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Consecuencias de la Gran Guerra y la Revolución Rusa

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010209 - Síntesis: En esta clase procuraremos brindar una visión de los principales problemas económicos que dejó abierto la Primera Guerra; además presentaremos el proceso histórico que desembocó en la primera experiencia socialista en Rusia; nos estamos refiriendo a la denominada “revolución de Octubre” y a sus consecuencias en el mundo.

                         

Interrogatorio: ¿Cuáles fueron las consecuencias de la Gran Guerra?, ¿Cuál era la situación de Alemania después de la Guerra?,  ¿ Qué papel jugó EE.UU. después de la guerra?, ¿Por qué se afirma que el mundo después de la guerra ya no se parecía al anterior? ¿ Cómo explicar el aumento de las importaciones y la disminución de las exportaciones europeas?, ¿ En que consistió la crisis monetaria?, ¿ Cómo evolucionó la economía norteamericana en la posguerra?,¿ Qué finalidad perseguía el taylorismo y cuál fue su estrategia?, ¿Cuáles fueron los aportes de Henry Ford?, ¿ Cuáles fueron las causas estructurales de la revolución rusa?, ¿ Cuás fueron las reformas liberales que intentó llevar a cabo Nicolás II?, ¿ cuál era la posición de Lenin?, ¿ Qué medidas de gobierno caracterizan a la denominada Revolución de Octubre?, En qué se transformó la dictadura del proletariado?, ¿Cuáles fueron las consecuencias de la revolución rusa en Europa?, ¿En qué consistió el proceso de bolchevización?

 

Desarrollo: Las consecuencias económicas de la Gran Guerra
 

         Los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial significaron una catástrofe, especialmente para Europa.

 

         En primer lugar porque resultó en una hecatombe demográfica. Nunca una guerra había producido tantas víctimas: más de ocho millones de hombres murieron en combate y más de siete millones quedaron gravemente heridos. En segundo término porque las características de la contienda trajeron como consecuencia la ruina de grandes regiones, especialmente la devastación de Francia, Bélgica y Rusia occidental. Pero más allá de la destrucción, todos los países que intervinieron perdieron grandes cantidades de dinero. Sobre todo Gran Bretaña y Francia que habían que tenido que tomar préstamos de los Estados Unidos para afrontar el conflicto. Además, las deudas tenían el peligro de ocasionar una especie de “efecto dominó”: los norteamericanos habían tomado empréstitos internos para financiar el esfuerzo bélico de franceses e ingleses, pero estos últimos también habían tenido que usar parte de ese dinero para prestar recursos a sus aliados subsidiarios, Australia y Canadá. La situación era peligrosa, pero parecía que nadie lo advertía.

 

         Los vencedores mezclaban el nacionalismo extremo que había crecido al compás de la guerra con la ansiedad de volver a la normalidad, esa belle époque que nunca regresaría. Por esta razón, los alemanes, que no habían sufrido una derrota apalastante sino que habían aceptado los Catorce puntos del Presidente Wilson como base para negociar un armisticio se encontraron con que les imponían condiciones de extrema dureza que ni siquiera discutían con ellos. El gobierno democrático instalado en el país derrotado (que ha pasado a la historia como la República de Weimar) veía con alarma las consecuencias económicas y políticas de esas decisiones. El resultado fue tratar que Alemania pagara todos los costos del conflicto y, por otra parte, disminuir su poderío como para que nunca volviera a significar un peligro para quienes habían sido sus enemigos.

 

         Los EE.UU. habían salido fortalecidos de la contienda. Después de la Gran Guerra sustituyeron a Gran Bretaña como principal acreedor mundial y tomaron su lugar como primera potencia económica mundial.

 

         Como dijimos,  en la opinión de los vencedores Alemania debía pagar los platos rotos y se le impusieron duras condiciones. En primer lugar, perdía sus territorios imperiales en Tanganica y África del suroeste. Después, resignaba más de 60.000 kilómetros cuadrados de su territorio y debía dejar una salida al mar a la flamante república independiente de Polonia. Por último, se la obligaba a devolver a Francia los territorios de Alsacia y Lorena con sus importantes yacimientos de hierro y carbón. Además, debía reducir su armamento y sus fuerzas armadas a una mínima expresión.

