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0299 - Una guerra de nuevo tipo para un "Nuevo Orden Mundial" - Gegenstandpunkt

Quién ha dicho "típicos Balcanes"!

Políticos de la antigua Yugoslavia determinaron que sus pueblos y Estados no encajaban entre sí y que por lo tanto hacía falta un gran reordenamiento - se entiende en beneficio de sus propios centros de poder. La lucha que desataron se debió a eso. La población civil a su vez no se destacó por su papel de mera víctima; sino que en nombre de la nacionalidad correspondiente dio grandes méritos de fe ciudadana y de ser un pueblo entusiasmado al que le valía la pena librar en calidad de carne de cañón una guerra cruenta con el fin de fundar una nación propia. Así aclaramos una cosa.

(Ver: La guerra contra Libia (2011) es una catástrofe económica para África y para Europa)

Otra cosa muy distinta es que por eso el mundo entero se haya visto convulsionado, la OTAN / NATO haya vivido una "etapa"de dimensiones histórico-mundiales, la estabilidad de toda Europa del sureste haya estado en peligro y los sagrados "principios del Derecho internacional" hayan sido arrojados a la basura. En ningún caso los serbios malos podrían estar en la capacidad de alterar la "situación mundial" por más violento y terrorífico que fuera su amor a la patria. Los que sí logran algo así son aquellos poderes que difícilmente pueden ser "indiferentes" ante los "crímenes" que en nombre del Estado estaban cometiéndose en la Ex-yugoeslavia. Esos poderes, solidarizados en la
OTAN / NATO, asumieron "el compromiso" y asestaron los golpes debidos. La razón no radicaba en que los Estados y pueblos de los Balcanes estuvieran masacrándose, sino en el problema que ellos - Estados Unidos y la CE - veían en "los Balcanes".

Para saber qué clase de problema era, basta fijarse en la clase de ayuda a la que se sintieron obligados. Ayuda que en primer término se caracterizó por ser de su exclusiva competencia - completamente fuera de lugar ponerse a pensar que la CEI, el Pacto Andino o la Liga Árabe, incapaces de ser "indiferentes" ante la situación, hubieran acordado formar un "Grupo de contacto" para solucionar el conflicto y hubieran decidido movilizar una flota de bombarderos..... -. La verdad es que no hay ningún otro grupo o club de naciones capaz de dar una asistencia tan poderosa; que ellos actuaran se debe a que no hace precisamente parte de su agenda política conceder ayuda a pueblos y naciones extranjeras

Con sus aviones y bombas iniciaron en efecto un conflicto político internacional del que solo ellos están en capacidad. La CE y los
Estados Unidos le dieron al conflicto yugoeslavo en Kosovo el contenido de asunto de orden político mundial. Eso no se le puede achacar al "déspota de Belgrado" por más déspota que sea.
A continuación se ofrece una visión sistemática del contenido del verdadero "Conflicto de los Balcanes".
Occidente - la alianza de los poderes en los que democracia y economía de mercado imperan como razón de Estado y fórmula de éxito - se ha arrogado un régimen de control sobre el resto de la comunidad internacional.
Él acosa en interés propio a todos los gobiernos del globo con la demanda de que participen sin reservas en la competencia de las naciones por poder y riqueza según las reglas que él mismo ha elaborado para el capitalismo globalizado. Además han de cumplir con moldear y someter adecuadamente las gentes y territorios bajo su mando - ateniéndose a la exigencia del "buen gobernar". Eso quiere decir: deben saber imponer el monopolio de la coerción de manera plena y eficaz, haciéndolo ajeno a cambios de personal en el poder y logrando que sea aceptado sin mayor resistencia - o en otros términos - imponiendo ‚democracia'; además deben saber garantizar la libertad de la persona y el poder del comando de la propiedad - en otros términos, garantizar ‚el poder del Derecho'. En cuanto a la economía deben bregar por una vida económica capitalista fomentándola por todos los medios - estableciendo así una‚ economía de mercado'. Y por último, deben saber brindar la economía nacional, incluyendo su inventario humano, a los intereses de las naciones que saben utilizarla - llamándose esto ‚apertura' económica.
Que esa demanda se cumpla, de eso se encarga directamente Occidente. Él se interesa por todo; se erige como punto de referencia para lo que otros gobiernos hacen u omiten de hacer, examina la política de los otros según el provecho o daño que acarrean a sus intereses materiales; y por último, los enjuicia desde el altivo y absoluto punto de vista del respeto que le deben a él como la instancia reguladora y supervisora que es. Él confronta a todos los demás soberanos del globo con la exigencia de reconocer su jurisdicción supra-nacional cada vez que hacen uso de su poder, somete a ese criterio todos y cada uno de los esfuerzos nacionales que libran en la competencia. E independiente de todas las exigencias concretas en nombre del "buen gobernar" insiste incondicionalmente en docilidad y sumisión por parte de los demás soberanos.

