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0804 - Es
notable la coincidencia que existe en torno al sentido histórico que se le
da a la Segunda Guerra Mundial por parte no sólo de la historiografía
burguesa sino también de reconocidos historiadores que se reivindican
marxistas. La Segunda Guerra que provocó cincuenta millones de muertos,
decenas de ciudades arrasadas y la destrucción de riquezas como nunca
antes en la historia de la humanidad, es definida mayoritariamente como
una guerra entre "democracia y fascismo".
En los libros dedicados a la guerra, el espíritu historiográfico casi
unánime que subyace, cargado del dramatismo de la época, es que a partir
de 1945 la humanidad podía respirar tranquila ya que la guerra no sólo
había estado debidamente justificada para terminar con el fascismo sino
que la democracia había triunfado, el mundo iba ser mejor. En su libro,
Historia del Siglo XX, el reconocido historiador marxista Eric J. Hobsbawm
sostiene que: "Para los vencedores, la Segunda Guerra Mundial no fue sólo
la lucha por la victoria militar sino, incluso en Gran Bretaña y Estados
Unidos, para conseguir una sociedad mejor".1
Desde esta óptica, las bombas atómicas que Estados Unidos arrojó en agosto
de 1945 sobre la población civil en Hiroshima y Nagasaki2 en Japón, fueron
el último acto de la Gran Alianza, liderada por EE.UU., Gran Bretaña y la
URSS, que coronaron el triunfo de la "democracia". Para E. Hobsbawm "las
tres regiones del mundo iniciaron el período de postguerra con la
convicción de que la victoria sobre el Eje, conseguida gracias a la
movilización política y a la aplicación de programas revolucionarios, y
con sangre, sudor y lágrimas, era el inicio de una nueva era de
transformación social. En un sentido estaban en lo cierto. Nunca la faz
del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente como en
la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y
Nagasaki".3
Y es que para Hobsbawm como para muchos de los que sostienen que la
Segunda Guerra estuvo signada por el enfrentamiento entre estos dos
campos, la única alternativa de la que disponían las masas para su triunfo
era unirse al estandarte de la "democracia" levantado por el campo Aliado.
Ya que como él dice, la guerra venidera, "Había de interpretarse no tanto
como un enfrentamiento entre estados, sino como una guerra civil
ideológica internacional... en esa guerra civil el enfrentamiento
fundamental no era el del capitalismo con la revolución social comunista,
sino el de diferentes familias ideológicas: por un lado los herederos de
la Ilustración del siglo XVIII y de las grandes revoluciones, incluida,
naturalmente, la revolución rusa; por el otro sus oponentes. En resumen,
la frontera no separaba al capitalismo y al comunismo sino lo que el siglo
XIX habría llamado 'progreso' y 'reacción' con la salvedad de que esos
términos ya no eran apropiados.
Fue una guerra internacional porque suscitó el mismo tipo de respuestas en
la mayor parte de los países occidentales, y fue una guerra civil porque
en todas las sociedades se registró el enfrentamiento entre las fuerzas
pro y antifascistas".4
***
Porque
trastoca todo orden existente, la guerra, del mismo modo que la
revolución, permite comprobar la autenticidad de las estrategias y
programas llevados adelante por las direcciones de masas al igual que las
definiciones que le dieron origen. En cierta manera, es verdad que "Nunca
la faz del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente
como en la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y
Nagasaki", pero, como analizaremos más adelante, disentimos con la
interpretación que hace E. Hobsbawm sobre qué tipo de transformación es la
que opera en la guerra. En este ensayo, nos interesa analizar sus
principales episodios demostrando el carácter imperialista de la Segunda
Guerra Mundial. Veremos asimismo la dialéctica que se estableció entre
ésta y la revolución social. León Trotsky y otros dirigentes de la IV
Internacional desarrollaron numerosos análisis sobre la realidad
internacional y sobre las perspectivas para el proletariado y los
oprimidos en este momento histórico, muchos de ellos publicados en estos
volúmenes y de los cuales gran parte es inédita en español. Tomaremos como
referencia los principios desarrollados en estos escritos debatiendo
especialmente con E. Hobsbawm ya que siendo uno de los más prestigiosos
historiadores marxistas sostiene que en esencia la guerra estaba signada
por el enfrentamiento entre regímenes y considera que estaba excluida la
revolución social como perspectiva histórica. Es decir, según este
historiador "desde la revolución de Octubre, la política internacional ha
de entenderse, con la excepción del período 1933-1945, como la lucha
secular de las fuerzas del viejo orden contra la revolución social..."5
***
La concepción
de que la Segunda Guerra Mundial constituyó, en esencia, el enfrentamiento
entre dos tipos de regímenes ("democracia y fascismo"), entre progreso y
reacción, retrocede en la historia a la época del capitalismo de libre
competencia donde la burguesía liberal cumplía un rol relativamente
progresivo (antes frente al feudalismo y el absolutismo, ahora lo sería
frente a la burguesía fascista). Excluye por el contrario lo que fue el
punto de partida de los marxistas revolucionarios frente a la guerra
mundial: el carácter imperialista de la época y los fenómenos que
desencadena, analizados por Lenin a principios del siglo pasado. Sobre la
base de la economía mundial, este punto de vista, comprendía que las
rivalidades entre potencias imperialistas en pos de dominar colonias y
semicolonias crean las tendencias a la guerra imperialista por el reparto
del mundo, inherentes al propio sistema capitalista mundial debido a la
contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las
fronteras nacionales. Esta contradicción se funda en la tendencia
monopolista que adopta el capital y la necesidad de los estados nacionales
dominantes para imponer y disputar el mercado mundial.
Para Lenin y los fundadores de la III internacional, la guerra
imperialista es completamente opuesta a los intereses del proletariado y
de las naciones oprimidas y por lo tanto reaccionaria en toda la línea. El
motivo por el cual aquéllos rompieron con la II Internacional fue
precisamente por el aval que le dieron sus partidos a las burguesías
imperialistas de cada uno de sus países para participar en la Primera
Guerra Mundial.
Si para Marx, el capitalismo crea a su propio sepulturero: el
proletariado; la guerra imperialista provoca una situación en la que el
proletariado puede ponerse verdaderamente a la cabeza de todos los
oprimidos como adalid de la lucha por la emancipación social. El
enfrentamiento militar entre los bandidos imperialistas por el reparto del
mundo, los sufrimientos inauditos de las masas arrastradas a una guerra en
la cual no son intereses los que están en juego, es decir, la exacerbación
in extremis de las contradicciones de clase en los momentos de "paz"
favorece la puesta en consonancia de los factores objetivos (la decadencia
y crisis capitalista) con los subjetivos (la irrupción revolucionaria de
la clase obrera y su maduración política). La guerra imperialista se
convierte en partera de revoluciones.
Guerra
imperialista
Quienes
afirman que la Segunda Guerra fue una "guerra de regímenes" se basan en la
existencia del nazismo como nuevo fenómeno de la realidad política
mundial. Para E. Hobsbawm, "Fue el ascenso de la Alemania de Hitler el
factor que convirtió esas divisiones civiles nacionales [entre pro y anti
fascistas] en una única guerra mundial, civil e internacional al mismo
tiempo... en el que la Alemania de Hitler era una pieza esencial: la más
implacable y decidida a destruir los valores e instituciones de la
'civilización occidental' de la era de las revoluciones y la más capaz de
hacer realidad su bárbaro designio".6
Trotsky fue uno de los primeros que dio cuenta de la especificidad del
nazismo, en numerosos artículos, sólo que alejado de toda visión
demoníaca, psicológica o idealista, lo explicó por las condiciones
materiales en que se desarrollaba. En 1931, Trotsky, en "Qué es el
nacionalsocialismo" publicado en este libro, afirmaba: "Los espíritus
ingenuos piensan que el título de rey reside en el rey mismo, en su capa
de armiño y en su corona, en su carne y en sus huesos. En realidad, el
título de rey es una interrelación entre individuos. El rey es rey sólo
porque los intereses y prejuicios de millones de personas se reflejan a
través de su persona... La controversia sobre la personalidad de Hitler se
hace tanto más agria cuanto más se busca en él mismo el secreto de su
triunfo. Entretanto, sería difícil encontrar otra figura política que sea,
en la misma medida, el punto de convergencia de fuerzas históricas
anónimas. No todo pequeño burgués exasperado podía haberse convertido en
Hitler, pero en cada pequeño burgués exasperado hay una partícula de
Hitler".
Hobsbawm menciona por ejemplo que el Tratado de Versalles (firmado al
finalizar la Primera Guerra) constituyó un "auténtico regalo al
nacionalismo alemán", que el gran peso de la pequeña burguesía y
desocupados en situación desesperada luego del crack del '29 fueron la
base social mayoritaria del fascismo o que el fracaso de los viejos
regímenes democráticos y la política incorrecta del PC ayudaron a su
triunfo. Sin embargo, considera que lo determinante es que "no se trataba
de una nación estado descontenta de su situación, sino de un país en el
que la ideología determinaba su política y sus ambiciones. En resumen era
una potencia fascista".7 Esta visión idealista que remite a la fantasía de
que basta una ideología para provocar una nueva guerra mundial es
descabellada en tanto desprecia las condiciones materiales, de la
economía, de la relación entre estados y por último y más importante, de
la lucha de clases para mover la rueda de la historia. Es característico
de Hobsbawm tomar elementos parciales de análisis marxista al evaluar el
período para después negarlos de conjunto.
