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La bomba sobre Hiroshima - Anexo 2

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Recuerdos de Hiroshima y Nagasaki / Anexo 1 / Anexo2 / Anexo 3

.
Peace Declaration
. Declaración de la Paz
. Sobreviviente de Nagasaki
. Relato después de los asesinatos masivos

050808 - La bomba de Hiroshima

El
día 5 de agosto de 1945, en la base térca de Tiniaii, una isla de las Marianas a 200 km. de Guam, una tripulación de B-29 -la famosa "superfortaleza volante"- integrante del  509." Grupo Mixto y preparada desde muchos meses antes en la base secreta de Wendover, en Utah, para una misión especialísimaa, esperaba llena de ansiedad la llegada de una orden.  El entrenamiento había sido durísimo y realizado en el más absoluto aislamiento.  La tripulación la encabezaba el coronel Paul Tibbets, veterano jefe de grupo de B-17 con múltiples misiones en Europa y el norte de África y que había sido elegido por sus excepcionales cualidades técnicas y personales. Él había escogido como hombre de la más absoluta confianza, para acompañarle en la misión, al oficial bombardero Tom Ferebee, experto en el bombardeo por medios visuales, y al oficial de derrota Ted van Kirk, llamado «Dutch», navegante critísimo.

Durante meses habían hecho prácticas de lanzamiento de una rara bomba a la que se llamaba familiarmente «La Cosa", un enorme cilindro dotado de cola, cuyo contenido explosivo era un arcano para casi todos, Sólo Tibbets estaba en el secreto de su carga nuclear y, llegado el momento del lanzamiento, la pregunta que le obsesionaba era: ¿la deflagración alcanzaría a volatilizar el avión portador de la bomba? «No obstante confesaría después el propio Tibbets- yo confiaba plenamente en los científicos y sabía que sus cálculos eran de una precisión total.  Ellos me habían explicado que, en el instante de la explosión, mi avión se habría alejado 17 kilómetros del punto cero en relación con la trayectoria de la bomba.  Por otra parte, en cuanto al problema de la onda provocada por la bomba, los ingenieros aeronáuticas me aseguraron que mi superfortaleza soportaría¡ un choque de 2 g, es decir, el doble de su propio peso.»

Aquel día 5 se llegaba a la fecha de la gran decisión, porque los meteorológicos habían pronosticado que el período entre el 6 y el 9 de agosto ,cría el más favorable para realizar el bombardeo desde el cielo japonés

Robert J. Oppenheimer nació en  1904, en Nueva York, siendo hijo de un emigrante alemán llegado a América a los 14 años y que posteriormente haría fortuna en negocios textiles. Desde su más temprana infancia, Oppenheimer demostró poseer una inteligencia privilegiada.  Sus estudios superiores los cursó en Harvard, simultaneando las humanidades con la física y la química.  Dotado de una gran ansia de saber, y con una extraordinaria capacidad para asimilar conocimientos, se interesó por el  pensamiento oriental, estudió el hinduismo y llegó a dominar el sánscrito, aparte de numerosas lenguas vivas.  En 1925 se diplomó cum laude en Harvard.  Posteriormente, amplió estudios de física en Cambridge con Rutherford, en Gotinga con Born y Dirac y más, en Zurich Leyde.

Su brillantez intelectual y la profundidad de sus estudios le hicieron perfilarse como un científico de gran porvenir, que había encontrado su camino en la más fascinante empresa que en la década de 1930 se le podía proponer a un físico: la investigación atómica.  En 1 92 9 empezó a dar clases de física en la Universidad de Berkeley, donde dispuso de un importante laboratorio de investigación.

Alineado entre los intelectuales americanos de ideas socialmente progresivas, Qppenheimer no hizo un secreto de su antifascismo ni de su filo marxismo, aunque no llegara a militar en el partido comunista.  En el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, mantuvo una relación íntima con una doctora, conocida militante del comunismo.

En 1942 -a los 38 años- le ofrecieron la supervisión y el control global del Proyecto Manhattan y la dirección del súper laboratorio de Los Álamos.  La oportunidad de tener a su alcance la construcción del ingenio más poderoso de todos los tiempos fue tentación que venció todos los escrúpulos morales de Oppenheimer.  Durante el proceso de fabricación de la bomba volvió a tener contacto con su antigua amiga, la militante comunista, hecho que no escapó al conocimiento del general Groves, responsable máximo de la seguridad.  El general, tras una conversación afondo con Oppenheimer, se aseguró de que éste había roto sus relaciones con la extrema izquierda y, valorando la importancia proyecto' lo confirmó en el cargo.  El éxi alcanzado con la fabricación de bomba y sus efectos sobre Japón hicieron que Oppenheimer fuera exalta do por la prensa y la opinión pública americana como el hombre que había hecho posible el victorioso final de guerra.

Ante el problema moral suscitad por la carrera atómica, Oppenheimer descubrió el personaje hamletiano que llevaba dentro, manifestándose pese a sus reparos íntimos en pro de continuidad de las investigaciones Por eso constituyó una gran sorpresa el saberse, en octubre de 1945, que abandonaba la dirección de Los Álamos y volvía a la enseñanza.  En 194 fue designado director del Instituto de Estudios Superiores de Princeton y entró a formar parte de la Comisión de Energía Atómica. Cuando en 1950 el presidente Truman ordenó la construcción de la bomba de hidrógeno, Oppenheimer, una vez más, se mantuvo en una duda atormentada por el alcance de la carrera nuclear, pero sin alinearse entre los opositores.

En 1954, al llegar el período de la «caza de brujas», Qppenheimer fue acusado de «actividades antiamericanas» por haber mantenido relaciones con elementos comunistas.  Con arreglo a las prácticas utilizadas por la Comisión de Encuesta, se le declaró «indeseable para toda función que supusiese un acceso a secretos militares».  Pese a la protesta de gran número de científicos, Oppenheimer hubo de sufrir años de ostracismo oficial Durante ellos, no obstante, continuó trabajando en la Universidad y dando conferencias.  En 1958 viajó a París, fue recibido en la Sorbona y el Gobierno francés le otorgó la Legión de Honor, todo lo cual e una especie de desagravio al que se asociaron los científicos europeos.

