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| Simón Bolívar Vida y Obra - Batalla de Ayacucho | O títeres o protagonistas |
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Los jefes de Estado y de Gobierno de América
Latina, EE.UU, Canadá y el Caribe - con excepción de Cuba - se
reunieron del 20 al 22 de abril de 2001 en Quebec en la Tercera
Cumbre de las Américas. Elemento clave del Plan de Acción aprobado
fue la reafirmación del compromiso de crear un Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA), anunciado por primera vez en Miami
en 1994. Ahora se aspira a que el ALCA sea realidad no más allá de
diciembre de 2005. Con alrededor de 800 millones de consumidores -
cerca del 15 % de la población mundial - y un PIB de 9 billones de
dólares, una zona de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del
Fuego sería la mayor del mundo A partir de los años ochenta no obstante, los procesos de integración recibieron un nuevo impulso. Ello fue, por un lado, la reacción latinoamericana a la tendencia mundial a formar bloques económicos, ya que si los países latinoamericanos no querían enfrentarse a dichos bloques de forma individual, tenían que unirse a ellos o si no formar sus propios bloques económicos. Por otro lado, ese nuevo impulso a la política de integración en la región fue la respuesta a un cambio de paradigma económico iniciado en los años setenta y consolidado tras la crisis de la deuda externa que supuso la adopción de modelos de desarrollo de orientación hacia el mercado y hacia el exterior. También el restablecimiento de los regímenes democráticos, que supusieron una mayor participación de la sociedad civil y mejores relaciones entre los países, contribuyó al renacimiento de la idea de integración latinoamericana. Los procesos de integración ya existentes trataron de adaptarse al nuevo entorno político-económico y en los años noventa se firmaron nuevos acuerdos, que, a diferencia de los anteriores, tendieron principalmente a la creación de zonas de libre comercio o a zonas preferenciales para bienes y servicios, personas y capital. Además, esos nuevos proyectos de integración, a diferencia de pasadas experiencias, no persiguieron objetivos excesivamente ambiciosos ni irreales y apostaron por la negociación intergubernamental de medidas liberalizadoras selectivas y la apertura de mercados mediante reducciones arancelarias progresivas.
La integración económica a nivel regional no solo significa nuevos mercados para los países participantes, sino que además supone por un lado la puesta en marcha de procesos de aprendizaje institucional y por otro, acerca a los productores nacionales nuevas técnicas de producción y estrategias comerciales, sin las que el acceso a los exigentes mercados de los países industrializados les quedaría vedado. Especialmente para los países pequeños de América Latina, la integración económica ofrece la posibilidad de reforzar su poder de negociación. La participación en alianzas regionales de integración se entiende por lo tanto como un paso en la senda hacia un mercado mundial más libre. Hasta ahora los volúmenes del comercio entre las diferentes alianzas de integración latinoamericanas son relativamente reducidos (véase tabla 1): en el período 1990 - 99, p. ej., solo un 4,4 % de las exportaciones del Mercosur se destinaron a la Comunidad Andina (CAN), menos de un 1 % al Mercado Común Centroamericano (MCCA) y, por el contrario, casi un 20 % al NAFTA. En elmismo período, solo un 3,6 % de las exportaciones de la CAN fueron al Mercosur, mientras que 47 % se destinaron al NAFTA. Colombia es un ejemplo típico de las relaciones económicas latinoamericanas ya que en 1999, siendo la quinta economía de América Latina, solamente exportó bienes a Brasil y Argentina por valor de 166 y 50 millones de dólares respectivamente, lo que supone menos del 2 % de las exportaciones colombianas totales de dicho año. Para la mayoría de países o alianzas de América Latina, tal como indican estos datos, el mercado latinoamericano ha sido y es mucho menos importante que el mercado norteamericano. La profundización de las relaciones comerciales entre las economías latinoamericanas no solo fue frenada por las barreras arancelarias y no arancelarias todavía existentes, sino también por la escasez de estructuras productivas complementarias y por el retraso tecnológico de la región. Los productos industriales competitivos de origen latinoamericano son en su mayoría de poca complejidad técnica, salvo que disfruten de ventajas arancelarias con respecto a las importaciones desde terceros países. Hasta ahora solo México se ha decidido por una cooperación
norte-sur al entrar en la zona de libre comercio norteamericana
NAFTA y es con ello el único país latinoamericano que ha dado una
respuesta a la pregunta esencial en el debate sobre la integración
económica en América Latina: ¿resulta más conveniente para las
economías latinoamericanas, estrechar lazos comerciales con países
industrializados o con otros países con un nivel de desarrollo
similar?
