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Fuente: Herramienta
Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen,
su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch,
por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno
de los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también
para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de
pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos
asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual
europeo, cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica
a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la
forma en que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y
cualidades que sólo son producto de condiciones sociales. Revolución conservadora Debemos reconocer que estamos actualmente en un período de
restauración neo-conservadora. Pero esta revolución conservadora
asume una forma sin precedentes: no hay, como en tiempos anteriores,
ningún intento de invocar un pasado idealizado mediante la exaltación
de la tierra, la sangre, y los temas de las antiguas mitologías
rurales. Es un nuevo tipo de revolución conservadora que, para
justificar su restauración reclama una relación con el progreso,
la razón y la ciencia –la economía, en verdad–, y a partir de
esto intenta relegar el pensamiento y la acción progresiva a un
estatus arcaico. Se erige como patrón de normas para todas las prácticas,
y por tanto como norma ideal, el orden del mundo económico librado
a su propia lógica: la ley del mercado, la ley del más fuerte.
Ratifica y jerarquiza la norma de los llamados mercados financieros,
el retorno a un tipo de capitalismo radical que no responde a
ninguna ley más que a la máxima ganancia; un capitalismo sin
tapujos, desenfrenado, que ha sido llevado hasta el límite de su
eficiencia económica por medio de las formas modernas de conducción
Management y las técnicas manipuladoras como la investigación de
mercado y las propagandas de venta y comercialización. Fatalismo economicista Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por
el pensamiento –el fin de las utopías criticas– no es nada más
que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos
empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1)
dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse en
el marxismo. Juzgar por los resultados La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus
resultados, que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para
probar por medio de trucos estadísticos y trampas groseras que
Estados Unidos y Gran Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay
desempleo masivo. Los trabajos que hay son precarios, la permanente
inseguridad resultante afecta una creciente proporción de la
población, aun en las clases medias. Hay una profunda desmoralización
ligada al colapso de la solidaridad elemental, especialmente en la
familia y todas las consecuencias de este estado de anomia:
delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo, la reaparición
en Francia y en otros lugares de movimientos políticos de corte
fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones
sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como
conservadurismo pasado de moda. A esto podemos sumar ahora la
destrucción de las bases económicas y sociales de las más
notables conquistas culturales de la humanidad. La autonomía de la
cual gozaban los universos de la producción cultural en relación
al mercado, que había crecido continuamente por medio de las luchas
de los escritores, artistas y científicos, está cada vez más
amenazada. La dominación del "comercio" y de "lo
comercial" sobre la literatura aumenta día a día,
especialmente por medio de la concentración de la industria de
publicidad que está cada vez más sujeta a las restricciones de la
ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos preguntarnos qué
quedará del cine artístico experimental europeo en diez años, a
no ser que se haga todo lo posible para proporcionar a los
productores de vanguardia los medios de producción y más
importante aún, de distribución. Todo esto, sin mencionar los
servicios sociales, condenados o a las órdenes directamente
interesadas de las burocracias estatales o empresariales o a ser
estrangulados económicamente. Utopismo razonado ¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno más o
menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida y la fortaleza
social al "utopismo razonado" del que habla Ernst Bloch
refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar ¿cómo
debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole un
riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre
"sociologismo" (la pura y simple sumisión a las leyes
sociales) y "utopismo" ( el desafío audaz de estas
leyes), Ernst Bloch describe al "utópico razonable" como
quien actúa en virtud de "el pleno conocimiento conciente del
curso objetivo", la posibilidad objetiva y real de su "época";
a quien, en otras palabras, "anticipa psicológicamente una
posible realidad". El utopismo racional se define como opuesto
tanto al "pensamiento ilusorio que siempre ha traído descrédito
a la utopía" como a "las trivialidades filisteas
preocupadas esencialmente por los hechos". Se opone al
"derrotismo ultimatista" –la herejía de un automatismo
objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo
serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo en el
cual se dan– y, al mismo tiempo, al "activismo por sí
mismo" , puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3) Resistencia europea La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible
restauración conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente
puede ser europea en el sentido de liberarse de intereses,
presunciones, prejuicios y hábitos de pensamiento que son
nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo realmente una acción
de todos los europeos, en otras palabras, una combinación
concertada de intelectuales de todos los países europeos,
sindicatos de todos los países europeos, de las más diversas
asociaciones de todos los países europeos. Es por esto que la tarea
más urgente del momento no es elaborar programas europeos comunes,
sino la creación de instituciones –parlamentos, federaciones
internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello:
camioneros, editores, maestros y demás, pero también defensores de
árboles, peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás– en el
seno de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados
programas europeos. La gente podrá decir que todo esto ya existe,
pero yo estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más
que mirar la actual situación de la federación europea de
sindicatos; la única corporación internacional europea que se está
construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los
tecnócratas, contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería
el primero en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas,
nacionalistas o –peor aún– populistas que se ciernen sobre
ella.
* Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo. Pierre Bourdieu es uno de los principales sociólogos y antropólogos contemporáneos, autor entre otros muchos de libros como El oficio del sociólogo (en colaboración con J.C Chamboredon y J:C Passeron), La distinción, El sentido práctico, La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, etc. Director de la revista Actes de la recherche en sciences sociales y de numerosos trabajos colectivos de investigación, como el publicado bajo el título La misère du monde, así como de incisivas denuncias contra las manipulaciones mediáticas, se destaca también por su militante solidaridad con las luchas de los trabajadores y, más recientemente, ante la guerra en los Balkanes, por una clara postura de condena tanto a la agresión de la NATO como la “limpieza étnica” lanzada contra los kosovares por el régimen de Milosevic Notas: (1) Ernst Bloch, L’ésprit de l’útopie, [1923], París, 1977,vol.1, p. 290. (2) Bloch, L’ésprit de l’útopie, vol. 1, 176. (4) Pierre Bourdieu, La Misere du Monde, París, 1993 Fuente: Herramienta |
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