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Pedro Albizu Campos

 

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11 - Antes de la llegada de Cristóbal Colón - Conquista y colonización. Después de llegar Cristóbal Colón - Las comunidades africanas - La definición del régimen colonial: 1550-1560 - La llegada de los Europeos - Impactos europeos: 1700-1765 - La presencia de los corsarios - Tendencias poblacionales - Aspectos políticos en Puerto Rico: 1765-1837 - Transformaciones económicas y culturales 1765-1837 - Vaivenes de las reformas - Expresiones culturales del sector criollo - Del gobierno militar al gobierno civil: 1898-1900 - Contiendas partidistas de principios de siglo - La economía de principios de siglo - La Ley Jones de 1917 - La prohibición del alcohol 1918-1934 - Una economía deprimida - La extensión del Nuevo Trato - Nace un nuevo partido - De la agricultura a "Manos a la Obra" - Plebiscitos y ascenso del bipartidismo - El Cerro Maravilla - La quiebra del modelo económico - Sila María Calderón, la primera mujer gobernadora - Vieques

Históricamente los primeros habitantes de Borikén (nombre indígena de la isla), eran conocidos como los arcaicos, estos ya habitaban la isla desde el segundo siglo antes de la era cristiana.
Según nuestros historiadores estos provinieron de (Suramérica) a través de las Antillas Menores. Hay otros historiadores que piensan que estos llegaron de la península de la Florida, en  (Norteamérica)  o de la de Yucatán, en (Centroamérica).

Antes de la llegada de Cristóbal Colón
En aquellas comunidades tribales, que no se conocían la agricultura ni el arte de la cerámica, estos indígenas debieron viajar en rústicas balsas de troncos por razones que hoy se desconocen. Todo parece indicar que prefirieron las zonas costeras para establecer sus pequeñas comunidades con sus (bateyes). Los pocos restos arqueológicos que de ellos se han localizado en Puerto Rico, están Utuado, (parque ceremonial Tibes) en Loíza y en Vieques. Estos indigenas dependían para su subsistencia del recogido de frutos silvestres, de la pesca en ríos y mares y de la cacería menor, especialmente, de los pocos mamíferos y de la amplia diversidad de reptiles y aves que habitaban la isla de Borikén

Casi toda su cultura y religiosidad son prácticamente desconocidos. Se sabe que tenían algún tipo particular de creencia religiosa. Esto se puede deducir ya que se han encontrado depósitos funerarios ligados a la tradición arcaica que demuestran que preparaban sus cadáveres y los enterraban en cavernas en posición extendida. Todo ello demuestra la existencia de un ritual mortuorio complejo. Asociados a los restos se han encontrado navajas de pedernal y caracol y morteros de piedra que debieron ser utensilios de uso diario de estas comunidades.

Todo tiende a indicar que que desde el primer o segundo siglo después de la era cristiana, la isla sintió el arribo de una nueva comunidad indígena: los aruacos. Éstos habían partido del norte de la América del Sur presionados por otras comunidades continentales. Dominaban unas técnicas más complejas que los arcaicos como, la navegación en canoas, la agricultura y la elaboración de la cerámica, entre otras. A aquella economía centrada en la agricultura le correspondía un ordenamiento social y cultural distinto del de los arcaicos.

Otras comunidades aruacas en general podían sostener poblaciones más numerosas y estructuras de poder político más complejas. Los aruacos insulares aprendieron a combinar los recursos que les ofrecía una agricultura centrada en tubérculos como la yuca y sus derivados y otros vegetales, con la cacería, la pesca y la recolección de frutos tropicales. Todo tiende a indicar que, desde su asentamiento en la isla, manifestaron unas prácticas culturales y rituales distintivas.

Relativamente en general para los aruacos la mujer significó mucho por su capacidad reproductiva. El hecho de que ella fuese el agente concreto para perpetuar la comunidad, influyó decisivamente en el tipo de tareas que la misma desempeñaba en el orden social y en el diseño del poder comunal. También el juego de pelota conocido como batú o batey posteriormente, el culto al cemí o ídolo de tres puntas para fines agrarios, los enterramientos tanto en cavernas como en descampado con los cadáveres en posición fetal o en cuclillas, fueron elementos comunes a los aruacos insulares desde el 100 d.C. hasta el 1550.
 
Asimismo esto no significa que las comunidades aruacas de todo ese largo período de tiempo fueran totalmente uniformes. Los investigadores han podido distinguir al menos tres distintas fases de desarrollo de los aruacos en Puerto Rico. En primer lugar, la fase de los saladoides, que fueron los que arribaron a la isla en el 100-200 d. C. Se han ubicado restos de los mismos también en Loíza y Vieques. Éstos se distinguieron por su asombroso dominio de la cerámica adornada con diseños geométricos y variados colores. En segundo lugar, la fase ostionoide cuya fecha media es el 500 d. C. y cuyos restos se han descubierto en Cabo Rojo, Luquillo y Hormigueros. Aunque algunos expertos creen que se trata de otra inmigración de América del Sur, otros alegan que no son sino una adaptación de la mezcla biológica y cultural de los arcaicos y los saladoides. En vista de esto se les conoce también como pre-taínos y se les interpreta como la primera comunidad indígena autóctona. Se sabe que tenían mejores técnicas agrarias que sus antecesores y que su cerámica, aunque no era tan refinada como la saladoide, se distinguía por la ausencia de colores y el predominio de los diseños de rostros semihumanos y de animales en las asas de sus vasijas.

Gracias a que la fase taína, ya había madurado hacia el año 1000 d. C. es la mejor conocida del pasado indígena insular y de la que guardamos mayor información. Después de todo, ellos fueron testigos y víctimas de la conquista española y sus restos arqueológicos han sido identificados y estudiados desde hace más de 150 años en Puerto Rico. En gran medida los taínos representan una síntesis de nuestro pasado indígena.
Los yacimientos más notables de esta fase se hallan en Villa Taína en Cabo Rojo, Santa Elena en Toa Baja y Capá en Utuado, zona esta última donde se encuentra el centro ceremonial de Caguana. Los taínos en general se caracterizaron por su eficiente agricultura, por lo que podían sostener poblaciones más numerosas, y su capacidad para elaborar todo tipo de objetos en piedra pulida. Son famosos sus codos, sus cinturones, sus cemíes (ídolos), sus dujos (asientos) y sus monolitos de profundo significado mágico.

Alrededor de su complejo orden social se centraban  los caciques o cacicas. Estos estaban al mando de la tribu, y por lo tanto, disfrutaban de una mejor vivienda, conocida como el caney, y de ciertos privilegios. Los nitaínos, o nobles, eran auxiliares de los caciques. Los behiques, o shamanes, estaban encargados de la magia y las curaciones, y a la masa del poblado que desempeñaba los trabajos más dificultosos, se le conocía como naborias. Esta estratificación sorprendió a los primeros europeos que pusieron pie en las islas entre 1492 y 1493. Su religiosidad natural y su explicación de los misterios vitales, todo ello recogido por el fraile Román Pané en la Española desde 1494, demuestra que aquellos indígenas tenían respuestas para la mayor parte de las preguntas fundamentales de cualquier ser humano.

Redunda la influencia de los taínos en la configuración de la imagen de "lo puertorriqueño" y esto ha sido notable en varios aspectos. En el mundo del lenguaje, especialmente en la nominación de lugares y espacios, es obvia. Más de 500 palabras del español de Puerto Rico tienen origen arauco insular. A pesar de que no es tan notable, su influjo étnico y en el orden de la vida cotidiana del puertorriqueño es patente. En el ámbito alimentario (yuca, yautía, ají) y en el mobiliario (hamaca), también radican claves para estudiar nuestras características culturales.

Como un asunto no resuelto del pasado indígena sigue siendo la cuestión de la cultura caribe insular. Los investigadores discrepan en cuanto a si los mismos son parientes de los aruacos, o si se trata de una comunidad distinta y agresiva. Las descripciones que se recogen de los caribes representan unas agrupaciones humanas étnica y culturalmente distintas de los taínos, hecho que no niega la posibilidad del parentesco.

Indican los documentos de los conquistadores, que la convivencia de taínos y caribes antes de la presencia europea acarreó conflictos. Los mismos revelan que, después de la conquista, caribes y taínos se unieron para batallar contra el invasor europeo. Es posible que la presencia caribe comenzara a ser notable en la costa este de Puerto Rico desde el 1450 y que ya para fines del siglo 15 hubieran tocado la isla de Vieques y la región de Naguabo. Su importancia es más que evidente. Al fin y al cabo, este mar agresivo, el Caribe, que tanto trabajo tomó conquistar a los europeos, lleva hasta el presente su nombre.

Asi mismo de una manera o de otra, todos estas comunidades están en el cimiento de la memoria colectiva del pueblo puertorriqueño. No podemos hablar de la historia de Puerto Rico sin pensar en aquellos lejanos parientes que estaban aquí desde mucho antes de la llegada de los primeros europeos en 1493.

Más allá de los mares que circundaban a los primeros habitantes de Boriquén; en lo que para ese entonces era un mundo desconocido, un navegante genovés llamado Cristóbal Colón había emprendido una aventura que cambiaría la faz de la tierra. Tras la conquista del reino de Granada y la expulsión de los moros, los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla apoyaron la aventura propuesta por Colón en aras de consolidar su reino y sus riquezas. El almirante partió en 1492 desde el puerto de Palos en una ruta que pensaba lo llevaría a las Indias. Su primer viaje fue uno repleto de dificultades e incredulidad por parte de los tripulantes. Mientras tres frágiles carabelas atravesaban un océano misterioso que parecía inacabable (el Atlántico), un nuevo mundo, al que llamaron las Indias Occidentales, se abría ante la mirada curiosa de los conquistadores. El 12 de octubre de 1492 avistaron a Guanahaní (San Salvador), luego otras islas de la Bahamas. Cuba y la Española también fueron objeto de ese primer encuentro entre dos mundos.

Un año después, en el 1493, Cristóbal Colón emprendía su segundo viaje de exploración. Luego de la gran hazaña de 1492 y superadas las dudas sobre la existencia de nuevas tierras allende el limitado horizonte que conocían los europeos, esta vez estaría al mando de diecisiete embarcaciones y de más de mil hombres ávidos de aventura. El poder de los Reyes Católicos se fortaleció cuando el Papa Alejandro VI emitió una Bula en mayo de 1493 que les otorgaba a Fernando e Isabel y a sus herederos derechos absolutos en las tierras descubiertas y las que estaban por descubrirse.

El encuentro con Dominica y Marigalante y la cadena de islas que hoy forman las Antillas Menores deslumbró a los conquistadores. No fue hasta el 19 de noviembre de 1493 que desembarcaron en una isla llamada Boriquén a la cual se le bautizó con el nombre de San Juan Bautista. Su estadía fue breve, y sería en el 1508, cuando comenzaría el proceso de colonización

Conquista y colonización. Después de llegar Cristóbal Colón

El nombre de la isla conquistada por Cristóbal Colón, vino a ser San Juan Bautista y el puerto de trasbordo con su enorme bahía natural, vino a ser puerto rico.  La primera fase de conquista y colonización de la isla se basó en la explotación del trabajo indígena en la minería y la agricultura. Juan Ponce de León se convirtió en el segundo gobernador asignado a la isla de San Juan Bautista, sin embargo fue el primero en pisar tierra ya que nunca llego el primero asignado. Estableció un asentamiento en Caparra por espacio de diez o 12 años. Ponce de León concertó una segunda capitulación en mayo de 1509 que establecía los términos de la conquista con el representante de la Corona, fray Nicolás de Ovando. De los productos alimentarios de los conucos y del oro extraído de las minas, un quinto sería destinado al Rey.

El sistema de repartimientos de indios y de encomiendas a los conquistadores facilitó la distribución y el uso de la mano de obra. Aunque el propósito de la conquista era el de evangelizar a las sociedades indígenas, la realidad fue otra. Sometidos a la esclavitud, los indios naborias no se adaptaban al sistema esclavista. Inicialmente la isla generó ganancias a los Reyes Católicos y a los conquistadores. En 1511 se registró una rebelión encabezada por Agüeybaná II que finalmente fue apaciguada por la superioridad tecnológica de los europeos. En España, los herederos de Colón reclamaban su derecho a las riquezas del Nuevo Mundo y Diego Colón fue reconocido en 1511 como el legítimo heredero de las Indias. La llegada de Diego Colón en sustitución de Ovando a Santo Domingo y el nombramiento de Juan Cerón como gobernador de la isla, creó un abierto conflicto jurisdiccional en la forma en que se repartían los indios y en la administración local que duraría desde 1509 a 1537.

