico. El texto fundamental para exponer las ideas que van a seguir es el «La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización»{27} de Gustavo Bueno. Con relación a lo apuntado en el párrafo anterior vemos que se tienen en cuenta, entre los distintos analistas, comentadores y protagonistas del fenómeno, varios sentidos. La última que hemos apuntado es la que promovió el país de los soviets, que era globalización pero en otro sentido al mencionado con el calificativo de «oficial». A la antigua URSS y a sus aspiraciones de ampliación de fronteras, o mejor dicho de control político de otros Estados y Naciones, la consideramos como una forma de imperialismo «generador». Esta característica también la habían tenido otros Imperios anteriores como el Imperio español que estaba, del soviético, relativamente cercano en el tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta el primer gran Imperio generador, el Imperio romano.

La globalización «oficial» se sustenta en la falsa apariencia de que se da armonía dentro del capitalismo y que si esto todavía no es así, lo será en el futuro, pues allí conseguiremos una situación ampliada a todo el orbe de la Isla de Tomás Moro, o más ajustado el mito a la realidad actual, la «paz perpetua» de Kant. Esta globalización, en su práctica real, se sustenta en organizaciones nacionales que van desde las más importantes naciones europeas al Imperio estadounidense que es sin ningún género de duda, el que marca el ritmo de la economía mundial. Al desarrollo de este «moderno» fenómeno parece que colaboran también las naciones de oriente, comenzando por la japonesa, aunque lleva casi dos décadas muy debilitada, y siguiendo por la que hoy se muestra como imparable República Popular China, que ha tomado con mucha decisión e ímpetu el testigo que parece haberle pasado su archipiélago vecino. A estas dos podemos añadir otras muchas naciones orientales receptoras de empresas de Occidente, las cuales van creciendo en «producto interior bruto» y van acercándose a una altura de desarrollo que podría llevarlas a ser economías pujantes.

Esta globalización posterior a la caída de la URSS, y que vamos a llamar «oficial», se suele relacionar con la política agresiva de libre mercado tanto de Ronald Reagan en Estados Unidos como de Margaret Thatcher en el Reino Unido, políticas ambas que tuvieron mucho que ver en la aceleración del desmoronamiento de la economía socialista soviética. Pero la cuestión no es tan simple como parece pues el «mercado universal» implícito en la propuesta de moderna «Globalización» –a la que podemos también llamar «Globalización cosmopolita»– es muy anterior. Gustavo Bueno cita en nuestro texto de referencia, un manual de Economía muy poco posterior a la Segunda Guerra Mundial y que ya nos dice que «el gran industrial de nuestros días, no vende para un mercado limitado y conocido, sino para el mercado universal»{28}.

El protagonismo de este fenómeno es hoy día omniabarcativo debido a los medios de comunicación de masas, de manera que podemos afirmar que la globalización es muchísimo más mentada hoy que lo fue Dios desde los púlpitos de los templos medievales. Y es que las posibilidades de los actuales medios de comunicación de masas multiplica muchas veces a las de los –pese a su arcaísmo, también eficaces– púlpitos mencionados. El caso es que se habla de globalización como un fenómeno muy cercano a lo que entendemos hoy por divino: «un «fenómeno luminoso», última manifestación de la modernidad, efecto imparable del progreso que anuncia (al empresario, al comerciante, al consumidor, al turista…) una ampliación de los horizontes de su libertad, de su bienestar y aun de la fraternidad universal» (pág. 187).

Gustavo Bueno en La vuelta a la caverna… comienza su estudio del fenómeno por su conceptualización, y para ello utiliza una categoría que sirva para tal cometido por el hecho de estar ella ya definida, y aun a sabiendas de que el concepto la va a sobrepasar. La categoría que sirve de plataforma clarificadora es la «categoría económica». Mediante su enclasamiento se permitirá que la borrosidad del término «globalización» muestre ciertas estructuras imposibles de ser percibidas desde el exterior, desde la vulgaridad de su habitual tratamiento ideológico. Este habitual tratamiento muestra la globalización como algo inabarcable, e incluso indefinible, pues no podemos expresar los márgenes que la delimitan. La elección de la categoría económica nos procura una posición mucho más adecuada para llevar a cabo la clarificación del fenómeno, dado que sobre la economía ya se ha efectuado un cierre operatorio que la ha colocado en una posición inmejorable para acometer esta ardua tarea. Además, la elección de la categoría económica es algo que no necesita discusión pues la consideración económica de la globalización es habitual en casi todos los mensajes cotidianos, sea de prensa escrita o sean de radio, de televisión, de la cada vez más abarcativa Internet... Esta consideración económica también se da de forma habitual entre los tratadistas de la globalización ya que la inmensa mayoría de ellos son de esa especialidad del saber. Con todo, no podemos dejar de observar que los economistas, al tratar del fenómeno de la globalización, suelen atender a otros componentes no económicos, como son los políticos, los culturales, o incluso los antropológicos (cada uno de ellos podrá tomarse como calificativo en paralelos fenómenos de globalización), pues consideran que son relevantes para que ésta pueda desarrollarse y se dé de hecho.

En el segundo capítulo de este texto, nos hemos referido a los distintos valores que –por efecto de la fuerza motriz derivada de la acción constante de la «rotación recurrente»– toma la idea funcional de economía. Estos valores surgían al tener en cuenta los parámetros relativos a la sociedad y dejando de lado los bienes producidos. Estos valores son relativos a las economías particulares y a las públicas, de las cuales estas segundas son las más importantes pues el radio de rotación que favorece su funcionamiento es el Estado, el cual incorpora a toda empresa particular, haciéndolas partícipes de la economía nacional. Este mecanismo suele provocar formas de rechazo entre las empresas pues lo consideran una intromisión política en una tarea que desde su punto de vista es solo económica.{29} Por otra parte, esta cuestión es ya una cuestión muy antigua pues se asemeja a los debates entre los defensores del «libre–cambio» y los «del proteccionismo».

En esta clasificación de valores que toma la economía, teniendo en cuenta lo social más que lo productivo, Gustavo Bueno coloca como tercer elemento a las economías globalizadas. Estas economías no pueden definirse como las derivadas de sustituir los parámetros que antes definían a las economías públicas estatales por otros parámetros que demarcarían empresas «cosmopolitas», «globales». De manera que los que consideran que la Segunda Guerra Mundial, y la posterior Guerra Fría, acabó con el choque de intereses nacionales se confunden, pues tienen en cuenta una absurda y falsa tesis de «fin de la historia» que lleva a pensar que la globalización es una nueva era de comercio internacional, de paz democrática entre naciones cuyas fronteras parecen difuminarse. De manera que con tal desaparición desaparece también –y esto es más interesado– la misma economía política.

El fenómeno parece que tiene una referencia real si atendemos a la descentralización de las empresas, de manera que las multinacionales europeas, japonesas, americanas… elaboran sus productos finales a partir de la producción desagregada de las partes del producto final que se elaboran en otros países. Pensemos en coches, aviones, cohetes espaciales o cualesquier otros productos que sean lo suficientemente complejos. Y así, los motores, los fuselajes, los asientos… pueden ser fabricados en los lugares más lejanos entre sí que podamos sospechar, lo que importa para tomar la decisión del lugar en que se fabrican es el coste de producción. Una vez fabricada cada pieza, la empresa termina de montar el automóvil, el avión, o lo que sea, en cualquier país en el que haya decidido situarse, sea éste el de su sede social u otro en el que le resulte también más económica la producción final.

Pero un fenómeno que separe las empresas de sus Estados originales, como parece darse en estos tiempos, es mero espejismo, alimentado por el interés de que éste aparezca ante nuestros ojos como real. Tal actitud interesada no es nueva y nos quiere hacer ver incluso que los choques militares se han transformado en «civilizados» enfrentamientos comerciales. Para sacar a la luz la mendacidad de esta propuesta, Gustavo Bueno nos recuerda que a principios del siglo XX se dio una situación que nos trae luz en el fenómeno actual. Los años anteriores a 1914 fueron unas tiempos en los que algunas empresas europeas tenían características similares a las de hoy día, aunque a menor escala. Concretamente el fenómeno se daba con ciertas empresas alemanas y francesas. Las relaciones comerciales a que nos referimos tuvieron un papel protagonista en las causas que llevaron a la que se consideró la mayor guerra de la historia (pese a que tal «título» lo ostentara durante pocos años). Y la guerra se dio entre naciones políticas, como no puede ser de otra manera. Esta falsa transformación de las relaciones sociales que parecía llevar a que los choques bélicos se transformen en choques relativos a intereses económicos la bautizó Edward Luttwad como «geoeconomía».