Detrás de la filosofía aborrecible de Adolf Hitler se encontraba un
imperialismo que lejos de estar dominado por el atraso poseía, después de
EE.UU., un potencial industrial mayor al de sus contrapartes imperialistas
Francia y Gran Bretaña. Estas últimas, sin embargo, fueron las potencias
vencedoras de la Primera Guerra Mundial y en consecuencia las beneficiadas
en el reparto del mundo. Esta contradicción entre su inferioridad
económica y su predominio internacional en detrimento de EE.UU. y de
Alemania, no sólo no la "resolvió" la Primera Guerra imperialista sino que
fue aumentando con el transcurso de los años. Por un lado, el triunfo de
la revolución rusa y su propagación hacia Alemania y Europa instaló un
manto de temor entre los vencedores y vencidos que hicieron impensable
desarmar completamente a Alemania. "La contradicción del Tratado de
Versalles era que los vencedores querían debilitar el capitalismo alemán
sin realmente desarmarlo y, al mismo tiempo, que conservara intacto su
poder industrial. Esto hizo inevitable su rehabilitación militar".8
Derrotada la revolución alemana de 1918, sin colonias y sometida al
pillaje de Versalles, Alemania empezó a engendrar el nacionalsocialismo.
Inmediatamente después de Versalles, Gran Bretaña comenzó a apoyar a
Berlín contra París, pretendiendo así poner límites a la pretendida
hegemonía francesa en Europa, con lo cual Alemania pudo comenzar a
rearmarse. Es decir, fueron las contradicciones interimperialistas de las
democracias europeas las que crearon, en gran medida, las condiciones para
el ascenso de Hitler.
Por otra parte, los gastos de la Primera Guerra dejaron una Europa aún más
empobrecida y agudamente dependiente de EE.UU., cuya participación en la
misma fue a modo de proveedor y que se enriqueció, afirmando su supremacía
económica. A principios de los años '20, EE.UU. ocupaba el puesto número
uno de la producción industrial mundial, el dólar desplazó definitivamente
a la libra esterlina, convirtiéndose en el dueño del mercado financiero
mundial. Sin embargo esto, lejos de sanear las condiciones de
funcionamiento capitalista mundial, luego de los años de reconstrucción
europea, manifestó los males que padecía. La enorme dependencia económica
del mundo con respecto a EE.UU. introdujo las contradicciones de la
economía mundial al interior del gigante americano, abonando el crack de
1929. La crisis mundial actuó de acelerador de las tendencias hacia una
nueva guerra imperialista mundial para "resolverlas", mediante un nuevo
reparto de las colonias, de las esferas de influencia y de los mercados
mundiales.
La posición de que EE.UU., Gran Bretaña y Francia eran "potencias
pacifistas" tiene validez relativa para las dos últimas. Sin embargo, "su
pacifismo" no se debió a la presión ejercida por la oposición de sus
pueblos a una nueva guerra luego de los sufrimientos que padecieron en la
Primera Guerra, como fundamenta Hobsbawm.9 Las razones residieron en
claros principios de Estado. Aferrados a las condiciones ventajosas pero
artificiales que sostenían su hegemonía mundial, el imperialismo francés y
el británico en una nueva guerra de reparto no tenían nada que ganar y sí
mucho que perder. EE.UU. en cambio -seguido por Alemania y Japón- era la
nación por excelencia más opulenta y poderosa y por esto mismo, la menos
proclive a subordinarse al predominio mundial del que gozaban Francia y
Gran Bretaña. El colapso económico del '29, puso esta cuestión sobre el
tapete y en el transcurso de la década del '30, fueron ganando peso los
sectores de la burguesía norteamericana que opinaban que toda política de
economía cerrada era inútil y que la única forma de salvar el capitalismo
nativo sería mediante el empleo de la fuerza contra las otras potencias
imperialistas. En este sentido, el objetivo de Japón de dominar el
Pacífico, cuyas intenciones se plasmaron con la invasión a Manchuria en
1931 y la guerra contra China en 1937, hacían inevitable el conflicto
armado con EE.UU., ya que este último no podía permitir que Japón tuviera
el territorio más poblado del mundo bajo su dependencia. Y es que el
conflicto entre las potencias imperialistas en consonancia con la lógica
de funcionamiento capitalista, era una vez más por la hegemonía
imperialista mundial, como señala E. Mandel, este conflicto "nació de la
percepción de que una solución a largo plazo implicaba una ruptura
decisiva con el aislamiento económico (un cambio en el desarrollo,
centrado en el mercado nacional) y de ahí la necesidad de lograr para sí
mismo (o negar a otros) la inserción estratégica en el mercado mundial por
la vía de la hegemonía sobre una parte sustancial del mundo, como un paso
necesario en la trayectoria hacia el dominio mundial".10
Al renunciar al análisis leninista del imperialismo, Hobsbawm se permite a
su vez diferenciar en forma absoluta democracia y fascismo. Deja de lado,
como primera cuestión, el carácter de clase del Estado, es decir, que
estos dos regímenes son formas de dominación que la burguesía utiliza, en
función de las condiciones históricas establecidas. Tampoco se puede
perder de vista que las democracias imperialistas se sustentan a costa de
la expoliación de sus colonias y semicolonias. En este sentido al exaltar
"los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se
daba por sentado en aquel siglo, al menos en las zonas del mundo
'avanzadas' y en las que estaban avanzando",11 separándolo unilateralmente
de la explotación bajo férreas dictaduras o de administraciones coloniales
de China, India, Indonesia, Indochina y un largo etcétera, que "brindaban"
la savia con las que las "democracias" de Gran Bretaña y Francia se
alimentaban, Hobsbawm, no hace más que embellecer a las democracias
imperialistas. La "democracia" norteamericana, solventada por la riqueza
acumulada por generaciones y con un método velado de expoliación
imperialista, mostraba también su tendencia creciente a apoyar regímenes
dictatoriales en sus zonas de influencia. No obstante, la Alemania
imperialista jaqueada por la crisis y privada de colonias y riquezas, no
podía darse el "lujo" de un sistema democrático. Tenía que derrotar a un
proletariado que gozaba de poderosas organizaciones y conquistas, para
disputar un mayor predominio a nivel internacional. Es que en el fascismo,
el capital monopolista en su expresión más exacerbada y brutal, se apoya
en las capas medias arruinadas para destruir las organizaciones del
proletariado. "Hay dos sistemas que rivalizan en el mundo para salvar al
capitalismo históricamente condenado a muerte: son el fascismo y el New
Deal (Nuevo Pacto). El fascismo basa su programa en la disolución de las
organizaciones obreras, en la destrucción de las reformas sociales y en el
aniquilamiento completo de los derechos democráticos, con el objeto de
prevenir el renacimiento de la lucha de clases del proletariado... La
política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista
por medio de regalos a la aristocracia obrera y campesina sólo es
accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en
tal sentido es una política norteamericana por excelencia".12
Es aleccionador, para demostrar que no hay antagonismo absoluto entre
democracia y fascismo, que en los dos bandos guerreristas haya habido
regímenes democráticos y dictatoriales (al margen del rótulo con el que se
ha disfrazado el significado de la guerra). La Segunda Guerra Mundial se
inició el 1° de septiembre de 1939 con la invasión de Alemania a Polonia.
A mediados de junio de 1940, y en no más de tres semanas de enfrentamiento
con el fascismo alemán, la France eternelle suplicaba por un armisticio,
luego de que en pocos meses el primero conquistara casi toda Europa. La
colaboración de la débil burguesía francesa, que mayoritariamente
estableció el régimen de Vichy, fue una opción para evitar que una guerra
contra Alemania reavivara la resistencia del proletariado francés, cuya
capacidad revolucionaria comprobada apenas unos años atrás, constituía una
amenaza. A los inicios de la guerra las masas presenciaron la colaboración
de la gran mayoría de las otrora democracias imperialistas (empezando por
Noruega y seguida por Dinamarca, Holanda, Bélgica y la ya mencionada
Francia) con el fascismo alemán. A su vez, la Gran Alianza "democrática"
cobijó durante la guerra dictaduras sangrientas como la de Yugoslavia y
Grecia.
Por último, queremos abordar desde un punto de vista estratégico el
carácter de la alianza entre EE.UU., Gran Bretaña y la URSS.13 En palabras
de Hobsbawm, esta "alianza, insólita y temporal, del capitalismo liberal y
el comunismo para hacer frente a ese desafío [el avance del fascismo]
permitió salvar a la democracia... La victoria de la Unión Soviética sobre
Hitler fue el gran logro del régimen instalado por aquel país por la
revolución de Octubre".14 La alianza de EE.UU. y Gran Bretaña con un
estado obrero, en apariencia contradictoria no lo era en el contenido
estratégico. EE.UU. pretendía utilizar a la URSS para derrotar a Alemania
consiguiendo así su predominio imperialista y, al mismo tiempo,
contemplaba su derrota por medio de una guerra de desgaste. Harry Truman,
posteriormente presidente de los EE.UU., lo formuló de esta manera: "Si
vemos que Alemania está ganando la guerra, debemos ayudar a Rusia, y si
Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y en esta forma matar a
tantos como sea posible".15 De ahí que la colaboración con armas y
provisiones de guerra por parte de los aliados a la Unión Soviética estuvo
subordinada estrictamente a que ésta se mantuviera en pie para proseguir
la guerra contra Alemania.