Durante las primeras décadas de la colonización española de San Juan Bautista, la reducción de la población indotaína fue notable. Buena parte de ellos emigraron a las Islas de Barlovento (Antillas Menores) para evitar el dominio español. Otra parte se diluyó en el proceso de mestizaje con los sectores hispano-europeos. Un sector significativo murió como consecuencia de los cambios en la rutina de trabajo y la explotación excesiva y por el contagio con las enfermedades endémicas y epidémicas desconocidas en la zona tropical. Hacia 1519, un huracán y una epidemia de viruela devastaron una tercera parte de los pocos taínos que habían sobrevivido el proceso conquistador. En 1540 las minas se habían secado. Todo ello sirvió como argumento para justificar la importación de mano de obra esclava procedente de África a las islas

Las comunidades africanas

En términos generales, los esclavos importados a San Juan Bautista y las islas podían clasificarse de dos modos: ladinos y bozales. Los ladinos eran esclavos procedentes de Portugal y Sevilla que habían recibido entrenamiento profesional en la península y se suponían cristianizados. Los bozales, por el contrario, eran esclavos importados directamente del continente africano a través de las diversas factorías portuguesas del Golfo de Guinea y que no habían estado en contacto con la civilización occidental y el cristianismo anteriormente. Estos esclavos serían forzados a trabajar en las más diversas tareas: desde labores domésticas, pasando por la minería, hasta tareas agrarias y labores especializadas en la producción de azúcar moreno o moscabada.

Los bozales fueron ciertamente los más numerosos en San Juan Bautista. Ricardo E. Alegría ha podido distinguir 23 etnias distintas en la isla durante la segunda mitad del siglo 16. El lingüista Manuel Álvarez Nazario ha clasificado esas comunidades en dos grandes familias lingüísticas: la bantú y la sudanesa. A pesar de que el parentesco lingüístico no autoriza al historiador a hablar de comportamientos uniformes, facilita mucho la comprensión de la herencia africana en la cultura puertorriqueña

Los pueblos de lengua bantú habitaban específicamente los territorios alrededor del Lago Victoria hasta Lesotho y el río Vaal en África de Sur. Eran comunidades del este sureste del continente, distantes de la zona atlántica. Los pueblos de lengua sudanesa ocupaban una vasta zona que comenzaba en Sene-Gambia, pasaba por Sudán y Chad y culminaba en la frontera del Sahara y Libia, al norte. Eran, por lo tanto, africanos del este y de las cercanías del Golfo de Guinea, zona propicia para el tráfico internacional. Todos coincidían en algo: eran habitantes de la zona tórrida lo cual los cualificaba como candidatos de excepción para trabajar en el trópico americano

En términos generales, las relaciones de los hispano-europeos con los pueblos africanos estuvieron viciadas desde el principio. África, apenas descubierta en toda su complejidad por los portugueses durante el siglo 15, cumpliría una función específica en todo aquel proceso de expansión europea. Actuaría como un puente comercial hacia la India verdadera y sus riquezas en especias y lujos. A la larga terminó jugando un papel marginal pero clave en todo el proceso: suplir mano de obra esclava sin ser objeto de ocupación inmediata de los europeos

La relación desarrollada entre los blancos y los africanos fue una signada por la idea de superioridad étnica y cultural de los primeros. El racismo fue una de las claves de su desenvolvimiento hasta el presente. El hispano-europeo blanco no consideraba que el africano fuese un ser humano con alma en el sentido en que lo era él. Así justificaba el hecho de tratarlos como meras mercancías o "cosas"

Durante los primeros años de la colonia se prefirió importar esclavos varones. Se suponía que las mujeres no podían realizar las mismas tareas que los varones en las minas o en los ingenios azucareros. Ello produjo un enorme desbalance sexual en la temprana población insular. Aquella situación debió colocar a la mujer taína en una posición desventajosa ante las mayorías masculinas africanas e hispano-europeas en la colonia. La esclavitud africana quedaría garantizada mediante la adquisición de nuevas "piezas", o mediante la práctica legal de que cualquier niño nacido del vientre de una esclava, sería también esclavo independientemente de la condición legal del padre

Para los compradores de esclavos también era importante evitar la importación de africanos influidos por la fe musulmana, hecho común especialmente entre las comunidades del sur del Sahara y el noreste de África. La experiencia histórica de Castilla y Aragón en el período de la reconquista era difícil de olvidar. Por último, siempre se preocuparon los esclavistas porque los esclavos africanos que viniesen a San Juan Bautista y las islas, se aplicaran al trabajo dócilmente y que no manifestaran, en lo posible, voluntad de resistir la esclavitud. Conseguir que los esclavos africanos aceptaran la sujeción de los amos y que, además, cambiaran dramáticamente su ritmo vital y su modo de pensar y sentir no fue tarea fácil

La resistencia de los esclavos a la servidumbre, igual que en el caso de los indígenas, fue inmediata y diversa. Ello se manifestó desde la rebelión hasta las huidas hacia los montes y la emigración hacia las Antillas Menores vecinas donde esperaban establecer distancia con respecto del hispano-europeo. A la larga esas comunidades africanas se integraron con los indígenas barloventeños (taínos y caribes). Para su mal, también se vieron en la necesidad de confrontar la presencia de nuevos adversarios europeos en las islas: franceses, primero, y holandeses e ingleses después, que comenzaron a arribar a estos territorios entre 1530 y 1540 atraídos por la promesa del "tesoro de las Indias occidentales". Su vida fuera del alcance de los conquistadores no fue sencilla. Igual que los taínos, fueron víctimas de las cacerías humanas de los hispano-europeos quienes persistían en el objetivo de someterlos a la esclavitud

El impacto de las culturas africanas en la construcción de la imagen de lo puertorriqueño es evidente. Uno de los grandes distintivos de Gran Caribe, región de la cual Puerto Rico es parte, es precisamente la etnicidad africana. La común historia de estos territorios no podía desembocar en otra cosa

El lenguaje popular puertorriqueño está lleno de voces africanas de tradición bantú (conceptos mandingas y cangás, especialmente) y sudanesas (términos congos, angolos y mozambiques, sobre todo). No se trata sólo de las palabras. Cada una de ellas implica una serie de prácticas sociales y actitudes dentro de la vida cotidiana y del folclor nacional que dan riqueza a la cultura puertorriqueña. La presencia africana es tan o más notable, que la misma presencia indígena

La definición del régimen colonial: 1550-1560

La decadencia de la minería y el estancamiento de la industria azucarera tuvieron consecuencias dramáticas para la colonia. Primero que nada, la economía se vertió hacia la producción de bienes que no requerían una gran inversión como lo son el ganado (cimarrón o salvaje en gran medida) y el jengibre (silvestre esencialmente). Incluso se introdujeron productos nuevos. El estancamiento económico provocó además una reevaluación del papel de San Juan Bautista dentro del contexto colonial español

Si bien, por un lado, la isla perdió importancia en el ámbito económico, por otro se afirmó el valor del territorio como baluarte estratégico de la defensa de los intereses del imperio. De hecho desde comienzos de aquel período una de las metas de España fue convertir a la capital de San Juan Bautista en una ciudad fortificada inexpugnable. El Castillo de San Felipe iba a ser el centro de aquel sistema defensivo inicialmente. Los pequeños baluartes del Boquerón y del Puente de San Antonio debían completar la misma. La inversión en el mejoramiento del sistema de defensas de la capital será una de las características más notables del San Juan Bautista de esa época especialmente después de la década de 1580. Desde entonces el manejo de los asuntos insulares se dejó en manos de militares. Desde 1583, se asignó una suma de dinero del tesoro de Santo Domingo de Guzmán, Cartagena de Indias o México (el llamado "situado") para financiar los gastos militares de la colonia y su fortificación

Esta es una etapa caracterizada además por el poco crecimiento demográfico y el repliegue del proyecto colonial español, hecho que puso en peligro en repetidas ocasiones la soberanía española en San Juan Bautista a manos de sus adversarios europeos, como se verá más adelante. La consolidación de las conquistas de México y Perú entre 1519-1535 y el consecuente hallazgo de enormes depósitos de plata en ambas regiones, que ya era un hecho hacia 1545, atrajeron a los inmigrantes peninsulares hacia tierras continentales preferentemente

En la medida en que imperio creció bajo los reinados de Carlos V y su hijo Felipe II, otros poderes europeos comenzaron a interesarse en las llamadas Indias Occidentales. Refrendados por la tradición católica y por un frágil derecho internacional, los españoles pretendían que las tierras del Atlántico eran exclusivamente suyas. Sin embargo, ya desde la década de 1520 traficantes franceses se aproximaban a las costas de las islas a ejecutar comercio ilegal con los vecinos. Hacia 1560, los ingleses se sumaron a los franceses en aquellas incursiones. A partir de la primera década del siglo 17, los holandeses también quisieron participar de las tierras conquistadas por los españoles y los portugueses durante el siglo 15. Tanto para los ingleses como para los holandeses, el contrabando y la agresión militar iban de la mano. Las consecuencias de todo ello serían la virtual fragmentación del imperio insular español entrados los siglos 17 y 18

A fin de defender su soberanía política y comercial sobre aquellos territorios se ideó el sistema de "flotas y galeones". El comercio, controlado por los traficantes sevillanos, se ejecutaría en convoyes que combinaría barcos militares bien artillados y mercantes. En general se sabe que San Juan Bautista quedó al margen de las principales rutas comerciales de la "carrera de las Indias", como se le llamaba en esa época. Las bien defendidas naves españolas tocaban tierra en Nombre de Dios en el Virreinato de la Nueva Granada, en Veracruz en el de Nueva España y en La Habana en la Capitanía General de Cuba. A pesar de lo bien ubicado que estaba el puerto de la isleta de Puerto Rico, San Juan Bautista no fue un destino privilegiado por el gran tráfico de la época. Su comercio, en consecuencia, se limitó al que se ejecutaba con aquellos barcos que venían con permiso especial de Sevilla y al que se realizaba con barcos de la flota que se averiaban y tenían, por necesidad, que detenerse en la isla para hacer reparaciones

Eso no significaba que aquel fuese el único intercambio que realizaba el Puerto Rico de San Juan Bautista. Un notable contacto comercial debió existir en esa época entre nuestra isla y la Española, Cuba, e incluso, Costa Firme en la actual Venezuela. Las exportaciones de San Juan Bautista se limitaban al poco azúcar que aún se producía en algunos ingenios, los cueros curtidos de res, materia prima de tantos bienes de consumo, y muy especialmente el jengibre, especia bien cotizada que llegó a acaparar el interés de los mismos azucareros. Desde 1635 en adelante, el cacao con sus variados usos alimentarios y medicinales, compitió espacios económicos a la misma caña de azúcar

La imagen que de San Juan Bautista presenta la Memoria de Joan de Melgarejo (1582) es la de una colonia pobre, con una población escasa y dispersa por la ruralía que trata de sobrevivir al margen del poder de una capital que se fortalece lentamente mediante el trato ilícito en medio de un ambiente peligroso. Puerto Rico y San Germán encabezan aquel territorio. Arecibo, Aguada, Ponce, Coamo y Loíza, son apenas aldeas semi desiertas. La zona montañosa central apenas ha sido hollada por el conquistador. La misma sirve de refugio a esclavos cimarrones, indios escapados y soldados fugitivos y es prácticamente impenetrable. En ese mundo mestizo y mulato lleno de peligros, se estaba desarrollando uno de los cimientos de la futura cultura nacional puertorriqueña

Desde aquella época se puede hablar propiamente de que el imperio construido por los peninsulares estaba en crisis y en abierta decadencia. Las agresiones extranjeras de 1595, 1598 y 1625 sólo vinieron a ratificar aquella tendencia y a agravar la situación. Las referidas agresiones se dieron en contextos parecidos que es necesario resaltar. Al lado de los intereses expansionistas económicos y políticos de los agresores, estaban muy vivos los conflictos religiosos que habían ido distanciando a las monarquías católicas de aquellas de religión reformada desde 1517 en adelante

Las agresiones de 1595 y 1598 fueron producto del esfuerzo inglés y responsabilidad de algunos de los corsarios más prestigiosos de aquellos tiempos: Sir Francis Drake y George Clifford, Conde de Cumberland, respectivamente. Drake venía en busca de un supuesto tesoro depositado en la Fortaleza de Santa Catalina y sufrió una aparatosa derrota en 1595. La derrota de Drake en Puerto Rico era un hecho sin precedentes porque se trataba de uno de los corsarios más temidos de su tiempo

Clifford, quien le conocía, utilizó aquella derrota del amigo para justificar una agresión mejor pensada, vengar la afrenta y quedarse con la isla. Tras un fracasado intento de desembarco por Cangrejos, consiguió poner sus tropas en tierra por la zona de Escambrón y moverse hasta la ciudad. A pesar del éxito inicial, una epidemia de disentería puso en peligro la seguridad de sus tropas quienes tuvieron que optar por abandonar la presa. Las defensas, que entonces estaban en proceso de revisión por ingenieros militares españoles, habían demostrado que podían ser violadas por un enemigo atrevido. Puerto Rico no estaba seguro todavía en manos de España

En 1625 correspondió a los holandeses guiados por Balduino Enrico tratar de tomar San Juan Bautista. Otra vez los conflictos en Europa, la necesidad de construir un imperio y de hallar fuentes de sal para sostener la industria de los peces salados, movió a los holandeses a mirar hacia las islas. Frente a Enrico la capital estuvo bajo sitio durante semanas. El hecho de que el gobernador Juan de Haro se negara a rendir la plaza al holandés provocó que éste, temeroso de la llegada de refuerzos, saqueara y pegara fuego a la capital y se marchara de la misma. La pequeña ciudad que tanto trabajo había costado construir desde 1520 quedaba convertida en un montón de cenizas. Habría que comenzar otra vez desde cero si se quería que la colonia sobreviviera

Todo ello condujo a que se afirmara una vez más la necesidad de fortificar aquella capital colonial que, a pesar de su pobreza material, las mayores potencias marítimas de su tiempo ambicionaban. En 1631 se recomendó vivamente amurallar la ciudad para garantizar la seguridad de la misma. El proyecto se comenzó hacia el año 1634 y en cerca de cuatro años, hacia el 1638, estaba terminado. Ahora el Puerto Rico de San Juan había adquirido las características generales que le han identificado hasta el presente. El recinto amurallado tendría que aprender a combinar las necesidades de la defensa con las de los consumos. La ciudadela se vería desde entonces poblada de soldados y de una aristocracia que se iría distanciando sicológica y culturalmente de la gente del resto del país. Murallas afuera, el ganado señoreaba y el orden era violado a diario a pesar de los esfuerzos de España

La llegada de los Europeos

Hacia el año 1625, el imperio castellano había perdido la vitalidad que lo había caracterizado. Mientras España estaba bajo signos evidentes de desgaste político, administrativo y militar, Inglaterra y Holanda se fortalecían en Europa y se transformaban en un reto concreto en el mundo americano. El ascenso de ambos poderes explica en gran medida sus reiteradas agresiones a San Juan Bautista entre 1595 y 1625.