 

         Como si esto fuera poco, se culpabilizaba a Alemania de haber desencadenado la guerra y en consecuencia se le pedía a este Estado disminuido que pagara indemnizaciones a quienes habían sido sus enemigos para resarcirlos de la destrucción que había traído el conflicto. Francia era la más dura en este sentido con el doble propósito de reconstruir su base económica y debilitar en forma definitiva a su enemigo. El problema más  grave fue determinar la capacidad de pago de Alemania. Después de darle muchas vueltas se llegó a un compromiso de crear una comisión interaliada que las definiría cuánto deberían desembolsar los alemanes luego de que se realizara un primer pago de mil millones de libras oro.

 

         Estas sanciones económicas estaban también en buena medida determinadas por una cuestión política: la necesidad de los vencedores de mostrarse lo suficientemente estrictos frente a la opinión pública de sus respectivos países. Pero también sus consecuencias serían políticas. El tema de las reparaciones de guerra y de las demás concesiones debilitarían al gobierno democrático de la República de Weimar. Especialmente frente a sus opositores de derecha.

 

         En 1919, el mundo anterior a la guerra era sólo un recuerdo pero obstinadamente los empresarios y los hombres de gobierno parecían querer volver a toda costa a ese Paraíso perdido.

        

El mundo económico después de la Gran Guerra

 

         El fin de la guerra y la firma de los tratados de paz dejaron planteado un mundo que, pese a lo que imaginaban los contemporáneos, no podría volver a parecerse al de la belle époque.

 

         En primer lugar, porque Europa salía profundamente herida de la contienda. Al terminar la guerra, la necesidad de materias primas y de alimentos era enorme. La desmovilización de los ejércitos y el racionamiento que habían sufrido los civiles hacían necesario conseguir vestido y comida para esas masas que ya no veían motivos para seguir sufriendo privaciones. Por otra parte, había que reconstruir el sistema de transportes terrestres y marítimos y reequipar a las fábricas que habían sido destruidas como consecuencia de los combates. También, aquellas unidades productivas dedicadas a la industria de guerra debían ser transformadas para los tiempos de paz. En el mediano plazo era necesario aumentar la producción, pero en lo inmediato debían incrementarse las importaciones de aquellos países que podían abastecer al Viejo Continente para cubrir sus necesidades más urgentes. Japón, Estados Unidos, Canadá, Brasil y Argentina cumplieron este papel.
 

Como consecuencia de esa intensa demanda, los precios (que habían comenzado a bajar desde el fin del conflicto) retomaron su ritmo alcista. El petróleo y el trigo aumentaron el 400% y el algodón el 50%. La consecuencia fue que crecieron notablemente las importaciones europeas y sus exportaciones no lo hicieron en proporciones significativas.  Este último fenómeno puede explicarse por dos consecuencias relacionadas también con la guerra. La más evidente es que el aparato productivo europeo no estaba en condiciones como para retomar enseguida el ritmo de sus ventas en tiempos de paz pero, por otra parte, la interrupción del comercio durante el conflicto había promovido que en aquellos países que normalmente se abastecían de las manufacturas europeas surgieran pequeñas industrias para el consumo local al amparo de la parálisis en la llegada de productos del Viejo Continente entre 1914 y 1918. Esa tendencia al crecimiento industrial autárquico se mantuvo después de la guerra en varios países, que protegieron a sus industrias locales con aranceles a la entrada de productos extranjeros, lo que debilitó también la posición europea.

