La Colonia
Descendientes de tihuanacotas y de incas
Bolivia es un país de grandes alturas físicas y de
hondos problemas humanos.
Geografía e historia se encuentran en ella en un punto de sensacionales
transacciones, en una especie de desafío irremediable confundido entre las
aspiraciones del hombre y el destino que señala Dios.
Los Bolivianos de hoy provienen de razas y culturas milenarias que,
en cierto momento, se han convertido en enigmas para la ciencia. Pero,
indefectiblemente, pisan la tierra de unos mayores que fueron
extraordinarios, que labraban la piedra y decoraban con monolitos gigantes
sus ciudades, como los habitantes de Tihuanaco, u organizaban
imperios con una razón que prestigiaba toda lógica y toda justicia, como los
hombres del Imperio Incaico. Mientras la prehistoria y la arqueología van
poniéndose de acuerdo para dar una razón valedera al pasado, el Boliviano
se enorgullece de ser un descendiente de tihuanacotas y de incas, es decir,
de aymarás y de quechuas.
Las nuevas razas
Caído el Imperio Incaico en poder de Francisco Pizarro,
que entró en su capital el 15 de noviembre de 1532, cuarenta años después
del descubrimiento de América, cambió el destino de nuestras tierras y sus
hombres. Vino, como en un alud, todo el gran asedio que siguió a la inmensa
sorpresa del descubrimiento; expediciones parciales, búsqueda de tesoros,
encuadramiento de industrias de explotación de la tierra, en fin, todo ese
monstruoso desplazamiento de un continente a otro que, a la postre, dio por
resultado un ordenamiento jurídico, un acatamiento de instituciones reales,
una distribución especial del trabajo, un régimen para la producción a la
par que un connubio de razas que originaron las clases sociales de la época
actual. En verdad, el mundo se había transformado.
La Colonia se distinguió por dos fuerzas de vida; la aparición del mestizo y
la mansedumbre del indio. Y en el territorio hoy Boliviano, además,
por un potencial económico, la explotación minera.
Las instituciones Jurídicas
El Consejo de Indias, los Virreinatos y las Audiencias
pusieron en actividad el ordenamiento jurídico de la Colonia. Súmese a
ellos, en lo que a la actual Bolivia se refiere, la fundación de la Real
y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier en la capital de
Charcas el año 1624, centro de compulsión cultural y de subversión política
a la hora en que se determinan los hechos definitivos.
En buena parte, la vida de la institución colonial, la práctica de la
justicia, la defensa de los indios por razones de humanidad y los
privilegios de los españoles y criollos sobre los mestizos fueron motores de
la guerra de emancipación. Los españoles trajeron, al trasluz, su propia
guerra emancipadora y la eficacia de sus instituciones en bien de los
hombres.
Entró en marcha, pues, en el territorio hoy Boliviano un motor humano
de producción de plata en el Cerro Rico de Potosí, la urbe tutelar de
América en aquella época, y la exigencia de su mayor rendimiento. Entonces
el mundo ya valía un Potosí y en 1546, por provisión de Carlos I,
en Ulm, este caserío recibió el título de Villa Imperial.
Se habían fundado ya en el territorio ciudades de gran porvenir: La Paz,
el 20 de octubre de 1548, por Alonso de Mendoza, en las quebradas de
Chuquiapu, al pie de la más bella montaña nevada de la Cordillera, el
Illimani, prestigiada por sus lavaderos de oro; Cochabamba, Oruro,
Tarija. Se habían realizado expediciones a los Moxos, hasta que al
fin quedó consolidada la fundación de Santa Cruz de la Sierra, había
surgido a la vida, con vigor y prosapia, Charcas, la culta, fundada
por Pedro Anzures de Campa Redondo, con el nombre de La Plata.
Se impuso la erección de la Audiencia de Charcas por Real Cédula de
1559, cuyo tribunal se instaló en 1561.
Era un mundo en orden y movimiento. El criollo y el mestizo absorbían
cultura occidental y con temor y avaricia almacenaban el razonamiento
enciclopédico, atentos a los fenómenos que ocurrían en Europa, en
cuyo drama España era actor de dolorosas incidencias.
La honda indígena en la rebelión
Después de dos siglos silenciosos de sumisión, los indios
se alzaron, iracundos, en aras de un ideal irrealizable; la restauración de
su imperio nativo.
Desde la insurrección de Cuzco en 1544, la familia de los Incas se había
confinado en Vilcabamba, al norte de la antigua capital del Imperio.
