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09 - Tras su victoria en la guerra, la URSS se convirtió en uno de los países de mayor peso en la diplomacia internacional y en punto de referencia de todos los pueblos oprimidos del mundo. El prestigio de la URSS era tremendo en todo el mundo en aquella época y la militancia de todos los partidos comunistas había aumentado hasta límites insospechados. En un país como EE.UU. se cifraba en casi un millón. En otros tan dispares como Francia o Chile, formaban parte activa de los gobiernos, sus representaciones parlamentarias eran fuertes e influyentes de manera que se podía decir que eran los únicos Partidos que habían logrado resistir la tremenda represión desencadenada durante la ocupación fascista. La burguesía, por el contrario, se hallaba fragmentada en numerosas facciones desorganizadas y desacreditadas ante el pueblo, hasta el punto de que en varios países únicamente se sostenía en el poder gracias al apoyo del Ejército anglo-norteamericano.

Las conferencias de Teherán (1943), Yalta (1945) y Potsdam (1945) demostraban que los imperialistas, que lo habían intentado todo para acabar con los soviets, se veían forzados, por primera vez, a sentarse en la misma mesa de negociaciones con los comunistas. En aquellas cumbres los países capitalistas más importantes no tuvieron más remedio que reconocer el papel decisivo que la URSS estaba desempeñando en la derrota de las fuerzas del Eje, y el puesto clave que había conquistado en la arena internacional. Ya no tenían las manos libres para dirigir el mundo a su antojo.

Pero aunque los imperialistas insistían en su idea del expansionismo soviético, la URSS no era la causante única de esa situación; eso también había cambiado porque era toda la correlación de fuerzas la que se había modificado sustancialmente en la posguerra en contra de los intereses imperialistas. Ese desequilibrio fue propiciado por dos factores que concurrían en la misma dirección:

 la bancarrota de la burguesía en gran parte del mundo (especialmente en Europa) que conduciría a la creación de todo un bloque de países socialistas y a la presencia de partidos comunistas en los gobiernos de otros

 la revolución china en 1949, en Indochina, en Corea y la apertura de un proceso de descolonización en todo el mundo que atacaba directamente las antiguas áreas de influencia del imperialismo.

La guerra había terminado con un fuerte golpe contra el capitalismo, incluso en potencias que antes habían sido de primera fila. Alemania y Japón habían sido derrotadas; Gran Bretaña no estaba en condiciones ni de hacer frente a la nueva situación y ni siquiera de mantener sus viejas posiciones coloniales; la situación de Francia era aún mucho mucho peor. Todo conducía a que los destinos del imperialismo debían ser asumidos en las manos de los Estados Unidos, el gran beneficiado económica y estratégicamente por la guerra. Para ellos la guerra había sido el mejor de los negocios, del que salía como cabeza del campo imperialista.

Pero a su vez, en los Estados Unidos se pusieron se manifiesto dos líneas diferentes para confrontar la nueva situación:

una línea de adaptación a la nueva situación, de aceptación de la URSS como fuerza internacional y, en consecuencia, de mantenimiento del diálogo internacional como se había venido practicando en las últimas fases de la guerra. Esta posición puede identificarse con Roosvelt, Wallace, Hopkins, Stimson y Stettinius

una segunda línea de confrontación, de hostilidad, que pretendía cambiar la nueva correlación de fuerzas atacando a lo que consideraban su núcleo esencial, la URSS. Es la tesis de personajes como Truman o Kennan que, finalmente, acabará imponiéndose bajo el calificativo de guerra fría.

Roosvelt murió en 1945 y todo su equipo de gobierno fue purgado. De los diez miembros de su gabinete, seis dimitieron o fueron sustituidos ya antes de la Conferencia de Postdam. De los cuatro que quedaron, dos abandonaron el gobierno a finales de 1945 y los otros dos a finales de 1946. Fueron ellos los que reconociero la nueva correlación de fuerzas surgida en el curso mismo de la guerra y se mostraron partidarios de proseguir la política de colaboración con la Unión Soviética. De aquel grupo destacaban Stimson, Secretario de Guerra, y Wallace, Secretario de Comercio, quien elaboró un memorándum criticando el giro dado por Truman a la política exterior norteamericana y proponiendo proseguir el entendimiento y la colaboración con Moscú en pro de la paz internacional. También Harry Hopkins se distanció de Truman afirmando que los soviéticos no sólo no experimentan deseo alguno de pelear con nosotros, sino que están dispuestos a ocupar su puesto en los asuntos mundiales mediante una organización internacional y que, sobre todo, desean mantener con nosotros relaciones amistosas. Si el Kremlin no era el verdadero enemigo de la paz mundial ¿dónde se escondían los enemigos de la distensión? La respuesta de Hopkins fue terriblemente sincera: se hallan ni más ni menos que en el mismo interior de los Estados Unidos, dentro de los círculos reaccionarios y militaristas que durante la guerra no habían ocultado sus simpatías por Hitler y el nazismo. Y escribió: A lo que el pueblo norteamericano ha de consagrar su atención es al hecho de que hay en Norteamérica una minoría que, por diversidad de razones, desearía haber visto a Rusia derrotada en la guerra y que, antes de que nosotros entrásemos en la lucha, decía que lo mismo daba que venciesen Alemania o Rusia. Esa minoría, pequeña pero vociferante, aprovechará todas las diferencias entre nosotros y Rusia para perturbar nuestras mutuas relaciones. Hay en Norteamérica multitud de gente que vería con agrado que nuestros Ejércitos atravesasen Alemania, después de que ésta fuera derrotada, para pelear contra Rusia. Esa gente no representa a nadie más que a sí misma, y ningún gobierno digno de tal nombre que funcione en nuestro país debe permitir que ese grupo influya en nuestras relaciones oficiales. Hopkins finalizaba así sus advertencias: Nuestra política rusa no ha de ser dictada por personas que tienen el prejuicio de que es imposible entenderse con Rusia y que nuestros mutuos intereses forzosamente habrán de chocar y al fin de conducirnos a la guerra. Desde mi punto de vista esta actitud es inadmisible y sólo puede llevarnos al desastre (1).

