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Texto original en
inglés
240599 - Por el control del mundo, por
petróleo, por oro
Comenzando el 24 de marzo, 1999, las fuerzas
militares de la OTAN, bajo la dirigencia de Los Estados Unidos,
castigaron a Yugoslavia con un bombardeo devastador de 79 días. Con
más de 15,000 ataques, OTAN bombardeó sin tregua las ciudades y
pueblos yugoslavos, destruyendo fábricas, hospitales, escuelas,
puentes, estaciones de abastecimiento de combustible y edificios del
gobierno. Miles murieron y fueron heridos, inclusive pasajeros
viajando en trenes y autobuses de transporte público y trabajadores
en estaciones de televisión y de tele transmisión. También fueron
bombardeados vecindarios civiles, más en Serbia que en Kosovo.
Nada dicen los que planearon y lanzaron esta guerra
de las futuras consecuencias para Yugoslavia y toda la región de los
Balcanes y Europa Oriental. Gran parte de la infraestructura social
e industrial que se estableciera luego de la Segunda Guerra Mundial
está en ruinas. El río Danubio, vital línea de vida para una gran
región de la Europa Central, está intransitable. En Serbia, los más
básicos requisitos de toda civilización moderna—electricidad, agua,
salubridad—fueron totalmente bombardeados. Tal como en Iraq, sólo se
sabrá la gravedad del daño que causó el bombardeo estadounidense,
británico y francés al fin de la guerra cuando comiencen a
publicarse informes sobre tasas inusuales de mortalidad, sobretodo
entre los niños.
Las acusaciones de genocidio
A manera de justificación, la OTAN y los medios de
prensa dicen que la agresión contra Yugoslavia es un esfuerzo
humanitario para frenar la represión de los albaneses en Kosovo. El
carácter imperioso y cínico de la campaña propagandista que acompañó
al bombardeo refleja, a su propia manera, las contradicciones
transparentes de los argumentos de la OTAN. La burda comparación
entre el presidente yugoslavo Milosevic y el demonio, los informes
contradictorios sobre las masacres llevadas a cabo por los serbios y
sobre el número de albanokosovares muertos, las incesantes
alegaciones de genocidio y la ametralla de imágenes de televisión de
refugiados sufridos tienen un propósito: cansar, acostumbrar y a
intimidar al público, no convencer por medio del razonamiento
lógico. Los políticos y comentaristas del status quo
declaran:
“¡El que se oponga a la OTAN apoya el destierro forzado y
el genocidio de los albaneses!”
Al tratar de movilizar la opinión pública a su favor
durante el bombardeo de Iraq, el gobierno de Clinton nunca cansó de
repetir la frase, “poderosísimas armas de la destrucción”. Sólo
bombardeando a Iraq día tras día, declaraba el gobierno de Clinton,
se podía salvar al mundo del arsenal invisible de Saddam Hussein,
que supuestamente consistía de gases mortíferos, gérmenes y
substancias químicas. En la guerra contra Yugoslavia, la frase
“poderosísimas armas de la destrucción” ha sido reemplazada por otro
versículo védico de invocación mística mucho más poderoso y
conmovedor: la “limpieza étnica”, frase cuyo mérito principal
consiste en evocar al demonio de la Alemania nazi. Según la OTAN, la
“limpieza étnica” en Kosovo es la versión del holocausto en los
1990.
Esta comparación es repulsiva pues es engañadora e
históricamente falsa. El holocausto consistió en la detención de
millones de judíos a través de toda la Europa bajo el control nazi.
Estos fueron transportados a campos de concentración, verdaderas
fábricas de genocidio.
Los nazis asesinaron a seis millones de judíos
indefensos. Esto ofrece un contraste a las dos mil personas
que fueron muertas en Kosovo el año pasado de acuerdo al propio
Departamento de Estado de Los Estados Unidos. (Hemos de añadir que
las denuncias recientes de que 250,000 hombres albaneses han sido
asesinados son en realidad mentiras nocivas que testigos oculares de
periódicos occidentales han contradicho.)
Aún si la cifra total de los muertos en Kosovo se
duplicara, la pérdida de vida todavía sería menor—aún haciendo los
ajustes necesarios para tomar en cuenta las diferencias de las
poblaciones—que en muchos de los conflictos análogos que están
ocurriendo en otras partes del globo (por ejemplo, en Sri Lanka o en
Turquía). Esta comparación no significa que queremos justificar
indiferencia alguna hacia el sufrimiento en Kosovo, pero sí revela
la índole impúdicamente engañosa de los pretextos de la OTAN para
justificar el masivo bombardeo de Yugoslavia.
Tenemos que hacerle hincapié a otro punto acerca del
contexto de la violencia en Kosovo. Comenzó ésta en 1998 con el
estallido de la guerra civil entre el Ejército de Liberación de
Kosovo (UCK)—movimiento nacionalista y separatista albanés—por una
parte y el gobierno yugoslavo, que buscaba mantener control de la
provincia, por la otra.
El Comité Internacional de la Cuarta Internacional se
opone a todo chauvinismo nacionalista. No tenemos la menor simpatía
por el nacionalismo reaccionario del régimen en Belgrado. Pero es
una falsificación grosera de la realidad política alegar que el año
de violencia sectaria que precedió a la ofensiva de OTAN fue obra
exclusiva de los serbios. El UCK, financiado por dinero proveniente
de la venta de drogas y gozando del apoyo secreto de los consejeros
de la CIA, también llevó a cabo su propia campaña de terror contra
los civiles serbios.
La hipocresía que la OTAN ha mostrado al pintarse de
defensora de la minoría étnica albanokosovar contra la represión
Serbia no tiene nombre. Tomemos en cuenta a los países miembros de
la OTAN que han respaldado y puesto en práctica campañas de
“limpieza étnica” mucho más extensas.
Doscientos mil serbios fueron expulsados de Croacia
en 1996 con el apoyo de Los Estados Unidos. (Desde ese entonces,
Croacia se ha aliado a los EE.UU. y es de los “estados de primera
fila” en la guerra contra Serbia.) Durante los últimos quince años,
más de un millón de curdos han sido desterrado de sus pueblos en
Turquía con el apoyo y la ayuda militar de los EE.UU. Turquía, por
su parte, permanece miembro de la OTAN y participa en el bombardeo
de Yugoslavia.
El castigo que Serbia le ha infligido a los albaneses
no puede compararse al salvajismo con que los franceses trataron a
Algeria o Los Estados Unidos a Vietnam.
Si las condiciones políticas lo hubieran dictado, los
medios de prensa estadounidenses habrían presentado la supresión de
la intifadah entre el 1987-91 o las masacres que ocurrieron
en Beirut en 1982—bajo los auspicios de Israel—en términos tan
inflamatorios como los que usó referente a los eventos en Kosovo del
año pasado.
Al analizar las acusaciones de “limpieza étnica”, hay
que recordar que los grandes poderes del mundo, durante más de una
ocasión, se han referido a los conflictos étnicos como pretexto de
intervención imperialista, creando situaciones desastrosas. Uno de
los episodios más horripilantes del Siglo XX ocurrió en 1947 cuando
Gran Bretaña, refiriéndose a los conflictos entre hindúes y
musulmanes en la India, estableció el estado separatista de
Pakistán. La violencia que siguió dicha partición resultó en un
millón de muertos y creó 12 millones de refugiados.
