Google

Avizora - Atajo Google


 

Avizora Atajo Publicaciones

Biografías críticas

Biografías

Historia de las cosas
Historia de la moneda y el billete
 

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- Historia del Euro
- Historia del bikini
- ¿Qué es Bretton Woods?
-
Reserva Federal: ¿El mayor poder del mundo?
- El orden mundial según John M Keynes

 

Google

Avizora - Atajo Google

0111 - Beatriz Antón, Yodita Arias, Patricia Díaz e Isabel Feito -


Introducción


Moneda (española), medida común para fijar el precio de los bienes y facilitar el intercambio de los mismos, cuyo desarrollo histórico en los territorios que han terminado por configurar España ha dado origen a una serie de distintas unidades monetarias. Aunque la acuñación de moneda en la península Ibérica se remonta al siglo III a.C., el presente artículo analizará exclusivamente las diferentes unidades monetarias a partir de la edad media. La universal utilización y demanda de monedas de oro y plata se debe a que satisfacían perfectamente las necesidades de un sistema monetario práctico mejor que cualquier otro artículo. Estos metales preciosos, limitados y con altos costes de extracción, siempre tuvieron una elevada equivalencia en mercancías. El alto valor de cambio del oro y la plata significaba que el volumen físico de una cantidad de valor muy elevada sería mínimo, lo que contribuiría a facilitar el transporte y almacenaje, y aumentaría su utilización en el comercio internacional o entre regiones muy distantes. Para su mejor conservación comenzaron a hacerse aleaciones con otros metales; así, la ley de una moneda es la proporción de metal precioso que contiene en relación con su peso total. Junto a las monedas de oro o plata se desarrollaron las de metal vil, como el cobre, cuya aleación con plata recibirá el nombre de vellón. Naturalmente, el vellón era una moneda cuya validez se limitaba, en principio, al territorio en que era acuñado. Entre diversos países se utilizaba exclusivamente la moneda de oro o plata, lo mismo que ocurría, dentro de un mismo reino o territorio, cuando se trataba de cantidades importantes. Las monedas de vellón dominaban en cambio las transacciones menudas, que eran las habituales entre la población. La existencia de dos tipos básicos de moneda: la de metal precioso y el vellón, compuesto fundamentalmente de un metal vil, como era el cobre, hacía que, mientras las monedas de oro o plata, con independencia de su valor de cambio, se aceptaban por su valor intrínseco, las de vellón se cambiaban con las otras en la medida en que la cantidad circulante no fuera excesiva y la ley de las monedas de vellón se mantuviera estable. Si no ocurría así y se acuñaba mucho más vellón o se reducía su cantidad de plata, o su peso, tales monedas se depreciaban en relación con las otras, y aparecía el llamado ‘premio’ o cantidad adicional que el poseedor de moneda de oro o plata exigía por cambiarla por las de vellón.

Desde la baja edad media, con los comienzos del capitalismo, comenzaron a utilizarse medios de pago no monetarios, como las letras de cambio, que en las grandes transacciones mercantiles evitaban el transporte continuo de oro o plata y los riesgos inherentes al mismo. Moneda medieval Durante la alta edad media, y debido a su economía primordialmente autárquica, apenas hubo circulación monetaria. La evolución hacia una economía de carácter comercial permitió el desarrollo de los intercambios, lo que exigió una mayor acuñación de metales preciosos. Durante los siglos VIII y IX, la circulación monetaria fue escasa. Los reyes de Asturias y los de León no hicieron acuñaciones propias y en los condados catalanes se adoptó el sistema monetario Carolingio basado en la plata. A partir del siglo XI, el desarrollo económico que se produjo en los reinos cristianos peninsulares, al igual que ocurrió en toda Europa, permitió un incremento de las actividades comerciales y la utilización de la moneda como medio de pago comenzó a ser frecuente. Además, la sustitución del califato de Córdoba en 1031 por los reinos de taifas facilitó a los reinos cristianos un sistema de explotación financiera basado en las parias, tributos que pagaban los musulmanes en moneda de oro (dinares o metcales) y de plata (dirhemes).


A partir de ese momento, todos los príncipes hispanocristianos comenzaron a acuñar moneda propia. En los reinos de Castilla y León, el sistema monetario utilizado se inspiró en el de al-Andalus. El monarca castellano-leonés Alfonso VI fue probablemente el primer rey que acuñó moneda propia. Este monarca fundó una ceca o casa de la moneda en Toledo y otra en León, donde se acuñaba moneda regis o denarios regis, moneda de vellón acuñada con la plata procedente de las parias musulmanas mezclada con una cierta cantidad de cobre. Sin embargo, lo normal era imitar la moneda musulmana, de forma que durante este reinado circularon también los dirhemes de plata. Aunque la acuñación de moneda era un derecho regio, algunos grandes señores, como el obispo de Santiago de Compostela, Diego Gelmírez, obtuvieron por privilegio del Rey, en 1107, el derecho de acuñación. A partir de la cuarta década del siglo XII, el papel del oro almorávide fue decisivo. El sistema monetario musulmán, basado en el oro, fue el que se adoptó en Castilla y León, donde el dinar almorávide pasó a ser la base del sistema monetario cristiano. Fue Alfonso VIII quien, a partir de 1172, acuñó la primera moneda de oro autóctona castellana, el maravedí de oro, que imitaba los dinares almorávides. También durante el siglo XII continuó la acuñación de dineros de vellón, lo cual facilitó la utilización de la moneda por un mayor número de individuos. Durante el siglo XIII, el maravedí de oro dejó de acuñarse y fue Fernando III el Santo (en cuya persona tuvo lugar la definitiva creación de la Corona de Castilla) quien emitió una nueva moneda de oro, la dobla o castellano, basado en el dinar acuñado por los almohades. A partir de este momento, el maravedí de oro se convirtió en moneda de cuenta o imaginaria, y la dobla fue la pieza básica del sistema castellano. Esta moneda se acuñó abundantemente durante los siglos XIV y XV con una calidad excelente, llegando a equivaler en 1480 a cuatrocientos ochenta maravedís. Por su parte, desde el siglo XIII los intercambios menores se realizaron con moneda de vellón o con monedas acuñadas en plata. Con este último metal, Alfonso IX acuñó pepiones y Fernando III los llamados ‘dineros burgaleses’. Alfonso X el Sabio, en un intento de mejorar su situación financiera, acuñó en plata el ‘maravedí blanco’ y en vellón los llamados ‘dineros prietos’ y ‘dineros alfonsíes’.