Su orgullo no le permitía mantener relaciones con los españoles y vivía
atenta al momento trágico en que pudiera capitanear una insurrección de
masas indias. Su mártir y jefe, Túpac Amaru, acusado de crueldad, fue
mandado descuartizar por el virrey Toledo.
Más tarde vino la insurrección de Macha (Chayanta), cuando Tomás
Catari pidió justicia y rebaja de los tributos. Catari fue preso
y enviado a Potosí, pero el movimiento se propagó a Charcas,
Cochabamba, 0ruro y La Paz.
Después, el mal gobierno del corregidor Urrutia y la ambición por las
varas de alcalde provocaron un motín popular en 0ruro.
Los Rodríguez, criollos, rechazaban la elección de españoles para el
Cabildo, arrastraron éstos a los mineros y los acuartelaron en previsión de
un ataque conjunto de indios en Challapata, Poopó y otros lugares. A
la voz de Sebastián Pagador, apoyado por los Rodríguez,
estalló la insurrección el 1ro de febrero de 1781. Estos
insurrectos mataron a los españoles de la circunscripción.
Entonces se produjo lo previsto, el asedio de los indios. En esa ocasión,
criollos y mestizos tuvieron que enfrentarse en lid sangrienta con los
indios hasta echarlos de la ciudad. Estalló una conflagración general, que
venía del Norte con el alzamiento de Túpac Amaru, y que sublevó Tinta
y sus aledaños en la región de Cuzco, y del Sur con la rebelión de
los Catari, que no había sido sofocada. Pronto habría de agregarse
Julián Apaza que se proclamó virrey del Perú con el nombre de Túpac
Catari. Mientras el segundo Amaru sitiaba a Sorata y
sembraba el terror en la villa de Esquivel, Túpac Catari puso
un cerco que duró más de cinco meses y medio a La Paz. Heroica y
paciente, la ciudad paceña, defendida por el brigadier español Sebastián
de Segurola, sufrió todas las incidencias de esa tragedia en que pudo
haber sucumbido por el hambre y la peste, amén del almacenamiento de aguas
del río Choqueyapu, lanzado luego sobre la ciudad en amenazante
caudal. Cuentan los papeles descubiertos por los investigadores que la
extraña topografía de La Paz se hallaba ganada por ochenta mil indios
que la cercaban y hacían malones de día y de noche en afán de aterrorizarla
para su rendición. Las gentes, a falta de alimentos, cocían los cueros de
los zapatos y de los arcones llamados petacas para darlos de comer a los
niños y ancianos, mientras la pugna no tenía esperanza de ser concluida. Al
fin, Segurola y los mestizos criollos que quedaban dentro del cerco
ganaron la partida, auxiliados por el coronel Ignacio Flores, que
vino a 0ruro. Túpac Catari fue ajusticiado con los
miembros amarados a la cincha de cuatro caballos, que partieron en dirección
a los cuatro puntos cardinales
La Independencia
Movimientos precursores de la emancipación
Hubo una causa de tipo económico para la emancipación y
otra de puro y simple descontento, con aspiración autonomista. A pesar de
que los Borbones hicieron lo posible para cambiar en América cuanto hacía
referencia al tráfico marítimo, y tomaron medidas liberales para evitar el
contrabando, en realidad no se decapitó el monopolio. Tampoco se permitió el
intercambio con otras potencias.
Las reformas apenas autorizaron el comercio directo entre América y los doce
principales puertos españoles. Por lo que se refiere al Alto Perú -
hoy Bolivia -, sus minerales salieron por Buenos Aires, vía Río de
la Plata. Mas todos querían comercio libre, como un lema de lucha de la
hora. De Europa llegaba un aliento indirecto que provocaba la
rivalidad franco - británica.
Hasta que, en 1805, como si quisiera saludar al siglo XIX, apareció en La
Paz Pedro Domingo Murillo empapelando los muros de las casas con
pasquines revolucionados. Esta muestra incipiente de periodismo político
alertó a los españoles, que detuvieron a Murillo y lo dejaron luego
en libertad. Había aparecido la garra de la revolución. En Charcas
actuaban en conexión la Universidad y el Foro. Acaso se hubieran desplazado
a otros centros hombres ilustres de ideas libertarias. La famosa Universidad
tenía que rendir su tributo de preparación y de cultura. Sin cultura no hay
libertad. La Universidad había dado su aportación.