En Yugoslavia, la intervención imperialista ha tenido
el impacto objetivo de llevar la violencia comunal a un nivel más
alto y a ampliar la posibilidad que ésta se expanda a los países
vecinos.
¿Quién es responsable del éxodo de Kosovo?
La OTAN ahora nos dice que uno de los objetivos
principales de su ofensiva fue lograr que los aproximadamente
800,000 refugiados albanokosovares regresen a sus hogares en Kosovo.
El cinismo de esta declaración no tiene límites.
Un análisis honesto de la secuencia de eventos que
condujo a la crisis de los refugiados refuta las declaraciones de la
OTAN. El éxodo de las masas comenzó después del 24 de marzo.
El discurso de Clinton en esa fecha, en el cual explicó la razón
oficial de la guerra, trató casi totalmente con la cuestión de como
prevenir del éxodo. Es más, enfatizó el peligro que sin el
bombardeo de la OTAN, el tamaño de la población refugiada que
existía en ese momento podía aumentar por “diez de miles”.
¿Qué fue lo que en realidad sucedió? El bombardeo, la
destrucción de Kosovo—que de ninguna manera fue mínima—y el terror
que sus habitantes sufrieron, ayudó a renovar el conflicto entre las
fuerzas de Belgrado y el UCK. No diez, cientos de miles fueron
obligados a convertirse en refugiados.
No todas las consecuencias fueron accidentales. Las
grandes potencias de la OTAN esperaban que su ofensiva aérea
capacitara al UCK a expulsar las fuerzas serbias de la misma manera
que los bombardeos aéreos de 1995 en Bosnia le habían permitido a
las fuerzas croatas y musulmanas emprender la ofensiva para expulsar
a los serbios.
En cuanto a los refugiados mismos, se les ha
manipulado de manera cínica. Una vez que los albanokosovares fueron
obligados a expatriarse como resultado del bombardeo, la OTAN
explotó su difícil situación para lograr que el público apoyara la
guerra. A la misma vez, fue mínimo el auxilio en los campamentos
provisionales. Allí condiciones se tornaron tan horribles que
estallaron motines. Aún así fueron relativamente pocos los
refugiados que los países occidentales aceptaron.
Varios dirigentes militares de la OTAN admitieron—si
bien sus declaraciones casi no recibieron ninguna atención—que la
desolación de Kosovo hubo sido ventajosa, dando mucho más libertad
para iniciar el bombardeo total en caso de una invasión por tierra.
En cuanto al regreso de los refugiados, la pregunta
lógica que debería hacerse es: ¿regresar a qué? ¿Cuantas casas,
oficinas, carreteras, puentes y vías fluviales ha dejado la OTAN en
pie?
La función política de la propaganda
En 1937 Aldous Huxley escribía que “el objetivo del
propagandista es hacer que los pueblos se olviden que otros pueblos
son humanos”. En la guerra actual, la transformación de los serbios
en demonios es proporcional al nivel de violencia que la OTAN ha
lanzado contra el pueblo yugoslavo.
Al concluir el bombardeo, las masacres de la OTAN
serán mucho mayor que las que el gobierno serbio y el UCK habían
llevado a cabo antes de la intervención aliada en Kosovo. Previo al
24 de marzo, la mayoría de los cálculos indicaban que la cantidad
total de muertos en Kosovo se aproximaba a los 2 mil durante el
transcurso de todo un año de guerra civil. Entre el 24 de marzo y el
24 de mayo, la cantidad de serbios y albanokosovares que la OTAN
había matado bien sobrepasaba los mil.
La OTAN, claro, comete “errores”; Serbia comete
“atrocidades”. Por lo regular, cada denuncia de la OTAN de los
saqueos y asesinatos perpetrados por los serbios inmediatamente
seguía a informes comprobados sobre las últimas muertes civiles
causadas por las bombas de la OTAN. No obstante, aumentaba la
histeria de los portavoces de la alianza ante cualquier sugerencia
que la medicina de la OTAN es peor que la enfermedad. “¿Hemos
olvidado quien es el verdadero enemigo?”
Pregunta interesantísima dado que la categoría de
“enemigo” se va expandiendo rápidamente. Al principio se declaró que
toda la culpa por el sufrimiento y las muertes albanesas caía sobre
los hombros del régimen de Milosevic. Unas semanas después , sin
embargo, una mancha aún más venenosa aparece en la guerra
propagandista: que la población serbia entera es la culpable de
todo.
De acuerdo a esta nueva línea, el pueblo serbio ha
sido corrompido, es orgánicamente indiferente al sufrimiento de los
albanokosovares, y está obsesionado por un complejo de víctima que
casi no se puede comprender. Según muchos de los propagandistas de
la OTAN, el remedio para esta enfermedad es una invasión por tierra,
la conquista de Belgrado y la ocupación prolongada. A esto se le
llama “misión civilizadora”, lo cual recuerda la terminología el
colonialismo del Siglo XIX
Una guerra imperialista
La propaganda requiere la simplificación. Exige que
las complejidades de conflictos políticos inmensos se barran debajo
de la alfombra. Cabe sólo una respuesta a las preguntas del público.
En la guerra actual, la única pregunta permisible es: "¿no es
necesario ponerle paro a la limpieza étnica?"
Esta simplificación permite que la prensa pinte de
agresor a Yugoslavia, no a la OTAN. A la alianza, en una inversión
total de la realidad, se la presenta como la promovedora de una
guerra fundamentalmente defensiva en nombre de los albanokosovares.
Para determinar si una guerra es de carácter
progresista o reaccionario, se requiere no que se hagan análisis de
atrocidades selectas que se cometen, las cuales son comunes a todas
las guerras, sino un análisis de las estructuras clasistas, las
bases económicas y el papel internacional que las naciones
participantes desempeñan. Desde este punto de vista decisivo, la
guerra actual que la OTAN desató fue una guerra imperialista de
agresión contra Yugoslavia.
El núcleo de la OTAN consiste de Los Estados Unidos y
varias naciones europeas; es decir, de los países capitalistas más
avanzados del globo. Allí la política es expresión de los intereses
del capital financiero, el cual se basa en las sociedades anónimas
transnacionales y en las instituciones bancarias. La existencia de
las clases gobernantes en estos países depende de la expansión del
capitalismo por todo el mundo.
En términos científicos, llamamos imperialismo
a una etapa histórica bien concreta del desarrollo del capitalismo
como sistema económico mundial. Denota tendencias objetivas
fundamentales en la evolución del capitalismo que aparecieron hacia
los finales del Siglo XIX y principios del XX. Entre las más
importantes se encuentran la supresión de la competencia libre como
resultado del desarrollo de empresas monopolistas enormes; el
dominio creciente de grandes instituciones bancarias (el capital
financiero) sobre el mercado mundial; el ímpetu del capital
financiero y monopolista en los países donde se desarrolló con mayor
fuerza (Europa, Norteamérica, Japón) a quebrar las fronteras
nacionales y a apoderarse de los mercados, materias primas y nuevas
fuentes de mano de obra a través de todo el globo.
