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210611 -
Enric Mompó -
Rebelión
- Las lecciones de la Comuna de París
Se cumplen 140 años del primer intento de la clase obrera de
asaltar los cielos. Nunca hasta entonces el poder había estado
en manos de los trabajadores. En su corta existencia, la Comuna
desarrolló una serie de cambios que impresionaron profundamente
al movimiento revolucionario internacional. La Comuna se rebeló
como el ejemplo del camino que la clase obrera internacional iba
a tomar en el futuro, en su lucha por la emancipación.
(Ver: La Comuna de París)
No es casual que la gesta de los comunards pase hoy
desapercibida. El derrumbe capitalista y su descomposición
política es la causa de que la burguesía pase de puntillas sobre
todo lo que suene a revolucionario. Ni siquiera para presentarla
como un acontecimiento de la historia que nunca más ha de
volver. Recientemente The Wall Street Journal alertaba que si no
se suben los impuestos a los más ricos, puede desencadenarse una
revolución social. Si después de 140 años, la burguesía teme a
la memoria de la Comuna de París como si fuera la peste, ¿Qué
podemos aprender de ella?
El primer Estado obrero de la historia surgió así, sin previo
aviso. Las organizaciones obreras parisinas no estaban
preparadas, ni se habían planteado la posibilidad de la
inminencia de la revolución. La sección de París de la I
Internacional carecía de un programa que le permitiera responder
a una situación como ésta. Los dirigentes de la Comuna fueron a
remolque de los acontecimientos y muchos mantuvieron hasta que
no fue demasiado tarde, la nefasta ilusión de que la democracia
revolucionaria podía llegar a un acuerdo con la reacción
burguesa. No existía un partido obrero arraigado, ni la clase
obrera estaba preparada. La mayoría no comprendía con claridad
los fines, ni los medios que necesitaba para alcanzarlos.
(Ver:
La Comuna de París, 1871)
“ASALTAR LOS CIELOS”.
Así definió
Karl Marx la primera revolución obrera de la historia. No
fue fruto de ningún plan de los revolucionarios, sino
consecuencia de una serie de circunstancias: El desastre de la
guerra con Alemania (en septiembre de 1780 Napoleón III fue
derrotado y apresado), la proclamación de la república y las
consecuencias de la derrota (las privaciones y el paro de los
trabajadores; la ruina de la pequeña burguesía; el descontento
con las clases dirigentes y el temor a que su capitulación,
fuera parte de un plan para restablecer el imperio y la
monarquía).
La oposición, presionada por el movimiento de masas proclamó la
república y formó un “gobierno de defensa nacional”. Las
elecciones de febrero a la Asamblea Nacional dieron la mayoría a
los conservadores, gracias a un campesinado cansado que deseaba
la paz a toda costa. Thiers, un republicano derechista, fue
nombrado jefe de gobierno. El choque era inevitable. La
burguesía temía más la presión popular, que al ejército alemán.
Ante la amenaza el gobierno decidió capitular ante el invasor y
permitir su entrada en la ciudad.
“París en armas, era la revolución en armas. El triunfo sobre el
agresor prusiano habría sido el triunfo del obrero francés sobre
el capitalista francés y sus parásitos dentro del Estado. En
este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase,
del gobierno de defensa nacional no vaciló en convertirse en un
gobierno de traición nacional” (Manifiesto del Consejo de la AIT).
La respuesta de las milicias fue oponerse al desarme, expulsar a
sus mandos y elegir un Comité Central, cuyos miembros podían ser
revocados en el momento en el que perdieran la confianza de sus
electores. La situación se convirtió en un peligro mortal para
el dominio de la burguesía y los terratenientes. El gobierno
decidió dar el primer paso para el desarme, apoderándose de los
cañones en poder de las milicias. Descubierto el intento, el
ejército se desmoronó sin oponer resistencia frente a la
población que lo rodeaba para impedir la requisa. Asustado por
el cariz que adoptaban los acontecimientos, Thiers emprendió la
huida hacia Versalles con las tropas que le quedaban, para
evitar el contagio revolucionario. Con la huida de las clases
dominantes, el poder en París se deslizaba inexorablemente hacia
el proletariado en armas.
Dueño de la situación, el Comité Central de la Guardia Nacional
organizó elecciones en la ciudad. La Comuna, elegida por
sufragio universal y convertida en gobierno revolucionario,
estaba formada por personas relacionadas con el movimiento.