La intriga de Goyeneche, falso en sus intenciones, jugando a tres
canas diferentes; enviado de la Junta de Sevilla, conviviente con
José I y partidario de Doña Carlota, despejó los ánimos y los
decidió. Aliados los doctores de la Universidad con los oidores de
Charcas, se pusieron frente al presidente de la Audiencia, García
Pizarro, y el arzobispo, Benito María Moxó y Francolí.
El Tribunal de Charcas se puso de parte de Fernando VII. De estas
disensiones había de salir la Independencia. Comenzó el desorden, que obligó
al presidente a detener a los hermanos Zudáñez, cabecillas de la
masa. Tronó la fusilería presidencial, el pueblo se enfureció, y al grito de
"Viva Fernando VII!", apresó a García Pizarro. Alvarez de Arenales,
español, subdelegado de Yamparáez, tomó el mando de las tropas para
imponer el orden. Todos habían caído en el lazo de los Zudáñez.
Defendiendo al rey legítimo se levantó el pueblo, apoyado por los mismos
españoles. Era el crepúsculo del 25 de mayo de 1809, día precursor de la
Independencia. La Academia Carolina había puesto en juego su talento
liberador con patriotas de todas las latitudes del Virreinato; Mariano
Moreno, que fue secretario de la Junta Revolucionaria en Buenos Aires
el año 1810, Monteagudo, Agrelo, Paso y Castefli. El grupo
mismo del 25 de mayo se hallaba capitaneado por Paredes, Michel,
Alcérreca, Mercado, Monteagudo y Lemoíne. Luego, éstos se dispersaron
para mantener la consigna; Monteagudo a Potosí, Alcérreca y Pulido
a Cochabamba, Lemoine a Santa Cruz.
La revolución del 16 de Julio de 1809:
El papelista de 1805, aquel que pegaba pasquines en los muros, se
levantó con decisión y franqueza frente a poder español, rodeado de un
brillante conjunto de hombres que luego conocieron el martirio.
Invocase la defensa de Fernando VII, como siempre, dejando para
después el barrerlo definitivamente. Los conjurados de La Paz,
dirigidos por Pedro Domingo Murillo, Victorio y Gregorio Lanza,
Juan Basilio Catacora, el cura José Antonio Medina Juan Pedro de
Indaburo y otros, dieron el golpe de mano y depusieron a las
autoridades, llamaron a Cabildo Abierto y organizaron la histórica Junta
Tuitiva (16 de julio de 1809). Pedro Domingo Murillo fue nombrado
jefe de las fuerzas, e Indaburo su segundo. Fueron depuestos de sus
altos cargos el gobernador Tadeo Dávila y el obispo Remigio de la
Santa y Ortega. El documento fundamental de la insurrección americana lo
constituye el Manifiesto de la Junta Tuitiva, cuyos principales
conceptos son:
Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el
seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia por más de tres
siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo Y tiranía de un
usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana nos ha reputado
por salvajes... Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la
libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y
conservadas con la mayor injusticia y tiranía. ¿valerosos habitantes de La
Paz y de todo el Imperio del Perú, revelad vuestros proyectos para la
ejecución; aprovechaos de las circunstancias en que estamos; no miréis con
desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión
que debe reinar entre todos para ser en adelante tan felices como
desgraciados hasta el presente!
Goyeneche no amenguó sus ímpetus y persiguió esa
revolución hasta aniquilar a sus cabecillas. Murillo fue hecho
prisionero en Zongo y condenado a muerte, juntamente con Basilio
Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Juan
Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio Lanza y Juan Bautista Sagámaga,
protomártires de la Independencia. Murillo, antes de entregarse en
holocausto a la horca, repitió gallardamente: "La tea que dejo encendida
nadie la podrá apagar". Después, Goyeneche volvió al Perú,
con el título de "pacificador".
Fin del poderío español
La logia revolucionaria de la Universidad de Charcas
siguió actuando, y pronto se produjo el estallido del 25 de mayo de 1810 en
Buenos Aires, al que siguieron el del 14 de septiembre en
Cochabamba, que nombró como jefe supremo a Francisco del Ribero;
el del 24 del mismo mes en Santa Cruz de la Sierra, que envió al
canónigo José Manuel Seoane como diputado a la Junta de Buenos Aires;
el del 10 de noviembre en Potosí, que reconoció también a la Junta
bonaerense.
