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| Los Bereberes - Los Tuaregs - Apuntes históricos de África - |
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Fuente Evidentemente, la crisis y la guerra del Golfo han tenido extraordinarias consecuencias en todos los niveles constitutivos del escenario mundial: el geoestratégico, el económico, el político, el cultural, etc. A esto hay que añadir que estas consecuencias incalculables por definición sólo están en el comienzo de su efectividad. A nivel del mundo árabe, hemos pasado de un espacio topológico a otro, con todo lo que esto supone de enredo de las referencias históricas, políticas y culturales que se habían acumulado durante el periodo anterior; reestructuración de los subconjuntos "nacional-estatales", tanto en su composición interna como en sus mutuas relaciones; y, por último, nuevas líneas de tensión, a partir de las cuales van a constituirse las nuevas estrategias políticas, económicas y sociales, internas y externas. Está surgiendo una nueva "axiomática" de base, que exigirá del intelectual árabe una profunda reestructuración de su material de análisis, incluidas las hipótesis y los objetos de investigación. Comencemos con cuatro observaciones (de tipo periodístico, por cierto, pero no por ello menos significativas de las líneas de ruptura venideras)
Desde luego, este hecho social tiene sus razones.
Algunas están ligadas a la posición de estos países con respecto a
Occidente; una mayor proximidad geográfica, cultural (antigua colonización
y actual emigración), económica y a nivel de medios de comunicación, ayudó
a estos países a "descifrar" con mayor pertinencia el discurso y el
comportamiento de los países occidentales, a leer con mayor sutileza las
estrategias subyacentes a uno y otro, y a ser, por la tanto, más
vigilantes y sensibles a sus subterfugios. Evidentemente, también hay una
cultura anticolonial compartida por los países del Magreb y con recuerdos
aún frescos de las luchas de liberación de los años cincuenta. Por último,
también está el hecho de que las sociedades de estos países no han sido
desgarradas por las luchas étnicas y religiosas de sus homólogas de
Oriente Próximo, exacerbadas por la monstruosa militarización de sus
regímenes políticos (justificada, sin duda, por la permanente amenaza
israelí, pero que ha tenido dramáticas consecuencias para el sometimiento
de las poblaciones y el control de las libertades cívicas). Este comportamiento diferencial de las sociedades del
Magreb en comparación con las del Machreq replantea la cuestión de la
dialéctica de estas dos regiones, pero esta vez a partir de las nuevas
luces impuestas por la guerra del Golfo: la "arabidad" no sigue las líneas
de la geografía, sino las de la historia, que, desde luego, sigue estando
ligada al "patrimonio", pero no exclusivamente y en la forma mítica y casi
obsesiva en que lo estaba en el periodo anterior. Actualizada por la
experiencia de nuestros días, la arabidad se "desplaza" hacia las
sociedades del Magreb y, en este desplazamiento, se enriquece con la
dimensión de una nueva centralidad, articulada esta vez en torno a la
noción de "proyecto". Una noción que no reemplaza al eje patrimonial,
suprimiéndolo, sino que lo engloba, y sustituye la retrospección volcada
al pasado, que lo caracterizaba, por la noción más dinámica de
"perspectiva".
Pero, al estar sostenida por la experiencia
democrática más que por las dictaduras políticas y militares, esta
arabidad arrastrará, a un mismo tiempo, a las autoridades locales y a las
metrópolis del Centro a intervenir duramente para limitar y controlar su
expresión, cuando no para prohibirla abiertamente. Derechos humanos y democracia fueron la cobertura
ideológica que utilizaron las potencias occidentales para absorber la
crítica social y política que expresaban las sociedades árabes en su deseo
de libertad. Utilizaron esa cobertura para debilitar a los Estados árabes,
presentándose como las defensoras de la exigencia democrática de los
pueblos frente a la dictadura de los poderes. La guerra del Golfo ha mostrado claramente que el apoyo
brindado por las potencias occidentales a la exigencia democrática de los
pueblos árabes sólo era una táctica de penetración ideológica entre las
élites locales y de debilitamiento de los sistemas políticos. La experiencia democrática de las sociedades árabes, en
cuanto se desconecte del apoyo occidental que, aun involuntariamente,
recibió, será inducida creemos a ser más auténtica y autónoma, y a unir,
en un solo movimiento, la exigencia de libertad interior y la de
independencia exterior. Esta experiencia democrática, después de haberse
constituido en los "márgenes" de la experiencia de liberación nacional y
de la cultura nacionalista y anticolonial de nuestra historia reciente,
está obligada, por las nuevas circunstancias, a incorporarse orgánicamente
a esa experiencia liberadora y a unir en un mismo destino a ambos
movimientos.
Sin duda, los hechos eran conocidos y vividos
como tales por unos y otros, pero hoy son reconocidos y se expresan en una
nueva conciencia política, a la que el unitarismo del periodo anterior
tenia precisamente como objetivo enmascarar y ahogar. De este
reconocimiento, y del movimiento social y político que lo sostiene, surgen
nuevos datos, que pueden desempeñar un importante papel en la
recomposición de la arabidad como conciencia y como proyecto, y también en
la reconstrucción del mundo árabe como realidad histórica. Especialmente,
la "identidad árabe" ya no puede bastarse a si misma con un vago
sentimiento de pertenencia cultural, indicado por las referencias de un
pasado común y organizado en torno a un idioma y a una religión; limitada,
por lo tanto, al campo cultural. Antes que como una herencia y un "legado
de nuestros ancestros", la arabidad aparece como un derecho, un interés
compartido, un futuro común. Derecho, interés, futuro: otras tantas
dimensiones ligadas a la experiencia histórica real que se hace hoy y
mañana y a las batallas efectivas (sociales, económicas y políticas) que
se juegan en los conflictos que vivimos hic et nunc. De este modo, la
arabidad entra en la modernidad, provocando una verdadera implosión de su
núcleo cultural, mito anestésico de la conciencia histórica, que cubrió
con el velo de la "identidad" las ya intolerables desigualdades del
espacio árabe "realmente existente".