(Ver: El festín sangriento de la OTAN)

El régimen de control que le interesa a Occidente encierra el sistema total de relaciones de aprovechamiento de carácter capitalista al interior y entre las naciones. Todo lo que las naciones logran se mide de acuerdo a lo que aportan al poder privado universal del dinero y a los intereses nacionales de los Estados sedes del dinero universal; en qué medida tienen éxito o fracasan en ello hace parte del mismo examen. Los que están siendo sometidos a ese examen son precisamente Estados soberanos; de ahí que la tarea de control en concreto para Occidente queda determinada por: acaparar la voluntad de soberanías extrañas. Con qué fines? Con el fin de que se dejen examinar y corregir. A Occidente no le basta con los beneficios materiales; lo que él desea ante todo es una garantía de que los demás, al hacer uso de su poder individual, no lo están haciendo bajo la suposición - aparentemente obvia entre soberanos - de actuar con soberana libertad y de acuerdo a calculaciones propias. Al contrario, han de (de-)mostrar desde un principio una "voluntad de cooperación". Es decir estar dispuestos a concederle a Occidente el derecho de emitir un juicio vinculante sobre su política y de decidir en última instancia sobre asuntos propios de la nación.
Occidente no sólo sopesa ventajas y desventajas de carácter material derivadas del quehacer de otros estados. Lo que más le interesa es comprobar si está frente a un poder, en principio y en general, "manejable", o si las maquinaciones del otro dejan entrever una voluntad política que da pie a un comportamiento imprevisible y divergente.

Occidente inquiere la política de los demás gobiernos a ver si se acomoda a su línea general, es decir si aceptan o rechazan su supervisión; precisamente esa es la materia del régimen de control que él se ha arrogado.
Occidente aplica el régimen de control que se ha arrogado sobre el resto del mundo supeditando a su juicio el uso del poder que hacen los demás soberanos y amenazando con guerra en caso de descubrir intransigencia. Él se planta delante de todos los posibles Estados-guerristas del globo como la potencia armada que dispone de capacidad de disuasión mundial y fija, gracias a la omnipresencia amenazante de su superioridad militar que le permite un radio de acción global y capacidad inmediata de operación, la condición a la que queda ceñido todo empleo del poder en el globo. Por lo tanto Occidente sume al mundo entero en un estado de guerra "fría" y logra de esa manera - mediante disuasión - condiciones bajo las cuales él está dispuesto a dejar actuar a los demás soberanos y conservar la paz. Para abreviar, establece así la Paz Mundial - o, lo que es lo mismo, la persigue sin descanso.
La creación llamada paz mundial, a la que Occidente aporta toda su capacidad y disposición bélica global, dio un enorme paso cuando desapareció con La Unión Soviética el único poder militar enemigo de igual rango, en alerta y con capacidad propia de "antidisuasión" estratégica.

Durante casi medio siglo el régimen de disuasión de Occidente quedó quebrantado por la desgracia estratégica del llamado "empate atómico". El control del globo no pudo entonces ejercerse de manera exclusiva, el Orden Mundial tuvo que ser compartido y la paz mundial asegurada por una potencia (de-)más, por lo tanto en continuo peligro.
Los liquidadores y administradores de la herencia del antipoderío soviético han terminado sin dudas con ese "bloqueo"; el régimen antioccidental que ejerció Rusia sobre una buena parte del globo se ha extinguido y con ello ha cesado una vez por todas esa libertad que tanto detestaba Occidente y de la que se servían algunas naciones para ensayar una política autónoma de los dos "bloques".

El poder de disuasión de Occidente se basa en que las naciones capitalistas de mayor éxito - todas sin excepción -han acordado realizar de manera conjunta su propia voluntad nacional en cuanto al dominio del acontecer mundial; y para que su régimen de control sobre el globo mantenga la efectividad debida han decidido actuar permanentemente en la forma que naciones soberanas adoptan sólo en caso de emergencia militar - como Alianza de Guerra dentro de la
OTAN / NATO. La competencia entre sí la regulan - hasta ahora - de manera que la contradicción de sus intereses no destruya el pacto. Para que ese particular colectivismo dure, es crítico mantener entre sus miembros una clara jerarquía: Los Estados Unidos disponen del poder militar decisivo que le atribuye el papel de potencia líder. Ellos determinan entonces las directrices de operaciones conjuntas y, en caso dado, las practican a través de los hechos. El cálculo de los poderes europeos consiste en la conclusión de que actuar bajo las condiciones de los Estados Unidos cuesta menos y rinde más que cualquier intento en solitario para imponer un régimen de control en oposición a América del Norte - por más limitado que sea.