Sin embargo, fue esa minoría pequeña pero influyente dentro de los círculos de la gran industria y el Ejército, la que tomó las riendas de la política norteamericana desde la muerte de Roosvelt en abril de 1945. Un balance del escritor norteamericano Horowitz le lleva a concluir que el 23 de abril de 1945 los rusos se enfrentan con una nueva y hostil dirección política americana, dispuesta a abandonar la coalición de guerra realizar abiertas presiones contra sus antiguos aliados. Además se dieron cuenta enseguida de que esta nueva dirección americana no tenía intención de ofrecer ayuda a la Unión Soviética para su programa de reconstrucción [...] Es más, durante este periodo y el inmediatamente anterior los rusos fueron testigos de una expansión en escala prodigiosa del poder americano (2).

Las elecciones de 1948 resultaron dramáticas para las fuerzas progresistas norteamericanas que habían cifrado sus esperanzas en Wallace, el antiguo colaborador de Roosvelt. Wallace tuvo que formar un tercer partido para porsentarse a las elecciones, pero fracasó.

Después de eliminar a los colaboradores de Roosvelt, Truman formó un nuevo gabinete para llevar adelante los planes de confrontación, cuyos ejes de actuación fueron los siguientes:

en el terreno económico, el plan Marshall, la reconstrucción económica de todos los países de Europa, la creación de un nuevo sistema monetario en Bretton Woods que favorecía al dólar y el despliegue de toda una serie de instituciones financieras, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, bajo control de los imperialistas

en el terreno diplomático, la eliminación de las consultas mutuas, la reanudación del bloqueo y las presiones así como la construcción de toda una serie de bases militares rodeando las fronteras externas de la URSS

en el terreno militar, la creación de bloques agresivos como la OTAN, el despliegue de la intimidación atómica y el rearme, especialmente estratégico que los imperialistas siempre consideraron como el factor esencial y determinante de su fuerza

en el terreno ideológico, una campaña sin precedentes de intoxicación propagandística para acabar con el enorme prestigio que gozaba la Unión Soviética en general y Stalin en particular, que desembocó en Estados Unidos en el maccarthysmo y en Alemania en la caza de brujas.

Además, Truman apruebas dos leyes represivas. Una, la ley Taft-Hartley impedía el acceso de los comunistas a los sindicatos, favorecía los cierres patronales como instrumento capitalista de presión contra los obreros y, en definitiva, frenaba las luchas obreras, que se habían disparado en la posguerra. La ley McCarran autorizaba el establecimiento de campos de concentración por todo el país para internar masivamente en ellos a los opositores, por decisión del Presidente cuando considere que ponen en peligro la seguridad o conspiran contra Estados Unidos.

 

Estas medidas, generalizadas en todos los países capitalistas, demuestran que la guerra fría no iban sólo enfiladas contra la URSS y demás países socialistas, sino contra el comunismo en general.

Los imperialistas no iban a dar ni un minuto de tregua a la URSS. Querían acabar con su prestigio y frenar el desplome capitalista. Pusieron en juego una feroz campaña anticomunista por todo el mundo, lanzaron dos bombas atómicas, iniciaron grandes persecuciones así como una campaña de intoxicación contra los países socialistas y, muy particularmente, contra Stalin. El Partido Comunista alemán fue prohibido y en Francia e Italia fueron desalojados del gobierno.

En 1945 Yalta había marcado el tope que en cuanto a colaboración con la Unión Soviética estaban dispuestas a alcanzar las potencias occidentales. Con el debilitamiento del nazi-fascismo y la bancarrota de los imperios tradicionales de Gran Bretaña y Francia, unido al poder y la confianza que los nuevos dirigentes de Washington depositaron en el armamento nuclear, hizo que los Estados Unidos creyeran que podían dictar por sí mismos los destinos del mundo. De Gaulle les estorbaba muy poco, y el laborista Attle (que ocupaba el puesto de Churchill desde las elecciones de julio de 1945) no podía mantener el Imperio Británico en pie más que acatando las instrucciones de su socio mayor de la otra orilla de Atlántico. Sólo quedaba por saber si la Unión Soviética cedería ante el chantaje nuclear.

Los norteamericanos acusaban a Moscú de no respetar los acuerdos de Yalta. Pero ya con el nuevo arma atómica en sus manos, fueron ellos mismos quienes empezaron a cuestionar la validez de estos acuerdos. Comenzaron a decir que tanto lo convenido en Yalta, como la creación de las Naciones Unidas en San Francisco, no habían sido más que concesiones vergonzosas al comunismo. Sin embargo, el Secretario de Estado norteamericano E. Stettinius, que estuvo con Roosvelt en Yalta, reconoció que la Unión Soviética hizo más concesiones a los Estados Unidos y a Gran Bretaña de las que le hicieron a ella, añadiendo Horowitz que todos los acuerdos alcanzados eran, en cierto modo, concesiones soviéticas (3). Por su parte, el asesor de Roosvelt en la Conferencia de Yalta le pasó una nota en el curso mismo de las conversaciones en la que se podía leer: Los rusos han concedido tanto en esta Conferencia que no creo que debamos abandonarles (4). Por lo que se refiere a la de San Francisco, el influyente periodista norteamericano del New York Times, J.Reston, comentó en su columna del 12 de junio: El balance de la Conferencia arroja, según han comentado los delegados, diez concesiones de Rusia que han contribuido en gran medida a la liberación de las propuestas de Dumbarton Oaks (5).

A pesar de todo ello, una vasta campaña de prensa fue puesta en funcionamiento con objeto de desprestigiar a la Unión Soviética y apaciguar las simpatías que se había ganado entre las masas norteamericanas por su contribución decisiva a la derrota del nazi-fascismo. Según esta campaña propagandística, Roosvelt había cedido ante lo que llamaban con su habitual demagogia las pretensiones expansionistas de Moscú. Roosvelt había legalizado ese expansionismo soviético en Yalta y San Francisco y además, se decía, la Unión Soviética incumplía esos acuerdos en aquellos aspectos que frenaban su expansionismo.

Pero ante el problema que se planteó de quién había hecho las concesiones y de quién había de hacerlas en el futuro, los alumnos de West Point pensaban, con su lógica propia, que no deberían ser ellos, los fuertes, sino los débiles, los que no tenían la fuerza de las nuevas armas atómicas, los que debían ceder. Otros iban mucho más lejos y mantenían que ni siquiera había que sentarse a discutir con la Unión Soviética: bastaba que los Estados Unidos dictaran sus condiciones y lanzaran un ultimátum con la amenaza de llevar sus bombarderos atómicos a quienes no las aceptaran. Había que obligar a los soviéticos a ceder y capitular frente a las pretensiones del imperialismo norteamericano: Dada la hipótesis de que el poder soviético era débil e inestable -escribe Horowitz- la necesidad de llegar a un acuerdo con él pasa ba a un segundo plano. La Unión Soviética no podía ya ser tomada en cuenta como una potencia de primera fila. Había que aprovechar su gran debilidad de posguerra para hacerla retroceder en todos los campos, revisar los acuerdos adoptados durante la guerra, acabar con las negociaciones e imponer unilateralmente los intereses del imperialismo norteamericano.