Mas no se trata solamente de ese reordenamiento de poder. A partir del año 1624 esas dos potencias marítimas europeas junto a Francia, comenzaron a adoptar una actitud más belicosa sobre sus posibilidades expansivas en los mares navegados y las tierras descubiertas por los castellanos durante el siglo 16.

Entre 1624 y 1655 los países enemigos de España en Europa ejecutaron una política colonial agresiva, tratando de romper con la idea de los castellanos de que el océano Atlántico y las Indias Occidentales debían estar cerrados para la colonización por parte de otros países que no fueran España y Portugal. Las posibilidades de que el monopolio español sobre estas tierras durase para siempre, estaban en duda.

El foco de interés de la expansión no-española en América se concentró en aquel momento principalmente en las Antillas Menores. A pesar de que España las reclamaba como suyas, no había puesto empeño en colonizarlas. De ese modo, San Cristóbal quedó en manos de ingleses y franceses (1624). Aquello fue solamente el inicio de un proceso a través del cual Barbados terminó en manos de los ingleses (1624), Santa Cruz fue compartida por los ingleses y los holandeses (1625), Nieves, Antigua y Montserrat (1628) fueron recolonizadas por los ingleses, y Martinica y Guadalupe (1635) por los franceses. Las Antillas Menores, otrora jurídicamente españolas, se iban a convertir a la larga en un calidoscopio cultural muy rico en manos de los nuevos poderes europeos. Paralelamente, esas mismas potencias ocuparon tierras en la zona de la Guayana, al norte del continente suramericano, desde donde podían proteger sus intereses coloniales insulares.

Limpiar las islas de las bandas de habitantes autóctonos que aún pululaban por ellas fue la primera necesidad de los nuevos invasores. Los descendientes de los caribes y los taínos no pudieron soportar el empuje del nuevo adversario blanco bien apertrechado y con la experiencia obtenida de las derrotas hispánicas en aquellos territorios. Las islas de Barlovento y Sotavento iban a ser utilizadas en adelante para promover las relaciones comerciales tanto
legales como ilegales entre los europeos y los hispano-criollos de las islas. A España no le quedó más remedio que aceptar la situación como un hecho consumado.

Desde el año 1655 aquel proceso de expansión se amplió hacia otros horizontes. También en las Antillas Mayores había territorios parcialmente despoblados que España reclamaba como suyos. La penetración inglesa de Jamaica, que garantizó la soberanía inglesa hacia 1660, es un buen ejemplo de ello. Del mismo modo, entre 1665 y 1697, los franceses, usando la Isla de la Tortuga como base de operaciones, se hicieron de una tercera parte de La Española, lugar en el cual fundaron la colonia del Santo Domingo francés, futura república de Haití.

Definitivamente, para el año 1700, muy poco estaba seguro dentro del imperio colonial español en América. El enemigo europeo tenía bases de operaciones en todos los puntos cardinales de las Antillas desde donde podían desplazarse sin mayores problemas a cualquier lugar del mundo español. Las consecuencias que todo aquello tuvo para San Juan Bautista de Puerto Rico fueron decisivas para su futuro colonial inmediato

Se sabe que, en general, Puerto Rico seguía teniendo un grave problema demográfico: la isla estaba poco poblada y había una gran escasez de varones. Entre las epidemias y la voluntad de los escasos colonos por seguir camino hacia tierras de mayor promisión que ésta ?la Nueva España o la Nueva Granada, por ejemplo- San Juan Bautista no se consolidaba materialmente como posesión española. La isla era vista como puerto de paso hacia otros territorios y no como una meta.

A partir de 1625 la economía ganadera, la producción de cueros y carnes de res, se consolidó como la principal industria del país. Los hatos o predios de ganado de todo tipo se multiplicaron por todas partes. Pero en vista de lo frágiles que eran los lazos con los grandes puertos de la península, buena parte de aquellas mercancías acabaron en poder de los extranjeros. Los ingleses, holandeses y franceses habían ido ocupando las Antillas Menores y Mayores, las cuales ofrecían mejores términos para el comercio

No se trataba sólo de los derivados del ganado. Las maderas puertorriqueñas, los excedentes de frutos de la tierra que podía producir una agricultura de subsistencia, los pocos azúcares que se seguían produciendo, el jengibre y el cacao recién introducido a Puerto Rico desde 1635, tenían un mercado seguro y bien pagado en las islas. A la larga, el contrabando se convirtió en el modus vivendi de la mayoría de los hispano-criollos de todos los niveles sociales.

Todo parece indicar que el viejo partido de San Germán, con sus amplias costas y sus excelentes bahías distantes del centro de autoridad de la capital, era la zona de mayor monto de tráfico ilegal durante aquel período de la historia puertorriqueña. Lo cierto es que las mismas autoridades españolas de la capital, a pesar de que allí el poder era una realidad más palpable, se constituían en cómplices del contrabando en vista de los beneficios netos que el mismo reportaba. En Puerto Rico, alegan varios testigos de aquella época, todos contrabandeaban porque en cierto modo no les quedaba otro remedio para suplir las necesidades básicas de la poca población insular. La idea de que el trato ilegal era un "delito" o un "pecado", se hizo ciertamente cada vez más rala en la mentalidad común de los pobladores. La frontera entre lo legal y lo ilegal técnicamente no se podía precisar.

Bajo aquellas circunstancias era lógico que España se sintiera amenazada por todas partes. A pesar del poco interés que se había puesto en la explotación económica eficiente de San Juan Bautista de Puerto Rico y de los fracasos del proyecto colonial, las autoridades imperiales sabían que esta tierra era fundamental en la defensa de sus posesiones coloniales. Puerto Rico era algo así como la frontera entre un territorio invadido por el enemigo y la España que habían construido los conquistadores. La fortificación de la isla seguía siendo una de las claves si se deseaba mantener la unidad de las posesiones españolas

La reafirmación del valor estratégico y militar de Puerto Rico es una de las tendencias más claras de este período histórico. Fue precisamente la presencia de los ingleses, los holandeses y los franceses en las Antillas Menores lo que demostró la necesidad de redefinir las defensas del hoy San Juan antiguo. En 1631 se decidió amurallar el casco urbano de la isleta. Entre 1634 y 1638 la obra estaba completa. Trabajadores civiles y militares, jornaleros y esclavos de los vecinos, se vieron involucrados en aquel proyecto que le daría a la capital de Puerto Rico una fisonomía arquitectónica y una personalidad especial que las distinguen hasta el presente. Aquel esfuerzo era una demostración de que a España sí le interesaba Puerto Rico en la medida en que esta tierra le garantizase la seguridad de su imperio continental.

A la larga, la vida social y cultural de la capital al amparo de las murallas desarrolló unos ritmos que la fueron diferenciando de la vida en el resto de la colonia. San Germán, a pesar de su antigüedad, no podía compararse con la capital. Apenas era un villorrio montado sobre las Lomas de Santa Marta desde 1573 en donde la gente vivía mirando hacia el campo, subsistiendo en función de la ganadería y la agricultura. La vida social y económica de los sangermeños los hizo esencialmente rebeldes y reticentes a las autoridades del centro.

Arecibo, Aguada, Ponce, Coamo y Loíza apenas tenían vida urbana alrededor de una iglesia. A pesar de ello aquellas comunidades recibieron título de partido en el año 1692. Los dos partidos tradicionales, el de San Germán y el de Puerto Rico, comenzaban a fragmentarse en localidades con rasgos culturales propios dentro del orbe hispano-criollo. Aquellas estructuras jurídicas no tendrían los mismos privilegios legales de los partidos más antiguos. De hecho, no poseerían alcalde ni cabildo. Serían gobernados por un funcionario llamado "teniente a guerra" en quien se concentraría la mayor parte de las funciones de esas instituciones

Culturalmente la experiencia fue muy rica. En aquellos ambientes agrestes del mundo rural las diferencias regionales se fueron afirmando de una manera notoria.

Impactos europeos: 1700-1765

El siglo 18 es, por mucho, uno de los más significativos en la formulación de definiciones sobre la identidad puertorriqueña moderna. En ese sentido, vive procesos paralelos a los de la construcción de la idea de la Europa Moderna de la que todavía la isla era parte integrante. Los acontecimientos europeos afectaron de una manera notable la evolución histórica insular especialmente durante la primera mitad del siglo tal y como se verá de inmediato.

Uno de los cambios más trascendentales que sufrió el imperio español en las primeras décadas de aquella centuria fue precisamente el fin de la línea sucesoria de los haburgos, dinastía de linaje alemán que había llegado al poder en la primera mitad del siglo 18. El ascenso de la dinastía de los borbones, que todavía hoy ocupa el trono español, se convirtió en una suerte de conflicto internacional. Todos los grandes poderes del continente europeo estaban interesados de alguna manera en los destinos de España.

Inglaterra, Holanda, Austria, Portugal y algunas provincias españolas, respaldaron que el poder se perpetuara en manos de los hasburgos. Francia, lógicamente, patrocinó las aspiraciones de Felipe de Anjou, luego quinto de España, quien a la larga consiguió quedarse con la corona. Los arreglos de paz de Utrecht de 1713 tuvieron que haber dejado un mal sabor en los peninsulares de su tiempo. Si bien los mismos garantizaban el respeto internacional a la nueva dinastía, era obvio que abrían las puertas de la América española a la intervención no hispánica a través de toda una serie de concesiones a los ingleses que a largo plazo debilitarían la soberanía española en estos territorios.

Los temores que habían ido incubándose desde el primer tercio del siglo 17, etapa en la cual comenzó la expansión no-española en las islas de Barlovento y Sotavento, se concretaron después de 1713. La España borbónica obtuvo una victoria política pero en verdad perdió la batalla económica ante el poder británico. La cesión del Peñón de Gibraltar con todo su valor geopolítico y estratégico a los ingleses; la autorización del tráfico de esclavos por un período de 30 años y la concesión de un permiso especial de comercio, todo ello a los adversarios ingleses, demuestra que el mare liberum se había establecido de facto en el llamado Nuevo Mundo a pesar de la constante oposición española. Todo ello coadyuvó a facilitar la penetración sajona de América y a debilitar aún más el poder español en estos territorios.

Los borbones, sin embargo, procedían de una tradición jurídica para la cual la centralización del poder, la eficiencia administrativa, la administración racional y ordenada eran la orden del día. En cierto modo, la presencia francesa en la península ibérica posibilitó que España adoptara técnicas y prácticas del complejo fenómeno del pensamiento y el orden ilustrados. La revisión de las estructuras internas de poder condujo a la larga a la revisión de las relaciones con las colonias. A pesar de las reformas, hay que decirlo, la España ilustrada nunca fue igual que la Francia ilustrada.

Buena parte de las prácticas administrativas consideradas efectivas en el siglo 17 cayeron en desuso tras el ascenso de los borbones. Un ejemplo de ello es el control total del tráfico comercial con las colonias alrededor de la mítica "carrera de las Indias". Si hacia 1650 el mismo había estado bajo el amparo del sistema de flotas y galeones, desde 1755 aquella práctica fue revisada totalmente. La entrega del tráfico a compañías monopolísticas, especialmente catalanas, interesadas en el desarrollo de la agricultura comercial en las Antillas alteró los privilegios sevillanos de más de dos siglos

España estaba en aquel momento mirando constantemente hacia Francia como modelo hecho que, a la larga, le iba a resultar extremadamente costoso. Aparte de eso, la mentalidad española no estaba dispuesta a romper con todo el fárrago de la tradición como, a fin de cuentas, trató de hacer el pueblo francés. La costumbre y el ritual pesaban mucho sobre el espíritu español y las diferencias nacionales con los franceses se imponían.