La crítica de Gustavo Bueno desmantela esta nueva forma ideológica imperante en nuestros días. En La vuelta a la caverna para aplicar las categorías económicas a la idea de Globalización separa entre dos perspectivas, la «formal» y la «material». Respecto de la primera tendríamos que tener en cuenta que la ««economía globalizada» significará, por ejemplo, un sistema en el que existen «empresas globales», «ayudas financieras globales» de organismos internacionales tales como FMI, OMS, FAO…» (pág. 195). Pero las empresas globales (GLO-CO) y las «ayudas financieras globales» de las instituciones citadas, deberían autodefinirse como protagonistas de un mismo proceso globalizador que tendría la característica de ser «envolvente» respecto de otra realidad supuesta y totalmente gratuita como es la «Humanidad». Por otra parte, la perspectiva «formal» en la utilización de las categorías económicas es también necesaria, ya que esta perspectiva «obligará a mantener vinculadas las categorías económicas a la idea filosófica de la economía que haya sido adoptada, en nuestro caso, a la idea de la rotación recurrente de los intercambios. Por supuesto, la idea formal de economía solo tiene sentido cuando sea capaz de incorporar («críticamente») los conceptos categoriales materialmente utilizados» (págs. 195-196).

Si la idea de «economía globalizada» no diferencia entre los aspectos material y formal es por su borrosidad, aunque se debe decir mejor que, si no se puede distinguir entre materialidad y formalidad es porque la idea de economía globalizada es una idea borrosa. Una idea que considera que su radio de acción efectiva es la de un inexistente Estado planetario asociado a la totalidad de los seres humanos que lo deberían conformar, asociado a lo que comúnmente se suele denominar el «Género humano», el cual, como ya hemos señalado más arriba es tan irreal como el Estado planetario que acabamos de expresar que es una suerte de Estado único, sin oponentes, de características similares, por ejemplo a la que más arriba hemos ya mencionado, la propuesta fabulosa de Kant en su opúsculo La paz perpetua.

En las condiciones pacíficas y de unidad del «Género humano», que había expuesto Kant y defienden los que ahora consideran posible una «economía globalizada», la economía debe seguir su movimiento habitual de mercado con su consiguiente rotación de los intercambios, pero este funcionamiento que parece normal no lo es pues se da en una situación ficticia, la de ese irreal Estado Universal. Pero las categorías de la economía política no pueden darse en soportes ficticios. La conclusión a la que llega Gustavo Bueno a partir de aquí es que si no podemos hablar de «rotación recurrente» en una situación así, es porque no existe la propia situación, o sea, que no hay «economía global» propiamente dicha. La idea de esta economía cosmopolita es ucrónica pues pide como principio la existencia de un Estado universal que la sustente. De manera que es una falacia mostrar la «economía global» como presente hoy día y ni siquiera señalarla como posible, en un futuro, aunque sea lejano. La perspectiva formal antes definida no se puede sostener. Esta perspectiva que vincula las categorías económicas («rotación recurrente») a la idea filosófica de la economía adoptada («Género humano», «Estado Universal», «economía global») no es viable ya que no tiene un marco de acción. Concluimos, por todo ello, que desde las premisas del materialismo filosófico solo podemos tener en cuenta, al hablar de «economía global», el sentido material y tenemos que abandonar por inviable el formal.

El problema añadido es que lo que llamamos economía globalizada, en el sentido anterior denominado material, «poco tiene que ver con la globalización económica en sentido ideológico (que es, por otra parte, el que configura el fenómeno de la ‘globalización oficial’» (pág. 198). Las dificultades a la hora de analizar este complejo fenómeno se multiplican cuando observamos que, incluso los economistas que suelen expresarse a través de los medios de comunicación de masas, para referirse a la globalización dejan de lado este concepto positivo, material. No se desmarcan de la «idea oficial de globalización» que está cargada del formalismo que depende de su esquema ideológico. Su propuesta ideológica está implícita en conceptualizaciones frecuentemente usadas: ««deslocalización de empresas globales», frente a la empresa concentrada, o el concepto de «desintegración de la producción», frente a la fábrica de producción integral, o el concepto de «’dumping’ social», frente al concepto de «’dumping’ político», o el concepto de «empresa global», frente al concepto de «empresa multinacional»{30}. Pero esto no es nuevo, ya hemos señalado este tipo de manipulación ideológica cuando hemos señalado que antes de la Primera Guerra Mundial, en las más importantes naciones europeas, surgió la tendencia, en algunas empresas, a autodenominarse como «no estatales», enfocando su política de mercado hacia la extensión cosmopolita. Pero pese a tal política, estas empresas, tenían claros vínculos con sus Estados respectivos, lo que sucedía es que tales vínculos se ocultaban y solo salieron a la luz en los momentos en que la crisis económica se acentuó sobremanera. O sea, que a partir de estas falsas premisas muchos economistas, anteriores a los que utilizan los conceptos citados un poco más arriba, inferían la «existencia» del «Mercado universal» y lo nombraban de diversas maneras, algunas de las cuales pueden rastrearse en los manuales de la época –por ejemplo el «mercado no limitado» que cita Bueno en «La vuelta a la caverna» y que extrae del manual de economía de Kleinwächter–.

En la «Globalización» hay algo nuevo que no es ni que las empresas estén deslocalizadas ni la velocidad en llevar a cabo las transacciones, pues estas diferencias son meramente de grado. Lo que hace que el fenómeno «realmente existente» de la «Globalización» –que está hoy día a pleno rendimiento, concretamente desde que cayera el gigante soviético– se pueda ver como verdaderamente nuevo es que se ha conformado como una nueva «idea aureolar». Una idea aureolar, por definición, solo puede referirse a un fenómeno que pueda nombrarse como «realmente existente» y que se dé en el momento presente. Teniendo en cuenta que en ese darse, paralelamente envuelve a todo hecho relevante con una especie de «aureola». Esta aureola rodea completamente las referencias factuales que son «realmente existentes» mezclándolas con otras referencias que no son realmente existentes, pero que se ven como sí existentes en un futuro virtual. Cuando el futuro virtual, repleto de esas falsas referencias, se incorpora al mundo real, las primeras –las factuales realmente existentes– parecen cambiar, pues se reinterpretan en dependencia directa de la idea aureolada. Así, lo no realizado por ser meramente virtual se concibe como constitutiva de la que sí es real y que puede verse y medirse pues es una parte realizada. Esta parte realizada solo cobra sentido por ser parte del proceso que está en marcha y cuyo final vemos como cumplido sin estarlo.

Ya nos habíamos referido más arriba a estas ideas, cuando hemos analizado la caída de la URSS, allí ya señalamos que son «aureolares» las ideas que pueden asumir el calificativo de «realmente existentes», entre ellas el Imperio universal, la Democracia, la Iglesia católica, el comunismo, Dios… Y ahora incluimos entre ellas también a la idea que estamos analizando, a la «Globalización». Todas estas ideas son aureolares por el hecho de que no han existido ni podrán existir jamás. En el primer apartado de este cuarto capítulo también señalamos que son «aureolares» las ideas que pueden asumir ese calificativo, comenzamos por aplicarlo al comunismo soviético y después a otras ideas, entre las que estaba la misma de «Globalización». La «aureola» envuelve el proceso en curso de manera que incorpora:

«las referencias positivas (existentes) a unas referencias aún no existentes, pero tales que sólo cuando son concebidas como realizadas, o como existentes virtualmente, las referencias positivas puedan pasar a ser interpretadas como referencias de la Idea… En este sentido puede decirse que la parte no cumplida ha de considerarse como virtualmente dada, para que la parte cumplida pueda alcanzar su significación de parte del proceso total, que comprende a la parte cumplida y a la que aún no lo está.» (págs. 258-259.)

Debemos señalar que el hecho de que la Globalización reciba el calificativo de «aureolada» significa a la vez que es una idea «oblicua», cuya plataforma es el mismo proceso en construcción. Por otra parte, las ideas aureoladas no son del mismo tenor de las utópicas pues, aunque en ambas gravita la imposibilidad de realización de la parte considerada «virtual», hay diferencias. La irrealización es un hecho en la utopía, tal y como la describe etimológicamente el propio término, pero la parte virtual de la idea aureolar no pues esa parte da sentido a la parte real. Así pues, Gustavo Bueno diferencia entre ambos tipos de ideas señalando que las utópicas no tienen referencia espacial (utopía) ni temporal (ucronía), mientras que las aureoladas siempre se las supone existiendo. Solo una condición es absolutamente necesaria, que en el futuro se aseguren las posibilidades de la «existencia real» en el presente. Los seguidores, incluso podríamos decir sin tapujos, los creyentes, de cualquier idea aureolada suelen encontrar consuelo metafísico, tranquilidad psicológica, en la potencia de la misma idea. Gustavo Bueno en su libro La fe del ateo pone un ejemplo clarificador:

«Un alto dirigente comunista español lo decía muy bien, con toda su ingenuidad filosófica, explicando la razón por la cual, en la debacle republicana que siguió a la guerra civil española, fueron los comunistas mejor que los anarquistas, quienes supieron mantenerse firmes en la derrota: ‘Ser comunistas nos daba en aquellos momentos una ventaja moral y psicológica sobre los demás antifranquistas. Teníamos algo que no tenían los otros: la fe. Fe de que marchábamos en el sentido de la historia’.»{31}