 

         La situación se agrava cuando en 1919 los Estados Unidos dejan de sostener las monedas de las potencias aliadas y estalla una crisis que afecta a todos los países. Las monedas disminuyen su paridad: un francés debía pagar 11 francos para comprar un dólar, luego de la crisis deberá pagar 17; un alemán pasa de cambiar 8 marcos por un dólar a 100 marcos; un italiano de 8 liras a 28. Esta crisis monetaria se expande por toda la economía. Se produce entonces un fenómeno alarmante: la inflación , o sea, la suba generalizada de los precios de todos los productos. Como Europa pierde capacidad de pago, disminuyen las compras de cereales a la mitad y, en proporciones parecidas el café, el azúcar, el cobre, el plomo, el zinc, la seda japonesa, lo que termina con la breve prosperidad de los países exportadores de alimentos y materias primas. Esta disminución arrastra con ella la reducción de los fletes, el retraso de las construcciones navales y de las industrias siderúrgicas y de las economías industrializadas en todo el mundo. El desempleo aumenta, los salarios se reducen y los bancos interrumpen sus créditos.

 

La crisis abarca en todas partes a todos los sectores.

 

         La inestabilidad de sus monedas les ha hecho perder a los europeos la seguridad de la preguerra y dificulta el restablecimiento global de la economía. En 1922 se producirá la recuperación pero la crisis dejará huellas duraderas. Los tratados de paz sólo habían servido para debilitar la posición del Viejo Continente y las impagables reparaciones de guerra se renegociarán permanente e inútilmente durante toda la década del ’20 porque los alemanes no estaban en condiciones de pagarlas.

 

         La otra cara de la moneda la presentan los Estados Unidos, que lejos de ver afectada su economía, resultarán notablemente fortalecidos. En 1913, los norteamericanos tenían ya el predominio mundial con la tercera parte de la producción de todo el mundo, algo menos que lo que salía de las fábricas sumadas de Alemania, Gran Bretaña y Francia. En 1929, su producción alcanzó el 42% del total mundial y los otros tres países europeos sumados habían descendido a algo menos del 28%. Al terminar la Gran Guerra, el predominio en la producción mundial de los norteamericanos era claro y evidente.

 

Pero, además, no se limitaba al aspecto productivo. Los Estados Unidos, que al comenzar el conflicto eran un país deudor, para 1918 se habían transformado en el principal acreedor internacional. Cada año, el excedente de la balanza comercial alcanzaba a unos 700 millones de dólares que en gran parte pasaban a alimentar sus inversiones en el extranjero. Mientras que los bancos norteamericanos poseían sólo 13 sucursales en el exterior en 1913, en 1930 contaban con 238, repartidas en 38 países distintos. Para ese entonces, las filiales de empresas norteamericanas y el control de empresas locales significaban una inversión de 3.500 millones de dólares, mientras que más de 5.000 millones habían sido destinados a prestamos directos a gobiernos.

 

Además, los norteamericanos no dependían del resto del mundo para que su crecimiento continuara. Dueños de un mercado interno poderoso en número de habitantes y en poder adquisitivo, tenían también un territorio que les brindaba buena parte de las mercaderías que necesitaban. Sus exportaciones, por otra parte, estaban en buena medida dedicadas a rubros totalmente novedosos. Por ejemplo, Hollywood prácticamente monopolizaba el mercado internacional de la joven industria del cine y los automóviles norteamericanos vendidos en el exterior triplicaban las ventas sumadas de los vehículos exportados por Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia juntas.

 

Taylorismo y fordismo

 

         Durante la depresión de 1873 a 1896, no sólo se produjo un movimiento favorable a las fábricas de grandes dimensiones, más resistentes a los cambios de ritmo de la economía, sino que también los empresarios comenzaron a preocuparse por la organización científica del trabajo y sus resultados.