Lo que sí es notable es la lentitud con la que las prácticas del reformismo ilustrado llegaron a Puerto Rico. No fue sino después del año 1750 y, muy en especial, tras la visita oficial del Mariscal de Campo Alejandro O'Reilly como delegado del Rey Carlos III en 1765 y sus recomendaciones, que las mismas comenzaron a ponerse en planta. La Guerra de Sucesión Española de 1700-1713 avivó la rivalidad entre los ingleses y los holandeses por una parte, y los españoles por otra en la zona caribeña. A pesar de que no hubo una agresión de la naturaleza de las de 1595, 1598 y 1625, los temores a una invasión estuvieron siempre presentes en la gente común de las islas. Vieques, conocida como "Crab Island" por los ingleses, fue la manzana de la discordia entre ambos poderes hasta 1718. Ese año pasó definitivamente a la Isla Grande. Otras agresiones menores por Loíza, Arecibo y Guayanilla entre 1702 y 1703, demostraron que los criollos efectivamente querían seguir siendo españoles y que el espíritu anti-inglés y anti-holandés en la colonia estaba muy vivo. En ausencia de una defensa oficial respaldada por el estado, los criollos eran capaces de armarse sencillamente y defender la soberanía española en la colonia.

La situación de la guerra dejó claro, por lo tanto, que Puerto Rico no era una colonia uniforme política e ideológicamente y que los derechos y los privilegios de las localidades, de las comunidades, no podían ser violados irresponsablemente por el poder central. Prueba al canto fueron los sucesos de San Germán durante la misma época. La resistencia de los vecinos del viejo partido a respaldar las políticas fiscales del gobernador Gutiérrez de Riva entre 1702 y 1713 con el propósito de garantizar la seguridad de su localidad es demostración de ello.

Dos elementos pueden explicar aquel fenómeno histórico. Primero, que aquellos sangermeños no eran partidarios del afrancesamiento del imperio español y les molestaba la intervención de las autoridades centrales en los asuntos puramente locales. Segundo, que el localismo y el provincialismo habían madurado en estas regiones de una manera evidente y los sangermeños se entendían como una comunidad diferenciada de la capital. El estado de resistencia no culminó en una rebelión armada. A la larga todo se quedó en amenazas. Pero sí demostró las fisuras que tenía aquella colonia en un momento en el cual lo que se necesitaba era la unidad más vigorosa contra los enemigos europeos en el continente y en las islas

La presencia de los corsarios

A fin de garantizar la defensa de sus costas de la amenaza extranjera, el gobierno español autorizó la emisión de patentes de corso en las principales ciudades de las Antillas. Los corsarios cumplirían la función de guardacostas en ausencia de una guardia costanera formal. Obtendrían beneficios y dividendos de la liquidación de las mercancías rescatadas durante la captura de embarcaciones sospechosas o de bandera enemiga en aguas españolas. Aquella institución, creada con la mayor buena fe por el poder colonial español, pronto se le fue de las manos a las autoridades. Los corsarios puertorriqueños, quienes debían vigilar las aguas litorales de Puerto Rico, se dispersaron por todo el Caribe desde el extremo de las Antillas Mayores hasta Trinidad

Las fronteras entre la actividad corsaria y la piratería fueron cada vez más difíciles de establecer. El Caribe, región peligrosa de por sí, se transformó en territorio de guerra de corsarios de las más diversas banderas. Después de todo, como demuestra el caso del zapatero mulato Miguel Henríquez, las posibilidades de enriquecimiento fácil con aquella actividad arriesgada eran muchas. El carácter del ser humano común de mediados del siglo 18, está más que bien significado en la imagen de aquel personaje de la frontera: el corsario puertorriqueño, con todo su carácter heroico y toda su carga de tragedia. Como Henríquez, el corsario era respetado y odiado por las castas blancas que le sabían necesario para la seguridad de la colonia, pero podían sentirlo como una amenaza para su hegemonía social.

Tendencias poblacionales

Uno de los rasgos más notables de este período es que, en términos generales, la estadística poblacional experimenta un cambio radical. Si durante los primeros dos siglos de la presencia española en Puerto Rico, este territorio se había caracterizado por el estancamiento demográfico, a partir del 1700 se afirma una tendencia al crecimiento que, con más o menos velocidad, no se detendrá hasta entrado el siglo 20. Los cálculos de la población hacia el 1700 son variados. Los números más conservadores se afirman entre los 6,000 y los 7,000 habitantes; los más atrevidos nos conducen a la frontera de los 20,000. Sin embargo, cuando hacia 1765 Alejandro O'Reilly organizó el primer censo moderno de Puerto Rico, la isla contaba con 44,883 habitantes, de los cuales más de la mitad eran mujeres y 5,037 eran esclavos. Una parte significativa de aquella población estaba en edad reproductiva. Tenía la colonia una población joven cuyo potencial de crecimiento era verdaderamente grande.

La pregunta que se hacen los historiadores es cómo explicar coherentemente el crecimiento de la población. A la larga, tan sólo se cuenta con dos respuestas. Por un lado, se le atribuye al crecimiento natural y, por otro lado, a la inmigración de nuevos pobladores desde diferentes partes del mundo. Ambos argumentos representan múltiples impactos que incidieron en el desarrollo de definiciones sobre la cultura puertorriqueña de una manera definitiva.

El crecimiento natural significa, en términos generales que en Puerto Rico la tasa de natalidad superó por mucho la de mortalidad. Pero no se trata sólo de eso. En general las posibilidades de que un niño sobreviviera y llegara a la edad reproductiva en la segunda mitad del siglo 18 debieron ser mucho mayores que en épocas anteriores. Las razones para ello fueron varias. Una reducción en la incidencia de enfermedades epidémicas y una mejoría en la dieta general de los insulares pudieron haber coadyuvado a que fuese de ese modo. Los analistas están de acuerdo en que aquellos son fenómenos difíciles de medir y de categorizar, pero aceptan que en general son válidos para la interpretación de la realidad de aquellos momentos.

El fenómeno inmigratorio es mucho más fácil de medir matemáticamente porque conllevó esfuerzos oficiales por parte de la monarquía a fin de estimularlo. El interés en facilitar la inmigración de ciudadanos de las Islas Canarias con destrezas agrarias, familia, capitales y esclavos es una demostración de ello. Entre 1720 y 1740 los canarios nutrieron de población caucásica a una isla que se había caracterizado desde el siglo 16 por la preeminencia del elemento africano, afro-caribeño y mulato. Sin embargo, el flujo inmigratorio más significativo no lo constituyeron aquellos sectores blancos privilegiados por el imperio español.

Desde fines del siglo 17 y durante todo el siglo 18 Puerto Rico se fue nutriendo de una considerable población afro-caribeña y africana pura que afirmaría la naturaleza mulata de la nacionalidad. Esclavos prófugos de las islas de Barlovento eran considerados libres desde que ponían pie en Puerto Rico desde 1664. Más tarde, a pesar de los prejuicios raciales de la sociedad blanca de la capital, aquellos grupos humanos pudieron consolidar una comunidad en la zona de San Mateo de Cangrejos, hoy Santurce. Los esclavos introducidos desde la Paz de Utrecht en 1713 por los ingleses, los traídos de contrabando durante buena parte del siglo 18, y los importados por compañías catalanas como la Aguirre Aristegui a partir de 1766; estimularon aquella negritud en ciernes que ha sido el elemento distintivo de todo el Gran Caribe desde la afirmación del contacto con los pueblos europeos.

Aquel crecimiento poblacional iba a llevar a la afirmación de ciertas localidades que luego adquirirían caracteres de pueblo así como la transformación de las más antiguas comunidades en villas con autoridades municipales formales. Aparte de la afirmación de un Vieques legalmente parte de Puerto Rico, frontera de los intereses de los ingleses en Barlovento, quizá lo más importante de este período fue precisamente que se comenzó formalmente la colonización de la Cordillera Central con la afirmación del Otoao (Utuado) original. Del mismo modo, el crecimiento poblacional forzó que entre 1730 y 1750 los partidos más grandes fuesen fragmentándose sistemáticamente en pequeñas comunidades agrarias estables a expensas de los espacios físicos de los ganaderos. Así nacieron Manatí, Calvache (Rincón), Mayagüez, Yauco, Añasco y La Tuna (Isabela), todos ellos desprendimientos o de San Germán o de Aguada, los partidos más antiguos del oeste del país. El localismo de los sangermeños se afirmó en los pueblos y villas que de él se fueron separando.

A la larga, la historia cultural de Puerto Rico se complicará aún más durante este período del siglo 18. Si la nacionalidad en ciernes iba a ser un concepto manejado por los sectores blancos esencialmente; la cultura popular, las formas distintivas de la vida cotidiana se iban a diferenciar por su carácter eminentemente mulato. La diversidad y la pluralidad se habían manifestado de una vez y por todas. Al final del siglo 18 ya se puede hablar de una cultura puertorriqueña distintiva

Aspectos políticos en Puerto Rico: 1765-1837

Los últimos 35 años del siglo 18 estuvieron marcados por una serie de fenómenos internacionales que, de una forma u otra, tocaron los destinos de Puerto Rico de manera radical y contradictoria. Para la historia de occidente, aquel momento marcó las pautas generales de lo que sería la Europa del siglo 19. En el caso americano, el desarrollo de tres procesos, reflejo original de las confrontaciones del viejo continente, abrieron las puertas al cambio e inauguraron el período histórico cuyas secuelas todavía hoy se viven.

Para el caso europeo el período revolucionario francés iniciado en 1789 y culminado en 1815 con la caída del imperio de Napoleón I, dejó unas huellas imborrables en la conciencia continental. La Revolución Francesa no sólo fue el cuestionamiento más radical del modo tradicional de operar de las monarquías. Cimentadas en el criterio del absolutismo y el origen divino del poder real, aquellas se enfrentaron al reto de los proyectos de participación popular impuestos por el "Tercer Estado", la burguesía, que arrastraron consigo las aspiraciones del "Cuarto Estado", los pobres y los desclasados. El orden tradicional europeo no volvería a ser el mismo desde aquel momento.

La inestabilidad de los borbones en Francia significó la pérdida temporal del principal aliado de España en el continente europeo. No fue hasta el año 1796 que la España absolutista estuvo dispuesta a aliarse tácticamente con la república francesa a pesar de la gran distancia que había entre ambos regímenes de gobierno. Las consecuencias de alianza fueron notables.

Primero significó la pérdida definitiva de la isla de Trinidad a manos de los ingleses en 1797. Segundo, la agresión por esos mismos días de Ralph Abercromby y William Harvey a la capital de la colonia. De hecho, después de la afirmación de Napoleón Bonaparte en el poder (1803), España fue invadida por los franceses en 1808, creándole una de las mayores crisis políticas a la monarquía española como se verá más adelante

En el caso americano, la situación tampoco era la más halagadora para las fuerzas de la tradición. En 1776 proclamaban su independencia las 13 colonias británicas de América del Norte. España, en eterna disputa con los ingleses y sin presentir las consecuencias que ello iba a tener en el largo plazo, respaldó las gestiones de los rebeldes abriendo sus puertos a los colonos en armas. Aquellas colonias, convertidas en una nueva y poderosa república ?Estados Unidos- se transformaron en el más importante reto a la hegemonía hispánica sobre el hemisferio occidental.

Entre 1791 y 1804 se consolidó, por otra parte la independencia del Santo Domingo francés, nacido a la soberanía con su tradicional nombre aruaco insular: Haití. La revolución haitiana tuvo un carácter especialmente revolucionario. Conllevó no sólo la proclamación de la independencia sino la abolición total y definitiva de la esclavitud africana. Aquella fue una guerra cargada de odios raciales en donde las comunidades rebeldes afro-haitianas no estuvieron dispuestas a tolerar la presencia francesa en su territorio después de la liberación. Independencia y exterminio de los blancos fueron asuntos que caminaron de la mano en el caso haitiano. Junto a ello, el propósito firme de exportar la revolución donde quiera que hubiese esclavitudes alteró en gran medida el lenguaje revolucionario de su tiempo.

Desde entonces independencia y abolición de la esclavitud ?identificada con una revolución racial- serían los dos más grandes temores que España abrigaría respecto a sus posesiones insulares y continentales. Los temores no estaban infundados. A partir de 1808, en medio de la invasión napoleónica del territorio peninsular, el viejo imperio colonial hispánico se vino abajo como un castillo de naipes. La apertura política ideada por la resistencia antifrancesa, el permitir la fundación de Juntas en los territorios coloniales, facilitó la organización de los sectores criollos para reclamar y comenzar a construir sus soberanías. El separatismo político era la orden del día hacia 1810. Desde México y Caracas, los padres Hidalgo Costilla y Morelos y el criollo Simón Bolívar, se irían convirtiendo en los signos de la nueva América por nacer.