Pero el mencionarlo aquí no está de más para poner de relieve que no fue la Unión Soviética quien violó los acuerdos de Yalta, sino precisamente las potencias capitalistas, y los Estados Unidos en primer lugar. En contraste con la campaña que posteriormente desataría por su cuenta, Churchill manifestó poco después de la cumbre de Yalta, en su discurso a la Cámara de los Comunes: La impresión que he recogido en Crimea y en todos los demás contactos que he llevado a cabo es que el mariscal Stalin y los líderes soviéticos desean vivir en paz con las democracias occidentales. Creo también que cumplirán su palabra. No conozco ningún gobierno que cumpla sus obligaciones, incluso en perjuicio propio, hasta el extremo que lo hace la Rusia Soviética [...] Muy sombrío sería desde luego el futuro de la humanidad si se produjese una terrible escisión entre las democracias occidentales y la Unión Soviética, si todas las futuras organizaciones mundiales quedasen partidas por la mitad y si nuevos cataclismos de inconcebible violencia destruyesen todo lo que queda de tesoros y libertades de la humanidad.

Mientras en los Estados Unidos se acusaba a la Unión Soviética de violar los acuerdos de Yalta, A.H.Vandenberg escribía ya el 7 de marzo, pocos días después de la cumbre, que aquellos acuerdos debían ser revisados. Y esto fue lo que la delegación norteamericana en la Conferencia de San Francisco (de la que Vandenberg formaba parte como Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado) trató de llevar a cabo por medio de 8 enmiendas a la Carta de la ONU en las que se solicitaba que el Consejo de Seguridad tuviese facultades para revisar los Tratados vigentes, incluyendo el de Yalta, por supuesto. De nuevo se olvidaba la experiencia de la Primera Guerra Mundial, cuyos tratados de paz habían intentado derogar los revanchistas nazis, consigna que sirvió a Hitler para auparse al poder y cuyo incumplimiento había favorecido el rearme de Alemania.

La política imperialista de romper el clima de colaboración imperante durante la guerra se manifestó en un principio y con mayor intensidad en las posiciones de Churchill de no transigir jamás con los dirigentes del Kremlin. Cuando en Yalta se discutía el derecho de las colonias a la autodeterminación y a la independencia, Churchill estalló diciendo que él no consentiría, en circunstancia alguna, que las Naciones Unidas se entrometieran en lo que constituía la mismísima vida del Imperio Británico. Habló con cierta prolijidad y con determinado vigor respecto a su histórica aserción en la que garantizaba que, mientras el fuese primer ministro, jamás cedería el menor jirón de patrimonio inglés (6). Pero pronto él, como su sucesor en Downing Street, tuvieron que reconocer la realidad de los hechos y ceder el sitio para que los Estados Unidos ocuparan su lugar con una forma renovada de colonialismo -el neocolonialismo- más acorde con los tiempos que se avecinaban. Así, ya antes de la guerra J.McCormack pudo escribir que en tanto que los dominios británicos se encogen, los dominios americanos deben expandirse y donde la dominación inglesa termina, la coerción americana debe empezar (7).

Si a todo esto añadimos el monopolio que los Estados Unidos tenían sobre el arma nuclear y la confianza y seguridad que este hecho les proporcionaba tendremos una visión mucho más aproximada del Estado de ánimo de esa pequeña camarilla vociferante de que hablaba Hopkins. En sus Memorias Zhukov narra una anécdota que observó en la conferencia de Postdam: Truman trató de intimidar a Stalin informándole de que los Estados Unidos acababan de experimentar con una bomba potentísima, sin decirle de qué tipo. Él y Churchill se le quedaron mirando, tratando de comprobar la reacción de Stalin, de verificar si la noticia le habían impresionado. Pero Stalin no pestañeó; ni dijo nada, ni se inmutó, ni siquiera hizo ningún gesto. En sus Memorias Churchill concluye que lo que ocurrió fue que Stalin no se había enterado de lo que Truman acababa de decirle. La versión de Zhukov es bien distinta: al regresar de la reunión, Stalin le comentó a Molotov lo que Truman acababa de decirle; Molotov le comenta que los imperialistas querían «subir el precio», y Stalin le respondió: «Que lo suban. Hay que hablar con Kurtchatov para que acelere nuestro propio trabajo». Miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, Kurtchatov ultimaba los preparativos para que el Ejército Rojo dispusiera de su propia bomba atómica.

A diferencia de Jruschov y los revisionistas, Stalin consideraba que ni la bomba ni ningún nuevo medio técnico de ninguna especie cambiaría la naturaleza del imperialismo. La bomba atómica era un acontecimiento importante pero en ningún caso decisivo.

El abuso diplomático del monopolio atómico fue uno de los que propiciaron la dimisión de Stimson quien insistía sobre la necesidad de proponer a los rusos una asociación sobre la base de la cooperación. Sugería que los tres grandes detuvieran la producción de bombas comprometiéndose a no emplearlas sin común acuerdo y sellando las que pudieran existir. Preconizaba además el intercambio de información sobre el desarrollo de la utilización pacífica de la energía atómica. Naturalmente Washington no podía aceptar esto: ellos iban muy por delante de los soviéticos en el campo nuclear, tenían una gran ventaja en el dominio de esta tecnología y sólo británicos y canadienses tenían conocimientos exactos de alguno de los misterios del armamento nuclear. Fue por ello que estos tres países se lanzaron frenéticamente a desarrollar esta tecnología con el fin de ganar tiempo y obtener una ventaja sustancial sobre la Unión Soviética. No podían desaprovechar la oportunidad de manera que boicotearon todos los planes destinados por la ONU a frenar la carrera de armamento nuclear. Es más, emitieron una declaración conjunta que eliminaba toda posibilidad de cooperación entre los tres grandes que, nueve meses antes, en Yalta, habían reafirmado su voluntad común de mantener y reforzar en la paz futura la unidad de fines y de acción que había permitido en la guerra la victoria de la Naciones Unidas no eliminaba toda posibilidad de una solución negociada en la marco de la joven ONU (8). Pero igualmente, no pasaría mucho tiempo antes de que las conversaciones de desarme quedaran totalmente bloqueadas también en las Naciones Unidas.