En 1963 fue rehabilitado y se le otorgó el premio Fermi, el más alto galardón que se concede a los destacados en la investigación nuclear.

Falleció en 1967, en Princeton.

Su vida fue una demostración del enfrentamiento del hombre de ciencia con unos problemas éticos y morales que le desbordan.  El mito del «aprendiz de brujo» tuvo en el patético destino de Oppenheimer su más patente manifestación.

En el verano de 1939, la energía nuclear había desvelado ya sus inmensas posibilidades destructivas.  La fisión del uranio, llevada a cabo por primera vez por Enrico Fermi, iba acompañada por un desprendimiento enorme de energía.  Pero esto no era todo: si la fisión del primer núcleo podía emitir varios neutrones, cada uno de éstos podía provocar la fisión de otro núcleo, que a su vez al fisionarse emitía... Era la reacción en cadena prevista por Joliot y Szilard. La idea de estar ante una fuente de energía inimaginable, la posibilidad de tener al alcance la preparación de una mítica fuerza explosiva, sobrecogió a los físicos que habían llegado a abarcar teóricamente los efectos de la fisión en cadena.  Pero se estaba en 1939.  Muchos físicos, investigadores del átomo, habían abandonado Alemania por su condición de judíos. Otros, como el italiano Fermi, habían emigrado en desacuerdo con el fascismo que imperaba en su país.  Y todos ellos se habían refugiado en Estados Unidos.  La idea de que los sabios alemanes que habían quedado en su tierra pudieran preparar el arma atómica era una suposición que podía hacer de Hitler el amo del mundo.

Ante esta temible eventualidad, Leo Szilard, un científico atómico húngaro refugiado en Norteamérica, pidió a Albert Einstein que llamase la atención del Gobierno americano sobre el peligro que amenazaba, si los nazis conseguían preparar una bomba atómica.  Entre dudas y reticencias, el tiempo pasó.  Entre tanto, los ensayos y las investigaciones nucleares habían proseguido en Princeton, en Berkeley, en Columbia... En 1941, los japoneses atacaron Pearl Harbor.  Estados Unidos era ya un país beligerante. Ello precipitó la decisión.  En agosto de 1942 se llegó a un acuerdo para unir esfuerzos entre el Gobierno americano y el británico a fin de comunicarse sus investigaciones, y el Ejército americano recibió el encargo de dar prioridad absoluta, acelerando, coordinando y recabando cuantos recursos fueran necesarios para realizar un proyecto al que se le puso el nombre clave de «Manhattan».  Su objetivo era fabricar la primera bomba atómica.

En el otoño de 1942, el general Leslie Groves, que había sido designado responsable del proyecto, se entrevistó secretamente con el físico Robert J. Oppenheimer, un brillante investigador cuyas cualidades personales de animador, capacidades de coordinador y poder de captación le hacían especialmente idóneo para dirigir en lo técnico la suma de esfuerzos que iba a representar el proyecto.

El lugar elegido para situar la planta de acabado fue Los Álamos, en Nuevo México, lejos de cualquier centro habitado.  En la bomba se puso a trabajar un ejército de científicos, de técnicos, de militares: directa o indirectamente, más de cien mil personas, la mayoría ignorantes de la finalidad real de su trabajo. La movilización fue total.  Todos los recursos disponibles se pusieron al servicio de la gigantesca empresa.  Cientos de millones de dólares se gastaron en un esfuerzo tecnológico que abarcó una colosal Planta construida en Tennessee, un grandioso laboratorio en la Universidad de Columbia, una enorme instalación en Oak Ridge, otra en Hanford.  Yen Los Alamos, junto a la planta atómica, surgió una ciudad habitada por los científicos y sus familias. Era difícil que aquella dispersión no traicionara el secreto exigido.  Pero los severísimos controles y la más estricta vigilancia evitaron cualquier filtración.

Al principio se creyó que la bomba estaría lista en un año, pero se llegó a 1944, con el proceso muy avanzado. La evidencia de que Alemania no podría ya obtener la bomba y el sesgo favorable de la guerra contra Japón decidieron al científico danés Niels Bohr, premio Nobel de Física, a dirigir un memorando al presidente Roosevelt previniéndole contra «la terrorífica perspectiva de una competencia futura entre las naciones por un arma tan formidable».  Pero el mecanismo infernal no podía ya detenerse. La posesión de la bomba era un objetivo demasiado codiciado.

En julio de 1945, todo estaba listo para la gran prueba.  En Los Alamos se hallaban Oppenheimer, Bohr, Fermi, Bethe, Lawrence, Frisch... toda la plana mayor de los sabios nucleares. El día 16, a las dos de la madrugada, las personas que debían intervenir en la primera prueba estaban en sus puestos a varios kilómetros del punto cero.  Se fijó la hora H para las 5 de la madrugada.  A las 5.30, una luz blanca, radiante, mucho más brillante que el sol del mediodía, iluminó el desierto, las montañas en la lejanía...

La superfortaleza volante B-29, fabricado por Boeing, fue el mayor avión construido durante la  Guerra Mundial. Proyectado en 1939 y tras un período de prueba en el que tuvieron que superarse múltiples deficiencias técnicas, las primeras entregas a ultramar se hicieron en marzo de 1944.  Intervino, decisivamente en las operaciones aéreas contra Japón y Alemania. . Fue el primer gran bombardero construido en serie dotado de compartimentos presurizados.  También fue el primero que dispuso de un sistema centralizado y sincronizado de tiro de las ametralladoras.  Sus dimensiones era n gigantescas: longitud, 30 metros; envergadura, 43 metros.  Iba equipado :con cuatro motores Wright de 2.200 HP de potencia, que le daban una velocidad máxima de 585 kilómetros por hora a 7.600 metros de altitud.  La ,velocidad de crucero de gran alcance era de 350 kilómetros a la hora, siendo su radio de acción de más de 8. 000 kilómetros y su techo de servicio de 9.700 metros. Su tripulación estaba integrada por 11  hombres.

Su armamento constaba de 10 ó 12 ametralladoras y un cañón de 20 mm y su carga explosiva podía ser de lcuatro bombas de 1.800 kilos u ocho de 900 kilos.  Para cargar la bomba de uranio, el Enola Gay hubo de acomodar su bodega, dado que las dimensiones del ingenio superaban los 70 cm y ,de diámetro ' los 3 m de longitud.