Desde las primeras juntas en 1808 hasta el Congreso de Panamá en 1825, aquellas tierras batallaron para estabilizar su soberanía nacional en medio de una situación internacional compleja. La utopía de la unidad hispanoamericana y la necesidad geopolítica de ultimar el proyecto con la separación de las Antillas españolas nunca pudo consolidarse de un todo. Las razones fueron múltiples

Tras la derrota definitiva de las fuerzas napoleónicas en España y el regreso del orden en la figura del rey Fernando VII llamado "El deseado", eran los tiempos de la Restauración, el absolutismo se hizo de la península al rescate de sus fueros. Si bien España no pudo recuperar las tierras continentales, sí consiguió ajustar cuentas en las Antillas Mayores estrechando su control sobre ellas mediante gobiernos que toleraban las reformas pero seguían gobernando con mano dura contra la oposición.

Si a ello se añade el interés de la creciente potencia americana ?Estados Unidos- en que las islas permanecieran en manos del "enemigo más débil" ?España-, se puede comprender por qué resultó políticamente imposible lograr la soberanía de las mismas en aquel momento. Hay que decir que hacia 1825, en medio del Congreso de Panamá, las nuevas repúblicas hispanoamericanas con la Gran Colombia a la cabeza, no se atrevían a tomar una decisión política que pudiera contradecir los intereses de Estados Unidos. El bastón de la hegemonía política había pasado, definitivamente a la potencia del norte.

La pregunta es ¿qué significó específicamente para Puerto Rico todo aquel cúmulo de procesos? En general para la colonia aquello implicó la necesidad de afirmar el poder español en este territorio. Aquel proceso había comenzado a darse paralelamente con el llamado Ciclo Revolucionario Atlántico. El centralismo borbónico cumplió con aquel proyecto dominador afirmando los controles sobre las islas. En general, desde 1765 en adelante se revisaron las funciones que tenían adscritas los tradicionales "tenientes a guerra" en los pueblos. En el proceso de revisión, muchas localidades especialmente las más antiguas, adquirieron título de "villa" con lo cual pudieron organizar sus gobiernos locales alrededor de un alcalde y un cabildo. Ese fue el caso de Arecibo, Aguada y Coamo en 1778.

Igualmente, ante la inestabilidad internacional y por recomendaciones específicas del Mariscal de Campo Alejandro O'Reilly, se realizó una gigantesca inversión en las fortificaciones de la capital. Durante aquel período se construyó el Castillo de San Cristóbal, se amplió y mejoró el San Felipe del Morro y en 1780 se completó el cerco de la ciudad con la muralla oeste entre el San Felipe y la Fortaleza. Paralelamente se ordenó la creación de las "milicias disciplinadas" para sustituir al ineficiente Batallón Fijo de la ciudad y se dispuso la organización militar de los vecinos y su entrenamiento en las artes bélicas. El peso de la defensa de la colonia descansaría sobre los criollos, en ese sentido

Por otro lado, a raíz de la pérdida de su gigantesco dominio colonial en los dos continentes, España se vio forzada a tratar de obtener la mayor parte de los dividendos y beneficios posibles del exiguo imperio que le quedaba. La hora económica de Puerto Rico llegó en aquel momento de crisis internacional. Las reformas que se habían ido ejecutando desde los últimos 30 años del siglo 18, demostraron su eficiencia.

Si a todo ello se añade el flujo de inmigrantes del Santo Domingo francés y de las viejas posesiones españolas que vieron en Puerto Rico un destino, puede uno imaginarse el impacto que aquella presencia tuvo sobre las ideologías de los sectores dominantes criollos. Buena parte de esos inmigrantes terminaron estableciéndose en la costa oeste de Puerto Rico, entre Mayagüez, Aguadilla y Cabo Rojo, región tan activa económica, política, cultural e ideológicamente durante el siglo 19.

Las nacientes ideologías puertorriqueñas, tanto las conservadoras como las liberales, tuvieron en aquel fenómeno una fuente notable. De alguna manera la experiencia histórica venezolana había dejado su impresión en el orden político-cultural isleño. Desde 1795, el sistema esclavista comenzó a ser desafiado por los esclavos en el modelo de las revoluciones raciales de afirmación africana de Haití. En 1797, aparecieron unos pasquines clandestinos en la capital. En ellos se hablaba de la independencia y de los "hermanos caraqueños" como aliados en la misma causa. La primera expresión del separatismo criollo también había mostrado sus señas. Las dos causas político-sociales más temidas por España se habían manifestado ya.

Transformaciones económicas y culturales 1765-1837

A partir de 1765, la isla atraviesa por toda una serie de transformaciones que a la larga redundarán en la conformación de la imagen actual del Puerto Rico del siglo 19. En el campo socioeconómico el propósito más notable del imperio fue tratar de redirigir la economía de la colonia hacia el mercado exterior, estimulando la producción de bienes agrarios apetecibles en el extranjero. Esa era, teóricamente, una manera de poner coto al gran dilema de la economía subterránea ?entiéndase, el contrabando- y de restarle espacios a la ineficiente agricultura de subsistencia.

Paralelamente se intentaba facilitar el tráfico entre las colonias y la península. La caña de azúcar, volvió a convertirse en la meta de los planificadores españoles. El café, recién introducido en la isla desde 1735, y el tabaco, producto autóctono que tan bien se producía entre los vegueros cubanos, cumplirían la función de productos alternos en aquel juego económico lleno de riesgos. El algodón, el jengibre, el añil, entre otros, seguirían durante mucho tiempo ocupando una posición de privilegio entre los productores de la isla. Si ese propósito se conseguía, las posibilidades de aumentar los ingresos del erario serían mucho mayores.

Para agilizar la agricultura en gran escala había que trabajar con el asunto de la tierra. Dos problemas mayores había en este sentido. Por un lado, el hecho de que la mayoría de las tierras en Puerto Rico estuviesen sin titular u otorgadas en usufructo. Segundo, el dominio que los sectores ganaderos, los llamados hateros, tenían sobre amplias extensiones de tierras en la colonia. Demoler los hatos y transformarlos en tierras agrarias, titularlas para poder facturar un impuesto sobre la tierra y controlar mejor la producción, eran soluciones que iban la una de la mano de la otra. El ofrecimiento de títulos a quienes decidieran dedicar sus tierras a cultivos exportables a cambio de un impuesto mínimo se convirtió en un estímulo al nuevo programa económico de finales del siglo 18.

Aquella economía agraria nueva contaría con el respaldo del estado el cual, incluso, trataría de facilitar el tráfico de esclavos a la isla. La venta de contratos a compañías monopolí-sticas se convertiría en la orden del día en aquel período. Hacia 1765 la Compañía Aguirre Aristegui de origen catalán dominó el tráfico de esclavos, como ya se señaló en otra ocasión.

Las características de la colonia entre 1765 y 1807 justificaron aquella actitud. Si para 1765 había en la isla 44,883 habitantes de acuerdo con la estadística de Alejandro O'Reill y; hacia 1776, año en el cual comenzaron a hacerse censos anuales sistemáticos, la misma había aumentado a 70,355. Diecinueve años después, en 1795 sumaban 129,758 los habitantes y hacia 1807 la población estaba en los 183,211. Los demógrafos y comentaristas de la época como fray Iñigo Abad y Lasierra, opinaban que todavía habría espacios en el territorio colonial para sostener algo más que 300,000 personas.

Aquella población vivía dentro de los parámetros de una cultura rural en acelerada transición hacia una economía agraria comercial. El fenómeno se reflejaba en la vida cotidiana en el cambio forzoso de las formas de uso de la tierra, en la reconcentración de aquel recurso y en la amenaza a la pequeña propiedad; lo cual debió ser una preocupación de aquellos campesinos. Uno de los sectores que más rápido aumentó fue el de los esclavos. La política de agilización del tráfico negrero había funcionado. La clasificación de "indígenas" se disuelve en la más flexible de "pardos". Ahí cabe cualquier elemento no blanco dentro de un orden cultural racista que se convertirá en el código diferenciador en los libros parroquiales desde aquella época. También habría que apuntar el crecimiento de los sectores blancos durante aquel período.

El asunto es complicado. Una cultura dominante de raíces blancas se sobrepondrá a una cultura de masas de origen no blanco en donde predominan los elementos afro caribeños. Hacia 1800, la idea de un Puerto Rico diferenciado de España, de lo insular y de lo que significa ser criollo está vigente en la colonia. La reafirmación cultural diferenciadora es innegable. El tiempo de la conciencia política, con todas sus complejidades vendrá después

Algunos observadores ilustrados extranjeros como Fernando Miyares (1775), el citado fray Iñigo Abad y Lasierra (1788) y el naturalista francés André Pierre Ledrú (1797) fueron capaces de hablar de un carácter propiamente insular. Distinguieron en la vida cotidiana de los puertorriqueños, unos patrones que los hacían distintos de la "gente de la otra banda" (los peninsulares). Desde las actitudes, hasta la música popular, todo en ellos se distancia del imperio que los forzó a nacer. También se desprende de aquellas observaciones el papel predominante de la cultura no blanca, es decir mulata, en aquel período del desarrollo de la nacionalidad.

La cultura académica y la cultura popular caminan por rutas diferentes y el dinamismo de la cultura popular fue mucho más notable. En Puerto Rico, la urbe es un fenómeno de excepción. San Juan y San Germán se distinguen en aquella categoría. Las particularidades de ambos órdenes son muy distintas. A fines del siglo 18 la capital ha desarrollado sus rasgos actuales, con sus estrechas calles adoquinadas incluso y todas las murallas que, en parte, desaparecieron a fines del siglo 19 como consecuencia del aumento desmedido de la población.

En la ciudad convive el arte europeo con los primeros atisbos de un arte colonial reflejo de aquel. La arquitectura sirve de pie a aquel perfil del San Juan de Puerto Rico o del San Germán de Auxerre de fines del 18. En un mundo que vive alrededor de la fe católica, el arte religioso es una clave. Mobiliario, imaginería religiosa, orfebrería, buena parte de ello proviene de Europa. Las artes locales se desarrollaron marginalmente. El pintor mulato José Campeche trabaja con técnicas europeas un mundo ideológico puertorriqueño. En ello y en la difusión internacional de su obra radica su importancia. Su labor como retratista, pintor de temas religiosos, históricos e incluso sociales lo convierte en una sorpresa en el tardío siglo 18.

Paralelamente, un arte local tradicional crece y se distingue. La talla de santos en palo viene a cumplir una función compleja dentro del orbe del catolicismo popular e incluso del oficial. San Germán fue uno de los grandes centros de aquel proceso como demuestra la colección de tallas del Convento Porta Coeli. En síntesis, hacia el 1800 la idea de Puerto Rico y "lo puertorriqueño" había avanzado. El siglo 19 tan sólo la politizará y la pondrá en manos de los sectores criollos blancos quienes virtualmente la cerrarán a los otros grupos sociales.

Vaivenes de las reformas

Las reformas del poder oficial no terminaron con el siglo 18. Por el contrario, se afianzaron en las primeras décadas del siglo 19. La invasión napoleónica de 1808, la guerra de independencia que se inició ese mismo año en la península y la rebeldía de las juntas revolucionarias del imperio en América, forzaron a España a abrir las puertas de la participación política a sus súbditos coloniales. Las Antillas, que respondieron positivamente al llamado hispano fueron, de hecho, los únicos territorios que no consiguieron su independencia definitiva en aquel momento. Su participación en el juego de la diplomacia española garantizó su permanencia dentro del imperio cuyo orden se cuestionaba en aquella ocasión

La participación del diputado criollo el militar Ramón Power y Giralt en las cortes constituyentes que culminaron en la redacción de la Constitución de 1812 que creaba una monarquía limitada en España, era una garantía de que la clase criolla de Puerto Rico quería seguir siendo española. Todo ello a pesar del naciente separatismo y abolicionismo que se habían manifestado en los últimos años del siglo 18 en la isla.

Aquella administración consiguió la aprobación para Puerto Rico de la llamada Ley Power de 1812. El contenido de aquella pie
za legislativa es demostrativo de los sectores a los que se quería beneficiar en aquel momento. La ley separaba definitivamente el puesto de intendente (secretario de hacienda) del de gobernador a fin de hacer más eficiente el cobro de impuestos y su redistribución presupuestaria. Abolía el abasto forzoso de carnes de res a la capital. Fundaba una Sociedad Económica de Amigos del País para estimular el desarrollo de una economía racional y eficiente. Habilitaba los puertos de Mayagüez, Arecibo, Aguadilla, Cabo Rojo y Ponce con aduanas para garantizar el aumento del tráfico comercial legal. Todas estaban dentro del orden que la Ilustración, como visión de mundo, imponía.

Ese mismo año Puerto Rico fue declarado provincia española en igualdad de condiciones que las otras de la península. Jurídicamente la isla ya no era una colonia de España, al menos por el momento. El asimilismo político había triunfado y se convertía en la ideología de los sectores liberales de la isla. En 1815 se decretó otra pieza conocida como la Real Cédula de Gracias que vino a sellar de una vez y por todas las relaciones entre España y Puerto Rico. Caído el régimen liberal y demolida la Constitución de 1812 tras el regreso de "El Deseado" Fernando VII, España arrebató las libertades políticas y conservó las económicas que sí podían beneficiarla.