Las conversaciones de desarme no interesaban a los imperialistas. Pero no les interesarton entonces, cuando ellos tenían el monopolio sobre el arma mortífera. Comenzó a interesarles después, cuando la URSS dispuso de idénticas posibilidades atómicas. Entonces empezaron a hablar de desarme, bien entendido que cuando hablaban de desarme querían decirme que era la URSS quien debía desarmarse.

El enfrentamiento con la Unión Soviética se mantuvo secreto en un principio; llevarlo a la calle de buenas a primeras hubiera supuesto ganarse la enemistad del pueblo norteamericano, así como desenmascararse abiertamente ante todo el mundo como una potencia belicosa y agresiva similar a las que habían sido derrotadas en la guerra. Formalmente proseguían los encuentros a alto nivel, las negociaciones y los intercambios de mensajes. La propaganda antisoviética se reservaba a ciertas cadenas de prensa, como la de Hearst, que lanzaban todo tipo de bulos acerca de la inminencia de una invasión del Ejército Rojo hacia el oeste de Europa, y criticaban la blandengue política exterior de Truman. La inestabilidad de algunos Estados europeos y el miedo de la burguesía a la revolución daba crédito y aireaba todos los bulos acerca de la inminente invasión del Ejército Rojo. Favorecían y se aprovechaban del clima de guerra fría con el fin de obtener apoyo más decidido -generalmente de tipo militar y económico- del imperialismo norteamericano.

Fue Churchill quien en su famoso discurso de Fulton (Estados Unidos) en marzo de 1946 levantó a los cuatro vientos toda la demagógica propaganda que se estaba organizando. Es así como se dio crédito a los más fantásticos planes agresivos del Ejército Rojo y se inventaron hasta la saciedad las más fantásticas aventuras de espionaje con el fin de depurar los gobiernos y la administración de los sospechosos de simpatizar con el comunismo y apretar filas en torno a Truman y sus planes agresivos y militaristas.

Stalin respondió al discurso de Chuchill con una entrevista en Pravda publicada el 14 de marzo que -naturalmente- no tuvo tanta acogida en la prensa occidental como el discurso de Fulton. En la entrevista Stalin comparaba a Churchill con Hitler, le acusaba de racismo y le reprochaba su incitación a una nueva guerra. Le acusaba también de proponer compartir la hegemonía mundial con los Estados Unidos bajo la tesis de que sólo los países angloparlantes estaba capacitados para ello. Pero si las naciones han vertido su sangre en el curso de cinco años de terrible guerra -decía Stalin- ha sido por la libertad y la independencia de sus países y no para remplazar la dominación de los Hitler por la de los Churchill.

Continuaba Stalin desvelando la hipócrita política del imperialismo británico, que había propuesto prorrogar por otros cincuenta años el tratado de alianza existente con la URSS: eso sólo es posible -decía- porque para ellos los tatados internacionales son papel mojado, porque no piensan cumplir sus compromisos.

Pero Churchill, aunque jefe de la oposición en el Parlamento británico, no representaba el pensamiento oficial de ningún país, por lo que no podía comprometer a nadie que no fuese su partido. A pesar de ello estalló una violenta oleada de protestas en la opinión pública mundial contra sus declaraciones y contra el clima artificial de enfrentamiento que se estaba gestando en todo el mundo capitalista. El propio Truman, que se hallaba presente en el mitin de Fulton, tuvo que reconocer que desconocía el contenido de la declaración de Churchill y que no representaba la política oficial de su gobierno.

Por tanto, se decidió mantener aún en secreto la política de guerra fría y de enfrentamiento con la Unión Soviética, hasta que en marzo de 1947, un año más tarde Truman exponía ya abiertamente esas mismas ideas de Churchill ante el Congreso norteamericano. La excusa era la guerra civil de Grecia y la situación política en Turquía. Aquel discurso de Truman se conoció más tarde como doctrina Truman y hacía referencia al relevo que los norteamericanos iban a hacer de los británicos en aquellos dos países, incapaces de sostener en Grecia a la camarilla de reaccionarios griegos, monárquicos y ex-nazis, que estaba a punto de ser derrocada por el EAM (Frente Nacional) que representaba a todas las fuerzas populares que habían liberado a su país de la ocupación hitleriana y contaban con el respaldo unánime del pueblo griego. Según Truman y la propaganda imperialista, el EAM estaba sostenido por Moscú, extremo éste que todos los historiadores han reputado completamente falso. De la misma manera se achacaba la inestabilidad del gobierno reaccionario turco a la agitación de los agentes comunistas y a las presiones de la Unión Soviética sobre el gobierno.

Los británicos se habían visto totalmente incapaces de mantener a ambos Estados dentro de su órbita y Truman manifestó oficialmente que tomaba el relevo de los británicos para sostener ambas dictaduras enviando apoyo económico y militar que declaró estar dispuesto a ampliar a todos aquellos gobiernos que luchasen contra las minorías armadas y contra la infiltración comunista procedente del exterior. Es así como Estados Unidos inició su política de sostener a las más sanguinarias y corruptas camarillas gobernantes repartidas por todo el mundo, aún a costa de acabar con los pocos gobiernos democráticos que aún quedaban en el mundo.

Kennan, diplomático estadounidense destacado en la URSS desde el estableciomiento de relaciones diplomáticas en 1933, elaboró teóricamente la teoría oficial de la guerra fría, calificado como doctrina de la contención. Inicialmente esta doctrina la elaboró Kennan como informe reservado para el secretario de la Armada (Ministro de la Marina de Guerra) a finales de 1946, aunque después de lanzar la doctrina Truman se publicó sin firma en la revista Foreign Affairs en julio de 1947 bajo el título Los orígenes de la conducta soviética.

Es cierto que la doctrina de la contención de Kennan no se ha entendido nunca -tampoco entonces- en su extraordinaria sutileza. Siempre se ha considerado como una estrategia militar de freno de esa supuesta expansión comunista emprendida por la fuerza militar. Pero, como insiste Kennan, no me refería a la contención por medios militares de una amenaza militar, sino a la contención política de una amenaza política, por lo que no tiene nada que ver con el cerco de la URSS con bases militares, cohetes estratégicos y armas nucleares. Los rusos no aspiraban a invadir ningún país, reconoce Kennan, y, por tanto, la guerra no era inevitable. El desafío que la URSS planteaba en la posguerra es político y, por tanto, había un terreno medio de resistencia política en el cual podíamos batirnos con buenas posibilidades de éxito. Era un error responder a un reto político con medidas militares, dice Kennan, porque el verdadero núcleo del problema radica en los partidos comunistas locales y en que esos partidos eran los vehículos de la voluntad de Stalin.