Pedro I intentó convertir la plata en patrón del sistema monetario y acuñó el ‘real’. Enrique III emitió la ‘blanca’, moneda de vellón de la que existieron numerosas variantes. En definitiva, durante los siglos XIII y XIV no hubo escasez de metales preciosos, aunque ello no impidió una inestabilidad monetaria, sobre todo entre 1252 y 1286, a consecuencia de la conquista andaluza, lo que provocó fuertes devaluaciones monetarias. Desde 1350 hasta el reinado de los Reyes Católicos, el sistema monetario en la Corona de Castilla se basó en las doblas (oro), reales (plata) y las diversas monedas de vellón. En el ámbito navarro y catalanoaragonés se adoptó el sistema Carolingio, basado en el monometalismo de la plata. La unión de los reinos de Navarra y Aragón en 1076 incrementó la percepción de las parias procedentes de los musulmanes y aumentó la circulación monetaria. Durante los siglos XI y XII, la unidad de cuenta fue el ‘sueldo’, mientras que se usó como moneda efectiva el denario o dinero. El oro se acuñó esporádicamente en el condado de Barcelona con los condes Berenguer Ramón I y Ramón Berenguer I, recibiendo el nombre de ‘mancus’. Una vez creada la Corona de Aragón, la apertura de los comerciantes catalanes hacia el Mediterráneo necesitó de una moneda fuerte. Fue Jaime I el Conquistador quien acuñó en plata el ‘denario grossos’ o ‘gros’, que equivalía a doce denarios y medio. Inspirado en esta moneda, Pedro III acuñó un nuevo dinero cuya marca característica era una cruz y que se conocía como el ‘croat’. El croat se convirtió en el símbolo monetario de un periodo de brillantez económica, pero pronto fue necesario introducir el oro en el sistema monetario catalán y emplear una moneda aceptada en los circuitos comerciales mediterráneos. Por ello, Pedro IV cambió el patrón plata por el oro y acuñó el ‘florín de oro’, que imitaba la moneda de Florencia. Las crisis de la segunda mitad del siglo XIV provocaron numerosas devaluaciones de dicha moneda, por lo que la burguesía catalana volvió a recuperar su confianza en el croat, revaluándose la plata. Durante el siglo XV, lo más característico de estos núcleos orientales de la península Ibérica fue la fuga de moneda de oro y plata al extranjero, junto con una invasión de moneda francesa, fundamentalmente escudos y blancas. Moneda moderna Con los Reyes Católicos, en el arranque de la edad moderna, se inició la homogeneización del sistema monetario peninsular, a partir del modelo aportado por la economía más fuerte: la de la Corona de Castilla. Cada uno de los reinos no castellanos continuó teniendo sus monedas. Pero, en 1497, el patrón básico del sistema se fijó en torno al ‘excelente’ (de oro y llamado ducado desde 1504), el real (plata) y la blanca (vellón). La unidad de cuenta castellana, el maravedí, establecía la relación entre los diferentes tipos de monedas: el ducado valía 375 maravedíes, el real 34 y la blanca 2’5. A partir de tales equivalencias, se acuñaron monedas diversas: de dos, cuatro o más ducados; los reales y sus múltiplos —el mayor de los cuales era el real de a ocho— o fracciones, como los medios reales; y otra serie de monedas de vellón. En 1535, se introdujo una nueva moneda de oro de menos peso y ley que el ducado, con la finalidad de igualar la moneda de oro castellana con la de otros países y evitar su fuga al exterior. Dicha moneda fue el ‘escudo’ o ‘corona’ (350 maravedíes), con lo que el ducado dejó de acuñarse y se convirtió en moneda de cuenta. Los Reyes Católicos fijaron un límite máximo a la cantidad de vellón circulante, con lo que establecieron un sistema estable, que funcionó prácticamente durante todo el siglo XVI. La acuñación de oro o plata era libre. La monarquía fijaba el peso, ley y valor de las monedas, y cualquier particular podía acudir a las diversas cecas existentes en Castilla y acuñar su oro o plata, de la misma forma que podía hacer fundir sus monedas y utilizar dichos metales preciosos para cualquier otro fin. A medida que avanzaba el siglo XVI, la plata, que llegaba en cantidades crecientes de las colonias americanas, principalmente de las minas de Potosí, fue imponiéndose como moneda de metal precioso más utilizada, mientras que el oro redujo su circulación. Centrándonos en Castilla, desde mediados del siglo XVI, la situación monetaria se caracterizó por una inflación importante, lo que incentivó la exportación de metales preciosos. La monarquía realizó múltiples esfuerzos para impedir la salida de metales preciosos del reino. No obstante, dichos intentos fueron inútiles, y la plata americana se dispersó rápidamente por toda Europa. Entre las causas de este proceso destacaban las siguientes: la abundancia de metal en Castilla incidía en que el valor de la plata, expresado en bienes, fuese muy inferior al resto de Europa, por lo que aquí los precios eran muy superiores, lo que favorecía las importaciones y dificultaba las exportaciones de productos, y así el metal salía para hacer frente a los pagos del déficit. Al mismo tiempo, la propia infravaloración del metal en España respecto de cómo corría en las plazas extranjeras, favorecía directamente su salida hacia otros países (pues las cecas aplicaban tarifas muy bajas y el contenido de metal fino en las monedas castellanas era superior al de las extranjeras). A todo ello se añadían las licencias de exportación que la monarquía concedió a los prestamistas extranjeros, de quienes dependía financieramente, y la enorme salida de remesas monetarias para financiar la política internacional y los continuos enfrentamientos bélicos. En ese contexto, las bancarrotas oficiales fueron frecuentes. En el siglo XVII, se agravó la situación. Al conocido como ‘siglo de la plata’ siguió una reducción de su cantidad y la consiguiente carestía de la misma, además de utilizarse, sobre todo, para saldar el déficit crónico de la balanza de pagos. Las necesidades dinerarias llevaron a la Monarquía Hispánica a abusar de las acuñaciones de vellón, con las que obtenía un beneficio inmediato, gracias a la reducción de su peso y a la eliminación de la plata que existía en el vellón anterior. Fue ‘la era del cobre’. Lógicamente, el ‘premio’ de la plata aumentó, pero este metal precioso seguía huyendo, puesto que la paridad oro-plata castellana continuaba siendo más alta que la francesa o inglesa. Esta situación de penuria y desorden monetario, que duró hasta la década de 1680, nacía de la crisis crónica de la Hacienda bajo el gobierno de la Casa de Austria. Durante el siglo XVIII, no hubo novedades importantes en el sistema, aunque aparecieron nuevas monedas y correlaciones entre ellas. La nueva dinastía, la Casa de Borbón, trató de estabilizar el sistema monetario español, pero la tendencia inflacionista de la segunda mitad del siglo provocó las devaluaciones acometidas por Carlos III y por Carlos IV, así como la rebaja del contenido de metal fino y de la ley de las nuevas monedas. Sin embargo, tuvo una mayor trascendencia la abundante emisión de papel moneda, en forma de títulos de deuda pública (los vales reales) y la creación del Banco de San Carlos en 1782. Moneda contemporánea En el siglo XIX, apareció por primera vez un sistema monetario español. El comienzo del siglo se caracterizó por el mantenimiento de las unidades monetarias anteriores, a las que se unió la circulación de monedas inglesas o francesas. En 1848, se implantó el sistema decimal; las unidades serían el doblón o centén isabelino de oro (igual a 100 reales o 10 escudos de plata); el medio duro de plata (10 reales o un escudo), el duro (20 reales), la peseta (4 reales), la media peseta y el real, así como una serie de monedas menores de cobre. Por decreto de 1854, se extinguió la unidad de cuenta tradicional: el maravedí, y se estableció como unidad efectiva el real, dividido en 100 partes o céntimos. Finalmente, el sistema monetario español, bajo el influjo de la Convención Monetaria Latina (1865), consumó este proceso de simplificación al inicio del Sexenio Democrático, en 1868, con el Decreto Figuerola (así conocido por haber sido obra del ministro de Hacienda Laureano Figuerola, durante la presidencia de gobierno del regente del reino Francisco Serrano, duque de la Torre), que fijó como unidad la peseta de plata de 100 céntimos, sobre la que habría varias monedas múltiplos, en oro y plata, y otra serie de ellas fraccionarias, las menores de las cuales eran de bronce, de 10, 5, 2 y 1 céntimo. En 1874, se concedió el monopolio de emisión al Banco de España. A partir de ese año, se consolidó el sistema monetario que habría de servir de base al utilizado en España durante el siglo XX, el cual se vio afectado por las fluctuaciones del sistema monetario internacional. En dicho siglo, fueron desapareciendo las monedas hechas con metal precioso para utilizarse metales de escaso valor, como el níquel, el cobre o el aluminio. Dicha evolución, unida al desarrollo del papel moneda para los valores más altos, se basa en la existencia a escala internacional de un patrón oro, cuyos depósitos en el banco emisor de cada país respaldan la moneda circulante. No obstante, dentro del proceso de integración europea iniciado en la segunda mitad del siglo XX, y según el proyecto de Unión Económica y Monetaria, la sustitución de la peseta por la moneda única de la Unión Europea (denominada euro) culminará definitivamente a partir del 1 de julio del año 2002.

Unidades monetarias, término utilizado en Economía para referirse a todos los medios legales de pago en circulación existentes en un país. En este sentido, el término se refiere tanto a las monedas como al dinero en billetes. A veces también se incluyen los instrumentos de crédito. Normalmente, las monedas son la unidad monetaria metálica, y los billetes e instrumentos de crédito se denominan papel moneda. Dentro de este último tipo podemos distinguir entre la deuda del Estado, los billetes bancarios y los cheques contra depósitos bancarios. La utilización del término unidad monetaria es reciente, pues surgió a partir de la I Guerra Mundial. En el pasado se utilizaba el término en sentido estricto. En aquellos países en los que el gobierno no emitía dinero, el término papel moneda se aplicaba únicamente a los billetes de banco. Por el contrario, en otros países, el término unidad monetaria se aplica en exclusiva para designar el dinero emitido por el gobierno. La ampliación de su primera acepción a la segunda se debió, en parte, al enorme crecimiento de los instrumentos de crédito que siguió a la I Guerra Mundial. La cantidad de dinero que necesitan los negocios de un país está determinada, principalmente, por la cantidad de bienes y servicios en circulación. Normalmente, cuanto mayor es el volumen de bienes y servicios, mayor cantidad de unidades monetarias se requieren. Durante los periodos de expansión de la producción, la cantidad de unidades monetarias en circulación tiende a aumentar, mientras que durante las recesiones disminuye. Para facilitar el comercio internacional se utilizan determinadas unidades monetarias. Por ejemplo, todo el comercio de petróleo se realiza en dólares estadounidenses; cada vez más, dentro de la Unión Europea (UE) se contabilizan utilizando el ECU (siglas del nombre ingles European Currency Unit, Unidad de Cuenta Europea) que es la suma ponderada de los montantes monetarios de los miembros de la UE. Si la Unión Monetaria Europea se alcanza, las unidades monetarias de cada país miembro desaparecerán para ser reemplazadas por una única unidad monetaria común. Tras la cumbre de Madrid de diciembre de 1995 se acordó que la moneda única europea se denominará euro cuando se finalice con carácter definitivo la unión económica y monetaria. Dinero, cualquier medio de cambio generalmente aceptado para el pago de bienes y servicios y la amortización de deudas. El dinero también sirve como medida del valor para tasar el precio económico relativo de los distintos bienes y servicios.

El número de unidades monetarias requeridas para comprar un bien se denomina precio del bien. Sin embargo, la unidad monetaria utilizada como medida del valor no tiene por qué ser utilizada como medio de cambio. Durante el periodo en que América del Norte era una colonia, por ejemplo, la moneda española era un importante medio de cambio mientras que la libra esterlina británica era el patrón de medida del valor. Dinero y economía Las funciones del dinero como medio de cambio y medida del valor facilitan el intercambio de bienes y servicios y la especialización de la producción. Sin la utilización del dinero el comercio se reduciría al trueque o intercambio directo de un bien por otro; éste era el método utilizado por la gente primitiva y, de hecho, el trueque se sigue empleando en algunos lugares. En una economía de trueque, una persona que tiene algo con lo que comerciar ha de encontrar a otra persona que quiera eso mismo y que tenga algo aceptable para ofrecerle a cambio. En una economía monetaria, el propietario de un bien puede venderlo a cambio de dinero, que se acepta como pago, y así evita gastar el tiempo y el esfuerzo que requeriría encontrar a alguien que le ofreciese un intercambio aceptable. Por lo tanto, el dinero se considera como la pieza clave de la vida económica moderna. Clases de dinero Las clases más importantes de dinero son el dinero material, el dinero crediticio y el dinero fiduciario. El valor de un bien considerado como dinero material es el valor del material que contiene. Los principales materiales utilizados en esta clase de dinero han sido el oro, la plata y el cobre.

En la antigüedad varios artículos hechos con estos metales, así como con hierro y bronce, eran utilizados como dinero, mientras que entre los pueblos primitivos se utilizaban como medio de cambio bienes tales como las conchas, las perlas, los colmillos de los elefantes, las pieles, los esclavos y el ganado. El dinero crediticio consiste en un papel avalado por el emisor, ya sea un gobierno o un banco, para pagar el valor equivalente en metal. El papel moneda no convertible en ningún otro tipo de dinero y cuyo valor está fijado meramente por decreto gubernamental es lo que se conoce como dinero fiduciario. La mayoría de las monedas en circulación son también un tipo de dinero fiduciario, porque el valor del material con el que están hechas suele ser inferior a su valor como dinero. Tanto el crediticio como el fiduciario son formas de dinero que generalmente se han aceptado tras un decreto gubernamental según el cual todos los prestamistas tienen que aceptar el dinero como pago de lo que se les debe; el dinero se denomina entonces medio de curso legal. Si la oferta de papel moneda no es excesiva en relación con las necesidades del comercio y tanto la industria como la gente confían en la estabilidad de la situación, es probable que la moneda se acepte generalizadamente y mantenga relativamente estable su valor. Sin embargo, si esa moneda se emite en exceso para financiar las necesidades del gobierno, se destruirá la confianza en la moneda y ésta perderá rápidamente su valor.