Desde el inicio del ataque alemán en junio de 1941, Stalin pidió
desesperadamente a sus "socios" en la Gran Alianza la apertura de un
segundo frente en Europa16 (precisamente en Francia o en los Balcanes)
para dividir las fuerzas de Alemania, ante el riesgo de que la URSS cayera
derrotada. La apertura de un segundo frente que se realizó recién en julio
de 1944, cuando el resultado de la guerra desde el punto de vista militar
ya estaba definido en contra de Alemania y el Eje, es una muestra
elocuente de lo que decimos. Aunque la URSS no fue derrotada sí figuró en
el primer puesto en pérdida de vidas y fuerzas productivas de la Segunda
Guerra Mundial.17
La estrategia y toda la política en la guerra llevada adelante por Stalin
estuvo en función de garantizar una "zona de amortiguación" que evitara
futuros ataques en suelo ruso. La Unión Soviética ya a fines de diciembre
de 1941 transmitió al primer ministro británico -Winston Churchill- sus
intereses para la postguerra, respecto a los estados bálticos, Finlandia y
Besarabia.18 A cambio Stalin se comprometió a respetar los deseos
imperialistas de EE.UU. y Gran Bretaña, papel que mejor jugó cuando la
revolución se hizo presente en el teatro de operaciones de la Segunda
Guerra, salvando las democracias imperialistas de la revolución social. En
esencia, la "alianza antifascista" no cuestionaba los objetivos
imperialistas, pero sí, como veremos a continuación, buscaba asegurarse
que no se desarrollase la revolución social.
Revolución
social
En 1939,
Trotsky afirmaba una vez más: "Una nueva guerra mundial es inevitable si
no se le anticipa una revolución... Buscando una salida a la crisis
mortal, los estados advenedizos aspiran, y no pueden dejar de hacerlo, a
una nueva repartición del mundo. Sólo los niños de pecho y los
'pacifistas' profesionales, a quienes incluso la experiencia de la
infortunada Liga de las Naciones no les ha enseñado nada, pueden suponer
que se puede realizar una repartición más 'equitativa' de la superficie
territorial alrededor de las mesas de la democracia".19
La apertura de la crisis económica mundial del '29 disparó la disputa
entre el proletariado y la burguesía por los costos de la crisis. En ese
camino, las democracias imperialistas europeas cedieron su lugar a
democracias burguesas cada vez más degradadas y bonapartismos que se
erigieron como árbitros de los dos únicos contendientes nacionales: el
proletariado y los sectores más concentrados de la burguesía. Fue en
Europa donde, por el peso de la crisis económica pero también por la
enorme tradición de sus proletariados y el ejemplo reciente de la
revolución rusa, la revolución hizo su entrada en escena.
El triunfo del fascismo en Alemania en 1933 como es sabido, y el mismo
Hobsbawm lo reconoce, se debió a la nefasta política ultraizquierdista de
la Comintern que impidiendo el frente único obrero para enfrentarlo, llevó
al poderoso proletariado alemán a la peor de las derrotas.20 Esto abrió
paso al fascismo que se levantó como alternativa de "salvación nacional"
muñido de una demagogia social reaccionaria y liberó las tendencias
guerreristas del imperialismo alemán.
Sin embargo, a partir de 1931 se inicia la revolución española que con
distintos episodios desencadena la guerra civil en 1936. En este año,
comienza también un ascenso revolucionario del proletariado en Francia. El
stalinismo, que en los acontecimientos alemanes había considerado "socialfascista"
a la socialdemocracia, ya había dado un giro en su política, proclamando
la orientación de los frentes populares -de colaboración de clases- para
enfrentar al fascismo. La asociación de aquél con la socialdemocracia y
con sectores de la burguesía "democrática" dio lugar a la "alianza
antifascista".
España:
"ensayo general"
Es relevante
tomar el caso de la revolución española ya que en cierta manera fue el
ensayo general de las tendencias políticas más generales que se darán en
la Segunda Guerra Mundial. Permite verificar el verdadero carácter de la
"alianza antifascista", evaluar el rol de las potencias imperialistas y
mostrar que fueron el proletariado y las masas revolucionarias los únicos
que se enfrentaron decididamente al franquismo. A diferencia de la Segunda
Guerra Mundial, por ser España un estado-nación, en el enfrentamiento
entre regímenes, era correcto que el proletariado y las masas oprimidas
luchasen por la revolución ubicados desde el campo militar repubicano
(excluyendo, claro está, subordinar sus intereses de clase a los intereses
de la burguesía democrática).
Para el citado
historiador, "prefiguró lo que iba a ser la estrategia política de la
Segunda Guerra Mundial: la singular alianza de frentes nacionales de los
que formaban parte desde los conservadores patriotas a los revolucionarios
sociales, unidos para derrotar al enemigo de la nación, y,
simultáneamente, conseguir la regeneración social".21 Difícil es imaginar
qué regeneración social puede conllevar esta alianza cuando estaba
establecido que "tanto el gobierno español como los comunistas, que
adquirieron en él una posición cada vez más influyente, habían insistido
en que su objetivo no era la revolución social y, provocando el estupor de
los revolucionarios más entusiastas, habían hecho todo lo posible para
controlarla e impedirla. Ambos habían insistido en que lo que estaba en
juego no era la revolución sino la defensa de la democracia. Lo importante
es que esta actitud no era oportunista ni suponía una traición a la
revolución, como creían los puristas de extrema izquierda. Reflejaba una
evolución deliberada del método insurreccional y del enfrentamiento al
gradualismo, la negociación e incluso la vía parlamentaria de acceso al
poder".22
Si bien la burocracia del Kremlin apoyó "a su manera" al frente
republicano y le brindó armas, fue para asegurarse la dirección del
movimiento de masas (dada la debilidad del partido comunista español). En
el curso de la revolución española la burocracia del Kremlin demostró a
sus aliados europeos la eficacia, tanto mejor que la de Franco, para
liquidarla desde adentro.
Frente a la guerra entre la dictadura franquista y la república, las
"democracias" de Leon Blum y Chamberlain levantaron la orientación de "No
Intervención" en España23 (política a la que después, también, se alineó
la URSS) aún cuando Alemania e Italia abastecieron al ejército falangista
hasta el hartazgo. Esta política acorde a los principios del imperialismo
británico y al temor de Francia a la revolución social en ciernes,
reflejaba sus intenciones y que tan claramente expresó Lloyd George: "Si
la democracia es vencida en esta batalla, si el fascismo triunfa, el
gobierno de su Majestad podrá adjudicarse la victoria".24 No está de más
recordar que la dictadura franquista que continuó con masacres y
persecuciones a luchadores obreros y populares fue preservada por la Gran
Alianza, luego de su triunfo en la Segunda Guerra, y su final llegó con la
muerte de Franco en 1975 . De hecho, "todo el mundo sabía que, al terminar
la Guerra Mundial, las potencias occidentales, de haberlo deseado, podrían
haber derrocado a Franco".25
Las demandas motoras de la revolución española eran democráticas. Sin
embargo la negativa de la burguesía de cumplir con las aspiraciones de las
masas llevaron a éstas a enfrentarse directamente con la propiedad
terrateniente e industrial, al clero y a la monarquía y a propiciar
cambios en la forma del régimen político, expresión del poder burgués. Es
decir que el enfrentamiento en esencia no era entre democracia y fascismo,
sino que el carácter de la revolución en curso era obrera y socialista. Al
decir de Trotsky, "sobre el territorio de la España republicana, dos
programas irreconciliables se han enfrentado. De una parte el programa de
la salvación de la propiedad privada contra el proletariado a toda costa y
en la medida de lo posible, la salvación de la democracia contra Franco.
De otra parte, el programa de la abolición de la propiedad privada, por
medio de la conquista del poder del proletariado. El primer programa
expresaba los intereses del capitalismo, por intermedio de la aristocracia
obrera, las capas elevadas de la pequeña burguesía y, sobre todo, de la
burocracia soviética. El segundo programa traducía en lenguaje marxista,
las tendencias, aún no plenamente conscientes, pero poderosas, del
movimiento revolucionario de las masas. Para desgracia de la revolución,
había entre el puñado de los bolcheviques y el proletariado revolucionario
el muro contrarrevolucionario del Frente Popular."26 En el campo
republicano, la burguesía se había conjurado para defender los intereses
de la propiedad capitalista en forma "democrática". Un programa utópico
que la propia burguesía abandonó arrojándose a los brazos de Franco,
cediendo una vez más su lugar al fascismo (como se vio trágicamente en
Cataluña). Precisamente, en todos los casos en que el fascismo triunfó no
fue por la falta de iniciativa revolucionaria de las masas para
enfrentarlo, como el mismo Hobsbawm reconoce en España, sino por la
traición de sus direcciones que impidieron a las masas traspasar los
límites de la democracia capitalista.
Es evidente que el triunfo de la revolución socialista hubiese significado
un duro golpe para el fascismo, que había iniciado su experiencia conjunta
precisamente en España dando lugar, posteriormente, a la conformación del
Eje. El triunfo de la revolución española, hubiese dado aliento al ascenso
revolucionario francés. Por la vía de la revolución, única perspectiva
realista para enfrentar al fascismo, la guerra mundial se hubiese evitado.