 

         El fundador de lo que se dio en llamar la gestión científica fue el norteamericano F. W. Taylor, un teórico que comenzó a desarrollar sus ideas para aplicarlas en la industria del acero en 1880 y sus postulados se conocieron también en Europa en la década de 1890. Surgido en un período de reducción de los beneficios y de aumento en la complejidad de la organización empresaria, la finalidad del taylorismo es conseguir el mayor rendimiento del trabajo de los obreros. A este objetivo se tendía con tres medidas fundamentales. La primera consistía en aislar al trabajador del resto del equipo, transfiriendo el control del proceso productivo a los representantes de la dirección, que le decían al obrero exactamente  lo que tenía que hacer. La segunda, procuraba una descomposición sistemática del trabajo en pequeñas y simples operaciones cronometradas. La última era establecer diferentes salarios según lo que producía cada obrero para incentivarlo a que fabricara la mayor cantidad posible de productos, aprovechando su tiempo al máximo.

 

         Estas ideas no tuvieron casi ninguna repercusión práctica hasta que Henry Ford se identificara con la utilización racional de la maquinaria y la mano de obra para llevar la producción al máximo rendimiento.

 

         En 1913, Ford introdujo estas técnicas en su fábrica de automóviles combinándolas con la creciente mecanización de las grandes empresas y, aunque no inventó nada ni fue el primero en emplear estos métodos, su nombre se transformó en sinónimo de innovación en la industria.

 

         La primera cuestión que resulta notable es que si bien había otros artículos fabricados de esa manera (como relojes o las máquinas de coser Singer), el automóvil era un producto totalmente distinto. Considerado hasta ese entonces por todos como un artículo de lujo y por muchos como una extravagancia sin futuro práctico, Ford tenía que convencer a sus potenciales clientes de que un automóvil era más barato y más práctico que un coche tirado por caballos. Un auto sólo consume combustible cuando funciona, a un caballo hay que alimentarlo siempre; viajar en los coches a tracción animal significaba disponer en puntos fijos de animales de refresco, mientras que los autos permitían una mayor libertad de movimientos.

 

         Si bien existían motivos como para que el producto fuera atractivo para los compradores era necesario abaratar su precio y en ello tuvieron mucho que ver las nuevas técnicas de producción. La fabricación en serie redujo el tiempo necesario para montar un  Modelo T  de doce horas y media a una hora y media y su precio de 850 dólares a 310 (120 dólares menos que su competidor más cercano).

 

         Esta disminución en el tiempo de fabricación se debió también a que el Ford T había sido diseñado especialmente para su montaje en serie: no tenía puertas ni ventanas a los lados, ni velocímetro ni limpiaparabrisas ni se podía elegir el color (todos fueron negros durante los primeros doce años). Las ventajas comerciales eran evidentes, pero además una segunda cualidad era que había sido pensado para granjeros y habitantes de pequeñas ciudades, donde las carreteras eran malas. La misma simplicidad del coche permitía que su dueño pudiera arrglarlo ante cualquier emergencia que surgiera en el camino.

 

         Pero este aumento de la oferta a precios más bajos es sólo la mitad de la historia. Esta forma de producción permitió también que la misma industria aumentara su propia demanda. La espectacular reducción del tiempo necesario para fabricar los vehículos permitió que a los obreros se les aumentara a la ves los salarios y el tiempo libre.  En 1914, cuando el salario que se pagaba por día en la industria era de 2,40 dólares, Ford  pagaba 5 dólares en su fábrica (volvió a aumentar a 7 en 1929) y redujo la jornada laboral de nueve a ocho horas y en 1926, cuando la jornada laboral en todas las empresas era de seis días, Ford decidió reducirla a cinco. Obreros con más tiempo y más dinero podían, también, comprar autos baratos.

 

         Sin embargo, este trabajo mejor pago y que dejaba más tiempo libre tenía sus consecuencias negativas. La fragmentación del trabajo en operaciones sencillas, repetitivas y realizadas en un lugar fijo para aprovechar al máximo el tiempo, se tradujo en rutina y falta de creatividad en las tareas que hacía sentir al trabajo como una condena. En 1949, la Universidad de Yale publicó un estudio sobre el trabajo en la industria automotriz en el que el 90% de los obreros manifestaban que lo único que apreciaban de su trabajo era que obtenían un buen salario pero que expresaban a la vez que las tareas rutinarias y mecánicas que debían realizar les resultaban casi intolerables.