El imperialismo goza de una relación rapaz y
parasítica con los países en desarrollo. A razón de su preeminencia
económica y puesto que utiliza como vehículo a instituciones
financieras enormes, tales como el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Mundial (BM), el imperialismo puede dictarle
política a las naciones menores que dependen en esas organizaciones
para obtener crédito. Debido a que dominan el mercado mundial, los
poderes imperialistas hacen que los precios de las materias primas
bajen. Así mantienen a estos países en la pobreza.
¡Cuánto más se
vean obligados estos países obligados a pedir prestado, más pobres y
dependientes se volverán!
Por último, estos países débiles viven con el miedo
perpetuo de un bombardeo militar. Que se les llame “democracias en
desarrollo” o se les tache de “naciones pillas” depende, a fin de
cuentas, de su ubicación en los planes estratégicos que el
imperialismo mundial va desarrollando. Iraq, que había recibido el
apoyo de Los Estados Unidos en su guerra contra Irán en los 1980, se
convirtió en objeto de odio cuando se opuso a planes que
fortalecerían el control estadounidense sobre las reservas de
petróleo del Medio Oriente.
Lo mismo sucede ahora con Serbia. Durante los 1980,
Washington favoreció a Slobodan Milosevic, pues éste había iniciado
una política procapitalista y desmantelado la industria estatal
yugoslava. En los 1990, las reglas del juego cambiaron y Serbia se
convirtió en un obstáculo contra los planes imperialistas. A la
lista de los “Más Odiados” del imperialismo se añadió el nombre de
Milosevic al de Saddam Hussein. La opinión que el imperialismo tiene
acerca de cualquier país puede cambiar súbitamente debido a que, tal
como dijera el Primer Ministro Palmerston sobre el Imperio
británico, éste ni tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes;
sólo tiene intereses.
Yugoslavia no es una potencia imperialista. Es una
nación pequeña y relativamente subdesarrollada que ha perdido
terreno durante los 1990 debido a la secesión de cuatro de sus seis
ex repúblicas. No cabe duda que el papel de Milosevic en este
proceso fue completamente reaccionario. Su explotación del
nacionalismo serbio no podría contrarrestar a la política
chauvinista de Tudjman en Croacia, Izetbegovic en Bosnia y Kucan en
Eslovenia. Pero de ninguna manera fue Milosevic el instigador de
este proceso. Lo que hizo fue adaptarse—igual que otros tantos
canallas ex stalinistas de la Europa Oriental—a las tendencias
sociales centrífugas que el restablecimiento de las economías
capitalistas había desatado. En esto las potencias imperialistas
desempeñaron un papel principal, exigiendo que las industrias
nacionalizadas se desmantelaran e imponiendo una política de
austeridad que fue exacerbando las tensiones étnicas que ya estaban
hirviendo. La presión económica a la cual Yugoslavia fue sometida
echó las bases objetivas para la desintegración de un estado
balcánico unido. A partir del 1991, la intervención política de los
poderes grandes garantizó la disolución de Yugoslavia. Aunque ya se
había predicho que la desintegración de Yugoslavia terminaría en la
violencia, Alemania le dio ánimo a que ésta ocurriera cuando
reconoció de manera abrupta la independencia de Croacia y Eslovenia
en 1991. Por otra parte, Los Estados Unidos, aún de manera más
precipitada e imprudente, aprobó la secesión de Bosnia en 1992.
Yugoslavia ni siquiera es una nación capitalista de
estatura regional. No posee conglomerados multinacionales. Su
capital financiero no desempeña ningún papel importante fuera de sus
fronteras. La burguesía serbia, si es posible identificarla, sólo se
forma recientemente de los elementos que rodean a Milosevic. Estos
elementos se enriquecen con el saqueo de la propiedad estatal cuando
se desmantela ese país.
Comparar a Serbia con la Alemania Nazi y a Milosevic
con Hitler es una amalgama ignorante y engañosa. El análisis
político objetivo no consiste en lanzar epítetos. La transformación
de ese cabo austríaco de voz estentórea y bigote estilo Carlitos
Chaplin en la encarnación más monstruosa de la reacción mundial
dependió de prerrequisitos objetivos—i.e., de los enormes recursos
de la industria alemana. Hitler dirigió un poder imperialista
agresivo que deseaba lograr la hegemonía del capitalismo alemán en
toda Europa. Antes de frenar a la sangrienta ofensiva de Hitler, las
conquistas alemanas se extendieron del Canal de la Mancha hasta las
montañas del Cáucaso, incluyendo la región balcánica y Yugoslavia.
Las ambiciones militares de Hitler reflejaban el apetito económico
de Siemens, Krupp, I.G. Farben, Daimler-Benz, Deutche Bank y otros
grandes conglomerados alemanes.
Si no fuera por las trágicas consecuencias
relacionadas a esta distorsión de la realidad histórica, la
comparación de Serbia con la Alemania nazi y de Milosevic con Hitler
causaría risas. Para empezar, Serbia no busca la conquista de
territorios extranjeros sino afianzarse al territorio que
internacionalmente ha sido reconocido como perteneciente a sus
fronteras. Y en cuanto a Milosevic, la mayor preocupación de este
“Hitler” ha sido la de agarrarse como mejor pueda a una pseudo
federación cuyas fronteras han ido disminuyendo año tras año.
En resumen: esta guerra consiste de una coalición
compuesta de los países imperialistas grandes contra una nación
pequeña en desarrollo. Es de carácter neocolonialista y pisotea la
soberanía yugoslava. Su objetivo consiste en establecer algo
parecido a un protectorado bajo la tutela de la OTAN, el cual lo más
probable se parecerá al régimen de la OTAN-FMI que gobierna a
Bosnia.
Más allá de la propaganda: ¿por qué se está llevando
a cabo esta guerra?
Una vez que a esta guerra se le arrancan las
alegaciones fraudulentas de los portavoces de la OTAN y las
falsificaciones de los medios de prensa, ¿qué queda? Una guerra
despiadada de países imperialistas poderosísimos contra una pequeña
federación; guerra cuyas justificaciones oficiales de masacres son
nada más que una pantalla de humo. Sin la descabellada e histérica
propaganda sería mucho más difícil prevenir que el público
investigara las razones verdaderas por las cuales los poderes
imperialistas han tomado el camino del bombardeo militar.
Al comenzar este siglo, Rosa Luxemburgo notó que el
capitalismo es el primer modo de producción que tiene el arma de la
propaganda en masa a su alcance. El “humanitarianismo” era durante
su época lo que todavía es hoy: una cubierta para tomar a la fuerza
lo que se le codiciaba a los países más débiles. Las “misiones
civilizadoras” de los EE.UU., Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda
tenían como propósito verdadero asegurar las materias primas
valiosas, los mercados y la ventaja geopolítica sobre los rivales
principales. Así pues, hoy el ataque contra Yugoslavia tiene como
objetivo asegurar los intereses materiales de los poderes
imperialistas.
