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La Capitulación de Toledo
Antes de emprender el viaje de conquista definitivo, la sociedad de la
conquista decidió que lo más conveniente era conseguir una autorización
directa de la corona española. Las anteriores intromisiones del
gobernador panameño, los habían puesto sobre aviso del peligro que dicha
figura de autoridad podía significar para sus planes. Así. Se comisionó
a Francisco Pizarro para que hiciera un viaje a España, con el fin de
solicitar ante la corte la autorización para la empresa de conquista,
presentando asimismo pruebas de lo que hasta ese momento se había
encontrado. Es por este motivo que se lleva también a España a los
indios de la balsa capturada por Bartolomé Ruiz. Sin embargo, Pizarro no
logra entrevistarse nunca con Carlos V. Los continuos viajes del monarca
no permiten que esta entrevista se lleve a cabo. De esta manera, será la
emperatriz Isabel de Portugal quien firme en representación de la Corona
Española el acuerdo que Francisco Pizarro logró gestionar en la ciudad
de Toledo a través del Consejo de Indias. Este acuerdo otorgaba a
Pizarro la anhelada autorización de conquistar a nombre de la Corona
castellana las tierras de la denominada Nueva Castilla, bajo la
condición obligatoria de evangelizar a los nativos que habitaran dichas
tierras conquistadas. Pizarro recibía los títulos de adelantado,
gobernador y alguacil mayor. Las atribuciones de los demás socios
también estuvieron estipuladas en este documento. Así, mientras Diego de
Almagro sólo recibió el título de hidalgo y gobernador de la ya
descubierta Tumbes; Hernando de Luque era designado obispo de ese mismo
lugar (en el que hasta ese momento sólo se había levantado una
fortaleza). Por otra parte se reconocía a los trece del Gallo con el
título de hidalgos; y para los que ya ostentaban dicho nombramiento se
concedió el título de Caballeros de la Espuela Dorada. Se estipulaba,
asimismo que el reclutamiento de hombres y el aprovisionamiento de todo
lo necesario para la empresa corría a cuenta de los expedicionarios. Los
beneficios, por su parte, serían divididos entre los miembros de la
empresa, descontando la quinta parte de todo lo encontrado
(correspondiente al Quinto Real) que pertenecía a la Corona.
La capitulación de Toledo, nombre con el que se conoce a este acuerdo,
se firmó el 26 de Junio de 1529
Llegada y conquista del
Perú
Factores que contribuyeron a la Conquista
Superioridad tecnológica
Hubo diversos recursos que marcaron la superioridad tecnológica de los
conquistadores españoles sobre la resistencia inca. Las armas son los
artefactos en los que más evidente es esta diferencia tecnológica. La
ventaja que otorgaban las armas de fuego a los españoles; frente a los
arcos y flechas, las macanas, las lanzas y las cachiporras de
los Incas; fue considerable.
Sin embargo los animales fueron también herramientas fundamentales como
elementos de intimidación utilizados por los españoles contra los incas.
En este sentido los caballos fueron determinantes, no sólo como
herramienta de intimidación, si no también como medio que facilitó y
dinamizó la movilización de los conquistadores. Los perros de los
conquistadores causaron, asimismo, pavor entre los indígenas por su
ferocidad que, habiendo sido exacerbada para la guerra de reconquista
española, se utilizó también como arma en la conquista de América.
Enfermedades y epidemias
Las epidemias y enfermedades que llegaron a América con los
conquistadores europeos debilitaron y diezmaron la población nativa de
todo el continente. Sin embargo el caso del Perú fue particular.
Enfermedades como la viruela y la influenza llegaron antes que los
conquistadores a los territorios del Tahuantinsuyo. Por esta razón,
cuando los primeros españoles llegaron a Tumbes, las enfermedades y
epidemias ya tenían varios años ocasionando muertes y debilitando la
salud de la población del imperio. Incluso se cree que el Inca Huayna
Cápac y el Auqui elegido para su sucesión perecieron víctimas de la
viruela, casi 10 años antes que la expedición de Pizarro llegara a la
zona de Tumbes.
Dichas enfermedades, sin embargo, no atacaron a toda la población del
imperio por igual. El clima determinó cuáles poblaciones serían las más
afectadas, y cuáles las más protegidas. Los poblados de la costa norte y
central, de clima cálido, fueron los más vulnerables a la propagación de
enfermedades y epidemias. Por otra parte, el frío y la altura de los
andes protegieron a los pobladores de la sierra, con excepción de los
que habitaban los valles del centro y del sur (el valle del Mantaro y el
de Urubamba), cuyo clima excepcionalmente templado y cálido favoreció la
propagación de las ya mencionadas enfermedades.
En todo caso, es evidente que las propagación de enfermedades contribuyó
de manera determinante al éxito de la conquista al haber debilitado y
aniquilado a gran parte de la población del Tahuantinsuyo.
Pugnas dentro del Tahuantinsuyo
La llegada de los españoles al Tahuantinsuyo coincidió con la lucha
interna que Huascar y Atahualpa, ambos hijos de Huayna Capac, sostenían
por el control del imperio incaico. Esta lucha que por mucho tiempo fue
descrita como una guerra fratricida que demostraba la decadencia del
imperio, al parecer no fue sino la repetición de las guerras rituales
tras la muerte de un inca. La sucesión no existía dentro del
Tahuantinsuyo, la elección del Inca se realizaba entre los jóvenes más
aptos y que mejores condiciones reunían para el mando.
Una vez elegido a los posibles candidatos, debían ellos contar con el
apoyo de las panacas cuzqueñas, es decir los grupos familiares
descendientes de los antiguos incas. Estas panacas se encontraban
divididas en Hanan y Hurin, las dos parcialidades en que estaba dividida
la organización andina y a la que pertenecían las dinastías incaicas.
Esta dualidad organizaba la vida en los Andes, lo Hanan tenía
ascendencia sobre lo Hurin; en el caso de esta guerra ritual, durante su
desarrollo el representante del bando Hanan era identificado y se le
apoyaba pues debía ganar para mantener el orden natural de las cosas.
En el caso de la guerra entre Huascar y Atahualpa se puede observar
dicho patrón. Tras un rito de iniciación, Atahualpa se le identifica
como el inca Hanan y a partir de ese momento las crónicas solo hablan de
las batallas ganadas por dicho inca. Huascar está destinado a perder y a
ceder a favor del inca de Tumipampa.
