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090211 - Guillermo Alonso Meneses - ¿Quiénes son los tuaregs? ¿Quiénes eran sus antepasados? Quizá los antiguos habitantes del Sahara verde... La verdad es que ha habido muchos estudios sobre los ancestros de los tuaregs. A finales del siglo XIX y a través de los textos antiguos (Herodoto, Ptolomeo...), aparecieron diversas hipótesis: unas los hacían descendientes de los libios, otras de los numidios, otras decían que eran una mezcla de egipcios y etíopes. Más tarde, a principios del siglo XX, aparecen los trabajos antropológicos de Bertholon y Chantre sobre las tipologías de la población del norte de Africa, a cada una de las cuales hacen corresponder una población antigua, de forma que los tuaregs serían de la misma tipología que los numidios.

Pero según esta teoría, la tipología de las sociedades pasadas seria inalterable, cosa del todo imposible si tenemos en cuenta la derivación genética, según la cual todas las poblaciones cambian, incluido las más aisladas. (Ver:
La resistencia étnica Amazih (Bereber) en el Norte de África, desde la prehistoria hasta finales del siglo 20

Todos los indicios apuntan a que los tuaregs son exiliados en esta tierra. Sus antepasados fueron expulsados por los egipcios de la fértil franja mediterránea hacia el desierto, hace unos 2000 años. Son los herederos de un territorio que en un tiempo fue un paraíso de verdes prados, habitado por hombres y mujeres que dejaron su testimonio plasmado en los grabados y las pinturas que se encuentran por todo el territorio sahariano. Estas imágenes nos muestran cómo era el Sahara verde y la cultura que allí se desarrolló. Unas sociedades que adaptaron su economía a las circunstancias climatológicas y que, en muchas ocasiones, tuvieron que emigrar hacia otros lugares menos inhóspitos.

Con la desertización del Sahara, este territorio quedó aislado. No hay constancia de relaciones entre el Egipto faraónico y el desierto del Sahara. Pero sí sabemos que existía un importante comercio entre el sur y el norte de Africa a través del Sahara, realizado por grandes caravanas de dromedarios. Hasta finales del siglo XIX, los conocimientos europeos sobre el Sahara se limitaban a los incontrolables y desconcertantes escritos de autores griegos y árabes (Ibn Jaldún...). El hecho de ser una tierra inhóspita y poco conocida ha dado lugar a innumerables explicaciones mitológicas sobre el territorio y sus habitantes. Quién no ha oído hablar de los míticos "hombres azules" , señores del desierto?

En este artículo nos ocuparemos de los tuaregs de hoy, de los cambios que ha representado para ellos el contacto con el mundo occidental, de sus estrategias de adaptación y los esfuerzos de una sociedad minoritaria para revitalizar su cultura y no dejar que ésta sea engullida por otra cultura mayoritaria. Los tuaregs son una de tantas minorías que cuando se hizo la partición en estados-naciones del continente africano, quedaron repartidas en cinco de estos estados: Libia, Argelia, Níger, Burkina-Faso y Malí. Tan sólo eso nos da una idea de la desestabilización a que se ha visto sometido este pueblo

Creación de un equilibrio

El hábitat de los tuaregs es el Sahara, el desierto más espectacular; su contemplación provoca un sinfín de sensaciones, la naturaleza ha hecho en él verdaderas obras de arte. Lo que antes eran valles de prados verdes, ríos y montañas, ahora son mares de arena, ríos secos, montañas de piedras de formas fantasmales. Este lugar, que a primera vista parece inhabitable, es el entorno donde los tuaregs han desarrollado un sistema económico y de relaciones sociales que les ha permitido sobrevivir en este paraíso silencioso.

En el desierto del Sahara las lluvias anuales son inferiores a 150/100 mm, la temperatura raramente baja de los 0 grados, pero a menudo sube por encima de los 40 grados. La variación térmica entre el día y la noche es tan elevada que provoca una erosión intensa y continuada. Este cambio climático tan brusco ocasiona una evaporación creciente, en donde los vegetales encuentran graves dificultades para adaptarse. Hace falta una gran capacidad de organización de los recursos humanos y naturales para sobrevivir en estas condiciones.

Uno de los conceptos más importantes en el imaginario tuareg es la palabra que define tienda - éhen - término que utilizan también para explicar o describir unidades sociales, así el mismo vocablo puede denominar la unidad familiar, toda la sociedad tuareg o incluso el mismo universo. La tienda representa la casa de la madre, el refugio del individuo, y para que éste pueda existir hace falta un espacio donde edificarlo y unos bienes para alimentarlo. Es a través de este concepto que se establece una relación vital entre las unidades sociales diseñando lo que puede representar, para esta sociedad nómada, los derechos elementales del hombre que aseguren su supervivencia.