El islamismo o islam político, orgánicamente
ligado al modelo cultural "del Golfo" y manipulado, de cerca o de lejos,
por las potencias occidentales (que lo utilizaron como hicieron, por lo
demás, con la exigencia democrática de Ias sociedades árabes para
debilitar la experiencia nacionalista árabe y eliminar en ella todo lo que
contenía como proyecto de liberación y emancipación), se ha hundido, junto
con su modelo, en la alianza norteamericana. Desde luego, ante las realidades internacionales del
momento, no podía sino resurgir de la memoria, a nivel de la conciencia
colectiva, el recuerdo de las "cruzadas", y, de este modo, reactivarse la
dimensión religiosa, así como la tentación de leer el presente histórico,
o, más bien, de interpretarlo, a través de los textos sagrados. Pero la
dura realidad de los hechos, que la guerra del Golfo ha revelado a la más
simple observación, ha producido una doble separación, que, a nuestro
parecer, la experiencia venidera consolidará. A1 estar ligado al bloque de la alianza, el islamismo
como modelo político rival del Estado moderno y de las exigencias de
desarrollo, si no de supervivencia, impuestas a éste por las necesidades
históricas se alejará del islam como experiencia religiosa, como cultura
colectiva y como civilización. En otras palabras, la hegemonía cultural y
política del modelo "del Golfo" en las sociedades árabes asentada, a la
vez, en el colapso del paradigma naseriano y en el "petrocrecimiento" ha
entrado en la fase descendente de su ciclo. Arabidad e islamidad ocupan
espacios adversos, porque la segunda ha sido "utilizada" por las "petromonarquías"
para eliminar el proyecto liberador contenido en la primera. Desde el punto de vista de la unidad árabe, esta
relación de adversidad se desarrolla en beneficio del islam político, cuyo
"poder disuasivo" se alimenta tanto de las políticas de ajuste estructural
que fueron impuestas a los Estados árabes frágiles, como del desasosiego
de sociedades ahogadas por la acumulación de derrotas (militares,
económicas, políticas); todo, articulado por el poder financiero de las
monarquías del Golfo, que se convirtieron en el polo activo de la nueva
hegemonía. La guerra del Golfo ha hecho saltar en pedazos esta
construcción geopolítica, y, en el mismo movimiento, la propia relación de
adversidad. En la división institucional del mundo árabe que hoy vivimos,
el islam político se ha inclinado, con sus amos, del lado de la alianza.
Descubierta la mistificación, el islam debe despojarse de sus oropeles
tácticos para volver a la dimensión que le es propia: la de una religión,
una cultural un área de civilización, indispensable complemento del
proyecto de desarrollo y de la emergencia de un espacio geopolítico árabe
que esté a la altura de los desafíos de mañana. La guerra del Golfo primera consecuencia estratégica de
la perestroika soviética ha acelerado Ia descomposición del mundo árabe
construido en el mismo movimiento de Yalta y de la guerra fría. La unidad
de fachada que tuvo durante este período no ha podido resistir las
extraordinarias tensiones que acompañan el reequilibrio de fuerzas
internacionales que hoy tiene lugar. Sobre los escombros del primero puede emerger un nuevo
espacio árabe, pero no con la chapucería de los periodos anteriores, ni
las confusiones y las perezas intelectuales que fueron el sustituto de su
cultura y de su ideología. La identidad árabe que está por construir ya no puede
bastarse a si misma con una adscripción patrimonial indiferente al tiempo
histórico y a las realidades sociales y económicas, que son lo único que
puede darle la fuerza de un rechazo aún pendiente, pero con la
participación activa de las sociedades civiles. Un nuevo esquema extraído de su cáscara mitológica,
abierto a la experiencia histórica de los pueblos e informado por las
realidades del mundo y la praxis colectiva de la gente parece estar
reconstituyéndose sobre nuevas líneas de fuerza. Estas se llaman:
contemporaneidad (como situación del ser colectivo en el presente y el
devenir histórico), democracia (como forma insuperable de la libre
expresión), igualdad (como relación social fundamental) y, por último,
modernidad (como redespliegue del islam en calidad de experiencia
religiosa). Por supuesto, estas exigencias axiomáticas están supeditadas a las fuerzas de depredación y destrucción que las potencias de la alianza, organizadas en torno a Estados Unidos de América, pondrán en marcha en lo que llaman el Nuevo Orden Internacional. Sin embargo, también en este caso, y en las situaciones más dramáticas que uno pueda imaginarse, la dialéctica de la adversidad daría más fuerza y energía a la aplicación de estas exigencias. Fuerza y energía que sólo pueden ser bebidas de la experiencia colectiva de la gente y que son lo único que puede dar una significación concreta al binomio "resistencia-desafío", que, hoy más que nunca, orientará la relación de fuerzas internacionales |
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