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Chechenia - Rusia: Odio y sangre

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Mapa del Cáucaso (Ampliar)
. Secesión en el Cáucaso

. La guerra secular rusa

Claves para entender el conflicto -
Francisco Herranz -

Casi 13 años después de la desintegración de la Unión Soviética, el conflicto de Chechenia se ha convertido en la consecuencia más sangrienta de la difícil transición rusa hacia la democracia. Estas son algunas claves para comprender un contencioso con raíces políticas e históricas que ha costado la vida a más de 100.000 personas, la mayoría de ellos civiles.

¿Cuáles son las razones de tanto odio interétnico?

Los chechenos, uno de los pueblos más antiguos y aguerridos del norte del Cáucaso, ya se enfrentaron al Imperio Ruso sobre todo durante el siglo XIX. Entre 1855 y 1859, de la mano de Shamil -un imam que unificó a todas las etnias musulmanas de la región-, incluso llegaron a ser independientes. De aquella época proviene la fundación de la capital, Grozni ('terrible' en ruso), un bastión de los cosacos. En febrero de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, ocurre otro episodio que exacerbará durante lustros el odio de los chechenos hacia los rusos. Stalin les acusa de colaborar con Hitler y ordena su deportación masiva. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños son trasladados a la fuerza a Asia Central y a Siberia. El 50% de ellos muere de tifus por el camino. Sólo en 1957, con Jruschov, son amnistiados y pueden regresar a su hogar.

¿Cómo y cuándo empezó la primera guerra chechena?

Cuando la URSS daba sus últimos estertores, Dzojar Dudaev, un general soviético destinado en Estonia, es elegido presidente de la república chechena. Poco después, proclama la independencia. Moscú no reacciona e incluso se olvida del armamento soviético (tanques, piezas de artillería) que allí había estacionado. Chechenia se transforma en la base de numerosos clanes mafiosos que actúan en la nueva Rusia. La gestión de Dudaev es un fracaso: no se pagan las pensiones y la productividad es nula. En diciembre de 1994, los halcones del Kremlin aconsejan a Boris Yeltsin que ataque para estabilizar la región, frenar las tendencias separatistas en la Federación y garantizar la variante rusa de los oleoductos que cruzan por el Cáucaso.

La ofensiva acorazada se produce por tres frentes, pero choca con una fiera resistencia. Grozni padece un bombardeo intensivo que lamina su centro histórico. Los chechenos se repliegan hacia las montañas y lanzan una eficaz guerra de guerrillas, acompañada de espectaculares acciones terroristas (las tomas de rehenes de Budionnovsk y de Kizliar). El desgaste ruso es imparable. Aparece en escena Alexander Lébed, un respetado militar que consigue sentarse a negociar con el nuevo presidente checheno, Aslan Masjadov. Ambos firman la paz en agosto de 1996. Son los llamados Acuerdos de Jasaviurt que establecen la retirada de los tanques del ex Ejército Rojo y una moratoria de cinco años sobre el estatuto político de Chechenia. El plan supone, de facto, la autonomía total.

¿Por qué fracasó el armisticio?

Masjadov comete el mismo error que Dudaev: no frenar las disensiones internas. En 1999 el país es libre pero está al borde de la guerra civil. Los secuestros, el tráfico de armas y el robo de petróleo son moneda corriente. Los grupos más radicales, capitaneados por el comandante Shamil Basaev, toman el control. En septiembre, Rusia se despierta con tres atentados que dejan 230 muertos en una semana de horror. Vladimir Putin desata una amplia «operación antiterrorista» que aún no ha concluido. Comenzaba la segunda guerra chechena.

¿Qué papel han jugado los integristas islámicos en la guerra?

Decisivo. Basaev es un wahabí confeso -como Osama bin Laden- y ha combatido como muyahid en varios frentes bélicos, incluido el afgano contra los soviéticos. No es extraño pues que este señor de la guerra haya estado en algún campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán a partir de 1996

La guerra secular rusa - Felipe Sahagún

El presidente ruso, Vladimir Putin, vio en el 11 de Septiembre de 2001 una ocasión de oro para acabar con el cáncer separatista más indomable que sufre su país desde el siglo XVIII.