La guerra tomó mayores proporciones y operó en un territorio casi ilimitado
por lo extenso. Se estableció la mancomunidad de ideales, y así pronto se
movieron los ejércitos auxiliares argentinos que, en número de cuatro,
llegaron a los yermos del Alto Perú. Surgieron los caudillos mestizos
y criollos con actos de admirable denuedo y sacrificio, derrochando heroísmo
e ingenio en las llamadas guerras de guerrillas; en Ayopaya, José Miguel
Lanza; en la Laguna, Manuel Asencio Padilla, secundado por su
esposa, la heroína Juana Azurduy de Padilla, Tenienta coronela de la
Independencia; en Tarija, Eustaquio Méndez, alias El Moto, y
Ramón Rojas; en Cinti, José Ignacio Zárate; en Larecaja y 0masuyos,
el cura José Idelfonso de las Muñecas; en Inquisivi y Tapacarí, Eusebio
Lira; en Santa Cruz, Ignacio Warnes; en Talina, José María Pérez de
Urdininea. De 102 caudillos, apenas nueve alcanzaron la Independencia en
1825.
Quince años duró esa guerra de emancipación, llena de heroísmo y de calidad
viril. Pero, al cabo de la misma, Bolivia acusó el fenómeno del connubio
realizado entre las razas de Iberia y el Alto Perú. Nada de lo
pasado puede ser ofensivo. Con un arma absorbida al colonizador español, su
idioma, hemos incorporado nuestros pueblos a la cultura viva del Occidente.
Y así marchamos hacia el futuro.
La batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, puso fin al
poderío español en Hispanoamérica. Las ciudades hoy Bolivianas,
levantándose una por una, cerraron con broche de oro, en la batalla de
Tumusla, el 3 de abril de 1825, su total liberación. No quedó ya sino la
tarea de constituir un Estado autónomo
La República de Bolivia
La clase letrada del territorio independizado pensó en una república
autónoma. El destino fue cumpliendo al punto ese anhelo, el 6 de agosto de
1825 se proclamó solemnemente la Independencia, y por leyes de 9, 11 y 13
del mismo mes se constituyó la República Bolívar, con la forma
unitaria de gobierno, habiéndose fijado los símbolos y la moneda. Desde el 3
de octubre de 1825, la flamante República se denominó de Bolivia. Simón
Bolívar fue declarado Padre de la Patria y su primer presidente. Al
partir al Perú, Bolívar prometió enviar el reconocimiento del nuevo
Estado por parte de aquella nación y un proyecto de Constitución. El
Libertador cumplió su promesa. En el consenso americano, la nueva República
resultaba encantadora. Bolívar lo dijo: Tiene para mí un encanto
particular. Primero su nombre y después sus ventajas, sin escollo; parece
mandada hacer a mano. Así nació la pequeña maravilla republicana que hubo de
dedicarse inmediatamente a su organización. En la inauguración del Congreso,
los diputados eligieron una Mesa directiva que quedó formada así: José
Mariano Serrano, presidente; el clérigo José María Mendizábal,
vicepresidente, y Angel Mariano Moscoso y José Ignacio de Sanjinés,
secretarios, alejado Bolívar, Antonio José de Sucre recibió el
mando supremo por parte de la Asamblea Constituyente (26 de mayo de
1826), aunque es cierto que ya lo ejercía por delegación del Libertador;
luego fue su presidente constitucional, cargo que aceptó con reservas y
límite de tiempo. Su dura tarea consistía en organizar la nueva República.
Dividió el territorio en cinco departamentos: Chuquisaca, La Paz, Potosí,
Cochabamba y Santa Cruz. Dejaba un derecho expectante para 0ruro.
Hizo el censo de personas y propiedades, organizó y reglamentó colegios de
ciencias y escuelas primarias e impuso las leyes de inmigración.
Salieron los primeros órganos de prensa; el 3 de febrero de 1825, El
Chuquisaqueño; en noviembre del mismo año, El Cóndor de Bolivia;
antes había circulado La Gaceta de Chuquisaca. Colaboraron con él
Facundo Infante, Agustín Geraldino, Bernabé y Madero. Pero pronto
comenzó a saborear también las primeras hieles: el Clero se oponía a su
organización escolar, los altoperuanos no respondían a su confianza, y le
escaseaban los fondos para la hacienda pública. El proyecto de Constitución,
que se llamó vitalicia, porque atribuía el Poder, de por vida, a una sola
persona irresponsable, fue considerado cuidadosamente. Sumáronse las
dificultades, y una ola antibolivarista amenazó a Bolivia.