Mercosur: ¿motor o freno de
la integración? Entre las alianzas de integración regionales latinoamericanas
existen importantes diferencias en su poder económico y con ello en
su relevancia como agentes económicos a nivel mundial. Sin lugar a
dudas, el Mercosur, constituido formalmente en 1991 y cuya dinámica
de integración está determinada por Argentina y Brasil, tiene el
mayor peso económico y político.
A diferencia de otras alianzas latinoamericanas, el comercio de
bienes intrarregional del Mercosur ha mostrado un dinamismo
excepcional. Ello es considerado por los críticos como ejemplo de
los costos en términos de desvíos de comercio que provocan las
alianzas de integración en Sudamérica. Por tanto, bloques
comerciales al estilo Mercosur son a veces vistos como una amenaza
para el objetivo del libre comercio mundial. Sin embargo, la crítica
de que el Mercosur supone un regreso al proteccionismo a nivel
regional carece de fundamento, pues las economías que lo integran
no han hecho sino abrirse al mercado mundial y reducir sus barreras
arancelarias: a mediados de los ochenta, el arancel promedio de las
economías del Cono Sur era de un 41 %; en 1999, apenas alcanzó al
13 %.
A su vez, sin embargo, el Mercosur ha resultado hasta ahora
bastante vulnerable en tiempos de crisis. En 1999, tras la crisis
monetaria de Brasil se temió por su continuidad. Especialmente
Argentina padeció las consecuencias de la crisis brasileña, ya que
el crecimiento económico argentino en los años anteriores se había
visto muy favorecido por el comercio con Brasil. Las ventas a
Brasil, que en 1998 supusieron cerca de un 30% del total de las
exportaciones argentinas, se redujeron considerablemente tras la
devaluación de la moneda brasileña, mientras que a su vez, las
importaciones procedentes de Brasil se multiplicaron debido al
consecuente abaratamiento del tipo de cambio. Tanto Argentina como
Brasil tomaron medidas para proteger los intereses nacionales, que
fueron contra el espíritu y contenido del Tratado del Mercosur. La
influyente Unión Industrial Argentina (UIA) incluso exigió una
eventual suspensión del Arancel Externo Común (AEC), lo cual
hubiera supuesto de hecho la paralización del Mercosur. Ante las
continuas diferencias con Brasil, se ha llegado a debatir en
Argentina y Uruguay la posibilidad de llevar nuevamente el Mercosur
de una unión aduanera a una zona de libre comercio y aceptar la
oferta estadounidense para negociar acuerdos de libre comercio
bilaterales. No obstante, los países del Mercosur se han
comprometido a no firmar más acuerdos preferenciales bilaterales
después del 30 de junio de 2001, ya que dichos acuerdos anularían
el AEC.