Constitutivo para esa fuerte relación entre socios impares fue la hostilidad conjunta hacia la antigua Unión Soviética. Fue tal su aporte a lo largo de decenios a la estabilidad de la Alianza que ese abstracto sujeto colectivo llamado "Occidente" adquirió la realidad de un poder mundial determinante. Pues los socios de segunda de EE.UU. no sólo se abstuvieron de considerar otras alternativas en la definición de su razón de Estado antisoviética decidiendo mantenerse fieles al Pacto; sino que fueron más allá constituyendo - en gran parte - todo su poderío militar en relación al objetivo común de manera que sólo dentro de ese pacto podría desplegarse plenamente. La base histórica de ese colectivo occidental con poderío bélico mundial ha desaparecido de hecho y con ella la viva mentira de la Alianza de haber sido con su gran arsenal de guerra un mero pacto de defensa en respuesta a la amenaza descomunal del Este. Sus miembros siguen sin dudar de que hoy con más razón hace falta encararse al resto del mundo en calidad de pacto de guerra, en donde los intereses particulares de cada nación miembro retroceden trás el colectivo que anuda los lazos de la voluntad de lograr para sí el dominio del mundo: No hay duda de que a los europeos les disgusta el monopolio de decisión que ejercen los EE.UU. Sin embargo están seguros de la ventaja que ofrece aprovecharse de gorra de su poderío mundial de disuasión; de ahí que aportan su 'granito de arena' al pacto. Los EE.UU., de otra parte, tampoco están muy a gusto con la aportación de los europeos que les parece cada vez más insuficiente, teniendo en cuenta lo que ellos gastan para la disuasión colectiva, pero a su vez tampoco desean renunciar a aliados dependientes de ellos y con menos razón a Estados tan poderosos - aunque en grado menor que ellos - que se alinean como aliados dependientes en la comunidad que ellos lideran.

El fin del antipoderío soviético no altera, pues, nada en absoluto: Occidente debe su estabilidad al hecho de estar construido en base a una Alianza de Guerra. El fin de la histórica guerra fría contra el "Bloque del Este" no afecta en nada esa construcción ya que mientras los Estados miembros estén de acuerdo que para la paz mundial, de la que se saben aprovechar, hace falta una guerra "fría" sin fin, es decir una disuasión siempre reanudable e incondicional para enfrentar toda perturbación originada por el poder intransigente de otros Estados, entonces mantendrán ese estado de guerra tan valioso y lo defenderán de momento de manera colectiva - mientras pesen las ventajas.
En base a su régimen de control conjunto sobre el resto de la comunidad internacional los poderes aliados compiten en primer lugar económicamente, es decir por el aprovechamiento de los países que han logrado "abrir" conjuntamente a las tenazas de sus negociantes. Instaurando las condiciones nacionales necesarias para la sede del capital (internacional) - el modo político de organizar la rentabilidad del capital en su propio dominio - se están disputando la parte que les corresponde dentro de la vida económica capitalista a escala mundial y bregan por un mayor lucro nacional a costa de sus propios socios. Poder económico, medido en la masa y fuerza de la moneda-crédito nacional, es lo que ellos persiguen al participar en el mercado mundial y en su control conjunto; al mismo tiempo obtienen así los medios para su contribución a la Alianza y la base para el despliege de su poderío militar.
Realizando la tarea de supervisión del resto del mundo, las superpotencias unidas en la
OTAN / NATO compiten en segundo lugar por lograr una definición nacional de los propósitos del pacto y hacer que sus especiales intereses estratégicos sean tarea de todos. La capacidad de imponerse dentro del pacto determina el estatus de cada nación y el sitio que le corresponde dentro de la jerarquía de los poderes dominantes del globo. Los recursos para imponerse dentro de la Alianza radican en el potencial armamentista y militar de la nación: Hasta qué punto un tanque de los propios es valioso para alcanzar el objetivo determinado dentro de una guerra en común, hasta qué punto él sólo, en caso necesario, es capaz de asegurar su éxito, o hasta qué punto el rechazo propio a una acción conjunta se convierte en el gran impedimento de la misma - todo esto puede contar a la hora de determinar el peso de cada uno en el círculo de los socios competidores, así como ser clave para el respeto que los demás le conceden a las propias ambiciones nacionales. Por eso toda acción conjunta se valora desde un doble punto de vista: El interés en común de todos los aliados es que su régimen de disuasión se mantenga intacto y el impacto de sus amenazas no se vea alterado por ninguna excepción; fuera de eso se pregunta cada uno de ellos hasta qué punto el éxito en común le ha aportado ganancias al poder de la nación en sí y en su relación con los demás socios, o, al contrario, le ha resultado perjudicial.

