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Guerras
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I- La Leyenda Se Convierte En Historia Hasta el ultimo cuarto del siglo XIX todavía la comunidad científica se cuestionaba la realidad de la existencia de la ciudad de Troya. Amplios sectores la consideraban un producto a caballo entre la mitología y la leyenda, existente solo en la grandiosa obra del poeta ciego Homero y en las de aquellos que siguieron su estela En la región, antes llamada Troáde,
sobre la colina de Hissarlik (en la actual Turquía) dominando el
estrecho de Dardanelos (antes Helesponto) que comunica el mar Egeo
con el Mármara y este con el Mar Negro, descansan las ruinas de
Troya, también llamada Illión por los griegos. Cuando en el otoño de 1871,
Heinrich Schliemann, rico comerciante alemán y
apasionado amante del mundo homérico, dio su primer azadonazo en la
colina de Hissarlik, la Troya del rey Príamo
comenzó a salir de las lejanas brumas de la leyenda para convertirse
en realidad histórica. Schliemann, que no fue consciente de su error hasta pocos antes de su muerte, llevado por el entusiasmo del descubrimiento; trasladó en 1876 su teatro de operaciones a suelo griego, decidido a sacar de la leyenda la ciudad de Micenas, la enemiga de Troya y capital del reino del legendario Agamenón. La suerte volvió a acompañarle, y en la región situada entre la Grecia peninsular y continental, excavó una ciudad rodeada de impresionantes muros con sillares de hasta 17 toneladas, con un urbanismo bien planificado, sistemas de conducción y almacenamiento de agua, impresionantes tumbas reales cubiertas por gigantescas cúpulas de hasta 14 mts. de altura. En una de ellas encontró un magnifico ajuar funerario con objetos de oro que ofreció al Museo Nacional de Atenas. Los esfuerzos de Schliemann, Dörpfels, Evans, Ventris, y otros muchos investigadores, por levantar el velo que cubría este periodo de la historia del que surgió la civilización occidental, bien podrían ser la base de un apasionante guión cinematográfico que superaría con mucho las aventuras de Indiana Jones. II- La Realidad Histórica La caída de Troya se encuadra en un periodo histórico marcado por la decadencia de reinos, imperios y culturas. Es el fin de toda una época gloriosa que generaciones que siglos siguientes llamarían “La Edad Dorada”en contraposición a “La Edad Oscura” durante la que el sentimiento popular colectivo hizo, rehizo y reinterpretó embelleciéndolos, las gestas y los palacios de aquellos lejanos héroes hasta convertirlos en leyenda. Cuando estas leyendas trasmitidas durante siglos por tradición oral fueron recopiladas por poetas, que les infundieron nueva frescura, los palacios de Creta y de las antes poderosas ciudades micénicas yacían enterradas. Troya llevaba cuatro siglos abandonada. Si nada pudo impedir que durante milenios permaneciese perdidas en la historia, el reguero de cultura y gloria que dejaron antes de precipitarse, las mantuvo en el altar de la leyenda. Los Enemigos: Aqueos Y Troyanos Hablar del mundo micénico, de la
cultura micénica, que toma su nombre de Micenas,
ciudad que en la gesta homérica era la capital del reino de
Agamenón; es hablar de los aqueos. Homero
nunca habla en “la Illíada” de “griegos”, que es un término
posterior. Para referirse a los ejércitos que sitiaron Troya,
lo hace como aqueos, algunas veces danáos o helenos.
Las primeras ocupaciones humanas de la colina de
Hissarlik se remontan al 3000 a.C. Sobre esta
primera ciudad se levantaron otras ocho más. Cada una sentaba sus
cimientos en las ruinas de la anterior destruidas por diferentes
motivos, en la mayor parte, naturales. Sólo la homérica
Troya VII muestra niveles de destrucción debida al hombre:
por arrasamiento e incendio. De nuevo la leyenda coincide con la
historia y la destrucción de Troya VII se asocia al
saqueo de los ejércitos aqueos. |
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Su privilegiada situación geográfica, por la que
controlaba tanto las rutas comerciales con oriente como el trafico
marítimo hacia el mar Negro, que le daban acceso a los mercados del
trigo y los metales, a lo que se le añadía el peaje que los navíos
que franqueaban el Helesponto debían pagar al rey de Troya,
levantaron la codicia de los reyes aqueos. Codicia y temor fueron pues, las