El decreto de 1815 abrió la isla al comercio exterior con países aliados por 15 años. Permitió la inmigración de extranjeros católicos, con capital y esclavos a cambio de tierras. También se liberó de impuestos el tráfico de maquinaria. El terreno para el desarrollo de una gran y rica agricultura, cimentada en el azúcar, estaba abierto. El decreto facilitó el tráfico de esclavos a los vecinos y revisó y reordenó el sistema de impuestos. De hecho, se abolió el impuesto sobre el comercio conocido como la alcabala y sus derivados como la alcabala de viento, y los diezmos. En cambio se creó el subsidio que, por sí solo, montaba más alto que todos los demás juntos. Para manejar los asuntos eclesiásticos se ordenó a los ayuntamientos a separar una suma de su presupuesto para fines de culto y clero.

Entre 1815 y 1837, se afirmó el absolutismo en España. A pesar de los retornos al orden constitucional de 1821-1822 y de 1837, el autoritarismo monárquico se hizo de un espacio firme en el orden español liquidando las posibilidades de un régimen liberal para las islas. Aquellos fueron también años de maduración de la primera generación de separatistas puertorriqueños de origen criollo y de afirmación de un abolicionismo de raíces afro-puertorriqueñas en este territorio. En 1837, se cerró aquel ciclo de reformas y cambios tras la segunda caída del liberalismo en la península. La promesa de que las islas serían gobernadas por Leyes Especiales en atención a sus diferencias con la península nunca se cumplió, para mal de España en América

Consecuencias de una guerra...

En 1895, año en que estalló el Grito de Baire en Cuba, se abrieron perspectivas novedosas en la historia de la colonia. Desde aquel momento España comenzó a jugar con su promesa de autonomía para desarmar a los cubanos y, de paso, distanciar a los puertorriqueños de aquéllos. En noviembre de 1897 se impuso a través de tres decretos una autonomía colonial administrativa distinta de la que había aspirado Baldorioty de Castro, el fundador del Partido Autonomista. Las tendencias de Labra habían vencido. La organización política quedó irremediablemente dividida. La Carta Autonómica vino a ser la manzana de la discordia entre los muñocistas y los barbosistas y, a la vez, el último intento desesperado del imperio español por retener políticamente a sus colonias antillanas. El esfuerzo fue en vano

Muchos puertorriqueños vieron aquello como un triunfo político pero lo cierto es que, si lo fue, no sería muy duradero. En la medida en que la guerra de independencia de Cuba se desarrollaba, los sectores de opinión y de poder en Estados Unidos fueron tomando posiciones respecto a aquella situación. Algunos grupos imperialistas respaldaban la intervención directa y el cumplimiento del sueño de la expansión ultramarina. Después de todo, ya tenían gran influencia económica en aquellos territorios. Incluso el anexionismo había hecho notables avances entre la alta dirigencia de Cuba en armas y entre los puertorriqueños que se habían organizado en la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. Otros sectores estadounidenses, conocidos como los antiimperialistas, se resistían a ocupar territorios con diferencias étnicas y culturales cuya población podía representar, incluso, una amenaza a las oportunidades de los trabajadores nacionales.

Consecuentemente fueron los imperialistas, respaldados por una activa campaña de prensa, los que vencieron en aquel proceso. Lo único que necesitaban era una excusa para intervenir en el conflicto. La oportunidad la ofreció el hundimiento accidental del acorazado "Maine" en la bahía de La Habana en febrero de 1898. En medio de la presión estadounidense, el gobierno autonómico no tuvo ocasión de establecerse. De inmediato la sombra de una nueva guerra arrebató los pocos derechos ganados. Puerto Rico volvió a ser gobernado como un territorio en estado de sitio desde abril de 1898 hasta su entrega definitiva a Estados Unidos en octubre de aquel año.

En general, la imagen que ofrece la guerra de 1898 en Puerto Rico es que España se había quedado sola con su ejército y con algún fragmento del liderato político. Tanto los incondicionales como los liberales autonomista hicieron alarde de españolismo en aquel momento de tirantez. La derrota parecía inevitable por lo que otros representantes del poder guardaron silencio en espera del cambio. Las masas populares, los obreros, los libertos, la gente común, las mujeres y amas de casa, las trabajadoras, no parecieron dispuestos a mover un dedo para defender la soberanía española en la isla. Desde antes de la guerra tenían razones para quejarse de la presencia hispánica aquí. Quizá eso explique la ola de violencia contra todo tipo de autoridad que estalló a raíz de la invasión. Las llamadas partidas sediciosas son un buen ejemplo de ello. La violencia de clase y el ajuste de cuentas fue la orden del día en la campaña de 1898.

Expresiones culturales del sector criollo

Hay que considerar que en los últimos años del siglo 19 la clase criolla había afirmado una expresión cultural distanciada de las masas populares. En ese territorio no se trataba de ser liberales o conservadores. La expresión cultural romántica de José Gautier Benítez, las influencias simbolistas en la lírica de Muñoz Rivera, la vida cotidiana en las haciendas tanto de café como de caña, todo se elaboraba con el fin consciente o inconsciente de parecerse al europeo. Para la gente común esa no era una meta accesible.
 

El pensamiento criollo de fines del siglo 19 podía enorgullecerse de un José Julián Acosta o de un Salvador Brau. Los dos habían sido portavoces de la ideología liberal en diversos momentos del siglo. Pero el rescate de pensadores internacionales como Hostos no vendría sino más tarde porque había barreras ideológicas, su separatismo y el destierro, que les impedían entrar al canon cultural. La construcción de esa imagen de "lo nacional" no dejaba de ser un ejercicio de las minorías letradas que representaban acaso un 11 % de la población en 1898. Aquella nación en formación dejaba de ser española 405 años después de su encuentro. Apenas en 1893 habían celebrado los sectores de poder en la isla el Cuarto Centenario del Descubrimiento de Puerto Rico.

Del gobierno militar al gobierno civil: 1898-1900

La firma del Tratado de París puso fin a la guerra que libraban Estados Unidos y España. Entre 1898 y 1900 la isla estaría bajo un gobierno militar a cargo sucesivamente de John R. Brooke, Guy V. Henry y George W. Davis. La decisión de Estados Unidos sorprendió a sectores puertorriqueños que deseaban mayores libertades, la democracia y el progreso que no disfrutaron bajo el dominio hispánico. La elite puertorriqueña aspiraba a la anexión de la isla tras la ocupación estadounidense y al acceso al mercado libre. Sectores de asalariados confiaban en mejorar sus condiciones laborales. Mas sus aspiraciones quedaron tronchadas ante la indefinición del estatus de la isla por parte de una nación que recién comenzaba a experimentar con posesiones coloniales.

Las Órdenes Generales emitidas a juicio de los militares serían los decretos que marcarían nuevas pautas de control político y administrativo. Con el cambio de régimen se disolvió la Diputación y el Parlamento Insular, instituciones distintivas del régimen hispano, y se emprendió una agresiva política de americanización. Estas políticas fueron resistidas por sectores puertorriqueños que, aunque aspiraban a la modernidad, reafirmaban sus costumbres y su identidad cultural rechazando la asimilación. El nuevo gobierno se dio a la tarea de ampliar la educación pública instaurando el inglés como idioma oficial. Se registrarían cambios en las políticas de higiene dirigidas a mejorar las condiciones de salud de los puertorriqueños. Nuevos días de fiesta, como el 4 de julio, se registraban en el calendario insular acordes con la idiosincracia de los gobernantes. Costumbres como los juegos de azar serían suprimidas con el fin de controlar el comportamiento popular. Se creó la Policía Insular y se decretó la ley del divorcio, contraria a los preceptos de la Iglesia Católica. Con el decreto de libertad de culto llegarían a la isla las iglesias históricas protestantes quebrando la hegemonía arraigada del catolicismo. Al igual, masones, espiritistas y otros sectores heterodoxos encontrarían un espacio de expresión que les había sido vedado anteriormente.

Entre las medidas económicas se sustituyó el peso español por el dólar norteamericano y se suspendió el cobro de muchos impuestos y deudas de los agricultores. A la larga, esta última medida perjudicó la economía de la isla. Puerto Rico perdió sus mercados principales de exportación, España y Cuba, y quedando limitado a las relaciones económicas con Estados Unidos. Cosechas como el café, disminuidas por el impacto del huracán San Ciriaco de 1899, se afectaron grandemente al ser declaradas "productos extranjeros" en sus mercados tradicionales. Aunque algunas mejoras se implantaron en la transportación, la comunicación y la infraestructura, en general, las condiciones de la mayoría del pueblo permanecieron precarias.

En el Congreso se discutía la aprobación de una carta orgánica para Puerto Rico. En 1900 se aprobó la Ley Foraker que remató la desilusión de los puertorriqueños. En el proceso no medió consulta alguna de los sectores locales. Entre las disposiciones, el gobernador de la Isla sería un norteamericano nombrado por el presidente. Su Gabinete estaría compuesto por seis secretarios que a la vez formaban parte del Consejo Ejecutivo o Cámara Alta de la legislatura en abierta violación al principio de la separación de poderes.

En la legislatura bicameral, al menos cinco de los 11 miembros serían puertorriqueños nombrados por el Presidente. La Cámara de Delegados sería el único foro con 35 miembros electos cada dos años. Las leyes propuestas por la Cámara de Delegados podían ser vetadas por el Consejo, el Gobernador o el Congreso de Estados Unidos, restándole de esa forma poder a los puertorriqueños. La ciudadanía puertorriqueña creó un problema de reconocimiento internacional pues Puerto Rico, aunque pertenecía a Estados Unidos, no era parte de la nación ni había sido declarado territorio incorporado. La controvertible Foraker dispuso del cargo de Comisionado Residente, el cual no tendría ni voz ni voto en el Congreso (en 1904 se le concedería voz). Por otro lado, el Acta era un instrumento económico pues Puerto Rico, quedaría integrado a los aranceles y al mercado norteamericano mediante las leyes de cabotaje. Entre el 1900 y el 1904 el sufragio estaría restringido a los hombres mayores de 21 años que supieran leer y escribir y fuesen propietarios.

Contiendas partidistas de principios de siglo

La formación de los partidos políticos principales de principios de siglo revela varias similitudes. El partido Federal, bajo el mando de Luis Muñoz Rivera, y el Republicano, bajo el de José Celso Barbosa, promueven la anexión gradual a Estados Unidos. Sus plataformas eran bastantes similares y sus dirigentes ejercen un liderazgo de arraigo personalista. Mas las contiendas electorales se transformarían en un campo de batalla entre los seguidores de ambos bandos que dejaría atónitos a los funcionarios norteamericanos. Sectores de republicanos, conocidos como "las turbas" arremetieron contra la propiedad de unionistas creando un estado de desorden público.

En el 1900, después de aprobarse la Foraker, los federales recurrieron a la abstención electoral en protesta por las actuaciones arbitrarias del Consejo Ejecutivo. Los republicanos, que gozaban de la simpatía de las autoridades norteamericanas, ganarían las elecciones legislativas de 1900 y 1902. A partir de 1904, los triunfos eleccionarios corresponderían al Partido Unión. Ese año, aunque se inició el sufragio masculino sin restricciones de literacia, las mujeres todavía no disfrutaban del derecho al voto.

La Unión aglutinaba a sectores que favorecían la independencia, la anexión y la autonomía y le hacía frente a la defectuosa Ley Foraker en foros locales y congresionales. El Partido Federal se integró a la Unión, mientras que el Republicano se mantuvo solo. La fórmula de la estadidad sería abandonada por el partido en 1913, mientras que la de la independencia se eliminó en el 1915.

El 1909 fue un año de intensas protestas por parte de los miembros de la Cámara de Delegados que se encontraba bajo el control unionista. El blanco principal de la discordia fue la Ley Foraker, especialmente, por el problema que representaba la ausencia de separación de poderes, la ciudadanía, la presencia del Tribunal Federal y el autoritarismo de funcionarios norteamericanos que ocupaban puestos públicos en la Isla. Como resultado de la inconformidad con la Ley y con el poder autocrático del Consejo Ejecutivo, la combativa Cámara de Delegados electa en 1908 no aprobó el presupuesto anual de gastos gubernamentales. El año fiscal subsiguiente comenzaría sin presupuesto. La reacción del gobierno federal contra la Cámara de Delegados por no haber aprobado el presupuesto fue de repudio. Como respuesta se sometió la Enmienda Olmsted para ordenar la aprobación del presupuesto anterior y terminar unilateralmente con la crisis. El año siguiente se presentó el Proyecto Olmsted para sustituir la Ley Foraker. El Proyecto, que también generó las críticas de sectores locales, no fue aprobado por el Senado de Estados Unidos.

Otros partidos se formaron a principios de siglo. El Obrero Socialista ha sido considerado como un "brazo político" del movimiento obrero organizado. Este partido se abstuvo de participar en las elecciones y exigió mejores condiciones de trabajo al igual que disfrutaban los obreros en Estados Unidos. La anexión también formó parte de su plataforma. No fue hasta 1915 que se fundó el Partido Socialista que aglutinaba gran parte de los sectores trabajadores y adquirió una gran fuerza electoral. Sus demandas giraron en torno a las reivindicaciones laborales y su auge causó preocupación entre las autoridades norteamericanas.