Para concluir con esta importante cuestión, relativa a estas ideas políticas que consideran el destino que las mueve como un elemento formal de su proyecto y, por lo mismo, de la acción presente, debemos señalar que la afirmación que asegura que «la Globalización existe» solo puede considerarse desde la perspectiva de la suma de todos los procesos que se están dando en las distintas direcciones –algunas enfrentadas entre sí– pero cuya resultante es de difícil previsión. Es más, es un proceso que necesita aclaración dada la oscuridad y la confusión que lo caracterizan pues el mismo proceso en marcha expresa por definición –a modo de «petición de principio»– su propio acabamiento:

«La Idea de Globalización es, por tanto, una interpretación, una «teoría» de un proceso en marcha, que nos aleja de un determinado estado de cosas, pero que no nos ofrece la idea del estado terminal al que él pretende conducirnos… La Globalización resulta ser, según lo que precede, un fenómeno, pero envuelto en alguna teoría pertinente, centrada a su vez en torno a alguna idea o modelo de globalización. Sin teoría de la globalización que confiera un significado al fenómeno, el fenómeno de la globalización se desdibuja.»{32}

4.2. O lo uno o lo otro: la globalización cosmopolita o las distintas economías políticas

Hoy día las categorías de la economía son prácticamente equivalentes a las categorías de la economía política. Esta equiparación ha discurrido por las sendas que parten de más antiguo, concretamente de la teorización del «Estado mínimo» de la fisiocracia y su «laissez-faire» y del «Estado gendarme», con manos libres para la iniciativa privada, del liberalismo. Tomando tales planteamientos la forma de una ciencia, pues en los tiempos en que se consolidó el capitalismo y sus mecanismos de funcionamiento la economía se desarrollaba en el seno de sociedades políticas, naciones, surgidas por la toma del poder por parte de las distintas burguesías europeas. Así, tenían estos liberales el convencimiento de que la economía podía funcionar sin conexión con nada más, por el mero hecho de que ésta tenía sus propias leyes. En nuestros días un afamado crítico de la globalización, Noam Chomsky, lo expresa con estas palabras:

«La globalización tiene poco de libre mercado. Por lo general, se habla de la globalización contemporánea como de una expansión del libre mercado, pero se trata de una expresión errónea. En buena medida, la gestión de los ‘intercambios’ está concentrada y corresponde de hecho a transferencias interempresarias, a prácticas de «outsourcing» y a otras operaciones análogas.»{33}

Gustavo Bueno va más allá de estas afirmaciones al incidir en el papel del Estado, de las Naciones políticas en la maquinaria del mercado. El materialismo filosófico señala que la economía política nunca puede ser libre, y menos en un sentido absoluto, pues en su propia definición está el concepto «política» que significa la involucración del Estado. Tal involucración es necesaria para que se dé la «rotación recurrente» de bienes y servicios, la cual es inviable en una economía que tuviera sus propias leyes. También era inviable en las economías centralizadas, en el modo en que lo propusieron en el siglo XX los distintos totalitarismos de corte fascista o la economía socialista soviética:

«La diferencia entre un Estado liberal y un Estado socialista no es una diferencia entre economía libre y economía intervenida; más bien es una diferencia entre ‘economías intervenidas’, según determinadas proporciones.»{34}

El absurdo de la economía libre deriva de considerar las leyes del mercado como si fuesen unas leyes puras, al modo como se consideran las leyes naturales, pero la ley es la ley positiva, la ley elaborada y transformada por los individuos que conforman o manejan el mercado. También se muestra al atender a la moneda como parte formal de cualquier sistema económico, pero la moneda no puede ser anterior a los mismos, ésta es necesariamente establecida mediante los mecanismos del Estado. Otro factor importante es también que el Estado procura la educación de los individuos que lo conforman, haciendo de ellos productores eficientes, a la vez que los educa para que se conviertan en unos satisfechos consumidores con libertad para elegir entre las múltiples opciones que el mercado les pondrá ante sí. Por otra parte, si atendemos a las necesarias infraestructuras, el Estado es el que organiza y lleva a cabo las distintas ejecuciones: de transporte, de comunicación, de energía… todas ellas necesarias para el funcionamiento de la economía de mercado:

«La apariencia de una economía libre que funciona entregada a las leyes puras del mercado es una ilusión derivada de que esa economía, en el marco de la economía política, se comporta como si estuviera sometida a leyes naturales. Pero tales leyes son en rigor leyes económico-políticas, lo que es evidente cuando nos referimos a las leyes tributarias. Las empresas, en los cálculos de sus proyectos, tendrán en cuenta los impuestos, pero no necesariamente tanto a título de ley económica sobre el precio del dinero, cuanto a título de los costes previos, previstos o naturales. Estos costes siguen siendo económico políticos, como lo es toda la acción del Estado que envuelve, canaliza y tutela el «libre juego» de las leyes económicas.» (pág. 208.)

Los analistas de la globalización señalan que los hechos económicos que tienen que ver con ella piden un marco unitario –que podríamos denominar «Estado global cosmopolita»–. Los hechos de las distintas economías nacionales, debido a que se conciben desde ese marco global de principio, se redimensionan y conforman de esa manera al propio presente como globalizador. La «Globalización cosmopolita» no está en el presente pero se la supone, se da como hecho, porque el destino «aureolar» prefijado la colorea con su realidad virtual. Sin embargo, esto es un estar en lo inestable, es moverse –más arriba ya lo hemos dicho- en el terreno de la metafísica. Con todo, ésta es la forma con que constantemente se nos bombardea en los medios de comunicación cuando se señala la globalización o toda situación económica que ella comporta. Con relación a situaciones anteriores, de preponderancia de otras ideas ya señaladas y que son tan metafísicas como la «Globalización cosmopolita» o el «Estado global cosmopolita», la funcionalidad y finalidades buscadas por ellas y por la actual no han cambiado tanto: Dios dio –y sigue dando también en la actualidad– sentido a muchas vidas; el comunismo fue el baluarte de muchos idealistas, muchos de los cuales perdieron incluso su propia vida por la fe que tenían en su final. La globalización tiene en común con las anteriores la manipulación ideológica que conlleva y que hace que los individuos, que viven en el presente en sus distintas naciones, conciban un mundo distinto del que viven.

Gustavo Bueno señala en su texto de 2004, que el fenómeno de la Globalización «se dibuja desde un fondo dado «a parte ante», y cuya definición económica se constituye precisamente a partir del segundo valor de la idea funcional de economía que hemos expuesto, a saber, el de la economía nacional» (págs. 199-200). Y no solo de una economía sino de todas las economías nacionales interrelacionadas entre sí. Cuando los economistas tratan de estas cuestiones suelen hacerlo de forma escabrosa pues suelen expresarse con definiciones que quieren ser precisas y no lo consiguen, sus propuestas adolecen de concreción pues siguen sumidas en la oscuridad de la indefinida idea de globalización cosmopolita. Pero el fondo que les sirve de marco de referencia en tales definiciones y propuestas analíticas es el sistema (diamérico) de las economías nacionales. El mercado internacional solo puede ser así denominado si en su seno participan todas las economías nacionales, unas economías que, mediante su interrelación, conforman el «fondo» en el que se dará siempre todo movimiento mercantil, excluyendo además la posibilidad de aislamiento que pudiera sufrir cualquiera de ellas. Y es que la conexión que se da entre el sistema de Estados y el fenómeno de la globalización no decrece, como señalan los defensores de un solo Estado superador de las economías políticas particulares. Además, en los últimos años ha sucedido el fenómeno contrario al defendido por estos…

«…mientras que al acabar la Segunda Guerra Mundial, en 1946, existían 74 Estados, en los principios del segundo milenio, existen hoy más de 200 Estados, 48 de los cuales aparecieron a raíz de la descolonización de África, y 15 a raíz de la fractura del sistema soviético y de sus aliados. En función de estos datos, ¿no será necesario relacionar la multiplicación de los Estados precisamente con el llamado procesos de globalización, en lugar de ver en la globalización el principio de la extinción del Estado?» (pág. 242.)

Algún economista sin embargo –es el caso de Stiglitz– defiende esta misma idea que expresa Gustavo Bueno al considerar el Estado como una realidad de la que no se podrá nunca prescindir debido a que se supone que la consideración de un mercado internacional que se regulara por sí mismo es inviable. Por otra parte, en la consideración de este sistema globalizador, que comporta la totalidad de las economías nacionales como «fondo» y a partir del cual se da el fenómeno que estamos estudiando, es necesario también señalar que la economía propiamente dicha no tiene ningún protagonismo en otras formas globalizadoras que se dan paralelamente a la globalización económica. Estas globalizaciones que no son económicas están dadas en función de «otros fondos» distintos:

— la globalización lingüística. El fondo a partir del cual se da esta forma de globalización es el conformado por las lenguas vivas que hoy día se hablan
— la religiosa, sobre el fondo del sistema de religiones que se dan en el planeta
— la política, que se refiere a la proliferación de formas democráticas que hoy día existen y que tienden a una consolidación universal, &c.