De este concepto nace todo un entramado social jerarquizado. Cada individuo pertenece a un grupo de descendencia de una tienda madre que da nombre al linaje, por tanto debería tener acceso a los derechos y a los bienes transmitidos a través de este ancestro común, generalmente por vía matrilineal. No obstante, las prácticas matrimoniales en el interior de un mismo matrilinaje, dan lugar a una reducción del círculo de los que tienen derecho y a una jerarquización dentro del mismo grupo de descendencia. Conjuntamente a esta jerarquización de parentesco se yuxtapone otra de carácter más político, que divide el conjunto social en estratos rígidos. Así pues en la sociedad tuareg hay nobles, vasallos, religiosos, artesanos y servidores.

Dos sistemas políticos concurrentes se entrecruzan. El uno, estrictamente jerarquizado, opone a los nobles todos los otros grupos de carácter dependiente; el otro funda sus principios sobre la igualdad política y la complementariedad de las tribus en el seno de la Asamblea.

Para sobrevivir, la tienda debe ir acompañada de unos recursos mínimos que le garanticen su supervivencia: agua y territorio. Ambos son bienes para los que existe un derecho de utilización prioritario por vía de parentesco, pero este derecho no es exclusivo. Los recursos esenciales, como son los pasturajes y los puntos de agua, no son nunca una propiedad privada individual; el control lo establecen las diferentes jerarquías de la colectividad, representadas por un jefe, sea de un campamento, de una tribu, o de una confederación. Cada jefe asume la responsabilidad de la gestión del territorio en relación a los grupos vecinos y a las jerarquías superiores. Los territorios interconfederados están bajo la autoridad de la asamblea de jefes de confederaciones que resuelven los conflictos que puedan surgir. Los derechos de utilización de un territorio no son nunca fijos ni definitivos, puesto que la relación de fuerzas entre los diferentes clanes dominantes cambia a menudo, integrando o rechazando otros grupos; la historia de las confederaciones tuaregs está llena de acontecimientos de este tipo. Los viajeros que están de paso tienen derecho a utilizar, sin pedir permiso, los pasturajes y puntos de agua de una región, siempre y cuando no estén más de tres o cuatro días. Tampoco se niega la hospitalidad temporal a un campamento o tribu exiliada.

Los tuaregs son básicamente nómadas pastores, aunque esporádicamente practiquen la agricultura, sobretodo en los oasis, puntos de paso de las grandes caravanas comerciales que durante siglos han cruzado el desierto del Sahara intercambiando productos entre el África subsahariana y el norte de África y el oriente.

El ciclo pastoral regula la vida de los nómadas pastores. Este ciclo se convierte en una filosofía, una forma de concebir la vida, el camino que el nómada y su rebaño hace entre la tienda y el pozo, la migración pastoral anual, la misma vida e incluso la muerte son vistos como una cadena de ciclos que conducen al momento privilegiado de transición y armonía, al instante de equilibrio que sucede al final de una acción y da paso al inicio de otra. Los elementos del universo cruzan, infatigables, valles y planicies, hasta alcanzar la última etapa, lugar de reposo y punto de partida del próximo viaje. Sedentarizarse seria interrumpir la marcha del universo, escapar al orden establecido, desintegrarse en un horizonte desconocido.

El equilibrio en la sociedad tuareg se asegura porque cada individuo busca su plaza dentro de su unidad social -ébawél- y ésta dentro de una unidad social más amplia. De esta forma se crean los lazos del tejido social, donde el individuo es imprescindible para la continuidad de la comunidad, al mismo tiempo que ésta lo es para la supervivencia del individuo. Lo cual no quiere decir que no surjan conflictos, pero éstos siempre se resuelven por el bien del conjunto social. De la misma manera, nómadas y sedentarios, pastores y agricultores han articulado un equilibrio basado en la necesidad de una supervivencia común que ha mantenido, a lo largo de los siglos, una coexistencia relativamente pacifica entre estas dos maneras de entender y vivir la vida.

Destrucción y caos

Desde finales del siglo XIX una serie de acontecimientos, ajenos a los tuareg, iniciarán la destrucción de su organización social, política, económica y también sicológica. Los tuaregs han visto resquebrajarse su equilibrio, urdido a lo largo del tiempo, de supervivencia y continuidad como sociedad.