verdaderas causas de “las guerras de Troya”. III – La Leyenda 1- Protagonistas A- Aqueos: Agamenón. Rey de Micenas, la mas poderosa de la ciudades micénicas. Lideró la coalición aquea contra la troyana. Aquiles. Rey de Tesalia. Sus soldados eran los “mirmidones”. Cuando Tetis, hija del dios Nereo, le sumergió en la Laguna Estigia, le hizo invulnerable a las armas. Ajax. Príncipe de Salamina. Famoso por su valentía y por su mágnifica presencia física. Díomedes. Caudillo de las ciudades de Argos y Tirinto. Enamorado de Helena, recibió la afrenta de Menelao como propia. Helena. Auque se conoce a Tíndaro como su padre, fue concebida por Leda, esposa de aquél, y por Zeus. Castor y Pólux eran hermanos suyos. Casó con Menelao. Su infidelidad con Paris fue el origen de la guerra. Néstor. Rey de Pilos. El más anciano de los aqueos. Sus consejos y prudencia, siempre eran tenidos en cuenta. Menelao. Rey de Lacedemonia, hermano de Agamenón y esposo de Helena. Patroclo. Primo y amante de Aquiles. Ulises. También llamado Odiseo. Rey de Itaca, casado con Penélope. Las aventuras de su regreso a la isla, dieron lugar al poema de “La Odisea”. B- Troyanos Andrómaca. Esposa de Héctor. Briséis. Hija del troyano traidor Calcante. Prometida de Troillo, hijo de Príamo. Cuando fué llevada al campamento aqueo, fué entregada a Aquiles, a pesar de que ella amaba al aqueo Diómedes. Agamenón la exigió al perder a su concubina Criséis. Eneas. Rey de los dardanéos y aliado de Troya. “El alma del ejército troyano”. Héctor. “El más noble de los troyanos” o “la espada de Troya”. Hijo de Príamo. Paris. Hermano de Héctor y el seductor de Helena. Mas aficionado a velar por su belleza que por su patria. Príamo. Rey de Troya. De su esposa Hécuba y sus concubinas, tuvo cincuenta hijos. Todos los varones murieron en la contienda. 2- El Guión Para la reconstrucción de la “epopeya troyana”, es decir los hechos literarios precedentes a la guerra, la guerra misma y su desenlace, se hace necesario recurrir a varios relatos de autores antiguos y de diferentes épocas; desde “La Iliada” de Homero, “Epistome” de Apolodoro, “El saqueo de Troya”de Trifiodoro; hasta la “Eneida” o “Heroidas”; de los poetas latinos Virgilio y Ovidio respectivamente. Es lo que se ha dado en llamar “el ciclo Troyano”. De entre todos ellos se eleva con luz
propia la “Illiada”. No relata toda la guerra, y Homero como hábil
guionista, concentra en un solo episodio toda la intensidad del
drama colectivo. Sus imágenes tienen una fuerza singular. La belleza
y lirismo, con los que dota a las descripciones de una naturaleza
con alma, y a los fenómenos naturales, tienen la fuerza de la imagen
cinematográfica y el acierto de la mejor literatura. Son el
dramático contrapunto, o el reposo emocional a los pasajes de luchas
y batallas, en los que no ahorra detalles de la mas cruda realidad:
“La Aurora, de rosados dedos, se levantó del brillante lecho del
mar, para llevar de nuevo la luz a Inmortales y a hombres”. Sin
transición, pasa a describir el ajetreo del campamento aqueo
preparándose para la batalla. Se percibe la tensión, el olor del
cuero, el sonido metálico de las armas; chirrían los carros,
relinchan los caballos y refulgen las armaduras con la primera luz
del día. Los relatos del “Ciclo Troyano”
permiten la siguiente reconstrucción de la tragedia troyana: Después de arduas negociaciones, al
final, en Aulide, en la isla de Eubea, junto a la costa egea griega,
se reunieron veinticinco reyes en una expedición de castigo contra
Troya. La formaban mil doscientas naves y más de cien mil guerreros
con Agamenón como “general de generales”. La
fuerzas navales quedaron al mando de Aquiles y Ajax. Tras azarosa travesía por el Egeo (la
flota se perdió y saqueó varias ciudades costeras confundiéndolas
con Troya) la armada aquea ancló sus barcos en costa troyana,
protegiéndolos por una enorme empalizada de los ataques troyanos.
Daba comienzo así una larga guerra de desgaste. Los poetas griegos dejan claras sus simpatías, quizás porque todos ellos eran originarios de Asia Menor. Mientras la mayoría de los héroes aqueos son dibujados como seres, traicioneros, brutales, jactanciosos, desafiantes de dioses y hombres; los héroes troyanos, a excepción de Paris, son representados como valientes, nobles, fieles a la palabra dada civilizados y humanos. En cualquier caso tanto unos como otros, son personajes de “bulto redondo”, con sus luces y sombras. El décimo año de la guerra la suerte
pareció abandonar a la empresa aquea. Apolo, envió
una terrible epidemia al campamento aqueo, enojado porque cuando
Crises, sacerdote de su templo, acudió a suplicar a
Agamenón que le devolviese a su hija Criseida, prisionera y
concubina forzosa del rey de Micenas; este le despacho con
humillaciones y amenazas. La situación es tan desesperada que
Agamenón ya piensa en la huida y Patroclo
ruega a Aquiles, que desde su navío ha mirado
impasible estos desastres, deponga su odio y acuda con su ejercito a
reforzar a los aqueos. Como Aquiles permanece inmutable en su
decisión, Patroclo toma la coraza, las armas, glebas y el carro de
Aquiles y entra en el combate seguido por los mirmidones de aquél.