 

Hasta 1927, fecha en que el modelo T fue reemplazado por otro más moderno, la fábrica Ford produjo y vendió más de 15 millones de vehículos. Sin embargo, en los siguientes años, su posición predominante, como máximo productor y vendedor de automóviles de los Estados Unidos se fue perdiendo. Henry Ford, que había creado un auto barato, simple y duradero, no se adaptó lo suficientemente rápido a lo que sus competidores habían impuesto: lanzar un modelo nuevo todos los años. Él había inundado el país con sus coches y, en buena medida, les había dado a los norteamericanos una nueva fisonomía que no podía separarse del automóvil. Por esa misma razón, en un mercado saturado de autos, para que la industria siguiera creciendo, ella misma tenía que descartar sus modelos año a año para que los clientes cambiaran sus coches “viejos” por otros nuevos.

 

La revolución rusa

 

El desencadenamiento de la revolución en el Imperio de los zares obedece a una serie de factores estructurales entre los que se destaca su situación de profundo atraso en relación con las potencias de Europa Occidental y Central con las que intentaba medirse. Atraso en el proceso de industrialización -dependiente del capital extranjero, francés y belga sobre todo-, atraso en las condiciones de vida de la población  -con un peso abrumador del campesinado- y atraso en la estructura política, con una autocracia paternalista completamente desfasada en el contexto político moderno.

Bastaba un problema de malas cosechas para que se desataran hambrunas que afectaban a la mayoría de la población; cuando el malestar de ésta se expresaba en forma de revueltas o simples manifestaciones, la represión era la respuesta más refleja de las autoridades. Esta represión también era dirigida contra los pueblos que vivían dentro del imperio zarista como los polacos, rumanos, musulmanes y judíos que eran sometidos a una forzada "rusificación". Una buena muestra de esta política fueron los sucesivos progroms antisemitas  que llevó a cabo el zar Alejandro III  al finalizar el siglo XIX.

Hay que agregar a esta situación, la humillación a sus aspiraciones de gran potencia que sufrió en la Guerra de Crimea (1853-1856) y ante la considerada "vergonzosa" derrota ante Japón (1905). Esta última es la chispa que  provocó la revolución de 1905 que se caracteriza por una un conjunto de huelgas revolucionarias que se extienden por las principales ciudades, revueltas campesinas y hasta sublevaciones en las fuerzas armadas.

Ante las demandas de más libertades civiles y políticas y de algunas reformas sociales y democráticas, el zar Nicolás II intentó algunas reformas liberales como la promesa de convocar a una asamblea (Duma) elegida de forma indirecta y con muchas restricciones y prometió otorgar mayores libertades políticas. Todos estos intentos de reformas liberales fracasaron pero habían permitido a las fuerzas revolucionarias y especialmente las representaciones obreras de las grandes ciudades crear originales órganos de autogobierno, los soviets (los consejos) que concentraban una parte importante de los poderes locales.

Los desastres de la guerra -millones de muertos en el frente, hambre y frío en la retaguardia- proporcionaron motivos sobrados para un nuevo intento revolucionario.

Las protestas que se alzaban desde diferentes sectores sociales y políticos rusos se generalizaron en los primeros meses de 1917. Se multiplicaron las huelgas y las movilizaciones callejeras organizadas por los soviets. La respuesta del zar fue la represión - que en un solo día contó con doscientos muertos-  y la disolución de la Duma. Los soldados se unieron a la protesta contribuyendo de esta manera a la abdicación del zar y a la constitución de un gobierno provisional  presidido por Kerenski y con la participación de todos los partidos políticos en la Duma.

