Agamenón rechazó rotundamente la idea. Sin embargo, terminó por
acceder, a instancias sobre todo de su hermano Menelao y al
comprender, tanto él como los demás príncipes que se debía acatar el
oráculo. Ifigenia, engañada, llega al altar para ser sacrificada. En
el instante supremo del cruel martirio, Ártemis, compadecida,
sustituyó a la doncella por una cervatilla ( ¿ sacrificio de Isaac
en versión mitológica?). Ifigenia fue llevada a Táuride ( actual
península de Crimea), en donde la diosa la convirtió en su
sacerdotisa.
El viento se hace favorable y la flota puede zarpar hacia Troya.
La cólera de Aquiles.
Al cumplirse el 10þ año de la guerra, Troya se hubiera rendido ya
por falta de agua y provisiones, y de ayuda exterior. Pero, entonces
en el campo griego estalló la discordia, una vez más con una mujer
como causa. Sucedió que los griegos habían hecho prisionera a la
bella Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo. Agamenón, lleno
de soberbia, esgrimió el derecho que le daba el hecho de ser
caudillo supremo y se quedó con la joven como botín. El anciano
sacerdote se presenta ante el campamento griego, y solicita la
devolución de su hija, como único sostén de su vejez. Agamenón lo
rechazó bruscamente. Críses entonces suplica a Apolo. Éste atendió
las súplicas de su ministro y desde lo alto empezó a disparar sus
ardientes fleches ( la peste), que diezmaron el ejército griego. Se
extendió la peste por el campamento griego y las piras ardían sin
descanso.
Por consejo de Aquiles se reunieron los jefes griegos en asamblea.
Convocaron al adivino Calcante y le interrogaron sobre el origen de
la cólera de Aquiles. El sacerdote expuso su temor en confesarla, a
menos que Aquiles no garantizara su seguridad. Finalmente Calcante
afirmó que el mal sólo desaparecería si Criseida era devuelta a su
padre Crises. Agamenón se vio obligado a ceder a regañadientes.
Devuelve a Criseida, pero encarga a dos hombres que se dirijan a la
tienda de Aquiles y se lleven a su esclava Briseida, de quien el
propio Aquiles estaba enamorado. Éste les tranquilizó a estos
emisarios, pero les advirtió que Agamenón pagaría caro su
atrevimiento. Desde ese momento Aquiles se negó a participar en la
lucha, encerrándose en su tienda. Su propia madre Tetis le espoleó
en su decisión, con el fin de salvar también el hado que pendía
sobre su hijo.. A requerimiento de éste se presentó ante Zeus para
que protegiera a los troyanos. Zeus consintió , aunque temía la
cólera de su esposa Hera, dedicada a favorecer al bando griego, y
aparentaba mostrarse neutral.
Durante los meses que duró la ausencia de Aquiles, los combates
entre griegos y troyanos se sucedieron, llevando los griegos su peor
parte. De pronto los dos bandos deciden parar y resolver que la
contienda se decida entre el ofendido, Menelao, y el ofensor, Paris,
en un combate singular. Éste, espoleado por su hermano Héctor, sale
a combatir de la mejor manera que sabe: arrojó una lanza a Menelao
que detuvo con su escudo. Cuando estaba a punto de sucumbir a manos
de Menelao, Afrodita, su benefactora, se lo lleva del combate
escondido en una nube, y regresa al lecho conyugal. Ambos ejércitos
convinieron que, por la huida de Paris, Menelao era el justo
vencedor; y los troyanos hubieran devuelto a Helena, si Hera y
Atenea no hubieran instigado a los troyanos. Así, un soldado de los
troyanos no aguantó más y disparó una flecha sobre Menelao. La
improvisada tregua se rompió, y continuó la guerra.
Muerte de Patroclo, y venganza de su amigo Aquiles.
Afrodita acude en ayuda de su hijo Eneas, cuando éste –el más
valiente de los troyanos después de Héctor- estuvo a punto de
perecer ante la acometida de Diomedes, quien llegó a herir a la
diosa. Ésta abandonó a su hijo. Refugiandose junto a su padre Zeus
en el Olimpo. Apolo sustituyó a Afrodita, salvando a Eneas y
llevándoselo envuelto en una nube a la ciudad de Pérgamo, en donde
su hermana Ártemis le curó la herida . Eneas no podía morir, pues el
destino le había reservado que de su estirpe nacerían Rómulo y Remo,
fundadores de Roma. Diomedes se creció y, animado por Hera, hirió
por segunda vez al mismísimo dios de la guerra Ares. Atenea guió la
lanza del héroe. El dios de la guerra tuvo que abandonar el campo de
batalla. Zeus recordando la promesa hecha a Tetis, inclinó la
balanza a favor de los troyanos. Héctor, gracias a esta ayuda
divina, consiguió que los griegos se refugiaran junto a sus naves.
Los griegos, reunidos en asamblea, deciden con Agamenón a la cabeza
regresar a Grecia. Pero Odiseo le instó que debía de una vez por
todas devolver a Briseida a Aquiles, para poder deponer su cólera.
Agamenón prometió que así lo haría, pero Aquiles no se fió de tal
promesa y también se preparaba para el regreso. Hera, entre tanto,
roba el cinturón de Afrodita, y distrae a Zeus de la lucha. Acusa a
Poseidón de haber sido artífice de la victoria momentánea de los
griegos. Zeus ordenó a Iris que le comunicara a Poseidón que se
retirara del lugar para que así se cumplieran sus deseos. Patroclo
corrió hacia la tienda de su amigo Aquiles y le solicitó que
depusiera su cólera y saliera a defender el campamento griego. Ante
la negativa de éste , porque deseaba preservar su honor mancillado,
Patroclo le pidió por lo menos que le dejara vestir su armadura. Con
ella consiguió que los troyanos le tomaran por el mismísimo Aquiles.