Hasta que llegó el 18 de abril de 1828, cuando se amotinaron los
Granaderos de Colombia e hirieron con bala en un brazo al Mariscal de
Ayacucho. Comenzaba el drama de la ambición en América, fenómeno del que
no podía escapar Bolivia. Se inauguraban los cuartelazos, sin fin, sin
tregua, que habían de durar más de un siglo
La Confederación Perú - Boliviana
No tardó el general peruano Agustín Gamarra en invadir Bolivia con
pretexto de prestar custodia al Mariscal de Ayacucho. Misteriosamente
murió el presidente Pedro Blanco (1828) en su prisión. Con gallardía
y ojo avizor preparó el mariscal Andrés de Santa Cruz (1829 - l839)
los días gloriosos, pero efímeros, de la Confederación Perú - Boliviana,
que equivalía al trasplante de masas, ejércitos y anhelos político -
jurídicos de un territorio a otro, del Alto al Bajo Perú. Y lo que un día
tuvo ardor volcánico, al cabo del tiempo trocóse en cenizas. El admirable
dominador de las dos Repúblicas confederadas se convirtió en el desterrado
de los días sin fortuna ni recuerdo, el docto estadista de los códigos y las
reglamentaciones institucionales pasó a ser el majadero a quien se envía,
irredento, a tierras de Europa. Y Bolivia tuvo que pasar largo tiempo
cuidándose de la codicia del usurpador que había en el peruano Gamarra;
revisión de tratados, delimitaciones provisionales, amagos de guerra, y
cuidándose también de su política exterior con Argentina y Brasil. El
tirano Juan Manuel Ortiz de Rosas no veía con simpatía el asilo
altruista que Bolivia ofrecía a sus víctimas. El Brasil miraba con
ojos indecisos aquello que, recónditamente, guardaba para un futuro gran
imperio.
Muy pronto, el mariscal Santa Cruz, dominando al Perú, luego de firmado el
Pacto de la Confederación, en mayo de 1837, en Tacna, fue nombrado
Protector de los tres Estados: el Norperuano, el Surperuano y Bolivia. No
pudo ser aceptado ese peligro continental y Argentina y Chile
lanzaron sus ejércitos contra el mariscal. Los mismos Bolivianos no
acataron enteramente el ideal crucista y opusieron sus reservas. Pero
Santa Cruz desterró a senadores, cerró aulas universitarias y obtuvo que
un Congreso reunido en Cochabamba en 1838, llamado la Canalla
Deliberante, aprobara el Pacto confederativo. Caído en desgracia, Santa
Cruz fue desterrado y murió cerca de Nantes (Francia) en 1865. Un
hombre grande, un ideal ambicioso y un intento confederativo cayeron al
abismo
La República
La gran batalla de Ingavi
Presidente de los peruanos, Gamarra, alentado por designios
secretos, invadió Bolivia. Inmediatamente, José de Ballivián Segurola
precipitó todos los complejos rebeldes y logró hacerse proclamar presidente
de la República, pues allá por 1841 había tres Gobiernos; uno legítimo en
Chuquisaca, presidido por José Mariano Serrano, que suplía a
José Miguel de Velasco (1839-184o), preso por los crucistas; el de la
Regeneración, en Cochabamba, y el de Ballivián, en La Paz.
Ante el peligro dé la invasión de Gamarra, los Bolivianos
rodearon a Ballivián y se alistaron en sus ejércitos, que, situados
en las llanuras de la altiplanicie de Ingaví, retaron a los peruanos.
"Los enemigos que veis al frente - dijo Ballivián a sus soldados - pronto
desaparecerán como las nubes cuando las bate el viento." El ejército de
Gamarra fue aniquilado y éste muerto en el campo de batalla (18 de
noviembre de 1841).
Se había consolidado, acaso para siempre, la independencia de Bolivia.
Ballivián (1841-1847) desarrolló una actividad digna de un gran
estadista y puso todo su talento y empeño en levantar a nivel considerable
todas las instituciones Bolivianas; ejército, educación, crédito
público, exploraciones tropicales, reformas en las universidades, etc. La
nación comenzaba a pensar y a estudiar, a elevarse a un plano espiritual y
de emulación cultural con el resto del mundo. Surgió entonces el primer
diario Boliviano, La Época, en donde escribían los desterrados
argentinos, hermanados a los Bolivianos, tales como Muñoz Cabrera,
Domingo de Oro, Bartolomé Mitre y otros. El asilo político fue una
real y evidente institución ballivianista. Caído el repúblico por la
zancadilla política, marchó al destierro y murió en Río de Janeiro el
15 de octubre de 1852.