¿Cómo responder a ese desafío? ¿Qué medidas tomar? Desde luego nada de concesiones, propone Kennan, sino todo lo contrario; que no se deba recurrir a las armas (y menos a las armas nucleares) no significa para Kennan preconizar algún tipo de relajación; lo que se debe hacer es tensar la cuerda sin llegar a romperla: El antagonismo soviético-norteamericano podía ser grave sin que hubiese que recurrir forzosamente a la guerra para resolverlo. Ahí está definida la esencia de la guerra fría, ese es el terreno medio de resistencia política frente al comunismo.

Pero Kennan no se queda ahí porque, desde el observatorio privilegiado de la embajada estadounidense en Moscú, ha conocido un poco del primer país socialista y de su máximo dirigente, Stalin. A Kennan no le cabe ninguna duda de que el verdadero problema es Stalin, es decir, es el comunismo. Cuando él temía la implantación de los partidos comunistas locales, lo que en realidad le preocupaba no era su voluminosa afiliación, ni su presencia pública, ni sus votos; era su misma naturaleza comunista, su ideología revolucionaria, lo que había que destruir. El objetivo era que esos partidos comunistas locales dejaran de ser vehículos de la voluntad de Stalin, lo cual comenzó a cumplirse, añade Kennan, primero con Tito y luego con la propia muerte de Stalin, momento en el que surgen las discrepancias con China: la doctrina de la contención perdió en gran parte su razón de ser con la muerte de Stalin y el desarrollo del conflicto chino-soviético.

El artículo desató una gran discusión porque la opinión pública simpatizaba con la Unión Soviética. Fue necesaria una gran campaña propagandística para cambiar esa corriente de admiración hacia el socialismo y su gesta durante la guerra. La guerra fría jamás hubiera podido continuar sin cambiar en profundidad ese sentimiento espontáneo y volverlo del revés. Al más puro estilo nazi se inició una gigantesca campaña publicitaria que trataba de alertar sobre unos peligros de subversión comunista y llamaba a defender la seguridad del mundo libre donde la democracia se extinguía paulatinamente (o a golpe de cuartelazo) y en su lugar se imponían regímenes que todo el mundo confiaba enterrados definitivamente. Con la excusa de contener la expansión comunista y de su propia seguridad los Estados Unidos pretendieron erigirse en árbitros de todos los acontecimientos mundiales. Llevaron sus fronteras desde el Atlántico 10.000 kilómetros más allá de sus orillas, hasta la puerta misma de la Unión Soviética con el fin de instalar allí una red de bases militares agresivas y plataformas de injerencia y espionaje. La frontera norteamericana estaba en el Rhin, en el Elba, en Grecia, en Turquía, en Irán, en Filipinas, en China, en Corea; su frontera marítima en el Mar del Norte, en el Báltico, en el Mediterráneo, en el Mar Rojo, en el Océano Índico.

Uno de los caballos de batalla que utilizaba asiduamente Churchill en esta campaña antisoviética era la no retirada de las zonas de ocupación militar efectiva que se habían alcanzado en el campo de batalla hacia las previstas en Yalta. El rápido avance de los Ejércitos aliados a finales de la guerra en Europa a causa de la rendición sistemática de la Wehrmacht en el frente occidental, hizo que los límites previstos en Yalta fueran sobrepasados por los aliados. Esa ocupación militar de hecho era la que Churchill quería retener, violando una vez más los acuerdos adoptados. Por otro lado, esto equivalía a detener el funcionamiento del sistema de control tripartito de Alemania, también previsto en Yalta. Además, Churchill presionaba a Truman continuamente para que las tropas norteamericanas que ocupaban Europa no fueran trasladadas al Pacífico, donde la guerra con Japón no había concluido aún. De manera que por todos los medios trataba de poner frente a frente en Europa al Ejercito Rojo con el norteamericano. Esto, unido al ultimátum unilateral impuesto a Japón, a la admisión de Argentina en las Naciones Unidas, a la separación de Formosa de China continental tras la revolución de 1949, a las propuestas de Vandenberg en la Conferencia de San Francisco y a un largo etcétera de acciones del imperialismo en la posguerra, es suficiente para mostrar claramente cuáles fueron las violaciones de los acuerdos firmados en Yalta y quiénes son los responsables de las mismas.

La política de romper el clima de colaboración con la Unión Soviética se consolidó a fines de 1945 cuando prácticamente se celebraron las últimas conversaciones y consultas mutuas. Comenzaba así un periodo de diez años en el que no tuvo lugar ninguna entrevista entre los Jefes de Estado soviético y norteamericano. Y lo que es peor, se comenzó ya a todos los niveles una demagógica campaña de destinada a convencer a todo el mundo de que efectivamente la Unión Soviética era un peligro para la paz mundial, de que pretendía invadir Europa para imponer regímenes comunistas en los países occidentales, de que numerosos agentes subversivos se estaban infiltrando desde Moscú por todas partes y de que esto era origen de todos los males y desgracias que asolaban al mundo. Según esto, las democracias occidentales se veían obligadas a defenderse, a prohibir el funcionamiento de los Partidos Comunistas, a intensificar las depuraciones y la caza de brujas y a tomar todo tipo de medidas represivas contra las reivindicaciones populares teledirigidas desde Moscú. Los siniestros personajes que habitaban el Kremlin eran los culpables de todos los padecimientos, reales o imaginarios, que sufrían los pueblos en la posguerra. Ellos eran también los responsables de los infinitos crímenes cometidos contra sus pueblos; en la Unión Soviética y en los Estados de democracia popular la gente vivía en la más completa miseria, presa del hambre, las enfermedades y la tiranía más bestial jamás conocida por la Historia.

Sin embargo fueron muchos quienes dentro de esta furiosa embestida propagadística supieron ver la realidad con sus propios ojos. Así, E.Roosvelt, hijo del Presidente, reconocía en 1946 que fueron los Estados Unidos y Gran Bretaña los que primero blandieron el puño de hierro, los que primero anularon las decisiones colectivas. Por su parte, T.Alsons escribía el 12 de diciembre de 1949 en el New York Herald Tribune: Uno de los objetivos constantes de la política del Kremlin ha sido sostener conversaciones bipartitas con los Estados Unidos; nosotros en cambio hemos procurado evitarlas siempre. Y ya en 1966 J.P.Taylor defendía también la verdad cuando concluyó: Numerosos estudios... destruyen la leyenda de manera completa. Demuestran claramente que la guerra fría fue iniciada deliberadamente por Truman y sus consejeros (9).