Pero de pronto se encontró con su destino, y con Héctor, que con
ayuda de un mortal, Euforbio, un dios, Apolo, y él mismo consiguen
arrebatar la vida de Patroclo. Éste previamente había matado a un
hijo de Zeus, el troyano Sarpedón.
Cuando le comunicaron a Aquiles la muerte de Patroclo su dolor no
tuvo límites. Su primera intención fue quitarse la vida, pero su
madre, presurosa, acudió a ayudarle. Decidió entonces vengar la
muerte de su amigo. De este modo la cólera de Aquiles llegó a su
fin, transformándose en ira exacerbada hacia Héctor. Tetis, muy a su
pesar, trajo a su hijo nuevas armas fabricadas por el propio Hefesto.
La aparición de Aquiles en combate cambió el signo de la batalla:
eran los troyanos los que retrocederían hacia la fortaleza de Troya.
Héctor decidió retar a Aquiles a un combate singular, sabiendo que
ese sería el último combate de su vida. La última despedida de su
esposa Andrómaca y de su hijo, Astianacte, conmovedoras, no
consiguen que el héroe deponga su actitud.
El Destino había dispuesto para Héctor su muerte a manos de Aquiles.
Los dioses reunidos en asamblea, y Zeus , extendiendo una balanza de
oro, puso en los platillos dos pesas, observando que el platillo de
Héctor descendía hacia el Hades.
Apolo, muy a pesar suyo, tuvo que abandonar a su protegido. Héctor
en el combate comprendió que los dioses le habían dejado solo.
Aquiles con la inestimable colaboración de Atenea consigue atravesar
la garganta con la lanza a su enemigo Héctor. Aquiles,
ensoberbecido, anuncia que entregaría el cadáver de Héctor a los
perros. Héctor, agonizante, le suplicó que fuera devuelto a su
ciudad para que se le rindieran honores fúnebres. Pero su alma se
marchó al Hades, lamentando hasta los dioses su destino.
Funerales de Patroclo y de Héctor.
Aquiles, vencedor, despojó a Héctor de su armadura, ató sus pies con
cordones de cuero que unció a su carro y se dirigió hacia las
murallas de Troya, alrededor de la que dio tres vueltas, arrastrando
el cadáver de Héctor. Además ordenó que el cadáver del héroe troyano
fuera privado de los honores de sepultura y entregado a los buitres.
Los gritos de dolor de Príamo y Hécuba ante la muerte de su hijo, y
de todos los troyanos resonaron en la ciudadela.
En el Olimpo, el maltrato infligido a los restos de Héctor era del
desagrado de la mayoría de los Inmortales y, especialmente, de Zeus.
Éste envía a Iris a Troya para que recomiende a Príamo que se
presente ante Aquiles con un carro repleto de magníficos tesoros y
le solicite con humildad el cuerpo de su hijo. Así lo hace. Aquiles,
en un principio impasible – preparaba la pira que había de consumir
el cadáver de su amigo Patroclo, organizando unos solemnes funerales
para éste , y los juegos que debían conmemorar su muerte-
consiguieron finalmente ablandar el corazón del Pelida que,
abrazando al anciano padre de su encarnizado enemigo, le entrega a
su hijo para que se le tributen los honores debidos. Griegos y
troyanos convienen una tregua para que se celebren sendos funerales:
el de Patroclo ( los griegos) y el de Héctor ( los troyanos).
El cadáver de Héctor regresó a Troya y hubo lamentaciones durante
nueve días, finalmente fue incinerado, recogiendo sus calcinados
huesos y depositándolos en un sudario púrpura dentro de una urna de
oro, que enterraron en una magnífica tumba. Así concluye la Ilíada,
de Homero, pero la guerra continuó.
Muerte de Aquiles y de Áyax Telamón.
Lo que sucedió tras la muerte de Héctor hay que reconstruirlo a
través de las leyendas heroicas posteriores, las llamadas post
homéricas (algunas de ellas, más o menos fragmentadas): la Odisea,
en tragedias de Sófocles y Eurípides, en la Eneida de Virgilio-. En
ellos se cuenta, por ejemplo la muerte a manos de Aquíles de la
amazona Pentesilea, nada menos que la hija de Ares que juraría no
descansar hasta dar muerte a Aquíles.
Los troyanos quedaron tan desmoralizados que pensaron evacuar la
ciudad. El Destino quiso que cuando Aquíles perseguía a los troyanos
hasta las mismas puertas de la ciudad, una flecha disparada por
Paris y guiada por Apolo, su tenaz enemigo, le alcanzara en el
talón, su único punto vulnerable. Áyax Telamón retiró su cadáver del
campo de batalla y Odiseo rechazó a los troyanos.
Los griegos celebraron solemnes honras fúnebres en honor de su mejor
héroe y su madre, al oír los lamentos, acudió, formando con sus
lágrimas un verdadero río. Se cuenta que después de incinerado sus
cenizas se mezclaron en la urna con las de su amigo Patroclo. Tras
la desaparición de su hijo, Tetis ofreció sus invulnerables armas al
héroe griego más valeroso de los que quedaban vivos. (En la Pequeña
Ilíada se narra el famoso Juicio de las armas) Áyax Telamón y Odiseo
se disputaron la herencia, hasta que una asamblea que fuera Odiseo
el vencedor con un voto de diferencia.