Los indiscutibles signos de crisis en el Mercosur hacen evidente
la necesidad de consenso entre los países miembros acerca de sus
objetivos y de la medida en que dichos objetivos son congruentes
entre sí. Es imprescindible además que se identifiquen y
jerarquicen los intereses comunes, pues solo basándose en intereses
comunes «pro Mercosur» será posible reavivar el dinamismo de ese
esquema de integración
Principios rectores de las negociaciones del ALCA
El Mercosur es realidad, ALCA es proyecto El futuro de los procesos de integración en América Latina es incierto y aún no se tiene claro qué estrategia de integración puede garantizar el mayor éxito. ¿Debe profundizarse el Mercosur antes de ser ampliado o se puede garantizar y acelerar la dinámica de integración mediante la incorporación de nuevos países en la alianza? Para los Estados de la CAN, ¿qué supone una mejor oportunidad para conseguir nuevos mercados, la adhesión al Mercosur o al NAFTA? ¿Qué política de integración permitiría a los países latinoamericanos resolver más a su favor cuestiones muy discutidas dentro de la OMC, tales como el proteccionismo agrario o los estándares ecológicos y sociales? En esas cuestiones de gran importancia para el futuro desarrollo económico de América Latina, sin embargo, no existe consenso. Las diferencias existentes en la estructura y el nivel de los aranceles vigentes en los países latinoamericanos hacen que éstos ponderen de distina manera la importancia de los temas que se negocian. Las economías con mayor grado de apertura relativa consideran los temas arancelarios como más relevantes, mientras que las demás muestran mayor interés por los temas no arancelarios. En todo caso, los principales beneficios que traería el ALCA para los países latinoamericanos se derivarían de la mayor certidumbre en torno a la eliminación de medidas pro-arancelarias, dado que el margen para incrementar los aranceles de preferencia es ya muy pequeño. Por un lado, hay quienes son partidarios de establecer vínculos económicos puramente bilaterales o multilaterales, manteniendo algún grado de preferencia especial que tenga en cuenta su nivel de desarrollo relativo, y por otro lado, están los defensores de una estrategia de integración basada en la formación de bloques económicos. La segunda vertiente, mayoritaria, tiene hasta ahora su máxima expresión en el proyecto ALCA, el cual supondría la formación de una alianza que abarcaría todo el hemisferio americano. Este proyecto es especialmente apoyado por México que ve en él una ampliación del NAFTA a todo el continente, lo cual le permitiría consolidar los logros económicos vía NAFTA y balancear el peso abrumador que EE.UU. tiene en ese tratado. Sin embargo, entre los países del Mercosur, aunque éstos participan activamente en el proceso de constitución del ALCA, no hay unanimidad a la hora de valorarlo. Especialmente Brasil, que no está dispuesto a optar por el ALCA a cualquier precio, se muestra partidario de avanzar en el proceso de integración regional a nivel latinoamericano antes de que las negociaciones sobre el ALCA puedan llegar a su fase decisiva. En Argentina, por el contrario, hay grupos políticos influyentes que prefieren el proyecto ALCA antes que la ampliación del Mercosur. Después de todo, Argentina es el único país al cual EE.UU. le ha concedido el status de «mayor aliado no miembro de la OTAN» y además, el gobierno argentino sabe agradecer el apoyo brindado por EE.UU. en las duras negociaciones con instituciones financieras internacionales sobre el refinanciamiento de la deuda externa argentina Tres dimensiones de la integración Realidad es que en la Cumbre del 31 .8./1. 9. 2000 en Brasilia todos los jefes de Estado sudamericanos reafirmaron su intención de unir Mercosur y CAN mediante un acuerdo de libre comercio en el cual, incluyendo Chile, Guyana y Surinam, estarían representados los 12 países sudamericanos. Ese proyecto del rea de Libre Comercio Sudamericana (ALCSA) no solo tiene una dimensión económica, sino también política y cultural. El ALCSA competiría con ALCA en el aspecto económico, en el sentido de que como zona de libre comercio tiene que servir principalmente objetivos comerciales. Sin embargo, el ALCA se puede interpretar también como una ampliación del NAFTA hasta Tierra del Fuego, o sea como un Gran NAFTA (GNAFTA), en cuyo caso adquiriría a su vez una dimensión política, compitiendo así con el ALCSA también en ese aspecto. Desde que EE.UU lanzó en junio de 1990 la «Iniciativa para las Américas», la política exterior brasileña se ha mantenido invariable con respecto