Si bien es cierto que para la fecha en que llegan los españoles el
Tahuantinsuyo tuvo su mayor expansión, no se puede negar que en sus
fronteras existía poca población como para mantener los vínculos de
reciprocidad y redistribución que eran los pilares en la economía y
organización social incaica. En este sentido es posible afirmar que por
el año de 1532 hubo cierta descomposición en la estructura
organizacional, pero ello no es fruto de las guerras entre Huascar y
Atahualpa. Estas batallas eran parte de un rito cíclico que se realizaba
a la muerte de cada inca. El rito coincidió con la llegada de los
peninsulares, quienes se valieron de dicho enfrentamiento para tomar
control sobre el Tahuantinsuyo
Desestructuración del Tahuantisuyo
El investigador francés Nathan Wachtell en su famoso
libro La visión de los vencidos acuñó el termino desestructuración para
referirse a la forma como es que los hombres andinos asimilaron el
traumatismo de la conquista. Este traumatismo según dicho autor no duró
solo el tiempo en que los españoles llegaron y se asentaron en el Perú,
sino que esta desestructuración continuó por muchos años más.
Al igual que en muchas partes de América, la presencia de los españoles
en el Tahuantinsuyo supuso un cambio drástico en las costumbres y
actividades de los indígenas. No solo tuvieron que asimilar una cultura
completamente diferente a la suya, sino que estas poblaciones sufrieron
un impacto sociocultural que transformó para siempre su forma de
percibir el mundo.
Lo ocurrido en el Tahuantinsuyo ya había ocurrido años atrás en las
islas caribeñas y México. En primer lugar hubo una explotación
generalizada de la mano de obra a través del sistema de encomiendas,
pues se obligaba a trabajar en la explotación y búsqueda del oro, tal
como sucedió con los indios taínos del caribe. El trabajo excesivo, la
desestructuración social (causada por la sistemática práctica de
desmembrar grupos familiares dispersándolos por diversas partes del
territorio) y las nuevas enfermedades traídas al nuevo continente,
fueron las principales causas del abrupto descenso demográfico en las
poblaciones que iban desde México por el norte hasta el Perú por el sur.
La población aborigen en ciertas partes del continente desapareció casi
por completo (sobretodo en el Caribe) teniendo que recurrir a la
importación de esclavos negros de las costas africanas.
Las enfermedades llegaron al Tahuantinsuyo mucho antes que los
conquistadores, inclusive el cronista indígena Juan de Santa Cruz
Pachacuti en su "Relación de Antiguedades de este Reino del Perú",
indica que Huayna Capac murió de sarampión. La mortalidad fue alta
especialmente en el litoral, precisamente la zona con mayor presencia
española. Sarampión viruela y disentería fueron las enfermedades que
mayor estrago causaron entre la población nativa arrasando prácticamente
con casi todos los poblados entre los 0 y 1,000 metros sobre el nivel
del mar. La resistencia indígena fue otra de las principales causas de
mortandad en los primeros años de presencia española en el Perú. Desde
1532 hubo una constante lucha entre españoles e indígenas. Las batallas
entre uno y otro bando desestructuraron la economía indígena pues muchas
veces eran levados pueblos enteros como apoyo en la guerra, dejando sin
hombres que cultiven o cosechen los campos agrícolas; siendo ello
también causa del declive demográfico. Estas luchas terminarán 40 años
después, tras el ajusticiamiento de Tupac Amaru I en 1572 por orden del
virrey Francisco de Toledo.
En el aspecto cultural las consecuencias tuvieron profundas
consecuencias. Los españoles implantaron su cultura y en particular la
religión católica pues esta era la principal justificación de la
conquista. Las campañas de evangelización apuntaron a destruir el
imaginario indígena y a convertir a la religión cristiana a todos los
indígenas. El resultado de esta campaña fue el sincretismo religioso y
cultural que hasta el día de hoy es posible verlo en fiestas y
costumbres andinas. Los indígenas incorporaron los elementos cristianos
y culturales españoles, pero los comprendieron dentro del marco
conceptual andino.
La resistencia de
Vilcabamba
Se llama "La resistencia de Vilcabamba" a la presencia de una parte de
la elite incaica en esta región del Cuzco que se afincó buscando
restablecer la organización incaica. Duró aproximadamente unos 40 años,
desde la llegada de los españoles al Perú en 1532 hasta los primeros
años de gobierno del virrey Toledo. Esta resistencia guarda relación con
la desestruturación del mundo andino y la consolidación del virreinato
en territorio peruano. También se debe entender que esta rebelión fue la
respuesta de las elites incaicas por recomponer y alcanzar de nuevo su
poder valiéndose para ello, no solo de violentos enfrentamientos con los
peninsulares, sino que también se valieron de la negociación, el
establecimiento de alianzas o la resistencia pacífica, adecuándose al
nuevo orden, que tras la conquista española, les tocaba ocupar.
Manco Inca.- de aliado a rebelde
Manco Inca, del Inca Huayna Capac y Mama Runtu, fue quien recibió a
Francisco Pizarro cuando arribó al Cuzco en 1533. Al parecer Manco Inca
conversó con la hueste española y tras intercambiar algunas palabras
convino en acompañarlos en el ingreso al Cuzco. Esta acción se entiende
primero, por la necesidad que tenía Manco Inca de tener el control del
Cuzco y restablecer el orden quebrantado por la guerra entre Huascar y
Atahualpa, así como eliminar a la fuerza quiteña y por otro lado porque
el inca no sospechaba de las verdaderas intenciones políticas de
Pizarro.
Manco Inca logró en primera instancia contar con el respaldo de los
peninsulares. Apenas ingreso al Cuzco se colocó la Mascapaicha, y con la
presencia de la elite incaica y curacas importantes se convirtió en
Inca. Sin embargo rápidamente se desilusionaría de sus aliados, pues el
nuevo inca paso ser tratado como una figura decorativa que ya no servía
para los intereses peninsulares. Trató de salir dos veces del Cuzco y
fue apresado, siendo inclusive encadenado por incumplir su promesa de
alianza. Hacia 1535 Manco Inca tomó acciones para la reconquista del
Cuzco.
Tras engañar a sus apresores (diciendo que iba a traer las estatuas de
los gobernantes cuzqueños), Manco Inca logró salir del Cuzco y organizar
el ataque a la ciudad imperial. El Huillac Umu, el miembro más
importante del sector religioso del Tahuantinsuyo, estuvo al lado del
inca en esta difícil empresa. Los curacas de las poblaciones aledañas y
del valle sagrado acudieron al llamado y Manco Inca logró formar un
ejercito numeroso de aproximadamente 10,000 hombres. Aprovechando la
ausencia de Diego de Almagro (que fue junto al Huillac Umu y Paullu,
hermano de Manco Inca a Chile) Manco Inca sitió el Cuzco durante nueve
meses, asediando constantemente a las fuerzas españolas acantonadas en
la ciudad sagrada. Sacsayhuaman fue escenario importante en las batallas
del Cuzco y precisamente en uno de estos enfrentamientos murió Juan
Pizarro, hermano del conquistador.