La reivindicación que hace Hobsbawm de la política del Partido Comunista
al concebir como progresiva una "alianza" de cuyo "ensayo general" no
resultó la derrota del fascismo pero sí la de la revolución, termina
encubriendo el rol de los "frentes antifascistas" en la guerra
imperialista.
***
Derrotada la
revolución española y el ascenso francés, la Segunda Guerra Mundial era
inminente. Hobsbawm incluso admite que: "Sin embargo, la misma naturaleza
de la guerra [mundial] confirmó la percepción que se tenía en 1936 de las
implicaciones de la guerra civil española: que la movilización militar y
civil y el cambio social estaban asociados".27 Antes de comenzar la
guerra, la propia burguesía imperialista expresaba el temor a la
revolución. Después de firmarse el Pacto Stalin-Hitler y a los inicios de
la guerra, Trotsky se refirió a una conversación, publicada en France Soir
del 31 de agosto, entre Hitler y el embajador francés Couloundre: "Hitler
se exalta y se jacta del pacto que concluyó con Stalin: 'no sólo un pacto
teórico, diría yo, sino positivo. Creo que yo venceré, y ustedes creen que
vencerán ustedes; pero lo que es seguro es que correrá sangre alemana y
francesa', etcétera. El embajador francés contesta: 'Si yo realmente
creyera que nosotros venceremos, también tendría el temor de que, como
consecuencia de la guerra, haya un solo ganador, el señor Trotsky'.
Interrumpiendo al embajador, Hitler gritó: '¿Por qué, entonces, le dan a
Polonia un cheque en blanco?' El nombre personal, por supuesto, es aquí
puramente convencional. Pero no es casual que tanto el embajador
democrático como el dictador totalitario designen el espectro de la
revolución con el nombre del hombre a quien el Kremlin considera su
enemigo número uno. Ambos están de acuerdo, como si cayera por su propio
peso, en que la revolución avanzará siguiendo una orientación hostil al
Kremlin."28
La política de Stalin estuvo en función de evitar la participación de la
URSS en la guerra. Los zigzag políticos de Stalin, primero poniendo un
signo igual entre fascismo y socialdemocracia, como en Alemania hasta el
'33, dos años después impulsando la Alianza antifascista con aquélla y
sectores de la burguesía y en el '39 aliándose con la Alemania fascista,
minaron a cada paso la posición independiente del proletariado
internacional. A su vez, al interior de la URSS, Stalin consumó una
verdadera contrarrevolución preventiva. Con las purgas y el asesinato de
cientos de miles acusados de "trotskistas", "agentes del imperialismo" y
en los Juicios de Moscú, buscaba eliminar a todo aquel que pudiera tener
gérmenes revolucionarios ya sea por haber participado en la revolución del
17, ya sea por no demostrarle la suficiente sumisión o hasta por
presenciar los actos de torturas y asesinatos que se realizaron en masa en
los campos de concentración en la URSS. La traición de la revolución
española, las purgas que incluyeron la decapitación de los principales
comandantes del Ejército Rojo, debilitándolo duramente, fueron junto con
el asesinato de importantes dirigentes trotskistas y el mismo Trotsky, los
"preparativos" de Stalin frente a la guerra. Es que en una nueva
carnicería imperialista, con la agudización de los padecimientos de las
masas, los desmanes del régimen stalinista se harían más evidentes: la
emergencia de la revolución iba a estar a la orden del día. Y Stalin
estaba dispuesto a defender su dominio político a cualquier precio. "Para
orientarse correctamente en las futuras maniobras de Moscú y en la
evolución de sus relaciones con Berlín es necesario responder esta
pregunta: ¿se propone el Kremlin utilizar la guerra en beneficio de la
revolución mundial, y si es así, de qué manera? El 9 de noviembre Stalin
consideró necesario rechazar, muy ásperamente, la suposición de que él
desea 'que la guerra se prolongue lo más posible, hasta que sus
protagonistas queden completamente exhaustos'. Esta vez Stalin dijo la
verdad. Son dos las razones por las que no desea en absoluto una guerra
prolongada: primero, porque inevitablemente la URSS se vería arrastrada en
la vorágine; segundo, porque inevitablemente estallaría la revolución en
Europa. El Kremlin, con toda legitimidad, aborrece ambas perspectivas".29
No obstante, las maniobras de Moscú se mostraron impotentes, como no podía
ser de otra manera, para impedir su participación en la guerra. Luego del
ataque alemán y en guerra durante más de un año y medio, la Unión
Soviética consigue un triunfo clave en la batalla de Stalingrado. A partir
de la estocada mortal al nazismo que significó esta batalla, a inicios de
1943, dos hechos van a determinar el rumbo de la guerra.
Uno, en el terreno diplomático, determinado por que la URSS se vio
ampliamente fortalecida y no cayó producto del desgaste de la guerra con
Alemania. La burocracia del Kremlin capitalizó el triunfo contra el
nazismo conseguido gracias al heroísmo del pueblo ruso.30 Debido a esto, y
la amenaza de la revolución latente, las potencias imperialistas
vencedoras van a asumir que el triunfo, y el botín, de la Segunda Guerra
Mundial deberá ser compartido con la URSS. Tal es el contenido que tendrán
las conferencias de Teherán en 1943 y posteriormente las de Yalta y
Potsdam al finalizar la guerra.
El segundo hecho, es que la resistencia al fascismo, de vanguardia hasta
ese momento, va a desarrollarse masivamente, desatando procesos
revolucionarios en Yugoslavia, Grecia, Italia, Francia y Bélgica. Grecia
junto con Yugoslavia e Italia van a tener la particularidad de que antes
de la guerra estaban gobernados por dictaduras militar-fascistas. Por lo
tanto, en la derrota al fascismo las masas van a ver al enemigo en su
propia casa desencadenando la revolución. En este terreno, frente a una
Europa destruida por la guerra, derrotadas las burguesías nacionales
colaboradoras del fascismo y el ascenso revolucionario de las masas, la
política de los imperialismos "democráticos" va a ser garantizar la
restauración del orden burgués como fuera, es decir, apoyándose, en primer
lugar, en personeros de los regímenes fascistas. No es difícil demostrar,
entonces, que en su decidida resistencia a la ocupación ítalo-alemana los
pueblos van a verse enfrentados luego a la "alianza democrática".
Pero es en Grecia donde después de derrotar al fascismo, las masas
tuvieron que defender su lucha nacional y democrática en un combate
homérico contra Gran Bretaña. Es por este motivo que la resistencia griega
que se inicia en 1941, es prácticamente desconocida y ocultada, aún cuando
fue uno de los grandes acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial.31
Grecia: La
revolución estrangulada
Al recorrer
las obras que Churchill dedicó a la Segunda Guerra se puede notar una
narrativa sin sobresaltos frente a todos los hechos políticos y militares
excepto uno: Grecia. Su rey, Jorge II, protegido de Gran Bretaña, había
instaurado desde 1936 una dictadura, cuya crueldad nada tenía que envidiar
al fascismo, la dictadura del gral. Metaxas.32 La importancia de Grecia no
estaba dada sólo por los intereses que representaba para Gran Bretaña,33
sino también para impedir que el triunfo de la revolución griega se
convirtiera en un reguero de pólvora en todo el continente europeo. El 20
de agosto de 1943, el general Smutz transmitió al Primer Ministro
británico: "La situación griega lleva las cosas a una crisis y Ud. puede
considerar adecuado plantear la cuestión con el Presidente, pues ella
envuelve un problema muy importante de futura política. La
bolcheviquización de una Europa quebrada y arruinada sigue siendo una
posibilidad concreta, que hay que prevenir proporcionando comida y trabajo
y un control interino de los aliados."34 El mismo Churchill, justificando
su participación personal en los hechos, declaró: "... pueden parecer de
poca monta las convulsiones de Grecia, pero la verdad es que estaban en el
centro nervioso del poder, la ley y la libertad del mundo occidental".35
Y es que en 1943 se desarrolla una lucha verdaderamente nacional de
obreros y campesinos. La resistencia armada contra la invasión alemana
abarca a toda la población griega. Como refiere Pierre Broué: "En 1944, no
sólo vastas zonas rurales han sido liberadas, sino que las fuerzas
alemanas son sitiadas en las ciudades, que sólo dejan en convoyes
protegidos. Alrededor de Atenas, en el 'cinturón rojo', los barrios
obreros son bastiones del pueblo armado".36
El 17 de agosto de 1944, Churchill le escribió al presidente
norteamericano, Roosevelt, que la gran preocupación que rondaba por las
mentes de su gabinete de guerra no era precisamente el "peligro fascista"
sino "que después de haberse marchado los alemanes de la ciudad y antes de
establecerse un gobierno autorizado, parece muy probable que el EAM 37 y
los comunistas extremistas intentarán apoderarse de ella...".38 Como
comandante en jefe de la operación "Manna" (nombre secreto que se le dio a
la intervención británica en Grecia), Churchill detalla como "La lenta
retirada alemana, desde Atenas nos permitió, sin embargo, consolidar la
dirección de los asuntos griegos en vísperas del golpe decisivo".39
Esto muestra cuán funcional puede ser el fascismo para los fines
imperialistas y qué rápido es desenmascarada la demagogia sobre la
"democracia" cuando las masas no están dispuestas a someterse a sus
designios. Cuando como en Grecia éstas "son, sin duda, contrarios al Rey y
favorables a una república".40
Churchill viajó personalmente la navidad de 1944 para dirigir la guerra
contra la revolución griega y aplastar lo que llamaba "la victoria del
trotskismo abierto y triunfante".41 Con la complicidad de la URSS, Gran
Bretaña obtuvo vía libre para reprimir la rebelión griega. Esto infiere
Churchill cuando le escribió al general Scobie en Atenas: "En mi opinión,
habiendo pagado el precio que le hemos abonado a Rusia por la libertad de
acción en Grecia, no vacilaremos en emplear tropas británicas para apoyar
al Real Gobierno de Grecia, bajo el Sr. Papandreu. Esto implica por cierto
que las tropas británicas intervendrán para impedir cualquier acto
ilegitimo".42 Luego del fusilamiento ejecutado por el gobierno de
Papandreu, títere de Gran Bretaña, contra una manifestación pacífica
(contra la política de desarme dictada por el mismo), donde murieron
decenas de personas y hubo centenares de heridos, se desencadena durante
treinta y tres días el combate armado en Atenas entre las fuerzas del
orden, bajo la dirección del general inglés Scobie, y las de la
Resistencia griega.