La acción más espectacular y destructiva en la que participaron los B-29 fue el bombardeo realizado en la ,noche del 9 al 10 de marzo de 1945, Por 279 aparatos de este tipo sobre: Tokio.  En una sola noche, las superfortalezas destruyeron casi 25 kilómetros cuadrados del centro de la capital japonesas arrasaron el 25 % de los edificios de la: ciudad.  Cerca de 85.000 personas perdieron la vida y otras tantas ,resultaron heridas, ¡,mientras que un millón de habitantes ,de Tokio quedaron sin hogar.

El día de la rendición de Japón, las fuerzas aéreas norteamericanas tenían en servicio 3.700 bombarderos del tipo B-29.Las superfortalezas todavía tuvieron una importante participación en la guerra de Corea; pero en 1955, con la puesta en servicio de los grandes bombarderos a reacción B-47 y B-52 y la del B-36 mixto, los B-29  fueron retirados definitivamente.

En esencia, la bomba atómica es un reactor o pila nuclear que no utiliza moderador (es decir, ninguna sustancia que frene las partículas emitidas por el elemento radiactivo) y en la que se origina una reacción en cadena.

Dos trozos de material radiactivo (uranio 235 en la Little Boy que se lanzó sobre Hiroshima y que aparece en la fotografía inferior,- plutonio 239 en la Fat Man que se lanzó sobre Nagasaki), de masa inferior a la crítica (es decir, a la masa a la que la reacción en cadena se produce de forma espontánea) y separados por un espacio vacío, son impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa resultante es superior a la crítica, produciéndose la reacción nuclear.

Efectos a partir del centro: Dependiendo de su tamaño, los efectos de una deflagración nuclear, se expanden en círculos concéntricos a partir del punto de impacto, que normalmente se encuentra situado a cierta altura sobre el terreno.

El círculo más exterior es, lógicamente, el de menor destrucción y la causa principal de ésta es la radiación térmica, que produce una «tempestad de fuego», quemaduras e incendio.

En el círculo intermedio, donde la causa principal de destrucción es la onda de la explosión (expansión y choque), se producen derrumbamientos, roturas de conducciones de gas y agua, proyección de cascotes y cristales, etc.

Finalmente, en el círculo interior, la destrucción es total a calísa de las enormes temperaturas (en Hiroshima, 17.000 personas «desaparecieron» carbonizadas y pulverizadas) y la radiación mortal.

Los diámetros de estos círculos varían; por el . ejemplo, en una bomba de cien kilotones (unas siete-cinco veces la de Hiroshima) son de dentro a fuera:2,5 km., 8 km. y 16 km

Plan de vuelo

El vuelo tenía prevista la hora de despegue para las 2.45 de la madrugada del día 6, esperándose alcanzar el objetivo -que podía ser Hiroshima, objetivo prioritario, o bien Kokura o Nagasaki- seis horas después, es decir a las 8.15, hora exacta que se había precisado en función de las previsiones de la meteorología.  Tres superfortalezas acompañarían en el despegue al Enola Gay.  Una de ellas tendría como misión el dar los datos meteorológicos en el último momento y ya sobre el espacio aéreo japonés, designando en función de este factor la ciudad que quedaría marcada por el fatal destino de sufrir el comienzo de la era atómica.  En los otros dos aviones viajarían los científicos encargados de observar y registrar los efectos de la bomba.

Al término de la exposición del plan de vuelo, Tibbets anunció con voz grave que le era necesario dar una información adicional del más alto interés.  Y habló de que se trataba de lanzar una bomba cuyos efectos significarían muy probablemente la derrota de Japón y el fin de la guerra.  Tibbets, sin embargo, se abstuvo de mencionar el calificativo de «atómica» aplicado ala bomba, pero precisó que la potencia del infernal ingenio equivaldría a la de 20.000 toneladas de trilita.  Sus palabras causaron una impresión profunda en la tripulación, a la que se había incorporado el copiloto Bob Lewis, el ametrallador de cola Bob Caron y de la que formarían parte tres personas más: el capitán Parsons -ya citado- y su ayudante el teniente Morris Jeppson, quienes tendrían a su cargo el activado de la bomba una vez en vuelo; y a ellos se añadiría el teniente Beser, especialista en electrónica

El despegue hacia un objetivo desconocido

Y llegó el momento decisivo.  A la 1.45 de la madrugada despegó el B-29 destinado a la misión meteorológica.  Los otros despegarían después.  A las 2.15, el B-29 modificado para que en su bodega cupiera la bomba de uranio 235, a la que se había bautizado con el nombre de Little Boy («Muchachito»)

Entre una hilera de cámaras, iluminado por potentes proyectores estaba en la cabecera de la pista probando a plena potencia sus cuatro motores Wright de 2.200 caballos de por que querían registrar el histórico acontecimiento, el Enola Gay arrancó de la pista con los cuatro mil kilos de la bomba en sus entrañas.  Eran las 2.45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945.

Alcanzada la cota de vuelo y con el rumbo puesto hacia el archipiélago japonés, Parsons y su ayudante pusieron manos a la obra en la bodega del bombardero para activar el arma nuclear.  Veinte minutos después, habían dado fin a su tarea.  Fue entonces cuando el coronel Tibbets, tras conectar el piloto automático, reunió a la tripulación y les explicó la naturaleza exacta del explosivo que llevaba a bordo.  Para aquellos hombres, hechos al cumplimiento de unas misiones bélicas destructivas, cualquier reparo moral estaba en aquel momento fuera de lugar.  Aún más, la idea de que con aquel explosivo podían acortar la guerra y ahorrar millares de vidas norteamericanas ahuyentaba cualquier escrúpulo de conciencia.

Entre tanto, el Enola Gay proseguía su vuelo sin novedad sobre la capa de nubes por encima de la zona de turbulencia.  Poco a poco se iban percibiendo las tenues luces del amanecer.  Se acercaba la hora del alba.  Al llegar el avión a la altura de lwo Jima, según el horario previsto, dos aparatos de escolta esperaban describiendo círculos la llegada del bombardero para, una vez avistado, ponerse a la altura de] Enola Gay y seguir el vuelo juntos, hacia el objetivo.