Áyax, sintiéndose ultrajado, se volvió loco, corriendo por el campo
de batalla matando a carneros y cabras, pensando que estaba matando
a Agamenón, Menelao, y el propio Odiseo. Vuelto a su sano juicio, y
calibrando la burla que recibiría de sus compañeros , se arrojó
sobre su espada ( regalo del propio Héctor por su valentía) Agamenón,
al conocer el desgraciado fin, no quiso que un suicida recibiera
honras fúnebres. Pero Odiseo, que mientras vivía había sido un noble
rival, condescendió, con lo que su pira fue tan grande como la del
propio Aquíles.
Introducción en Troya del Caballo de Madera: destrucción de la
ciudadela. Según un oráculo, Troya sería inexpugnable mientras los
griegos no consiguieran las armas de Heracles en poder de Filoctetes,
y el Paladio, una estatua de Atenea, que se guardaba en la ciudadela
de Troya. Odiseo, junto con Diomedes, disfrazados, consiguieron
robar la estatua. Odiseo, con engaño, consiguió las flechas, el arco
y el carcaj maravillosos de Filoctetes. Sintiendo lástima de éste,
se lo llevó con él a Troya, en donde su primera acción en combate,
fue herir mortalmente a Paris. A éste se lo llevaron ante la ninfa
Enone, despreciada por Paris, que no le brindó su ayuda,
contemplando su agonía, y suicidándose después.
Pero la idea más brillante de Odiseo fue la construcción de un
enorme caballo de madera con la ayuda de Atenea. Este decisivo
episodio en la historia de la guerra fue narrado magistralmente por
el poeta romano Virgilio, en su obra La Eneida. En su interior
ocultaron la flor y nata del ejército griego ( Odiseo, Diomedes,…Áyax
el Menor,…) y lo abandonaron en la playa – se ocultaron en la isla
de Ténedos, muy cerca de las costas troyanas-, mientras simulaban
los demás griegos una retirada y el fin del asedio a Troya.
A pesar de las advertencias de algunos adivinos como Laocoonte (
sumo sacerdote de Poseidón) o de Casandra, hija de Príamo- no creída
por el castigo infligido por Apolo a que profetizara el futuro sin
que nadie la creyera-, los troyanos engañados por un espía griego,
Sinón, deciden introducir el caballo en la ciudad. Completamente
desprevenidos los troyanos pelearon su última batalla. La mayor
parte de ellos fueron pasados a cuchillo, especialmente hombres,
niños y viejos; las mujeres, como era costumbre, fueron respetadas,
salvo las pobres y viejas. Las demás, como Hécuba y Andrómaca,
sirvieron como esclavas para el vencedor.
Los griegos abusaron de la victoria, y se hicieron odiosos a los
mismos dioses. La profetisa Casandra estuvo a punto de ser violada
por Áyax el Menor, la irritada Atenea castigó tal osadía sumergiendo
la nave de Áyax cuando regresaba a su patria. También tuvieron
suerte dispar otros griegos al regreso del asedio: Agamenón,
asesinado por su esposa y el amante de ésta; Menelao y su esposa
Helena; Odiseo, etc. De entre los troyanos un caudillo, Eneas, logró
salvarse con su familia – salvo su esposa Creusa- Cuando los griegos
se marcharon, Eneas y los suyos embarcaron rumbo a las costas de
Italia con el fin de fundar una nueva Troya, y con el unánime
beneplácito de los dioses.
***************************
Helena
En noche de traición y de misterio
cayó en los brazos del recién venido,
y huyeron ambos, sobre el mar dormido,
sacudiendo las bases del imperio.
Fue trágico y fatal el adulterio,
pues la víctima fue, no ya el marido,
sino el flujo de muerte inextinguido
que hizo de Troya un vasto cementerio.
Los ancianos del reino protestaron
la situación extrema y tan aguda
por sólo una mujer que nunca vieron.
Cuando ella apareció, tal la admiraron
que se desvaneció al punto la duda,
y aceptaron la guerra que opusieron.
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Arqueología de Troya
Troya VIIa
Este asentamiento, fechado entre el 1275 y el 1240 a.C. por Blegen,
puede de hecho haber comenzado tan temprano como en el 1325 a.C. (en
los inicios del periodo LH IIIB, a juzgar desde el Micénico último,
importaciones en las ruinas de Troya VI) y durado hasta el año 1190
a.C. (en los inicios del período LH IIIC, en base del Micénico
último esparcido en sus ruinas), a pesar de el hecho que
tradicionalmente se ha argumentado haber sido un corto, pero vivo
asentamiento sobre los terrenos que en ningún otro substrato se han
detectado.
La fecha de su destrucción ha sido un tema acaloradamente discutido.
Blegen comenzó por argumentar la fecha del 1240 a.C., pero luego la
llevo al 1270 a.C. Nylander ha argumentado una fecha de destrucción
entre los años 1200 y 1190 a.C. en base del Micénico último, los
cuales y más recientemente Mee incluye a Troya VIIa en el LH IIIC.
Podzuweit ha abogado una fecha aun anterior. Si nosotros acordamos
con Blegen, Dorpfeld, Schliemann, y muchos otros ese Hissarlik es el
sitio de la Troya Homérica (pero vea más adelante para argumentos de
Carpintero contra esta posibilidad) y si nosotros consideramos la
Troya de Guerra del mito Griego como un suceso histórico, entonces
Troya VIIa es la candidata más probable para la ciudad de Priamo.