Durante las primeras semanas reinó la confusión: habían caído las estructuras del antiguo régimen, el ejército se dispersaba y el gobierno no podía contar con una burocracia eficaz. Los soviets, emanación directa de la base obrera y popular, podían hacerse escuchar y obedecer, pero generalmente  dentro de una esfera territorial local y limitada. En los soviets dominaban los socialistas revolucionarios, intérpretes de las exigencias de reforma agraria de los campesinos, y los mencheviques, representantes del proletariado urbano

Los enfoques y las tendencias de los partidos y de los grupos políticos todavía eran confusos. Las decisiones más importantes se encomendaban a la asamblea constituyente, que debía representar la voluntad del pueblo. Sin embargo, la guerra continuaba, desanimando las ilusiones de los soldados y los campesinos que deseaban la paz inmediata. Los sectores liberales que dominaban la Duma se oponían a la radical reforma agraria necesaria para obtener el apoyo de los campesinos al nuevo régimen, mientras los partidos de la izquierda consideraban prematuro un régimen socialista.

La posición de Lenin, un dirigente que se había exiliado y que llegó a Petrogrado en abril de 1917, era totalmente distinta. En un artículo, Las tesis de Abril, expuso las líneas que debía seguir su partido político, el bolchevique. Este debía acelerar el proceso revolucionario, apartándose de la lucha parlamentaria y promoviendo una insurrección general  desde los soviets  Las consignas debían ser "todo el poder a los soviets" y "pan, tierra y paz" de esta manera resumía las aspiraciones de una población hambreada y agotada por tres años de guerra.

En pocos meses Lenin confirmaba su calidad de jefe de los bolcheviques y alcanzaba un gran prestigio en la asamblea de los soviets de Petrogrado. Entre tanto no se había adoptado ninguna medida para satisfacer las reivindicaciones de los campesinos sobre la tierra y la oposición bolchevique tenía buenas posibilidades con su propio programa de gobierno que proponía el final de la guerra, la nacionalización de la tierra y el control obrero de la producción. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios perdían poco a poco su mayoría en los soviets. Mientras el ejército no podía detener la contraofensiva alemana y se dispersaba, en el campo se multiplicaban las ocupaciones de tierra y el gobierno se mostraba cada vez más impotente para reprimir una insurrección. Lenin consideró que había llegado el momento decisivo.
 

Lo que luego sería llamada "revolución de octubre" fue preparada cuidadosa y abiertamente por los bolcheviques que concretó la conquista del poder por los obreros y campesinos, aprobó los decretos sobre la paz y sobre la tierra, nombró nuevo gobierno al consejo de comisarios del pueblo cuya presidencia fue confiada a Lenin y entre cuyos miembros más destacados figuraban Trotski y Stalin. Un decreto del comité ejecutivo del congreso panruso de los soviets  disolvió la Asamblea.

La dictadura del partido bochevique era ya una realidad. Los primeros años de gobierno fueron muy difíciles. Se trataba de crear las estructuras de una nueva administración, terminar con la anarquía que reinaba en el país, contrarrestar la oposición interna y combatir en una verdadera guerra civil fomentada por la intervención de potencias extranjeras. Fue la etapa heroica de la revolución, cuando pareció que la dictadura se justificaba, pero también se echaron las bases de un régimen sustancialmente antidemocrático.

En primer lugar, fue necesario concluir la paz. Las condiciones eran muy duras: cesión de los territorios polacos y las regiones bálticas, reconocimiento de la independencia de Ucrania. Lenin supo interpretar en este caso la necesidad de aceptar estos acuerdos que los perjudicaba en aras de conservar la república socialista soviética.

Dentro de Rusia, la resistencia a la revolución fue sostenida por las clases más conservadoras, con la ayuda extranjera, y algunos generales del ejército zarista -los llamados blancos-; sin embargo, se impusieron la energía de los bolcheviques, el entusiasmo y los sacrificios de los obreros enrolados en el Ejército Rojo y las cualidades organizativas y estratégicas de Trotski, que asumió el mando.

De todas manera la guerra civil fue muy dura. Toda la familia del zar fue exterminada y episodios de terror, tanto rojo como blanco, ensombrecieron los acontecimientos. Destrucciones, devastaciones, epidemias y penurias agravaron los males de la guerra. Las ciudades sufrieron particularmente, perdiendo cerca de un tercio de sus poblaciones y el número de obreros de la industria quedó diezmado por la incorporación de muchos de ellos al Ejército Rojo.