En pocas palabras, las potencias occidentales toman
posiciones con el objeto de explotar las reservas abundantes de
minerales que Kosovo tiene. Estas incluyen depósitos cuantiosos de
plomo cinc, cadmio, plata y oro. También se calcula que Kosovo posee
aproximadamente 17 billones de toneladas de reservas de carbón. Pero
en realidad esto sólo representa unas cuantas monedas para los
cálculos imperialistas. Las ventajas materiales inmediatas que se le
podrían sacar a Kosovo se achican en comparación con el potencial
mucho mayor para el enriquecimiento que tienta desde regiones más
lejanas hacia el este, donde las potencias de la OTAN han fomentado
inmensos intereses durante los últimos cinco años. Es asombroso que
tan poca atención se le haya prestado a los vínculos que existen
entre esta guerra y las ambiciones estratégicas mundiales de EE.UU.
y los otros poderes de la OTAN.
La OTAN y el colapso de la URSS
Así como a fines del Siglo XIX la evolución del
imperialismo fue testigo de los esfuerzos de los grandes poderes por
repartirse el mundo, el desmantelamiento de la URSS ha creado un
vacío en el poderío de Europa Oriental, Rusia y el Asia Central que
hace inevitable una nueva división del mundo. El significado
principal de Yugoslavia en esta crítica coyuntura es que ésta queda
en la periferia occidental de un territorio vasto que las
principales potencias mundiales desean ocupar. Es imposible que los
EE.UU., Alemania, Japón, Francia, la Gran Bretaña y otros poderes se
queden con los brazos cruzados mientras esta región comienza a abrir
sus puertas. Se está desarrollando una lucha por el acceso a la
región y por el control de sus materias primas, de su mano de obra y
de sus mercados que será mayor que la “rebatiña por Africa” del
siglo pasado.
Este proceso expresa las necesidades más exigentes
del sistema capitalista. Las compañías transnacionales de hoy día
miden el éxito en términos internacionales. General Motors, Toyota,
Lockheed Martin, Airbus y hasta la Coca Cola no pueden pasar por
alto ningún mercado. Estas enormes operaciones compiten a través de
los continentes para lograr su dominio. Para ellos, la penetración
de una sexta parte del globo que recientemente ha abierto sus
puertas a la explotación capitalista es asunto de vida o muerte.
La integración de esta región en sistema mundial
capitalista de producción y comercio es el problema de mayor
importancia que enfrenta la burguesía internacional actual. Es
fundamental para la supervivencia del capitalismo en el Siglo XXI.
Solo hay que preguntarse: si a principios del Siglo XX al
capitalismo le fue necesario dividir y organizar al mundo, ¿cuánto
más dispuesto estará hoy cuando todas las operaciones capitalistas
son de carácter internacional?
Los Estados Unidos es el país que más agresivamente
está explotando la destrucción de la URSS. Esto se explica, por lo
menos parcialmente, por las restricciones históricas que la URSS le
impuso a los EE.UU. El capitalismo estadounidense alcanzó su
superioridad relativamente tarde, durante la Primera Guerra Mundial.
El mismo año—1917—que los EE.UU. ingresó a la guerra, la victoria de
la Revolución de Octubre en Rusia le abrió el paso al
establecimiento de la Unión Soviética. Por siete décadas, una de las
consecuencias objetivas de la existencia de la URSS fue que una
enorme parte del globo estaba cerrada a la explotación directa del
capitalismo estadounidense.
Las exigencias de Los Estados Unidos para otra vez
obtener acceso a este territorio, a sus materias primas y a su labor
humana—para recuperar lo que se había perdido—constituían el
contenido de fondo de la política de la Guerra Fría en Washington.
La campaña para “detener la expansión comunista”, despojada de
exageraciones y falsificaciones, representaba una ambición toda
poderosa para alargar los garfios de los bancos y del poder
corporativo estadounidenses en la Europa Oriental y Rusia y así
lograr la extracción de las ganancias. Los eventos de 1989-91
desataron las manos del capitalismo estadounidense en esta arena.
Para reintegrar al territorio de la ex URSS al
capitalismo mundial, las gigantescas compañías anónimas
transnacionales han absorbido billones de dólares en materias primas
valiosas que son vitales para los poderes imperialistas. Las
reservas de petróleo mayores del mundo se encuentran en las ex
repúblicas soviéticas con fronteras en el Mar Caspio (Azerbaidján,
Kazakstán, Turkmenistán). Estos recursos ahora se están dividiendo
entre los países capitalistas principales. Es este el combustible
que le está dando ímpetu al nuevo militarismo y que por obligación
forzará a los poderes imperialistas a conducir nuevas guerras de
conquista contra opositores locales y conflictos crecientes entre sí
mismos.
Ahí está la clave para comprender la belicosidad de
la política estadounidense durante la última década. El bombardeo de
Yugoslavia es el último en una serie de guerras de agresión que se
esparcen por todo el globo. Aunque hayan tenido ciertas motivaciones
regionales, estas guerras han sido la respuesta estadounidense a las
oportunidades y los incentivos que la desaparición de la URSS ha
ocasionado. Washington considera que su poderío militar es la carta
de triunfo que puede utilizar para prevalecer sobre todos sus
rivales en la lucha venidera por los recursos.
Petróleo en el mar Caspio y el debate sobre nueva
política exterior
“La región del mar Caspio contiene uno de los más
grandes yacimientos de petróleo y gas aún no explotados en el
mundo,” dijo un ejecutivo de la Exxon en 1998. Añadió que la región
podría estar produciendo hasta 6 millones de barriles de petróleo
diarios en el año 2020. Calculaba que para ese entonces las
compañías petroleras habrían invertido entre $300 a $500 mil
millones para explotar esas reservas. Según el Departamento de
Energía de los EE.UU., la región contiene reservas de 163 mil
millones de barriles y hasta 337 billones de pies cúbicos de gas
natural. Si estos cálculos llegaran a ser correctos, la producción
de petróleo en la zona sería comparable a la de Irán e Irak.
Analistas occidentales también creen que la región
del Mar Caspio tiene posibilidades de ser una de las principales
productoras de oro. Kazakstán, con 100,000 toneladas, cuenta con la
segunda reserva más grande del planeta. En esa región ya operan
compañías mineras de los EE.UU., Japón, Canadá, Gran Bretaña,
Australia, Nueva Zelandia e Israel.
Cada uno de los grandes países capitalistas y varios
poderes regionales en desarrollo aspiran explotar estos recursos.
Las grandes potencias capitalistas son muy conscientes de los
imperativos objetivos de intervenir, expandir su influencia y
asegurar sus propios intereses a costa de sus rivales. Esta
necesidad está siendo articulada en las principales publicaciones de
política, en editoriales y audiencias gubernamentales.
En esta materia, el debate dentro de la elite
dirigente de los EE.UU. tiene un alto significado. Desde 1991,
prominentes estrategas norteamericanos vienen discutiendo
intensamente cual debe ser el nuevo lugar de los EE.UU. en asuntos
mundiales. En ausencia de la Unión Soviética, muchos han concluido
que Estados Unidos se encuentra en posición de ser jefe en un nuevo
mundo “unipolar”, en el cual goza, por lo menos en el presente, de
un dominio indiscutible. Lo que los estrategas debaten no es tanto
si esta ventaja debe ser usada, sino cuando debe ser usada.