Sin embargo, el papel más pérfido lo jugó Moscú. "Stalin no sólo no hizo
ningún gesto militar ni diplomático en defensa de la Resistencia griega;
no sólo guardó un silencio cómplice durante los treinta y tantos días en
que los tanques y aviones británicos ametrallaban a la población de
Atenas; presionó además, a los dirigentes comunistas griegos para que
llegaran a la capitulación de Varkiza, la cual no estuvo impuesta, ni
mucho menos, por la relación de fuerzas".43 Stalin inaugura en Grecia el
primer gran acto del pacto con el imperialismo inglés y norteamericano que
luego será legitimado, al finalizar la guerra, en los acuerdos de Yalta.
Como asevera el mismo Churchill "...Stalin se adhirió estricta y lealmente
al acuerdo de octubre con nosotros44 y durante todas las largas semanas de
lucha contra los comunistas en las calles de Atenas no salió una palabra
de reproche de Pravda ni de Izvestia".45
Bajo las directivas de Stalin, el partido comunista griego debía
considerar a los sucesores "metaxistas" y al rey Jorge II como aliados
"democráticos" bajo la amenaza de considerar, al que no lo viera así, como
un derrotista de la patria socialista. Incluso para aquellos que entendían
la guerra como el enfrentamiento entre "democracia y fascismo" les fue
difícil comprenderlo. Por eso, el PC ante las resistencias que generó esta
línea política, no dudó en imponerla por medio de la fuerza, conformando
su propio servicio de orden en Grecia para asesinar a trotskistas y
dirigentes comunistas que no aceptaban la voluntad de restaurar el viejo
orden metaxista, la OPLA.46 Serán necesario ocho años de traición
stalinistas para liquidar la revolución griega.47
Desde el escenario de la revolución griega, al cual Hobsbawm le dedica
sólo unas líneas, es posible ver claramente la falsedad de que la
"alianza, insólita y temporal, del capitalismo liberal y el comunismo...
permitió salvar a la democracia". Esta mistificación de la guerra fue el
factor clave para liquidar la revolución europea y garantizar la
restauración capitalista en Europa... "Cuando la "bolcheviquización de una
Europa quebrada y arruinada sigue siendo una posibilidad concreta", en
palabras del general británico Smutz.
Italia: La
revolución frustrada
Otra de las
grandes epopeyas revolucionarias de las masas en la guerra ocurrió en
Italia. El desembarco Aliado en Sicilia, la derrota de Alemania en
Stalingrado pero fundamentalmente el movimiento huelguístico que se inició
en Turín y se propagó a Milán y Génova durante la primavera de 1943,
precipitó la caída de Mussolini y la burguesía italiana se puso a la
sombra de los Aliados.48 El restablecimiento del rey y el nombramiento del
mariscal Badoglio, de conocido pasado fascista49 muestra a las claras la
decisión de la burguesía italiana, respaldada por los Aliados, de mantener
el régimen fascista pero sin Mussolini, a tal punto, que este cambio no
generó la más mínima reprobación del partido fascista ni de la milicia.
Aunque querían de esta forma prevenir una salida revolucionaria a la
crisis,50 no pudieron impedir que la destitución del Duce liberara los
diques de contención del movimiento de masas. Los partidos antifascistas
salieron a la legalidad, los sindicatos pasaron a manos de comisarios
designados por comités unitarios del antifascismo, en las fábricas se
constituyeron por elección comisiones obreras, las huelgas se
multiplicaron exigiendo la liberación de los detenidos políticos. Cuál no
habrá sido el desconcierto de las masas que ansiaban la paz con los
Aliados cuando éstos últimos "saludaron" la caída del Duce con los peores
bombardeos sufridos hasta entonces sobre las barriadas de Roma.51 Los
alemanes, mientras tanto, aumentaron el número de divisiones que ya tenían
en el norte y avanzaron hasta el centro del país. El gobierno de Badoglio
no tomó ninguna medida defensiva y huyó con el rey al sur a resguardo de
los Aliados. La respuesta del movimiento de masas y la acción armada
tomaron gran envergadura. El partido comunista y el Comité de Liberación
Nacional de la Alta Italia, convocaron a la huelga general en la zona
ocupada por los alemanes. Más de un millón de trabajadores participaron en
el movimiento y, paralelamente, el movimiento guerrillero se desarrolló y
alcanzó unos 100.000 hombres. Luigi Longo, dirigente del PC italiano,
describe de esta forma la situación en la Italia del Norte: "Debido a la
gran envergadura del movimiento de masas, en muchas regiones, había de
hecho, dualidad de poder... hubo otras zonas en el norte de Italia
completamente liberadas de las autoridades fascistas, alemanas o
italianas. Estaban dirigidas por organismos democráticos de poder,
elegidos libremente bajo la protección de las fuerzas guerrilleras".52
Nuevamente, al igual que en Grecia, se ejecutó un plan de pinzas entre los
aliados imperialistas y el Kremlin para liquidar la insurrección. Stalin
envió a Togliatti para aplicar el programa de los "tres grandes" en
Italia: la instauración de un gobierno de unidad nacional encabezado por
Badoglio, reencauzando al PC italiano por la senda de la democracia
burguesa (esta misma operación política será llevada adelante en Francia
sólo que en vez de Togliatti será Thorez y en vez del mariscal Badoglio
será el almirante Darlan, el preferido de los Aliados) e impedir toda
iniciativa independiente de la resistencia de masas. El viraje del PCI
-conocido como la svolta de Salerno- permitió vencer las resistencias de
comunistas, socialistas y militantes del Partido de Acción, aún cuando
tuvieron que "sacrificar" al rey y sustituir a Badoglio por Bonomi, un
defensor receloso del viejo aparato del Estado.