En la economía reinaba el desorden. El control obrero, decretado en los primeros días de la revolución, fue sustituido por una disciplina rígida, acompañada por algunas medidas de incentivación del trabajo extraordinario y la racionalización de los tiempos de producción según el modelo norteamericano. En el campo, los comités de campesinos pobres controlaban el producto de las cosechas y grupos de obreros requisaban lo necesario para aprovisionar al ejército y abastecer mínimamente a las ciudades.

La aplicación de concepto de Lenin de "dictadura del proletariado", según el cual era necesario que durante el proceso de transformación de la sociedad capitalista en comunista hubiera una etapa de transición donde las mayorías explotadas reprimieran a las minorías de opresores y explotadores,  se convirtió en el denominado "comunismo de guerra", caracterizado por la represión policial y por la dictadura del partido.

                  

La vana espera de la revolución mundial

 

Lenin había trazado los objetivos y las estrategias del partido bolchevique partiendo del supuesto de la inminencia de una revolución europea y mundial. Los mismos bolcheviques consideraban a la revolución rusa como la primera fase de la revolución proletaria que se divulgaría por todo el mundo. Era opinión común que se había roto el eslabón más débil de la cadena capitalista, pero que la revolución socialista no podría sobrevivir sin extenderse a otros países, ricos en proletariado industrial y maduros para las transformaciones sociales.

Las mayores esperanzas de los bolcheviques apuntaban a Alemania, país vencido en el que existía un numeroso proletariado industrial, con experiencia organizativa y tradición de lucha. Las huelgas de enero de 1918, el amotinamiento de la flota en Kiel, las manifestaciones de Berlín en noviembre de 1918, que habían  causado la caída de los Hohenzollern, podían desembocar en otro proceso revolucionario.  Siguiendo el ejemplo de los bolcheviques rusos, parecía asumir la guía de la revolución el grupo espartaquista, constituido después del estallido de la guerra por la izquierda del partido socialdemócrata, y encabezado por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, que se habían opuesto radicalmente a la guerra rompiendo con el partido socialdemócrata. Ambos dirigentes fueron deliberadamente asesinados durante la fallida insurrección de 1919 en Berlín, pocos días después de que los espartaquistas se transformaran en el partido comunista de Alemania.

El fracaso de este alzamiento fue la primera demostración de las profundas diferencias existentes entre Alemania y Rusia. La primera, y probablemente la más importante, era que el ejército alemán no se había disuelto: se había separado de la monarquía y se había puesto de acuerdo con el grupo mayoritario de los socialdemócratas dispuestos a sostener la república democrática a condición de que ésta se opusiera con firmeza a la revolución soviética. Junto con el ejército, también seguía en pie todo el aparato burocrático del antiguo Estado alemán.

Durante la guerra, en cambio, el proletariado industrial había sido incluido en el sistema productivo mediante una serie de acuerdos que reconocían la importancia y la función de los sindicatos. La mayoría de los obreros era fiel a los dirigentes tradicionales de sus organizaciones y al partido socialdemócrata.

 Faltaba, además -otro dato esencial de la revolución rusa- la presión de los campesinos pobres y de los jornaleros agrícolas para una reforma agraria radical. Los campesinos alemanes eran en gran parte propietarios y arrendatarios hostiles a cualquier proyecto de socialización y colectivización, como ya lo habían podido comprobar los socialdemócratas.

La más larga experiencia de dictadura del proletariado fuera de Rusia -el gobierno de Béla Kun en Hungría, del 21 de marzo al 4 de agosto de 1919- duró poco más de cuatro meses y terminó con un rotundo fracaso. Así como en Alemania, también en Austria y Hungría el final adverso de la guerra no había afectado a los partidos burgueses, sino a la socialdemocracia, que, en general, asumió la misión de enfrentar a la revolución comunista y a menudo se vio obligada a encabezar regímenes abierta o larvadamente autoritarios y antidemocráticos.

