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Desembarco en las Malvinas: Una crónica íntima

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300309 - José Claudio Escribano - A veinte años de la guerra con Gran Bretaña - Nota completa del Diario "La Nación" publicada el 24 de marzo de 2002, a casi 20 años de los sucesos, y que amplía la visión de los hechos acaecidos.

Quiénes y en qué circunstancias tomaron la decisión

Jamás pude olvidarme de ese llavero con larga cadena con el que jugaba el vicealmirante Carlos Lacoste, cuando por primera vez en la vida escuché algo en serio sobre la posibilidad de que la Argentina invadiera las islas Malvinas.

Ocurrió eso en los días inmediatos al 11 de diciembre de 1981, caracterizado por la remoción "por enfermedad", según se adujo, del presidente de facto, general Roberto Viola.


Lacoste era ministro de Acción Social. En su nombre y en el de los restantes ministros que no habían renunciado de inmediato en solidaridad con Viola, Lacoste me había invitado a tomar un café a su despacho. Se trataba de explicar al cronista la singularidad de esa circunstancia tan poco habitual de que cayera el presidente y no cayeran los ministros.

La otra mitad del gabinete nacional -el del Interior, general Horacio Liendo; el de Economía, Lorenzo Sigaut- había dimitido acto seguido al alejamiento de Viola, porque a él sentían deberse, pero sobre los restantes ministros pesaban distintos sentimientos.

Estos últimos -con excepción de un par de ministros civiles- eran prisioneros de reglas por cuales dependían mucho más de los respectivos comandantes en jefe del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea que del presidente al que se había echado sin contemplaciones por supuestos males de salud.

Viola vivió varios años más: en su casa y en prisión, condenado por delitos sobre derechos humanos.

Lacoste no me ocultó, sino, por el contrario, aquella interpretación de las normas institucionales prácticas de la época militar; normas curiosas, pero que reflejaban una ley de hierro convenida antes del 24 de marzo de 1976: los comandantes en jefe, como miembros de la Junta Militar, representaban mucho más el poder real que el propio presidente de la Nación.

Además, comentó Lacoste a este cronista, alguien debe quedarse hasta la designación del nuevo presidente a fin de que no haya un vacío de poder. Cuando se levantó del asiento, en su despacho del actual Ministerio de Salud, jugando en el pulgar de su mano derecha con un llavero, el hombre clave de la organización del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 cerró del siguiente modo una serie de reflexiones que habíamos compartido sobre el creciente deterioro del gobierno militar: "Esto se arregla muy fácil, invadiendo las Malvinas".

No recuerdo si pregunté algo más o callé, paralizado por el estupor de la tesis: revitalizar, por medio de un acto brutal de política exterior, la confianza interna en un proceso militar que estaba tanto o más minado por las desinteligencias internas que por la oposición activa a él de fuerzas políticas o sociales.

A esa altura, la subversión estaba desarticulada al máximo, con miles de desaparecidos y muertos y no pocos de sus militantes en el exilio.

Una semana después de tal conversación con Lacoste, recibí un llamado del canciller del ex presidente Juan Carlos Onganía, Nicanor "Canoro" Costa Méndez. Sugería que comiéramos al día siguiente con un colega de LA NACION "porque hay temas interesantes para hablar".

Lo hicimos así, al mediodía, en el comedor del diario.

Tan pronto nos sentamos a la mesa, "Canoro" se largó con la inesperada novedad de que le habían ofrecido, una vez más, ser ministro de Relaciones Exteriores. Como manteníamos con él una amistad que se prolongaría hasta la muerte, se permitió ahondar en el tema que lo urgía a partir de una pregunta muy propia del espíritu travieso que era, que le permitía ir midiendo paso a paso la solidez del camino que transitaba.

-¿Qué creen que debo hacer? ¿Acepto o no acepto?

Costa Méndez había militado por muchos años en el nacionalismo tradicional, ajeno como colectividad -por más admiración que suscitara la cultura vasta de no pocos de sus integrantes- a la sensibilidad más liberal de sus contertulios ocasionales. No sólo éramos amigos; lo considerábamos inteligente y lo sabíamos dispuesto, por habérselo escuchado, a apoyar un movimiento que acelerara la salida hacia la democracia ausente desde tantos años atrás.

En el almuerzo, Costa Méndez abundó en juicios favorables a la búsqueda de una solución democrática después de siete años de autoritarismo militar. Pero si el registro más vivo que tengo de la entrevista con el vicealmirante Lacoste es que haya estado jugando con un llavero cuando pronunció la palabra impensable -"Malvinas"-, del almuerzo con Costa Méndez nunca podré olvidar la parte siguiente del diálogo rápido que sostuvimos, cuando le pregunté:

-Y de todas las reuniones que ha tenido con los mandos militares hasta aquí, ¿qué es lo que más le ha impresionado?