El problema que emana de estas consideraciones es si la globalización es «Una» sola o son «Muchas» a la vez. Por lo tanto, debemos tener en cuenta que si cada globalización particular se da, esto será así por estar incorporada a un proceso que debe ser unitario. Paradójicamente la globalización solamente puede ser unitaria, pues lo es por atribuirse a una sola unidad (el «Género humano») que debe pedirse como principio. Si este principio es ficticio –y eso ya lo hemos afirmado– las globalizaciones serán plurales:

«Ocurre así con la Globalización única, entendida como un proceso envolvente atribuido al Género humano, algo análogo a lo que ocurría con el Dios monoteísta de las religiones superiores: todas ellas predican el Dios único, pero éste resulta que está presentado unas veces como Yhavé, otras veces como Dios y otras como Alá. Y es así de este modo como podemos afirmar que si diéramos a la idea de Dios el formato de una clase tendríamos que terminar asignándole el formato paradójico de la clase unitaria (de un solo elemento), de los «Dioses dotados de unicidad» (cada uno de los cuales no tiene el formato de clase). En este sentido resultaría que la Idea de Globalización, sin perjuicio de su intención unitaria, estaría ejercida también de hecho y paradójicamente desde una clase. Dicho rápidamente: existen diversas ideas de globalización única, y entre ellas, las ya citadas (como globalización oficial y como globalizaciones alternativas).» (pág. 38.)

Todos estos fenómenos no económicos, las «globalizaciones alternativas», que están incluidos en lo que denominamos «globalización oficial» se nos muestran «proyectados» sobre el tapiz de las categorías económicas, desbordándolas. La combinación de factores económicos, políticos, religiosos, lingüísticos… poco pueden aclarar en relación al problema de la globalización. Ello no es óbice para que pasemos por alto el tremendo grado de involucración que, en relación a este fenómeno, se da entre las distintas categorías (además de la económica todas las que hemos señalado: la lingüística, la cultural, la religiosa…), y así al enfrenar economías políticas, unas con otras, se harán explícitas las conexiones sociales que se den entre ellas. De manera que salen a la luz los consiguientes efectos perversos, como son las diferencias sociales entre los individuos de los países en que su economía política se ve trastocada y se tiene que adaptar precariamente a la que marca la pauta. Estas transformaciones sociales que provoca, a gran escala, la globalización pueden derivar incluso en enfrentamientos internos, a veces muy cruentos. Los ejemplos más importantes son los que últimamente se han dado en el continente africano.

Mediante la categoría económica hemos tratado de clarificar el fenómeno de la globalización pero ha sido infructuoso, la globalización comporta un volumen de fenómenos demasiado amplio y variado como para que tal herramienta pueda ser útil. Por otra parte, como la economía solo funciona en el marco de sociedades políticas, lo que sucede es que el desbordamiento no es solo del ámbito de la categoría económica, sino también del ámbito de las categorías de la economía política, de manera que el Estado también se ve desbordado. Esto hecho provoca que se aparezca ante nuestros ojos una suerte de espejismo, el de que en el marco de la economía globalizada sea necesaria la transformación del funcionamiento del propio Estado. Así, distintos expertos señalan en estos tiempos que corren la desaparición del papel económico del Estado por mor de la globalización –esa desaparición era ya postulada por el marxismo, para la meta comunista final–. Hoy se dan «GLO-CO» que parecen haberse desconectado de la economía y de la política de sus Estados de origen, para depender de un –inexistente, aunque muy nombrado– sistema cosmopolita que parece funcionar de forma autónoma. Nada más alejado de la realidad, pues mientras que los Estados son los que mantienen el orden social con sus fuerzas de coerción, el sistema económico cosmopolita no mantiene nada. El sistema económico cosmopolita no ordena ni gestiona absolutamente nada, no hay ninguna estructura que lo armonice pues es una pura apariencia y no puede cumplir tal papel. Los trabajadores de las GLO-CO siguen, con sus impuestos, sustentado a sus respectivos Estados, los cuales a su vez harán que todos esos trabajadores se beneficien los servicios que conlleva esa dependencia política sea de nacimiento o de adopción. O sea, que los trabajadores no son, ni pueden ser, ciudadanos de ningún Estado ficticio del que pudiera depender la «empresa global» para la que trabajan.

Como ya hemos señalado más arriba, la globalización cosmopolita se conformó del todo como ideología política tras el derrumbamiento de la URSS, la globalización que este macroestado proponía era opuesta frontalmente a la que después ha propuesto con rotundidad la ideología capitalista vencedora. La globalización comunista incidía sobre todo en lo político «mediante el apoyo a los movimientos de liberación nacional, la guerra fría, la conquista del espacio, la superación en las tasas de desarrollo en cuanto al producto interior bruto… Desde el «bloque capitalista» el proyecto de globalización cosmopolita comunista era percibido simplemente como imperialismo» (pág. 210). Con dos fuerzas globalizadoras opuestas era necesario la caída de una de ellas para hablar de «una» economía globalizada. Ello puede entenderse sin ningún problema si atendemos a la famosa que, en su día, expreso Alejandro Magno en relación a su máximo oponente: solo hay un sol sobre nuestras cabezas, por lo mismo es inviable un Alejandro y un Darío a la vez.

Para poder entender la mecánica de la globalización debemos traer a colación la idea filosófica de Imperio. Esta idea se conformó como tal en la época clásica gracias a las aportaciones que –desde el terreno de lo que denominamos «filosofía mundana»– llevo a cabo el primer emperador de occidente, al que acabamos de hacer alusión, Alejandro Magno. Su idea de Imperio se oponía frontalmente a las tesis conservadoras de su maestro Aristóteles, defensor de una sociedad ético-política de pequeña escala, la de la ciudad-estado griega, y que sería la que hizo desaparecer su discípulo. Pero esta idea mundana de Imperio tardo algunos años a ser clarificada, concretamente su definición sería expresada por miembros de la Academia platónica{35}.

En las dos décadas de globalización oficial que llevamos a cuestas han surgido los denominados partidos, o movimientos, antiglobalización. Estos ven hoy día la globalización cosmopolita impulsada por EEUU como imperialismo (los norteamericano justo los años anteriores habían visto la pretensión soviética como imperialismo). Así pues, podemos señalar que la globalización cosmopolita como ideología se conformo en el marco del enfrentamiento que, durante casi cuarenta años, se dio con la globalización comunista. Ambas formas de globalización por sí mismas desbordan los horizontes económico y económico-político, por lo que son parte de otras posibles perspectivas en relación a lo que pueda ser la globalización cosmopolita. Entre las que podríamos incluir también la de Chomsky que, en su ataque frontal a la globalización capitalista, defiende la necesidad de una vuelta a la idea del proletariado unido. Chomsky plantea que el mundo necesita una «nueva Internacional» para luchar por una globalización que favorezca a los intereses de los seres humanos y no a los del gran capital{36}.

Para Gustavo Bueno, la idea de globalización cosmopolita señala una época que ha cambiado y que contiene en su seno una serie de periodos históricos que ya se han dado, por eso se refiere a ella como «idea historiográfica y periodológica», como una idea que implica por sí misma una filosofía de la historia. Desde esta nomenclatura histórica, Bueno concreta mucho más al definir la globalización como una idea «plataforma», sea la globalización que hemos señalado como «oficial», o sea la idea de «Globalización» que defienden los múltiples movimientos defensores de la antiglobalización. Los protagonistas que están denominando al fenómeno como «Globalización» están inmersos en él, en su «presente», un presente que es de gran trascendencia para la «Humanidad» pues es el « fin de la historia» , y en él están llevando a cabo sus acciones, sean analíticas, si pertenece a los primeros, o sean de rechazo, si de los segundos. Un caso muy similar a otros ya sucedidos en la historia, como es el de los que vieron en la época del emperador Cesar Augusto el momento histórico más importante, pues allí sucedió la división de la historia en los dos actuales segmentos partiendo del nacimiento de Jesús. «Tal es también el caso del «presente» en el que se situaron los revolucionarios franceses que establecieron como Año I el que siguió a la Asamblea de 1798. Este «presente» será representado en la periodización de Fichte, por conceptos plataforma tales como el de «Edad contemporánea»»{37}.

4. 3. Trituración de la idea de Globalización.
Los ocho modelos de globalización


Gustavo Bueno propone en La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización ocho distintos modelos de Globalización que se distinguen taxonómicamente al aplicar los criterios clasificatorios de «descenso» y de «distribución» para llevar a partir de ellos a los distintos e independientes modelos definidos (especies) en el desarrollo de su idea como género. La independencia que hay entre los modelos propuestos es total, de la misma manera que son independientes, por ejemplo, los cinco poliedros regulares –cada uno es una especie independiente– y conforman entre ellos el género único que los abarca. Esta clasificación distributiva tiene según Gustavo Bueno los efectos trituradores señalados en este subepígrafe, pues a la idea genérica de Globalización…

«…ni siquiera podrá dársele la condición de idea genérica «separable», como idea, de sus especies; es la cuestión que Locke planteó acerca del ‘triángulo universal’, respecto de sus especies taxonómicas, equilátero, isósceles y escaleno… La idea general de Triángulo es disociable de sus especies en la medida en que cada una de ellas puede ser sustituida por las otras en los teoremas trigonométricos generales.» (págs. 216-217.)