Luego Griegos fecharon la Troya de Guerra como se indica a
continuación: 1184 a.C. (Eratostenes), 1209/8 a.C. (el Parian de
Mármol), 1250 a.C. (Heródoto), y 1334/3 a.C. (Douris). Troya VIIa
sucumbió en una conflagración general que destruyó ambos edificios,
los de adentro de la ciudadela y los de afuera.
Las Fortificaciones
Las fortificaciones derrumbadas de Troya VI se reconstruyeron. En el
área de la puerta oriental (VI S) entre las Secciones 2 y 3, una
extensión sur agregada a la Sección 2 hizo el enfoque a esta puerta
más difícil para los atacantes. La albañilería de esta adición,
mucho menos regular que la característica de las fortificaciones de
Troya VI, se utilizaron muchos de los bloques caídos desde las
paredes de Troya VI. Se reparó la puerta sur principal (VI T) y el
pavimento intrincado al pasaje de entrada además de la instalación
de un desagüe debajo del pavimento. También se emprendieron las
reparaciones extensivas a la porción sudeste y sur de la pared (las
Secciones 3-4).
La Arquitectura Doméstica
Como en el caso de Troya VI, la única arquitectura conservada dentro
de las paredes se encontró sobre los dos terraplenes bajos de los
anillos de terraplenes concéntricos que caracteriza la Edad de
Bronce Alta y Media en la ciudadela de Troya. Algunas de las moradas
grandes de Troya VI se reconstruyeron y rehusaron, pero muchas
habían sido demasiado dañadas por el sismo que demolió Troya VI y se
construyeron simplemente encima.
Dentro de la ciudadela de Troya VIIa se construyeron mayor cantidad
de casas, comparando con las moradas de Troya VI. Ellas tienden a
poseer de una a tres habitaciones, estructuradas de tal manera que
comparten sus paredes y son irregulares en el plano. Las casas sobre
el terraplén bajo se construyeron contra la cara interna de la pared
de fortificación, violando así un principio defensivo que se mantuvo
en Troya VI.
Las casas de Troya VIIa son bastantes robustas y de ninguna manera
pueden ser consideradas "cabañas débiles" , aunque no existe
material no natural incorporado a lo derrumbado del edificio de
Troya VI. Los pisos de muchas de estas casas están agujereados por
fosos excavados para el almacenaje de grandes pithoi en un nivel más
bajo del terreno. Estas pithoi se sellaron en la cima por porciones
de piedra, pero la presencia de los fosos ocasionalmente debilitó el
piso, ya que en algunos casos el piso aparece derrumbado. El nuevo
piso ocasionado por este desplome se ubica solo en la casa de Troya
VIIa que ha conservado evidencia de tres pisos distintos, un hecho
que, junto con la rareza relativa de edificios con dos niveles
separados de piso, se ha considerado un argumento en favor de una
vida corta para el arreglo como una totalidad. El abastecimiento de
agua dentro de el área encerrada por las paredes consiste de un buen
adoquinado, canal aparentemente público justo al este de los sobre
construidos cimientos de Casa VIF y del aljibe grande o bien de la
Torre VI g, reconstruido después de el sismo que destruyó Troya VI.
Los restos de varias casas afuera de las paredes (Casas 740-741 al
sur de la Casa y puerta oriental 749 en el sudeste) indican que un
pueblo más inferior se extendió más allá de las paredes de la
ciudadela en Troya VIIa como en Troya VI.
Restos de esqueletos
Los fragmentos de una calavera humana encontrados dentro de la Casa
700 justo dentro de la puerta sur (VI T) puede pertenecer al mismo
individuo del que los huesos humanos fueron descubiertos fuera de la
misma casa. Una quijada más pequeña, probablemente de un varón
adulto, fue encontrada en los escombros del piso de la Casa 741,
afuera de la ciudadela al este. Un esqueleto completo, aunque
claramente no sepultado, se descubrió en lo alto de un estrato que
contiene la alfarería del tipo de Troya VI y VIIa afuera de las
fortificaciones, al oeste. Estos huesos humanos, aunque no los
representativos de un número grande de individuos, presumiblemente
pertenezca a casualidades de la destrucción de Troya VIIa. Es
notable en que no existen restos de esqueletos humanos en los
escombros de la destrucción de los niveles más tempranos de Troya
(especialmente los de Troya IIg y Troya VI) y son indicadores del
fracaso de los supervivientes de la catástrofe final que sucedió a
Troya VIIa para recuperar y sepultar todas sus víctimas.
Alfarería y hallazgos diversos
La alfarería de Troya VIIa es apenas distinguible de la de Troya VI.
Los pocos aspectos nuevos incluyen la presencia de un sombrío desliz
en la alfarería, un jarrón con nueva forma (A 52), y una cantidad
significativamente menor de alfarería Micénica importada, tales
importaciones siguen luego de la fecha en Troya VI. Los hallazgos
diversos encontrados en Troya VIIa son enteramente indistinguibles
de los de Troya VI.
Las Conclusiones
La cultura material de Troya VIIa es esencialmente idéntica al del
arreglo precedente, y los residentes de Troya VIIa eran por lo tanto
presumiblemente los supervivientes del sismo que nivelaron Troya VI
y sus descendientes inmediatos. La diferencia principal entre las
ciudadelas de Troya VI y Troya VIIa yace en el uso del espacio
dentro de las fortificaciones. Los excavadores argumentan que la
población aumento mucho y buscó protección dentro los muros de Troya
VIIa, presumiblemente como resultado de alguna amenaza externa. La
preocupación de esta población por el espacio de almacenaje
subterráneo de los pithoi ha sido adicionalmente interpretada para
reflejar un estado de sitio al final de Troya VIIa.