-Sin duda, el hecho de haber sido advertido que, de aquí en adelante, el tema de las Malvinas tendrá una prioridad no menor que la cuestión del Beagle.

Atiné a contestar que se trataba de una advertencia de fenomenal importancia, porque en ese momento la Argentina tenía nada menos que al Papa, poco menos que prisionero, en una negociación harto difícil con Chile por el diferendo del Beagle.

-Calcule usted la magnitud del cambio -respondió "Canoro".

Ese almuerzo se realizó en algún momento entre el 17 y el 18 de diciembre, porque el martes 22 Costa Méndez juró con los otros ministros.

Cuando abandonamos el comedor dijo que le quedaba una reunión pendiente en el ámbito militar para saber cuál sería la definición sobre el ofrecimiento recibido. No tuve curiosidad alguna por saber a qué reunión se refería. Conociéndolo, tuve sin reticencia la convicción de que había llegado a nuestra mesa con el compromiso ya asumido de ser ministro.

Nunca lo recriminé por su actitud, como tampoco le pregunté más adelante cómo se conciliaba su búsqueda de la democracia con una situación de política exterior que, de haber prosperado, no habría hecho más que reafirmar al declinante poder militar.

A los hombres se los toma como son. Y al igual de lo que piensan algunos de quienes fueron sus más inmediatos colaboradores, entiendo que "Canoro" fue esa segunda vez al Palacio San Martín a buscar, por decirlo así, la revancha, luego de un retiro poco feliz del gobierno de Onganía, tanto para él como para el ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena.

A principios de febrero, no recuerdo bien si en The Times o en The Daily Telegraph o en un tercer diario en inglés, pero con seguridad en una página interior y a una columna, se publicó un título del siguiente tenor: "¿Serán invadidas las Malvinas?"

¿Cómo aceptar, pues, la verosimilitud de que los británicos fueran tomados tan de sorpresa el 2 de abril, si la invasión era un tema debatido en los diarios londinenses?

¿O resultaba, acaso, que los británicos creían que la invasión eventual de las Malvinas era de una excentricidad tal que superaba la de un alumno enloquecido de Cambridge, como lord Byron, que se llevó al campus a vivir consigo un oso, con la excusa de que el reglamento de la universidad sólo prohibía introducir perros?

Lo notable de todo es que los más altos funcionarios del gobierno argentino conocieron los planes de invasión cuando en la práctica no existía ya la posibilidad de un retroceso. En materia de incomunicaciones, Galtieri batió récords: atendió las llamadas telefónicas del presidente norteamericano, Ronald Reagan, sólo después de haberse producido, el primero de abril, el silencio de radio de la primera nave del desembarco. Así se permitió hacer oídos sordos al requerimiento de Washington de evitar una confrontación militar.

El ministro de Economía, Roberto Alemann, se notificó de lo que se avecinaba el primero de abril cuando regresaba de Cartagena, de una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo. Por fortuna para la Argentina, el presidente del Banco Central, Egidio Iannella, y el secretario de Hacienda, Manuel Solanet, habían tomado nota de lo que ocurriría en la noche del 31. Con celeridad retiraron de Londres los fondos argentinos allí depositados.

Amadeo Frugoli, ministro de Defensa -nada menos que ministro de Defensa- escuchó por primera vez hablar de la tesis de una invasión, en un almuerzo informal, en enero, por boca de un periodista. Por cierto, le llamó la atención lo que acababa de escuchar, pero no fue sino entre el 28 y 29 de marzo que se enteró de que el hecho más importante de la historia militar argentina del siglo XX se encontraba a pocas horas de desencadenarse.
La decisión de invadir se había resuelto el 26.

Esteban Takacs, embajador en Washington, no se sintió libre de situaciones menos embarazosas. Fue una autoridad norteamericana de primer nivel y no una de la Argentina la que el 30 de marzo lo convocó al Departamento de Estado para hacerle saber que los servicios de inteligencia de EE.UU estaban al tanto de lo que se preparaba, y aún más: le advirtió que los argentinos debían saber que la ocupación de las islas sería un hecho inadmisible desde el punto de vista de Washington.

En una comida en honor del secretario de Defensa del Reino Unido, la semana anterior, el segundo funcionario de mayor jerarquía de la embajada británica en Buenos Aires, Steve Williams, me preguntó si era cierto, como parecen dar en la actualidad las encuestas, que los argentinos han perdido interés en las Malvinas.

Contesté que no lo creía así. Una cosa es el descrédito en que quedó la invasión, a raíz del rotundo fracaso y a la voluntad nacional de preservar la paz frente a cualquier país miembro de la comunidad naciones, y otra distinta las emociones que las islas distantes del continente suscitan en el corazón de los argentinos.