En 1912, luego de una escisión en el Partido Unión, Rosendo Matienzo Cintrón y Luis Lloréns Torres fundaron el Partido de la Independencia. Aunque no tuvo suficientes votos en las elecciones de ese año como para permanecer inscrito, sus líderes fueron los precursores de un partido que exigía la independencia política y económica.

La economía de principios de siglo

Según el censo de 1899, la población de la isla ascendía a 953,243 habitantes. Se estima que un 90 por ciento era analfabeta. La mayoría se dedicaba a las tareas agrícolas y vivía en francas condiciones de miseria. Con el embate del Huracán San Ciriaco ese mismo año, las cosechas de café y tabaco se vieron seriamente afectadas, así como los que dependían de su cultivo. Muchos puertorriqueños emigraron a Hawai y a otros destinos de Estados Unidos y del Caribe en búsqueda de empleos agrícolas.

Con la llegada del nuevo régimen, la principal cosecha, el café, fue reemplazada por la siembra de caña de azúcar. Los valles costeros comenzarían a cubrirse con este cultivo cuya producción se concentraba en cuatro grandes corporaciones ausentistas; la Fajardo Sugar Company, la South Porto Rico Sugar, la Central Aguirre y la United Porto Rico Sugar Co. Las corporaciones impusieron una economía de monocultivo y ejercían un gran poder político. Los asalariados trabajaban entre diez y 14 horas diarias durante la zafra. Durante el tiempo muerto quedaban desempleados. Su sueldo era de miseria si se comparaba con los precios de los productos. El éxodo de trabajadores de la montaña a las costas en búsqueda de empleos agudizó el problema de la vivienda y llevó a la organización de barrios obreros en los alrededores de las plantaciones.

El auge del tabaco, debido a su libre acceso al mercado estadounidense, también se experimentó a principios de siglo, especialmente en la región centro oriental. La principal corporación fue la "Porto Rico American Tobacco Company". Las mujeres pobres se contrataban como asalariadas en la industria del tabaco haciendo una gran aportación en la fase del despalillado y a la economía del país.

A partir de la década de 1920, la industria de la aguja fue una de gran expansión. Se estima que en 1926, más de 40,000 mujeres estaban empleadas en la industria. A pesar de que le brindó a sectores femeninos la oportunidad de trabajar a cambio de un salario, fuera del hogar o a domicilio, así como de exportar sus reconocidos productos, las condiciones de trabajo se caracterizaron por los abusos, la explotación y los míseros sueldos. Los trabajadores, en general, formularon protestas, huelgas y reclamos. Éstos se negaron a aceptar pasivamente las condiciones de vida que enfrentaban

La Ley Jones de 1917

En los albores de la Primera Guerra Mundial y tras muchos intentos de reforma de la carta orgánica, el Congreso aprobó la Ley Jones en 1917. Los reclamos de los puertorriqueños fueron atendidos parcialmente. El hastío del Comisionado Residente, Luis Muñoz Rivera, que moriría antes de la aprobación de la Ley Jones era patente ante la apatía congresional. La nueva carta orgánica, retuvo el puesto del gobernador norteamericano nombrado por el Presidente. Creó un Senado deslindado de funciones ejecutivas y de elección popular. La ciudadanía norteamericana sustituyó a la puertorriqueña en un momento en que Estados Unidos se adentraba en un conflicto mundial que exigía la lealtad de los puertorriqueños. La isla continuaba siendo un punto estratégico fundamental. Contrario a la Foraker, la Ley Jones contenía una carta de derechos para los puertorriqueños y una cláusula, sujeta a la votación popular, que proponía la prohibición del alcohol para la Isla. Esta medida fue ratificada por los electores en un referéndum celebrado en 1917. Mas la Ley Jones mantuvo intacto el estatus colonial de Puerto Rico. Tal y como habían ratificado los casos insulares del Tribunal Supremo de Estados Unidos, Puerto Rico pertenecía a Estados Unidos, pero no era parte de la nación. La palabra final, la tendría el Congreso. No sería hasta 1947 que aprobaría el derecho de los puertorriqueños a elegir a su gobernador.

La prohibición del alcohol 1918-1934

La implantación acelerada del capitalismo agrario, el nuevo marco de subordinación política, la expansión del protestantismo, la proletarización de los trabajadores, el cambio en las relaciones de género y un nuevo reclamo de intervención al gobierno en los asuntos morales, fueron asuntos simultáneos que se trataban a principios de siglo. Nuevos grupos identificados con el progreso y la modernidad que supuestamente traería el nuevo orden (como las Iglesias Evangélicas, la Federación Libre de Trabajadores, masones, espiritistas, libre-pensadores en general y Las Ligas Femíneas de Temperancia), emprendieron una discusión en contra del consumo desmedido de alcohol como una forma de reordenar la sociedad. Son las Iglesias evangélicas, a través de una nueva cosecha de ministros protestantes puertoriqueños y las mujeres de la elite criolla, mediante las Ligas Femíneas de Temperancia, los líderes del asunto. Las mujeres letradas encontraron un espacio para participar en asuntos públicos que le serviría para emprender posteriormente reclamos políticos como el sufragio. Las obreras, afiliadas muchas de ellas al Partido Socialista, también exigían el sufragio femenino.

Luego de aprobarse la Prohibición en 1917, entró en vigencia el siguiente año. La medida criminalizó una costumbre popular arraigada en el transcurso de cuatro siglos. Los años que estuvo vigente el estatuto en la isla evidencian que su implantación fue una empresa cuesta arriba tanto para el estado como para el pueblo. A medida que la situación económica empeoraba para la década de 1920, y el descalabro de la Depresión agudizaba las precarias condiciones de la masa trabajadora, la necesidad económica y la actividad delictiva se relacionaron. La Prohibición creó nuevos problemas sociales derivados de la fabricación masiva de alambiques clandestinos y de "cañita", el contrabando interno y con las islas vecinas, la desobediencia abierta a la Ley y los estragos en la salud a causa de las bebidas adulteradas. Aunque la clase alta también participaba en actividades delictivas, fueron los pobres los protagonistas públicos de la desobediencia civil. En una época de necesidad económica, el fabricar y vender ron era un negocio lucrativo en el que bien valía correr el riesgo a cambio de cuadrar el presupuesto.

Al adentrarse los puertorriqueños en la década de 1920, sus problemas principales eran mejorar las condiciones materiales y establecer relaciones satisfactorias con la metrópoli.

El peso del problema económico se lo atribuyen a varios factores, entre ellos, el impacto negativo de la acelerada penetración económica capitalista, la desigualdad en la distribución de la riqueza, la sobrepoblación y el acaparamiento de tierras por las corporaciones. La lucha por el gobernador electivo y por el sufragio femenino serán vitales en los 1920. Aunque durante esa década las mujeres no conseguirían el derecho al sufragio, las oportunidades educativas fueron una vía para profesionalizarse y trabajar como maestras, enfermeras, trabajadoras sociales, doctoras, etc.

Los partidos políticos sufrirían de nuevos realineamientos. Comenzaron a formar combinaciones que prevalecieron hasta la fundación del Partido Popular Democrático en 1937. Al morir Luis Muñoz Rivera (1916) y José Celso Barbosa (1921), el Partido Unión y el Republicano tomaron otro giro. El Partido Socialista, fundado en 1915 no se libró de las alianzas de la época. El nuevo partido de la Alianza agrupó a un sector de unionistas, presididos por Antonio R. Barceló, con sus enemigos tradicionales republicanos liderados por José Tous Soto. Otro sector de los republicanos, al mando de Rafael Martínez Nadal, se aliaba a los socialistas formando la Coalición Republicano Socialista. La Alianza triunfaría en las elecciones de 1924 y 1928, mientras que la Coalición, dominó la escena electoral de los 1930. Los trabajadores afiliados al Partido Socialista se sintieron traicionados por sus líderes y repudiaron los acuerdos concertados con los republicanos. En el 1932, Antonio R. Barceló dejaría la Alianza y formaría el Partido Liberal que abogaba por la independencia. Este partido acudiría a las urnas en las elecciones de ese año.

Una economía deprimida

La fuerza del huracán San Felipe azotó a la isla el 11 de septiembre de 1928 ocasionando más de 300 muertes. El estimado de las pérdidas materiales fluctuó entre los 50 y 85 millones. Era de esperarse que las frágiles viviendas rurales sucumbieran ante la fuerza de los vientos que atravesaron la isla desde el sudeste hasta el noroeste arruinando las cosechas de tabaco, café y frutos menores. Las siembras de caña también sufrieron estragos, pero en menor grado que las otras cosechas. Cuando comenzaban los signos de recuperación, otro fenómeno pondría a tambalear la ya maltrecha situación. La Depresión Económica que comenzó en Estados Unidos en 1929 a partir de la caída de la bolsa de valores impactó la economía puertorriqueña dependiente del mercado estadounidense. Sin embargo, las condiciones sociales de la mayoría de la población ya eran precarias desde muchos antes de San Felipe. Algunos de los indicadores económicos que se agravaron con la Depresión fueron el desempleo, el valor de las exportaciones, el producto nacional bruto y el ingreso per cápita. Mientras los precios de los productos subían a causa de la inflación, los salarios de los trabajadores eran insuficientes para enfrentar la crisis. Mas las corporaciones azucareras no parecían sentir los embates de la Depresión como otros sectores agrarios. La protección tarifaria de la industria en el mercado de Estados Unidos la benefició aún en época de crisis. Al parecer, las fuerzas de la naturaleza se habían ensañado con la Isla cuando en el 1932 el huracán San Ciprián causó daños estimados en más de 30 millones. Miles de puertorriqueños residentes de la ruralía comenzaban a emigrar a la ciudad con la esperanza de una mejor vida. Se concentraban en barriadas marginales que se conocían como arrabales. La creciente desigualdad social provocó cuestionamientos y protestas populares y laborales. Por primera vez se articuló una crítica abierta al modelo monoproductor y a las consecuencias del imperialismo norteamericano.

El Partido Nacionalista fundado en 1922 por un sector de independentistas y bajo la presidencia de Pedro Albizu Campos desde 1932, enfrentaría la situación del dominio colonial incurriendo en serias confrontaciones con la policía insular. Tras el nombramiento del Gobernador Blanton Winship en 1934, la situación se agravó. Luego del asesinato de cuatro nacionalistas por la policía el siguiente año, dos nacionalistas asesinaron al Jefe de la Policía, Elisha Riggs. Elías Beauchamp e Hiram Rosado, acusados del asesinato, fueron ultimados por la policía como represalia. Más tarde, la Masacre de Ponce de 1937 fue uno de los episodios más sangrientos entre los dos sectores. En la Masacre murieron civiles y dos policías que se encontraban en la Parada del Domingo de Ramos. Los acontecimientos, que se iniciaron como de una emboscada por parte de la policía desembocaron en el arresto y encarcelamiento de los líderes del partido. La época fue una de gran represión política y desconfianza de las autoridades federales.

En los 1930, los trabajadores de la caña organizaron huelgas a través de toda la isla, especialmente en el 1934. Las exigencias se concentraban en mejores condiciones de empleo y salarios. A las protestas se le unieron diferentes sectores laborales, como los obreros de los muelles, las tabaqueras, costureras y desempleados, creándose en la isla un clima de protesta social.

La extensión del Nuevo Trato

La extensión de los programas del Nuevo Trato a Puerto Rico, al igual que ocurrió en Estados Unidos, no resolvieron la crisis de la Depresión. Sin embargo, representaron alivios temporeros. En 1933 se extendió a la isla la "Puerto Rico Emergency Relief Administration"(PRERA), con fondos federales de la "Federal Emergency Relief Act", conocida como la FERA. Sus medidas de emergencia consistían en repartir alimentos y promover la construcción de infraestructura para crear empleos y estimular la economía. Los líderes del Partido Liberal, aunque de tendencia independentista, establecieron nexos con el gobierno del Presidente Franklin D. Roosevelt y promovieron las ayudas de emergencia. La administración de fondos en manos de liberales suscitó pugnas con la Coalición que dominaba la Legislatura. Con la creación de la "Puerto Rico Reconstruction Administration" en 1935, la PRRA, se crearon programas de salud, de electrificación, de construcción y eliminación de arrabales, entre otros. Mas el asesinato de Riggs y la oposición de la Coalición Republicana fueron serios agravantes en la implantación y desarrollo de las medidas. No sería hasta después de finalizada la Segunda Guerra Mundial y con el ascenso del Partido Popular al poder que la economía tomaría otro giro.