Pero estas voces clamaban, y claman aún hoy 50 años después, en el más silencioso de los desiertos. Lo que se impuso, y lo que continúa hoy en boga gracias a los medios de comunicación controlados por el imperialismo, es precisamente esa leyenda a la que se refiere Taylor. Incluso hoy, cuando la URSS ha desaparecido, las acusaciones de expansionismo, agresividad e intenciones belicosas no hacen sino tratar de encubrir el propio expansionismo, agresividad y belicosidad del imperialismo.

Pero no es con propaganda difamatoria como se puede variar el rumbo de los acontecimientos: estos casi 50 años transcurridos han mostrado una y otra vez a los pueblos de toda la tierra el camino para conquistar la felicidad y la paz del mundo, y han dejado bien sentado repetidas veces que todo esto no se halla precisamente en lo que los imperialistas llaman el mundo libre, sino precisamente luchando contra él, contra el sistema que representa de explotación económica, represión política y opresión de las justas aspiraciones de todos los pueblos a la paz, la libertad, la justicia y la felicidad, que sólo son posibles bajo un régimen socialista que nos conduzca a la sociedad sin clases.

Esa belicosidad imperialista es la que le animó a financiar la reconstrucción de Alemania occidental, en colaboración con buena parte de quienes había actuado a las órdenes de Hitler, mientras negaban cualquier clase de ayuda a la Uniòn Soviética.

Aún sin ninguna clase de apoyo exterior, la superioridad del socialismo se demostró en 1949 cuando la URSS probó la primera bomba atómica. Pocos años después lanzaba el primer satélite no tripulado al espacio.

La posguerra no fue esa era de paz que todos los pueblos del mundo esperaban después de tan espantosa matanza. Por todas partes los Estados imperialistas provocaron tensiones, e incluso guerras como la de Corea en 1950.

Una de las última batallas ideológica que Stalin enfrentó al final de su vida fue contra el revisionismo yugoslavo.

La denuncia de los manejos de Tito en los Balcanes no es fácil de exponer en el contexto en el que se desenvolvieron, pues hay varias cuestiones conexas de distinta naturaleza, y la cuestión ideológica es sólo la principal de ellas.

Además, la cuestión yugoslava coincide en el tiempo con la revolución en Grecia y ambos acontecimientos no se pueden separar.

Como en Grecia, en Polonia y, en general, en todos los países europeos, en Yugoslavia existían también dos movimientos de resistencia antifascista. Una dependía del gobierno reaccionario en el exilio (chetniks) y otra, más fuerte, estaba dirigida por los comunistas. A diferencia de todos los demás países en que se produjo esa dualidad, en el caso de Yugoslavia, Churchill decidió apoyar, no al gobierno reaccionario en el exilio, sino a los comunistas. El 10 de diciembre de 1943 se lo comunicó oficialmente al rey Pedro II e incluso argumentó las razones para esa opción: el presidente del gobierno exiliado Mijailovitch colaboraba en realidad con los ocupantes hitlerianos. En junio de aquel año Churchill ya había enviado a Tito una misión militar encabezada por el general Fitzroy MacLean y su propio hijo Randolph. Para evitar su bancarrota, el rey destituyó a Mijailovitch y los imperialistas británicos, verdaderos dueños de toda la región de los Balcanes, alentaron una entrevista entre Tito y Chubachitch, un delegado del nuevo gobierno exiliado, que se celebró el 16 de junio de 1944. Se acordó la unificación de la guerrilla, la formación de un gobierno único y Tito introdujo a dos antifascistas en el gobierno exiliado. Dos meses después, se produjo otra entrevista entre Churchill y Tito en Nápoles y ambos llegaron a una serie de acuerdos, entre los que cabe destacar:

Tito se opondría al retorno del monarca

abandonaría sus pretensiones sobre Triestre e Istria a Italia, Carintia a Austria y una parte de Macedonia a Grecia

pretendía integrar a los países de los Balcanes en una única Federación

se comprometía a no construir el socialismo en Yugoslavia.

De aquellos acuerdos, tan extraños para la época y tan diferentes –aparentemente- de la política británica hacia otros países, se desprendían, sin embargo, dos conclusiones claras: que Tito no era comunista y que, por el contrario, era una nacionalista que pretendía someter a todos los países de la región a través de la Federación Balcánica. La familiaridad de Churchill con un comunista como Tito era harto exótica. En sus Memorias el británico dice que aunque Tito se comprometió con él a no adoptar medidas socialistas en privado, se negó a hacer público ese compromiso. Según Dedidjer, el biógrafo de Tito, lo que éste dijo fue lo siguiente: La experiencia rusa será útil para nosotros, pero no nos impedirá tener en cuenta las condiciones particulares de nuestro país. La cosa no cambia en nada. En aquel tiempo ruso era sinónimo de comunista y, a la inversa, bastaba cualquier declaración de independencia hacia Moscú para indicar el alejamiento del comunismo. El eurocomunismo fue luego un buen ejemplo de ésto.

En realidad, Tito era un nacionalista y la posición geoestratégica de Yugoslavia le concedía una baza muy importante, la supuesta pretensión de equidistar del capitalismo y el socialismo, la encontrar una tercera vía, la de inventar un nuevo modelo de socialismo. Buscaba disponer de un amplio margen de maniobra en el terreno diplomático. Por eso Yugoslavia encontró pronto su lugar en el movimiento de países no alineados.

Todo esto introdujo una enorme confusión en el movimiento comunista internacional y dio lugar un cúmulo de paradojas. La confusión sólo fue posible porque Tito y los suyos se hicieron pasar por comunistas y actuar como si tuvieran algo que ver con el comunismo. Por tanto Stalin tenía, una vez más, absoluta razón cuando los desenmascaró como revisionistas y agentes del imperialismo. No hay punto intermedio entre el capitalismo y el socialismo, no hay ningún modelo distinto de socialismo, no hay vías ni atajos para construir una sociedad socialista, el socialismo no cambia en absoluto de un país a otro.

Pero a la muerte de Stalin, otro revisionista, Jruschov, rehabilitó a Tito y a la Liga Comunista de Yugoslavia como organización integrante del movimiento comunista internacional, poniéndose de su lado sin que Tito hubiera variado lo más mínimo sus postulados. A través de Jruschov, las posiciones revisionistas de Tito se abrieron camino y, con ellas, el nacionalismo y la demagogia acerca de las vías nacionales diversas para construir el socialismo.