Por otra parte, mientras en el sur de Italia los Aliados apuntalaban el
nuevo estado burgués, las tácticas militares más que nunca estuvieron
guiadas, al igual que en Grecia, para liquidar la revolución que en el
norte de Italia se desencadenaría luego de la derrota de los alemanes a
manos de la Resistencia. "La primera medida destinada a destruir el
movimiento guerrillero fue la paralización del avance aliado, en el otoño
de 1944, dejando las manos libres a las tropas hitlerianas y mussolinianas
de consagrarse durante todo el invierno a la lucha contra la
Resistencia".53 Pese a ello, la Resistencia logró derrotar al fascismo
enteramente sola y diez días antes de que llegaran las tropas aliadas (que
avanzaron hasta Roma recién un año después de su desembarco en Sicilia) se
adelantaron con la insurrección general que despertó el entusiasmo de todo
el país. La política del PC consiguió que los partisanos se comprometieran
a acatar las instrucciones de los anglo-norteamericanos con la firma del
llamado "Protocolo de Roma". Mediante éste, el gobierno de unidad nacional
y los acuerdos internacionales de Yalta, la administración militar
anglo-norteamericana a su llegada desarmó el poder dual establecido. En
1947, Togliatti dirá: "Si nos reprochan no haber sabido tomar el poder o
habernos dejado excluir del gobierno les diréis que no podíamos
transformar Italia en una nueva Grecia; no solamente por nuestro interés
sino por el de los mismos soviéticos".54
***
Cabe concluir
que en la Segunda Guerra Mundial y más precisamente a partir de 1943,
cuando irrumpió el auge revolucionario de las masas, se ejecutó un
verdadero trabajo sucio cimentado en los acuerdos espurios de la Gran
Alianza concertados en Teherán, Potsdam y Yalta. Esto no fue sin
dificultad. Por su parte, el stalinismo apeló a expulsiones, amenazas,
corrupción y violencia para doblegar las resistencia que se suscitaron en
sus filas,55 imponer la "unión sagrada" y liquidar toda iniciativa
independiente del proletariado y las masas. Además del bombardeo a las
barriadas obreras de las ciudades insurrectas, de contemplar pasivamente
el combate entre la Resistencia y el fascismo, en Grecia, Italia y
Francia, las tropas anglo-norteamericanas realizaron el desembarco de
Normandía. Este desembarco, celebrado pomposamente como la "embestida
final" al fascismo alemán gracias al cual la "Liberación" fue posible, es
un puro engaño. Ciertamente, la decisión de la apertura del segundo frente
en Francia (y no en Grecia como pedían los británicos) perseguía el
objetivo de no dejar en manos de los comunistas la garantía de que la
revolución europea no llegara a buen puerto y además sentar relación de
fuerzas no sólo frente a las masas sino también frente a la URSS, que
avanzaba hacia Occidente y tenía suficiente capacidad como para derrotar
sola a Alemania.56
Es tan fervorosa la defensa de la democracia imperialista esgrimida por
Hobsbawm que inclusive oculta las masacres a poblaciones civiles
perpetradas, luego de derrotado el fascismo, verdaderos actos preventivos
o efectivos para aleccionar a las masas del sentido imperialista de "la
libertad del mundo" y la "democracia", como lo fue la de Dresden.57
Particularmente, el genocidio de unos cientos de miles de habitantes en
Hiroshima y Nagasaki, fue llevado adelante por EE.UU. sin otro objetivo,
dado que la victoria contra el Eje ya estaba asegurada, que el de una
demostración de relación de fuerzas dirigida especialmente a la URSS (un
día antes de la apertura de la Conferencia de Potsdam, se había ensayado
con "éxito" la bomba atómica norteamericana). Al mencionar este objetivo
como posibilidad cierta, la posición de Hobsbawm de que la "alianza entre
el capitalismo y el comunismo... permitió salvar la democracia", se
muestra nuevamente endeble.58 Como sostiene la filósofa marxista Ellen
Meiksins Wood: "La visión 'gran imperial' ha sido la esencia de la
política exterior de Estados Unidos desde la Guerra. El proyecto de
hegemonía económica global, apoyada en la supremacía militar, comenzó
formalmente cuando Estados Unidos estableció su hegemonía económica con el
sistema Breton Woods, y su supremacía militar con sus bombas atómicas en
Hiroshima y Nagasaki".59
En el caso de la revolución de Grecia e Italia, es evidente que la
política del stalinismo dividía y paralizaba la Resistencia en pos de
lograr la unidad nacional con la burguesía hasta ayer fascista, política
que se continuó, basada en la enorme fortaleza que adquirieron los PC, en
el llamado a la reconstrucción de Europa capitalista, con la tristemente
famosa "batalla de la producción".60 El ascenso revolucionario de las
masas europeas utilizado por Stalin y los partidos comunistas satélites de
la URSS como prenda de negociación al finalizar la guerra, obligó a las
burguesías nacionales a compartir en sus inicios la reconstrucción
nacional con los partidos comunistas (que participaron directamente como
ministros en el gobierno). Éstos lograron a cambio, la preservación del
sistema capitalista devastado por la guerra y la burocracia del Kremlin
consiguió la anhelada "zona de amortiguación". El freno que la política de
Stalin puso al movimiento revolucionario fue insuficiente para impedir que
el auge obrero y popular asustara a la burguesía de uno y otro lado del
Atlántico, pero fue suficiente para limitar el camino revolucionario (a
costa de hacer algunas concesiones para abortarlo).
Los hechos se mostraron contrarios al clásico argumento stalinista y
socialdemócrata de justificar la subordinación del proletariado a la
burguesía con la excusa de no dividir las fuerzas progresivas. Argumento
que fue utilizado por los partidos comunistas en la Segunda Guerra Mundial
para fundamentar la estrategia de luchar por "democracias de nuevo tipo" y
no por la revolución "al estilo ruso". Se le hace difícil explicar a
Hobsbawm cómo de una situación donde la burguesía estaba derrotada en los
principales países de la Europa continental, se desarrollaba un ascenso
revolucionario masivo que instauraba regímenes de doble poder en varios
países, existían partidos comunistas de masas y la URSS tenía un gran
poderío militar y un enorme prestigio frente al movimiento de masas, cómo,
entonces, dos años después de terminada la guerra, la burguesía consiguió
una relación de fuerzas tal que le permitió restaurar los viejos regímenes
y echar a los ministros comunistas de los gobiernos (de París, Roma y
Bruselas). No se explica, sino fue porque detrás de aquel argumento operó
una de las traiciones más grandes de la historia consumada por partidos
que decían representar a la clase obrera. Como mínimo Hobsbawm debería
decir que su justificación de la política del PC, de impedir el triunfo de
la revolución social, ya que ésta "reflejaba una evolución deliberada del
método insurreccional y del enfrentamiento al gradualismo, la negociación
e incluso la vía parlamentaria de acceso al poder" (citada en el apartado
dedicado a la revolución española) no sólo se demostró incorrecta en
España sino también en Grecia, Italia, Francia, Bélgica, etc.
La traición de la burocracia del Kremlin y los PC se apoyó en las derrotas
de los años '30 y en la aniquilación (por parte del imperialismo fascista
o democrático y del mismo stalinismo) de la vanguardia proletaria con más
experiencia. Pero también ésta pudo consumarse debido a la debilidad de
las nuevas generaciones revolucionarias y fundamentalmente a la falta de
un poderoso partido mundial de la revolución. Parafraseando a Trotsky, así
es la amarga ironía de la historia: la experiencia de la revolución rusa,
en su forma reaccionaria y distorsionada -encarnada en el stalinismo-, no
sólo no ayudó al proletariado europeo sino que se convirtió en uno de los
principales obstáculos en su camino.
La definición de la Segunda Guerra Mundial de Hobsbawm como "una guerra de
religión o ideológica" es utilizada como cimiento de la "alianza
antifascista". Esta alianza de contenido imperialista pudo liquidar la
perspectiva de la revolución mundial que de triunfar hubiese cambiado el
destino de la humanidad. En este sentido es muy acertada la reflexión que
hace Fernando Claudín, dirigente del Partido Comunista Español desde 1933
a 1965, al respecto: "Es evidente que en las condiciones de 1945, con el
Ejército Rojo en el Elba, la confirmación de la posibilidad revolucionaria
creada en Francia e Italia hubiera sido la victoria de la revolución en la
Europa continental, y la modificación radical del equilibrio mundial de
fuerzas en contra del imperialismo norteamericano, el único gran estado
capitalista que había salido fortalecido de la guerra. E inversamente, es
difícil exagerar el efecto negativo que la frustración de esa posibilidad
ha tenido para el desarrollo ulterior del movimiento revolucionario
mundial. Puede parangonarse, con pleno fundamento, a las consecuencias que
tuvo la derrota de la revolución alemana en 1918-1919.
...'¿Donde estaría el mundo comentaba -Dimitrov en noviembre de 1937- si
las revoluciones alemana y austríaca de 1918 hubiesen sido llevadas hasta
el fin, y si a continuación de la victoria de la revolución la dictadura
del proletariado se hubiese instaurado en el centro de Europa, en los
países altamente desarrollados?' Algo parecido podría decirse hoy respecto
al auge revolucionario de 1944-1945 en Francia e Italia".61
La perspectiva revolucionaria que adoptaron las masas en el curso de la
guerra mostró que fue acertada la apuesta hecha por Trotsky con la
fundación de la IV Internacional en 1938. Aún cuando ésta no superó el
estadio de una minoría, por cuestiones prominentemente objetivas, diezmada
tanto por el imperialismo fascista o democrático como por los stalinistas,
constituyó el único hilo de continuidad revolucionario, y los trotskistas
fueron los únicos que en su programa y acción mostraron una política
independiente capaz de enfrentar el monstruo stalinista y su política de
"unión sagrada", como se podrá constatar al leer esta compilación.
El
resultado de la guerra
Trotsky trazó
otras alternativas si la revolución no triunfaba. La más probable era el
triunfo de EE.UU.: "Todo indica que, si el imperialismo europeo no es
derrotado por la revolución proletaria y no se establece la paz sobre una
base socialista, EE.UU. dictará los términos de la paz imperialista
después de aparecer como el vencedor. Su participación determinará el
campo de los vencedores, y también la disposición del botín, del que
reclamará una parte leonina".62 Precisamente, la derrota de Alemania y
Japón y el debilitamiento de los imperialismos aliados, Francia y Gran
Bretaña, colocaron a EE.UU. en la cúspide del dominio imperialista. Pero,
sin embargo, este último tuvo que aceptar las pretensiones territoriales
de la URSS, en Europa del Este, y pocos años después de terminada la
guerra no pudo evitar perder la codiciada China. EE.UU. y la URSS
establecieron un nuevo pacto estratégico que dividía al mundo en zonas de
influencia y "la coexistencia pacífica". De esta manera el resultado de la
guerra fue contradictorio.
El imperialismo no sólo no logró liquidar a la URSS, como estado obrero,
sino que aún con una dirección burocrática, se expropió al capital en un
tercio del mundo. Estas conquistas, sin embargo, fueron conseguidas por el
proletariado y las masas oprimidas a un alto costo. Además de padecer una
nueva guerra de rapiña imperialista con decenas de millones de muertos, el
proletariado tuvo que resignar la revolución europea como vimos en Grecia
e Italia. Visto desde los fines de la revolución socialista, estas
conquistas, al fortalecer el aparato stalinista, terminaron volviéndose en
su contra en los futuros embates revolucionarios.
En "No Cambiamos nuestro rumbo" (en esta compilación), Trotsky avizoró:
"Con un proletariado mundial que renuncia a una política independiente,
una alianza entre la Unión Soviética y las democracias imperialistas
significaría el aumento de la omnipotencia de la burocracia de Moscú, su
posterior transformación en una agencia del imperialismo y el inevitable
otorgamiento de concesiones al imperialismo en la esfera económica.