La destrucción violenta de Troya VIIa se ha interpretado como
evidencia del fracaso de los habitantes de la misma para resistir el
asedio contra el que ellos se habían preparado; aparentemente por sí
mismos. La destrucción en sí misma se ha interpretado
invariablemente como el producto de agentes humanos. Las diferencias
arquitectónicas entre la Troya de las ciudadelas de fases VI y VIIa
puede, sin embargo, ser interpretada de otras maneras. Así, por
ejemplo, Troya VI puede inspeccionarse como una ciudadela dentro de
la cual vivían solo los gobernantes principales, siendo de posterior
data los ocupantes de las moradas grandes sobre los terraplenes más
inferiores. La masa de la ciudadanía habría vivido fuera de las
paredes, en el pueblo recientemente descubierto (más inferior en
este período) y/o en aldeas agrícolas pequeñas, alrededor de la
llanura Troyana.
En Troya VIIa, un buen negocio para esta ciudadanía la había movido
aparentemente dentro de los muros, pero este cambio no
necesariamente refleja un período de asedio y podría representar
simplemente un cambio importante en el orden de la sociedad Troyana.
Quizás Troya VIIa era mandada nomás por un monarca, mientras la
clase aristocrática que había ocupado las moradas de Troya VI, se
habría eliminado a sí misma. Después de todo, la evidencia de
cambios sociales similares puede citarse desde el territorio
continental Griego, donde los palacios desaparecen como entidades de
funcionamiento, al final de el periodo LH IIIB. Si el asedio había
sido un interés importante de los ocupantes de la ciudadela de Troya
VIIa, uno se pregunta por qué cualquier edificio de este período se
construyó fuera de los muros en pequeñas pero no obstante
perceptibles "aldeas inferiores".
La declinación en la cantidad de alfarería Micénica importada en
Troya VIIa se ha inspeccionado como confirmando una noción
preconcebida de identidad de los atacantes. Que es, si los atacantes
habían sido Micénicos, apenas sería sorprendente que la cantidad de
alfarería Micénica importada en Troya debería haber declinado. Sin
embargo, es un hecho la cantidad de alfarería Micénica importada
desde el territorio continental Griego durante el periodo LH IIIB,
reducciones características en otras áreas (p. ej. Chipre, el
levante) así como también en Troya. Puede por lo tanto ser argumento
que el comercio extranjero Micénico estuvo en una caída general
durante este período, y que esta caída es tan probable como un
asedio hipotético a Troya por Micénicos, como una explicación para
la muerte de la alfarería o cerámica Micénica importada en Troya
VIIa.
Es también cierto que esa alfarería identificable sobre terrenos
estilísticos como "Micénicas" se produjo sobre un área grande del
Egeo durante el período en cuestión, no simplemente a lo largo de el
territorio continental Griego sur, sino también sobre el Egeo
central y el oriental en islas y en sitios Asia menor sur occidental
tal como Mileto. Permanece para establecerse cuánta alfarería
Micénica importada en Troya VIIa viene desde el Peloponeso, cuánto
desde las islas Egeas, y cuánto desde otros sitios Micénicos sobre
la costa de Asia Menor.
La fecha de la destrucción de Troya VIIa probablemente yace dentro
de la mitad de siglo, entre 1230-1180 a.C., aunque Blegen finalmente
la exprese una generación, o mas, antes y Podzuweit ha sugerido
recientemente que se debe colocar un poco después. Basándose en La
Ilíada y La Odisea específicamente, y en el folklore Griego en
general, los destructores de Troya VIIa tradicionalmente se han
identificado como Micénicos Griegos, llegados desde el territorio
continental Griego central y sur. Sin embargo, no hay nada en la
evidencia arqueológica para identificar cabalmente quienes eran los
atacantes. Desde luego, hay por lo menos alguna evidencia
arqueológica que sugiere que los atacantes no eran Micénicos. ¿ Por
ejemplo, los Griegos de territorio continental para que irían a
destruir Troya al mismo tiempo que sus propios centros en el
Peloponeso estaban siendo destruidos? Es posible contestar esta
pregunta en el afirmativo si las destrucciones del Peloponeso eran
debido a desastres naturales (p. ej. sismos, más recientemente
argumentados en los casos de Tirinto y Micenas) o si ellos eran un
resultado directo de la ausencia de grandes números de defensores
potenciales quienes lejos sitiaban Troya, aunque ambos escenarios
parezcan estar en coincidencia a sus límites.
Quizás más importante es el hecho que la "alfarería burda" de Troya
VIIb1, una clase de alfarería que hace su aspecto primero en Troya
inmediatamente después de la destrucción de Troya VIIa, es muy
estrechamente relativo a la alfarería bruñida y hecha a mano que
aparece en más o menos contextos contemporáneos del inicio del
periodo LH IIIC en un número de sitios sobre el territorio
continental Griego así como también en la Italia sur y Sicilia. En
ninguna de estas áreas la fabricación de esta alfarería tiene
antecedentes locales, y ha sido argumentado por Deger-Jalkotzy que
la tal alfarería es derivada finalmente desde tradiciones cerámicas
en el hogar en el área media del Danubio de Europa central. La
"alfarería burda" de Troya VIIb1 puede interpretarse como
identificando la artillería de Troya VIIa, una población del grupo
que cruzó el Hellesponto al final de su viaje desde el Medio Danubio
mediante Rumania a la Tracia Turca. Los grupos similares pueden
haber sido interceptados con la artillería de Micenas numerosamente
importante en sitios en el Peloponeso al final de el periodo LH IIIB.