Cabe analizar un artículo escrito por Zbigniew
Brzezenski, el ex jefe de Seguridad Nacional bajo el presidente
Carter. Apareció en la edición de Septiembre/Octubre de 1997 de la
revista Foreign Affairs. Se titula “Una Geoestrategia para
Asia”.
"Hay pocas posibilidades en la generación que viene
que algún otro país amenace el status americano de principal
potencia," escribe Brzezinski. “Ningún estado puede igualarse a los
EE.UU. en las cuatro dimensiones claves de poder—militar, económico,
tecnológico y cultural—que confieren poder político global.”
Según Brzezinski, habiendo consolidado su poder en el
Hemisferio Occidental, los EE.UU., debe de hacer todos los esfuerzos
para penetrar los dos continentes de Europa y Asia.
“El surgimiento de Norteamérica demanda
imperativamente la elaboración de una estrategia amplia e integral
para Eurasia.”
“Después de los EE.UU.,” escribe Brzezinski, “en la
región se encuentran las seis mayores economías y poderes militares,
así como también todas las potencias nucleares con excepción de una.
Eurasia cuenta con 75 porciento de la población mundial, 60
porciento del producto bruto mundial, y 75 porciento de los recursos
de energía. Colectivamente, el poder potencial de Eurasia eclipsa al
de los EE.UU.
“Eurasia es el supercontinente axial del mundo. La
potencia que domine Eurasia ejercerá una influencia decisiva sobre
dos de las tres regiones económicas más productivas, Europa
Occidental y Asia Oriental. Una mirada al mapa también sugiere que
un país dominante en Eurasia casi automáticamente controlaría el
Medio Oriente y Africa.
“Con Eurasia al centro del tablero de ajedrez
geopolítico, no es necesario elaborar políticas separadas para
Europa y Asia. Lo que ocurra con la distribución del poder en el
continente de Eurasia será de importancia decisiva para el legado
histórico y dominio global de estadounidense.”
En verdad, Brzezinski no anticipa que EE.UU. domine
pos si solo a Eurasia. Visualiza que la mejor manera de asegurar los
intereses norteamericanos es jugando un papel dirigente a la vez que
facilita un balance entre las principales potencias amigas de los
EE.UU. Brzezinski añade una condición importante: “En una Eurasia
volátil, la tarea inmediata es asegurar que ningún estado o
combinación de estados gane la habilidad de expulsar a EE.UU ni de
reducir su rol decisivo.” Para el ex jefe de Seguridad Nacional ésta
sería una "benigna hegemonía norteamericana."
En la opinión de Brzezinski, la OTAN es el mejor
vehículo para lograr tal resultado. “A diferencia de los lazos entre
los EE.UU. y Japón, la OTAN representa la influencia política y el
poder militar norteamericanos en el territorio eurasiático. Bajo
condiciones en que sus aliados europeos aún son altamente
dependientes de la protección norteamericana, cualquier expansión de
la influencia política de Europa es automáticamente una expansión de
la influencia norteamericana. Igualmente, la habilidad de los EE.UU.
de proyectar su influencia y poder depende de sus estrechos lazos
transatlánticos.
“Una Europa más amplia y una OTAN más grande servirán
los intereses a corto y largo plazo de la política norteamericana.
La influencia norteamericana se puede expandir con una Europa más
amplia. Al mismo tiempo el ensanchamiento europeo no crea
simultáneamente una Europa tan integrada políticamente como para
representar una amenaza contra EE.UU. en materias de importancia
geopolítica, particularmente en el Medio Oriente.”
Como estas líneas sugieren, el papel de la OTAN en
Yugoslavia, donde ha intervenido militarmente por primera vez desde
su creación, claramente es visto en los círculos dirigentes
norteamericanos como un paso hacia el fortalecimiento de su posición
mundial. A la vez, la inclusión en la OTAN de Polonia, Hungría y la
República Checa es, en efecto, la expansión de la influencia
norteamericana en Europa y el mundo.
La perspectiva particular de Brzezinski en esta
región no es del todo nueva. Ahora resurge, en una forma útil para
los EE.UU. bajo las condiciones actuales, la tradicional estrategia
geopolítica del imperialismo británico, que por mucho tiempo buscó
asegurar sus intereses europeos jugando un rival contra otro.
La primera “estrategia eurasiática” moderna para la
dominación mundial fue elaborada en Gran Bretaña. Anticipándose a
Brzezinski, el estratega imperialista Halford Mackinder, en un
ensayo de 1904 titulado “El Pivote Geográfico de la Historia”,
mantenía que Eurasia y Africa, que colectivamente llamaba “la isla
mundial”, tenían un significado decisivo para lograr la hegemonía
mundial. De acuerdo a Mackinder, las barreras que habían impedido la
formación de imperios mundiales, particularmente las limitaciones de
transporte, ya habían sido considerablemente superadas a comienzos
del siglo 20. Las condiciones surgían para una lucha entre las
grandes potencias en su afán de lograr, cada una, hegemonía mundial.
La clave, pensaba Mackinder, estaba en el control del “corazón” de
Eurasia—enmarcada aproximadamente por los ríos Volga y Yang Tse, el
Artico y la cordillera del Himalaya. Esbozaba su estrategia de la
siguiente manera: “Quien domine Europa Oriental controlará el
corazón; quien domine el corazón controlara la isla mundial; quien
domine la isla mundial controlará el mundo.”
A pesar de presuposiciones axiomáticas que luego
fueron criticadas por comentaristas burgueses, los escritos de
Mackinder, como los de Brzezinski hoy, fueron estudiados
cuidadosamente por los principales políticos de la época. Ejercieron
una gran influencia en los conflictos entre las grande potencias que
definieron la primera mitad de este siglo.
Debido a razones de estrategia mundial y de control
sobre recursos naturales, los EE.UU. está determinado a consolidar
su rol dominante en la antigua esfera soviética. Si cualquiera de
sus adversarios—o combinación de ellos—fuera a amenazar su
supremacía en la región, haría peligrar la hegemonía de los EE.UU.
en asuntos mundiales. Los círculos políticos norteamericanos están
muy conscientes de este hecho.
Washington planea un dominio político en Asia Central
El Comité de Relaciones Internacionales de la Casa de
Representantes ha iniciado una serie de audiencias sobre la
importancia estratégica de la región caspia. En una reunión en
Febrero de 1998, Doug Bereuter, el presidente del comité, abrió la
sesión recalcando los conflictos entre las grandes potencias sobre
Asia Central durante el Siglo 19, llamados en ese entonces el “gran
juego”.
En disputas imperialistas históricas, notó Bereuter,
Rusia y Gran Bretaña se confrontaron en una larga lucha por poder e
influencia. Añadió que “cien años después, el colapso de la Unión
Soviética ha creado un nuevo gran juego, donde los intereses
de la compañía East India Trading Company han sido reemplazados por
los de Unocal, Total, y muchas otras organizaciones y compañías.”