En cada guerra aprenden los europeos que en caso de emergencia la potencia que asume el primer lugar con claridad abrumadora es la "superpotencia" América. A cada potencia europea no le queda entonces más que tranquilizarse a su modo. Y en conjunto proyectan la creación de un contrapeso europeo frente a los americanos - tanto dentro como fuera de la
OTAN / NATO- con el fin de quebrantar la dominancia de EE.UU. Y en ese afán no hacen más que desatar de nuevo la competencia, esta vez a nivel europeo, por la jerarquía de los poderes militares en el Viejo Continente.
La demanda de control por parte de Occidente se da en un mundo de naciones donde cada uno de sus miembros procura a toda costa aumentar el beneficio nacional y lograr mejores posiciones dentro de la jerarquía de poderes - y todo se desarrolla de acuerdo al reglamento concebido por Occidente, que obliga a todas las naciones a participar del circo de la globalización. A raíz de los esfuerzos que realiza cada una de las naciones por imponerse a los demás, los diferentes Estados dan origen a intereses contrarios, desembocan en crisis, producen conflictos - y , con conducta tan apropiada a naciones competidoras, terminan desafiando a Occidente a cada paso. Y es que independientemente de lo que realmente hagan, no hay duda de que en todo caso dejan de prestar los servicios debidos. Es que al estar empleando 'naturalmente' su poder de acuerdo a cálculos propios y en hostil competencia hacia los demás están dando ya motivo a un examen crítico que indaga continuamente hasta qué punto están contraviniendo la exigencia de Occidente de ser exclusividad suya sancionar el empleo de la violencia en la regulación de las relaciones de poder en el globo. El resultado del diagnóstico y sus consecuencias lo decide Occidente de acuerdo a su parecer colectivo: Él es amo y señor del significado internacional que se le adjudica a los asuntos de y entre Estado (s) - lo que tan idílicamente constituye ese estado llamado Paz Mundial.

Un caso de cuidado especial lo constituye el Estado sucesor y de mayor envergadura de la extinguida Unión Soviética: La Rusia de Yeltsin es por una parte una amalgama de crisis y conflictos cuyo manejo por parte de Moscú equivale a una provocación sin nombre para el orden que exige Occidente De otra parte, ese país estaría todavía en la capacidad de llevar a cabo una guerra atómica que provocaría una devastación - más allá de lo permisible - de Occidente; y con eso Rusia exige voz y voto sobre las decisiones que toma Occidente en cuestiones de paz y guerra en general y, en especial, en cuanto a las relaciones de fuerza en Europa. Que el gobierno moscovita no desee ninguna clase de hostilidades teniendo en cuenta sus recursos de poder, sino que, al contrario, busque una cooperación constructiva con Occidente es estupendo - y lo menos que puede esperar Occidente de Rusia; sin embargo no oculta la gravedad del disgusto que está produciendo en Occidente: Lo que éste no soporta es que precisamente esté dependiendo de la voluntad de un poder foráneo al que no está en capacidad de ponerlo definitivamente bajo control. Se sobreentiende entonces que Occidente en todas sus decisiones sobre el significado político que asigna a crisis de Estado y conflictos estará pendiente de todos los intentos rusos - por más débiles que sean -de inmiscuirse, y de eliminarlos - hasta donde sea posible.

Para su régimen de control sobre la comunidad internacional Occidente se sirve de esa venerable institución llamada Derecho Internacional mediante la cual se codifica el empleo de la fuerza entre Estados. En su versión final, los Estatutos de las Naciones Unidas, el Derecho Internacional tiene previsto un proceso en toda regla para aprobar el empleo de la fuerza contra aquellos Estados que, de acuerdo al reglamento, han cometido la infracción. De esta manera queda sancionada la división entre el empleo de la fuerza legítimo y el ilegítimo - impermisible y condenable. Y de ese nuevo criterio en la relación entre Estados se ha abanderado Occidente: Él se encarga entonces de identificar los delitos contra el Derecho Internacional, de dar la interpretación adecuada para diagnosticar el tratamiento pertinente, e incluso dicta los fallos decisivos y se encarga él mismo, si es el caso, de ejecutarlos.
Y es más; el catálogo de criterios con el que se determina la permisibilidad del uso de la violencia entre Estados lo complementa Occidente con el Código de los Derechos Humanos. Al definirlos, interpretarlos y aplicarlos de acuerdo a sus ideas profundas e interesadas sobre el "buen gobernar", surge una figura del Derecho donde súbditos de un Estado, a los que éste maltrata, equivalen a títulos legales con los que Occidente está autorizado para amenazar de guerra al infractor. La distinción, de por sí bastante ridícula, entre "asuntos internos", en los que no deberían "inmiscuirse" naciones foráneas, y el empleo de la violencia fuera de las propias fronteras, que estaría sujeto al código del Derecho Internacional, se ve declarada obsoleta por completo; el respeto a la soberanía de una nación no cuenta más - es un principio caduco y oficialmente desterrado. Occidente logra mediante el principio Derechos Humanos el que empaten el Derecho Internacional y su régimen de control -basado en la disuasión por las armas.
Todo esto funciona medianamente desde que la Unión Soviética se despidió de la historia mundial en su calidad de antagonista con igual peso. De todos modos sigue entorpeciendo el sucesor ruso, al igual que el gobierno de la RP China, el procedimiento legal dentro del Consejo de Seguridad de la ONU, encargado de decidir sobre la legalidad de la guerra, basándose en un veto inoportuno, que a su vez rememora el principio válido y efectivo que durante decenios rigió la "Comunidad " del Derecho Internacional. Ese principio equivalía a garantizar imparcialidad frente a los objetos en disputa instaurando un pluralismo de poderes decisorios con capacidad de ejercer el veto. Eso sí vale decir que detrás del veto y votos contrarios del gobierno ruso no existe de hecho ni la voluntad ni la capacidad bélica de imponerlo, aunque fuera en caso extremo, contra el consenso de las grandes y exitosas potencias democráticas. Consecuentemente se le da el trato adecuado: Occidente ignora el veto ruso por completo. La ONU se ve enfrentada a la nueva tarea de reorganizar el asentimiento formal del resto de la comunidad mundial a las acciones bélicas de Occidente, añadiéndoles de esa manera la legitimación del Derecho Internacional, de acuerdo a las reglas tradicionales del procedimiento. En caso contrario a la ONU le queda una alternativa: su propia y absoluta insignificancia.

