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1940 - La Batalla de Inglaterra

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En el verano de 1940 la Luftwaffe, intentó un ataque masivo contra las Islas Británicas. Pero la inesperada resistencia de la RAF desbarató los planes de una posible invasión nazi. La batalla se decidió en el cielo, en unos combates aéreos realmente dramáticos, donde máquinas y hombres rivalizaron en eficacia y coraje.

Ante los ojos de los oficiales el Estado Mayor de la Fuerza Aérea alemana, se ha desplegado un gran mapa de Inglaterra. Cada comandante ubica los objetivos que le han sido asignados. En todas las bases aéreas diseminadas en territorio francés ocupado, desde Cherburgo al norte, los preparativos son febriles. Hasta ahora no se había visto jamás un despliegue de fuerza tan impresionante. La Luftwaffe esta convencida que la Royal Air Force (RAF) sólo dispone de 300 aparatos de caza: debe ser entonces bastante fácil destruirlos y aniquilar para siempre la aviación enemiga. En realidad los aeroplanos ingleses en situación de combate superan los 600.

Un piloto cae al Támesis

El 15 de agosto de 1940 pasará a los anales de la Luftwaffe como el "jueves negro": ese día los alemanes perdieron 75 aviones contra sólo 34 de los ingleses. La batalla duró ininterrumpidamente desde las cuatro de la mañana hasta bien entrada la noche. Los aviadores están al límite de su capacidad física. Alan Deere, uno de los mejores pilotos ingleses, recuerda que, apenas regresó ese día de una misión de guerra en su Spitfire, y mientras sale extenuado de su máquina averiada, recibe la orden de despegar nuevamente, de inmediato. El piloto estaba pálido y preocupado, tiene la sensación que durante el vuelo le ha pasado algo extraño, pero que ¿qué cosa?. Inspecciona el aparato, se revisa su propio cuerpo, y finalmente descubre que una bala de ametralladora, quizás en un rebote donde perdió potencia, se le metió en el cuello de su casaca.

En algunos aviadores los nervios comienzan a ceder. Según Alan Deere: "He visto a un compañero de vuelo precipitarse como una furia en la sala de la base y gritarle al comandante de escuadrilla que no volará más, que ya está hastiado de matar y jugarse el pellejo a cada momento..."

En las semanas que duró la Batalla de Inglaterra ocurrieron cosas increíbles. Alan Deere vio a un piloto alemán que se lanzaba de su Heinkel He 111 envuelto en llamas, sin paracaídas, desde una altura de 300 metros. Cayó al río Támesis. Después de largos minutos, surgió entre las aguas con los ojos literalmente salidos de sus órbitas.

Cerca de Manston, un Messerschmitt Me 110, con la cola incendiada, cayó a tierra. Apenas se disipó la polvareda, vieron salir de la carlinga un único sobreviviente que se tomaba la cabeza entre las manos. De los demás miembros de la tripulación no quedaba nada: se habían desintegrado.

En la localidad de Hornchurch, tres cazas ingleses fueron sorprendidos por un bombardero alemán mientras se aprestaban para despegar. Dos de los tres pilotos tuvieron que ser internados en estado muy grave en un hospital, pero del tercero y del aparato no quedó el menor vestigio. Fueron ubicados varias horas más tarde: el aire despedido por las explosiones de las bombas alemanas, lo había levantado en peso y echo "planear" por el aire, dejándolo botado a unos 500 metros de distancia: el piloto pudo salir de la carlinga por sus propios medios y andar a pie el trayecto hasta la base.

El propio Alan Deere vivió una terrible aventura. En pleno vuelo, descubre que el motor se ha incendiado y decide lanzarse en paracaídas: desata las correas, tira hacia delante la manilla de eyección y se encuentra luego proyectado fuera del aparato, pero el paracaídas queda trabado alrededor de la carlinga...

El Spitfire comienza a caer en picada y Deere está como amarrado al fuselaje, oprimido por la tremenda presión del aire. El piloto se debate con la fuerza de la desesperación y consigue zafarse de su terrible posición, aunque recibiendo un durísimo golpe en el antebrazo, todo esto mientras va cayendo a una velocidad cada vez más acelerada. El paracaídas se abre y el piloto desciende a menos de cien metros donde han quedado los restos de su avión. Por una carretera próxima avanza una ambulancia: el chofer y el enfermero corren para socorrer al infortunado piloto. Deere aprieta los dientes: el antebrazo le causa unos dolores lacerantes. Aún demorará cinco largas horas antes de llegar al hospital más cercano, porque ya ha caído la noche y el chofer pierde la ruta correcta. El cirujano revisa al herido y le encuentra una fea fractura en la muñeca. Entonces telefonea al comandante del escuadrón: "Será mejor que su piloto pase algunos días con nosotros, porque además de la fractura, tiene los nervios hechos pedazos".