Los más veteranos hemos aprendimos a leer en libros en que después de "mi-ma-má" y "la-bandera", venían otras frases, entre las cuales había, entreverada, esta más: "Las Mal-vi-nas-son-ar-gen-tinas".

Ni siquiera los conflictos de límites que aún por entonces estaban abiertos con países vecinos se hallan en nuestra formación cultural tan vivos como la permanente recordación que se hacía en las escuelas y los colegios, públicos y privados, sobre las Malvinas. Para decirlo en breve: las seguimos reclamando, como derecho concerniente a la integridad territorial argentina, desde que las perdimos, en 1833.

La única versión firme sobre la forma en que apareció la cuestión de las Malvinas en la Junta Militar dice que fue por nota del almirante Massera, hacia 1977. La versión agrega que los entonces teniente general Jorge Videla y el brigadier Orlando Agosti contestaron que desconocían que hubiera hipótesis de ocupación de las islas debidamente estudiada.

"¿Tiene usted los planes de ocupación?", habrían preguntado. "No", se afirmó siempre en el Ejército que fue la respuesta de Massera.

Y así fue como la Armada tomó a su cargo el estudio de esa hipótesis, bajo la responsabilidad directa del almirante Jorge I. Anaya.

Comparto el criterio de quienes afirman que, por temperamento, el general Viola no hubiera aprobado la invasión de las Malvinas y que tampoco lo habría hecho en su momento Videla.

La Armada no simpatizaba con Viola. Según revelaciones militares a este diario, cuando llegó el momento del reemplazo de Videla como presidente, el almirante Armando Lambruschini -sucesor de Massera- hizo saber por nota a sus pares que la Armada veía con buenos ojos a dos candidatos: uno, el general Ibérico Saint Jean; otro, el brigadier Osvaldo Cacciatore.

El Ejército contestó que no. Primero, porque por un voto de ventaja los generales de división ya habían elegido a Viola, por encima del general Carlos Suárez Mason, presidente de la Nación; y, en segundo lugar, porque Saint Jean y Cacciatore eran militares retirados y lo convenido desde la gestación del proceso establecía que la presidencia correspondería siempre a un general, almirante o brigadier en actividad.

La Armada habría propuesto entonces al general Leopoldo Galtieri que asumiera él la presidencia con retención del cargo de comandante en jefe del Ejército, que los marinos no se opondrían a la duplicidad de funciones.

Cuando el 11 de septiembre de 1981 el almirante Lambruschini fue reemplazado por el almirante Anaya al frente de la Armada, en la Junta Militar se juntaron al fin dos jefes militares que se conocían desde la temprana adolescencia. Habían ambos sido compañeros del Liceo Militar, en San Martín. Fueron los dos grandes actores de los sucesos dramáticos que sobrevendrían.

A tenor de lo que sucedería poco después, deberá inferirse que hay razones subjetivas para afirmar que Anaya influyó sobre Galtieri para sumarlo a su favor en la aventura de las Malvinas. Sólo pasaron dos meses entre el ingreso de Anaya en la Junta Militar y el desplazamiento de Viola, un fumador empedernido cuya salud tal vez no fuera la mejor del mundo, pero seguramente haya estado eso lejos de ser un impedimento tan grave como para separarlo del gobierno del país.
¿Ha de verse en Anaya el caso clásico de quien se enamora de su propia obra?

Anaya había sido el oficial a quien Massera había encargado hacer los planes de invasión años atrás, cuando la mayoría de la Junta Militar de entonces observó, con criterio, más que conservador, obvio, que lo primero que cabía realizar era el estudio de una hipótesis de ocupación.

La guerra costó mil vidas de argentinos y británicos y decenas de héroes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea demostraron con su sacrificio que, aún con tropas sin debida preparación, sin suficiente material bélico y con una conducción tan dividida como lo había sido la del gobierno desde marzo de 1976, los recursos humanos militares argentinos habían probado ser, entre la mayoría de los profesionales, de primer orden a escala mundial.

El peso principal de la guerra y las principales pérdidas en armamentos recayeron sobre la Fuerza Aérea y la aviación naval.

Ganar la guerra contra Gran Bretaña y, en suma, contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) constituyó, en definitiva, una misión imposible.

"Desembarco argentino en el archipiélago de las Malvinas", tituló LA NACIÓN, en su segunda edición del 2 de abril, como primicia internacional. Un despacho de la United Press, de las 5.11 de ese día, informaba que la noticia todavía no había podido confirmarse en fuentes oficiales.

Ese título había sido redactado a las 2 de la madrugada, hora de Buenos Aires, por Luis Jorge Zanotti, desaparecido prosecretario general de LA NACIÓN, y por quien esto escribe. Lo hicimos después de haber recibido la contraseña convenida de antemano con un diplomático de la íntima confianza del canciller Costa Méndez.