Manco Inca trató de impedir que desde Lima Francisco Pizarro enviara
refuerzos al Cuzco. Para ello coordino un ataque a Lima y le encargó la
misión a Quizo Yupanqui, quien hacia septiembre de 1536 se encontraba en
Lunahuaná, a tan solo 150 kms de la ciudad de los Reyes. En Ate y Huarco
se libraron batallas entre incas y españoles, llegando los primeros a
instalarse en los cerros aledaños a la capital. Alonso de Alvarado logró
detener el avance incaico en Pachacamac y Lima. Fueron muchos los
indígenas que pelearon al costado de la hueste española. Se sabe que
fueron los curacas de Huailas los que colaboraron con los españoles. Sin
embargo es posible explicar esta conducta si es que se tiene en cuenta
los vínculos de reciprocidad establecidos entre Francisco Pizarro y los
Huailas, debido a que el conquistador había tenido dos hijos con Ines
Huailas, hija de Huayna Capac. Finalmente, derrotadas las tropas de
Quizo Yupanqui, Manco Inca no pudo evitar que Pizarro enviara
contingentes al Cuzco. Junto a ellos Diego de Almagro y su comitiva
regresaron a la ciudad imperial y evitaron la caída de las tropas
españolas en el Cuzco.
Los españoles no dudaron en afirmar que su suerte se la debían a la
intervención divina de la Virgen María y de Santiago Apóstol, conocido
en España durante las guerras de reconquista como Santiago Matamoros.
Aquí se le llamó Santiago Mataindios por la cantidad de indígenas que
lograron vencer ya que las tropas españolas en el Cuzco no llegaban ni a
doscientos individuos.
Tras estos sucesos Manco Inca y la elite incaica se refugió en
Vilcabamba, ciudad incaica a 30 leguas del Cuzco, en la vertiente
oriental de los Andes.
A pesar de haber perdido el poder político, su señorío continúo solo en
algunas poblaciones aledañas a Vilcabamba.
Los Incas de Vilcabamba
Manco Inca se estableció en Vilcabamba y a pesar de que los españoles
conocían su paradero no fueron tras él debido a que se encontraban en
guerras intestinas por el control político del territorio y
posteriormente por la guerra entre los encomenderos y los representantes
de la corona española. Los españoles no le dieron mucha importancia a la
presencia de Manco Inca y su hueste pues sabían que su accionar era
limitado y su poder de convocatoria había disminuido.
Así pasaron casi 30 años que en este reducto incaico pervivió una parte
de la elite incaica. No es posible afirmar que Manco Inca quisiera
establecer un nuevo estado a partir de esta ciudad ya que en primer
lugar, la elite se encontraba dividida (unos estaban en Cuzco buscando
legitimación y otros en Vilcabamba) y segundo, tenía la capacidad de
organizar o estructurar las relaciones con los distintos curacazgos, ni
siquiera en el ámbito local. Sin embargo porsiguió con su hostigamiento
por los alrdedores de la zona de vilcabamba. Por esta razón Francisco
Pizarro mandó fundar San Juan de la Frontera de Huamanga para frenar el
ataque de Manco Inca, que por los años 1540 y 1541 acecho los pueblos
cercanos. Pizarro buscó un entendimiento con el inca, pero su repentina
muerte impidió establecer las buenas relaciones con el hijo de Huayna
Capac.
Vilcabamba no logró volver a tener un control organizado de su
hostigamiento o de su resistencia frente a los españoles. Tras la muerte
de Manco Inca a manos de un grupo de almagristas a fines de 1544, sus
hijos continuaron al frente del reducto de resistencia incaica pero su
accionar ya no tuvo la radicalización, ni la fuerza del movimiento que
encabezó su padre. Desde los primeros años en que Sayri Tupac tuvo a
cargo la resistencia, buscó establecer relaciones con Pedro de la Gasca.
Sin embargo el pacificador solo le ofreció unas cuantos terrenos para
aquietar sus necesidad. Sayri Tupac prefirió quedarse en su reducto
hasta poder lograr un mejor acuerdo. También tuvo contacto con el virrey
Andrés Hurtado de Mendoza en 1550 y 1556. Sayri Tupac logró un acuerdo
beneficioso en 1558 y salió de Vilcabamba con un repartimiento en el
valle de Yucay. Sayri Tupac entendió que debía adecuarse a las nuevas
reglas establecidas por los españoles. La elite incaica era reconocida
de alguna manera y por ello recibían ventajosos beneficios.
Sayri Tupac murió en 1561 y es su hermano Titu Cusi Yupanqui quien tomó
el control de la resistencia incaica. Este nuevo "inca" se declaró
enemigo de los intereses españoles, organizando en un primer momento
expediciones de hostilización a las poblaciones cercanas a Vilcabamba.
Al mismo tiempo se contactó con el gobernador Lope García de Castro,
tratando de llegar a algún acuerdo beneficioso para los rebeldes. Firmó
la capitulación de Acobamba en 1566 y en dicho tratado se ponía fin a
las hostilidades y se perdonaban los actos cometidos por los rebeldes.
Una de las medidas del la capituluación fue el bautizó de Titu Cusi
Yupanqui y su familia en 1568, hecho que no fue bien visto por los
curacas más radicales. El inca murió repentinamente de una extraña
enfermedad. Los misioneros agustinos que lograron entrar tras la
capitulación fueron vistos como responsables de la muerte, ya que en su
afán de ayudar le dieron brebajes que los andinos pensaron era veneno.
El misionero Diego Ortiz fue encontrado culpable siendo torturado y
ajusticiado posteriormente. Los españoles y mestizos que se encontraban
en Vilcabamba también fueron ajusticiados. La elite buscó un sucesor y
fue así que su hermano
Tupac Amaru empuñó el cetro y se ciñó la
mascapaycha a comienzos de 1571.