Esta depreciación de la moneda suele venir seguida de una devaluación formal o reducción del valor oficial de la moneda mediante un decreto gubernamental. Patrones monetarios El dinero básico de un país, al cual pueden convertirse otras formas de dinero y que determina el valor de otros bienes, se denomina patrón monetario. El patrón monetario de una nación hace referencia al tipo de dinero que se utiliza en el sistema monetario. Los patrones modernos han sido o un bien, principalmente oro o plata, o patrones fiduciarios, consistentes en papel moneda no convertible. Las principales clases de patrones oro han sido la moneda de oro, los lingotes de oro con una determinada cantidad de oro y el patrón de cambio oro bajo el cual una moneda puede convertirse en la moneda de otro país en base al patrón oro. Los lingotes de oro fueron utilizados en Gran Bretaña desde 1925 hasta 1931, aunque una serie de países latinoamericanos han utilizado el patrón dólar. El patrón plata ha sido utilizado en nuestro tiempo principalmente en Oriente. También existe el patrón bimetálico; el sistema de bimetal se ha utilizado en varios países en los que las monedas podían ser tanto de oro como de plata. Estos sistemas raramente funcionaban, fundamentalmente debido a la ley de Gresham, que demuestra que la moneda barata tiende a desplazar y expulsar de la circulación a la moneda cara. En la actualidad la mayor parte de los sistemas monetarios del mundo son fiduciarios, en los cuales no se permite la libre convertibilidad de la moneda en metales y el dinero tiene valor gracias a un decreto gubernamental y no por su contenido en oro o plata. Los sistemas modernos también se describen como sistemas de dinero gerencial, porque el valor de las unidades monetarias depende, en gran medida, de la gestión gubernamental y de las políticas económicas. Existe un problema recurrente en torno a la cuestión de si el valor de la moneda no convertible puede mantenerse a un nivel suficientemente estable durante largos periodos de tiempo. Importancia económica El crédito, o la utilización de una promesa de pago futuro, es un complemento valiosísimo del dinero en la actualidad. La mayor parte de las transacciones económicas se hacen mediante instrumentos crediticios más que con monedas. Los depósitos bancarios se introducen generalmente en la estructura monetaria de un país; el término 'oferta monetaria' refleja el dinero en circulación más los depósitos bancarios. El valor real del dinero queda determinado por su poder adquisitivo, que a su vez depende del nivel general de precios. Según la teoría cuantitativa del dinero, los precios se determinan, en gran parte o en su totalidad, por el volumen de dinero en circulación. Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que a la hora de determinar el nivel general de precios es igualmente importante la velocidad de circulación del dinero y el volumen de producción de bienes y servicios. El volumen y la velocidad de circulación de los depósitos bancarios también son relevantes. Historia del dinero Ya en el año 1100a.C. circulaban en China miniaturas de cuchillos de bronce, hachas y otras herramientas utilizadas para reemplazar a las herramientas verdaderas que servían de medio de cambio. Las monedas hechas con una aleación de oro y plata aparecieron por primera vez en el siglo VI a.C. en el distrito de Lidia, en Asia Menor, que era en aquella época un importante país industrial y comercial. Este dinero era genuinamente dinero material, cuyo valor venía determinado por su contenido en metales preciosos. Las monedas proliferaron rápidamente en todos los países desarrollados del mundo. Tanto los monarcas como los aristócratas, las ciudades y las instituciones empezaron a acuñar dinero con su sello identificativo para certificar la autenticidad del valor metálico de la moneda. Algunas de las primeras monedas tenían una composición muy estable, como es el caso del dracma emitido en Atenas en el siglo VI a.C. y cuya composición era bastante estable, con un contenido en torno a los 65-67 granos de plata fina, o como la redonda qian moneda china de cobre aparecida en el siglo IV y que se mantuvo como moneda oficial durante dos mil años. Sin embargo, las monedas siempre se limaban o recortaban para sacar el metal precioso que contenían, por lo que las autoridades que las emitían estaban tentadas a rebajar la acuñación asegurándose beneficios a corto plazo al reducir el contenido de metales preciosos. Las monedas de baja calidad de bronce o cobre eran, de hecho, dinero fiduciario, cuyo valor dependía principalmente del número de monedas de oro o cobre por las que se podían intercambiar.

Las monedas de oro y plata solían circular fuera del país que las emitía dado su valor intrínseco; así, el peso de plata español, cuyo material provenía de las minas del Perú y de México, se convirtió en una moneda de uso corriente en China a partir del siglo XVI. Una vez creadas, las monedas originaron un sistema monetario cuyas características han permanecido, en esencia, constantes durante milenios; uno de los cambios que ha perdurado fue la introducción, en las monedas europeas del siglo XVII, de las ranuras en los bordes con el fin de evitar que se limasen. El papel moneda fue introducido por primera vez en China, en torno al siglo IX, como dinero en efectivo intercambiable por certificados emitidos para el gobierno de la dinastía Tang por los bancos privados. Respaldado por la potente autoridad del Estado chino, este dinero conservaba su valor en todo el imperio, evitando así la necesidad de transportar la pesada plata. Convertido en monopolio del Estado bajo la dinastía Song, el papel moneda ha pervivido durante toda la historia china a pesar de las perturbaciones causadas por los cambios políticos y de que la emisión del papel moneda no estaba respaldada ni por plata ni por otras reservas. El problema de la depreciación hizo que, a partir de entonces, se mantuviera la plata como patrón de cambio chino para las transacciones importantes.

El papel moneda apareció por primera vez en Occidente en el siglo XVI, cuando se empezaron a emitir pagarés por parte de los bancos para respaldar los depósitos monetarios de sus clientes. Estos medios de cambio proliferaron y las autoridades coloniales francesas de Canadá utilizaban cartas de juego firmadas por el gobernador como promesa de pago desde 1685, ya que el envío de dinero desde Francia era muy lento. El papel moneda se fue haciendo popular a lo largo del siglo XVIII, pero seguía siendo dinero crediticio que se emitía para respaldar los depósitos de oro o plata. El dinero fiduciario, cuando surgió, era normalmente una medida de urgencia para tiempos de guerra, como los papiros (greenback) americanos. Los bancos privados fueron sustituidos paulatinamente por bancos centrales como autoridades emisoras de papel moneda. A finales del siglo XIX la caída del valor del oro acarreó la creación de un patrón oro internacional en el que todas las monedas podían intercambiarse por oro, y el valor del dinero (más que los precios) estaba fijado por la paridad de la moneda con el oro. Casi todos los gobiernos suspendieron la convertibilidad de sus monedas durante la I Guerra Mundial, perdiéndose todo el interés por volver a introducir el patrón oro internacional tras la Gran Depresión. Gran Bretaña abandonó el patrón oro en 1931, y la transformación de las monedas mundiales a dinero fiduciario con valores fijados totalmente por la demanda del mercado culminó con el abandono de la vinculación del dólar estadounidense en 1971. Dinero real y fiduciario El dinero real se corresponde con la cantidad de metal precioso que incorpora a la moneda. El dinero fiduciario tiene un valor muy superior a su valor metálico o intrínseco; en este sentido es análogo al papel moneda. Las monedas suelen ser aleaciones de metales preciosos y metales básicos. Durante el siglo XIX casi todos los países acuñaban tanto dinero real como dinero fiduciario pero con el abandono generalizado del patrón oro entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial las monedas con valor real han desaparecido de la circulación en casi todo el mundo. Acuñación e impresión La moderna acuñación implica varios procesos diferenciados. Primero se funde el metal que se va a utilizar para hacer lingotes, que después se convierten en láminas de un determinado espesor y calidad. Estas láminas pasan a través de unas máquinas que con golpes y cortes sacan pequeños discos circulares de metal, denominados plaquetas. Se verifica que las plaquetas tengan el peso adecuado, y si son demasiado pesadas se les rebajan los bordes, si son demasiado ligeras se vuelven a fundir en lingotes. Los bordes de las plaquetas válidas se ruedan de forma que sobresalgan por encima de la superficie y protejan las monedas del desgaste. Después se limpian las plaquetas y, en la última etapa del proceso, se imprime mediante un troquel el dibujo que irá en la moneda terminada. Muchas monedas tienen también los bordes rayados para evitar que se limen o rellenen, en el caso de las monedas oficiales, y para facilitar su uso.

A la hora de diseñar las formas y tamaños de las moneda se suele considerar cómo facilitar su identificación a las personas con deficiencias de visión. Los billetes bancarios, que a menudo suelen ser imprimidos por empresas privadas por subcontratas, están fabricados con un papel especial de alta calidad, con marcas de agua, tiras metálicas y otros mecanismos que evitan la falsificación. Se utilizan también técnicas de impresión muy sofisticadas para evitar la falsificación y los diseños de los billetes bancarios suelen incluir elementos que intentan ser especialmente difíciles de copiar y las dos caras se imprimen por separado para después añadir los números de serie y tachar con estrellas la numeración de aquellos billetes dañados durante el proceso de producción. Medios de curso legal, oferta, normalmente de dinero, para satisfacer una deuda o cualquier otro pasivo de acuerdo con los requerimientos que establece la ley. Normalmente, las unidades monetarias (es decir, billetes y monedas) emitidas por el gobierno son el medio de pago oficial de cada país. Se pueden aceptar muchos otros medios de pago, como el abono con cheques o con tarjetas de crédito, pero ningún individuo está obligado a aceptar el pago por medio de estos sistemas. Tarjeta de crédito, tarjeta que da derecho a comprar bienes y servicios a crédito en determinados establecimientos. Las tarjetas de crédito aparecieron por primera vez en Estados Unidos en la década de 1930; su uso se generalizó en la década de 1950. Las tarjetas de crédito las emiten empresas como compañías petrolíferas, minoristas, cadenas comerciales, restaurantes, hoteles, líneas aéreas, agencias de alquiler de coches y los bancos. Algunas tarjetas de crédito sólo sirven para una determinada empresa, pero otras tienen un uso genérico, y se pueden utilizar para una gran variedad de actividades comerciales. Ejemplos de estas últimas son las tarjetas de crédito que emiten los bancos en Europa, y que están muy difundidas. Los grandes establecimientos suelen aceptar siempre este tipo de tarjetas, y se prevé que en el futuro ya no será necesario utilizar dinero en efectivo.