“Los objetivos de los EE.UU. para con los recursos
energéticos de la región,” continúa, “incluyen fomentar la
independencia de las naciones y sus lazos con el occidente; Quebrar
el monopolio de Rusia sobre las rutas de transporte de petróleo y
gas; Asegurar el abastecimiento de energía para el occidente a
través de la diversificación de proveedores; Favorecer la
construcción de oleoductos de este a oeste que no pasen por Irán; y
negarle a Irán su influencia sobre las economías de Asia Central.”
Tal como indican los comentarios de Bereuter,
Washington, en defensa de sus intereses, anticipa severos conflictos
con las potencias de la región. Inicialmente ocurrieron graves roces
en ganar acceso al petróleo de la región caspia. Ahora surge un
mayor conflicto con relación al transporte del petróleo a los
mercados occidentales.
Aunque ya se han firmados contratos valorizados en
decenas de miles de millones de dólares, las compañías petroleras de
occidente no se han puesto de acuerdo en como transportar el
petróleo. Por las razones citadas por Bereuter, Washington insiste
en encontrar un camino entre oriente y occidente que evite pasar por
Irán y Rusia.
Esta es una materia de preocupación en los círculos
más altos del gobierno norteamericano. En el otoño de 1998, el
secretario de energía Bill Richardson le dijo a Stephen Kinzer del
New York Times, “Estamos tratando de empujar a los nuevos países
independientes hacia el occidente. Los deseamos dependientes de los
intereses comerciales y políticos occidentales en lugar de que vayan
en la dirección opuesta. Hemos hecho una inversión política
sustancial en la región caspia y nos es muy importante que tanto el
mapa del oleoducto como la política regional resulten bien.”
Un grupo de estrategas ha argumentado a favor de una
política norteamericana más agresiva en la región. Uno de ellos,
Mortimer Zuckerman, el editor de US News & World Report, advierte en
su columna de Mayo de 1999 que los recursos de Asia Central pueden
recaer bajo el control de Rusia o de una alianza dirigida por Rusia.
Para él ese resultado sería una “pesadilla”. Escribe, “Más vale que
nos demos cuenta del peligro, o algún día las verdades en las cuales
basamos nuestra prosperidad dejaran de ser verdades.”
“La región de influencia Rusa—el puente entre Asia y
Europa al este de Turquía—es muy codiciada por el potencial enorme
del petróleo y gas del Mar Caspio, valorizado en $4 billones, capaz
de darle a Rusia tanto riquezas como oportunidades estratégicas."
Zuckerman sugiere que el nuevo conflicto sea llamado el “ juego
más grande”. Ese término superlativo es adecuado porque el
conflicto de hoy tiene “consecuencias mundiales y no sólo
regionales. Si Rusia, brindara apoyo nuclear a un posible nuevo
consorcio petrolero que incluya Irán e Irak, muy bien podría
manipular los precios, suficientemente para fortalecer a los
productores. El Occidente, Turquía y Arabia Saudita se sentirían
amenazados. En palabras de Paul Michael Wihbey, en un excelente
análisis para el Instituto de Estudios Avanzados de Estrategia y
Política, el “escenario de pesadilla de los años 70 reaparecería con
fuerza vengadora.”
Sin pelos en la lengua, el director de una agencia de
inteligencia norteamericana habló de las implicancias militares de
los nuevos intereses norteamericanos en la región. En un documento
de 1998, Frederick Starr, el jefe del Instituto del Asia y Cáucaso
Central de la universidad Johns Hopkins, indicó que la mitad de las
naciones de la OTAN tiene un gran interés comercial en la región
caspia. Luego añadió que “ de ser necesario, el botín económico
potencial de la energía del Caspio demandaría la participación de
las fuerzas militares de occidente para proteger dicha inversión.”
La perspectiva de un conflicto militar entre uno o
más de los miembros de la OTAN y Rusia no es simple materia de
especulación. Starr escribe: “Ningún país desea tanto ser miembro de
la OTAN como el país rico en recursos energético, Azerbaidjan. En
ningún otro momento la posibilidad de conflicto en la Federación
Rusa es tan grande que cuando se trata de la exportación de recursos
de ese país.” En 1998 Azerbaidjan participó en todos los 144
ejercicios de “Alianza para la Paz” de la OTAN.
El pretexto de guerra en la presente campaña contra
Yugoslavia podría ser utilizado de nuevo sin dificultad si los
círculos militares dirigentes de los EE.UU. decidieran intervenir en
Asia Central. Existen conflictos étnicos en casi todos los países de
la región. Las tres naciones a través de las cuales Washington
quisiera ver pasar el oleoducto son un buen ejemplo. En Azerbaidjan,
continúan más de una década de conflictos militares con la población
armenia. En la vecina Georgia se han visto esporádicos
enfrentamientos entre el gobierno y el movimiento separatista de Abjasia. Finalmente, Turquía, que va a tener un términus del
oleoducto, viene llevando una larga campaña de represión contra la
población minoritaria curda, que predomina precisamente en aquellas
regiones del sudeste del país por donde pasaría el oleoducto que los
norteamericanos favorecen.
El gobierno yanqui tiene todo eso en la mente. En un
discurso ante los editores de periódicos norteamericanos el mes
pasado, Clinton declaró que los problemas étnicos de Yugoslavia no
eran únicos. “Gran parte de la ex Unión Soviética tiene problemas
similares,” dijo, “incluyendo Ucrania y Moldavia, el sur de Rusia,
las naciones del Cáucaso, Georgia, Armenia y Azerbaidjan, las nuevas
regiones de Asia Central.” Con la apertura de estas regiones, señaló
Clinton, “el potencial de conflicto étnicos se ha convertido, tal
vez, en la principal amenaza contra uno de nuestros intereses más
apreciados: la transición de los ex países comunistas hacia la
estabilidad, prosperidad y libertad.”
Una serie de guerras por venir
La actitud agresiva de los EE.UU. en relación con su
intervención en Yugoslavia y la perspectiva de nuevas intervenciones
norteamericanas en la región caspia no serán bien recibidas por el
resto del mundo.
Muy bien se ve que las posibilidades de un conflicto
con Rusia en realidad han crecido en el curso de los últimos 10
años. También ha crecido la posibilidad de un conflicto entre los
EE.UU. y otras potencias europeas. La burguesía europea no se
quedará contenta en aceptar para siempre un rol subordinado a los
EE.UU. Cuanto más ventaja saca Estados Unidos más se erosiona la
posición europea. Inevitablemente, surgirán conflictos sobre la
manera de repartir las ganancias de Asia Central y Europa Oriental
entre EE.UU., Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia.
Recientemente, políticos y comentaristas europeos
protestaron contra la creciente participación de los EE.UU. en
asuntos de seguridad europea y su campaña de expandir la OTAN. ¿Qué
pensarán los europeos de los planes delineados por Brzezinski, para
una masiva ampliación de los poderes norteamericanos en Europa y
Asia?