El médico cuelga el auricular y regresa al lecho de Deere: el piloto ya no está allí, ha regresado a su escuadrón. La Batalla de Inglaterra era cuestión de vida o muerte para toda la nación, y nadie podía darse el menor respiro sin que la conciencia lo atormentase.

Prisionero de una muchacha

El 18 de Septiembre, el subteniente Nicholson intercepta un Messerschmitt Me 110. El piloto alemán le dispara una ráfaga que provoca un incendio en el Hurricane de Nicholson. El fuselaje del aparato comienza a ponerse al rojo vivo y el fuego lame la cabina del piloto. Nicholson decide que, antes de arrojarse en paracaídas, abatirá al avión enemigo. Apoya la mano casi quemada sobre el disparador de la ametralladora, pero no consigue su propósito: el adversario ha desaparecido. El aparato de Nicholson ya no responde a los comandos, entonces el piloto se lanza afuera. Apenas se abre su paracaídas cuando escucha una explosión muy cerca. ¿Acaso ha regresado el Messerschmitt nazi?. No, se trata de proyectiles de la Defensa Civil Británica que comienza a disparar a ese paracaidista, creyéndolo alemán. Aún suenan tres disparos más: una de las balas le alcanza en el cuerpo.

Finalmente Nicholson toca tierra, es recogido, auxiliado y conducido a la enfermería. Es el único piloto de caza inglés, en la Batalla de Inglaterra que recibe la Cruz de la Victoria, al valor personal.

Algunas veces, aún los alemanes se ven obligados a tocar tierra en territorio británico. Cierto día una muchacha de 15 años, Betty Brown, hace prisionero a un aviador nazi que había descendido indefenso en su paracaídas. En otra oportunidad, un piloto alemán va a caer sobre una verde pradera en Sussex. Se desembaraza del paracaídas y decide llegar a la casa más cercana para entregarse prisionero. Cuando comenzaba a caminar, se ve de pronto rodeado de un grupo de campesinos que lo conducen hasta un castillo próximo. Abre la puerta un mayordomo con librea que disimula su sorpresa con una flema muy británica. El mayordomo se informa de la identidad del visitante y lo hace pasar a un elegante salón. Dice que va a avisarle a su patrón y regresará luego.

  • En el salón hay un oficial que espera ser recibido por milord –comunica el mayordomo al dueño del castillo.

     

  • ¿Qué desea ese oficial? –Pregunta éste.

     

  • No lo sé, milord.

     

  • Entonces, pregúnteselo.

     

  • Será inútil, milord, no comprende nuestra lengua: es un oficial de la Fuerza Aérea alemana.

     

  • Bien, ofrézcale una taza de té y que luego se entregue prisionero –contesta el noble inglés, sin inmutarse.

Fracasa el plan

Entre el 8 y el 15 de Agosto de 1940 el Fighter Command inglés pierde 94 pilotos, muertos o desaparecidos. Los aviones destruidos suman 270, de los cuales unos 30 han sido aniquilados en tierra, antes de despegar.

En Berlín, el mayor Schmidt, jefe del servicio de información y autor del famoso plan llamado "estudio en azul", examina la situación inglesa y concluye que la Royal Air Force debe disponer solamente de unos 430 cazas. Pero las cifras reales británicas son de cerca 650 aviones.

El 21 de Agosto, Hermann Göring se muestra furioso y enrabiado. La Batalla de Inglaterra hay que ganarla a toda costa ¿Dónde están las escuadrillas que iban a ennegrecer el cielo de Londres?. ¿Qué esperan los oficiales de la Luftwaffe para ponerse en acción?. Gran Bretaña esta allí, al otro lado del Canal de la Mancha, el mariscal Göring y sus generales pueden observarla con sus prismáticos. Frente a ellos, se alzan los blancos acantilados de Dover envueltos en una densa neblina.

El mariscal está de humor negro. "Muge como un toro herido" –recuerda uno de los testigos- "y nos lanza feroces insultos durante más de una hora".

De pronto Göring se vuelve hacia el as de la caza alemana, Adolf Galland, nombrado general a los 28 años, y le reprocha:

  • ¿Qué puedo hacer para que ganen la batalla contra los ingleses?.

     

  • Consiga Spitfires para mi escuadrón –contesta Galland.

En realidad, la mejor defensa inglesa consiste en que detectan a tiempo, con el radar, a las incursiones alemanas. Cuando los bombarderos nazis llegan allá, les salen matemáticamente al encuentro escuadrillas interceptoras que conocen su posición exacta, aún siendo de noche.