 La profunda división en el campo de los partidos socialistas y en el frente de la izquierda europea fue una de las consecuencias más graves de la revolución soviética.

Si bien había fracasado el "contagio" de la revolución rusa en la Europa del centro y del este, la esperanza en una revolución europea y mundial no había muerto en  Moscú. En 1919, se convocó el primer congreso del Comintern (Internacional comunista) que contó con muy pocos delegados ni tuvo demasiado eco. Más importante fue el segundo que sesionó en Moscú en 1920; en él se formularon, en las "21 condiciones", los principios que debían aceptar los partidos que pretendieran ingresar en la nueva internacional. Se exigía una ruptura total con la socialdemocracia, la aceptación del centralismo democrático, la absoluta solidaridad con las repúblicas soviéticas y la subordinación de cualquier objetivo a la revolución proletaria. De las divisiones que la resolución provocó y consolidó en los más importantes partidos socialista del centro y del este de Europa, nacieron los partidos comunistas.

 El punto de partida del programa de los nuevos partidos era la denuncia del carácter clasista de la sociedad capitalista-burguesa, que se basaba en la explotación de las masas trabajadoras. Frente al poder burgués, estas últimas sólo contaban con un medio: organizarse en un partido único y prepararse para la conquista violenta del estado, al cual debían utilizar como instrumento para la edificación de la sociedad sin clases, y la extinción del estado mismo.
 

En Alemania, en 1924, el partido comunista, formado con la fusión del pequeño grupo espartaquista y los socialistas independientes, contó con tres millones y medio de votos. En Francia, el partido socialista aprobó las 21 condiciones y en diciembre de 1920, en el Congreso de Tours se fundó el partido comunista.

En Italia, en el congreso de Liorna, de enero de 1921, la mayoría del partido socialista no aceptó las condiciones, un grupo minoritario encabezado por Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci, este último líder de los jóvenes socialistas y obreros de Turín, abandonó el partido y fundó, en las mismas ciudad, el partido comunista italiano.

En 1920 en Moscú habían decaído las esperanzas de que la revolución proletaria se expandiera rápidamente por Europa, y el tercer congreso del Comintern, en Junio de 1921, se resignó a la nueva situación adoptando una táctica menos intransigente. Pero, entretanto, ya se habían producido rupturas irreparables y quedaba sancionada, en el plano de los principios, la oposición irreductible entre democracia "burguesa" por una parte y revolución soviética y dictadura del proletariado, por otra.

En nuestro país un grupo de jóvenes obreros, con algunos viejos militantes del Partido Socialista constituyó la vanguardia marxista en el Congreso Socialista realizado en los salones del Teatro "Verdi" de Buenos Aires, en abril de 1917. En enero de 1918 fundaron el Partido Socialista Internacional, germen del Partido Comunista, que tomaría definitivamente ese nombre dos años después. Sus consignas fueron la defensa del pacifismo, el internacionalismo proletario y el marxismo.
 

El comunismo argentino en sus años iniciales realizó una intensa actividad en el campo de la solidaridad internacional contra el terror blanco en Europa, contra el fascismo italiano y contra la agresión norteamericana a México. En noviembre de 1920, en las elecciones comunales, los comunistas lograron el segundo concejal metropolitano. En 1921 nació la Federación juvenil comunista (FJC) que editó el periódico Juventud Comunista y una publicación infantil llamada Compañerito, que llegó a competir con la popular revista para niños Billiken de Constancio C.Vigil.

En la próxima clase estudiaremos las nuevas modalidades políticas que surgieron en Europa, sobre todo en Alemania e Italia, como consecuencia, en gran parte, de lo acontecido en Rusia.

Hasta entonces.

 

Películas sugeridas para profundizar en los temas de esta clase:

 

Tiempos Modernos, Charles Chaplin

Octubre, de Sergei Eisenstein.

Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone


 

 

 

 

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