Muerte de
Túpac Amaru I y fin de la resistencia
Cuando el virrey Francisco de Toledo asumió el virreinato una de sus
primeras acciones es acabar con el reducto de Vilcabamba. Por su parte,
Tupac Amaru cerró las fronteras de Vilcabamba y destruyó el puente de
Chuquichaca preparando a su pequeño ejercito por si atacan la
guarnición. El virrey envió un negociador diplomático justo poco tiempo
después de la muerte de Titu Cusi Yupanqui. Atiliano de Anaya, el
enviado del virrey, fue visto como espía y muerto a manos de los
indígenas rebeldes. Ante esta respuesta el virrey Toledo le declaró la
guerra al Inca de Vilcabamba en la semana santa de 1572. El capitán
Martín Hurtado de Arbieto y Juan Alvarez Maldonado estuvieron al frente
de la expedición, pero fue el capitán García de Loyola quien lo capturó
junto a otros miembros de la elite incaica, no sin antes entablar una
feroz lucha con los naturales.
Una vez capturado el inca fue enviado al Cuzco, donde ingresó en calidad
de preso, pero en medio de una algarabía general en la que incluso
participó el mismo virrey.
Sin perder tiempo se le abrió un juicio por la muerte de los sacerdotes
agustinos y el el negopciador Anaya, y el escribano Martín de pando.
Tupac Amaru I fue condenado a la pena capital junto con otros 5 miembros
de la resistencia quechua. Autoridades, miembros del clero y de las
ordenes religiosas y los principales vecinos del Cuzco exhortaron al
virrey para que se retracte y no ajusticie al inca. El virrey irresoluto
no cambió de parecer y ordenó la muerte definitiva del inca. El 22 de
junio de 1572 Tupac Amaru fue decapitado en medio del clamor de casi
toda la población cuzqueña. Las pompas fúnebres fueron sentidas,
inclusive a la misa de honras acudió en riguroso luto el virrey Toledo.
Los indígenas y miembros de la élite cuzqueña también se mocharon ante
el cuerpo del inca muerto, arrancándose cejas y pestañas siguiendo la
usanza andina.
Al inca se le enterró en la catedral del Cuzco pero al ver las
autoridades que esto podría causar inconvenientes (pues el cuerpo o
momia del inca era considerado Huaca) se retiró silenciosamente su
cuerpo y enterrado en otro lugar no conocido.
Se cree que de la muerte de Tupac Amaru nació el mito de Inkarri, que
establecía que a partir de la cabeza enterrada del inca crecería
nuevamente el cuerpo del inca que restauraría el imperio y le daría a
las cosas su ordenamiento natural anterior a la llegada de los españoles
Implicancias de la muerte
del Inca
Fin del Tahuantinsuyo
Una de las primeras consecuencias de la conquista hispana en los Andes
fue que el sistema político y económico del Tahuantinsuyo sufrió graves
transformaciones, siendo la causa en ambos casos la muerte del
Atahualpa. El Inca no sólo representaba el mando político del
Tahuantinsuyo y sostenía una serie de alianzas con las etnias que le
permitieron articular un vasto territorio, sino que en su figura se
basaba el sistema de redistribución tanto de bienes como de mano de
obra, funcionando como el motor macroeconómico del sistema. El fin de la
redistribución significó herir de muerte al sistema, pues la
administración del territorio y el espacio económico se derrumbaron,
dejando a los señores de Cuzco sin posibilidad alguna de efectiva
resistencia apelando a los sistemas normales de alianzas y
convocatorias, como sucedió con el cerco del Cuzco de Manco Inca y
posteriormente con el develamiento de la resistencia de Vilcabamba.
A mediano plazo, el derrumbe del sistema político y económico andino
permitió que los españoles realizaran una serie de cambios estructurales
con relativa facilidad: descentralizaron el territorio estableciendo la
capital en Lima, reemplazando al Cuzco como punto de convergencia y
divergencia de las riquezas; establecieron en Potosí un nuevo centro de
riqueza; limitaron la circulación de población y desestructuraron el
sistema de control vertical de pisos ecológicos; se apoderaron mediante
la encomienda de gran parte de las mejores tierras de las comunidades
andinas, mientras que otras tantas quedaban sin trabajar debido a la
gran baja demográfica; e insertaron un nuevo sistema que se basaba en la
economía de mercado, sistema que le era completamente ajeno a los
pobladores andinos.
Un ejemplo de esto es el establecimiento del tributo y el ingreso de la
moneda. Si bien existió una especie de tributo en el Tahuantinsuyo éste
tenía una alta carga ritual y se comprendía dentro del sistema de
reciprocidad, cosa que no se dio con los encomenderos, quienes no
exigían fuerza de trabajo sino suministro de productos, haciendo de esta
obligación una de las más difíciles de cumplir, sobre todo si
consideramos que el encomendero era libre de decidir cuánto tributo
cobrar, situación que dura hasta 1550 cuando se realizan las primeras
tasas reales para determinar cuánto tributo se debía pagar.
El ingreso de la moneda se hizo en un espacio económico que carecía
completamente de ella. En el Tahuantinsuyo primaba el trueque y la
autosubsistencia, lo que provoca que los andinos no entiendan
inicialmente el nuevo sistema. A partir de 1550 se empieza a gravar el
tributo en dinero y ya no en productos, lo que obliga a los pobladores a
hacerse de este medio de pago inclusive realizando labores nuevas como
el trabajo en minas en vez de sus actividades tradicionales, acentuando
la desestructuración del mundo andino.
Así, la conquista española implica severos cambios en la sociedad,
economía, demografía y religión del Tahuantinsuyo. Si bien es cierto que
sobreviven ciertas estructuras, la mayoría de ellas lo hacen a través de
elementos aislados fuera de su contexto inicial. Uno de los casos más
complejos es el de los Curacas, pues su supervivencia estuvo marcada por
la continuidad y los cambios según la utilidad que los españoles
observaron en sus funciones y en la habilidad de los mismos para
demostrar su importancia.
Cambios en el papel del curaca
El papel del curaca en los andes coloniales es uno de los temas que ha
sido más estudiado y replanteado recientemente. Su importancia ha sido
revalorizada pues los curacas no sólo significaron el nexo entre el
estado incaico y el ayllu, sino que siguieron cumpliendo una serie de
funciones básicas dentro de la estructura colonial que se estaba
imponiendo paulatinamente. Vale la pena recalcar que estas funciones
deben ser entendidas dentro de la nueva sociedad que se estaba
configurando y que no era enteramente colonial ni andina, y que en
muchas ocasiones el papel del curaca fue sacado de contexto por los
españoles, o en otras los señores étnicos supieron aprovechar una serie
de factores favorables dentro del caos de la época para conseguir
beneficios personales o para sus comunidades, llegando inclusive a
usurpar cargos con el apoyo de los invasores. Por ejemplo, se estableció
durante la colonia que el cargo de curaca sería hereditario y que no
pagarían tributo, pero tenían como labor principal encargarse de la
recolección y entrega del mismo. Otro factor nuevo que recibieron fue el
ser evangelizados tempranamente y tener la posibilidad se ser ordenados
sacerdotes, por lo cual se fundaron colegios de caciques en el siglo
XVII.