Otro detalle: los bombarderos de la Luftwaffe deben operar casi sin protección, porque los ligeros Messerschmitt tienen muy poca autonomía de vuelo y deben volver a sus bases por falta de combustible al poco rato, sin poder proteger a sus compañeros.

El sistema de radar inglés era de primera calidad. Era un invento debido a los expertos de alta frecuencia Watson-Watt y Appleton. Cuando se aproximaban los bombarderos nazis, los escuadrones británicos de combate, aunque inferiores en número, estaban siempre listos para recibirlos con sus Hurricane y Spitfires. En las contadas ocasiones en que los cazas alemanes lograban ingresar a territorio británico, los ingleses permanecían con mucha habilidad en el aire el tiempo necesario para agotarles el combustible a los invasores y ocasionarles luego fuertes pérdidas.

Además estaba el factor climático. Finalmente, el 24 de Agosto el boletín meteorológico previó buen tiempo sobre el Canal de la Mancha meses antes, Göring había pedido cinco días de tiempo despejado para poder barrer toda resistencia aérea británica. Ahora se presentaba la ocasión, era el momento justo para propinar el golpe de gracia a la RAF. Si la invasión alemana no pudiera efectuarse antes de finalizar septiembre, habría que esperar otros seis meses más.

Pero para el Estado Mayor de la Luftwaffe, el problema no era tan sencillo. Para poder bombardear las instalaciones militares e industriales de Londres, Liverpool, Portsmouth, Hull, Coventry y otras ciudades importantes, era necesario adentrarse mucho en territorio enemigo, sin contar con la protección de la caza debido a su escaso radio de acción. Los Spitfires se encargaban de interceptar a los pocos Messerschmitt que cruzaban el Canal, mientras que los Hurricane se ocupaban de los Heinkel y Junkers alemanes.

No obstante, la destrucción ocasionada por las bombas alemanas fue terrible. Ahí se acuño la palabra "coventrizar", por el grado de máxima destrucción que se había infringido a la ciudad de Coventry.

El 24 de Agosto no sólo señaló el inicio de una fase decisiva de la Batalla de Inglaterra, sino el comienzo del campeonato inglés de cricket, el deporte nacional de ese país. En el estadio de Lord, por primera vez en la historia, un partido de cricket debió ser interrumpido, al sonar las sirenas de alarma. Público y jugadores arrancaron a tiempo para dirigirse a los refugios antiaéreos: solamente un "hincha" permaneció imperturbable sentado en la tribuna.

Aquella noche estuvo estremecida por los aviones. 170 bombarderos alemanes sobrevolaron los objetivos de Northumberland, de Kent y de Lancashire. Algunos pilotos alemanes con el pretexto de golpear los "docks" del Támesis, dejaron caer de bombas sobre la ciudad de Londres. Una cayó en Saint-Giles, otra hizo pedazos la estatua del poeta Milton. Por vez primera, desde los raids alemanes de 1918, Londres era atacada. Las escuadrillas alemanas no tenían instrucciones precisas para bombardear la capital británica, sino sólo la orden de sobrevolar Londres, Liverpool y Glasgow para fotografiar las instalaciones.

Al día siguiente, todo el grupo aéreo que participó en el ataque nocturno recibió un telegrama del mariscal del Aire, Hermann Göring: "Exijo indicarme que personal ha dejado caer bombas sobre el perímetro de Londres. El alto mando de la Luftwaffe tomará severas medidas con los responsables".

Golpe por golpe

Al anochecer del 25 de Agosto, el comandante de escuadrilla inglés Oxley se apresta a decolar encabezando 81 bombarderos bimotores Nampden. Objetivo: los establecimientos industriales Siemens-Halske. Uno de los pilotos de Oxley describió así esta misión al diario Times de Londres días después:

"Fuimos reunidos urgentemente y se nos comunicó que debíamos despegar rumbo a Berlín. Nos pusimos contentos porque estábamos convencidos que se trataba de dejar caer volantes de propaganda sobre la capital enemiga, siguiendo la táctica de la llamada "guerra psicológica". El tiempo era ideal para una misión de ese tipo: un nublado espeso cubría todo el territorio. Despegamos, entramos en la niebla y no salimos más. Estábamos seguros de que los alemanes no dormían, pero no nos inquietaba. La defensa antiaérea nazi nos acompaña con secas selvas de cañones durante las dos terceras partes del recorrido. Algunas veces me veo obligado a realizar acrobacias para evitar los proyectiles de la artillería. Sobre Berlín nos espera lo peor: haces de reflectores por todas partes y cañones que disparan sin cesar. Sobrevolamos en círculos la ciudad por más de media hora esperando encontrar un hueco entre las nubes. Por último una parte del cielo se despeja momentáneamente: ¡ha llegado el momento!".