El nuevo día empezaba a despuntar.  Un nuevo día que millares de seres humanos de una ciudad todavía ignorada no verían llegar a su crepúsculo, víctimas de una horrible muerte.

La meteorología sella el destino de Hirosima

A las 7.09 se recibió en el Enola Gay el esperado mensaje.  Era del comandante EatherIy del Straight Flush, el avión meteorológico que les había precedido en el despegue y que en aquellos momentos volaba a 10.000 metros sobre Hiroshima.  En él se confirmaba el objetivo principal como destino de la bomba.  La ciudad, en medio de un anillo de nubes, aparecía a través de un hueco de 15 kilómetros en el que la visibilidad era perfecta.  El mensaje del Straight Flush selló el destino de la ciudad.  El navegante Van Kirk marcó el rumbo preciso para situarse en la vertical del objetivo.

Sobre Hiroshima se había despertado también el sol de la mañana de un nuevo día que -fatalmente- se anunciaba magnífico, sinn nubes.  Era una ciudad con más de 300.000 habitantes, famosa por sus bellísimos sauces y que hasta aquel día, pese al sesgo desfavorable que la guerra había tomado para el Japón, no había experimentado más conmoción que el estallido de 12 bombas enemigas.  Aquella mañana despejada, sus habitantes se disponían a hacer su vida habitual.  El puerto, antes animado por los embarques de tropas, aparecía desierto, porque la siembra de minas realizada por los aviones americanos hacía que casi ningún barco fondease ahora en Hiroshima.  Fábricas, almacenes y enlaces ferroviarios trabajaban a pleno rendimiento para aprovisionar y equipar a un ejército que, muy pronto, tendría que afrontar el desembarco de los americanos en sus propias islas.

Afanada en sus quehaceres diarios, la gente prestó escasa atención a las sirenas que sonaron anunciando la presencia de un avión enemigo, un B-29 que volaba a gran altura y que, después de cruzar por dos veces el cielo de la ciudad, desapareció.  El fin de la alarma sonó a las 7.30. Era el B-29 del comandante Eatherly, que había cumplido su misión de guía del Enola Gay.  Al cese de la alarma, la gente dio un suspiro de alivio.  Los hombres inútiles para el servicio y los estudiantes que trabajaban en la defensa pasiva creyeron que, una vez más, el azote de las bombas iba a pasar sobre Hiroshima sin dejar rastro.  Las gentes procedentes de zonas bombardeadas celebraron una vez más su buena fortuna en la elección de la ciudad que les había dado acogida.

De los hombres que participaron en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, no todos salieron incólumes de esa siembra de destrucción.  Veinte años después, el mayor Claude Eatherly era víctima de fuertes trastornos emocionales.  Era el hombre que, desde el avión meteorológico Straight Flush, había marcado el destino de Hiroshima señalándola como el objetivo del Enola Gay.

Eatherly, el servicio durante un   de finalizada la guerra, una vez desmovilizado empezó a experimentar  trastornos psiconerviosos influido por un claro complejo , de culpabilidad. Su atormentado estado de ánimo se hizo público cuando fue detenido por provocar un gran alboroto y producir destrozos en un lugar público.  Tratado como héroe de guerra en el juicio que se le siguió, rechazó toda consideración y , pidió ser condenado, ya que se: sentía profundamente culpable.  Aquel fue el inicio de todo un proceso de autopunición, que le llevó de los tratamientos psiquiátricos a sucesivas detenciones cada vez que su conducta buscaba un motivo para ser castigado. Su plan, como él mismo confesó, era acumular actos. La protesta contra la sociedad que, según él, le había convertido en un asesino.  Su calvario se prolongó durante años y su figura fue esgrimida por grupos pacifistas y contrarios al uso de la energía atómica, mientras que la sociedad contra la que él se alzaba le tildaba de «loco».

Para otro aviador, la contemplación de la explosión? nuclear y la idea de,' las muertes producidas significó también un profundo cambio en su destino.  Fue el coronel inglés Leonard Cheshire, el piloto de bombardero más condecorado de la RAF, invitado a volar como observador en el avión meteorológico que escoltó al que bombardeó Nagasaki.  Cheshíre, superviviente de más de cien misiones sobre Alemania y los países ocupados, curtido en la destrucción por las «bombas terremoto» usadas por la RAF, quedó traumatizado por los efectos de la bomba nuclear.  Y de si¿ mente no pudo apartarse la imagen de hasta dónde puede llegar el poder destructivo que el hombre, movido por el odio de la guerra, es capaz de el ejercer contra la propia humanidad. Terminada la guerra, pidió el retiro de la aviación, se convirtió al cristianismo y creó una fundación destinada a atender enfermos

La hora H: 8h 15'17" del día 6

A las 7.50 hora de Tokio, el Enola Gay volaba sobre las inmediaciones de la isla de Shikoku.  A las 8.09 se divisó desde el avión el contorno de Hiroshima. Tibbets ordenó a los dos aviones de escolta que se retirasen y, por el interfono, indicó a su tripulación que se pusiera los anteojos que habían de protegerles contra el resplandor de la explosión.  A las 8.1 1, Tibbets accionó el mecanismo preparatorio para soltar a Little Boy.  Faltaban menos de cinco minutos.  Debajo del Enola Gay, la ciudad de Hiroshima se veía cada vez más cerca.  El apuntador Ferebee se sabía de memoria la planimetría de la ciudad.  Rápidamente encuadró su punto de mira en el lugar elegido: un gran puente sobre el río Ota.  Cuando tuvo, puso en marcha la sincronización automática para el minuto final del lanzamiento.  El plan preestablecido era lanzar la bomba a las 8.15, hora local.  Las favorables condiciones atmosféricas y la pericia de Tibbets permitieron que el avión coincidiera con el objetivo exactamente a las 8 horas, 15 minutos y 17 segundos.  En aquella hora fatídica se abrieron las compuertas del pañol y, desde una altura de 10.000 metros, el ingenio atómico inició su trayectoria genocida.