Seguramente, la posición militar de los distintos países imperialistas en
la arena mundial cambiaría consecuentemente; pero la situación del
proletariado internacional, desde el punto de vista de las tareas de la
revolución socialista, cambiaría muy poco". El dominio magistral del
materialismo histórico para analizar incluso el rol y destino de la URSS,
le permitió a León Trotsky pronosticar lo que fue la norma de la
postguerra desde el punto de vista de la lucha de clases. El aumento de la
omnipotencia de la burocracia de Moscú fue evidente y al igual que en la
guerra, continuó siendo un obstáculo formidable, aún más efectivo, para la
lucha por la revolución socialista.
Sobre la base del boom económico, cimentado en la enorme destrucción de
fuerzas productivas durante la guerra y el desvío de la revolución
europea, se constituyó un enorme pacto reformista caracterizado por los
"estados de bienestar" en Occidente y los estados obreros bajo la órbita
de la burocracia del Kremlin.63 "Los años dorados", como llama Hobsbawm al
boom económico de posguerra, moldearon en forma reformista al proletariado
de "uno y otro lado". Este se alineó a las ideologías encomiásticas del
orden mundial que profesaban la "democracia" de Occidente o el "socialismo
real" de la URSS.
Durante el período 68/80, la apertura del ascenso obrero y popular a
escala internacional, que expresó a las claras la tendencia del
proletariado como sujeto revolucionario,64 cuestionó el orden de Yalta, es
decir, sus pilares capitales, el stalinismo y las democracias
imperialistas. Sin embargo, el proletariado por la falta de una estrategia
independiente no estuvo a la altura de derribarlo logrando triunfos
revolucionarios en alguno de los países centrales. Quedó preso nuevamente
de la mecánica política impuesta por los PC (que fue una continuación de
la aplicada en la Segunda Guerra y que se afianzó posteriormente por el
resurgimiento de la socialdemocracia): entrampado en una supuesta lucha de
campos y no de clases, sus gestas revolucionarias lejos de reforzar su
independencia política de la clase explotadora, única forma de ganar
hegemonía en la alianza con las demás clases oprimidas, fortalecieron a
las direcciones stalinista y socialdemócrata u otras que surgieron a su
vera, aún cuando en algunos casos hayan conseguido conquistas
circunstanciales.
Ciertamente, el perjuicio mayor que jugó el stalinismo fue liquidar las
mejores tradiciones de la clase obrera. A fines de los '80, entre el temor
al movimiento de masas y la presión económica del imperialismo, la
burocracia stalinista, como lo previó Trotsky, se pasó al campo abierto de
la restauración capitalista. Con el final de la URSS, el imperialismo y
sus escribas pudieron tributar a su favor el falso enfrentamiento entre la
democracia burguesa y el totalitarismo, declarando el triunfo de la
"democracia" como único sistema viable para la civilización. Muchos de los
que eran considerados la izquierda en los '70, "amigos de la URSS", fueron
los primeros en condenar el comunismo identificándolo interesadamente con
el stalinismo. Hoy, éstos intentan entretenernos con una búsqueda utópica
de una capitalismo "humanizado". Insisten en que la disyuntiva sigue
siendo democracia versus totalitarismo, para lo cual la única alternativa
válida es una democracia capitalista pero ahora mejorada (participativa,
parlamentaria, con "soberanía nacional", "europeísta").
Han pasado más de 60 años y, aunque ha habido grandes cambios, es
insoslayable para una comprensión del presente y del futuro, estudiar el
curso de la Segunda Guerra Mundial y su desenlace, alejados de la visión
democratizante de muchos intelectuales, retomando la perspectiva de la
revolución y de un mundo sin explotación
1. Eric
Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aires, 1998, pág. 166.
2. Se estima que en Hiroshima murieron instantáneamente 70.000 personas,
con 210.000 muertos en total y en Nagasaki 40.000, con 200.000 muertos en
total.
3. Ibídem, pág. 181.
4. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 150. Cabe aclarar que, según Hobsbawm,
"este principio no puede aplicarse a la política de Africa, Asia y el
Extremo Oriente, dominada por el hecho del colonialismo".
5. Ibídem, pág. 64, subrayado nuestro.
6. Ibídem, pág. 151.
7. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 149.
8. Ernest Mandel, El significado de la Segunda Guerra Mundial, Fontamara,
México, 1991, pág. 11.
9. E. Hobsbawm, op. cit., págs. 34 y 157.
10. Ernest Mandel, op. cit., pág. 12.
11. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 116.
12. León Trotsky, Naturaleza y Dinámica del capitalismo y la economía de
transición, "El marxismo y nuestra época", C.E.I.P "León Trotsky", 1999,
pág. 185.
13. A partir de la invasión de Alemania a la URSS, en junio de 1941,
Stalin define su apoyo al bando imperialista de EE.UU. y Gran Bretaña.
Junto con el ataque japonés a Pearl Harbor a fines de 1941, el escenario
de la guerra se extiende a todos los continentes.
14. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 17.
15. Barton J. Bernstein, Confrontation in Eastern Europe, de Thomas G.
Paterson, ed., citado por Ernest Mandel, op. cit., pág. 119.
16. Véase Stewart Richardson, editor, The Secret History of world war II,
Berkley Book, New York, 1986, págs. 5,6,7 y 14.
17. Durante la guerra, murieron 26.000.000 de personas en la URSS (14 % de
la población) y fue destruido un 20 % del potencial industrial. Mientras
que en Gran Bretaña y EE.UU. murieron 365.000 (1 %) y 340.000 (0,2 %)
respectivamente. Las pérdidas materiales fueron perceptiblemente
inferiores en Gran Bretaña respecto de la URSS, aún cuando fueron
afectados los medios de comunicación (ferrocarriles, puertos, puentes y
viaductos), las ciudades de Londres y Coventry quedaron destruidas y las
arcas del Estado vacías. Véase R. Aracil, J. Oliver, A. Segura: El mundo
actual. De la segunda guerra mundial a nuestros días, Universitat de
Barcelona, 1995, págs. 19 y 20.
18. Véase Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial. La Gran
Alianza, Ediciones Peuser, Bs. As., 1965, pág 558. Luego del triunfo de
Rusia sobre Alemania, la apuesta de Stalin aumentó a los de Europa Central
y Oriental.
19. Léon Trotsky, "Sólo la revolución puede terminar con la guerra",
publicado en esta compilación.
20. Como ya mencionamos, para el trotskismo no hay irreconciabilidad
absoluta entre el régimen democrático burgués y el fascista dentro de un
Estado. Esto no significa que sí exista en forma relativa. Esta última
cuestión no es secundaria sino fundamental para determinar una política
que impida el triunfo del fascismo, la necesidad imperiosa del
proletariado de defender sus conquistas democráticas, que precisamente son
la base de su ataque. En su libro, La lucha contra el fascismo. El
proletariado y la revolución, Trotsky analizó meticulosamente los
distintos tipos de bonapartismos en Alemania y al fascismo y planteó la
política de frente único de las filas obreras como clave de su derrota,
precisando distintas tácticas para ello en función de los cambios de
regímenes que se operaron como expresión de la relación de fuerzas entre
las clases.
21. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 166.
22. Ibídem, pág. 167.
23. La "política de apaciguamiento" de Gran Bretaña y Francia perseguía el
objetivo de evitar la guerra con Alemania, por los motivos ya expresados,
haciéndole todo tipo de concesiones (golpe del Rurh, guerra civil
española, Austria, Checoeslovaquia, Pacto de Munich).
24. Citado por Pierre Broue y Emile Temine, La revolución y la guerra de
España, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, Tomo II, pág. 7.
25. Ibídem, pág. 275.
26. León Trotsky, Escritos sobre España, "Lección de España. Ultima
advertencia", Ruedo Ibérico, París, 1971, pág. 177.
27. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 174.
28. Escritos de León Trotsky (1929-1940), "Los astros gemelos: Hitler-Stalin",
4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000.
29. Escritos de León Trotsky (1929-1940), "Los astros gemelos: Hitler-Stalin",
4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000.
30. Los primeros meses de guerra ruso-alemana fueron desastrosos para la
URSS. La confianza de Stalin en los acuerdos de paz con Hitler, sumado a
la anterior decapitación de los más experimentados militares, encontraron
a las fronteras rusas, en el momento de la invasión, sin defensa militar.
Sólo la valentía del pueblo ruso, mal pertrechado y armado, detuvo el
avance alemán hasta el invierno y, posteriormente, millones de jóvenes,
mujeres y niños se enrolaron en el Ejército Rojo para defender las
conquistas de Octubre de las garras del imperialismo alemán.
31. Para mayor ilustración véase la investigación de Pierre Broué, Trotsky
y los trotskistas frente a la Segunda Guerra Mundial, en el CD de esta
compilación.
32. La sangrienta dictadura militar-fascista del general Metaxas y del rey
Jorge II golpeó muy duramente al movimiento obrero, apresando o internando
en las prisiones de las islas a sus dirigentes y cuadros, ahogando al PC
griego en la clandestinidad.
33. Yugoslavia, Grecia y Turquía eran para Gran Bretaña un escudo para
proteger sus intereses estratégicos en Medio Oriente.
34. Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial. El Cerco se Cierra,
Ediciones Peuser, Bs. As., 1965, pág. 454. Subrayado nuestro.
35. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 288.