Cuando se paga con una tarjeta de crédito, el vendedor toma nota del nombre del comprador y de su número de cuenta, así como de la cantidad gastada, y a continuación procede a comunicárselo a la oficina encargada de los pagos. Cada cierto tiempo, normalmente cada mes, esta oficina envía al tenedor de la tarjeta un comprobante de todos los gastos, exigiéndole el pago en efectivo o a plazos, mientras que paga directamente al vendedor. Casi todo el trabajo relacionado con las operaciones realizadas mediante tarjetas de crédito está informatizado. A veces, el propietario de una tarjeta paga directamente el gasto efectuado, pero otras veces es el propio establecimiento que las acepta el que soporta la carga financiera del crédito. En este caso, el coste se incluirá en el precio de venta del bien adquirido por el propietario de la tarjeta de crédito. Los emisores de tarjetas de crédito suelen cobrar intereses a los propietarios si estos no pagan las facturas al cabo de un mes. Un problema frecuente relacionado con las tarjetas de crédito reside en la facilidad con la que se pueden utilizar en caso de pérdida o robo, aunque la responsabilidad del propietario suele ser limitada. Otro problema potencial es la aparición de tarjetas inteligentes que incorporan un microchip, o cualquier otro dispositivo de memoria digital, que permite obtener mucha información sobre el propietario (incluso su situación financiera). Estos problemas tienen consecuencias importantes sobre los derechos fundamentales y libertades públicas, así como el derecho del consumo, que ya han sido planteadas, pero que habrá que resolver en el futuro.

Historia de la moneda

Antes del 2.500 antes de Cristo existía en las ciudades del valle del Tigris y del Eufrates, en las del Indo y en las del Nilo un tipo de moneda muy especial. Las gentes traían la parte sobrante de sus productos a los templos de las ciudades amuralladas. Allá los sacerdotes-contables abrían una cuenta corriente con fichas de barro a cada persona, ingresando sus productos en el almacén del templo y estableciendo una cantidad de dinero abstracto en función de las mercancías ingresadas. Posteriormente, si estas mismas personas querían otro tipo de productos del templo, se hacía la transacción inversa. Para cada intercambio, se establecía un documento, hecho de barro cocido, con el nombre del comprador, el del vendedor, la mercancía intercambiada y la cantidad de unidades monetarias utilizada. Es lo que llamamos «factura-cheque». Para intercambios importantes y entre ciudades diferentes, se establecía un sistema de transporte garantizado, basado en las «bullae». En el carro del transportista había una bola de barro cocido en el interior de la cual había unas fichas que representaban los diferentes productos transportados. También había grabadas las fichas en la superficie de la bola. Al llegar a destino, se abría la bola y se comprobaba que su contenido coincidía con el del carro. En aquella época se producía una pacificación creciente entre las diferentes ciudades, en parte debido a la inexpugnabilidad de las murallas, en parte debido a la prosperidad que suponía este sistema de intercambio citado. La moneda era un instrumento abstracto que sólo tenía valor en función de una mercancía realmente existente. Cada intercambio comercial dejaba su rastro jurídico correspondiente, bajo la forma de tablas de barro. Todo ello se vino abajo con la aparición de la moneda anónima de oro, plata, cobre y bronce. Este otro tipo de moneda, anónimo, concreto e independiente de las mercancías, permite con mucha más facilidad la corrupción y el soborno. Con la aparición de la moneda anónima, en el 2.500 a. C., vino el advenimiento de la banca privada, auténtico «poder en la sombra». Y los funcionarios de los templos cambiaron su vocación y se dedicaron a inventarse las religiones. A partir de este momento volvieron los imperialismos. Las inexpugnables murallas caían, no bajo los mazazos de unas entonces inexistentes catapultas y ballestas, sino bajo el soborno de los sitiadores a algunos de los guardianes. Posteriormente los traidores sobornados podían ser discretamente ejecutados y los ocupantes inventarían mitos como los del «Caballo de Troya» y las «Trompetas de Jericó».

*El dinero anónimo seguiría su evolución, hasta convertirse en los modernos billetes de banco y talones anónimos al portador. Las distintas instituciones políticas creadas para que los ciudadanos se hagan la ilusión de ser protegidos por ellas sufren el acoso de los «poderes fácticos» que sobornan y corrompen políticos, técnicos y jueces. Y ahora viene el momento de las propuestas económicas del Centro de Estudios Joan Bardina. Por nuestra parte, se trataría de volver a un sistema de intercambio no-anónimo y responsabilizador, como el de los antiguos templos, pero con el sistema tecnológico actual, utilizando de nuevo la «factura-cheque». Para ello es necesario el establecimiento de una red telemática pública, de uso obligatorio para todos y gratuita. Y también una serie de garantías para evitar la concentración de poder que podría suponer el dominio de esta red. Entre estas garantías proponemos una auténtica separación del ejecutivo, el legislativo y la justicia. La justicia, independiente del ejecutivo y del legislativo, debería tener un tanto por ciento fijo de los presupuestos generales del Estado asignados por mandato constitucional, y no contar con órganos como el «Consejo General del Poder Judicial», que existe en el Estado español y que pretende controlar la justicia desde los partidos políticos dominantes a través del ejecutivo y del legislativo. Creemos que el control telemático de la población ya está siendo ejercido por la banca privada a través de sus redes. Nuestra propuesta, más que crear una red telemática nueva, tiende a poner orden a las ya existentes, haciendo que la información privada de cada persona esté a disposición de esta misma persona, y del juez solamente en caso de abrirse un proceso. La información estadística del conjunto del mercado debe quedar a disposición de todos sus miembros. Un aspecto importante a tener en cuenta es que, con esta reforma, la comunidad ha de garantizar una renta mínima para todas las personas que no tienen un sistema de subsistencia, ya sea trabajo o pensión por cualquier motivo. Es lógico que, con este sistema, desaparezcan las indignas vías de subsistencia provenientes del mercado negro. Para equilibrar el presupuesto, formulamos una hipótesis que, de verificarse, podría proporcionar esta renta básica o salario social sin tener que recurrir a gravosos sistemas de impuestos. Esta hipótesis está basada en la riqueza comunitaria que puede crearse dentro del mercado, riqueza comunitaria basada en los excedentes de producción y del dinero que se puede inventar para adquirirlos. Este dinero se repartiría entre los más desfavorecidos.
 

Se encuentra representada la historia de la moneda desde las primeras acuñaciones en electrón (S. VII a.C., las series griega y romana con importantes ejemplares como las monedas acuñadas en Siracusa, Atenas, Engina, etc... y las primeras emisiones de la República romana: aes rude, sistema libral y semilibral. Destaca especialmente la colección de moneda hispánica, cuyos ejemplares proceden, en su mayoría de la antigua colección Gómez Moreno. La colección de moneda medieval ofrece una significativa muestra de las acuñaciones de oro de los reyes suevos y visigodos y una amplia representación de las emisiones islámicas en la Península, así como de los reyes cristianos durante la reconquista. Las series de moneda moderna y contemporánea abarcan desde los Reyes Católicos hasta las actuales emisiones del euro. Destacan por su belleza y significación histórica los excelentes y ducados de los Reyes Católicos, los reales de a ocho, moneda universalmente aceptada hasta el siglo XIX, las onzas de oro y las emisiones del Gobierno Provisional, que estableció la peseta como unidad del sistema monetario español.

Desde ejemplares representativos del billete en sus orígenes, como un billete chino del siglo XIV fabricado en morera, hasta los sofisticados billetes actuales, que incorporan las más modernas tecnologias en materia de seguridad, la colección del Museo cuenta con una amplia muestra de papel moneda, que permite conocer su evolución histótica: billetes españoles de los siglos XIX y XX; billetes emitidos por el Congreso Continental de los Estados Unidos en el siglo XVIII con el respaldo del peso o duro español, tal como se hace mención expresa en los mismos; billetes de banco privados de Norte y Sudamérica; billetes coloniales; billetes de emergencia alemanes del período de Entreguerras; billetes de la revolución Rusa;etc...

  


Tipos de pago

Tarjeta de crédito, tarjeta que da derecho a comprar bienes y servicios a crédito en determinados establecimientos. Las tarjetas de crédito aparecieron por primera vez en Estados Unidos en la década de 1930; su uso se generalizó en la década de 1950. Las tarjetas de crédito las emiten empresas como compañías petrolíferas, minoristas, cadenas comerciales, restaurantes, hoteles, líneas aéreas, agencias de alquiler de coches y los bancos. Algunas tarjetas de crédito sólo sirven para una determinada empresa, pero otras tienen un uso genérico, y se pueden utilizar para una gran variedad de actividades comerciales. Ejemplos de estas últimas son las tarjetas de crédito que emiten los bancos en Europa, y que están muy difundidas. Los grandes establecimientos suelen aceptar siempre este tipo de tarjetas, y se prevé que en el futuro ya no será necesario utilizar dinero en efectivo. Cuando se paga con una tarjeta de crédito, el vendedor toma nota del nombre del comprador y de su número de cuenta, así como de la cantidad gastada, y a continuación procede a comunicárselo a la oficina encargada de los pagos. Cada cierto tiempo, normalmente cada mes, esta oficina envía al tenedor de la tarjeta un comprobante de todos los gastos, exigiéndole el pago en efectivo o a plazos, mientras que paga directamente al vendedor. Casi todo el trabajo relacionado con las operaciones realizadas mediante tarjetas de crédito está informatizado. A veces, el propietario de una tarjeta paga directamente el gasto efectuado, pero otras veces es el propio establecimiento que las acepta el que soporta la carga financiera del crédito. En este caso, el coste se incluirá en el precio de venta del bien adquirido por el propietario de la tarjeta de crédito. Los emisores de tarjetas de crédito suelen cobrar intereses a los propietarios si estos no pagan las facturas al cabo de un mes. Un problema frecuente relacionado con las tarjetas de crédito reside en la facilidad con la que se pueden utilizar en caso de pérdida o robo, aunque la responsabilidad del propietario suele ser limitada. Otro problema potencial es la aparición de tarjetas inteligentes que incorporan un microchip, o cualquier otro dispositivo de memoria digital, que permite obtener mucha información sobre el propietario (incluso su situación financiera). Estos problemas tienen consecuencias importantes sobre los derechos fundamentales y libertades públicas, así como el derecho del consumo, que ya han sido planteadas, pero que habrá que resolver en el futuro.