Aligerado de un peso de más de 4.000 kilos, el bombardero dio un gran brinco hacia arriba.  Tibbets marcó un picado hacia estribor y a continuación hizo un viraje cerrado de 158', a fin de alejarse al máximo del punto de explosión.  Al mismo tiempo, desde el instante del lanzamiento, Tibbets se puso a contar mentalmente los segundos calculados hasta que la bomba estallara.  Transcurridos 43 segundos, cuando el avión se encontraba a 15 kilómetros del punto del impacto, la bomba hizo explosión, accionada por una espoleta automática a unos 550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros escasos del blanco elegido

Una enorme bola de fuego se iba transformando en nubes purpúreas...

Repentinamente, el espacio se había convertido en una bola de fuego cuya temperatura interior era de decenas de miles de grados.  Una luz, como desprendida por mil soles, deslumbró a pesar de los lentes a Bob Caron, el ametrallador de cola, que, por su posición en el aparato, quedó encarado al punto de explosión.  Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión, mientras abajo la inmensa bola de fuego se iba transformando en una masa de nubes purpúreas que empezó a elevarse hacia las alturas, coronándose en una nube de humo blanco densísimo que llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura y que adoptó la forma de un gigantesco hongo. «Entonces nos dimos cuenta -explicaría Tibbets- de que la explosión había liberado una asombrosa cantidad de energía.» El Enola Gay, superada la prueba de la onda de choque, viró hacia el sur y voló sobre las afueras de Hiroshima, a fin de fotografiar los resultados del histórico bombardeo.  Y entonces fue cuando la tripulación pudo comprobar la espantosa destrucción que habían sembrado.  Iniciado el vuelo de regreso, a 600 km de distancia todavía era visible el hongo que daba fe de la aparición del arma que abría una nueva y dramática era en la historia de la humanidad.

Una sensación impresionante dominaba a toda la tripulación, como si la tensión nerviosa liberada hubiera dado paso a la obsesionante idea de haber provocado una destrucción sin precedentes.  Parsons y Tibbets lanzaron entonces el mensaje que iba a conmover al mundo: «Resultados obtenidos superan todas las previsiones.»

El fin de la Segunda Guerra Mundial A las 2 de la tarde, el Enola Gay tomaba tierra en Tinian.  La noticia del éxito de la operación «Bandeja de Plata» había circulado ya por el Pacífico.  En el aeródromo estaban esperando los generales Le May y Arnold, venidos especialmente de Guam.  El presidente Truman recibió el mensaje a bordo del crucero Augusta.  En su entorno, todo era exaltación y entusiasmo.  Sólo el general Eisenhower condenó espontáneamente el uso de la terrible bomba contra un núcleo habitado, considerando que tal demostración no era necesaria para derrotar a Japón.  Pero la inmensa mayoría -como dijo Raymond Cartier- «no vio en la aparición del arma nuclear otra cosa que el fin rápido de la guerra y la economía de sangre americana que ello reportaba. »

No obstante, había algo más: ante la configuración del mundo de la posguerra y la emergencia de la Unión Soviética como gran potencia, la horrible demostración de Hiroshima perseguía el evidente fin de intimidar a Stalin y hacerle más razonable.  Yalta y Potsdarn estaban perfilando una posguerra en la que los ocasionales aliados de ayer iban a dividir el mundo en dos bloques antagónicos.

Sin embargo, como era de esperar, las previsiones en cuanto a lo resolutivo de la bomba se cumplieron: el día 7, Japón se dirigió a la Unión Soviética para que mediara ante Estados Unidos en busca de un armisticio.  Los rusos contestaron declarando la guerra a Japón y desencadenando de inmediato una gran ofensiva en Manchuria.  El día 9, otro B-2 l Bockscar, pilotado por el mayor Sweeney, lanza otra bomba nuclear -ésta de plutonio- sobre Nagasaki.  La «implosión» - pues éste fue el sistema practicado para provocar la reacción en cadena del plutonio activado- estuvo a punto de desintegrar la superfortaleza que efectuó el lanzamiento.  Los efectos, debido a la topografía de Nagasaki, no fueron tan espantosos como los del ataque precedente.  Pero fueron suficientes para que, a las 2 de la madrugada del día 10, el Consejo Supremo de Guerra japonés, presidido insólitamente por el emperador Hiro Hito -que, ante lo gravísimo de los momentos, había decidido descender de sus divinas alturas -, se dirigiera a Estados Unidos pidiéndole el cese de las hostilidades y aceptando la rendición incondicional exigida por los aliados.

La capitulación se firmaría el 2 de septiembre de aquel mismo año: la Segunda Guerra Mundial había terminado, tras 6 años y 1 día de duración.  Pero queda por reseñar lo sucedido en la ciudad mártir, tras de recibir su bautismo de fuego atómico

Una explosión de 20 kilotones

La bomba lanzada en Hiroshima tenía una potencia equivalente a 20 kilotones, es decir, a veinte veces la explosión de mil toneladas de TNT.  Los efectos mortales de esta bomba podían proceder de tres causas distintas: la acción mecánica de la onda expansivo, la temperatura desencadenada y la radiactividad.

El calor generado por la energía liberada se elevó a temperaturas capaces de fundir la arcilla, alcanzando decenas de miles de grados.  Este colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación, para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora.  El terrible soplo produjo presiones de hasta 10 toneladas por metro cuadrado.

Enfermedades derivadas de la hecatombe nuclear

El detalle de estos efectos sobre la ciudad llega a lo indescriptible: trenes que vuelcan como golpeados por un gigante, tranvías que vuelan con una carga de cadáveres hechos pavesas, automóviles que se derriten, edificios que se desintegran y se convierten en polvo incandescente, manzanas de viviendas que desaparecen por un ciclón de fuego.

Toda una zona de 2 km de radio se transformó en un crisol, que la dejó arrasada como si un fuego infernal y un viento cósmico se hubieran asociado apocalípticamente.  Y en kilómetros a la redonda, incendios y más incendios atizados dramáticamente por un vendaval de muerte.  Por los restos de lo que fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras, unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones.  Los que murieron en el acto, sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro.  Tan sólo alguno, situado junto a un muro que resistió la onda expansiva, dejó una huella en la pared, una silueta difuminada de apariencia humana, como una sombra fantasmagórica, que fue en lo que vino a quedar el inmolado.  Otros se vieron lanzados, arrastrados por un rebufo arrollador, y se encontraron volando por el aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval.  Alguno fue a parar milagrosamente a la copa de un árbol, a muchos metros de distancia de su lugar de arranque.