Pero estuvimos con el "ay" en la boca hasta la media mañana. Las comunicaciones de radio con el centro de operaciones establecido en las islas tardó tanto en reanudarse que el gabinete nacional necesitó postergar una reunión de emergencia prevista para primera hora. En esa primera reunión ministerial se dieron anticipos -todos fallidos- de que el consejo de seguridad de las Naciones Unidas estaría con nosotros. Y ni qué decir China y la Unión Soviética.

Aunque exacta en definitiva, nuestra información había estado un tanto adelantada a los hechos, porque si bien ya habían hecho pie en el archipiélago los primeros grupos de desembarco comandados por el contralmirante Carlos Busser, nuestras tropas aún no habían llegado a Puerto Argentino a las 2 de la madrugada. Esto último estaba consignado de forma errónea, sin embargo, en una línea por debajo del título principal del diario.
¿Fue la Guerra de las Malvinas el más grande error militar argentino del siglo XX?

Es posible que haya coincidencia general sobre ese punto, pero cuáles fueron más gravitantes: ¿los errores militares, los errores diplomáticos o los que provinieron de la explosión emotiva que, sin distinción de clases sociales, llenó la Plaza de Mayo como si se tratara de un gran cacerolazo al revés y llevó a Galtieri a prometer que la Argentina no devolvería un solo metro cuadrado reconquistado?

Entre ese discurso y el hundimiento del crucero general Belgrano se perdió la posibilidad de lo que muchos de los actores de la época aseguran que era lo acordado: hacer pie en las islas sin derramar una sola gota de sangre británica -el gran objetivo cumplido con esmero por el contralmirante Busser y sus hombres en la "Operación Rosario", entre el 2 y el 6 de abril, izar la bandera argentina y abrir el país a una negociación que, con el amparo de las Naciones Unidas, llevara a un gobierno tripartito integrado por la Argentina, Gran Bretaña y la UN.

Lo más paradójico de este caso fatal es que la Junta Militar -con la salvedad moderadora siempre del brigadier Basilio Lami Dozo- se lanzó a una aventura política por la vía militar, pero sin calcular que se metía en realidad en una guerra desastrosa, que haría añicos más de diez años de acercamientos económicos y sociales con las islas y los isleños.

Es decir que la guerra fue la consecuencia inevitable de un hecho desesperado por rehacer, en el terreno interno, un gobierno que comenzaba a hacer agua por todos lados.

Decíamos en LA NACIÓN, el 13 de diciembre, dos días después de la remoción del general Viola: "Las Fuerzas Armadas han comenzado su tercer período sucesivo de gobierno en una atmósfera de generalizada pérdida de consenso y apatía ciudadana".

La conducción militar argentina no consiguió siquiera controlar la calidad de los tiempos ideales para el objetivo que se trazaba. El desembarco en las Malvinas debió de haberse hecho mucho después de abril, acaso a partir de septiembre, cuando deliberaría la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Pero el canciller Costa Méndez recomendó adelantar las acciones.

Gran Bretaña había considerado como una agresión disfrazada los trabajos de desmantelamiento de una factoría en las Georgias del Sur, que realizaba un elenco de trabajadores a cargo de un gran chatarrero, Constantino Davidoff.

Davidoff había informado de sus trabajos a Gran Bretaña, que en principio lo autorizó. Sin embargo, los británicos terminaron enviando a las Georgias al buque Endurance, con la sospecha, al parecer, de que Davidoff estuviera haciendo algún trabajo especial para los argentinos. Muchos años después, según cree recordar uno de sus abogados, Davidoff recibió una correspondencia de la reina Isabel, cuyo contenido desconocemos.

Ante lo que Londres juzgó de pronto como una provocación -justo en medio, además, del fracaso de negociaciones por las islas, que se venían realizando en Nueva York-, la Argentina se adelantó, como proponía Costa Méndez, y ocupó militarmente las Georgias.

Davidoff terminó reclamando de Gran Bretaña una indemnización por daños con el patrocinio de una suerte de multipartidaria jurídica. Se ocupó de su caso, presidido por Juan Carlos Olima, un equipo de abogados integrado por Julio Oyhanarte, José Antonio Allende, uno de los Petracchi y -oh, sorpresa- Fernando de la Rúa.

Han pasado veinte años. Y no es el rencor sino el espíritu de reconciliación el que priva hoy en las relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña. Es más, si por largo tiempo aquel traspié fue considerado de una magnitud insuperable para el orgulloso espíritu nacional, los límites inacabables de la decadencia que puede sufrir un país han puesto de relieve estos últimos años y meses en la Argentina que siempre existe la posibilidad de estar peor de lo que se estuvo alguna vez.

La aventura del desempleo, la recesión, el corralito, el default, la devaluación... han dejado esa amarga lección - La Nación

 


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