1. Sistema monetario

1. Primer nivel: las mercaderías concretas.

Todos los seres vivos, el hombre entre ellos, necesitan consumir una serie de bienes para proseguir su existencia, a estos bienes los llamamos bienes utilitarios, ya que son útiles para satisfacer las necesidades consumidoras de los seres vivientes. De la misma manera, entendemos por utilitarismo el sistema de producción y distribución de bienes utilitarios existente en una comunidad (vegetal, animal o humana) determinada. En la especie humana, se ha ido desarrollando, a lo largo de milenios de evolución, una modalidad de utilitarismo que hoy es dominante en todas las sociedades modernas: se trata del utilitarismo mercante-monetario, abreviadamente utilitarismo mercantil. Este régimen utilitario se caracteriza básicamente por el hecho de que los bienes producidos no son consumidos por sus propios productores, sino que son intercambiados en un mercado mediante unas convenciones reguladoras que constituyen un sistema monetario. Los bienes utilitarios intercambiados en un mercado se denominan generalmente mercaderías y son de dos tipos: mercaderías producidas y mercaderías productoras que son las fuerzas que permiten la producción de las primeras. Hay que subrayar, pues, que no tiene ningún sentido hablar de sistema monetario si no es en un contexto de intercambio de mercaderías concretas realmente existentes.
 

2. Segundo nivel: las unidades monetarias abstractas.

En un principio, el mercado -es decir, el intercambio de mercaderías- se desarrollaba sin necesidad de un sistema monetario. Cada intercambio elemental de una mercadería concreta «A» por una mercadería concreta «B» -llamado trueque- se realizaba sin mediación de convenciones monetarias previas. El único factor a tener en cuenta eran las necesidades particulares de los dos agentes del cambio: si estas necesidades quedaban satisfechas mediante un determinado trueque, éste se llevaba a cabo. Pero la percepción de esta satisfacción era de orden cualitativo, ya que no se hacía referencia alguna a un patrón cuantitativo de valor que permitiese el calcular la equivalencia exacta entre los valores de dos mercaderías cualesquiera. Pero cuando el utilitarismo mercante de una sociedad crece, se amplifica y se va haciendo mas complejo, se hace patente la necesidad de un sistema de medida del valor cuantitativo de cambio de las mercaderías, que permita realizar intercambios cuantitativamente equivalentes. Así nace la unidad monetaria. De la misma manera que para medir distancias concretas utilizamos el metro, que es una unidad de longitud convencional y abstracta, para medir el valor de cambio de las mercaderías concretas, utilizamos unidades monetarias, que no son sino convenciones sociales totalmente abstractas y universales5. Son abstractas porque son puras convenciones formales vacías de contenido concreto; son universales porque constituyen un común denominador contable-abstracto de todas las mercaderías, concretas y heterogéneas existentes en el mercado conjunto considerado: es decir, las vierten en un único sistema de intercomparación, intermedida y internumeración. Cada mercadería concreta contiene pues, por convención, un cierto nombre de unidades monetarias abstractas: gracias a esta homogeneización monetaria de las mercaderías concretas, naturalmente heterogéneas, podemos calcular fácilmente equivalencias, numéricamente exactas, entre diferentes mercaderías concretas. Fijémonos, no obstante, que la introducción de una unidad monetaria en un mercado, no hace desaparecer el trueque, es decir el intercambio concreto de dos mercaderías concretas: únicamente o facilita y perfecciona numéricamente.
 

3. Tercer nivel: los valores mercantiles mixtos.

La consecuencia inmediata de la introducción de una unidad monetaria es la fijación de valores mercantiles. Esto quiere decir, sencillamente, que a cada mercadería concreta se le asigna un valor mercantil, que es un número determinado de unidades monetarias que contiene. La asignación, a cada mercadería concreta producida, de un valor mercantil determinado en unidades monetarias, da un precio de venta. La asignación, a cada mercadería concreta productora, de un valor mercantil determinado en unidades monetarias, da un salario. Precios y salarios son realidades mixtas, concretas-abstractas, ya que resultan de la comparación entre mercaderías concretas (primer nivel) y unidades monetarias abstractas (segundo nivel).
 

4. Cuarto nivel: los instrumentos monetarios.
Algunas sociedades prehistóricas que tenían un mercado muy dinámico, llegaron, en un momento determinado, a una situación en que los valores mercantiles (precios y salarios), hasta entonces determinados casi exclusivamente por tradición, luego muy estables -como sucede en las sociedades mercantilmente poco dinámicas-, eran establecidos por libre convención entre las dos partes contratantes de cada libre intercambio elemental. Así, precios y salarios fluctuaban y cambiaban, libre y continuamente, no solamente en función del deseo que cada parte tiene de poseer la mercadería que la otra ofrece, sino también en función de las circunstancias ambientales (guerra o paz,; escasez o abundancia; dificultades o facilidades de transporte, de almacenaje...). En aquél momento, la realidad mercantil llegó a ser tan rica y compleja que se hizo necesaria la invención de nuevas modalidades de intercambio, que permitiesen transacciones mas rápidas y cómodas: surgieron así, en las sociedades mas avanzadas, los instrumentos monetarios. Los instrumentos monetarios no se han de confundir ni con las unidades monetarias ni con los valores mercantiles, pero suponen la existencia, tanto de los primeros como de los segundos. En una sociedad donde hay definidas unas unidades monetarias y los precios y salarios se establecen libremente, un instrumento monetario consistirá, sencillamente, en la elaboración de un documento contable, compensable internamente a través de un sistema de contabilidad. Expliquémoslo: el instrumento monetario (que también podríamos llamar documento monetario o signo monetario...) es un documento que registra una libre transacción mercantil, un libre intercambio elemental. Pero su interés radica en el hecho de que permite la desaparición del trueque (el intercambio directo de una mercadería concreta «A» por una mercadería concreta «B») y posibilita el efectuar intercambios diferidos, tanto en el tiempo como en el espacio. El funcionamiento del intercambio diferido a través de documento monetario es el siguiente: imaginemos que la persona «X» quiere obtener de la persona «Y» una mercadería concreta «A» por valor de a unidades monetarias, pero que no dispone de ninguna mercadería «B» que pueda ofrecer a cambio (en una cantidad tal que alcance el mismo valor monetario de a unidades monetarias). Pues bien, entonces «Y» puede suministrar a «X» la mercadería «A», sin obtener a cambio ninguna otra mercadería concreta, pero recibiendo un documento en el cual «X» reconoce una deuda para con «Y» por valor de a unidades monetarias. Si tanto «X» como «Y» tienen cuentas corrientes personales en un establecimiento adecuado, entonces la deuda registrada en el instrumento monetario puede ser inmediatamente compensada por pase de anotaciones entre las dos cuentas corrientes. Así pues, un instrumento monetario es, simplemente, un reconocimiento de deuda, documentado y compensable internamente a través de un sistema de cuentas corrientes personales. Este invento tan sencillo, revolucionó el mercado, porque el intercambio diferido es mucho mas ágil y permite mucha mas dinamicidad mercantil que el trueque. A partir de aquí, ya no hace falta inventar nada nuevo en materia de sistema monetario, porque el instrumento monetario es suficientemente flexible para adaptarse a todo tipo de situación, cualquiera que sea su complejidad mercantil. Únicamente debe ponerse al día en función de las realidades mercantiles y las posibilidades tecnológicas actuales. De ello nos ocuparemos en los siguientes capítulos.
 

5. Conclusiones.

Como síntesis final sobre la naturaleza de los sistemas monetarios, diremos que son realidades complejas -pero no difíciles de entender-, en los que conviene distinguir los siguientes niveles: unas mercaderías concretas realmente existentes en el mercado (sean mercaderías producidas o mercaderías productoras), que se quieren intercambiar; unas unidades monetarias, convenciones numéricas abstractas universales, que sirven para determinar con exactitud el valor de intercambio de todas y cada una de las mercaderías concretas anteriores; unos valores mercantiles (precios y salarios), valores mixtos resultantes de la comparación entre mercaderías concretas y unidades monetarias; unos instrumentos monetarios, documentos que avisan e informan del reconocimiento de una deuda, por una cantidad determinada de unidades monetarias, de una persona hacia otra, ambas bien determinadas. La unidad monetaria es una unidad de medida y como tal es radicalmente abstracta. El instrumento monetario es un documento que registra, a la vez, un acto de medida (una medición, consistente en la fijación de un valor mercantil) y un acto mercantil (una transacción). Y tanto una como otra no tienen, en definitiva, ningún sentido, si no existe una mercadería concreta a medir y a intercambiar contractualmente. Las mercaderías concretas realmente existentes son, pues, el fundamento último de la existencia de unidades monetarias, de valores mercantiles (precios y salarios) y de instrumentos monetarios: es decir, de la existencia de sistemas monetarios. Podemos servirnos de una sencilla metáfora para comprender la naturaleza instrumental-artificial-abstracta de todo sistema monetario. Las mercaderías concretas (producidas y productoras) son las realidades de base de todo utilitarismo: las llamaremos realidades primeras, porque son el objeto directo del interés utilitario del hombre. En cambio, podemos imaginarnos el sistema monetario como un espejo que nos proporciona imágenes de las mercaderías concretas y de los actos del mercado: las realidades monetarias son así realidades segundas, derivadas de las primeras. Continuemos imaginándonos que, cada vez que dos agentes de mercado realizan una transacción, la mercadería que es el objeto de dicha transacción pasa fugazmente por delante del espejo (del sistema monetario), proyectándose su imagen. La imagen es su valor mercantil (precio o salario). Pero, al mismo tiempo, hay una cámara fotográfica que toma una instantánea de esta imagen y también de los dos agentes que la han provocado: la fotografía obtenida es el instrumento monetario, el documento de lo que ha pasado. La imagen proyectada en el espejo es fugaz, desaparece al finalizar la transacción; pero el documento queda, consignando todas las características de la transacción efectuada. Con respecto a las unidades monetarias, ellas son el esquema, radicalmente abstracto-numérico, de las imágenes anteriores (la imagen del espejo y la imagen fotográfica). El valor de estas imágenes monetarias es instrumental-auxiliar: sirven para mejor las mercaderías concretas que las originan, pero no tienen ningún valor intrínseco. De valor intrínseco, solo tienen las mercaderías concretas. Además, es muy importante observar que no pueden existir imágenes monetarias sin mercaderías concretas que las hayan originado. Las realidades monetarias son siempre segundas, derivadas de las concretas realidades del mercado utilitario.