En los alrededores de] punto cero, todo quedó carbonizado.  A 800 metros, ardían las ropas.  A dos kilómetros, ardían también los árboles, los matorrales, los postes de¡ tendido eléctrico, cualquier objeto combustible.  Tal era la fuerza del contagio ígneo

El sol de la muerte

Pero quedaba el tercer y más traicionero efecto: el «sol de la muerte», como llamaron los japoneses al efecto radiactivo que provocó la acción de los rayos gamma, delta y alfa.  Las personas, según su cercanía al punto de caída de la bomba atómica, aparecían llagados, llenos de terribles ampollas.  Todos los supervivientes, en un radio de 1 km a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las radiaciones.  Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación.  Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de los efectos radiactivos.

Junto a los millares de muertos instantáneamente y de los que con posterioridad fallecieron de resultas de las quemaduras o de la radiación, se registraron hechos singulares.  Por ejemplo, algunos habitantes se salvaron por haberles sorprendido los efectos de la explosión con vestimenta clara; en cambio, los que vestían de oscuro murieron rápidamente, por la capacidad del color negro de absorber el calor.  Esta misma capacidad de absorción de las ondas calóricas por los cuerpos opacos ocasionó otro sorprendente fenómeno: la fotografía atómica.  Hombres desintegrados, así como objetos diversos, dejaron su sombra grabada sobre los muros de las paredes en cuya cercanía se encontraban en el momento de la explosión, como hemos mencionado antes.  La onda calórica siguió exactamente los contornos de una silueta y la grabó, para siempre, sobre la piedra

El holocausto

Y cuando los supervivientes se recuperaron del horror y los servicios de socorro empezaron a prodigar sus cuidados a los heridos y a los quemados, se produjo la caída de una lluvia viscosa, menuda y pertinaz, que hizo a todos volver los ojos al cielo: el aire devolvía a la tierra, hecho toneladas de polvo y ceniza, todo lo que había ardido en aquel horno personas y cosas - y que las corrientes ascendentes habían succionado hasta las nubes.

Al día siguiente del bombardeo, un testigo presencial que recorrió la ciudad explicó el espeluznante panorama de desolación que constituía la visión de una población arrasada, sembrada de restos humanos que estaban en espantosa fase de descomposición, entre un olor nauseabundo a carne quemada.  Una zona de 12 kilómetros cuadrados, en los que la densidad de población era de 13.500 habitantes por kilómetro cuadrado, había sido devastada.  La llegada de un grupo de científicos confirmó que el explosivo lanzado era una bomba de uranio.  La energía atómica había entrado en la historia por la puerta del holocausto

Sobreviviente de Nagasaki

Miwa Hiroshi tiene 76 años, y dice que desde hace 59 se levanta cada día temiendo ser uno de los 7.000 japoneses que mueren cada año por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Se lamenta por haber transmitido a su nieto y a su hijo debilidad congénita por la radiación. Y recuerda que tras la bomba en Nagasaki, el 9 de agosto de 1945, "la gente huía de nosotros, como si estuviéramos apestados".

—¿Usted cree que EE.UU. necesitaba tirar las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki para ganar la guerra?

—No. Cada día los historiadores y todo el pueblo japonés vemos más claro que aquella atrocidad le era innecesaria a Washington para ganar la guerra. Japón ya capitulaba.

—¿Por qué las tiraron?

—Primero, por un frío cálculo: querían probarlas sobre carne humana y nosotros éramos la más a mano que tenían los generales americanos.

—Sabían que sería horrible.

—Sí, pero habían asumido, como el genocida Hitler y el propio y enloquecido Japón imperial que el arma definitiva ya ni siquiera era la atómica: era el terror. La bomba debía ser horrorosa, para ser eficaz mucho después de que estallara. EE.UU. fue en aquel momento un terrorista nuclear. Lo que nos atormenta es pensar ahora que la guerra ya estaba ganada y que ese terror se empleó más allá de los objetivos militares.

—¿Qué perseguía EE.UU.?

—Demostrar su superioridad militar absoluta y advertir a la Unión Soviética.

—¿Cómo lo vivió usted?

—Yo tenía 16 años. Han pasado 59 y no he dejado de acordarme ni un solo día de todo aquello. Yo estaba a 10 kilómetros de donde cayó la bomba, pero más cerca se alcanzaron los 3.000 grados. Días después, el hedor de los cuerpos era insoportable, pero tuvimos que acercarnos a ellos. Había que impedir las epidemias y teníamos que enterrar muertos.

—¿Sus descendientes sufren anomalías?

—Mi hijo y mi nieto padecen debilidad congénita por las radiaciones que yo sufrí.

—¿Cuántos como usted?

—Represento a Japan Gensuikyo. Somos 280.000 ciudadanos afectados.

—¿Qué pretenden?

—Denunciar que aún miles de japoneses y sus descendientes sufren el horror de las radiaciones: cáncer, enfermedades hereditarias, malformaciones congénitas, taras...

—¿Cree usted posible otro Nagasaki aun después de la Guerra Fría?

—He dedicado mi vida al estudio del arsenal nuclear y del control armamentístico. Me apasioné por entender las democracias. Me indigné con mi propio país y con el mundo.

—¿Por qué?

—Nuestra democracia es precaria. Ocultamos la verdad y aceptamos la culpa. Aún quedan 20.000 armas nucleares en nuestro planeta. ¡Digamos basta ahora mismo! ¡Denunciemos a todos los países que las tienen! ¡Es un crimen contra la humanidad y contra nuestros hijos!


Relato después de los asesinatos masivos

Es del primer periodista extranjero que llegó a esa ciudad tras el ataque. Sus artículos fueron censurados. Un diario japonés los publica 60 años después

Ven la luz 60 años después, tras ser amordazas por la censura de Estados Unidos. Las notas que escribió el periodista estadounidense George Weller, quien logró llegar a Nagasaki un mes después de caer la bomba atómica, acaban de ser publicadas por un diario japonés, ofreciendo un testimonio sobre la destrucción de la ciudad y los padecimientos causados por la radiación a sus habitantes.

