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0805 - Fuente
Página 12
El sexagésimo aniversario del primer ataque atómico a una población civil
que se produjo en el mundo trajo a la memoria pública algunos hechos
notorios: el estallido de la bomba arrojada el 6 de agosto de 1945 por el
B-29 norteamericano Enola Gay causó 40 mil muertes instantáneas en
Hiroshima, cifra que a fines de ese año llegaba a 100 mil como
consecuencia de la radiactividad. Tres días después, una bomba de plutonio
segaba la vida de otros 80 mil civiles en Nagasaki. Pero hay algo que se
conoce menos: en el 2004 fallecieron en Japón 5375 personas afectadas por
esas radiaciones imparables (The Observer, 7/8/05). El total de víctimas
de ese solo y enorme acto terrorista de EE.UU. asciende, por ahora, a
242.437. No hay perspectivas de que se detenga allí.
La muerte atómica también pasea por otras regiones del planeta, alimentada
por una voluntad imperial: desde 1991, EE.UU. ha desatado cuatro guerras
empleando armamentos que portan el llamado uranio empobrecido, rico en
radiaciones mortíferas a pesar de su nombre. Su poder expansivo las han
diseminado ya por ingentes territorios, desde Egipto y el Medio Oriente
hasta Asia Central y el norte de la India. Su denominación científica es
uranio 238, su duración letal promedio es de 4500 millones de años –la
edad de la Tierra–, se degrada en cuatro etapas antes de convertirse en
plomo y sigue emitiendo radiaciones en cada una de ellas. No se ha
encontrado todavía la manera de contrarrestar sus efectos ni de limpiar
las zonas que contamina. Llena perfectamente la definición de arma de
destrucción masiva y amenaza la vida de todas las especies, empezando por
la humana.
Del uranio empobrecido que recubre los proyectiles caídos en el campo de
batalla no tardan en nacer partículas microscópicas de óxido de uranio.
Son insolubles, permanecen suspendidas en el aire, viajan alrededor del
mundo como componente radiactivo del polvo atmosférico y se depositan en
tierra arrastradas por la lluvia y la nieve. Según estudios recientes, la
contaminación radiactiva de la atmósfera mundial equivale al estallido de
40 mil bombas como la que embistió a Hiroshima(www.globalresearch.ca/index.php?
context, 8/7/05). La doctora Rosalie Bertell, integrante del grupo de 46
expertos internacionales que en el 2003 elaboró un informe para el Comité
sobre riesgos radiactivos del Parlamento Europeo, describió así las
consecuencias de las radiaciones en los sistemas biológicos: “El concepto
de aniquilación de las especies entraña el final –relativamente rápido y
deliberadamente provocado– de la historia, la cultura, la ciencia, la
reproducción biológica y la memoria. Es el rechazo humano más extremo del
don de la vida, un acto que exige la aparición de una palabra nueva para
nombrarlo: omnicidio”.
Las palabras nuevas no preocupan a la Casa Blanca, que desde el 11/9
considera que usar bombas nucleares, con guerra declarada o sin ella, no
constituye ya “el último recurso”. The Washington Post reveló a mediados
de mayo pasado la existencia de un programa militar que diseña posibles
ataques –siempre preventivos, claro– a Irán y Corea del Norte. Su nombre
en código es CONPLAN 8022 y consiste en una serie de operativos preparados
por el comando estratégico del ejército norteamericano (Startcom, por sus
siglas en inglés), cuyo componente central es el empleo de armas nucleares
“pequeñas” para destruir las instalaciones bajo tierra en las que
supuestamente Teherán y Pyongyang están tratando de producirlas. La
experiencia afgana demostró a Donald Rumsfeld que las bombas tradicionales
no bastaban para terminar con los refugios subterráneos de Al Qaida.
La teoría del Pentágono pretende que las “pequeñas” causarán perjuicios
ambientales moderados y que el “daño colateral”, es decir, la muerte de
civiles, será mínimo. ¿En serio? El logro de los objetivos de W. Bush en
Irán o en Corea del Norte requeriría al menos la utilización de cinco a
diez bombas de esa clase, dado el número de blancos esparcidos en
elterritorio de dichos países. Según el CONPLAN 8022, la magnitud del
estallido de cada bomba equivaldría a diez kilotones –unos dos tercios de
la potencia de las que cayeron en Hiroshima y Nagasaki–; desatado a pocos
metros bajo tierra, destruiría todos los edificios de dos kilómetros a la
redonda y obligaría a la inmediata evacuación de quienes habitaran un área
de 100 kilómetros cuadrados cuyo epicentro sería la explosión. Esta
dañaría además las viviendas, los sembradíos y el ganado en un área de
miles de kilómetros cuadrados y, según la dirección y la velocidad del
viento, podría imponer la necesidad de evacuar con máxima rapidez a miles
de personas más. Y las radiaciones seguirían ahí, contaminando el mundo
por los siglos de los siglos, 45 millones de siglos para ser precisos.
En 1990, Estados Unidos dejó de producir plutonio 238, una de las
sustancias más tóxicas que conoce el ser humano. Inhalarlo puede ser
fatal. Aduciendo razones de seguridad nacional, la Casa Blanca levantó el
veto y ha dispuesto reanudar su fabricación en instalaciones federales del
desierto de Idaho. El plutonio 238 es mucho más radiactivo que su pariente
cercano, el plutonio 239, que se utiliza en las bombas nucleares. Sin
embargo, “muchos residentes de Idaho Falls, ciudad ubicada a 50 millas (80
kilómetros) de esas instalaciones, acogen con beneplácito los planes de
construir una nueva planta productora de plutonio” (National Public Radio,
4/8/05). Habrá más agresiones irreversibles al medio ambiente de la zona y
el cáncer visitará a sus habitantes con mayor frecuencia, pero circularán
más dólares. Como se dijo alguna vez, la inscripción “In God we trust”
impresa en el reverso de los billetes verdes está incompleta: falta una
ele entre la o y la d de God
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"La paz es la única batalla digna de emprenderse"
Albert Camus
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