a los planes de integración norteamericanos, aunque el tono de su diplomacia ha tenido matices. Desde el punto de vista brasileño - compartido por otros gobiernos sudamericanos - EE.UU. utiliza el proyecto ALCA para invalidar los proyectos de integración económica latinoamericanos y configurar así una América de acuerdo con el ideal estadounidense. A pesar de que el presidente Bill Clinton en un viaje a América Latina en octubre de 1997 declaró tajantemente que el Mercosur era compatible con una futura ALCA, desde el punto de vista económico y político, en presencia del ALCA quedarían tanto el Mercosur como el ALCSA reducidos a un proyecto meramente cultural. Como consecuencia se considera que la decisión de Quebec de avanzar en las negociaciones y concretar el ALCA va indudablemente a debilitar la cohesión de las alianzas latinoamericanas y a quitar atractivo al proyecto ALCSA. Sobre todo para las economías de Centroamérica y el Caribe la perspectiva ALCA modifica el cálculo costos-beneficios de sus estrategias de integración, aunque no conseguirán un mercado libre sin dar nada a cambio. Brasil reafirmará la identidad sudamericana de manera aún más vehemente y tratará de sincronizar las negociaciones sobre el acuerdo de libre comercio americano con avances en negociaciones paralelas sobre un acuerdo Mercosur-UE, ya que para la mayoría de los países sudamericanos los mayores beneficios se derivarían de una realización paralela del ALCA y de acuerdos de libre comercio con la UE. Sin embargo, las ofertas de negociación propuestas por la UE en julio de 2001 resultaron muy limitadas desde el punto de vista de los Estados del Mercosur ya que la UE no realizó concesiones en cuestiones referentes a las exportaciones agrícolas hacia Europa, esenciales para el Mercosur. Para el presidente estadounidense George W. Bush, el proyecto ALCA tiene quizás el sentido de remarcar las intenciones de liderazgo de su país. Sin embargo, no es seguro en absoluto que el Congreso de EE.UU. vaya a considerar el ALCA como vital para los «intereses nacionales». Igualmente cuestionable es si América Latina está ahora mismo interesada en una apertura total de sus mercados. Las economías latinoamericanas tienen ventajas comparativas en productos agrícolas (entre otros, productos cárnicos, alimentos procesados, grano y ganado), pero la competitividad internacional de sus industrias es todavía bastante limitada. De cualquier modo, para garantizar una exitosa política de integración en América Latina se debe partir de la base de que toda estrategia de integración futura no puede fundamentarse en la «solidaridad latinoamericana», sino que debe estar determinada por los intereses económicos y políticos de los partícipes. En ese sentido, no existe ni un interés general americano, ni latinoamericano, sino que los intereses respecto a la reducción de barreras comerciales o al acceso transfronterizo de capital y trabajo cambian considerablemente de país a país. Por un lado, libre comercio significa incrementos de bienestar para los que participan de él, pero por otro lado el logro de beneficios económicos a través del libre comercio depende de las ventajas comparativas existentes y de los aranceles nominales aplicados respecto a competidores extranjeros. Mientras los perdedores potenciales del libre comercio no tengan garantías de que van a ser compensados por los ganadores, intentarán oponerse a él o por lo menos intentarán reducir los riesgos de la integración económica mediante claúsulas de excepción. Actualmente, en el debate sobre las alternativas para la integración económica en América Latina los procesos de integración a nivel regional y a nivel del hemisferio se consideran excluyentes. Sin embargo, deberían ser vistos como diferentes estadios de un mismo proceso, en el que la ampliación a corto y medio plazo del NAFTA hacia el sur y del Mercosur en dirección ALCSA y posteriormente hacia el norte del continente puedan tener un desenlace común en el ALCA. En ese sentido, la perspectiva de integración del ALCA no debe ser considerada por los países latinoamericanos como una amenaza a sus esfuerzos por profundizar la propia integración económica de la región, sino que, por el contrario, el avance en los procesos de formación de alianzas entre las economías latinoamericanas debe ser visto como la base para el éxito de procesos más ambiciosos de integración hemisférica. (*)
Hartmut
Sangmeister es catedrático de Economía del Desarrollo en la
Facultad de Ciencias Económica de la Universidad de Heidelberg |
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