 

2. La realidad monetaria a través de la historia.

 

El trueque antemonetario.
 

La realidad monetaria entre los pueblos primitivos.
 

Los sistemas monetarios de las civilizaciones nacientes.
 

Aparición de la moneda metálica concreta.
 

De la moneda metálica al papel moneda.
 

El sistema monetario actual.
 

1. El trueque antemonetario.
 

De los estudios realizados sobre el intercambio utilitario entre los pueblos primitivos existentes en la actualidad, se deduce que entre estos pueblos (y quizás también, por paralelismo etnográfico, entre los pueblos prehistóricos), el trueque no tiene un carácter únicamente utilitario, sino que cumple, por encima de todo, una función social. De hecho, en las poblaciones humanas de organización social mas sencilla (las de cazadores-recolectores), el sostenimiento individual y familiar está siempre asegurado y por tanto, el intercambio no es vitalmente necesario. Sí que es, en cambio, socialmente necesario, ya que sirve para establecer lazos de amistad o alianzas con otros grupos, o bien para hacer mas firmes las relaciones sociales existentes en el interior del propio grupo. Debido a la gran importancia de este componente social del trueque primitivo, éste está, muchas veces, revestido de formalidades, de rituales complejos ligados a la magia, es decir, a la concepción sacral de la vida del hombre. Todo acto de intercambio es considerado sagrado, como toda relación social.
 

2. La realidad monetaria entre los pueblos primitivos.

Entre los pueblos primitivos existentes en la actualidad, el conocimiento y la utilización de algún tipo de sistema monetario destaca en tres partes del mundo: en el África occidental y el Congo, la Melanesia y Micronesia y en el Este de Norteamérica. Hay que resaltar el hecho que todos los pueblos de estas zonas desarrollan un utilitarismo ya avanzado, de tipo neolítico, sea agrícola o pastoral. Pero este utilitarismo neolítico es todavía poco especializado: cada pequeña unidad social-productora puede, en gran medida, autoabastecerse y por esto el trueque utilitario conserva aún un carácter fuertemente social. Estos pueblos no conocen ningún sistema de escritura, pero tienen unos sistemas monetarios constituidos por lo que hemos llamado unidades monetarias y valores mercantiles. Efectivamente, entre las poblaciones primitivas de las zonas mencionadas (no únicamente de estas zonas, pero si principalmente), algunos objetos (que varían según la población de que se trate) están revestidos de una gran importancia social: son símbolos de riqueza y confieren prestigio social al que los posee. Por el hecho de que estos objetos son a menudo intercambiados ceremonialmente en ocasión de ciertos acontecimientos sociales, muchos etnólogos los han equiparado a una forma disminuida, o primitiva, de la moneda metálica, concreta, que estaba en vigor entre todos los pueblos civilizados actuales hasta hace un tiempo (hasta que fue sustituida definitivamente por los llamados billetes de banco). Ahora bien, nosotros proponemos una interpretación diferente: estos objetos concretos parecen tener dos funciones muy bien diferenciadas. La primera, fundamentalmente social, creadora y mantenedora de relaciones sociales, es la que se desarrolla a través del intercambio real, concreto, de estos objetos concretos, en algunas ocasiones, muy bien especificadas, de gran importancia social. La segunda, estrictamente utilitaria, es la de servir de patrones de medida de valor en el intercambio de los bienes utilitarios corrientes. En este segundo caso, dichos objetos no son nunca realmente intercambiados, sino que son únicamente una referencia abstracta para calcular equivalencias entre otras mercaderías, valoradas en ellos: esto es lo que hemos llamado una unidad monetaria. Los valores en unidades monetarias asignados a las mercaderías (producidas o productoras) son los valores mercantiles de dichas mercaderías. La mayoría de las veces, la documentación etnológica que poseemos es insuficiente para poder confirmar o infirmar con base empírica esta interpretación. Esto es debido sobretodo a los prejudicios de los etnólogos, que encaminan su observación hacia unas realidades determinadas, descuidando otras, mas significativas para un estudio global del utilitarismo primitivo. A pesar de esta dificultad, hemos seleccionado un par de ejemplos que parecen ir en la dirección que indicamos. Primer ejemplo: en las islas del Almirantazgo (Malasia), los nativos pueden evaluar todos sus bienes en conchas y dientes de perro. No obstante, en los intercambios corrientes las conchas y los dientes de perro no se utilizan casi nunca, mientras que su uso es obligatorio en los intercambios rituales. Segundo ejemplo: entre los Lele de Kasai (Congo), la tela de rafia constituye el patrimonio nupcial del que tiene que estar provisto todo hombre que quiera casarse. Pero, a su vez, los bienes que son objeto de intercambio no ritual pueden todos evaluarse en unidades de tela de rafia: en estos intercambios, pues, la tela de rafia no interviene como mercadería concreta, sino únicamente como patrón de valor. Nos inclinamos, pues, a hablar de la existencia, en estos pueblos, de unidades monetarias abstractas y no de objetos monetarios concretos (como acostumbran a hacer algunos etnólogos). Para poder generalizar esta interpretación a todos los pueblos neolíticos que conocen algún tipo de realidad monetaria deberíamos realizar estudios exhaustivos que hoy en día no existen -o en todo caso, no están a nuestro alcance-.
 

3. Los sistemas monetarios de las civilizaciones nacientes.

La arqueología nos ha descubierto en los últimos decenios como nacieron las primeras civilizaciones en el Asia Sudoccidental, en el valle del Indo, en Egipto, mas tarde en el Egeo, en el valle del Danubio... Estas civilizaciones estaban fundamentadas en un utilitarismo neolítico avanzado, de cultivo extensivo de cereales y con una división del trabajo ya bien establecida. Con ellas aparece la escritura; pero la escritura no es sino la consecuencia de otra práctica social que aquí nos interesa mucho, ya que no es otra que la utilización de instrumentos monetarios. Estas sociedades contaban, desde los inicios de su neolitización, probablemente, con unidades monetarias bien definidas. Por ejemplo, a Mesopotamia la unidad monetaria era el centeno y mas tarde también la plata. Esto no significa, como acabamos de decir, que en los intercambios concretos la gente cambiara mercadería por centeno (o plata), sino únicamente que el centeno y la plata eran los patrones de valor en relación a los cuales podía expresarse el valor de todas y cada una de las mercaderías. Ahora bien, en un momento dado -que coincide con el inicio de la Edad del Bronce, durante el milenio IV a.J.C.- las civilizaciones del Próximo Oriente conocen un desarrollo económico notable: se produce un aumento drástico de la población en Irán e Irak y aparece la especialización artesana y los inicios del comercio a gran escala. El comercio se realiza a muy larga distancia. Esta especie de explosión económica va aparejada con la aparición de unos aparatos muy curiosos, que recientemente han estado estudiados e interpretados. Se trata de las bullae, que son como unas bolsas de arcilla, mas o menos esféricas, llenas de diferentes figurillas de barro y selladas en el exterior. Estas bullae son herederas de un complejo sistema de contabilidad6 a base de fichas -según parece, representativas de diferentes mercaderías y diferentes valores numéricos- que data de los inicios del Neolítico, hacia el milenio IX a.J.C. Estas fichas son del mismo tipo de las que se encuentran, posteriormente, en el interior de las bullae. Pero la aparición de las bullae representa un cambio cualitativo importante. Podemos interpretar el hecho de que las fichas estuviesen juntas y cerradas en un sobre de arcilla, como indicación que tales fichas eran representativas de una determinada transacción efectuada entre dos personas. El hecho de que muchas de las bullae descubiertas hasta el presente, lleven dos sellos distintos, apoya esta interpretación. Si esto fuera así, las bullae no serían otra cosa que lo que hemos denominado instrumento-documento monetario7: un documento que hace de mediador y registra una transacción mercantil elemental efectuada. Probablemente, además, estas bullae podían ser compensadas internamente, porque sabemos que los templos mesopotámicos desarrollaban, ya en esta época, funciones bancarias y administrativas complejas. Las bullae, pues, cumplían al mismo tiempo las funciones del que hoy llamaríamos albarán conformado, factura aceptada y cheque extendido por el cliente. Mas adelante, las bullae se transformaron en las famosas tablillas cuneiformes: las fichas cerradas en el interior del sobre pasaron a representarse gráficamente en el exterior. Este es el origen mas probable de la escritura cuneiforme.
 