La bomba arrasó Nagasaki el 9 de agosto de 1945. El 8 de septiembre siguiente Weller estaba en el lugar.

El diario nacional Mainichi comenzó a publicar este mes una serie de notas y de fotografías de Weller sobre Nagasaki, ubicada 980 km al suroeste de Tokio. El material fue rechazado por los censores militares estadounidenses, y permaneció perdido durante 6 décadas.

"A dos millas del lugar donde ocurrió la explosión de 1.500 pies de altura comienza a percibirse la fuerza de la bomba atómica", escribe Weller quien contrató una lancha japonesa de remos, viajó en tren y luego se hizo pasar como coronel del ejército estadounidense, para llegar a Nagasaki a comienzos de setiembre de 1945, según informa Mainichi.

El periodista recibió varios premios durante su carrera y trabajaba para el desaparecido Chicago Daily News.

Cuando llegó a la ciudad, había pasado aproximadamente un mes después del ataque atómico contra Japón (la primera bomba fue lanzada sobre Hiroshima y la segunda en Nagasaki). El "Imperio del Sol" capituló el 15 de agosto de 1945, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

Weller, quien falleció en 2002, fue el primer periodista extranjero que llegó a la ciudad devastada. El general Douglas MacArthur, jefe de la ocupación estadounidense en Japón, había prohibido el ingreso de los reporteros a la población.

"En los esqueletos aplastados de la planta de armas de Mitsubishi queda revelado lo que la bomba atómica puede hacer al acero y a la piedra, pero lo que el átomo partido le puede hacer a la carne humana yace escondido en dos hospitales en el centro de Nagasaki", documentó Weller.

Las copias al carbón de las notas, que tenían una extensión total de unas 25.000 palabras en 75 páginas escritas a máquina, fueron descubiertas por su hijo, Anthony, junto con una veintena de fotografías, el verano pasado, en su departamento en Roma, informó el diario.

"Varios niños, algunos quemados, otros no pero con mechones de pelo cayéndose, están sentados con sus madres ... En este hospital municipal se recibieron hasta la semana pasada 750 pacientes víctimas de la bomba atómica, y se han muerto aproximadamente 360 —sigue el relato—. Cerca del 70% de las muertes fue por quemaduras".

Aunque Weller eludió a las autoridades estadounidenses para llegar a Nagasaki, el periodista sometió sus notas —la primera fechada el 6 de setiembre— al juicio de la censura. Los artículos enfurecieron tanto a MacArthur que él personalmente prohibió su publicación y ordenó que los originales no le fueran devueltos al periodista.

"Aquellos que no se están curando proporcionan en su mayoría el aura misteriosa alrededor de los efectos de la bomba atómica", relata el periodista sobre los heridos que sufrían lo que denomina una "misteriosa enfermedad X que han contraído varios civiles japoneses". Unas 70.000 personas murieron en Nagasaki por la bomba.

Anthony Weller dijo al diario que los oficiales norteamericanos querían eliminar la información sobre las enfermedades causadas por la radiación, y temían que el trabajo de su padre inclinara la opinión de los estadounidenses contra la creación de un arsenal nuclear.

Por ejemplo, en una nota fechada el 8 de setiembre, Weller habla del caso de una mujer "recostada sobre una manta amarilla en el hospital".

"Según los doctores, Hayashida (la mujer) acaba de ingresar. Huyó de la zona atómica pero luego regresó. Estuvo bien durante tres semanas con solo una pequeña quemadura en el talón. Ahora yace entre quejidos incapaz de pronunciar palabras claras".

En la última nota que publica Mainichi, Weller revela que la "peculiar enfermedad" que dejó la bomba en Nagasaki no puede ser curada "porque no se puede diagnosticar, y se está llevando vidas, aquí". Y agrega: "Hombres, mujeres y niños sin marcas visibles de heridas están muriendo en los hospitales, algunos después de haber caminado tres o cuatro semanas creyendo que habían escapado".

Peace Declaration (English / Inglés)

Radiation, heat, blast and their synergetic effects created a hell on Earth. Sixty-one years later, the number of nations enamored of evil and enslaved by nuclear weapons is increasing. The human family stands at a crossroads. Will all nations be enslaved? Or will all nations be liberated? This choice poses another question. Is it acceptable for cities, and especially the innocent children who live in them, to be targeted by nuclear weapons?

The answer is crystal clear, and the past sixty-one years have shown us the path to liberation.

From a hell in which no one could have blamed them for choosing death, the hibakusha set forth toward life and the future. Living with injuries and illnesses eating away at body and mind, they have spoken persistently about their experiences. Refusing to bow before discrimination, slander, and scorn, they have warned continuously that "no one else should ever suffer as we did." Their voices, picked up by people of conscience the world over, are becoming a powerful mass chorus.

The keynote is, "The only role for nuclear weapons is to be abolished." And yet, the world's political leaders continue to ignore these voices. The International Court of Justice advisory opinion handed down ten years ago, born of the creative action of global civil society, should have been a highly effective tool for enlightening and guiding them toward the truth.

The Court found that "...the threat or use of nuclear weapons would generally be contrary to the rules of international law," and went on to declare, "There exists an obligation to pursue in good faith and bring to a conclusion negotiations leading to nuclear disarmament in all its aspects under strict and effective international control."

If the nuclear-weapon states had taken the lead and sought in good faith to fulfill this obligation, nuclear weapons would have been abolished already. Unfortunately, during the past ten years, most nations and most people have failed to confront this obligation head-on. Regretting that we have not done more, the City of Hiroshima, along with Mayors for Peace, whose member cities have increased to 1,403, is launching Phase II of our 2020 Vision Campaign. This phase includes the Good Faith Challenge, a campaign to promote the good-faith negotiations for nuclear disarmament called for in the ICJ advisory opinion, and a Cities Are Not Targets project demanding that nuclear-weapon states stop targeting cities for nuclear attack.

Nuclear weapons are illegal, immoral weapons designed to obliterate cities. Our goals are to reveal the delusions behind "nuclear deterrence theory" and the "nuclear umbrella," which hold cities hostage, and to protect, from a legal and moral standpoint, our citizens' right to life.

Taking the lead in this effort is the US Conference of Mayors, representing 1,139 American cities. At its national meeting this past June, the USCM adopted a resolution demanding that all nuclear-weapon states, including the United States, immediately cease all targeting of cities with nuclear weapons.