Pero cuando las especies no pueden aislarse unas de otras, la taxonomía se conforma como herramienta para la trituración de cualquier idea genérica y también de las distintas especies que puedan conformarla. Y así estas últimas podrán solo reconocerse en su virtualidad o potencialidad y nunca en su actualidad. Para explicar esto Gustavo Bueno lo ejemplifica mediante el análisis del concepto universal «vertebrado» que soporta una serie de clases, las «especies» señaladas, que no pueden ser independientes del todo por proceder unas de otras (peces, anfibios, reptiles, mamíferos…) y así solo pueden ser consideradas como «potenciales» o «virtuales» y nunca como «actuales». Al hilo de todo esto, podemos leer en las primeras páginas de «La vuelta a la caverna» que la «Idea de Globalización» parece excluir una posible consideración desde la lógica de las clases, aunque solo si partimos de una consideración «emic» de la «Idea de Globalización». Por el contrario, esto no será así si la Idea es considerada ‘etic’, una consideración que es más habitual y pese a la posible oscuridad que acarrea su definición, en este caso parece pedir un tratamiento de «clase lógica». La oscuridad de la Idea de Globalización tiene que ver pues con esta ambigüedad que aquí hemos apuntado. Gustavo Bueno va a triturar esta oscura «idea general» de Globalización que ha desbordado el marco de referencia –la categoría económica– que le habíamos impuesto para su clarificación.

Esa condición virtual que tiene la idea de Globalización conlleva una serie de «valores», de modelos, que Gustavo Bueno nos va a proponer más adelante, que no pueden a sí mismos ser expresados desde el punto de partida considerado para definirla. La idea de Globalización, considerada como idea funcional, llevaba implícita una «petición de principio», la de expresarse desde un anterior, y metafísico, «género humano» y, así considerada, los valores no tendrían cabida y habría que esperar, para su expresión, al total desarrollo de la Globalización como actual. Por paradójico que resulte, los mismos valores no actualizados son los que actúan como componentes de la idea de Globalización considerada en este mismo momento como realmente existente. A esta idea de Globalización es a la que, en el párrafo 2.2 de este estudio, la hemos calificado como «Idea aureolar». Los modelos de Globalización que más adelante propone la taxonomía expresada en «La vuelta a la caverna» serán, todos ellos, modelos de globalizaciones que no están acabadas, que están en marcha. Las «variables» sobre las que la función «globalización» va a darse son las que conforman el «genero de lo humano», de manera que podemos incidir, en primer lugar en una posible perspectiva diamérica, a la cual nos hemos referido también más arriba y desde la cual «la globalización tenderá a ser concebida como un proceso que afecta a las diferentes partes «pertinentes» del Género humano en cuanto se enfrentan mutuamente unas con otras, con la globalización como resultante» (pág. 37).

Al hilo de la anterior afirmación, señalamos que el ser humano siempre se encuentra disperso, aunque asociado, en distintos grupos como pueden ser: empresas, familias, asociaciones, Naciones, Estados, Iglesias… Estos grupos humanos son los elementos globalizables, ya que los individuos como tales, los sujetos de los Derechos Humanos, no son nunca objetos de la misma al ser de otro nivel holótico{38}. De manera que debemos tener en cuenta una segunda perspectiva, la metamérica, la cual está entretejida con la anterior a modo de dualidad inseparable. Una dualidad que estará siempre pivotando junto a otras clasificaciones que se propongan. Esta perspectiva metamérica nos la presenta Gustavo Bueno de esta manera: «la globalización del Género humano en el presente aparecería concebida como un proceso cuyo principio actúa «por encima de sus partes» (instituciones, empresas, Estados, clases sociales, agentes…), aun cuando les afecte a todos ellos, incorporándolos, por así decirlo, a su torbellino unitario»{39}. Esta perspectiva nos remite tanto a instituciones particulares, como la Iglesia católica o el gobierno USA, como a las instituciones públicas internacionales (ONU, FMI, BM…){40}.

En la taxonomía de la Idea de Globalización que nos propone Gustavo Bueno los modelos o valores se distribuyen a modo de especies independientes, tal sucede así porque entre ellas se dan incompatibilidades coyunturales. Para ejemplificar esta cuestión hace referencia a la relación que se da entre el cristianismo y el Islam. La integración de estas sociedades –podían haberse elegido muchas más posibilidades, no solo en términos de grupos de religión– es imposible, dado el esfuerzo contrario que desarrollan al mantener su identidad unas y otras. Mientras que para los islamistas el Dogma de la Encarnación es pura blasfemia, para los cristianos la idea de Dios musulmana es herética: «La integración sólo será posible si una de las dos sociedades, o las dos, se desentienden de sus creencias, o las reinterpretan de tal modo que las incompatibilidades puedan darse por desavenencias» (pág. 219).

La taxonomía que Bueno nos presenta y que despliega la idea de Globalización es el punto de partida para «una trituración de la Idea misma de Globalización en cuanto idea unívoca y ‘exenta’» (pág. 219). En su desglose incorpora acepciones que ya hemos considerado en el análisis, como son las de «globalización oficial» y las «globalizaciones alternativas». En un principio se señalan –para desecharlos– cuatro «modos» básicos de globalización (integración, redistribución, incorporación y dispersión) que, de ser utilizados, llevarían a distintas posibilidades de relación entre las partes que se globalizan, surgiendo los dos tipos de totalidades (atributivas y distributivas){41}. Esta mecánica se abandona por la importancia que tienen otras distintas posibilidades que cuentan desde el origen con lo globalizado, con su campo de acción –su materia–, el cual pide para empezar a decir lo que sea una serie de parámetros delimitadores (pues el Imperio americano como motor de la globalización tiene como campo de acción a todo el Globo terráqueo que es distinto al ámbito que globalizaba el Imperio romano). Todas estas posibilidades solo nos las da una consideración de «tipos» de globalización, una consideración que está desarrollada en el texto de 2004 a modo de taxonomía crítica.

Poniéndonos ya en camino, vemos que Gustavo Bueno parte de cuatro criterios:

— la «extensión interna» del proceso de globalización
— la «extensión externa» del mismo proceso
— la «intensión» que afecta a las distintas especies
— la «intensión» referida a todo contenido globalizado.

A lo que denominamos «extensión del campo globalizado» pertenecen los «términos» como, por ejemplo, las empresas, las naciones, las esferas culturales, las iglesias… y a la intensión, pertenecen las distintas categorías que hasta ahora hemos tenido en cuenta: las económicas, las políticas, las religiosas, las técnicas… Como la categoría económica de partida hemos visto que se va a ver desbordada se considera, en el marco de esta taxonomía, como un caso particular del fenómeno de la globalización.

Los criterios que señala Gustavo Bueno son criterios límite que marcan oposiciones dicotómicas que no se dan en la realidad, pero que marcarán las diferencias entre las distintas ideas de globalización, por la cercanía o alejamiento de éstas, en relación a situaciones también límite. Y los términos que maneja en el proceso se relacionan con ámbitos culturales, en ningún caso, con naturales, lo cual puede ser entendido sin problemas al observar que el fenómeno globalizador se da en el eje circular del espacio antropológico (a él nos hemos referido en el capítulo 2 de este estudio. Ver nota xi). Estos términos son a los que antes nos hemos referido como empresas, naciones, iglesias… Aquí tenemos que tener en cuenta directamente los individuos, pero solo en cuanto a ciudadanos o como a miembros de los términos anteriores e, indirectamente, tendremos en cuenta otros términos materiales –todo tipo de objeto desde lo inanimado a lo animado– que interesen a aquellas empresas, iglesias, &c.

La «extensión interna» nos lleva a tener en cuenta, a través de la distinción dependiente del primero de los criterios que señala Gustavo Bueno, dos tipos de globalización:

I. Las «globalizaciones expansivas o centrífugas», en las que el proceso parte de un punto y desde él se extiende a su entorno. Al final del proceso todos los términos afectados estarán «englobados» en una misma totalidad.

II.Las «globalizaciones contractivas o centrípetas». En ellas el punto originario se considera como un atractor que incorpora a su alrededor a todos los términos del campo y al campo mismo.

La «extensión externa» relaciona la globalización en curso con su campo de acción y distingue –en base a otro de los criterios– entre dos tipos de globalización:

(1) La «Globalización incoada», que marca los momentos iniciales de la aplicación de la Idea de Globalización en un proceso concreto{42}. Cuando se parte de ésta la Globalización suele interpretarse como una idea recta, pero esto es una apariencia pues la idea de Globalización es siempre oblicua por ser considerada desde la plataforma de la Globalización cumplida{43}.

(2) La «Globalización cumplida» es la plataforma desde la que la incoada puede comenzar a ser considerada como globalización: «solo llegará a serlo en función de su acabamiento, porque hasta entonces sólo será globalización «infecta», no perfecta, es decir, no será globalización.