36. Pierre Broué, op. cit.
37. Frente de Liberación Nacional, fundado en septiembre de 1941,
integrado fundamentalmente por el partido comunista griego, pequeñas
formaciones socialistas y los sindicatos.
38. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 109.
39. Ibídem, pág. 255.
40. Carta de Churchill a Roosevelt. Winston S. Churchill, op. cit., El
Cerco se Cierra, pág. 462.
41. "Churchill justificó el 19/12/44 en estos términos, hablando ante la
Cámara de los Comunes, el empleo de la palabra 'trotskismo': 'Creo que 'trotskismo'
es una definición mejor del comunismo griego y de algunas otras sectas que
el término habitual. Tiene la ventaja de ser igualmente odiado en Rusia'.
Esto fue seguido de risas prolongadas" (Pierre Broué, op. cit.).
42. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 257.
43. Fernando Claudin, La crisis del movimiento comunista, Ruedo Ibérico,
París, 1970, Tomo I, pág. 379. "En vísperas de la liberación el EAM...tenía
organizado en sus filas a más de 1.500.000 hombres y mujeres. Refiriéndose
a los combates de Atenas, André Fontaine dice: 'El ELAS (brazo armado del
EAM), estuvo a punto de ganar la partida'".
44. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 262. Se
refiere a la Conferencia de Moscú realizada el 9 de octubre de 1944. En
dicha Conferencia, Churchill bosquejó en un papel el reparto de los
Balcanes: "Rumania: Rusia 90%, los otros 10%; Grecia: Gran Bretaña (de
acuerdo con EE.UU.) 90%, Rusia 10%; Yugoslavia y Hungría: partes iguales y
Bulgaria: Rusia 75%, los otros 25%. Le pasé esto a Stalin... Después sacó
el lápiz azul trazó un gran tilde en el papel y me lo devolvió. Se había
arreglado en menos tiempo del que se tarda en contarlo. ¿No le parecerá
esto un poco cínico a quien piense que hemos dispuesto de estas
cuestiones, que interesan, al destino de millones de hombres, de un modo
tan a la ligera? Quememos el papel. 'No; guárdelo Ud.', me contestó Stalin"
(op.cit., pág.209).
45. Ibídem, pág. 262.
46. "Desde Octubre de 1944, en todo el país, los 'oplistas', verdaderos
agentes de la GPU griega, llevaron una campaña de exterminación y
asesinato contra los trotskistas... 'más de 600 trotskistas liquidados' se
jactará en 1947, Barziotas, un miembro del buró político" (Pierre Broué,
op. cit.).
47. El ELAS, firmó una tregua en 1945 inducido por Stalin. En 1946, se
logró restaurar la monarquía. Sin embargo la resistencia griega continuará
hasta 1949. En ese año y gracias al apoyo de EE.UU., que debido a la
decadencia del imperialismo británico asume el relevo desde 1947, la
revolución griega fue finalmente derrotada.
48. Veáse Pierre Broué, "The Italian communist party, the war and the
revolution", Revolutionary History, Socialist Platform, London, 1995, vol.
5, Nro. 4, pág. 111 y Fernando Claudín, op. cit., pág. 315.
49. Fue comandante en jefe del ejército italiano durante la invasión de
Etiopía (1935-1936) siendo responsable de los abusos y matanzas que los
italianos cometieron sobre la población nativa. El uso de gases prohibidos
por la Convención de Ginebra provocó estragos sobre la población civil
pero para Badoglio se trataba de una táctica de guerra. Posteriormente
ocupó el cargo de jefe del Estado Mayor del ejército italiano durante la
desafortunada campaña de Grecia (1939-1940) en la II Guerra Mundial.
50. "Desde el inicio, el gobierno de Badoglio mostró su verdadera faz. En
una circular gubernamental se dan las siguientes instrucciones: 'Todo
movimiento debe ser aplastado inexorablemente en su origen... Las tropas
actuarán en formación de combate, abriendo fuego a distancia, incluso con
morteros y artillería, sin previo aviso, como si procedieran contra el
enemigo. No se disparará al aire en ningún caso, sino al cuerpo, como en
el combate, y si se cometiera algún acto de violencia, aunque fuese
aislado, contra las fuerzas armadas, los culpables serán pasados por las
armas'" (Fernando Claudín, op. cit., pág. 315).
51. Véase Arnold J. Toynbee, La Europa de Hitler, Sarpe, Madrid, 1985,
pág. 240.
52. Fernando Claudín, op. cit., pág. 317.
53. Ibídem, pág. 327. Véase también Rodolphe Prager, "La IV Internacional
durante la guerra (1940-1946)" en el CD de esta compilación.
54. Ibídem, pág. 337.
55. Véase Arturo Peregalli, "The left wing opposition in Italy during the
period of Resistence" y Pierre Broué, "The italian Communist Party, the
war and revolution", Revolutionary History, Socialist Platform, London,
1995, vol. 5, Nro. 4.
56. Veáse Fernando Claudín, op. cit., págs. 375-377.
57. "En febrero de 1945 en Dresden, Alemania, los EE.UU. -y su coaliado
Gran Bretaña- estaban embarcados en el bombardeo carnicero de objetivos
civiles alemanes y refugiados que habían desertado de la vanguardia del
Ejército Rojo. De acuerdo con rense.com 'Dresden era un gran hospital para
los soldados heridos. Ni una unidad militar, ni una batería antiaérea
estaba desplegada en la ciudad. Junto a los 600.000 refugiados de Breslau,
Dresden estaba repleta de al menos 1,2 millones de personas. Churchill
había pedido 'sugerencias' acerca de cómo hacer arder a 600.000
refugiados. El no estaba interesado en cómo alcanzar las instalaciones
militares a 60 millas de Dresden. Más de 700.000 bombas de fósforo fueron
lanzadas sobre más de un millón de personas. Una bomba por cada dos
personas. La temperatura en el centro de la ciudad alcanzó los 1600°. Más
de 260.000 cuerpos y restos de cuerpos fueron encontrados. Pero aquéllos
que perecieron en el centro de la ciudad no pudieron ser localizados.
Aproximadamente 500.000 niños, mujeres, ancianos, soldados heridos...
fueron masacrados en una noche. Otros ocultos en túneles también murieron.
Pero ellos murieron sin dolor -simplemente ardieron en la oscuridad.
Cuando el calor se incrementó ni se desintegraron en cenizas ni se
fundieron en un líquido espeso; simplemente dejaron una mancha de 2 o 3
pies'"("¡Felices 227 años de guerra, Estados Unidos!", John Stanton,
revista CounterPunch, 7/7/2003).
58. El pretexto que esgrimió EE.UU. para tirar las bombas atómicas fue
reducir las bajas de dicho país, ya que su victoria estaba totalmente
asegurada. El general MacArthur declaró: "[A finales de abril de
1945]...mi personal fue unánime al creer que Japón se encontraba a punto
de su hundimiento y de su rendición. Yo incluso dirigí los planes para que
fuera proyectado 'para una ocupación pacífica' sin operaciones militares
adicionales...Japón ya había sido derrotado y sus territorios estaban
ahora merced de las incursiones aéreas y la invasión" (Ernest Mandel, op.
cit. pág. 160). Veáse E. Hobsbawm, op. cit. pág. 35.
59. Ellen Meiksins Wood, "Democracia, hegemonía imperial y estados
nacionales en el capitalismo actual", Revista Lucha de Clases, 2da. Época,
Nro. 2 y 3, abril 2004, pág. 188.
60. A la salida de la guerra los PC llevaron adelante esta campaña que
significaba la subordinación del trabajo al capital en pos de la
restauración capitalista: los obreros no debían hacer huelgas, ni
presentar reinvindicaciones desmedidas sino elevar la producción.
61. Fernando Claudín, op.cit., pág. 289.
62. León Trotsky, "El papel mundial del imperialismo norteamericano",
publicado en esta compilación. Trotsky, veía muy difícil un triunfo de
Alemania en la guerra."No creo ni por un instante, como ya lo he dicho, en
la concreción de los planes de Hitler de una Pax Germánica, es decir, su
dominación del mundo. El imperialismo alemán llegó demasiado tarde; su
furia militar acabará en una tremenda catástrofe. Pero antes de que ocurra
esa catástrofe muchas cosas caerán en Europa. Stalin no quiere estar entre
ellas" (Escritos de León Trotsky [1929-1940], "Los astros gemelos: Hitler-Stalin",
4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000).
63. No obstante, este pacto no liquidó la contradicción para el sistema
imperialista de tener que convivir con la URSS. Esta se manifestó en la
"guerra fría" y frente a las decenas de guerras de liberación nacional en
las colonias que cruzaron toda la posguerra.
64. Constatado, por ejemplo, en el Mayo Francés, el Otoño Caliente
Italiano, la Primavera de Praga, la asamblea popular en Bolivia, los
consejos de inquilinos y soldados en la revolución Portugal, los cordones
industriales chilenos, la irrupción de Solidarnosk en Polonia, etc |
"La paz es la única batalla digna de emprenderse"
Albert Camus
2da Guerra - Los números de la vergüenza
6 años, casi,
duró la guerra más grande de la historia
100 millones de personas participaron militarmente en la guerra
50 millones
de personas
murieron durante el conflicto
De los que murieron:
15 millones eran soldados
20 millones eran civiles
rusos
6
millones eran judíos
4 millones eran polacos
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