Uno de los varios abatimientos de tal reconstrucción de sucesos,
debe confesarse, es el hecho que las cantidades de "alfarería burda"
en Troya VIIb1, como los de la alfarería conexa hecha a mano y
bruñida en el territorio continental Griego, sitios en el principio
del periodo LH IIIC, son relativamente pequeñas. ¿Jugaron los
fabricantes de tal alfarería un papel tan importante en la historia
militar y política, en el fin de la edad de bronce del Egeo, como
algunas autoridades lo imputan?
Troya VIIb1 (1230 / 1180-1150 a.C.)
Las casas reconstruidas de Troya VIIb1 tienden a ser construidas
sobre las paredes de Troya VIIa y así se tienen planos parecidos a
los de la fase inmediatamente anterior. Las fortificaciones, se ha
dicho, tienen que haber sido "evidentemente.... reparadas" desde las
casas de Troya VIIa. La puerta oriental (VI S) de la fortaleza puede
haber cerrado en este momento, pero la puerta principal en el sur (VI
T) se renovó, el camino que conduce hacia arriba fue repavimentado
en un nivel más alto que el de Troya VIIa.
Aunque que las diferencias en la cultura material entre Troya VIIa y
VIIb1 sean afirmadas por la expedición de excavadores de Cincinnati
como inexistentes, el hecho es que la "alfarería burda" de Troya
VIIb1 es una novedad en este momento. Es cierto no obstante, que el
remanente de la cultura Troyana aparece para tener continuidad sin
ningún tipo de cambios sensibles, la alfarería importada Micénica,
ahora siendo de algo después del LH IIIC de tipos. La causa del
"fin" de Troya VIIb1 se llama "el misterio sin resolver ", no existe
señal de ninguna destrucción general que preceda a niveles de la
fase conocida como Troya VIIb2. La duración de Troya VIIb1 se estima
comúnmente en cincuenta años, una vez más, principalmente en base de
las importaciones Micénicas.
El descubridor de Troya: Heinrich Schliemann
Heinrich Schliemann sólo contaba ocho años de edad cuando su padre
le hizo un regalo en Navidad que decidiría su vocación y abriría un
importante capítulo en la historia de la arqueología. El regalo
consistió en un libro ilustrado que ofrecía un grabado de Troya en
llamas, tomada por los ejércitos de la antigua Grecia.
A partir de aquel momento, sólo una idea obsesionante ocupó la joven
mente de Heinrich: descubrir los restos de Troya y demostrar a un
mundo escéptico que el relato de Homero acerca del sitio no era una
pura ficción poética. Pero Heinrich Schliemann sólo era entonces
mozo de un modestísimo tendero y su objetivo resultaba prácticamente
inalcanzable.
No obstante, con el fin de prepararse para la tarea comenzó a
estudiar griego para leer a Homero en su idioma original. También
necesitaba una fortuna, y en poco tiempo levantó un próspero
negocio, del que pudo retirarse a los cuarenta años. Su constancia y
tenacidad le habían abierto el camino para realizar su propósito.
Entonces, tan soñador como siempre, pidió al arzobispo de Atenas que
le buscara la esposa ideal, una joven griega que cumpliera
perfectamente cuatro condiciones: debería ser pobre, debería ser
bella, debería poseer un carácter amable y debería conocer las obras
de Homero. Por sorprendente que pueda parecer, encontró lo que
buscaba: Sofía Engastromenos, una colegiala ateniense de16 años.
Con las hazañas de Aquiles, Héctor y Ajax muy presentes, Schliemann,
acompañado de su esposa, partió en 1871 hacia los Dardanelos, en
busca de la «ventosa llanura de Troya».
Acometió la búsqueda con la energía que le era característica y
reunió a 80 trabajadores.
Schliemann dio crédito a una tradición local que se ajustaba a sus
conocimientos de Homero y afirmaba que Troya se hallaba en
Hissarlick, una montaña situada frente a la península de Gallípoli.
Por entonces la arqueología no disponía de los medios actuales, y
Schliemann no había excavado anteriormente. Sin embargo, el denodado
entusiasta de Homero no se detenía ante las dificultades.
Sus hombres no hicieron más que abrir una profunda sima en la ladera
norte del Hissarlick para inspeccionar el interior. En un momento,
Schliemann tuvo ante sí una confusa masa de ruinas, que más tarde
serían identificadas como los restos de 57 ciudades antiguas, una
encima de otra.
Schliemann prosiguió sus excavaciones hasta descubrir lo que aseguró
que eran los baluartes de seis metros de la ciudad perdida: las
mismas murallas desde las que el príncipe Paris vio avanzar a las
tropas griegas que vengaban el rapto de Helena.
El 14 de junio de 1873, al cabo de dos años de trabajo, un fabuloso
tesoro se ofrecía ante él: un enorme acervo de 8.700 objetos de oro,
copas, jarrones, pulseras, y la mayor maravilla: una diadema
elaborada con 16.000 piezas de oro macizo.
Con lágrimas de emoción en los ojos coronó a su bella esposa con la
diadema, la abrazó y gritó: «Cariño, este es el momento más bello de
nuestras vidas. Luces la corona de Helena de Troya». La romántica
escena culminaba una de las mayores apoteosis de la arqueología.