Atendiendo a un tercer criterio y refiriéndonos ahora a la intensión del contenido globalizado de forma específica, surge otra nueva oposición, la de las formas de globalización unilineal y omnilineal:

a. La «Globalización unilineal» tiene en cuenta una sola línea del campo de referencia. El criterio cobrara una importancia especial cuando tal línea reclame la unicidad del proceso ya que pueden darse dos líneas incompatibles entre sí. Este sería el caso de las religiones monoteístas y sus negaciones mutuas.

b. La «Globalización omnilineal» se daría si se tienen en cuenta todas las líneas del proceso globalizador. Se dan ciertos procesos de globalización dependientes de distintas especialidades que entre sí no se consideran incompatibles –salvo si tenemos en cuenta el terreno comercial– como son los estilos artísticos, los alimentos, las lenguas…

El último criterio nos lleva también a la consideración de la intensión de los contenidos globalizados, pero esta vez sin un límite prefijado como las especies definidas del criterio anterior (religiosa, política…) por lo que la distinción que mejor se observará es la que se da entre una categoría y su conjunto. Gustavo Bueno incide en un problema relativo a la débil categorización de las categorías culturales en base a este criterio intensional, ya que estas categorías se involucran unas con otras haciendo casi inviable la definición de una globalización especializada pura. Con todo, tendremos dos formas de globalización:

A. La «globalización especializada». Así denominada por referirse a una sola categoría, como puede ser la económica que quiere trasladar la ampliación de los mercados a la totalidad del Globo, o la política que en el caso de la Globalización que tenemos en el presente estaría objetivada en el Imperio americano o en la democracia parlamentaria que tal Imperio lleva años exportando{44}.

B. La «globalización generalizada» se refiere a las más diversas categorías que pueden ser consideradas, teniendo en cuenta que incluso podría darse un caso límite en el que todas podrían tenerse en cuenta y tendríamos entonces que hablar de «globalización global» En estos términos, la «antiglobalización» en su faceta radical se debe considerar bajo esta forma de globalización, ya que en su ideario está presente el objetivo globalizador de una unidad de todo los seres humanos, en base a un pacifismo que paralelamente observa la anulación de las instituciones capitalistas –o cualesquier otras– concentradoras del poder.

De esta manera nos plasma Gustavo Bueno su taxonomía de los distintos modelos de globalización{45}:
 


Gustavo Bueno, Tabla taxonómica de ocho tipos de globalización según sus ideas correspondientes, La vuelta a la caverna: Terrorismo, Guerra y Globalización, Ediciones B, Barcelona 2004, página 227.

Gustavo Bueno cruza los criterios 1, 3 y 4 que vemos en la tabla para expresar mediante tal conexión los ocho tipos o modelos. El criterio 2 no se aplica en cada uno de los modelos de manera que los duplique. Cuestión esta que no sería desechable pero que no se lleva a efecto por la particularidad concreta que tiene este segundo criterio pues «contempla ‘in fieri’ los procesos de globalización y asume el supuesto de que ningún proceso de globalización en curso está acabado, o dicho de otro modo, que toda globalización es, a lo sumo, incoada. Por ello, las alternativas (1) y (2), ofrecidas por este criterio (las alternativas de la globalización incoada y la cumplida), no podrían considerarse como alternativas dadas en el mismo plano de realidad que las restantes» (pág. 227). La «Globalización cumplida», además, tiene una gran importancia en la estructura de la idea de globalización al ser considerada una «Idea aureolar». Por tanto, en el desarrollo de la taxonomía tendremos en cuenta, en cada uno de los tipos, la distinción dependiente de su desarrollo globalizador sea en forma incoada o cumplida.

La Idea de Globalización –como «idea general», la cual se desglosa en la tabla anterior– es considerada por Gustavo Bueno como una idea confusa que, en determinadas circunstancias, debe tenerse en cuenta dado que es la que comunmente se utiliza en los contextos mundanos. Pero esta idea confusa de Globalización es también la de un proceso infecto del que se puede dar razón, sobre todo si no sobrepasamos sus posibilidades y ampliamos su campo incorporando situaciones pretéritas, ya que la taxonomía expresada es eficaz cuando se aplica al estudio de la Globalización como fenómeno actual. Si la idea funcional de Globalización es tomada sin tener en cuenta los parámetros de la actualidad se hace oscura y los modelos expresados pierden toda su significación y su capacidad de expresar lo que sucede en nuestros días. Para despejar toda duda es mejor retomar las palabras de Gustavo Bueno:

«Pero ni el anillo Kula, ni la ruta de la seda, ni el periplo de Hannon pueden ser objetivamente (‘etic’) considerados como globalizaciones con el sentido paramétrico que hemos dado a la función Globalización, a saber, como Globalización determinada por el parámetro del Globo terráqueo (que es el Globo por antonomasia). Por ello, ni siquiera subjetivamente (‘emic’) pueden interpretarse como globalizacines los cursos de las canoas del anillo Kula, o las rutas de la seda o los periplos fenicios o cartagineses. Y esto por una sencilla razón, que, sin embargo, suele permanecer desatendida: porque sus agentes no conocían la esfericidad del Globo, y si la conocieron teóricamente, no pudieron establecerla realmente como parámetro. El único modo de establecerla es recorrerla de hecho y no sólo intencionalmente.» (págs. 230-231.)

Juan Sebastian Elcano fue quién fijó el parámetro primero de lo que iba a ser la Globalización de manera que al concretarse los límites máximos se pudieron establecer distintos estudios, de costes de producción, de costes de transporte entre bloques continentales, de gastos derivados de control político, de gastos de defensa... Marx, cuando habló de mercado mundial, tenía en mente alguno de los modelos de globalización que, a partir de esa primera y necesaria constatación geográfica por parte del navegante vasco, ya se habían incoado implícitamente –algunos, otros tardarían bastante en poder materializarse– en los presupuestos del Imperio español. Los modelos de Globalización que fueron posibles a partir de este hecho histórico nos los define de forma sucinta Gustavo Bueno de esta manera (los primeros cuatro son de carácter expansionista y los cuatro últimos atraccionistas){46}:

Modelo 1: Globalización de idiomas, de religiones o de sistemas políticos, con pretensiones expansivas universales globalizadoras, «imperialistas» y excluyentes.

Este primer tipo tiene en cuenta realidades culturales diferentes pero de las cuales se diga que son únicas, sea en el campo de las religiones (solo hay un catolicismo y un solo islamismo) o el de los idiomas (uno solo es el idioma ingles, uno solo es el español, aunque de ambos haya diferencias que pueden llegar a particularizarse en usos concretos, diferencias de matices, de cada uno de ellos dependiendo del país que lo hable: no es lo mismo el español de España que el de Méjico o el de Uruguay, pongamos por caso; como tampoco es lo mismo el inglés de Inglaterra que el de EEUU). Tanto el inglés como el español se encuentran en proceso expansivo de globalización, compitiendo ambos para ser idiomas universales (foros internacionales, Internet) de manera que objetivamente se expanden de forma unilineal.

Otro caso distinto al de los idiomas o las religiones es la globalización de lo que denominamos «democracia parlamentaria», este es quizá el caso más importante de este modelo. Es la forma de gobierno que EEUU quiere imponer mundialmente como «un objetivo prioritario de la Globalización, como garantía de la libertad y de la paz. En efecto, el 6 de noviembre de 2003, el presidente George Bush… acuña el concepto de «revolución democrática global»» (pág. 232). Una democracia que para el presidente norteamericano sería incluso consistente con el Islam, pues se dan casos paradigmáticos. Además, desde el gobierno de Ronald Reagan ha pasado de ser la forma de gobierno de cuarenta paises a serlo de muchos más de cien. La globalización del sistema democrático que propone Bush es el de una globalización expansiva (criterio 1) que tenía como uno de sus puntos de mira un país como la República popular de China, por lo que solo de modo ambiguo puede verse como una globalización inacabada (tal como expresa el criterio 4), debe considerarse como especializada, si atendemos a lo político (criterio 2) y también como unilineal (criterio 3) pues deja de lado cualquier otro sistema político. Para Gustavo Bueno la mayor debilidad de este proyecto globalizador es la consideración de promotora de paz y libertad a escala mundial, ya que tal punto de vista es gratuito… «Pura metafísica, si presuponemos que la democracia parlamentaria es inseparable del sistema de mercado pletórico universal y, por tanto, que la globalización de la democracia es, en si misma, un proyecto abstracto, imposible de llevar adelante, a espaldas de la globalización de los mercados pletóricos de la sociedad del bienestar» (pág. 233).

Modelo 2: Universalización del «American Way of Live», en cuanto comporta la expansión de un sistema político, de una lengua, de una forma de familia, de unas costumbres, de una determinada arquitectura doméstica, de una moral y de una religión.

La Segunda Guerra Mundial supuso un punto de inflexión en la forma de hacer política de EEUU, desde su primera forma aislacionista al proyecto actual de Globalización que quiere llevar su influencia a todo el orbe, transformando cualquiera de los «modus vivendi» en el «American Way of Life». Un modo de vida que lleva aparejado la forma de vivienda, la indumentaria, la alimentación, del tipo de música, también la democracia parlamentaria, así como la monogamia, el deísmo… de manera que «lo que hoy va reconociéndose casi universalmente como «Imperio norteamericano» es el cauce de la globalización más ceñido al modelo 2 que podríamos citar» (pág. 233). Y es, por otra parte, este modelo es el que mejor se ajusta a la «idea oficial de globalización».