Occidente libra guerras cuando ve en peligro su régimen de control o se siente retado en su competencia exclusiva de establecer el Orden Mundial - decidiéndose entonces a reestablecer a la fuerza el respeto indiscutible a su jurisdicción absoluta y exclusiva.
Tal "caso de crisis" se asume cuando un Estado entorpece o contradice la idea que de común acuerdo las potencias aliadas occidentales tienen acerca de la adecuación de las relaciones de poder en cierto punto del globo, y cuando un Estado contraviene las exigencias que emanan del imperativo del "buen gobernar". Lo que da pie a tal diagnóstico no es más que el uso de lo que banalmente le es propio a un Estado como voluntad soberana: bregar por afianzar su poder frente a cualquier desafío, o igualmente aumentar sus medios de poder, buscar el funcionalizamiento de las naciones de su entorno según esté al alcance de sus medios, y evitar que él mismo se vea funcionalizado en detrimento propio, o que, por ende se vea limitado. Para saber lo que significa ese "vital" interés de toda nación que se autoestima, los Estados de Occidente brindan el mejor ejemplo. Los medios de que ellos disponen para alcanzar un ambiente internacional a su medida y el peso mismo de ese interés son, claro está, de gran envergadura, es decir de alcance global. Ellos disponen de conceptos para el Orden al que deben obedecer las relaciones entre estados y al que deben ceñirse los acontecimientos de más importancia; riñen entre sí o se ponen de acuerdo sobre la situación en la que quieren mantener al mundo en general y a ciertas regiones en especial; sustentan esa situación o la redefinen convencidos de que se dará cumplimiento a sus "recetas" - a fin de cuentas cargan con el gran peso de un régimen mundial de disuasión. Si un soberano se comporta mal y utiliza su poder de manera incongruente con los arreglos que impone Occidente, o los que acuerdan a última hora - cosa fácil teniendo en cuenta que no sólo prima el egoísmo propio de Estados soberanos, sino que el consenso entre Occidente acerca de la situación global pertinente varía continuamente -, entonces puede que el poder colectivo encargado del Orden Mundial descubra en ello meramente una falta de voluntad de cooperación. En caso de que advertencias diplomáticas no surtan ningún efecto, no se tardará entonces en deducir la existencia de una voluntad interesada en entorpecer la paz mundial. Si los intentos de extorsión, que especulan calar en el supuesto afán utilitarista del perturbador, quedan sin éxito, el Poder Mundial entonces se torna en uno de principios. Si el diagnóstico es resistencia, hay que pasar a romperla; donde se dan abusos del uso del poder, hay que acabar con ello. El candidato pasa a engrosar la categoría de "criminal de Estado" o de "Estado bellaco". Se corresponde entonces a aislarlo, se le imponen sanciones con la clara intención de hacerle daño, o, por último, se paraliza toda clase de vida civil en el país. En caso excepcional se utilizan ultimatos, que ya no buscan conveniencia alguna con la otra parte, sino la entrega de su soberanía: eso a manera de prólogo al paso siguiente de destruir militarmente la capacidad de regir del mandatario insubordinado. Una vez alcanzado este punto, no se espera menos que una capitulación incondicional: para la voluntad de imponerse como exclusivo poder supervisor sobre el uso del poder estatal en el mundo, no hay cabida para compromisos.