Aqueos y troyanos creen que es el mismo Aquiles el que a toda
velocidad recorre las filas enemigas. Su “presencia” enardece a unos
y aterroriza a otros. En plena desbandada troyana, Patroclo se
enfreta a Héctor. Después de durísimo combate cuerpo a cuerpo, el
troyano atraviesa con su lanza al aqueo, le arranca las armas y la
armadura , que después mostrará como preciado trofeo sobre las
murallas de la ciudad. Es espectacular la descripción que hace Homero del momento en la que entre los brillos metálicos, que “la Aurora la del peplo azafranado” arranca al ejercito aqueo, sobresale refulgente la armadura y la impresionante presencia física de Aquiles, semejante al mismo dios de la guerra. Desde este momento Aquiles no es el guerrero que aterroriza y causa temor a sus enemigos, es la propia personificación del Terror y el Miedo. Es el mismo Ensañamiento en busca de sangre troyana. Las descripciones de la batalla son pavorosas. Enloquecido busca a Héctor, en medio de un campo de vísceras, miembros mutilados y cuerpos aplastados en el que su propio carro; salpicado con la sangre que los caballos levantan de los cadáveres; tiene dificultades para moverse. Cuando se encuentran, el duelo es el de dos leones heridos. Un venablo atraviesa a Héctor de parte a parte ante los ojos aterrorizados de su padre Príamo. Como un animal que sólo ha hecho probar el sabor de la sangre, lleva su odio y sed de venganza a limites que aterrorizan a los propios dioses. Perfora los tobillos de Héctor para atar el cadáver a su carro y lo arrastra alrededor de las murallas de Troya ante la mirada horrorizada de su padre, madre y esposa. No satisfecho con esto, lo lleva al campamento con la intención de entregarlo a los perros. No lo hace porque decide que durante diez días hará la macabra ronda alrededor de la ciudad. Al décimo día se celebran las exequias de Patroclo. En la pira arderán vivos doce jóvenes prisioneros troyanos. Sólo después, Aquiles consigue conciliar el sueño. Aconsejado por Apolo, que se ha conmovido por el dolor de Príamo, llega el rey al campamento aqueo. Allí de rodillas, besa y llora sobre las manos del matador de su hijo y le suplica que le devuelva su cadáver para que pueda ser entregado a los ritos funerarios. Sólo el recuerdo de su anciano padre conmueve el corazón de Aquiles y llorando entrega a Príamo el cuerpo de Héctor y la promesa de una tregua de doce días, para que puedan ser cumplidos todos los ritos debidos “a tan gran guerrero”. Durante doce días, llora la ciudad la muerte del “más noble de los troyanos”, y su propia desgracia. Cuando el cuerpo de Héctor termina de arder en la pira, la tregua se da por terminada y se reinician los ataques. Sin Héctor, la
guerra se inclina hacia los aqueos. Pero Afrodita revela a Paris el
único punto vulnerable de Aquiles, el talón; el lugar por el que su
madre le sujetó para sumergirle en la laguna Estigia y donde el agua
no le tocó. También le revela donde puede encontrarle, en el templo
de Apolo Timbreo. Allí se dirige Paris, y en una apoteosis de
cobardía, le dispara una flecha alcanzándole en su único punto
vulnerable. Se cumple el oráculo que le fue revelado a Aquiles en su
patria: si la abandonaba moriría ante los muros de Troya. Con estos hechos la guerra todavía
continúa en un “impase”. El astuto Ulises ve claro,
y lo hace ver al resto de generales, que la guerra nunca se ganará
por las armas sino por la astucia. Poco tiempo disfrutaron los reyes aqueos de su victoria. Muchos habían muerto en la guerra, a otros como Úlises les restaba un largo peregrinar hasta llegar a Itaca. Agamenón encontró la muerte a manos de su esposa Clitemnestra y de su amante que habían usurpado el poder en ausencia del rey. Y si esto queda en el ámbito de la leyenda, la historia confirma que no más de dos generaciones duraría la gloria aquea tras la caída de Troya. Lo que hacía dos siglos no eran sino tímidas y fructíferas inmigraciones sobre suelo aqueo, terminan por descubrirse como la temprana avanzadilla de un alud migratorio de tribus guerreras en un estadio menos avanzado de civilización, auténticos “señores de la guerra”, que procedentes del Norte de los Balcanes, invadirían Grecia a principio del siglo XII a.C. Las ciudades aqueas fueron destruidas. Micenas, Pilos, Tirinto, junto con su enemiga Troya entraron en la leyenda. La caída de Troya es el último episodio de toda una época, de todo un mundo que se derrumba para precipitarse en una “Edad Oscura”; siglos convulsos, una “Edad Media” de la antigüedad, durante los cuales unos pueblos son desplazados por otros en un hervidero de emigraciones forzadas. Caen reinos, imperios, ciudades y culturas para ser sustituidos por otros. Cuando tras cuatro siglos de “noche”, el mundo griego despierte, lo hará para mostrarse al mundo en toda su espléndida grandeza. Bibliografía
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