Cities and citizens of the world have a duty to release the lost sheep from the spell and liberate the world from nuclear weapons. The time has come for all of us to awaken and arise with a will that can penetrate rock and a passion that burns like fire.

I call on the Japanese government to advocate for the hibakusha and all citizens by conducting a global campaign that will forcefully insist that the nuclear-weapon states "negotiate in good faith for nuclear disarmament." To that end, I demand that the government respect the Peace Constitution of which we should be proud. I further request more generous, people-oriented assistance appropriate to the actual situations of the aging hibakusha, including those living overseas and those exposed in "black rain areas."

To console the many victims whose names remain unknown, this year for the first time we added the words, "Many Unknown" to the ledger of victims' names placed in the cenotaph. We humbly pray for the peaceful repose of the souls of all atomic bomb victims and a future of peace and harmony for the human family.

August 6, 2006

Tadatoshi Akiba
Mayor
The City of Hiroshima

Declaración de la Paz (Spanish / Español)

Este 6 de agosto en que se conmemora el 60º aniversario del bombardeo atómico, es un momento de lamentación compartida entre más de 300 mil almas de las víctimas de la bomba atómica y los que quedamos, recordando ese día más allá de las fronteras entre la vida y la muerte. Es también un momento de sucesión, de despertar y de compromiso, en el que heredamos la voluntad de los hibakusha de abolir las armas nucleares y lograr una genuina paz mundial; despertamos a nuestras responsabilidades individuales, y volvemos a comprometernos a emprender acciones. Este nuevo compromiso, basado en los deseos de todas las víctimas de la guerra y de los millones de personas del mundo que están compartiendo este momento, está creando una armonía que envuelve nuestro planeta.

La tónica de esta armonía es la advertencia de los hibakusha, “Nadie más debe sufrir como lo hicimos nosotros”, junto con los fundamentos de todas las religiones y cuerpos legales, “No matarás”. Nuestra obligación sagrada para con las futuras generaciones es establecer este axioma, y en especial su corolario, “No matarás niños”, como la más alta prioridad para la raza humana en todas las naciones y religiones. La opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia emitida hace nueve años fue un paso vital hacia la realización de esta obligación, y la Constitución Japonesa, que corporifica este axioma eterno como la voluntad soberana de una nación, debe ser un faro que guíe al mundo en el siglo XXI.

Desafortunadamente, la Conferencia de Examen del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares del pasado mes de mayo no dejó dudas de que los EE.UU., Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte y algunas otras naciones desean convertirse en estados poseedores de armas nucleares ignorando la voz de la mayoría de los pueblos y gobiernos del mundo, amenazando de esa manera la supervivencia humana.

Basados en el dogma “El poder es el derecho”, estos países han formado su propia “asociación nuclear”, siendo el requisito de admisión la posesión de armas nucleares. A través de los medios de comunicación, ellos vienen repitiendo desde hace mucho el conjuro, “Las armas nucleares los protegerán”. Sin medios para refutarlos, muchas personas del mundo han sucumbido al sentimiento de que “No hay nada que podamos hacer”. Dentro de las Naciones Unidas, los miembros de la asociación nuclear utilizan su poder de veto para hacer caso omiso de la mayoría mundial y buscar sus objetivos egoístas.

Para romper esta situación, Alcaldes por la Paz, con más de 1.080 ciudades miembros, está realizando actualmente su sexta Conferencia General en Hiroshima, donde estamos revisando la Campaña de Emergencia para la Prohibición de las Armas Nucleares lanzada dos años atrás. El objetivo principal es producir un plan de acción que expanda aún más el círculo de cooperación formado por la Conferencia de Alcaldes de los EE.UU., el Parlamento Europeo, la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear y otras ONGs internacionales, organismos e individuos del mundo entero, y aliente a todos los ciudadanos del mundo a despertar a sus propias responsabilidades con un sentido de urgencia, “como si el futuro del mundo descansara sólo sobre sus hombros”, y se esfuercen con un nuevo compromiso para abolir las armas nucleares.

Con estos fines, y para asegurar que la voluntad de la mayoría se refleje en la ONU, proponemos que el Primer Comité de la Asamblea General de la ONU, que se reunirá en octubre, establezca un comité especial para deliberar y planear el logro y mantenimiento de un mundo libre de armas nucleares. Ese comité es necesario porque la Conferencia sobre Desarme de Ginebra y la Conferencia de Examen del TNP de Nueva York han fracasado debido a una “regla de consenso” que le da un veto a cada país.

Esperamos que la Asamblea General actúe luego por recomendación de este comité especial, adoptando, por el año 2010, pasos específicos que conduzcan a la eliminación de las armas nucleares por el 2020.

Mientras tanto, por la presente, declaramos los 369 días que comienzan a partir de hoy, hasta el 9 de agosto de 2006, como el “Año de Sucesión, Despertar y Compromiso”. Durante este año, Alcaldes por la Paz, junto con un gran número de naciones, ONGs y una vasta mayoría de los pueblos del mundo, lanzaremos una gran diversidad de campañas por la abolición de las armas nucleares en numerosas ciudades de todo el mundo.

Esperamos que el gobierno japonés respete la voz de las ciudades del mundo y se esfuerce enérgicamente en el Primer Comité y que la Asamblea General asegure que la abolición de las armas nucleares se logre por deseo de la mayoría. Además, solicitamos que el gobierno japonés brinde el apoyo cálido y humanitario apropiado a las necesidades de todos los ancianos hibakusha, incluyendo a los que viven en el extranjero y quienes estuvieron expuestos en las áreas afectadas por la lluvia negra.

Por esta razón, en el sexagésimo aniversario del bombardeo atómico, buscamos consolar las almas de todas sus víctimas declarando que reafirmamos humildemente nuestra responsabilidad para nunca “repetir el mal”.

“Por favor, descansen en paz; porque no repetiremos el mal”.

6 de agosto del año 2005

Tadatoshi Akiba
Alcalde de la Ciudad de Hiroshima

Traducido por Servicios para Convenciones en Japón S.A.


Recuerdos de Hiroshima y Nagasaki / Anexo 1 / Anexo2 / Anexo 3
 


 

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