Las tensiones ya son visibles. La intervención
militar en Yugoslavia ocurre después de un año de crecientes
tensiones comerciales transatlánticas. Más aún, las potencias
europeas vienen buscando, desde hace mucho tiempo, una manera de
minar el rol hegemónico de los EE.UU. en el comercio mundial. Con
ese propósito establecieron una unión económica y crearon el Euro
para competir con el dólar como reserva monetaria mundial. Es más,
la principal potencia detrás de la unión monetaria, Alemania, tiene
un enorme interés comercial en Europa Oriental y Rusia. La
perspectiva de un conflicto rusonorteamericano e inestabilidad en
Moscú pone en peligro la posición de Alemania.
También pueden agravarse los conflictos entre los
EE.UU. y Japón. Esta nación, que es uno de los principales
importadores de petróleo, tiene sus propios intereses en la región
caspia, además de muchas disputas comerciales con Estados Unidos. En
cuanto este último considere que para triunfar en Asia debe aumentar
su presencia militar, los círculos gobernantes japoneses presionarán
por poner fin las restricciones de postguerra sobre el tamaño y
alcance de sus propias fuerzas armadas.
Un conflicto entre los EE.UU. y China es inevitable.
China, país históricamente oprimido, no es una potencia
imperialista. Sin embargo, ha avanzado mucho en su camino hacia la
restauración del capitalismo. Aspira convertirse en una gran
potencia económica regional.
La actual histeria antichina en la prensa yanqui
revela la vehemente oposición de grandes sectores de la elite
dirigente norteamericana a tal eventualidad. La expansión de la
influencia norteamericana en Asia Central es una amenaza directa e
inmediata contra China. Entre otros factores, la expansión de la
economía china depende directamente de su acceso al petróleo. Se
espera que sus necesidades por petróleo se dupliquen para el año
2010, lo cual obligaría a China a importar el 40 porciento de lo que
necesita. En 1995 China importaba el 20 porciento del petróleo que
consumía.
Por esta razón, China ya ha expresado interés en un
oleoducto para transportar hacia el oriente el petróleo de la región
del Caspio. En 1997 firmó un acuerdo por $4.3 billones para
asegurarse el 60 porciento del petróleo de Kazakstán. Sin duda,
Estados Unidos tratará de sabotear la actividad de China en la
región.
Alrededor de todo el mundo, los gobiernos temen que
puedan convertirse en nuevos blancos de una intervención militar, si
se oponen a las demandas de los EE.UU. La lista de enemigos de
Estados Unidos no está limitada a países menos desarrollados. Tanto
París como Berlín deben estar altamente preocupados sobre la
intervención norteamericana en Europa y que el Pentágono tenga
planes de guerra contra Francia y Alemania que pueda implementar con
rapidez.
La división de la región de Asia Central, de
importancia estratégica y rica en recursos naturales, entre las
grandes potencias imperialistas no será pacífica. Tampoco lo será el
proceso de su incorporada a la estructura del capitalismo mundial.
Como escribió Lenín en 1915, hablando de la división de los países
coloniales: “Para el capitalismo la repartición de esferas de
influencia, intereses, colonias, etc., es sólo concebible basándose
en cálculos de la fuerza de los participantes, su fortaleza
económica, financiera, militar, etc. Y la fortaleza de los
participantes en la división no cambia hacia un grado igual, porque
el desarrollo parejo de diferentes proyectos y ramas de industrias,
o países es imposible bajo el capitalismo. Hace medio siglo,
Alemania era un país miserable e insignificante comparado a la Gran
Bretaña de la época; lo mismo era cierto para Japón al compararlo
con Rusia. ¿Es concebible que en los próximos 10 o 20 años no
cambien las relaciones de fuerza de las potencias imperialistas? Eso
está fuera de la cuestión."
Si actualizamos evaluación de Lenín sustituyendo las
potencias de hoy con las de 1915, se plantea la pregunta: ¿Podrán
los EE.UU., Europa y Japón ponerse de acuerdo pacíficamente cuando
llegue el momento de repartirse los multibillonarios contratos
petroleros y de construcción, la elaboración de acuerdos comerciales
y el establecimiento de pactos militares? Es imposible responder
afirmativamente a esta pregunta.
Las principales potencias también tratarán de sacar
ventaja de conflictos locales. En vez de amenguar, se acelerará la
tasa de crecimiento de antagonismos locales, durante el proceso de
integración de Asia Central al sistema global de producción y
comercio. Con el aumento del financiamiento occidental de grandes
proyectos petrolíferos, aumentará lo que está en juego en los
conflictos étnicos regionales. La pelea se intensificará aún más
cuando el control territorial vaya acompañado de miles de millones
en exportación de petróleo.
Los conflictos en la región de Abjasia en Georgia
paralizaron más de una vez la construcción del oleoducto. Más
importante aún, la penetración del capital occidental ha sido
acompañada por medidas de austeridad demandadas por el FMI. Estos
cambios han contribuido al empobrecimiento de la gran mayoría de los
pueblos de Asia Central, a la vez que han enriquecido a unos pocos.
Como Rusia, las repúblicas en la región caspia y del Cáucaso han
visto el surgimiento de una pequeña capa de ricos “nuevos kazaks” y
“nuevos azeris”, la vez que viene cayendo la riqueza y producción
general desde 1991.
Estos desarrollos presagian una nueva división del
mundo, que será decidida entre los grandes países imperialistas con
sus ejércitos. Los próximos conflictos militares ocurrirán en
lugares aún más explosivos que los Balcanes. Todos los principales
protagonistas tienen armas nucleares, creando la posibilidad de un
tercer gran conflicto imperialistas en menos de cien años. La
destrucción y la pérdida de vidas humanas potenciales serían aun a
escala mucho mayor a la de los dos primeros conflictos combinados.
Las consecuencias del bombardeo de Yugoslavia
Este es el significado de la actual acción militar
contra Yugoslavia y del crecimiento del militarismo en general.
Kosovo es un campo de prueba para las guerras que surgirán en la
región de la ex Unión Soviética.
A la vez, la guerra es una expresión de las inmensas
contradicciones en los países imperialistas. Las tensiones sociales
se han incrementado con la guerra. La historia del siglo 20
demuestra que los períodos de rapacidad imperialista son acompañados
por el incremento de conflictos sociales en los centros
metropolitanos del imperialismo.
La estructura social norteamericana y de Europa
Occidental está expuestas a intensas contradicciones de clase. En
las últimas dos décadas ha ocurrido una profunda polarización
material en estos países. Una pequeña capa goza de una riqueza nunca
sin par en la historia. El resto de la población vive expuesto a
varios grados de tensión y ansiedad económica. Una capa considerable
vive en condiciones de extrema pobreza. Todos los signos indican que
esta tendencia continuará, aún más, que se acelerará.
Dada su desarticulación política los conflictos
sociales han tomado una forma maligna. La sociedad norteamericana da
la impresión de estar al borde de un colapso nervioso. La vida
pública es interrumpida por violentas explosiones de escolares que
han dejado al país en un estado de semishock. Con excepción de
declaraciones banales, los funcionarios y expertos no han podido
explicar el porqué de estas violentas explosiones de comportamiento
antisocial. A su manera, sin embargo, estos hechos delatan la
brutalidad de la vida contemporánea norteamericana y la supresión de
los antagonismos que yacen debajo de la superficie.
