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Guerras
y Conflictos |
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Introducción - "Vietnam" 1965-1975
Cuando la desafortunada aventura francesa en
Indochina fracasó en la debacle de Diem Bien Phu, Estados Unidos
estaba inmerso en la "guerra fría" y, temiendo el efecto de
dominó de la expansión comunista en el Sudeste de Asia, entró en
la brecha desviando todo el peso de la ayuda hacia Vietnam y
jugando un papel importante en la Conferencia de Ginebra en
1954. El deseo de mantener un enclave pro-occidental y la
formación en 1960 del rebelde FLN - el Vietcong - llevó a
Estados Unidos y sus aliados a cerrar los ojos ante la
corrupción y represión llevada a cabo por los sobornables
gobiernos de Saigón, que alcanzó su punto culminante con el
asesinato del presidente Ngo Dinh Diem en 1963, un hecho que
contó con el apoyo indirecto de los políticos norteamericanos.
La preocupación norteamericana derivada de la extensión del
control del Vietcong sobre las zonas rurales de Vietnam del Sur,
junto con la inquietud provocada por el corrupto presidente Diem,
provocó la escalada de la intervención de Estados Unidos en
la
guerra. Una década después, Estados Unidos se retiró
ignominiosamente y el Norte "liberó" al sur.
El gobierno Sur vietnamita se refería
a este movimiento como el "Viet Cong". Las fuerzas
estadounidenses se referían a sus miembros como "charlie" debido a
que "VC", las iniciales de "Viet Cong", se pronunciaban "Victor
Charlie" en el alfabeto fonético conjunto Ejército/Armada. Lo que más asombraba a los norteamericanos de sus enemigos del Vietcong era simplemente su resistencia; ¿Cómo podían soportar tales fatigas y someterse a tantas privaciones sin derrumbarse? Para el soldado del Vietcong, la guerrilla era el instrumento para hacer que fracasara la empresa norteamericana en Vietnam y, al mismo tiempo, se tambaleasen los cimientos del corrupto régimen del Sur
La separación del hogar, la familia y los amigos nunca era fácil, ni siquiera para los voluntarios, pero estos pronto encontraron un sustituto del hogar vinculándose a sus compañeros de armas. Cada nuevo recluta se unía a una célula de tres hombres que incluía al menos un veterano. Estos tres hombres serían camaradas durante el tiempo que sobrevivieran, uniéndose en lo bueno y en lo malo y constituyendo así el más fuerte de los vínculos. A su vez, la célula de tres hombres formaba parte de un pelotón de tres células, y tres pelotones formaban una sección. Dentro de este sólido entramado era muy difícil que un recluta se "descarriase". La organización imponía la autodisciplina y el apoyo mutuo, una buena defensa contra la desmoralización y la añoranza del hogar. Robert McNamara describió en una ocasión al campesino vietnamita como "conocedor de las privaciones y la muerte". La vida siempre había sido dura para él, y sus hábitos sobrios eran esenciales para la supervivencia. No iba a la guerra con la ilusión de grandes comodidades, si no con una tradición de trabajos durísimos las 24 h. a base de puñados de arroz y pocos placeres. La aceptación de la posible muerte formaba parte de sus pertrechos, tanto como el fusil o el casco. Pero también estaba el campesino lleno de recursos, que aprovechaba todo para la construcción de armas caseras o la búsqueda de comida. Todos los hombres eran muy bajos según los patrones occidentales (1,60 m) y la mayoría pesaban unos 60 Kg. Sus uniformes eran los famosos pijamas negros, y la mayoría de los hombres llevaban una muda de repuesto en sus mochilas. Su calzado eran las sandalias "Ho Chi Minh" hechas de viejos neumáticos.