El contenido imperialista de las guerras que libra Occidente se busca - si es el caso- continuamente en la dirección equivocada y sin llegar a dar con un buen resultado. Para los apologistas razón suficiente para desmentir triunfalmente la existencia de móviles imperialistas; para críticos y enemigos de la
OTAN / NATO razón para recurrir a construcciones algo arriesgadas con las que se denuncia - por ejemplo - "sangre por petróleo" - es decir la existencia de una razón pueril y material como causa de la guerra, contrariando la supuesta moral.
Salta a la vista que Occidente no lleva a cabo guerras con el fin de ocupar territorios o usurpar riquezas; eso es bastante ridículo teniendo en cuenta la existencia de un mundo donde no hay barreras para los intereses de aprovechamiento que lidera Occidente, y donde todo está tan a su libre alcance - incluso la ruina a su paso de zonas enteras lo confirma.

El nexo existente entre el tejido de relaciones materiales de aprovechamiento e intervenciones militares es de carácter metódico: Con ellas se busca el establecimiento y la estabilización de una Paz Mundial que compromete a los Estados soberanos -como principio- a estar dispuestos a encarrilarse y someterse, y que los obliga a un reglamento en el que está codificado el mando de Occidente. Ese reglamento sí que es de vital interés para Occidente; y por él responde enérgicamente: mediante medidas de orden que lógica y necesariamente se apartan del plano material, del cálculo y dividendo propio de los negocios, llegando inclusive a negarlos por completo. En cuanto a los negocios, al carácter material de las buenas relaciones hacia el resto del mundo, existe un gran evento llamado economía y mercado mundial, y la potencia de una riqueza propia atribuye los medios suficientes para ocuparse de esos asuntos. Y al decidirse por el "medio" de la destrucción bélica ya no le está interesando el lucro material, sino que va a por un "principio": el principio de que él con su poder colectivo determina y mantiene bajo control la "administración del poder" que se otorgan los demás Estados.
Cuándo y dónde se presenta esa cuestión de principio no puede deducirse o explicarse a partir del peso de ciertos intereses materiales en peligro; intereses de peso en el sentido de proveedores fiables, patios traseros, esferas de inversión, deudores etc existen en los ojos de las potencias capitalistas por doquier, así como razones suficientes para no estar satisfechas con naciones extranjeras que deberían servir a esos intereses. Para que de esas pugnas elementales se desprenda algo que va más allá del quehacer usual de la política internacional basta a veces la rudeza propia y obvia del gobernar; y, a veces, también cierta terquedad en la persecución de algunos "essentials" nacionales.

Lo que sí es imprescindible para dar ese paso es la decisión de la Alianza de verse afectada en su calidad de potencia encargada del Orden Mundial. Para ese tipo de resolución no hace falta un plan maestro del imperialismo, resulta, sin ir tan lejos, de la supervisión que se está ejerciendo continuamente sobre cualquier alboroto dentro de la comunidad estatal; sin negar el tira y afloja entre los aliados.
Y a la postre, la Alianza asume frente a su resolución una posición que deviene en una imposición ineludible, diagnosticando el peligro que ella misma corre en su calidad de sujeto universal inviolable, y viéndose, por último, obligada a castigar al "agresor". Y se trata, sin duda, de un agresor, ya que por definición existe una agresión cuando no vale la palabra del poder occidental - y, para repetirlo, no simplemente debido a algunos yacimientos de petróleo.
Todo esto se puede estudiar a través de la guerra que se inició de hecho con una agresión militar: la invasión del Emirato de Kuwait que Iraq reclamaba como provincia propia. En ese caso una nación del tercer mundo desencadenó una guerra; intereses importantes y sensibles de Occidente se vieron afectados; y la potencía mundial no dudó en socorrer al agredido - pero no debido al petróleo.

En el plano del negocio del petróleo a Saddam Hussein le habría gustado dejar la disputa con América - inclusive en EE.UU. se pensó, con el asentimiento de los europeos, de limitarse a ese plano y de proseguir, bajo alteradas condiciones políticas, con la explotación del petróleo en el Golfo. Fuera de ofrecérselo a los países occidentales, de qué más le habría podido servir el petróleo al "Déspota de Bagdad" ?. Incluso hubo una señal diplomática por parte de EE.UU. en el sentido de que el largo esfuerzo militar de Irak al haber combatido la República islámica iraní, archienemigo de los americanos, le habría merecido el reconocimiento de la "reunificación nacional" con Kuwait.
Sin embargo, los EE.UU. se decidieron por la vía radical - lo que fue en detrimento del negocio del petróleo -. No se trató sólo del intento de desplazamiento de poder, cuyas ventajas y desventajas podrían haber sido tema de discusión y hasta de arreglo, sino de un avance inaceptable contrario al Orden deseado en la constelación estatal en Oriente próximo y, sobre todo, contrario al "Nuevo Orden Mundial", para cuya proclamación el "caso Irak" le venía a EE.UU. como anillo al dedo. Lo nuevo de la situación fue que Occidente ya no se veía limitado por el empate (atómico); sino que se atrevía a dar un gran paso, no libre de riesgos, confrontando a la recién reformada potencia soviética con una guerra, a la que le atribuía el carácter de exclusivo instrumento suyo para el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial; de hecho Rusia terminó cediendo, logrando así Occidente algo equivalente a su capitulación como la segunda potencia mundial de la paz. En base a esa nueva directriz política internacional de gran alcance se dio paso a destruir demostrativamente a Irak. Desde entonces éste representa, ejemplarmente y con efecto intimidatorio, esa nueva categoría del "Estado bellaco" que ha introducido Occidente.