Sucesores de Ballivián
Había un hombre alerta detrás de las pisadas de Ballivián:
Manuel Isídoro Belzu (1847 - 1854), llamado el Mahoma por unos, y
el tata Belzu, o sea Padre, por las masas ciudadanas, que veían en él
un salvador, aunque tuvo que resistir 42 movimientos subversivos, al cabo de
los cuales dejó voluntariamente el Poder y patrocinó la elección de su yerno
el joven general Jorge Córdova (1855 – 1857), quien gobernó apenas
dos años y murió en las célebres matanzas de Yáñez, en el Loreto
de La Paz; el 23 de octubre de 1861. Siguióle el ordenador y
civilista José María Linares (1857 - 1860), que redujo las fuerzas
del ejército de seis mil a mil doscientos hombres y a quien se dio categoría
dictatorial por su energía moralizadora.
Tras un paréntesis de calma a través del gobierno del general José María
de Achá (1861 - 1864), hizo su aparición en los fastos históricos la
extraordinaria y discutida figura del tirano Maríano Melgarejo. Éste
gobernó seis años (1864 - 1870) y despojó a los indios de sus tierras, pero
se rodeó de varones ilustres que formaban contraste con su figura. Después
de haber mantenido la nación en desconcertante desasosiego, Melgarejo
huyó al Perú, donde halló la muerte a manos de un pariente próximo,
dejando como legado actos de gobierno contradictorios, interesantes e
importantes unos, pintorescos e inaceptables otros.
El general Agustín Morales, jefe de la rebelión antimelgarejista, en
posesión del mando (1871 - 1872), dedicóse a poner orden en la bancarrota, y
lógicamente decretó la devolución de las tierras a los indios. Luego,
ejerciendo enorme influjo en las clases letradas y universitarias, asumió el
Poder el general Adolfo Ballivián (1873 - 1874), hombre de maneras
corteses y de hondo espíritu analítico y tolerante. Pasó ala historia como
un exponente del civilismo constitucionalista. Un ciudadano de singular
honestidad y patriotismo ascendió al poder entonces, Tomás Frías
(1874 - 1876), a quien derrocó un militar de maneras brutales y ambición
ciega, el general Hilarión Daza (1876 - 1879)
La pérdida del mar
Daza ascendió al poder en mayo de 1876, tratando de dominar
rebeliones y desterrando a prestigiosos hombres de su tiempo, como Frías.
En 1878 asoló a Bolivia la sequía más grande que recuerda la historia y
provocó el hambre y la alteración natural de las condiciones normales del
país. Entonces ocurrió lo inesperado; la guerra que Chile desencadenó
contra Bolivia y Perú, y cuyas consecuencias fueron mucho más graves para
Bolivia que para el Perú. Melgarejo había concedido a José
Santos 0ssa, representante de la Sociedad Explotadora del Desierto de
Atacama, el inaceptable derecho de explotar durante quince años todo el
salitre descubierto o por descubrir en el litoral Boliviano. La
Asamblea de 1871 anuló los actos de Melgarejo, y el Gobierno comenzó
a construir un ferrocarril de Mejillones a Caracoles y dio a entender
así cuáles eran sus privilegios. Eso fue todo; paralelos más o paralelos
menos de explotación, lo cierto es que detrás de ese pretexto había la
escuadra chilena del puerto del Caldera, que ocupó Antofagasta.
Y, como en todas las guerras, surgieron los episodios heroicos, el impagable
sacrificio de hombres como Eduardo Abaroa, la lucha contra el destino
adverso, la traición y la fatiga por ganar territorios. La derrota gradual y
luego el proceso de una litis larga y pesada, que duró basta 1904, minaron
la estructura de un pueblo que pudo tener mejores destinos sin este escollo
calamitoso.
Sin embargo, en ese episodio de la historia de Bolivia, en que un pueblo se
ve colgado de las nubes y las cordilleras más altas de América, se insinúa
una sola verdad inmensa e irrebatible; su ansiedad por el mar. Bolivia no
nació mediterránea a la vida republicana, y todas las luces de sus
universidades y claustros impulsaron la victoria de la Independencia; no
podrá, pues, subsistir mediterránea. Una era evolucionada y reflexiva
aproximará a los pueblos y desaparecerá esa mediterraneidad que es ultraje a
la prosapia de Hispanoamérica.