El combatiente del VC recibía unas 60 piastras (unos 2 €), suficientes para comprar jabón, cigarrillos o el cepillo de dientes a través del oficial de suministros de la unidad, que visitaba mercados camboyanos una vez al mes. Pocos eran comunistas Los periodos en que el VC vivía normalmente en la base eran breves y poco frecuentes a partir de que los norteamericanos entraron en la guerra. Desde entonces, los guerrilleros estaban casi siempre en operaciones o escondidos "como animales acosados" según comentó un guerrillero. La mejor de las veces estaba operando en poblaciones amistosas, ayudados por los guerrilleros locales de dedicación parcial, bien alimentados y bien guiados y con buenas informaciones, además del fuerte impulso moral que supone el evidente apoyo popular de las aldeas. Pero conforme transcurría la guerra, cada vez más aldeas desertaban o retiraban su apoyo por temor a las represalias, obligando al Vietcong a pasar cada vez más tiempo en las remotas junglas. |
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Serpientes, mosquitos y malaria
Los B-52: el terror de los
cielos Tristes, aterrorizados y
hambrientos A pesar de la añoranza del hogar, el miedo y el hambre, el guerrillero del Vietcong seguía combatiendo. Había deserciones, por supuesto, sobre todo entre los reclutas más reacios y entre aquellos cuyos compañeros habían muerto. Pero la inmensa mayoría estaba dispuesta a combatir hasta la muerte. Bien dirigido por oficiales comprometidos, el Vietcong hacía lo que siempre han sabido hacer mejor los campesinos y los infantes: aguantar. ¿Qué inducía a un simple campesino a abandonar la tierra de sus antepasados y a su familia, tomar las armas y combatir por el Vietcong?Mi nombre es Lam. Significa bosque o selva. Mi padre me puso ese nombre. Era un campesino que trabajaba la tierra, igual que su padre entes que él. Yo también lo hacía, antes de unirme al Vietcong en 1967. Tenía 16 años cuando los norteamericanos llegaron pro primera vez a nuestro poblado. Era la estación de la siembre y yo estaba en el campo cuando oí el "wop wop" del helicóptero. Por entonces -creo que era en 1966- las cosas todavía estaba tranquilas. Por las noches los Vietcong se movían libremente en aquella zona y pasaban como fantasmas negros. No cogían nada, sólo hablaban con los ancianos de la aldea y nosotros manteníamos cerradas las puertas. Nuestra aldea era pacifica y los norteamericanos llegaron abiertamente sin mostrar sus armas. Pero venían con el jefe provincial y uno de los recaudadores de impuestos que actuaba como intérprete. No teníamos nada que temer y sentíamos curiosidad por aquellos enormes extranjeros con su piel blanca enrojecida por el sol, por lo que nos agrupamos en la polvorienta plaza del pueblo. "Somos vuestros amigos", dijeron. "Hemos traído comida, una maquina para hacer electricidad, material de construcción para vuestras casas. Os proporcionaremos mayores cosechas con un arroz especial de crecimiento rápido". Nos prometieron una camioneta para llevar nuestros productos al mercado, un médico que nos visitaría todos los meses y nos traería medicinas. Y todo gratis. Se fueron tan pronto como vinieron. Después aquella tarde oí hablar a mis padres. "Como ellos son ricos y nosotros pobres, creen que pueden comprarnos" decía mi madre. "Aquí todos somos pobres, pero no tontos. Aún nos acordamos de los franceses antes de estos americanos, y ellos querían lo mismo". Mi padre, que durante toda su vida había trabajado duro en el campo, decía: "No quiero todas estas cosas, sólo quiero aquello por lo que he trabajado. Toda esta tierra por la que nos rompemos la espalda pertenece al propietario, y cuando el recaudador se ha llevado su parte, apenas queda nada". Luchábamos casi por huir de la
tierra La aldea ya no existe, por lo que el nombre no les dirá nada. Fue destruida por los norteamericanos, reconstruida y después destruida nuevamente por ellos. Después de esto se le llamó zona de fuego libre. Dijeron que, con la aldea muerta, ya no había razón alguna para que nadie fuese allí, ni siquiera para visitar las tumbas de nuestros antepasados. Después me enteré que aquellos primeros norteamericanos no eran soldados, si no que trabajaban con el Ejército y el gobierno. Recuerdo que llevaban gafas de sol y no se les podía ver los ojos: ¿Cómo se puede confiar en alguien a quien no se le ven los ojos? Y aquel recaudador de impuestos solía venir todas las estaciones, aunque la cosecha hubiese sido mínima, para hacer su trabajo. Por eso no confiábamos en los norteamericanos y odiábamos a la gente con la que trabajaban. El jefe provincial solía llevarse a algún joven diciendo que era comunista y lo encarcelaba. La aldea tenía que pagar para recuperarlo. Y esta era la gente que se suponía que nos cuidaba. Pero el Vietcong venía y nos decía que la tierra nos pertenecía por derecho y que cuando ellos estuviesen en el poder, sería para nosotros. Algunos de ellos eran granjeros durante el día y guerrilleros por la noche: iban a los poblados y hablaban con la gente como nosotros. Algunos de los muchachos de mi edad se unieron a ellos. Al año siguiente, los soldados norteamericanos comenzaron a patrullar. Llegaban en helicópteros, merodeaban todo el día y después se