En el caso de Yugoslavia estaba claro desde un principio que no estaban en juego recursos imprescindibles para los negocios del capital industrial en Occidente - la guerra tiene lugar en un "patio trasero" de la CE, con el que se hicieron y se habrían hecho más negocios en su constitución anterior que ahora donde no existen más que los lastimosos subproductos de un Estado desmembrado. Cuando llegue el día en que cesen los bombardeos de la OTAN, las Euro naciones bien podrán hacer el intento de enriquecerse en un desierto lleno de ruinas o con la economía política de campamentos de refugiados. Tampoco se puede hablar en el caso de Yugoslavia de que se estuviera respondiendo a una guerra de agresión por parte del "Déspota de Belgrado"- a no ser que se haga mediante esa atrevida construcción de la historia - profundamente dialéctica - según la cual el protagonista nacional serbio de la unidad de la antigua Yugoslavia es declarado promotor e iniciador del separatismo militante de las nacionalidades no-serbias, y su lucha en contra de la formación de nuevos Estados en las provincias restantes se califique de agresión extraterritorial.

Lo que de hecho arrojó la lucha por mantener o desmembrar la Yugoslavia de la posguerra fue buen material para que Occidente llevara a cabo una operación de Orden Mundial: A costa de Yugoslavia, Occidente, en este caso especialmente su "pilar" europeo, enfatizó el derecho que le corresponde en reglamentar el globo, haciéndolo valer por encima de todas las disputas entre los "autonombrados" supervisores, y llevándolo hasta el final conocido. Mucho antes de que comenzara a punta de sangre el sorteo de pueblos y la fundación de los nuevos Estados, Occidente ya se había hecho con el poder decisorio sobre la organización del mapa político de los Balcanes. Tanto a los defensores de la Federación yugoeslava como a los incitadores de nuevos Estados étnicos se les dictó condiciones y limitaciones para su accionar bélico y con ello se les dio rienda suelta: Toda amenaza dirigida a la parte que en un comienzo era la más fuerte - el poder central que decididamente se inclinaba por una Gran serbia - la tomaban las otras partes - los separatistas en las provincias de las Repúblicas federadas del Estado yugoslavo- como un premio a su intransigencia y un reconocimiento de su posición; y a lo largo de las guerras civiles no se descuidaron las partes que en un comienzo eran el partido más débil. De esta manera los serbios se hicieron rápidamente con el papel del culpable. No es que ellos hayan librado la guerra de manera diferente a sus contrincantes. Su objetivo de guerra no era más ni menos perverso que el de los partidarios de una autonomía de pequeños Estados étnicos. El derecho que reclamaban por la vía militar, en caso de la secesión de la antigua Yugoslavia definir los límites de la nueva Nación, tropezó con el exclusivo derecho que le corresponde a Occidente de sancionar los límites estatales que han de primar en Europa. A su vez las otras partes lograban en Bonn y Washington el patrocinio solicitado. Occidente - en un comienzo dividido sobre esta cuestión - se decidió finalmente por ver en el programa de refundación del Estado serbio, el ensanchamiento de la antigua provincia, una atrevida competencia que se arrogaba Serbia y por lo tanto la "agresividad" de un enemigo de su voluntad de Orden Mundial. Por esta razón se identificó a Milosevic como perturbador del orden. Por esa misma razón Occidente incluso calificó como crimen su intento de consolidar a la fuerza lo que quedaba de la antigua Yugoslavia, le asignó a los abusos contra los kosovares el carácter de asunto de orden mundial y llevó su pugna con Serbia hasta el punto de máxima escalación: destruir el poder estatal de la nación perturbadora -Serbia.
VIII