La colonización francesa del Sahara, iniciada a finales del siglo XIX, fue un hecho irreversible a principios del XX. Las dificultades del terreno no impiden vencer la resistencia de este pueblo. Las consecuencias de esta derrota y la inevitable colonización son nefastas. Muchas tribus se encuentran divididas y desplazadas, sus lugares habituales de nomadismo son limitados o desviados para favorecer el control y evitar la reorganización de las tribus, muchos de sus hombres han muerto en la guerra, los jefes tradicionales que se niegan a colaborar son substituidos. Los desplazamientos de trashumancia y las rutas de las caravanas son controladas. En estas condiciones el nomadismo se ve amenazado.

A lo largo de la colonización francesa se producen una serie de cambios continuos que desestabilizan el ya frágil equilibrio tradicional. La administración francesa prohíbe el "esclavismo" para debilitar a las tribus. Sin embargo, ante la incredulidad del colonizador, la mayoría decide continuar con sus antiguos amos, a los cuales les unen lazos sentimentales además de los económicos. Hay que tener en cuenta que para un nómada la sedentarización es humillante y que para un esclavo es difícil conseguir un rebaño que le permita subsistir, ya que están excluidos de los círculos de solidaridad.

El resultado de estas medidas provoca un repliegue de la sociedad en sí misma, rehusando abrirse al exterior, motivo por el cual no se producen negociaciones políticas durante el período de ocupación. Es más, muchos nómadas no quieren enviar a sus hijos a la escuela, siendo reemplazados a menudo por los hijos de los "esclavos" , hecho que provocara, a la larga, un cambio en las estructuras sociales.

No es hasta la evidencia de las independencias cuando los jefes de las grandes confederaciones del Aïr, el Hoggar i el Ajjer, apoyados por las poblaciones de los oasis, intentan negociar con los franceses una solución política con la exclusiva finalidad de conseguir la independencia del territorio del Sahara. Pero los acontecimientos se precipitan, las independencias se suceden y los estados europeos dibujan las fronteras africanas como si de un ejercicio de geometría se tratara, sin tener en cuenta a los pueblos que allí viven. Los tuaregs no escapan a este ejercicio, sus reivindicaciones no son escuchadas. Las independencias agravan, más aún, la ya delicada situación de estos grupos de nómadas. Los elementos de desestabilización aumentan y precipitan la destrucción del equilibrio.

Las fronteras saharianas son hasta tal punto incoherentes que provocan un continuo enfrentamiento entre los estados independientes, como es el caso de Marruecos y Argelia. Estos conflictos dan lugar a una fuerte militarización de los espacios de frontera y a un exhaustivo control aduanero, provocando graves dificultades a la hora de pasar las fronteras, tensiones que dificultan tanto el tránsito comercial caravanero como la trashumancia pastoral de los nómadas. A esta problemática fronteriza, deben añadirse los fuertes impuestos de los nuevos estados. Diez años después de las independencias los nómadas se ven sumergidos en la pobreza, su economía no puede hacer frente a los graves acontecimientos naturales -las grandes sequías de 1973 y 1984- que dan un golpe brutal al nomadismo. Asimismo la introducción de prácticas económicas y formas de vivir modernas modifican substancialmente la vida en el Sahara.

Al mismo tiempo, el descubrimiento de riquezas en el subsuelo sahariano ha impulsado a los diferentes estados a aplicar políticas de control y de ocupación del territorio, introduciendo elementos agresivos (maquinaria, superpoblación, ...) para el delicado sistema ecológico de este espacio. Los tuaregs han sido y siguen siendo un pueblo muy respetuoso con el medio ambiente; ellos, más que nadie, son conscientes de las limitaciones de su hábitat, un entorno que hay que cuidar para no romper el equilibrio entre hombre y naturaleza.

El impacto que ha supuesto para esta sociedad el encuentro con el otro ha provocado un reajuste de su visión del mundo. En el imaginario tuareg se ha producido una fractura tanto espacial como temporal que hace que cada hecho sea analizado en la lógica del antes y del después. Sin embargo este reajuste se ha visto enturbiado en el momento de las independencias por la división de este pueblo en cinco estados. La interpretación actual de la realidad tuareg por el mundo exterior reconoce su situación angustiosa, aunque los motivos que se sugieren sean diversos. Unos aluden sus dificultades a los problemas puramente económicos y materiales, otros a los obstáculos sociales y culturales tradicionales que les impiden adaptarse al mundo actual, otros a la marginación racista o, mejor dicho, a un revés de la historia que pondría a los antiguos dominados en posición de dominantes. Pero la crisis del mundo occidental ha puesto de relieve la cuestión política de la oposición entre Estado y minoría, más importante aún que el conflicto entre etnias, entre culturas o entre razas. Sin embargo cabe preguntarse: ¿Qué se puede hacer frente al Estado? Actualmente existen varias corrientes de pensamiento que animan la esfera política y hacen hincapié en nuevos proyectos de sociedad, nacidos al margen del Estado; como por ejemplo, un retorno a los valores tradicionales para pensar la modernidad de una forma más elaborada, o la creación de nuevas fórmulas que nos protejan de la dinámica difuminadora del Estado