Pero Schliemann estaba en un error. Aquella ciudad no era Troya,
sino otra aún más antigua. Y la diadema, que pertenecía
aproximadamente al año 2300 antes de J.C., correspondía a otra
princesa que vivió más de 1.000 años antes del nacimiento de Helena.
Hoy se sabe que la Troya de Humero fue destruida hacia el año 1250
antes de J.C. y que Schliemann había pasado sobre sus cenizas al
excavar las 57 capas.
El tesoro que había encontrado pertenecía a otra ciudad, sepultada
en el fondo del gran monte estratificado conocido con el nombre de
Hissarlik. Antes de morir, Schliemann tuvo noticia de su error.
Sin embargo, los arqueólogos posteriores le reconocen la gloria de
haber hallado el emplazamiento de la famosa ciudad y de haber
demostrado, ante un mundo escéptico, que fue centro de una
esplendorosa civilización. La singular hazaña se debió al mozo de un
pobre tendero, que dedicó su vida a perseguir una estrella... y casi
la alcanzó.
Schliemann, el hombre que creyó en Homero
Azorín planteaba una vez que, dentro de algunos siglos, un consejo
de críticos y eruditos se reuniría para decidir que Martín Fierro es
un poema colectivo, de diversos autores anónimos, que una tradición
de fines del siglo XX atribuyó a José Hernández, autor que en
realidad no existió nunca. El problema azorinesco tenía una base
real: en el siglo pasado el historiador George Grote, máxima
autoridad en la materia, afirmaba en su Historia de Grecia (1846):
"si se nos preguntara si realmente hubo una guerra troyana,
tendríamos que contestar que, así como no puede negarse esta
posibilidad, tampoco puede afirmarse su realidad. No poseemos más
que el propio poema épico, sin ninguna evidencia adicional". Así en
el mundo académico se planteaba la tesis de la improbabilidad de la
existencia de Troya, del mundo descrito por Homero, y por ende, del
mismo Homero. Pero nadie podía imaginarse que un ínfimo empleado de
una empresa naviera iba a dejar sin validez las afirmaciones de los
académicos, gracias solamente a su fe en la poesía. Aunque asaz
conocida, creemos que será siempre conveniente rememorar la historia
que empieza cuando un niño de siete años, en Ankershagen,
Meklenburgo (clásico lugar de "comedores de patatas", como los
llamara Rimbaud), después que su padre le lee La Iliada, se hace la
promesa de ir al lugar de Troya, para sacar a la luz las ruinas
cantadas por Homero, yendo, por supuesto, contra la lógica de sus
mayores, para los cuales el mundo homérico era un mero mundo de
ficción.
Así, pues, vemos la historia de Schliemann como la de un hombre que
cree en la poesía que se le revelara en su infancia y luego como la
persistencia en mantener su creencia en ella y en sus sueños será la
clave de su éxito. Esta obstinación premiada nos recuerda el caso de
un coetáneo de Schliemann; el cartero Ferdinand Cheval, el que
después de ver en una revista ilustrada la imagen de un palacio
hindú, se dedica día tras día, durante más de treinta años, a
construir solo su propio "palacio ideal" —reproducción fiel del
palacio hindú— que ahora se alza, como mudo testimonio de los sueños
realizados, en la aldea de Hauteville, al sur de Francia.
"Tres rasgos fundamentales caracterizaban a Schliemann, señala Emil
Ludwig: obsesión romántica por el pasado, determinación inflexible y
tendencia a interpretarlo todo literalmente". El sentido práctico
aliado a la ensoñación, la aventura aliada al orden. El joven
Schliemann concibe una determinación inflexible: hacerse rico. Pero
no creemos que por mero "amor al oro", como asegura Ludwig. Pues el
oro era sólo el medio (como lo prueba más tarde) de cumplir el
propósito clave de su vida, que va como ovillo de Ariadna, de la
infancia a la madurez: desenterrar las ruinas de la antigüedad
clásica.
Schliemann empieza su tarea primigenia con un fracaso: se embarca
para Estados Unidos, pero naufraga frente a las costas holandesas.
Náufrago, desvalido, sale del hospital y se procura un puesto de
dependiente en la casa Schroeder, empresa naviera de Amsterdam. De
su escueto salario, aparta la mitad para comprar libros y pagar
clases de idiomas, para los cuales estaba especialmente dotado,
tanto como llegar a leer y escribir catorce, uno de ellos el turco,
que aprendió en dos semanas, cuando le fue necesario tratar con los
funcionarios del Sultán en su primera gran empresa arqueológica. Un
empleado de tal índole progresa rápidamente. Schliemann llega a ser
el hombre de confianza de la casa Schroeder, y comisionado por ella
recorre toda Europa y Estados Unidos, para luego independizarse. No
está de más indicar que el nitrato chileno constituyó uno de los
rubros principales del comercio de Schliemann, de esta manera
nuestro suelo contribuyó en algo para proporcionarle los medios de
su empresa grandiosa (como más tarde a Nóbel).
De pronto, Schliemann el comerciante afortunado que en sus viajes
arrienda pisos enteros de los mejores hoteles, se transforma en
Schliemann el arqueólogo, dispuesto a todas las privaciones. Pero
antes de iniciar su tarea de resucitar Troya (y por ende, de
resucitar su infancia), da una nueva muestra de su carácter
sorprendente. Pues este austero comerciante, casi sexagenario,
decide desposarse con una griega, que le sirva de digna compañera a
su aventura. La encuentra por medio de un sacerdote ortodoxo. Ella
se llama Sofía, tiene dieciséis años, y responde perfectamente las
preguntas que Schliemann le hace sobre los poemas homéricos
(requisito que el sabio exigía cumplir para contraer matrimonio).