La paradoja era máxima en el caso de Yugoslavia porque, como en los demás países y a pesar de la demagogia imperialista, Stalin no tenía ningún interés específico en que Yugoslavia fuera una país socialista e incluso le recomendó a Tito que admitiera el regreso del rey. Su interés era preservar entre los Estados vecinos unos vínculos que garantizaran su seguridad, con los que pudiera mantener buenas relaciones y que no se prestaran a ningún tipo de provocaciones. Por el contrario, era Tito quien manifestaba pretender hacer de Yugoslavia un país socialista, si bien con un socialismo diferente. Por tanto, la denuncia de Stalin no radicaba en esa supuesta independencia de criterio por parte de Tito sino en su doble juego, en su enmascaramiento y en la confusión que sembraban sus teorías.

No se puede ser comunista y nacionalista al mismo tiempo; los comunistas somos internacionalistas, que es todo lo opuesto al nacionalismo, una ideología esencialmente burguesa. Además había que tener en cuenta el nacionalismo de Tito, que no consistía sólo en esa independencia respecto a Moscú, sino que era de tipo expansionista y eso podía provocar graves disturbios en una región ya de por sí muy conflictiva históricamente. Tito pretendía territorios de todos sus vecinos y en su Federación Balcánica tenía intención de integrar, entre otros países, a Albania, que reaccionó valientemente contra estas pretensiones hegemonistas. Finalmente, el país que más avanzó en esa integración balcánica fue Bulgaria, pero las sutiles pretensiones de Tito eran incorporar a aquel país no en pie de igualdad con Yugoslavia sino en las mismas condiciones que Serbia, Croacia, Montenegro o Eslovenia.

El 28 de junio de 1948 el Kominform denunció públicamente al PCY como una organización revisionista y nacionalista. Las declaraciones contra el revisionismo yugoslavo se repetirían luego en otros foros comunistas, como en la declaración de Moscú de 81 partidos comunistas, celebrada en 1960.

Desenmascarado Tito y el PCY, las potencias imperialistas se volcaron en apoyar y financiar la reconstrucción del modelo de socialismo en Yugoslavia con millones de divisas, firmando inmediatamente tratados de colaboración económica con todas las grandes potencias. Posteriormente la rehabilitación de los revisionistas yugoslavos por su colega Jruschov, permitió que también pudieran a obtener financiación de la URSS y convirtió a Yugoslavia en un país privilegiado. El desarrollo capitalista en aquel país, como denunciara Stalin, se fundamentó en los mismos patrones que todos los demás países capitalistas: inversiones extranjeras, emigración, desempleo y turismo.

Para terminar de complacer a sus jefes imperialistas, Tito llevó a cabo su último acto de traición, cerrando la frontera con Grecia y permitiendo que la guerrilla griega fuera aplastada.

En 1952 se convocó el XIX Congreso del Partido bolchevique, que a partir de entonces se denominó Partido Comunista de la Unión Soviética. Por primera vez, dado su delicado estado de salud, Stalin no pudo presentar el informe político, que fue leido por Malenkov, mientras Jruschov presentó al informe sobre los Estatutos y Stalin intervino con un breve discurso sobre la situación internacional.

En esta etapa última de su vida, Stalin realizó dos aportaciones teóricas trascendentales al marxismo-leninismo, demostrando que además de un dirigente capaz, dominaba los aspectos fundamentales del materialismo dialéctico.

En 1950 intervino en un debate sobre lingüística y sentó el principio de que sin el enfrentamiento de opiniones y la libertad de crítica la ciencia y la filosofía no pueden desarrollarse. Stalin consideraba errónea la tesis del filólogo N. Y. Marr que estableció una distinción clasista del lenguaje y lo integraba dentro de la superestructura. Su crítica se extendió también a los formalistas y al proletkult que pretendían que las leyes y formas del pensamiento, estudiadas en la lógica formal, tenían también un contenido clasista al constituir un elemento de la superestructura. A juicio de Stalin, se incurría en una interpretación vulgar del principio de la posición partidista. en la ciencia, que trataba con el mismo patrón a las ciencias de la sociedad (economía política, sociología) que por su naturaleza están ligadas a una clase social, y las ciencias que no están conectadas a una clase determinada: la lingüística y la lógica formal. Para Stalin, éstas últimas, al igual que las ciencias naturales, son utilizadas por diferentes clases sociales, pues no pertenecen a la superestructura sino que representan fenómenos sociales ligados directamente -sin mediación de la base- con la producción.

En su última obra, Problemas económicos del socialismo en la URSS, publicada en 1952, Stalin debatió con varios economistas acerca de la construcción del socialismo en la URSS, y sostuvo que la persistencia de la ley del valor en una economía socialista se debía a que no se estaba en condiciones todavía de retribuir al trabajador según sus necesidades, sino según su trabajo. Sólo en una sociedad comunista -dotada de una plétora de riquezas, será posible retribuir al trabajador según sus necesidades. Según Stalin, el Estado soviético debía mantener la propiedad de las denominadas Estaciones de Máquinas y Tractores y no vendérselas a los koljoses, ya que, de las dos formas de propiedad socialista, la estatal es superior a la koljosiana.

El 5 de marzo de 1953 murió este gran dirigente comunista y de todos los pueblos oprimidos del mundo. Una multitud inmensa, calculada en tres millones de personas, desfiló ante su féretro.

Stalin llevó siempre una vida ordenada, metódica y austera, tanto en la clandestinidad como a la cabeza del Estado soviético. Jamás aceptó ningún regalo. Los innumerables y lujosos obsequios los entregó a un museo, donde podían ser contemplados por toda la población. Vivía con su mujer y sus dos hijos en una casita en las afueras de Moscú. Pudiendo vivir de una manera suntuosa, en el Kremlin apenas ocupaba tres modestas habitaciones de la primera planta, precisamente las que antes de la Revolución habitaba la servidumbre del zar. Las fotos que de él se tomaron muestran también una extraordinaria modestia, siempre cubierto con el mismo capote gris de los soldados del Ejército Rojo.