iban con el helicóptero. Nunca llegaron a conocer la tierra, siempre iban por los senderos que rodeaban campos y bosques. Sólo era cuestión de tiempo que el Vietcong les tendiera una emboscada. Esto sucedió en las afueras de una aldehuela vecina. Hubo una ráfaga y después sonó como si se hubiese desatado el infierno. Lo oímos todo. Al poco oímos unos reactores encima nuestro. Estábamos aterrorizados. Los reactores pasaron rasantes, silbando, y oímos las explosiones a unos tres kilómetros. Yo sabía que alguno de mis amigos estaba debajo de esas terribles bombas. Sólo disponían de sus fusiles y de los túneles para salvar sus vidas. Vimos pasar a los helicópteros con cruces rojas y así supimos que la emboscada había tenido éxito. Pero yo sabía que pronto habría represalias. Mis padres me dijeron que me tenía que ir, porque con mi edad, me llevarían como presunto guerrillero. Aquella noche, algunas tropas de la fuerza principal del Vietcong pasaron por allí, deteniéndose sólo para coger un poco de arroz. Pero esta vez me fui con ellos, junto con mis amigos Troung y Chau, que también tenían que irse del poblado. La aldea era todo mi mundo conocido, pero si me quedaba no habría ninguna esperanza para mi. Salimos rápidamente de la zona, sabedores de que durante los próximos días estaría infestada de norteamericanos. Entramos en la jungla, aquel sombrío y misterioso lugar que sería nuestro hogar y nuestro camposanto. Éramos campesinos y no vivíamos en la jungla, donde hay serpientes, donde las picaduras de los insectos escuecen durante días y donde reina la malaria. Si se era fuerte y se tenía suerte, se sobreviviría, pero casi todos se debilitaban. Nos desplazamos de campamento en campamento en aquella jungla, atravesando aldeas amigas para obtener comida y noticias. Manteníamos el contacto con nuestra gente. Dependíamos de ellos y les tratábamos decentemente. Éramos iguales que ellos excepto por el hecho de que llevábamos armas. Los norteamericanos volvían cada día a sus bases y, tarde o temprano se irían a casa. Pero nosotros vivíamos allí, era nuestro país, y cada día que sobrevivíamos ganábamos la guerra. Era duro estar lejos de casa, lejos de mis amigos y mi familia. Me enteré que después de la emboscada, los norteamericanos incendiaron el poblado y se llevaron a todos, mientras construían otro con barricadas, alambre de espinos y posiciones defensivas. Después permitieron que la gente volviese, pero dejaron allí tropas del gobierno. La estupidez de los norteamericanos se ponía de manifiesto al ofrecernos cosas que no queríamos y al reconstruir algo que habían destruido anteriormente. Como si pudiésemos olvidar lo que habían hecho tan fácilmente. Podían se generosos con nosotros si quería, pero al mismo tiempo podían destruir poblados enteros y matar a muchos en poco tiempo. Los norteamericanos eran
lentos y torpes Los norteamericanos estaban bien armados, pero eran lentos y torpes. Disponían de una potencia de fuego que temíamos, por lo que nos manteníamos escondidos y fuera de su alcance. Eran como elefantes, sobre todo cuando se desplazaban por la jungla. Nosotros nos desplazábamos en grupos de tres, ligeramente armados pero viajando en silencio y con rapidez. Si heríamos o matábamos a uno sólo de ellos y vivíamos para seguir luchando otro día, era toda una victoria. Igual que el agua desgasta la piedra, nosotros desgastábamos el ejército norteamericano. Combatí junto con Troung y Chau, que eran como mis hermanos. Cuidábamos unos de otros y compartíamos la comida. Solíamos bromear pensando que la vida en casa era dura, pero aquella vida en el Vietcong era diez veces peor. Pasábamos hambre durante días, y Chau nos recordaba que cuando éramos pequeños, solíamos quejarnos porque odiábamos las gachas de arroz con salsa de pescado. Una bola de arroz y salsa de pescado hubiera sido un festín en la jungla. Matábamos y comíamos casi cualquier cosa: serpientes, monos, ratas, pájaros y cosas por el estilo. Nuestros oficiales de inteligencia decían que los norteamericanos tenían filetes, cerveza y helados en sus bases, y que la guerra sólo les ocupaba parte de su tiempo. Llevábamos la guerra sobre nuestras espaldas dondequiera que fuésemos, con o sin armas. A diferencia de ellos, teníamos pocas medicinas y ningún hospital cuando nos herían. Al intensificarse la guerra, los norteamericanos dispusieron cada vez de más potencia de fuego y nos adentramos más en territorio inhóspito, lejos de las aldeas donde podíamos encontrar comida y descanso. Incluso nos trasladábamos bajo tierra para intentar escapar del Napalm y los B-52, viviendo durante días sin la luz del sol mientras ellos pasaban sobre nuestras cabezas. Realmente no se como pudimos aguantar todos aquellos años. No había nada que hacer excepto luchar y seguir luchando una vez tomada la decisión. Los soldados norteamericanos tenían suerte. Regresarían a sus casas a miles de kilómetros una vez terminada su tarea. Nosotros no teníamos nada, excepto la tierra, nuestra tierra. Si nos rendíamos no tendríamos nada. En el fondo de nuestros corazones, les odiábamos. El autor es un miembro de la comunidad de expatriados vietnamitas en Londres, y no desea ser identificado |
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