Este punto sugiere una motivación adicional al
bombardeo de Yugoslavia. El padre de la política imperialista de fin
del siglo pasado, Cecil Rhodes, notó el beneficio sociopsicológico
de una agresión imperialista. Esta sirve de válvula de escape para
las presiones sociales acumuladas en los propios países
imperialistas. Al margen de los intereses económicos directos e
indirectos en el conflicto actual, la burguesía norteamericana ve la
oportunidad de dirigir frustraciones reprimidas y desesperación
hacia un blanco externo.
A la vez, reconoce las limitaciones de esta táctica y
ya está planeando cambios a su política interna que correspondan a
sus ambiciones imperialistas. El país continuará desarrollándose
como una ciudadela tecnológica. El grueso del gasto público será
dedicado a objetivos militares externos. Los programas sociales
serán reemplazados, en una medida cada vez mayor, por represión
doméstica. Esta política ocurrirá en todos los grandes países
imperialistas.
También peligran los derechos democráticos. La
actitud actual de la elite dirigente con relación a este punto ha
salido a la luz durante la presente guerra. El bombardeo de Serbia y
su amenaza de cerrar red del Internet contradicen las garantías
legales y declaraciones públicas de la OTAN.
Es una frustración para los funcionarios
gubernamentales, los círculos militares y los medios de
comunicación, que la mayoría de la gente en los países de la OTAN no
se contagie con la fiebre de guerra. El sentimiento general del
público es uno de perplejidad y desconcierto. Esto se debe a que las
masas han sido abandonadas políticamente por sus viejas
organizaciones. El descontento popular no se ha coagulado en una
oposición contra la guerra.
La guerra ha revelado la total bancarrota de partidos
que en épocas anteriores se presentaban como los defensores de la
clase obrera y del socialismo. Tanto la socialdemocracia como los
partidos laboristas y stalinistas han salido no sólo a apoyar, sino
a dirigir esta guerra. Eso no sorprende a los observadores más
experimentados.
Desde hace mucho tiempo estas organizaciones vienen
demostrando su sumisión política a los mercados y grandes empresas.
Ya están integradas en el aparato imperialista. La guerra sólo
revela que el proceso de decadencia política ha sido completado.
Partidos que, sin ser alternativas socialistas al imperialismo, en
una época representaban un obstáculo para las demandas económicas
capitalistas, ahora adquieren el aspecto de los partidos burgueses
de ultraderecha.
La guerra ha iluminado otro aspecto del paisaje
político: la ausencia de una intelligentsia crítica y dispuesta al
sacrificio. Ninguno de los expertos académicos critica a los
argumentos y pretextos que han servido para justificar la guerra. Al
punto que se han escuchado voces en contra de la guerra, han venido
como regla de la derecha, la cual demandaba una política aún más
agresiva. Han desaparecido, hasta de la memoria, los días de
protestas y actividades en los campus estudiantiles.
¿Cómo surgió esta situación? Se puede aprender mucho
de una transformación política análoga que ocurrió a principios del
siglo 20. Una capa importante de la burocracia laboral y de la
socialdemocracia dio su apoyo político a la burguesía de su propio
país a inicios de la guerra en 1914. Líderes políticos y partidos
que oficialmente habían adoptado posiciones oponiéndose a la guerra,
abandonaron sus principios, votaron a favor de presupuestos de
guerra, e insistieron que la clase obrera defendiera al estado
burgués. Las consecuencias catastróficas de esta decisión, que
recayó con más fuerza sobre el proletariado europeo, son bien
conocidas.
Para Lenín, la explicación material de este fenómeno
era el proceso de corrupción en manos del imperialismo de un
segmento de los líderes sindicales y de la socialdemocracia. La
brutal explotación de las colonias y el robo de sus recursos le
permitía a la burguesía europea compartir parte de su botín con esos
líderes de la clase obrera si estos se subyugaban al imperialismo.
Una situación análoga ocurre hoy en día. Un sector de
aquellos que fueron radicalizados por las experiencias de Vietnam,
por los acontecimientos de Mayo Junio de 1968 en Francia y por la
militancia obrera de fines de los 1960 e inicios de los 1970,
abandona durante las últimas dos décadas su oposición al
imperialismo y se incorpora a la vida de la clase media. Algunos de
estos exradicales se enriquecen jugando a la bolsa de valores en la
década actual. Este fenómeno causa un dramático realineamiento de
sus políticas. De estas filas salen algunos de los más fervientes
promotores de la presente guerra.
Este proceso de enriquecimiento, por supuesto, no se
ha limitado a quienes participaron de políticas radicales. Como
notamos anteriormente sólo se ha enriquecido un pequeño grupo, en
términos porcentuales, pero éste representa un significativo número
de individuos. El uno por ciento más rico de la población de EE.UU.
es dueña del cuarenta porciento de la riqueza. Esta cifra describe
de un extraordinario nivel de vida para dos y medio millones de
personas. Junto con ellos otro diez a veinte porciento de la
población que visto crecer sus fortunas en los últimos veinte años.
Se pueden citar cifras similares para los otros grandes países
capitalistas.
De esta capa de ricos salen los líderes políticos de
todos los partidos oficiales, de los medios de comunicación y no
pocos académicos. La acumulación de riqueza proporciona tanto el
cemento político para la guerra como las demandas para expandir la
guerra.
El auge de Wall Street, sin embargo, ha sido un
proceso con dos caras. El astronómico aumento de valores demanda la
adopción de un nuevo régimen de austeridad, “flexibilidad laboral”,
(i.e. inseguridad laboral) y aumento de la explotación de las masas
trabajadoras en los centros imperialistas y alrededor del mundo.
Así como la cosecha de nuevos ricos en los
1980 y 1990 crea una nueva base para el imperialismo, también
produce una gran audiencia para un movimiento anticapitalista y
antiimperialista dentro de la clase obrera internacional. El
crecimiento del proletariado mundial, la caída de niveles de vida en
la mayoría de países avanzados, el empobrecimiento de Asia, África y
América Latina y la falta de perspectivas para la juventud están
creando, objetivamente, un movimiento de cambio revolucionario.
Se han creado las condiciones para la transformación
de este potencial objetivo en una fuerza política conscientizada. Lo
que se necesita hoy, sobre todo, es la lucha por el socialismo
dentro de la masa obrera y entre los intelectuales y la juventud
para formar el núcleo de luchas revolucionarias por venir. Se debe
aclarar la confusión del marxismo con su antítesis reaccionaria, el
stalinismo, a través de la educación política. Se debe luchar contra
todas las ideologías que directa o indirectamente trabajan para
mantener el sistema actual.
La más alta expresión de todos esos consiste en la
construcción de un partido socialista unido de toda la clase obrera
internacional. Este es el objetivo del World Socialist Web Site,
la voz del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
By Por el Comité de Redacción del Sitio Socialista
Mundial
29 Junio 1999 - Este artículo apareció originalmente en inglés en
Mayo 24, 1999. Para leer la versión original haga click en
http://www.wsws.org/articles/1999/may1999/stat-m24.shtml
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