Aun así, el mundo curacal se vio afectado menos directamente que el
sistema estructural del Tahuantinsuyo, pues el primero basó su poder
tanto en el prestigio étnico como en el sistema de reciprocidad,
factores que no tuvieron que ver directamente con la muerte de Atahualpa
ni con los primeros cambios que realizaron los españoles. Es más, los
hispanos consideraron tempranamente que los señores étnicos eran
imprescindibles para desarrollar cualquier proyecto colonizador,
iniciándose un proceso paulatino de aprovechar el papel tradicional del
curaca, así como trastocarlo de acuerdo a los intereses españoles.
Mientras sucedía este doble proceso, los mismos curacas utilizaron desde
muy temprano las vías coloniales para obtener beneficios de acorde a su
prestigio y reconocimiento, precisando derechos en busca de obtener una
situación definida que les permitiera no sólo una serie de beneficios,
sino asegurar las condiciones para la redistribución. Dentro de todas
las posibilidades expuestas, existen un sinnúmero de casos con los
cuales ilustrar la situación de incertidumbre y desorden creada por la
conquista. Uno de los más conocidos por su envergadura es el que
realizaron numerosos curacas de la sierra central, sur y el altiplano,
en una reunión a mediados del siglo XVI, en la cual intentaron lograr
una autonomía dentro del régimen colonial proponiéndole a la Corona
española un tributo directamente pagado por los curacas andinos
equivalente al de los encomenderos, con la finalidad se ser directamente
dependientes de la jurisdicción de España, poniendo fin a la encomienda
y tratando de salvaguardar sus costumbres y leyes anteriores a la
conquista. La petición fue presentada finalmente por Bartolomé de Las
Casas alrededor de 1560, sin éxito. Lo interesante de esta situación es
que los curacas andinos reconocen el escenario colonial y lo utilizan en
beneficio propio, buscando una situación más parecida a la que tenían en
tiempos del Tahuantinsuyo, todo ello apenas a tres décadas de la
conquista y en medio de la resistencia de Vilcabamba.
Esta actitud de los curacas ha sido malinterpretada por muchos
investigadores que han tildado a muchos curacas de colaboracionistas o
servidores de los intereses españoles. Entendiendo mejor el papel de la
reciprocidad y las alianzas en el mundo prehispánico andino, vemos que
la actitud de los curacas con los invasores no fue distinta a la que
estaban acostumbrados a realizar con otras etnias, y es por ello que una
vez realizada la conquista, muchos de estos curacas que apoyaron a los
españoles buscaron beneficios mediante probanzas de servicios en las
cuales exponían sus leales servicios a la corona. Estas probanzas
contienen valiosa información del papel de las etnias en la conquista
pero también una gran cantidad de información distorsionada por los
mismos curacas que buscaron mayores beneficios para sí mismos y sus
comunidades.
El nuevo papel del curaca, el de funcionario del régimen colonial, debe
ser entendido finalmente dentro de la dualidad complementaria del mundo
tradicional andino, y no como una actividad excluyente. Esta labor se
ve, por ejemplo, en la organización de la producción e intercambio
andino simultáneamente con ingreso paulatino al mercado español de la
moneda y el tributo. El aumento o disminución de poder de los señores
étnicos en estas décadas dependerá del lugar, de la época, de los
acontecimientos o de la habilidad de los mismos para granjearse las
prebendas y beneficios que el nuevo sistema podía ofrecerles.
A partir de 1560, el aparato estatal colonial y la Iglesia empezaron a
dirigir un ataque contra los curacas en busca de disminuir su poder e
importancia. El nombramiento de alcaldes indios en las comunidades y el
establecimiento de las reducciones por una parte, y la campaña de
extirpación de idolatrías por otra, minaron el poder de la mayoría de
los curacas hasta el punto de convertirlos en simples funcionarios
Nueva administración del
territorio
Fundación española de ciudades
La
necesidad de dar un nuevo orden al territorio conquistado y de
establecer el poder formal de la Corona española llevó a los
conquistadores a fundar una gran cantidad de ciudades. Dentro del gran
grupo de ciudades fundadas se pueden distinguir dos tipos: las nuevas
ciudades fundadas para españoles y las reducciones.
Las ciudades de españoles, en las cuales habitaron tanto peninsulares,
criollos, mestizos, indígenas e indios, fueron estrictamente construidas
teniendo en cuenta el trazado de damero o cuadricular. Este trazado
tiene origen en la antigua Grecia y su objetivo inmediato fue el de
proveer orden y diferenciación espacial, mientras que en un segundo
nivel -más abstracto- opera como una representación social y cultural de
la civilización entendida como jerarquización del orden. La ciudad de
Lima, fundada el 18 de enero de 1535, responde a ese modelo.
En cambio, las reducciones de indios, que también contaron con el modelo
de damero y que se encuentran origen en la España de la reconquista,
fueron el origen de transformaciones sociales y culturales
significativas. A partir de 1550 se establecieron las normas coloniales
para trasladar a poblaciones dispersas enteras, como era la costumbre
tradicional andina, a nuevos poblados llamados reducciones. En estos
poblados se concentró indiscriminadamente la población de una o varias
etnias con la finalidad de dar orden y mejorar la administración de la
población del nuevo reino, a la vez que facilitaba los censos, las tasas
tributarias, la recolección del mismo tributo, la organización de la
mita minera y la evangelización.
Las consecuencias fueron diversas. Los asentamientos andinos
prehispánicos estuvieron ubicados cerca de pacarinas (lugares de origen)
y huacas, así como otros lugares sagrados, por lo cual el traslado a un
lugar ubicado con un fin administrativo colonial provocó el desarraigo
de la población con su pasado mítico, más aun si consideramos que
durante el gobierno del virrey Toledo se quemaron muchos de estos
espacios sagrados. Otra consecuencia directa fue la pérdida de recursos
como el agua y las tierras cultivables, pues la geografía andina difiere
mucho de la de Castilla, de donde se trajo el modelo. Además el traslado
de mano de obra a través de pisos ecológicos fue uno de los principales
baluartes de la complementariedad de recursos, modo que se vio también
afectado por las reducciones. La falta de agua y de tierras para cultivo
provocó que en muchos casos las primeras tasas tributarias fueran
desproporcionadas, pues ellas se basaban en el volumen de productos que
las etnias daban al Inca.