Después de la retirada de Camarones, Daza fue naturalmente depuesto
de la presidencia de la República. Murió asesinado más tarde, en 1894, en
Uyuni.
Así terminó una etapa trágica de Bolivia, para inaugurarse otra en que todo
era un afán inmenso de restañar la herida y reedificar la nación.
En esa tarea se empeñaron los gobiernos del general Narciso Campero
(1880 - 1883), Gregorio Pacheco (1884 - 1888), Aniceto Arce
(1888 - 1892) y Mariano Baptista (1892 - 1896), pues el corolario de
la malhadada guerra significaba un trastorno moral y económico para Bolivia,
que quedó dividida entre los que persistían en su apoyo al Perú, como
Campero, y los partidarios de un arreglo directo con el enemigo, como
Arce, cuya tesis contraria sostenía el general Eliodoro Camacho;
el lema intransigente o antipacifista lo mantenía Baptista.
Progresó Bolivia porqué ahora basaba su juego político en una doctrina de
gobierno; ferrocarriles, caminos, etc. De todos modos, basta el momento en
que se escriben estas líneas, nada ha cambiado el destino mediterráneo de
Bolivia, enclaustrada en sus fronteras y sujeta a los fenómenos de la mono -
producción del estaño
La gran batalla de Ingavi
Presidente de los peruanos, Gamarra, alentado por designios
secretos, invadió Bolivia. Inmediatamente, José de Ballivián Segurola
precipitó todos los complejos rebeldes y logró hacerse proclamar presidente
de la República, pues allá por 1841 había tres Gobiernos; uno legítimo en
Chuquisaca, presidido por José Mariano Serrano, que suplía a
José Miguel de Velasco (1839-184o), preso por los crucistas; el de la
Regeneración, en Cochabamba, y el de Ballivián, en La Paz.
Ante el peligro dé la invasión de Gamarra, los Bolivianos
rodearon a Ballivián y se alistaron en sus ejércitos, que, situados
en las llanuras de la altiplanicie de Ingaví, retaron a los peruanos.
"Los enemigos que veis al frente - dijo Ballivián a sus soldados - pronto
desaparecerán como las nubes cuando las bate el viento." El ejército de
Gamarra fue aniquilado y éste muerto en el campo de batalla (18 de
noviembre de 1841).
Se había consolidado, acaso para siempre, la independencia de Bolivia.
Ballivián (1841-1847) desarrolló una actividad digna de un gran
estadista y puso todo su talento y empeño en levantar a nivel considerable
todas las instituciones Bolivianas; ejército, educación, crédito
público, exploraciones tropicales, reformas en las universidades, etc. La
nación comenzaba a pensar y a estudiar, a elevarse a un plano espiritual y
de emulación cultural con el resto del mundo. Surgió entonces el primer
diario Boliviano, La Época, en donde escribían los desterrados
argentinos, hermanados a los Bolivianos, tales como Muñoz Cabrera,
Domingo de Oro, Bartolomé Mitre y otros. El asilo político fue una
real y evidente institución ballivianista. Caído el repúblico por la
zancadilla política, marchó al destierro y murió en Río de Janeiro el
15 de octubre de 1852
Sucesores de Ballivián
Había un hombre alerta detrás de las pisadas de Ballivián:
Manuel Isídoro Belzu (1847 - 1854), llamado el Mahoma por unos, y
el tata Belzu, o sea Padre, por las masas ciudadanas, que veían en él
un salvador, aunque tuvo que resistir 42 movimientos subversivos, al cabo de
los cuales dejó voluntariamente el Poder y patrocinó la elección de su yerno
el joven general Jorge Córdova (1855 – 1857), quien gobernó apenas
dos años y murió en las célebres matanzas de Yáñez, en el Loreto
de La Paz; el 23 de octubre de 1861. Siguióle el ordenador y
civilista José María Linares (1857 - 1860), que redujo las fuerzas
del ejército de seis mil a mil doscientos hombres y a quien se dio categoría
dictatorial por su energía moralizadora.