Resistencia: estrategias de adaptación

El futuro de los tuaregs parece no tener salida. Las jóvenes generaciones deben dejar la tienda para ir a buscar trabajo lejos de sus campamentos, en el exterior -essuf-. Dentro del nuevo orden político, económico y social de los nuevos estados, los nómadas no parecen tener cabida, se ven obligados a sedentarizarse en cada uno de los estados que les han sido asignados. Una vez destruido su propio equilibrio tradicional que perpetuaba sus valores culturales, los tuaregs han de buscar nuevas estrategias que les permitan integrar sus valores al nuevo orden establecido.

A la vista de los acontecimientos, el repliegue de la sociedad en si misma tan sólo podía conducir a su desaparición, era cuestión de tiempo. Pero los tuaregs, antes de verse eclipsados, han salido al exterior; lo han hecho de diversas formas, pero empujados por un único motivo: la supervivencia.

Unos se han enrolado en la armada, otros han emigrado, integrándose al mundo del trabajo asalariado; las jóvenes generaciones van a la escuela. Esta nueva situación les ha dado la oportunidad de mirarse y compararse con el otro, poder analizar su cultura con respecto a otra. Todo ello ha producido una reacción positiva, una apreciación de los valores culturales propios, convirtiéndose la cultura en el vínculo de relación y de unión entre los tuaregs.

Los asalariados aplican las estrategias de la propia cultura para defenderse del orden estatal, como es el caso de la trasgresión, a la cual están acostumbrados por razones prácticas y materiales. Por otro lado, gracias a su circulación intensiva por todo el territorio tuareg, toman el relevo a los desplazamientos caravaneros, que han disminuido considerablemente en los últimos años, y son los encargados de continuar reafirmando los vínculos entre las confederaciones. Son también un elemento dinamizador de la cultura, pues aprenden a escribir, utilizando el alfabeto que les es propio: el tifinagh, al mismo tiempo que lo modernizan introduciendo cambios, como son las vocales, la separación de palabras, que facilitan su comprensión. Aprovechan sus conocimientos de la lengua para indagar y transcribir la sabiduría oral de sus mayores.

Otros emprenden negocios que les permitan reiniciar un nuevo estilo de nomadismo, como es el caso de las oficinas de turismo, muy numerosas en el Sahara central. Aprovechan el mito exótico que sobre ellos han divulgado las sociedades occidentales: la visión de los tuaregs como "guerreros del honor, señores del desierto, libres y feroces sobre sus meharis blancos" . Cada viaje se convierte en una trashumancia, un ciclo que empieza y termina, una nueva forma de nomadizar, todo menos sedentarizarse, pues esto sería como negarse a sí mismos.

Por lo que he podido observar en mis recientes viajes al Tassili N'Ajjer (Argelia), los tuaregs conservan todavía una conciencia de identidad colectiva. Esta pertenencia a una misma cultura se traduce por un conjunto de signos exteriores -lengua, escritura, gestos, vestido, maquillaje,...- y también por una conciencia política, una filosofía y una cosmogonía propias de este pueblo. En el desierto aun se pueden encontrar valores como la distinción entre lo que es necesario y lo que es superfluo. Los tuaregs son una realidad cultural, un grupo humano que ha sabido tejer una red social, la cual les ha permitido sobrevivir a lo largo de los siglos en un medio hostil. Se les ha descrito como seres irreales, creando una imagen completamente falsa de esta sociedad. El tiempo nos dirá si sus valores de solidaridad colectiva y su filosofía de entender la vida han encontrado las estrategias necesarias para su continuidad en el futuro.

Las ideologías nacionalistas sirven a los Estados como medio para unificar, para normalizar a las poblaciones incluidas en el interior de sus fronteras. No podemos afirmar que el nuevo orden mundial permita pensar la alteridad sin entrar en una utopía que seria como cavar la tumba de toda cultura. No podemos saber en qué medida las relaciones entre los pueblos tienen la capacidad de prevalecer o de dejarse eclipsar por el orden legitimado de los Estados modernos

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* Teresa Cucurull Mateu está licenciada en Geografía e Historia, especialidad Antropología Cultural. Ha realizado varias estadías de trabajo de campo etnográfico entre tuaregs del Tassili N'AJJER (Argelia). Investigadora del CEA


 

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