Nace un nuevo partido

Con la fundación del Partido Popular Democrático en 1937, Luis Muñoz Marín, el hijo de Luis Muñoz Rivera, avanzaría una campaña centrada en un programa económico dirigido a rescatar al pueblo de la miseria. Muñoz decidió dejar a un lado el asunto del estatus político. Combatió mediante su palabra clara y sencilla las "viejas mañas" del pasado y las componendas en que habían entrado los partidos políticos Alianza y Coalición con las corporaciones azucareras. Exhortó a los puertorriqueños a ejercer su derecho al voto limpio. El triunfo del PPD en 1940 fue uno sorprendente pero precario. Muñoz, entonces Presidente del Senado, contaba con el apoyo del Gobernador Rexford Tugwell para impulsar el programa socioeconómico de su partido. Aunque el PPD ganó el Senado por el escaso margen de un voto, en la Cámara de Representantes dependía de los tres votos de la Unificación Tripartita para alcanzar la mayoría. Algunos representantes cruzaron líneas de partido y apoyaron el programa del PPD. El triunfo en las elecciones del 1944 fue indiscutible. Al aprobarse en 1947 la Ley del Gobernador electivo tras muchos años de reclamo, Luis Muñoz Marín consolidó su poder al ser electo gobernador en 1948. El partido ganaría sucesivamente hasta 1968.

Un sector descontento con el giro ideológico que tomaba el PPD, alejándose del ideal de la independencia, fundó en 1946 el Partido Independentista Puertorriqueño bajo la dirección de Gilberto Concepción de Gracia. El partido, contrario al nacionalista, abogaría por la independencia de la isla por la vía electoral.

De la agricultura a "Manos a la Obra"

El modelo industrial concebido por el PPD se conoció como "Manos a la Obra". Desde la década de 1920, Luis Muñoz Marín promovió la idea de atraer fábricas a la isla con exención contributiva cuando era el representante de la Comisión Económica de Puerto Rico. Ahora, como gobernador y con la colaboración de Teodoro Moscoso, impulsaba este proyecto basado en atraer fábricas manufactureras. Las promesas del PPD consistían en ofrecer a los inversionistas paz industrial, mano de obra barata y estabilidad política. El economista James Dietz, establece que entre 1941 y 1949, la estrategia del partido fue la reforma agraria, la reorganización administrativa, el desarrollo de la infraestructura y la compra de fábricas por el gobierno. Luego, a partir del 1945, se entrecruza otra etapa en la que se pospone la reforma agraria, se venden las fábricas y se comienzan a desarrollar estrategias para atraer el capital extranjero

La transformación industrial acelerada que experimentó Puerto Rico llevó a que la isla se considerara para la década de 1950 como "la vitrina del Caribe". El éxito de los programas desarrollistas la transformó en un laboratorio. Miles de personas del Caribe y de todas partes del mundo visitaron y estudiaron la experiencia local para luego trasladarla a sus países. Claro está, dentro del marco de relaciones con Estados Unidos.

Las urbanizaciones de bajo costo comenzarían a albergar a una clase media mientras que arrabales como La Perla en San Juan, servían de morada a sectores marginales. Modernos hoteles comenzaban a construirse para atraer el turismo y fomentar la economía. Los supermercados hicieron su aparición causando la fascinación de un pueblo que aspiraba a la modernidad. Durante la época industrial una sociedad de consumo se consolidaba.

Mas la industrialización tampoco fue el remedio para el desempleo y los males sociales. Durante la década de 1950 miles de puertorriqueños emigraron a Nueva York en búsqueda de empleo. La imagen de puertorriqueños de escasos recursos abordando los "clippers" de PAN AM forma parte de las particularidades de esa época. Los males sociales, como la contaminación ambiental, los daños ecológicos, los consabidos tapones, la criminalidad y el culto al individualismo también acompañaron el proyecto a través de los años y la sociedad moderna en la que viven los puertorriqueños.

A principios de la década, el PPD propuso la creación de una Convención Constituyente para redactar una Constitución. La misma fue aprobada el 25 de julio de 1952 sustituyendo las disposiciones de la Ley Jones de 1917. A partir de su aprobación, Puerto Rico dejó de figurar en la lista de territorios coloniales de las Naciones Unidas a pesar de mantener muchas de las características de una sociedad colonial.

Plebiscitos y ascenso del bipartidismo

El plebiscito, o consulta de estatus, impulsado por el PPD en 1967, arrojó un apoyo mayoritario de un 60% al ELA. A pesar del respaldo a esa fórmula política, el desgaste del partido en los 1960 era evidente. Un año después, experimentó su primera derrota electoral luego de veinte años en la gobernación. Entre 1964 y 1968 el gobernador había sido Roberto Sánchez Vilella, un brillante servidor público de carrera y representante de una nueva generación de populares quien al final de su mandato se separó del PPD.

El triunfo del recién creado Partido Nuevo Progresista y del candidato estadista, el industrial Luis A. Ferré, frente al candidato del PPD, Luis Negrón López, también quebró la hegemonía del partido y marcó el aumento gradual de las fuerzas anexionistas en el siglo 20. El bipartidismo se consolidaría en la isla y los dos partidos principales comenzarían a turnarse. Entre 1972 y el 2000 cada uno ganó cuatro elecciones. El Partido Independentista ha retenido entre un cuatro y un cinco porciento de los votos.

Aunque el PNP no revalidó en 1972, tanto Carlos Romero Barceló (1977-1984) como Pedro Rosselló González (1993-2000), adelantaron la causa estadista durante sus respectivas gobernaciones. Las políticas más notorias de Rosselló se basaron en la privatización de empresas gubernamentales. La venta más criticada fue la de la Telefónica, la cual generó numerosas protestas y marchas multitudinarias. La oficialización del idioma inglés junto con el español y la implantación de la reforma de salud, fueron otras medidas controvertibles aprobadas durante su administración.

A partir de la celebración del plebiscito de 1967, el asunto del estatus ha estado vigente con más fuerza en la política isleña. La estadidad, la independencia y el autonomismo, siguen siendo las opciones políticas. El tradicional apoyo al Estado Libre Asociado, aunque mantiene una ventaja, ha declinado significativamente si comparamos los resultados plebiscitarios de 1993.

El 4 de noviembre de ese año se celebró un plebiscito de tres opciones impulsado por el gobernador Rosselló. Los electores favorecieron el ELA con una pluralidad de un 48.4%. La fórmula estadista obtuvo un 46.2% y la independentista un 4.4%. Cinco días más tarde se llevó a cabo en la isla la efeméride del Quinto Centenario del "descubrimiento" de la isla. Las celebraciones en torno a este gran evento disiparon las divisiones de los puertorriqueños que habían aflorado en la contienda plebiscitaria. Como un fenómeno particular, reiteradamente la mayoría del pueblo de Puerto Rico se ha reafirmado en la defensa de su identidad cultural independientemente del estatus político que profese.

Antes de finalizar el siglo, los electores regresaron por tercera vez a las urnas plebiscitarias, también a instancias del PNP. El 13 de diciembre de 1998 se incluyeron cinco opciones. En adición a la estadidad, el ELA y la independencia, se votaría por la libre asociación y por una quinta columna llamada "ninguna de las anteriores". La quinta opción obtuvo un 50.2% de los votos dejando en un franco desconcierto a los congresistas. El PPD interpretó el triunfo como un rechazo a la estadidad. Mientras que el PNP, lo interpretó como un rechazo al ELA. Adentrándonos en un nuevo siglo el dilema centenario del estatus continúa. El Congreso, sigue reteniendo el poder sobre la Isla.

El Cerro Maravilla

Uno de los sucesos políticos más controvertibles y comentados en el Puerto Rico de la década de 1980 fue la ejecución de dos jóvenes independentistas en las torres de comunicación del Cerro Maravilla. A pesar de que los miembros de la policía que los acompañaron en el momento de su muerte se declararon inocentes del suceso, finalmente la prueba apuntó hacia su culpabilidad. El entonces Gobernador Carlos Romero Barceló había felicitado a los policías públicamente por éstos haber evitado unos supuestos actos de sabotaje en 1978. Durante la campaña de 1980, se rumoraba que los jóvenes Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví, habían sido ejecutados mientras pedían clemencia. Cuando el PPD obtuvo el control del Senado en 1980, se inició una investigación senatorial bajo la dirección del licenciado Héctor Rivera Cruz. La misma confirmó las sospechas de numerosos sectores del país. Los agentes que cometieron perjurio en sus declaraciones iniciales fueron convictos por asesinato y enviados a prisión.

La quiebra del modelo económico

La crisis económica que comenzó en 1973, como consecuencia del aumento en los precios del petróleo del Medio Oriente, hizo tambalear el modelo industrial "Manos a la Obra" que promovía para esa época a la industria petroquímica. Refinerías como la CORCO permanecen hasta el día de hoy como ruinas del progreso que se intentó impulsar en esa década. El desempleo aumentó a un 20% en 1977, el Producto Nacional Bruto descendió, los niveles de ingreso se estancaron y más de 270 huelgas tuvieron lugar durante el cuatrienio de Rafael Hernández Colón (1973-1976). Al agravarse la situación económica en Estados Unidos, a mediados de los 1970 hubo una migración de retorno a la Isla. Esta tendencia cambiaría en la década de 1980 cuando una emigración de profesionales abandonó el país en búsqueda de mejores condiciones de empleo y mejor calidad de vida.

Alrededor de 5,000 puertorriqueños emigraron anualmente siendo su destino preferido el sur de Estados Unidos. Los puertorriqueños forman una comunidad significativa en los Estados Unidos. Aunque Nueva York concentra la mayoría de la diáspora, se estima que los estados de Florida, Massachusetts, Texas, Connecticut y Pennsylvania han experimentado un gran crecimiento en las dos últimas décadas del siglo 20.

Como una alternativa para enfrentar la crisis económica, en 1976 se aprobó la sección 936 del Código de Rentas Internas. El propósito era estimular la economía garantizando que las exenciones contributivas de las ganancias derivadas de las inversiones en Puerto Rico se mantuvieran intactas. El impacto de la 936 resultó en un gran influjo de capital en la isla al punto de que en 1983 los beneficios ascendieron a 1.64 billones. Era la época del auge de las farmacéuticas. Durante los 1990 comienza la amenaza de erradicar la sección generando un pánico en los sectores políticos autonomistas. Finalmente, durante la gobernación de Pedro Rosselló y siendo Comisionado Residente en Washington Carlos Romero Barceló, el Congreso eliminó la 936 quebrando una de las vértebras principales del ELA y de la economía de Puerto Rico.

Sila María Calderón, la primera mujer gobernadora

En las elecciones de 2000, los tres candidatos a la gobernación fueron Rubén Berríos, por el Partido Independentista, Carlos Ignacio Pesquera, por el Partido Nuevo Progresista y Sila María Calderón, por el Partido Popular Democrático. Las acusaciones de corrupción y de malversación de fondos a funcionarios del gobierno del PNP acapararon la atención de la campaña y socavaron el poder del partido luego de ocho años en el poder. Tras una ardiente campaña, Sila María Calderón obtuvo la mayoría de los votos con el lema de "Un gobierno limpio". Triunfó como la primera mujer gobernadora con un 48.4% de los votos. Pesquera obtuvo un 46.2% y el candidato del PIP un 4.8%.

Aníbal Acevedo Vilá derrotó al veterano político estadista y ex gobernador de Puerto Rico, Carlos Romero Barceló en la carrera de Comisionado Residente. Durante los primeros meses de su gobernación el éxodo de fábricas a causa de la derogación congresional de la sección 936 del Código de Rentas Internas estremeció al país. La gobernadora se ha comprometido con buscar nuevas alternativas para atraer industrias y remediar el desempleo. Otro de sus compromisos ha sido abogar por el cese de los bombardeos de la Marina en la Isla Nena.

Vieques

Uno de los asuntos más discutidos en las elecciones de 2000 fue la situación del municipio viequense. Esto, debido al uso como campo de entrenamiento que ha hecho la Marina de la isla con balas vivas e inertes por más de 60 años. El asunto de Vieques revivió luego de la muerte del guardia de seguridad David Sanes en 1999. El daño ecológico, el ruido de las detonaciones, la alta incidencia de cáncer y los estragos económicos han sido algunos de los argumentos en contra de la Marina. La Marina, en cambio, alega que Vieques no se puede sustituir como campo de entrenamiento. La posición del PNP ha sido avalar un acuerdo con el ex-presidente Clinton que prometió la salida de la Marina en el 2003. La del PIP, ha sido adelantar la consigna "Ni una bala más" y recurrir a actos de desobediencia civil. El PPD, se unió a este clamor antes de las elecciones de 2000 y exigió el cese de bombardeos. Sus miembros participan en actos de desobediencia civil aunque ésta no sea una política oficial del partido. El Tribunal Federal ha procesado cientos de casos de desobedientes que no cesan en su compromiso con el retiro de la Marina. La severidad de las penas a algunos de ellos, como al líder independentista Rubén Berríos Martínez, ha generando críticas en todo el país.

Alrededor del caso de Vieques se han agrupado numerosas organizaciones cívicas y religiosas que exigen paz para ese municipio y que han elevado el caso al ámbito internacional. Las presiones han llevado al nuevo presidente George W. Bush a ratificar el retiro de la Marina en 2003 y a admitir que los viequenses no la quieren, abriendo así una nueva controversia política y de seguridad nacional.


 

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