Tras un paréntesis de calma a través del gobierno del general José María
de Achá (1861 - 1864), hizo su aparición en los fastos históricos la
extraordinaria y discutida figura del tirano Maríano Melgarejo. Éste
gobernó seis años (1864 - 1870) y despojó a los indios de sus tierras, pero
se rodeó de varones ilustres que formaban contraste con su figura. Después
de haber mantenido la nación en desconcertante desasosiego, Melgarejo
huyó al Perú, donde halló la muerte a manos de un pariente próximo,
dejando como legado actos de gobierno contradictorios, interesantes e
importantes unos, pintorescos e inaceptables otros.
El general Agustín Morales, jefe de la rebelión antimelgarejista, en
posesión del mando (1871 - 1872), dedicóse a poner orden en la bancarrota, y
lógicamente decretó la devolución de las tierras a los indios. Luego,
ejerciendo enorme influjo en las clases letradas y universitarias, asumió el
Poder el general Adolfo Ballivián (1873 - 1874), hombre de maneras
corteses y de hondo espíritu analítico y tolerante. Pasó ala historia como
un exponente del civilismo constitucionalista. Un ciudadano de singular
honestidad y patriotismo ascendió al poder entonces, Tomás Frías
(1874 - 1876), a quien derrocó un militar de maneras brutales y ambición
ciega, el general Hilarión Daza (1876 - 1879)
La pérdida del mar
Daza ascendió al poder en mayo de 1876, tratando de dominar
rebeliones y desterrando a prestigiosos hombres de su tiempo, como Frías.
En 1878 asoló a Bolivia la sequía más grande que recuerda la historia y
provocó el hambre y la alteración natural de las condiciones normales del
país. Entonces ocurrió lo inesperado; la guerra que Chile desencadenó
contra Bolivia y Perú, y cuyas consecuencias fueron mucho más graves para
Bolivia que para el Perú. Melgarejo había concedido a José
Santos 0ssa, representante de la Sociedad Explotadora del Desierto de
Atacama, el inaceptable derecho de explotar durante quince años todo el
salitre descubierto o por descubrir en el litoral Boliviano. La
Asamblea de 1871 anuló los actos de Melgarejo, y el Gobierno comenzó
a construir un ferrocarril de Mejillones a Caracoles y dio a entender
así cuáles eran sus privilegios. Eso fue todo; paralelos más o paralelos
menos de explotación, lo cierto es que detrás de ese pretexto había la
escuadra chilena del puerto del Caldera, que ocupó Antofagasta.
Y, como en todas las guerras, surgieron los episodios heroicos, el impagable
sacrificio de hombres como Eduardo Abaroa, la lucha contra el destino
adverso, la traición y la fatiga por ganar territorios. La derrota gradual y
luego el proceso de una litis larga y pesada, que duró basta 1904, minaron
la estructura de un pueblo que pudo tener mejores destinos sin este escollo
calamitoso.
Sin embargo, en ese episodio de la historia de Bolivia, en que un pueblo se
ve colgado de las nubes y las cordilleras más altas de América, se insinúa
una sola verdad inmensa e irrebatible; su ansiedad por el mar. Bolivia no
nació mediterránea a la vida republicana, y todas las luces de sus
universidades y claustros impulsaron la victoria de la Independencia; no
podrá, pues, subsistir mediterránea. Una era evolucionada y reflexiva
aproximará a los pueblos y desaparecerá esa mediterraneidad que es ultraje a
la prosapia de Hispanoamérica.
Después de la retirada de Camarones, Daza fue naturalmente depuesto
de la presidencia de la República. Murió asesinado más tarde, en 1894, en
Uyuni.
Así terminó una etapa trágica de Bolivia, para inaugurarse otra en que todo
era un afán inmenso de restañar la herida y reedificar la nación.
En esa tarea se empeñaron los gobiernos del general Narciso Campero
(1880 - 1883), Gregorio Pacheco (1884 - 1888), Aniceto Arce
(1888 - 1892) y Mariano Baptista (1892 - 1896), pues el corolario de
la malhadada guerra significaba un trastorno moral y económico para Bolivia,
que quedó dividida entre los que persistían en su apoyo al Perú, como
Campero, y los partidarios de un arreglo directo con el enemigo, como
Arce, cuya tesis contraria sostenía el general Eliodoro Camacho;
el lema intransigente o antipacifista lo mantenía Baptista.
Progresó Bolivia porqué ahora basaba su juego político en una doctrina de
gobierno; ferrocarriles, caminos, etc. De todos modos, basta el momento en
que se escriben estas líneas, nada ha cambiado el destino mediterráneo de
Bolivia, enclaustrada en sus fronteras y sujeta a los fenómenos de la mono -
producción del estaño |
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