Modelo 3: Política exportadora de las empresas respecto de productos universalmente consumibles (vinos, quesos, &c.), que no se consideran mutuamente excluyentes.

Este modelo globalizador es el que se expresa en los casos que se da una política exportadora de un producto considerado típico o propio de un país, por ser único o por habérsele dado un «marchamo» distintivo, pero que se considera que puede ser aceptado para consumo en todos y cada uno de los países. Los ejemplos que nos da Gustavo Bueno son los de los quesos, o los vinos, elaborados autóctonamente y que pueblan hoy día las grandes superficies de los supermercados. Un fenómeno globalizador que se aprecia en los mercados cada día más y más.

Modelo 4: Política exportadora por parte del Estado o de las empresas particulares de múltiples productos de cada país, en competencia con los de cualquier otro.

Este modelo representa cualesquier unidades políticas o culturales en sus formas expansivas y hegemonistas, las cuales están limitadas por las mismas tendencias recíprocas de las otras unidades políticas y culturales que son de signo contrario. A modo de ejemplo ilustrativo señala Gustavo Bueno que «cada especie animal tendería a reproducirse indefinidamente hasta recubrir el Globo… los bacalaos, que depositan millones de huevos en cada puesta, tienden a transformar el océano en una suerte de «pasta de bacalao» que llegaría a término si no fuera porque otras especies frenen constantemente su tendencia expansionista» (pág. 235).

Modelo 5: Retrasmisiones en televisión formal, de acontecimientos que son únicos en cada momento: coronaciones, bodas, entierros reales.

Este modelo es el primero de los considerados –a partir del criterio 1– como atraccionistas. Los cuatro modelos anteriores, en base a ese mismo criterio, eran expansionistas. Este modelo, como los tres que le van a seguir, tiene la característica de asemejarse a una suerte de atractor situado en el centro de lo que quiere atraer hacia sí, en el centro del resto del Globo. Este punto o lugar de atracción tiene como más clara ejemplificación a la televisión formal cuando emite eventos que en principio se considerarían, por el que retrasmite, de interes mundial. Los ejemplos que señala Bueno son múltiples y van desde las visitas presidenciales, caso de Nixón a China, hasta los Juegos Olímpicos del año 2000, citando en concreto los de Seul, con alrededor de 3.000 millones de espectadores (la mitad de la población mundial de la época). Cantidad ésta superada con creces por el visionado en televisión formal del derrumbamiento de las Torres Gemelas de Nueva York al año siguiente.

Gustavo Bueno define estos procesos globalizadores actuales, mediante los conceptos expresados en su cuadro taxonómico, del siguiente modo: especializados (A), pues la especialidad marca que lo es de información televisada de un momento y lugar concreto; unidimensionales (a), ya que en cada ocasión un único país se convierte en centro de la atención; y como centros atractores (II), la Globalización se comporta en este caso así porque el suceso que sea, la boda o el entierro eral, por ejemplo, se retrasmite desde un lugar y centro único

Modelo 6: China en cuanto «Imperio del Centro», dotado de unicidad.

La República Popular China del siglo XXI quiere ser, y está hoy día trabajando para ello, un atractor universal. Su proyecto globalizador no es expansionista en el sentido que lo han sido y son los Imperios occidentales, «sino un modelo centrípeto, que estaría orientado a la creación de una «China esférica», inexpugnable, pero no tanto «aislada del Mundo mediante una muralla» cuanto conectada con el resto del globo a título de campo gravitatorio que afectase a todas las demás sociedades… este modelo, por otro lado, reproduciría de algún modo, en escala ampliada, el modelo del Imperio romano desde Augusto hasta Constantino. China, erigida en núcleo del «campo gravitatorio» del Género humano, se proyectaría como un atractor global aproximándose a su definición originaria como «centro del Mundo»» (pág. 236).

Modelo 7: Las televisiones de diversos paises como símbolos de la «aldea global».

Gustavo Bueno imprime un sesgo distinto a la definición de McLuhan referida a la televisión como aldea global. Esta «aldea global» parecía comunicar a todos los hombres entre sí a través de sus receptores. Pero la «difusión» es un modo no claro de explicar esta estructura globalizadora, mientras que sí lo es la «atracción». La televisión globaliza mediante una atracción multilineal, pues todas las televisiones que retransmiten el evento mundial que sea se enfocan hacia ese escenario atractor.

Modelo 8: Imperialismo económico-político del Imperio romano o del Imperio americano presente.

Algunos teóricos analizan las globalizaciones que han promovido y promueven algunos Imperios desde este último modelo. Ejemplo del pasado sería el Imperio romano y, del presente, el actual Imperio norteamericano. Dice Bueno que cuando Roma venció a Cartago, su control sobre los territorios adyacentes se amplió rápidamente: «extrajo recursos monetarios del conjunto de su esfera de influencia e importó grandes cantidades de productos alimenticios y manufacturados: «Todos los caminos conducen a Roma». Esta globalización de la economía mediterránea determinó una polarización de la sociedad en forma de una plebe económicamente inútil por un lado y de una plutocracia depredadora por otro (de una minoría atiborrada de riquezas dominando a una población proletarizada)… El mismo modelo de globalización intenta ser aplicado en el análisis del Imperio norteamericano del presente» (pág. 237).

Cuando Gustavo Bueno termina de explicar sus ocho tipos de globalización relaciona su análisis con las ideas de globalización barajadas en un primer momento de cara a reexponerlas ante esta nueva luz. Estas ideas son las de «globalización oficial» y las de «globalizaciones alternativas».

En primer lugar, y desde la perspectiva «emic», la «Idea oficial» de la Globalización:

— Se ajusta al tipo (I), pues se entiende en sentido expansivo

— Pretende ser (b), tiende a la universalización, lo cual le aproxima a lo omnilineal

— A tenor del tipo (A), quiere conformarse como globalización especializada, sobre todo si se tiene en cuenta como fenómeno fundamentalmente económico

En conclusión, desde la perspectiva «emic», la Globalización está cerca del modelo que tiene el número 3.

En segundo lugar, y desde la perspectiva «etic», la «Idea oficial» de la Globalización, tiene otras características:

— Se sigue ajustando al tipo (I) por lo que se entiende también en sentido expansivo

— Ya no tiende a ser omnilineal y se considera como efecto de un solo punto de acción (a) que, como no podría ser de otra manera, está representado por Estados Unidos

— Teniendo en cuenta el punto de vista «etic» de los grupos antiglobalización, se ve esta idea oficial «no como mero proceso especializado económicamente, sino como un proceso más general (B), no solo económico, sino político, muy próximo al Imperialismo: los movimientos antiglobalización suscriben muchas veces las pancartas: «Yanquis, Go Home» (pág. 239). Esta idea «etic» de Globalización se aproxima por tanto al modelo 2.

Las ideas relativas a las globalizaciones alternativas divergen solo en la oposición I/II, y puede afirmarse que casi todas ellas se ajustan al modelo 2 de la tabla, además, las diferencias que pueda haber entre ellas solo dependerán de categorías que las definirán en cada caso.

4.4. ¿Los Estados Unidos de Norteamérica como motor de la Globalización?

Gustavo Bueno ha señalado que después de la Segunda Guerra Mundial se dio un punto de inflexión en la forma de hacer política de EEUU, de manera que ante esa nueva situación política comenzaría su proyecto de Globalización particular. Un proyecto que quiere convertir cualquier «modus vivendi» de los que se dan en el mundo en el «American Way of Life». Este modo de vida lleva aparejada una serie de características: la foma de vivienda, la indumentaria, la alimentación, el tipo de música, la democrácia parlamentaria, la monogamia, el deismo… Como ya hemos visto, lo que hoy reconocemos como «Imperio norteamericano» es el que mejor se ajusta a la «idea oficial de globalización». Cuando Gustavo Bueno explica cómo es el primero de los modelos de Globalización de su tabla taxonómica vemos como Estados Unidos quiere imponer globalmente el idioma inglés y, también, exportar su forma de gobierno, pero hemos apuntado también que el caso más importante de este modelo es el de la forma de gobierno a exportar por el Imperio, la «democracia parlamentaria». Esta es la condición indiscutible para poder poner en práctica el modo de vida señalado antes. Esta forma de gobierno es la que que EEUU quiere imponer mundialmente como objetivo prioritario de la Globalización, y será la garantía de la libertad y la paz en todo el orbe. Lo que George Bush (hijo) expresó con la «revolución democrática global», una idea que estaba ya en el inconsciente colectivo de los norteamericanos, pues en 1845 lo había, en cierto modo, expresado el periodista norteamericano John Louis O’ Sullivan: el papel mundial de los Estados Unidos tenía, según él, un «destino manifiesto». La doctrina parece señalar la misión «beatífica» de llevar la libertad a otros territorios. O ‘Sullivan la expresó como tal y por primera vez, pero se ha invocado múltiples veces por muchos presidentes, el último en hacerlo, el apuntado más arriba.