4. Aparición de la moneda metálica concreta.

A partir de un cierto momento histórico -que podemos situar, probablemente, en el III milenio a. J. C. a Mesopotamia- los instrumentos monetarios cambiaron radicalmente de naturaleza. Los instrumentos monetarios primitivos que acabamos de describir en el párrafo anterior, eran de naturaleza radicalmente abstracta-auxiliar, estaban desprovistos de valor intrínseco. Su funcionamiento no implicaba el uso de ningún objeto concreto, sino únicamente la referencia a una unidad monetaria abstracta. Aunque la unidad monetaria abstracta estuviese simbolizada por una mercadería concreta determinada (unas conchas, un saco de centeno, un buey...), esta mercadería no intervenía nunca realmente en las transacciones, ya que lo que interesaba era el hacer referencia abstracta a su valor y no intercambiar otros bienes por ella. Sin embargo, a Mesopotamia, probablemente ya desde mediados del III milenio a.J.C., aparece y se generaliza un nuevo tipo de instrumento monetario, que llamamos moneda metálica: todos sabemos que es la moneda metálica (de oro, plata...) y podemos comprender que ya no es un instrumento auxiliar-abstracto, sino un objeto bien concreto, provisto de valor intrínseco. La moneda metálica y en general cualquier instrumento monetario constituido por un objeto concreto, se llama también moneda-mercadería, porque su característica principal es que una mercadería concreta es escogida, de entre todas demás, para hacer de mediadora en cualquier intercambio de cualquier otra mercadería. Es decir se entrega mercadería contra moneda-mercadería. Durante el reinado de Hammurabi (1760 a. J. C.) está ya plenamente atestiguado a Babilonia el uso de lingotes de oro, plata o bronce. Pero no solamente la civilización mesopotámica realizo este cambio decisivo. Todas las civilizaciones históricas fueron entrando, mas pronto o mas tarde, en el sistema monetario metalista. En el valle del Indo se utilizaron barras de cobre oblongas; entre los hititas, lingotes de hierro; a Micenas, placas de bronce que imitaban pieles de animales y en la China también placas de bronce en forma de vestidos. Los primeros instrumentos monetarios metálicos eran, incluso en el interior de cada civilización y de cada ciudad-imperio, de formas muy diversas y de calidades de metal muy variables. Por este motivo, en cada transacción había de pesarse y probarse el metal utilizado. Mas adelante, para solucionar este inconveniente, se generalizó el uso de piezas de metal normalizadas, garantizadas por un peso y calidad determinadas. La garantía era dada por el sello de la persona que acuñaba las piezas -sello que se grababa en la pieza-: estas piezas son las monedas propiamente dichas y las primeras de que tenemos noticia documentada se remontan al siglo VII a. J. C. en el Asia Menor. Si en un principio cualquier persona, con suficiente autoridad y riqueza, podía acuñar su propia moneda, con el paso del tiempo esta función fue monopolizada por los poderes oficiales. La moneda metálica concreta ha perdido la característica fundamental de los instrumentos monetarios primitivos: estos eran, ante todo, un documento de transacción efectuada; en cambio la moneda metálica es esencialmente antidocumentaria. Aunque trataremos con mas detalle este tema en el próximo capítulo, digamos ahora que la moneda metálica tiene tres características que la hacen totalmente negada a cualquier intento de documentación eficaz: es anónima (no personaliza los agentes de la transacción), es uniforme (no analiza las características de la transacción) y es dinámica, circula indefinidamente (no permite tipo alguno de estadística). En cada transacción mercantil -y en cada acto social monetario- la única función que cumple la moneda metálica, es la de ser un medio de pago, es decir, un instrumento que permite resolver, concluir, cerrar la transacción o acto en cuestión: con la entrega de unas piezas de moneda, se puede dar por pagada, por saldada, por resuelta, cualquier situación monetaria. Y desde este punto de vista, el uso de la moneda metálica es incluso mucho mas fácil, rápido y cómodo que la redacción de un instrumento monetario documentario, que ha de ser escrito, firmado y posteriormente compensado. Ahora bien, los sistemas metalistas tienen un límite muy preciso para su desarrollo, que es la cantidad de metal acuñable existente en una comunidad geopolítica en un momento dado. Por este motivo se ha tenido que ir renunciando a estos sistemas como veremos a continuación.
 

5. De la moneda metálica al papel moneda.

Los instrumentos monetarios actuales continúan siendo esencialmente antidocumentarios. Ahora bien, desde la aparición de la moneda metálica hasta nuestros días, los instrumentos monetarios han ido retornando lentamente a una de sus características originarias: la abstracción, que fue conseguida definitivamente a partir de 1914. El motivo: la escasez de metales preciosos. Efectivamente, como ya hemos señalado, los sistemas monetarios son construcciones abstractas que tienen por función el facilitar -a través de la cuantificación que permiten- los intercambios de mercaderías concretas y mas adelante, con los instrumentos monetarios, también las documentan. Estas construcciones abstractas, pues, corren paralelamente a las concretas mercaderías, producidas o productoras, existentes; evolucionan con ellas y se adaptan a ellas. Desde el momento que sustituimos la construcción abstracta por un objeto concreto y además, escaso -los metales preciosos-, esta flexibilidad del sistema monetario, esta capacidad de adaptación a la realidad mercante, se pierde definitivamente. De ello resultan graves distorsiones, tanto de nuestra visión de la realidad, como del sano funcionamiento de ésta. Recorreremos ahora, brevemente, la historia de este retorno a la necesaria abstracción del sistema monetario. Ya en la Edad Media, la escasez de metales preciosos llevaba a los reyes u otras autoridades acuñadoras de moneda, a practicar manipulaciones monetarias, inconfesadas o públicas. Como que la emisión y el curso legal de la moneda están en manos de las autoridades del lugar, estas pueden hacer que el valor nominal y legal de las piezas de moneda no corresponda a su valor real en metal -ya sea acuñando nueva moneda con el mismo valor nominal, pero que contenga menos cantidad de metal o bien, sea aumentando oficial y artificialmente el valor nominal de las piezas en circulación-. Por este procedimiento la autoridad acuñadora podía realizar sus pagos utilizando una menor cantidad de metal. Estas prácticas fueron corrientes durante toda la Baja Edad Media: los Tesoros reales se endeudaban casi permanentemente y encontraban en este artificio monetario una solución a sus problemas. Pero esta solución solo era momentánea, ya que la consecuencia inevitable de las manipulaciones monetarias era el alza de precios y salarios, alza que agravaba nuevamente la situación monetaria del Estado, que tenía, así, que proceder a nuevas manipulaciones, iniciando un ciclo infernal. Pero los mas perjudicados eran siempre las clases populares, que no tenían suficiente poder de compra para hacer frente a las alzas de precios y que tampoco tenían la capacidad de manipular la moneda que les era impuesta. De cara a nuestro análisis, el que nos interesa destacar ahora, es que las manipulaciones monetarias de la Edad Media abren la brecha que empieza a separar el valor real de la moneda metálica concreta del valor monetario que se le atribuye artificialmente, en función de las necesidades de la vida utilitaria. Con el descubrimiento de América, con sus importantes minas de metales preciosos y tesoros para saquear, parece que la penuria de metales se ha de terminar. Pero esta finalización es solo relativa, ya que el final de la Edad Media ha visto un enorme desarrollo de las relaciones comerciales y por lo tanto, de las necesidades de moneda. Así, los banqueros de esta época han inventado una nueva práctica para suplir la escasez de metal: nos referimos a la letra de cambio. En un principio, la letra de cambio es únicamente un medio para saldar deudas a distancia, para evitar los peligros del transporte de metal: el comerciante de Barcelona puede pagar a su proveedor de Génova mediante una letra -una carta- que éste podrá convertir en dinero metálico presentándola a su banquero, ya que el banquero de Génova y el del comerciante de Barcelona están en contacto. Pero mas adelante, a la letra de cambio se le añade la noción de crédito, es decir, de pago diferido en el tiempo. El cliente que en momento de la transacción, no dispone de recursos suficientes, puede entregar una letra a su proveedor, que le garantiza el pago de su deuda dentro de un plazo bien especificado. El proveedor puede guardar la letra hasta la finalización del plazo previsto, momento en el que le será entregada la cantidad indicada, en metálico. Ahora bien, en lugar de esperar la fecha de finalización del plazo, el beneficiario de la letra puede, entre tanto, utilizar esta letra para realizar sus propios pagos, ya sea cediéndola a un acreedor suyo (práctica que se conoce con el nombre de endoso), ya sea vendiéndola al banquero, el cual le entregará inmediatamente la cantidad indicada en moneda metálica, descontando un porcentaje determinado en concepto de remuneración del servicio prestado (por este motivo a esta práctica se la llama descuento) y haciéndose él cargo del cobro de la letra al final del plazo. En los dos casos, el resultado final, que aquí nos interesa resaltar, es el mismo: la creación de nuevos instrumentos monetarios, la puesta en marcha de una nueva circulación monetaria, que se añade a la circulación de moneda metálica. En efecto, tanto si la letra de cambio circula, como si es descontada, hay la creación de nuevos instrumentos monetarios diferentes de la moneda metálica, pero que cumplen su misma función. Cuando la letra circula, lo que circula es simplemente un papel que representa una promesa de pago en metálico a una fecha determinada, pero este metálico aún no existe; por lo tanto, la letra de cambio no sustituye a la moneda metálica, sino que se añade; es un nuevo instrumento monetario que, además, no tiene ningún valor en si mismo, sino únicamente el de la confianza que puede inspirar el que su pago será realmente efectuado una vez cumplido el plazo. Y si el banquero descuenta la letra, sabemos que no la paga con su propio dinero, sino que lo hace con los depósitos de sus clientes, que en cualquier momento pueden ser reclamados; se trata, pues, de circulación monetaria nueva, porque existen al mismo tiempo la moneda metálica de los depósitos de los clientes del banco y la de la persona que ha descontado la letra. Y esto no es ningún misterio, porque el banquero sabe que los depósitos no serán retirados todos a la vez y por lo tanto, únicamente le hace falta mantener una relación prudente entre el total de depósitos y total de operaciones, para poder hacer frente, en todo momento, a sus compromisos. Cuando la letra le sea hecha, finalmente, efectiva, a final del plazo, se restablecerá la normalidad de la situación. En estos dos casos de invención de instrumentos monetarios adicionales -que ya no son moneda metálica, pero que representan el pago, a un plazo dado, de moneda metálica- la limitación respecto a la moneda metálica, es que estos nuevos instrumentos son temporales: no duran indefinidamente, sino que se acaban, desaparecen, una vez transcurrido el plazo, una vez la letra es hecha efectiva por su librado. Con la invención del billete de banco, esta limitación desaparece. El billete de banco fue inventado en 1656 por Palmstruch, banquero de Amsterdam. Consiste únicamente en el hecho de que el banco, en lugar de pagar a sus clientes con piezas de moneda metálica, lo hace con billetes, pedazos de papel que son una promesa del Banco de convertirlos en metal en cualquier momento que su tenedor lo solicite. Como que estos billetes no tienen un plazo determinado, pueden circular indefinidamente hasta que alguien se decida a cambiarlos por metal. Nos encontramos ya así con dos circulaciones monetarias permanentes, bien diferenciadas: la circulación de moneda metálica concreta; y la circulación de billetes de banco, que ya no tienen valor intrínseco, pero que representan una promesa permanente de conversión en oro y por tanto, están fundamentados en la confianza en el banco emisor, en su capacidad de hacer frente a las demandas de conversión. Esta circulación monetaria, no es ya concreta, pero guarda una relación con la circulación concreta (la de moneda metálica): la posibilidad permanente de convertirse en ella. Gracias a los billetes de banco, los Bancos tienen la posibilidad de remediar la escasez de metales preciosos -que, a pesar de los descubrimientos de minas a lo largo del siglo XIX, continúan, ya en plena industrialización, siendo insuficientes-. Efectivamente, los bancos privados emiten billetes en cantidades que superan con creces el contenido en metálico de sus depósitos. Como ya hemos dicho, esto pueden hacerlo sin ocasionar problema alguno, siempre que guarden una proporción prudente entre metálico y billetes. Pero a través de este mecanismo, crean los instrumentos monetarios de los que el mercado o la sociedad están necesitados, ya que la cantidad de moneda metálica es insuficiente. El sistema monetario que acabamos de describir -basado en moneda metálica y billete de banco convertible-, llamado patrón oro (gold standard), caracteriza todo el siglo XIX. Pero, finalmente, también este sistema se mostró inadecuado para las necesidades de un utilitarismo desarrollado. Con la nueva evolución, los instrumentos monetarios cambiarán definitivamente de naturaleza, volviendo a su abstracción primitiva. Veamos como ocurrió. Durante el siglo XIX, los Bancos Centrales de los diferentes Estados monopolizan la emisión de billetes de banco, que llegan a ser, así, de curso legal. Pero, cada vez que a un Estado se le presentan problemas de tipo político o utilitario (crisis de producción; guerras; revoluciones...) éste, que ha de hacer frente a mas gastos, emite mas billetes hasta el momento en que se produce una crisis de confianza, todos quieren convertir sus billetes en metal y entonces, se decreta el curso forzoso, eso es, la inconvertibilidad de los billetes. Cuando las cosas vuelven a la normalidad, la convertibilidad puede restablecerse. Durante la Primera Guerra Mundial, los enormes gastos originadas por la guerra provocaron el vaciado casi total de las arcas de los Estados beligerantes -el oro de los cuales emigró, en gran parte, a los Estados Unidos-. Los billetes se emitieron en grandes cantidades, pero la convertibilidad hubo de ser, evidentemente, suprimida. A partir de entonces, los sistemas monetarios del mundo civilizado, se han caracterizado por la inconvertibilidad de los billetes de banco, oficial o real. Después de la guerra, algunos países intentaron restaurar una cierta convertibilidad parcial, pero la crisis del 29 acabó definitivamente la cuestión. De manera que el sistema monetario surgido de la Primera Guerra Mundial se basa en el abandono de la moneda metálica -en el interior de cada Estado, ya que en las relaciones internacionales las cosas son durante un cierto tiempo (es decir, hasta 1971, cuando Nixon desligó el dólar del oro), diferentes- y en el predominio del billete de banco inconvertible, que nosotros llamamos pseudo-billete de banco o papel-moneda. Este papel-moneda ya no tiene nada que ver con el oro: no representa ninguna cantidad de oro ni puede ser convertido en él. ¿Cual es pues su naturaleza? ¿Cual es su fundamento? El papel-moneda -el que aún circula en nuestros días-, se basa sencilla y únicamente, en la necesidad que se tiene de él, en la convención social que ha hecho de él el instrumento necesario de los actos del mercado y de la sociedad y en la confianza que se le acuerda como instrumento que cumple su función adecuadamente. Por lo tanto, su naturaleza es ya radicalmente auxiliar-abstracta: su valor es el de un instrumento que nos ayuda en la contabilidad e intercambio de las mercaderías concretas existentes en el mercado; es pues un valor auxiliar y abstracto, no un valor intrínseco o concreto, que solo tienen las mercaderías concretas, producidas o productoras.
 