Confundiendo deliberadamente la guerra secular de Rusia con los chechenos y la guerra global de EEUU contra Al Qaeda y los talibán, se convirtió en el primer aliado de Bush. Compartió información secreta con la CIA y el FBI, abrió corredores aéreos a suministros humanitarios y facilitó la instalación del Ejército estadounidense en antiguas bases militares soviéticas en Asia Central.

Dio 72 horas a los rebeldes chechenos para desarmarse y amenazó con «acciones sin precedentes» si no lo hacían. A su entender, se habían acabado las presiones occidentales y los dobles raseros. Por las buenas o por las malas, el terrorismo del Cáucaso, que identificó con el de Al Qaeda, se acabaría.

El presidente rebelde checheno, Aslan Masjadov, contestó a varias llamadas de Putin y encargó a su viceprimer ministro que hablase con el representante del Kremlin Vladimir Kazantsev. Muy pronto comprobó que los dirigentes civiles siguen sin controlar a los militares y carecen de autoridad para negociar una paz justa.

Quien manda en Chechenia es el general Moltenskoi y su nueva táctica de operaciones de limpieza, robos indiscriminados, asesinatos, secuestros y tierra quemada parece una copia literal de lo que el periodista británico Bechhofer describe en su libro de viajes a la región, In Denikin's Russia and the Caucasus, 1919-1920, hace 85 años.

El asalto-secuestro al teatro de Moscú en octubre de 2002 es la mejor prueba del fracaso de las tácticas de Moltenskoi y de la estrategia de Putin tras el 11-S.

Con la esperanza de ganarse el apoyo occidental a su guerra en Chechenia, Putin no sólo ayudó a preparar la guerra de Afganistán. Aceptó la anulación del tratado antimisiles del 72 (ABM), cerró las últimas bases rusas en Cuba y Vietnam, firmó con Bush el tratado más desigual para los rusos sobre reducción de armas nucleares y aceptó el despliegue de unos 150 asesores militares estadounidenses en Georgia.

Liquidado el régimen talibán, EEUU dejó de necesitar a los rusos. Su participación en la lucha contra el entramado financiero de Al Qaeda es insignificante y su aportación financiera a la reconstrucción de Afganistán, prácticamente nula.

La victoria de la Alianza del Norte fue, no obstante, una victoria de Rusia, que, tras el asesinato de Masud, corría el peligro de perder años de inversiones en sus aliados afganos. Como lo fue también el apoyo internacional contra los movimientos islamistas radicales de Tayikistán y Uzbekistán, aunque, hasta el 25 de septiembre de 2002, el Departamento de Estado no incluyó al Movimiento Islámico de Uzbekistán en su lista de organizaciones terroristas.

Putin esperaba mucho más: la aceleración del ingreso de Rusia en la UE, la OTAN y la OMC, condonación de una parte importante de su deuda exterior, un aumento de las inversiones directas de Occidente, luz verde para sus negocios nucleares en Irán y energéticos en Irak, y el reconocimiento, por fin, como economía de libre mercado.

Salvo este último reconocimiento y el consejo Rusia-OTAN establecido en mayo de 2002 para cooperar, sobre todo, en la lucha contra el terrorismo, Occidente no ha respondido a las peticiones rusas. Es verdad que durante cuatro o cinco meses los dirigentes de las principales democracias dejaron de criticar la destrucción de Chechenia, pero el tiempo de impunidad, esperemos que no sólo retórica, terminó con el invierno de 2002.

En mayo de 2002, el subsecretario de Estado para Europa, Steven Pifer, incluso exigió a Putin que negociase con Masjadov, negó la existencia de «lazos importantes» entre los chechenos y Al Qaeda, y, aunque reconoció los excesos de los chechenos, apoyó a Georgia contra Moscú y criticó duramente las violaciones de derechos humanos por Rusia en su segunda guerra en Chechenia.
 


 

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