En septiembre de 1871 se inicia el más monumental trabajo de
arqueología de campo a esa fecha. Ochenta trabajadores empiezan a
excavar, buscando las ruinas de Troya en el lugar de Hissarlik, pues
Schliemann había descartado la teoría antigua que señalaba a
Bournabaschi como emplazamiento primitivo. Para ello se apoyó
literalmente en Homero, pues la hazaña de Aquiles de perseguir dando
tres vueltas alrededor de los muros troyanos a Héctor hubiese sido
irrealizable de haber estado situada la ciudad a orillas del
escarpado Bali Dagh. La confianza en la palabra poética fue
favorable al arqueólogo, pues tras desenterrar restos de varias
ciudades, aparece una rodeada de muros calcinados, y luego, el
llamado tesoro de Príamo, el 14 de julio de 1873.
Investigaciones posteriores establecieron que no era la ciudad
indicada por Schliemann (la séptima) la verdadera Troya homérica,
situada en un estamento anterior. Pero de todos modos la fecha del
descubrimiento de Schliemann es la fecha de la apertura de una nueva
ciencia: la arqueología moderna. El ejemplo del afortunado
meklemburgués conmovería a miles de estudiosos y jóvenes que
seguirían su camino. Uno de ellos, Arthur Evans, futuro descubridor
de los restos de la cultura minoica, escribió: "Por grandes que
hayan sido las hazañas e influencias políticas de Napoleón, Bismarck
y Guillermo II, no pueden reclamar como Heinrich Schliemann, el
haber procurado nuevas bases para las más hermosas tradiciones de la
humanidad. Su profunda fe convirtió en ciertos los hechos históricos
de la Troya de los dioses, los tesoros y tragedias de Agamenón, que
yacían entre las ruinas y que para muchos eran sólo ficciones
poéticas".
Schliemann, por cierto, no ocultó su descubrimiento. Eludió la
vigilancia del Gobierno de Turquía, llevando los tesoros de Príamo a
Grecia, y luego se dedicó a publicar y difundir la relación y el
resultado de sus hallazgos. Para él fue desilusionante la acogida
encontrada en Alemania, en los medios oficiales: "La falta de
preparación arqueológica de Schliemann era para los alemanes un
motivo de indignación. Por el contrario, en Inglaterra su fe ciega
en la poesía de Homero encontró un gran eco", dice Arthur Evans. Así
fue cómo en Albión más de treinta sociedades científicas se
disputaron el honor de tenerlo entre sus miembros, y el Primer
Ministro, Gladstone, se mostraba orgulloso de prologar un libro del
sabio. Incansable y optimista, Schliemann reinicia, luego de una
gira por Inglaterra, sus investigaciones. Ahora se dirige a la
"áurea Micenas", el terreno clásico de la Tragedia, de nuevo en
compañía de su esposa Sofía. Tras largas y penosas faenas, matizadas
con constantes luchas con las autoridades griegas, realiza quizás el
más importante de sus descubrimientos: la tumba de Agamenón, que
provoca lo que se llama una tempestad polémica. Y de esas
excavaciones surgen los testimonios de los enigmáticos "keftiu"
(como los egipcios llamaban a los egeos), que permiten a Evans tomar
el hilo que le permitió llegar a Cnossos a reconstituir los
esplendores de los Minos. Después de las búsquedas en Micenas, a las
que le llevó la lectura de Homero, los Trágicos, y Pausanias,
Schliemann se dirige, en 1884, a Tirinto, "la de las grandes
murallas", ahora en compañía de un joven ayudante, el sagaz
arqueólogo Dörpfel, "uno de sus mayores descubrimientos", según
acota Leonard Cottrell en su bello libro El Toro de Minos. Nuevas
excavaciones y nuevos hallazgos. Después, otro rumbo: hacia Creta,
donde están la gruta en que nació Zeus, el Laberinto, el palacio de
Minos, Cnossos. Pero esta vez, el espíritu práctico del comerciante
triunfa sobre el arqueólogo. Schliemann se niega a comprar un predio
en que está situado Cnossos, pues el dueño ha tratado de engañarlo
con un precio excesivo. Schliemann lo sorprende y no hace el trato.
Queda así sin efectuar una tarea que emprendería años más tarde Sir
Arthur Evans.
Pero la imaginación de Schliemann no envejecía. Esta vez confía en
las palabras de Platón –como antes en Homero, Pausanias o Sófocles–
y piensa dirigirse a México, en donde supone estuvo situada la
Atlántida. La muerte lo detiene. Es cuando, contra todos los
consejos médicos, viajaba en Navidad a reunirse con su familia desde
Italia hasta Alemania.
Para hacer una frase retórica: Schliemann muere, pero su ejemplo
sigue vivo: el de cómo un hombre que se deja guiar por la poesía y
por los sueños de la infancia, o sea, alguien considerado
habitualmente insensato por los círculos oficiales (como fueron
considerados Stephenson, Edison, Fulton) puede conseguir
transformaciones que no logran aquellos que sólo poseen erudición
muerta. El hombre de imaginación, aún sin títulos oficiales, debe
ser siempre considerado por las instituciones, a las que a veces un
peligroso respeto supersticioso por los títulos y grados puede
llevar a dañinos estancamientos. Tal podría ser la lección de la
vida de Schliemann.
Fuente
Terrae Antiqvae