Cuando la alianza occidental se decide a la guerra lo hace con la seguridad y desde la primicia de tenerla ya ganada, pues la superioridad de sus medios es incuestionable. Al igual que en los preliminares de la guerra - amenazas, extorsión económica, sanciones y finalmente la proscripción - Occidente al pasar al ataque militar es dueño de la situación. El no se está midiendo con un enemigo, de igual a igual, él está ejecutando el poder de la "comunidad internacional" frente a una "anomalía". La "proporcionalidad de los medios" está garantizada para Occidente cuando no existe proporción alguna - los daños de la Alianza deben ser mínimos, mientras que al enemigo se le demuestra su absoluta inferioridad destruyéndole sin obstáculos sus medios de poder, incluyendo su economía nacional e infraestructura.
La guerra por el Orden Mundial, a la que se suscribe la OTAN, es curiosamente total - no en el sentido fascista de movilización de medios propios, sino en el sentido de la inferioridad que le atribuye al enemigo y en cuanto a la derrota que le asesta. Impera un totalitarismo de seguridad del triunfo que es lo que a la vez permite ese imperativo cargado de moral de no poder ni deber "hacerse los ciegos ante la situación" o " cómplices por no reaccionar".
Esa misma seguridad, ser superior frente a todo posible perturbador, tampoco es ajena a las ideas de pacifistas de buena fe que reiteran que Occidente podría evitar la guerra mediante la "política" y "haciendo uso de todos los medios civiles posibles" - si tuviera voluntad. Precisamente en ese sentido se le ofrece al Estado enemigo, que es más bien delincuente que contrincante político, una última oportunidad para que sea conciente de su sin salida antes de que comience el conteo final.

Al iniciar la guerra aérea contra Yugoslavia puede que la
OTAN / NATO haya realmente asumido que la resistencia de Yugoslavia se desmoronaría de inmediato. La escalación de los bombardeos es, en todo caso, una forma de castigar a Belgrado, que con su firmeza obligó a la OTAN / NATO a demostrar en la práctica su superioridad - a sabiendas de que no hacía falta. De eso tampoco dudaban los escépticos que criticaban como equivocado y fracasado el experimento, digno de mención, de llevar a cabo una guerra con ataques aéreos sin correr los riesgos de una guerra por tierra. Para ellos no cabía duda de que una derrota de la OTAN / NATO era imposible, lo que exigían era que se cumpliera el imperativo que comparten con la Alianza: al enemigo se le debería aplicar su indefensa total. La Alianza, por su parte, se esmeró en llevar a cabo una guerra con todo el cuidado indispensable para que el enemigo no tuviera ninguna chance de proporcionarle derrota alguna.
Tal vez no tan segura de sí misma, pero compartiendo la misma posición incuestionable e irrebatible de superioridad, la Alianza de la guerra del Golfo llevó a cabo hace ocho años una guerra contra Irak y se vio confrontada con una crítica muy similar: Sin necesidad alguna daba por terminada la guerra, es decir omitía consumar la capitulación incondicional de Saddam Hussein. Lo que sí no deja de demostrar hasta donde llega el totalitarismo de la disuasión y la guerra imperialista por el (nuevo) Orden es lo que están practicando EE.UU y Gran Bretaña desde hace ocho años: Con ataques militares a su capricho y continuos ataques aéreos de baja intensidad continúan aterrorizando el Estado iraquí, manteniéndolo en un estado de impotencia absoluta y su existencia nacional en cuarentena. Nada improbable que le tengan reservado a Serbia algo parecido.

IX

La Alianza occidental quiere dominar la comunidad estatal, es decir imponerle una marco de estabilidad. El medio en última instancia para lograr fin tan loable es " la intervención de crisis" - a través del poder de las armas. En medio de sus preparativos bélicos y rearmamiento correspondiente parte interesantemente del hecho de que su medio más eficaz, primero, no lo es tanto, ya que en realidad es rara vez que lo emplea, y, segundo, tampoco sirve para lograr en definitiva el fin de estabilidad al interior del Orden Mundial: De ahí que pone en su agenda para el Siglo XXI guerras por y para el Orden Mundial como tarea indefinida.
Y no le sobra razón. No hay mejor terapia que esa para remover las bases de la comunidad internacional. Donde no existe certeza alguna sobre si un Estado en sus intentos de auto-subsistencia, o de mejorar su posición en el concierto internacional, está dando pie o no a que se le declare parásito, y por lo tanto se le deba castigar en nombre del Orden que exclusivamente corresponde a Occidente, están más que programados levantamientos nacionalistas contra poderes estatales establecidos - ya sean estimulados simplemente o auspiciados intencionalmente. Y viceversa: la voluntad de mantenerse o imponerse por parte de aquellas soberanías acosadas ha de potenciarse al máximo; y la lucha de poder entre naciones rivalizadoras no cesará, sino, al contrario, se desatará por completo. Y ahí donde la alianza de los buenos haya acertado sus golpes surgirán ruinas de Estados y nuevas rivalidades: "Estabilidad" difícilmente nacerá en esas latitudes.
Pero lo que es inevitable no se puede detener. La responsabilidad de Occidente en nombre de un Orden de Paz Mundial es de tal envergadura que no hay razón para echarse atrás en vista del temor a ciertas consecuencias.


 

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