Frente a estas formas globalizadoras impulsadas por los intereses de la primera potencia mundial actual debemos sin embargo señalar otras. Consideremos el eslogan repetido y repetido en mucha páginas web y que se expreso por primera vez, en 2003, por Noam Chomsky: «El futuro de la humanidad depende de oponerse a la globalización». Para esté militante antiglobalización –que por su condición de filósofo de renombre quizá sea el más importante entre todos ellos– cada medida neoliberal coarta las mismas decisiones democráticas para fomentar con ellas la tiranía de los intereses privados. Estamos por tanto en una nueva tesitura de choque de «globalizaciones». A la globalización de EEUU se le opone la globalización pacifista que promueven en general los que están a la cabeza de los movimientos antiglobalización (ATTAC, Greenpeace, Ecologistas en Acción, Los verdes, Amigos de la Tierra, Earthaction…), con dirigentes como Walden Bello, José Bové, Bernard Cassen, Susane George, y tantos otros. En la página web del diario «El país» podemos ver como definen su papel: «Los activistas antiglobalización exigen una sociedad más justa, el control del poder ilimitado de las multinacionales, la democratización de las instituciones económicas mundiales y la distribución más equitativa de la riqueza. Sus enemigos principales son las multinacionales y las grandes organizaciones económicas y políticas internacionales, fundamentalmente el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI)»{47}. Gustavo Bueno incide en que hoy estos partidarios de la antiglobalización ven el fenómeno de la Globalización como imperialismo norteamericano. En general, defienden la necesidad de una vuelta a la idea del proletariado unido: «el Género humano, es la Internacional». Una «nueva Internacional» para luchar por una globalización que favorezca a todos los hombres y no a unos pocos. Chomsky se autopostula como teorizador de una «globalización global» (así la denomina Gustavo Bueno cuando define las distintas categorías de globalización, las cuales aquí parecen mostrarse como entrelazadas en una). Esta unificación de globalizaciones llevará –al menos así lo considera el ideario pacifista- a la anulación de todo poder que tienda a la tiranización del ser humano.

Por lo tanto, la respuesta a la pregunta del último subepígrafe estaba ya contestada en la taxonomía que Gustavo Bueno nos da en «La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización». Estados Unidos quiere regalarnos su modo de gobierno, por ser el mejor de los conocidos y el que nos va a traer paz y bienestar. En ese marco político los ciudadanos de los países democratizados conseguiremos lo más importante: ser unos consumidores felices –pues podremos elegir lo que más nos guste, dependiendo de nuestro particular poder adquisitivo– en el cada vez más consolidado mercado pletórico. Frente a esta Globalización está la de los movimientos que se le oponen frontalmente y que con sus peticiones de paz se resisten a salir «de la caverna». Estos movimientos se dan en un abanico de posibilidades que van desde la mayor ignorancia de lo que sucede hoy día en nuestro mundo hasta cierta ingenuidad imperdonable en autores de renombre, como es el caso de Chomsky. Gustavo Bueno lleva a cabo un análisis, en su texto de 2004, que clarifica y concreta las ideas que, dada su tremenda oscuridad, se aparecen ante los ojos de los militantes antiglobalización como sencillas y simples… metas posibles/fáciles de conseguir. Pero la simplicidad es un espejismo, una fantasía que puede desaparecer si se atiende a las definiciones que Gustavo Bueno nos ha expresado con tanta rotundidad. El texto está ahí, al alcance de todos. Todos lo puede leer y, la decisión de salir o de volver a la caverna, será siempre de cada uno.

Notas

{27} Bueno, La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización, Ediciones B, Barcelona 2004.

{28} Ibídem, pág. 196. Bueno cita el texto de Economía política de F. von Kleinwächter, editado en 1940.

{29} Un ejemplo de este rechazo –en España, pero que seguro lo es de más lugares del mundo– es la oposición, que va más allá de lo verbal, en la colaboración que estas empresas tienen que mostrar ante organismos nacionales como es el INE, el cual se ve en algunos casos forzado a multar a algunas de ellas cuando se muestran reacias a facilitar los datos relativos a su producción o a los precios de sus productos. Unos datos que el INE les solicita mensualmente para llevar a cabo sus estadísticas sobre «índices de producción y de precios industriales».

{30} Ib., pág. 198. El término «dumping social» puesto entrecomillas en el buscador de Google tiene casi treinta mil entradas, mientras que «dumping político» no llega ni a doscientas, además de que la mayoría está usado como metáfora del primero. Gustavo Bueno aclara más abajo que el «dumping social» solo alcanza el sentido que se le quiere dar si se le enmarca en una inexistente «globalización cosmopolita» y si no se tiene en cuenta el falso fenómeno se convierte en un mero fenómeno puntual, derivado de la política oportunista del mandatario de turno para conseguir más rendimiento económico.

{31} Bueno, La fe del ateo, Ediciones Temas de hoy, Madrid 2007, pág. 367.

{32} Bueno, La vuelta a la caverna…, pág. 261.

{33} http://www.bibliotecapleyades.net/sociopolitica/sociopol_chomsky03.htm La cita está sacada de la anterior página web. Con relación a este famoso autor señalaremos aquí que es quizá la figura más emblemática entre los defensores de la «antiglobalización». Cuando participó en enero de 2002 en el «II Foro Social de Porto Alegre» defendió la necesidad de una «nueva Internacional» para luchar por una globalización que favorezca a los intereses de los seres humanos y no a los del gran capital.

{34} Bueno, La vuelta a la caverna, págs. 207-208.

{35} Estas cuestiones están tratadas más profusamente en el texto de Gustavo Bueno España frente a Europa, Alba Editorial, Barcelona 1999, capítulo III (la cita es de la página 183).

{36} Esta propuesta la elevó en enero de 2002 cuando intervino en el «II Foro Social de Porto Alegre».

{37} Bueno, La vuelta a la caverna, pág. 213.

{38} Las definiciones de diamérico (http://www.filosofia.org/filomat/df034.htm) y metamérico (http://www.filosofia.org/filomat/df035.htm) pueden verse en el diccionario de filosofía del materialismo filosófico de Pelayo García Sierra.

{39} Bueno, Ibídem, pág. 37.

{40} Aquí, Bueno aprovecha para mostrar cuan equivocados estaban los que, con Lyotard a la cabeza, afirmaban el fin de los «grandes relatos», debido a que siempre que se tiene en cuenta la idea de «todo», coextensivamente también la de «parte», es forzoso huir de de cualquier tipo de pensamiento fragmentario como es el defendido por esos autores posmodernos que renunciaron a los desafíos que su consideración nos plantean.

{41} A las totalidades distributivas nos hemos referido en nota anterior. Las atributivas pueden rastrearse en el diccionario symploke (http://symploke.trujaman.org/index.php?title=Totalidades_atributivas) y ambas en el diccionario de «filomat» de Pelayo García: (http://www.filosofia.org/filomat/df024.htm)

{42} Aquí, la idea de globalización es una idea oblicua. Para definir éstas ideas y sus correlatos, las ideas rectas, debemos acudir al texto de Gustavo Bueno «España frente a Europa» cuando analiza la idea de Nación. En él señala que toda idea oblicua es la que está construida a partir de una plataforma que no está explicada de forma explícita y que con su introducción provoca la reinterpretación de la idea que en principio se consideraba «recta».

{43} Dice Gustavo Bueno: «Esta idea oblicua de Globalización puede tomar múltiples valores, según los parámetros determinantes del campo a globalizar (el ‘fondo’ del proceso) y del Globo resultante de la Globalización. Por ejemplo, si tomamos como campo a la «biosfera» en cuanto «entidad» distribuida en múltiples biotopos, hablaremos de «globalización de una especie» para describir el proceso mediante el cual esa especie (según ya hemos dicho) va desbordando su biotopo en forma de plaga, a fin de colonizar a todos los demás lugares de la biosfera. Pero solo podríamos hablar así cuando nos hemos situados en la plataforma de una «colonización total», ubicua… Sólo desde esa plataforma, podríamos interpretar la propagación de la plaga como el proceso de su globalización. Si eliminamos la plataforma de referencia, ya no podremos hablar de globalización, sino únicamente de plaga, más o menos invasora. Bueno, La vuelta a la caverna, pág. 223.

{44} En relación a estas categorías «poco categorizadas», Bueno cita a Stiglitz que, desde su economicismo, mezcla dos formas de globalización sin entrar a un análisis de sus distintas particularidades: «la globalización no se identifica con la «globalización mal llevada»… y entonces, la globalización puede ser una fuerza benigna: «la globalización de las ideas sobre la democracia y la sociedad civil han cambiado la manera de pensar de la gente». Bueno, La vuelta a la caverna, pág. 226.

{45} El cuadro está sacado directamente del libro de Gustavo Bueno, Ibídem, pág. 227.

{46} Los ocho tipos están enumerados en la página 228 de «La vuelta a la caverna», y en las siguientes están desarrolladas las explicaciones que considera pertinentes y de las cuales hacemos un resumen en este estudio.

{47} http://www.elpais.com/especiales/2001/antiglobalizacion/pretensiones.html

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