Pero el comandante Oxley no está tan feliz como sus subalternos: desciende hasta los 1500 metros sin poder orientarse bien. Recordando ese instante, dijo:

"No me faltaba el entusiasmo, pero en esas condiciones podría haberme devuelto con mi carga de bombas. No obstante, preferí dejarlas caer sobre Berlín".

Si la capital del Tercer Reich fue bombardeada esa noche por primera vez en la guerra, sin que fueran atacados objetivos estratégicos, ocurrió porque el comandante de los escuadrones ingleses no quiso regresar a su base con la carga de bombas. Así en el espacio de 24 horas, las dos capitales en conflicto conocieron la misma suerte de ser atacadas desde el cielo.

El Bombardeo

El piloto inglés que formuló declaraciones al Times continuó así con su relato: "nos pareció estar volando sobre nuestros objetivos. Entonces arrojamos no los volantes de propaganda, sino bombas reales y efectivas. Al regresar pudimos ver inmensos incendios levantarse desde la tierra. Las nubes los transformaban en fuegos de bengala. Luego ya no vimos más nada".

El comandante Oxley, de vuelta, tuvo problemas. Frente a las mismas costas inglesas un motor de su avión dejó de funcionar. Con el segundo que le quedaba, aunque ya daba muestras de desperfectos, consiguió aterrizar de emergencia en Leaconfield.

Ya estaba restablecido el equilibrio. Londres había sido bombardeada el 24, Berlín el 25. Estas dos inútiles acciones precipitaron los acontecimientos. ¿Quién ordenó la represalia contra Berlín? Algunos insinuaron que fue el Primer Ministro Churchill, pero la versión fue desmentida. Se dijo también que el ataque aéreo contra Londres, aunque fuera accidental, resultó muy afortunado para los ingleses, pues mejoró sus sistemas defensivos y creó consciencia sobre la eventualidad de una ofensiva desde el aire.

Los cazas de interceptación británicos se portaron desde entonces mejor que nunca, con una efectividad inusitada. El teniente James Lacey derribó 24 aparatos enemigos en pocas semanas, batiendo todo un récord. Allí se origino la famosa frase de Churchill, refiriéndose a los aviadores que participaron en la Batalla de Inglaterra: "Nunca tantos debieron a tan pocos...".

Días de infierno

También ofreció al pueblo inglés "sangre, sudor y lágrimas". En una sola incursión alemana, el puerto de Dover debió lamentar 92 víctimas humanas y más de 9.000 casas destruidas. No obstante, la ciudad más golpeada fue Great Yarmouth, sobre el Mar del Norte: sufrió 72 ataques aéreos, 110 muertos, 11.500 casas dañadas.

El ataque a Berlín hirió el orgullo alemán, y Göring dejó de castigar los aeródromos y se concentró en las ciudades permitiendo un respiro que fue decisivo para el triunfo posterior. Así es la historia.

Inglaterra resistió, y los hombres del Fighter Command de la Real Fuerza Aérea fueron los héroes de aquellas jornadas, al derribar cientos de aviones enemigos en pocos días de lucha.

La ofensiva de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña había fracasado, los planes de invasión debieron postergarse indefinidamente. Hitler tuvo que preocuparse de atacar a Rusia, creando un nuevo frente que distrajo muchos elementos de su aviación. Göring, entonces, trató de aislar a Inglaterra por el agua. Utilizando los aviones de la Luftwaffe que quedaban disponibles, sembró de minas magnéticas el Canal de la Mancha y los mares adyacentes a las Islas.

Aparatos Heinkel He 111 y Junkers Ju 88 diseminaron minas de dos tipos, una de 1.100 libras y otra de 2.200. la operación se llevaba a cabo durante el día o cuando había noche de luna. Los artefactos tenían detonadores de acción retardada, y eran dejados caer en paracaídas pequeños que se soltaban en el momento en que éstos tocaban agua.

Esta "siembra explosiva" dependió de muchos factores: la profundidad de las aguas, del tiempo, de la altura en que se las dejaba caer, etc. Al 31 de Julio de 1941, fueron hundidos por estas minas magnéticas 490 barcos aliados con un total de 918.000 toneladas. Pero a partir de entonces, la armada inglesa se proveyó de buques rastreadores y protegió mejor sus costas, logrando superar poco a poco aquel bloqueo ideado por los alemanes en vista del ruidoso fracaso de la Batalla de Inglaterra

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6 millones eran judíos
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