Una consecuencia más fue la reunión en una reducción de más de una etnia
o de poblaciones no oriundas trasladadas en tiempos del Tahuantinsuyo
como mitimaes, lo cual trajo problemas culturales y conflictos entre
poblaciones.
Finalmente el fenómeno de la reducción trajo consigo la aparición de un
nuevo rol en la sociedad colonial, el del forastero, personaje que
fugaba de las reducciones y que en la mayoría de los casos vendía su
mano de obra asalariada en las minas y en las haciendas de producción de
coca
Establecimiento de la
encomienda
La
encomienda durante la conquista fue una institución de suma importancia
tanto dentro de las concepciones sociales de los conquistadores como por
las consecuencias que tuvo para la población indígena. Sus orígenes se
encuentran en la encomienda medieval española, en la cual se cedían
tierras a cambio de protección y defensa, a diferencia de la encomienda
indiana en la cual no se cedían tierras ni indios, sino fuerza de
trabajo indígena, como una recompensa a las hazañas de conquistas y con
la misma finalidad de protección y defensa, además de evangelización.
Otro fundamento de la encomienda indiana fue el hecho que la Corona
otorgaba el beneficio del pago del tributo de los indios directamente a
los encomenderos, como una retribución a los gastos y peligros que los
conquistadores debieron sufrir. Si bien es cierto que la encomienda
indiana no implicaba una cesión de tierras -pues éstas pertenecían a la
Corona española- ni de indios -pues éstos no eran esclavos sino vasallos
libres-, en la práctica los encomenderos trataron por varios medios de
perpetuarla y en muchas ocasiones utilizaron a los indios en beneficio
propio para enriquecerse.
Las primeras encomiendas fueron repartidas por el mismo Francisco
Pizarro a sus huestes, sobre todo a los cuales no alcanzó el botín en
metálico para pagar sus esfuerzos de conquista. El encomendero,
primeramente, se comprometía a defender el bienestar material de sus
indios y de brindarles el acceso al catolicismo, mientras que los indios
debían mantener al encomendero y a su familia. El dominio sobre un
número de indios le dio automáticamente una mayor posición social a los
conquistadores, en muchas ocasiones hombres de humilde origen que ahora
se consideraban respetados ciudadanos.
A poco más de una década del establecimiento de la encomienda, la Corona
española, influenciada por las denuncias de Bartolomé de las Casas,
intentó recuperar el beneficio del tributo y además reducir el exagerado
poder que algunos encomenderos habían conseguido gracias a la riqueza
proveniente de la explotación de sus encomiendas, así se establecieron
una serie de normas compiladas en las llamadas Leyes Nuevas, promulgadas
en Barcelona el 20 de noviembre de 1942.
Las Leyes Nuevas reglamentaban la naturaleza y duración de la
encomienda, estableciendo que el Rey era el único que podía darlas y que
éstas debían regresar a la Corona una vez muerto el encomendero. Si bien
esta reglamentación debió haber significado el fin de la perpetuidad de
la encomienda, la reacción violenta de los encomenderos organizados en
torno a Gonzalo Pizarro y luego a Francisco Hernández Girón no sólo
retrasó los planes de la Corona, sino obligó a Pedro de la Gasca a dar
una serie de concesiones que contradecían a lo estipulado en las Leyes
Nuevas para conseguir el apoyo de los encomenderos del bando de Pizarro
y Hernández Girón. Después de la rebelión, la encomienda parecía haberse
reforzado en la Sudamérica española.
La Corona entonces planteó la posibilidad de vender encomiendas a
perpetuidad, lo que además proveería ingresos a las arcas alicaídas de
Carlos V, pero el Consejo de Indias se opuso alegando que no se podía
dar la jurisdicción civil a perpetuidad. Fue entonces Felipe II, Rey
desde 1556, el que obligó al Consejo a trasladar a un número de agentes
reales para que se encargaran de establecer los precios de las
encomiendas a perpetuidad, saliendo en 1559 de España y llegando en 1561
a Lima. Los encomenderos ofrecieron una alta suma siempre y cuando las
encomiendas incluyeran jurisdicción civil, pero los agentes reales no
confiaron en la palabra de los encomenderos ni en su capacidad para
reunir esa suma, además de descubrir nuevas desventajas en la
perpetuidad, como en la idea que los hijos de los encomenderos perderían
su lealtad a España si no existía una dependencia de la Metrópolis.
Finalmente, en 1562 los comisarios recomendaron que el Rey concediera de
tres modos la encomienda: un tercio a perpetuidad, un tercio a una sola
vida y el resto a la Corona.
Esto sentenció el fin de la perpetuidad de la encomienda y cobró
vigencia la ley de sucesión de dos vidas ya establecida en 1535-1536, lo
cual pone en evidencia también cómo la importancia de la encomienda y de
los encomenderos en el Perú había disminuido considerablemente desde
1542 hasta tal punto que en 1561 existían 447 encomenderos y unos 8000
españoles, además de haber sido afectados económicamente por las tasas y
retasas realizadas paulatinamente desde 1549 y que bajaban el tributo
indígena con la finalidad de reducir el poder de los encomenderos. La
estocada final podría resumirse hacia 1568 en la monetarización del
tributo indígena, con lo cual se terminó de entender la encomienda como
el usufructo de la mano de obra de los indios, pues ahora el pago podía
conseguirse de la manera que quisieran los indios de le encomienda, sin
que este pago significara una reducción en la recompensa que recibían
los descendientes de los conquistadores.
Guerras civiles
Una vez terminado el proceso inicial de conquista y
reparto de botines de guerra, y aún con el proceso de colonización en
ciernes y gran parte del territorio por explorar y descubrir, se dieron
una serie de acontecimientos que terminarían en guerras intestinas entre
los mismos conquistadores en un primer momento, y entre los encomenderos
y la Corona española en un segundo caso.
Las guerras civiles, como se le ha llamado a este conjunto de batallas
dirigidas por españoles y en las cuales los indígenas no estuvieron
aparte, ya sea para engrosar las filas de los bandos hispanos, o para
ponerse del lado de la Corona española más delante, demostraron que el
principal motor de los conquistadores era la obtención de riqueza, que
sus alianzas iniciales fueron fácilmente traicionadas y que la Corona
tuvo muchos problemas para establecer su autoridad en los territorios
recién conquistados, problemas que se extenderán varias décadas y que se
resolverán gracias tanto al genio militar de los enviados como a la
capacidad de los mismos para establecer pactos y alianzas.