6. El sistema monetario actual.

En esta larga -pero rica en enseñanzas- evolución de la moneda metálica, se ha ido abriendo una brecha cada vez mas profunda entre el valor concreto-intrínseco de los metales preciosos y el valor auxiliar-abstracto de los instrumentos monetarios. Con la llegada del papel-moneda, estas dos realidades han quedado ya definitivamente disociadas: ya no tienen nada que ver la una con la otra. Llegados a este punto, el sistema monetario, libre del pesado lastre de los metales, puede evolucionar hacia formas cada vez mas intangibles, mas desmaterializadas, mas abstractas, de acuerdo a su primitiva naturaleza. Y esto es, efectivamente lo que ha ocurrido y sigue, hoy, todavía ocurriendo bajo nuestros ojos. Hoy el papel-moneda no es el único tipo de instrumento monetario utilizado. A él se ha sumado el llamado dinero escritural, que no es mas que el poder de compra inscrito en una cuenta. El papel-moneda que se lleva al banco, se convierte allí en unidades monetarias inscritas en una cuenta personal; estas unidades podrán después circular por un simple juego de anotaciones entre cuentas distintas, sin necesidad de hacer circular papel-moneda: en esto consiste la compensación bancaria. Dos personas que tengan cuentas corrientes en el mismo o distintos bancos, pueden efectuar sus pagos mutuos, inscribiendo, simplemente, las cifras correspondientes en sus respectivas cuentas. Esta nueva forma de circulación monetaria es la última invención de los banqueros para hacer frente, en este caso, a la escasez de papel moneda, controlado por el Estado. Con el procedimiento de las anotaciones en cuenta corriente, se evita el hacer correr papel-moneda, pero, además, se puede crear nueva circulación monetaria. Este es, como ya hemos visto, el oficio de banquero: inventar el poder de compra que falta en el mercado, hacer posible una circulación monetaria suplementaria, cuando la existente no es suficiente. Y esto se continua haciendo, como antes, a través del crédito. Solo que ahora, el crédito ya no se hace emitiendo billetes de banco mas o menos garantizados por los depósitos en metálico, porque esta emisión está monopolizada por el Estado, sino que se hace abriendo cuentas corrientes de crédito, es decir, a personas que no han realizado ningún depósito previo en papel-moneda. Y la garantía de este crédito está constituida por todos los depósitos realmente efectuados en el banco. Como antes, lo único que hace falta para garantizar la solidez de este sistema es el mantener una proporción adecuada entre estas dos circulaciones monetarias: la circulación a partir de los depósitos efectuados -que se limita a sustituir la circulación del papel-moneda- y la circulación originada por el crédito -que se añade a la primera-. La moneda escritural ha llegado a ser la moneda por excelencia de los países desarrollados, donde el comercio y la industria concurren a multiplicar los intercambios. En algunos países industriales, llega a representar el 80% de la masa monetaria total. En nuestros días, se está convirtiendo rápidamente en moneda electrónica: unos simples impulsos eléctricos y unas memorias magnéticas son suficientes para realizar los pases de anotaciones. Esta desmaterialización creciente de la realidad monetaria es la prueba mas evidente de su naturaleza instrumental-abstracta. Sí, el sistema monetario ha vuelto a sus características primitivas de abstracción e instrumentalidad: los instrumentos monetarios vigentes no tienen ningún valor intrínseco, sino que se limitan a hacer de intermediarios en el intercambio de las mercaderías concretas y de expresar el valor de éstas en términos de unidades abstractas. Pero también es evidente que estos instrumentos monetarios actuales -los pseudo-billetes de banco y el dinero escritural de las cuentas corrientes bancarias- no se parecen en nada a aquello que en el capítulo anterior hemos llamado instrumento monetario. Efectivamente, el sistema monetario, a pesar de su evolución evidente, conserva aún todos los vicios inherentes a la moneda metálica concreta: anonimato, uniformidad y dinamicidad de los instrumentos monetarios. Queremos pues, ahora, analizar que características debería reunir un sistema monetario sin ninguno de estos vicios y encontrar la manera de actualizar estas características en un instrumento monetario realmente adaptado a la complejidad mercantil y al progreso tecnológico actuales.

Conclusión
La moneda es un utensilio indispensable en la vida del hombre y más concretamente en la vida de cada país. Hasta hace muy poco tiempo una moneda propia, la famosa peseta, que durante tanto tiempo nos acompaño en los bolsillos. Aparentemente la moneda sólo sirve para adquirir objetos que se compran a cambio de ella, pero el significado de la moneda llegó mucho más allá. Cada moneda tiene su historia y sus antepasados y refleja la situación del país por el que circula, sus crisis y sus problemas. La llegada del Euro tanto a España, como a los restantes once países de la Unión Europea, marca un antes y un después a la vida de la moneda. Desafortunadamente no sólo España pierde su moneda , Francia también tiene que decir adiós a su antiguo franco, lo mismo le pasa a Alemania con el marco. La nueva moneda estrecha los lazos entre los distintos países de Europa, pero hace desaparecer una parte importante de la historia de España. A penas unos días después del cambio de moneda, el Euro es aceptado por los españoles con bastante tranquilidad. La gente se está adaptando a él con cierta rapidez y sin muchos problemas. Ello es debido a la numerosa información que nos llega a través del periódico, televisión, radio, etc, ya que, ya desde hace varios años estaba previsto este cambio de moneda.


 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com