Los revisionistas le acusaron falsamente en el XX Congreso del PCUS, celebrado en 1956, de imponer el culto a la personalidad y de vanagloriarse a sí mismo. En 1938 había dirigido una carta a las Ediciones para niños del Komsomol oponiéndose al culto a la personalidad que pretendían hacer en un libro sobre su infancia:

Soy contrario a la publicación de las 'Historias de la infancia de Stalin'. El libro está plagado de una masa de contra-verdades fácticas, de alteraciones, de elogios inmerecidos. Los aficionados a los cuentos, los narradores de bobadas (quizá narradores de bobadas de buena fe), los aduladores, han inducido al autor a error. Es una lástima para el autor, pero así son los hechos.

Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que el libro tiene tendencia a sembrar en la conciencia de los jóvenes soviéticos y de la gente en general, el culto a la personalidad, del jefe, del héroe infalible. Es peligroso y nocivo. La teoría del héroe y de la muchedumbre no es una teoría bolchevique sino eserista. Los héroes hacen al pueblo, transforman la muchedumbre en pueblo, dicen los eseristas. El pueblo hace a los héroes, responden los bolcheviques a los eseristas. El libro lleva agua al molino de los eseristas. Todo libro de este tipo llevará agua al molino de los eseristas, perjudicará nuestra causa bolchevique común.

Aconsejo quemar ese libro

Muchos años después, en 1946, volvía a rechazar esa adulación desmedida en una carta de respuesta al coronel Razin: Los ditirambos en honor de Stalin hieren los oídos: al leerlos, uno se siente muy a disgusto, le dice el propio Stalin con extraordinaria modestia.

Al respecto hay otro detalle interesante que el mariscal Zhukov narra en sus Memorias, y que desmienten a Jruschov, quien reprocha a Stalin apuntarse todos los triunfos de la guerra. Según el mariscal, Stalin le llamó a su despacho a mediados de junio de 1945 y le preguntó si se le había olvidado montar a caballo. «Lo vas a necesitar para pasar revista a las tropas en el desfile de la Victoria», añadió Stalin. Zhukov le responde: «Agradezco el honor, pero ¿no sería preferible que Usted mismo pasara revista a las tropas? Usted es el Comandante en Jefe y en virtud de ese cargo, le incumbe pasar revista a las tropas». Stalin -cuenta Zhukov- le dijo que él estaba demasiado viejo para eso y que él era más joven.

La salud de Stalin había quedado seriamente afectada por la guerra. Zhukov le encontró pálido, físicamente agotado en las últimas semanas de la guerra: Todo su aspecto exterior, sus movimientos y su conversación denotaban una inmensa fatiga física. Durante los cuatro años de guerra J.Stalin había trabajado excesivamente. Había trabajado soportando una fuerte tensión, apenas dormía y había padecido los reveses militares hasta el punto de caer enfermo.

El desfile de la Victoria el 24 de junio fue uno de los actos más grandiosos y emocionantes de la historia revolucionaria mundial. Los prisioneros de guerra alemanes postraron sus estandartes fascistas ante los cientos de miles de soviéticos que tanto habían padecido a lo largo de la contienda. Se rindió un cálido homenaje a los 30 millones de combatientes del Ejército Rojo caídos en combate; se recordaron algunas de sus hazañas. También desfilaron los heridos y toda una legión de soldados, de los más variados rangos militares, que habían combatido bravamente. Nada menos que siete millones de combatientes habían sido condecorados como héroes de guerra. Stalin no estaba allí, en el momento gozoso de los honores; trabajaba en silencio en un pequeño despacho del Kremlin.

Stalin puso al primer país socialista en lo más alto, un país que cuando él nació aún conocía la esclavitud. En 1953, al fallecer, la Unión Soviética ya fabricaba energía atómica y muy poco después, el 4 de octubre de 1957, enviaba un satélite alrededor de la tierra. La jornada de trabajo era de siete horas, y sólo seis en las tareas más fatigosas, como en la minería

No es de extrañar que el imperialismo no se lo perdone y haya lanzado la campaña de mentiras más grande jamás inventada por la propaganda: el movimiento comunista internacional nunca había sido tan fuerte

Notas:

(1) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pgs.406 y 467.

(2) D. Horowitz: Los Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pgs.59 y 93.

(3) D. Horowitz: Los Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.38.

(4) W.W.Rostow: Los Estados Unidos en la palestra mundial, Tecnos, Madrid, 1962, pg.141.

(5) D. Horowitz: Los Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.43.

(6) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pg.406.

(7) H. Ramírez Necochea: Estados Unidos y América Latina, Ed. Palestra, Buenos Aires, 1966, pg.50.

(8) André Fontaine: Historia de la guerra fría, Luis de Caralt, Barcelona, 1970, tomo I, pgs.264 y 267.

(9) D. Horowitz: Los Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.23.

McCarran era senador por el Estado de Nevada. En 1950 propició la concesión de un empréstito en favor del régimen franquista y tres años después fue uno de los que negoció la reanudación de relaciones diplomáticas con nuestro país. La población indígena de los Estados Unidos ya había sido recluida en campos de concentración (camufladas como reservas indias) y también se utilizaron durante la II Guerra Mundial para encerrar a los ciudadanos de origen japonés.

En el de Tule Lake, California, internaron a unos 20.000 de aquellos detenidos. Pero a partir de entonces, con la ley McCarran, se reconstruyeron antiguos campos ya utilizados y se abrieron otros nuevos, destacando Wickenburg y Florence (Arizona), Reno (Oklahoma), Allenwood (PennsyIvania), Avon Park (Florida) y Tule Lake (California). Allenwood, en Pennsylvania, parece destinado fundamentalmente a los detenidos de la costa oriental, Nueva York, Filadelfia y Baltimore. Su capacidad aproximada es de unos 7.000 reclusos, aunque no cabe duda de que, en caso de declararse un estado de emergencia, podrían internar a muchos más. Los situados en Arizona (Wickenburg y Florence) son quizás los más impresionantes, ya que se encuentran en medio de un desierto que impide la fuga, pues carecen de agua, las temperaturas llegan a los 50 grados durante el día y corren fortísimos vientos en invierno.

Actualmente se utilizan para los mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera. El de Tule Lake en California parece estar destinado a los subversivos de la costa oriental. Aparte de estos campos, se sabe que el gobierno dispone de otros: Mill Point (Virginia occidental), Greenville (Carolina del sur), Montgomery (Alabama), Tucson (Arizona), Sefford (Arizona), McNeil Island (Washington), Elmendorf (Alaska), y se sabe de la existencia de varios en regiones desérticas o prácticamente inaccesibles, camuflados como aeródromos, bases militares, para ocultar su auténtica finalidad. El reciente caso de Guantánamo ha destapado un episodio que los imperialistas estadounidenses siempre - Antorcha


 

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