A lo largo de este punto veremos cómo la Corona, en su afán por hacerse
del poder político y económico del virreinato, tendrá que ceder muchos
beneficios inmediatos, sobre todo al otorgar indultos y encomiendas a
diestra y siniestra para ganar adeptos a las causas realistas. Esto
demuestra la importancia que tuvo la encomienda a mediados del siglo XVI,
momento en le cual aun habían miles de españoles dispuestos a dar hasta
sus vidas por el servicio personal de los indios.
Finalmente, aun cuando las victorias militares favorezcan a la Corona
española, quedó en evidencia el débil papel del Estado colonial ya sea
en el rol del Virrey o de la Audiencia, por más que figuras como la de
Pedro de la Gasca hayan sido determinantes en el desarrollo de una
futura administración virreinal. La Corona a su vez se preocupo de
quitar paulatinamente los beneficios de la encomienda, a la vez que
protegía mediante regulaciones a los indígenas, de acorde a la
influyente prédica de Bartolomé de las Casas y también a las constantes
preocupaciones por las denuncias de maltratos y despoblamiento que la
real fuente de riqueza, los indígenas, sufrían en las primeras décadas
de la colonia.
El debate de la encomienda no se resolverá más adelante por una ley
proveniente de la metrópoli, sino por el desgaste interno de los mismos
aristócratas peruleros ante nuevas formas de riqueza que ya se
desarrollaban a partir de la década de 1550, bajo la figura del comercio
Las guerras entre los
conquistadores
La primera acción de la Corona española para administrar el territorio
conquistado fue dividir el territorio en dos líneas paralelas, formando
la gobernación de Nueva Castilla (del grado 1º de latitud hasta el 14º,
cerca de Pisco) y la de Nueva Toledo (del 14º al 25º, en Taltal, Chile),
asignando la primera a Francisco Pizarro y la segunda a Diego de
Almagro. Esta división, aparentemente arbitraria desde el punto de vista
de la cartografía, trajo una serie de problemas principalmente para el
nuevo gobernador de Nueva Toledo y su hueste, pues sus territorios
asignados no eran por demás atractivos comparándolos a los asignados a
su reciente compañero de conquista.
Pugnas entre los Pizarro y Almagro
Diego de Almagro ya había sido nombrado Teniente de Gobernador del
Cuzco, y precisamente se dirigía hacia ese lugar para tomar posesión de
su cargo, cuando Carlos V dividió el territorio en las gobernaciones de
Nueva Castilla y Nueva Toledo en 1534. Según este nuevo ordenamiento, el
territorio de Almagro comprendía toda la zona meridional del Perú y la
aun inexplorada zona de Chile, de la que decían guardaba muchas
riquezas. Quizá fue esa la razón para que el manchego no se levantase en
armas inmediatamente ante el despojo de su cargo en la ciudad principal
de los Incas, y acto seguido partió hacia el sur con su hueste en 1535.
La exploración de los territorios de Nueva Toledo duró dos años y fue un
completo fracaso, pues Almagro comprobó que allí no había riqueza
metálica, que los indios araucanos eran sumamente rebeldes y violentos,
y que la tierra era estéril. Esto provocó el malestar de Almagro y de su
tropa que ya empezaba a amotinarse contra su líder, por lo cual se
decidió tomar una acción que iniciaría el primer conflicto formal entre
los españoles desde su llegada al Perú: tomar la ciudad del Cuzco.
Almagro llegó de improviso a dicha ciudad y tomó prisioneros a Hernando
y Gonzalo Pizarro, hermanos del conquistador, y luego consolidó su
captura venciendo a Alonso de Alvarado y las huestes pizarristas que
iban en socorro de los capturados el 12 de julio de 1537, en la llamada
batalla de Abancay. Esta acción de Almagro no sólo significó un desacato
al poder de la Corona, sino una ofensa directa al conquistador
extremeño, cuya reacción fue por demás mesurada al convocar
conversaciones, en octubre de 1537. Al ver que las negociaciones no
serían fructíferas, decidieron las partes encargar la solución a un
árbitro, el provincial de los mercedarios fray Francisco de Bobadilla.
Mientras tanto, Almagro se trasladaba con su tropa y rehenes hasta
Chincha fundando la villa de Almagro, lo cual se puede considerar otro
acto de provocación dentro de la delicada situación, por lo cual el
mercedario resolvió con celeridad y en noviembre de 1537 decidió que la
ciudad del Cuzco pertenecía a la gobernación de Nueva Castilla y por
ende a los pizarristas.
Este veredicto no dejó satisfecho a los almagristas, quienes regresaron
a la sierra para acantonarse y defender la ciudad en pugna, tras cometer
el error de dejar en libertad a Hernando Pizarro tras una espuria
promesa de paz. Fue el mismo hermano del conquistador extremeño el que
organizó las huestes comandadas por Pedro de Valdivia que se dirigieron
al campo de las Salinas en Cuzco, donde se habían postrado los
almagristas dirigidos por el teniente general Rodrigo Orgóñez. La
batalla de las Salinas, el 6 de abril de 1538, se libró entre 1000
pizarristas y 700 almagristas, siendo estos últimos derrotados. Diego de
Almagro fue capturado en su escondite de la fortaleza incaica de
Sacsahuaman y se le abrió proceso por rebelión y desacato, tras lo cual
y sin haberse dado sentencia, fue estrangulado en su propia celda el 8
de julio de 1538 por orden de Hernando Pizarro tras haberse corrido el
rumor que un grupo de almagristas preparaban la liberación de su líder.
Por estas acciones, Hernando Pizarro fue apresado en España a su retorno
por orden del Consejo de Indias y sentenciado a 18 años de prisión en
Medina del Campo, desde donde administró el patrimonio familiar.
Los almagristas buscaron venganza y se organizaron en Lima tras las
figuras de Juan de Rada y de Diego de Almagro el Mozo (hijo del
conquistador), y el 26 de junio de 1541 fueron tras el mismo Francisco
Pizarro con la intención de asesinarlo en su domicilio, lo que
consiguieron tras una cerrada defensa del otrora conquistador del Perú.
Ante la ausencia de autoridad el mismo Almagro el Mozo asumió el cargo
de gobernador del Perú, a sabiendas que la Corona había enviado a un
juez visitador, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, con el objetivo
de poner orden y justicia a los turbulentos territorios conquistados.
Insurrección de Almagro el Mozo y obra de Vaca de Castro
La proclamación de Diego de Almagro el Mozo como gobernador del Perú no
contó con mucho apoyo ni siquiera para organizar un buen ejército que le
hiciera frente a Vaca de Castro. La falta de apoyo inclusive de los
vecinos de la ciudad de Lima lo obligó a salir de la misma y refugiarse
en la sierra. Para entonces, la Corona consideraba a Almagro el Mozo un
traidor y un tirano, pues se había adjudicado un poder que no le
correspondía, y no contaba con título ni autorización del monarca para
impartir justicia.