Entre sus 90 miembros había representantes de todas las clases
sociales: obreros, artesanos, pequeños comerciantes,
profesionales e incluso burgueses (15 pertenecían al partido de
Thiers y 6 eran radicales burgueses, que abandonaron enseguida
sus escaños), pero fue la clase obrera la que ejerció el papel
fundamental de sostén de la Comuna y la que decidió su
orientación política. Blanquistas y prohudonianos eran mayoría,
mientras la I Internacional, contaba sólo con 15 representantes.
La heterogeneidad política no les impidió encarar con decisión
las tareas democráticas que la burguesía siempre había
proclamado sólo de palabra.
El régimen social fue democratizado, se suprimió la burocracia
(los funcionarios perdieron sus privilegios, elegidos por la
población, eran revocables y cobraban un sueldo equivalente al
de un trabajador). El ejército fue sustituido por las milicias
(el pueblo en armas). Se proclamó la separación del Estado y la
iglesia y se instauró la educación laica y universal. Se
requisaron los edificios públicos para destinarlos a los sin
techo. En el terreno social su corta existencia no les permitió
ir muy lejos, sin embargo se prohibió el trabajo nocturno, se
eliminó el régimen de multas laborales y se promulgó un decreto
por el que las fábricas y talleres, abandonados por sus dueños,
pasaban a manos de las cooperativas obreras, para mantener la
producción. La Comuna declaró que su objetivo era poner fin a
“la anarquía y la competencia ruinosa entre los trabajadores por
el beneficio de los capitalistas” y “la difusión de los ideales
socialistas”.
La reacción no perdió el tiempo. Aprovechando las vacilaciones
de los revolucionarios, Thiers negoció con Bismark la liberación
de los 100.000 soldados prisioneros. El 28 de mayo de 1871 el
ejército asaltó París y derrotó a los revolucionarios. La
batalla se hizo barrio por barrio, casa por casa. Los generales
que habían sido humillados por los alemanes, demostraron su
valor masacrando a los comunards, que pese a su valor, estaban
mal organizados. Más de 30.000 hombres, mujeres y niños murieron
en la lucha. 20.000 fueron fusilados. Miles de ellos fueron
condenados a prisión, o al destierro. La derrota fue terrible,
pero no estéril. Seis años después, surgía un nuevo movimiento
obrero enriquecido con la experiencia de sus predecesores.
“El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente
ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus
mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase
obrera. Y sus exterminadores la historia los ha clavado en su
picota eterna…” (Manifiesto de la AIT).
SOBRE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO.
Del legado de
Karl Marx
y
Federico Engels nada ha sido más tergiversado que la teoría
de la dictadura del proletariado. La socialdemocracia primero,
ocultándola para poder justificar su integración a la democracia
burguesa, y el estalinismo después, corrompiéndola para
justificar su despótica dictadura burocrática sobre el
proletariado y las clases populares rusas, la convirtieron en
algo incomprensible y odioso para la mayoría. Sin embargo ha
sido una constante en todas las revoluciones que han pretendido
acabar con el sistema capitalista, incluida la española en 1936,
en la que las bases anarcosindicalistas la llevaron a la
práctica con las colectivizaciones y los comités revolucionarios
que dominaron Catalunya y gran parte del territorio
“republicano”.
Después de la revolución francesa de 1848,
Marx
y
Engels
habían llegado a la conclusión de que la emancipación de la
clase obrera sólo podía conseguirse con la revolución y la toma
del poder, pero desconocían la forma que ésta iba a adoptar. La
experiencia de la Comuna fue decisiva: Para reorganizar la
sociedad, la clase obrera de París no pudo utilizar los
engranajes del Estado capitalista, tuvo que sustituirlos por sus
propios órganos de gobierno.
Marx
y
Engels
quedaron impresionados por la forma con la que se llevó a cabo.
No se trataba de apoderarse de la vieja máquina del Estado
opresor, sino de destruirla, para sustituirla por otra.
“La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión
del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios
fine… En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué
miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al
pueblo en el parlamento, el sufragio universal había de servir
al pueblo organizado en comunas.” (Prefacio a la edición alemana
de 1872 del Manifiesto del Partido Comunista”).
La democracia burguesa se revela como lo que es, una máscara
bajo la que se oculta la dictadura de los capitalistas, y para
destruirla es necesario acabar con su aparato de dominación. No
hay reforma posible. El ejército y la policía son mecanismos de
represión al servicio de la burguesía, la alta burocracia del
Estado, una casta parásita, cuya fuente de privilegios es la
subordinación incondicional al gran capital, mientras que la
iglesia sirve como fuente de alienación y de legitimación del
sistema. La “democracia” capitalista se reduce al derecho a
votar cada cuatro años a una de las opciones que ofrece el
capital (de derechas o izquierdas), que administrará sus
intereses en el próximo período. Una vez se ha depositado el
voto en la urna, relega a la población a la más absoluta
pasividad, hasta las próximas elecciones. Bajo supuestas teorías
“científicas”, los gobiernos burgueses llevan a cabo las medidas
que exige el capital. Los grandes medios de comunicación
promueven la idea de que todo tiene que dejarse en manos de los
“expertos”, porque sólo ellos conocen las soluciones a los
problemas del capitalismo (según ellos, el único sistema
económico viable).
“La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento, que la
clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con
la vieja máquina del Estado: que, para no perder de nuevo su
dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una
parte, que barrer toda la vieja máquina opresora utilizada
contra ella, y de otra parte precaverse contra sus propios
diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción,
revocables en cualquier momento…”. (Engels)
La democracia formal dió paso a la democracia real, donde la
población tenía derecho a discutir y decidir, desde los
problemas cotidianos, hasta las grandes directrices que debían
regir la Comuna. El Estado capitalista, como las formas que le
precedieron (esclavista o feudal) es el producto del carácter
irreconciliable de las clases sociales. Desde su nacimiento,
paralelo a la estratificación social, su aparato ha estado al
servicio de las clases propietarias (la minoría) para mantener
sometidas a las clases productoras (la mayoría). Por primera vez
en la historia, la Comuna daba la vuelta a la situación: el
poder estaba en manos de la mayoría. Sin embargo la burguesía y
los terratenientes, la vieja burocracia del Estado, el ejército
y la iglesia no iban a quedarse con los brazos cruzados viendo
como desaparecían sus privilegios y propiedades. Desde su primer
momento de existencia, la Comuna, tuvo que luchar por su
supervivencia.
Al tomar el poder, el proletariado había destruido el Estado
opresor. Desde el momento en que el nuevo aparato represivo sólo
ejercía su violencia sobre una minoría, el Estado, como tal,
empezaba a extinguirse. Los trabajadores sólo necesitan el
Estado para mantener su dominio sobre la vieja clase opresora,
cuando ésta desaparece como tal, la violencia deja de tener su
razón de ser, para dar lugar a la “administración de las cosas”.
“Mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo
necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus
adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el
Estado como tal dejará de existir.” (Engels)
La Comuna se defendió y ejerció su violencia, frente a la de los
que pretendían restablecer el viejo orden. Es a partir de esta
dicotomía, cuando
Marx
y
Engels
empezaron a hablar de “dictadura del proletariado”. La
violencia, es decir, “la dictadura” de los oprimidos, frente a
la violencia y el dominio de los opresores (la dictadura del
capital). La historia de la humanidad, desde Espartaco y las
primeras revueltas de los esclavos, demuestra que la
emancipación de los explotados no puede alcanzarse sin ejercer
la violencia contra el viejo orden (que ejerce su propia
violencia, a través de sus ejércitos y policías). La democracia
real es incompatible con la existencia de las clases sociales.
La democracia capitalista más consolidada sigue siendo una
dictadura del capital. Lo estamos viendo hoy, con la política
económica de los gobiernos de derechas o de izquierdas, para…
tranquilizar a los “mercados”, aunque esto implique condenar a
la miseria a millones de seres humanos. La verdadera democracia
sólo existirá con la desaparición de las clases sociales y el
fin de la desigualdad económica.
Marx
y
Engels
quisieron resaltar que la democracia obrera, aunque implique la
ampliación de los derechos de la mayoría, no se ejercerá sin
violencia (dictadura). Los capitalistas y sus lacayos no
desaparecerán de la escena por su propia voluntad.
“Últimamente las palabras “dictadura del proletariado” han
vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues
bien, caballeros, ¿queréis saber que faz presenta esta
dictadura? Mirad a la Comuna de
París: ¡he aquí la dictadura del proletariado!” (Engels)
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