Cristóbal Vaca de Castro fue enviado por la Corona española con el
objetivo de fiscalizar en un inicio a Francisco Pizarro, debido a las
constantes denuncias de desórdenes y explotación que los conquistadores
llevaban a cabo con los indígenas. También se le dio la orden que si
Pizarro moría, él mismo debía ocupar el cargo de Gobernador del Perú,
administrando la recolección del tributo y los límites entre las dos
gobernaciones. Al llegar a tierras americanas, se enteró de la
sublevación de Almagro el Mozo y procedió a entablar alianzas con los
vecinos más notables y que acataran su autoridad. En realidad,
considerando que las acciones tomadas por Diego de Almagro eran una
afrenta directa a la Corona y al derecho de la época, no le fue difícil
al licenciado hacerse de un ejército conformado por los personajes más
hábiles y poderosos que habitaban el Perú.
Mientras tanto, Almagro el Mozo se había dirigido a Huamanga para
recomponer sus fuerzas y luego al Cuzco, donde se acantonó. Vaca de
Castro fue a Huaraz con las tropas de Alonso de Alvarado y de Perálvarez
Holguín, y se empezó a dirigir paulatinamente hacia la sierra sur, para
encontrarse cerca de Huamanga con las tropas de Almagro el Mozo que
había dejado su reducto del Cuzco. La batalla del campo de Chupas entre
Vaca de Castro y Almagro el Mozo se dio el 16 de setiembre de 1542,
resultando vencedor el licenciado enviado por la Corona gracias a la
habilidad de Francisco de Carbajal el "demonio de los Andes".
Almagro el Mozo huyó hacia el Cuzco, pero fue capturado en el camino y
recluido en la casa de Hernando Pizarro. Desde allí se le acusó de
intentar entablar una alianza descabellada con el líder rebelde Manco
Inca y de tratar de sobornar a sus carceleros, lo que empeoró su
situación. Finalmente fue sentenciado a muerte y degollado en dicha
ciudad.
Vaca de Castro, flamante gobernador del Perú, dejó atrás los trabajos de
pacificación y orden y se dedicó a realizar labores de desarrollo, como
el mejoramiento de las vías de comunicación, reglamentar el
abastecimiento de los tambos y fiscalizar el trabajo en las minas.
Consecuencias de la muerte de los conquistadores
Luego de una década de iniciada la conquista del Tahuantinsuyo, todos
los líderes de la conquista han sido asesinados, ejecutados o apresados.
Si bien en principio esta situación podría parecer en extremo
beneficiosa para los intereses de la Corona española de controlar
políticamente los territorios descubiertos, por el contrario devela más
de un problema para la misma.
La falta de funcionarios leales a España ha sido uno de los primeros
problemas que ha sido atendido por Carlos V, al tomar en cuenta que los
conquistadores y los migrantes no necesariamente han sido movidos por
intereses tan abstractos como la lealtad a la realeza o el interés de
evangelizar a poblaciones no cristianas, ambos argumentos siempre
repetidos por los españoles. El envío de personajes como el licenciado
Vaca de Castro y luego los primeros virreyes se destinó a subsanar ese
problema, que a la postre le causaría más de un dolor de cabeza a la
Corona debido a los inconvenientes con los encomenderos.
La violenta situación que siguieron los años de la conquista estuvo
marcada tanto por el inicio del levantamiento de Manco Inca en 1536 como
por las pugnas dentro de las huestes españolas. Es muy significativo
darse cuenta lo frágil que resultaba esa situación en que entre 1535 y
1537 el Cuzco fue hostigado dos veces, una por un líder indígena y la
otra por uno de los líderes de la conquista. Aun así la situación
colonial no feneció y siguió su curso en otros ámbitos como la
administración de territorio, la desestructuración del mundo andino, la
encomienda o los cambios en la economía. Esta violenta situación escapó
de las manos de los mismos españoles quienes decidieron impartir
justicia a diestra y siniestra, haciendo de jueces y verdugos, o
usurpando poder y funciones. El fin de los conquistadores marca el fin
de las pugnas por el poder a nivel de Estado, pero no por las pequeñas
dotes de poder económico que muchos españoles se sentían merecedores, y
que defenderían hasta con sus vidas. A la Corona las cosas no le serían
más fáciles las décadas venideras, y le resultaría muy trabajoso
establecer un poder virreinal en el antiguo territorio del Tahuantinsuyo
debido justo a ese sector de encomenderos que, más bien que mal,
permitieron gracias a la cuota de poder y orden que administraban que la
empresa de la colonización no se desintegrara
La guerra de los
encomenderos
Dentro de la necesidad de la Corona de imponer orden y establecer las
bases de un nuevo virreinato, junto a las constantes prédicas de
Bartolomé de las Casas en contra de los abusos de los encomenderos, se
establecieron un conjunto de leyes llamadas las Leyes Nuevas en
noviembre de 1542. Con ellas se establecía el virreinato del Perú, se
creaba la figura del virrey para el Perú y se regulaba que las
encomiendas sólo podían ser designadas por el rey y debían regresar a la
Corona una vez muerto el encomendero. Para llevar a cabo la aplicación
de las leyes, se nombró como primer virrey del Perú a Blasco Núñez Vela,
quien salió de España en 1543.
Llegada y muerte del virrey Blasco Núñez Vela
El flamante virrey llegó a Lima el 15 de mayo de 1544, y como era de
esperarse ya contaba con no pocos detractores entre los encomenderos
quienes veían en la figura del representante de la Corona una amenaza
directa a lo que ellos consideraban sus legítimos derechos. Además, la
personalidad del Virrey y su intención por ejecutar a rajatabla las
Leyes Nuevas le granjeó más enemigos entre los pizarristas, sobre todo
luego de encarcelar a Vaca de Castro y dar muerte al factor Suárez de
Carbajal, personaje muy cercano a los Pizarro.
Mientras esto sucedía, Gonzalo Pizarro -hermano menor de Francisco- y
otros encomenderos, organizaron en Cuzco un levantamiento en contra de
la aplicación de las Leyes Nuevas y de la investidura de Blasco Núñez
Vela. Para entonces el ambiente enrarecido y la falta de tino del Virrey
-quien incluso intentó trasladar la capital del virreinato a Trujillo-
llevó a la Audiencia de Lima a destituir al mismo Blasco Núñez Vela y
desterrarlo rumbo a España el 18 de setiembre de 1544, en una acción por
demás inusitada. De esta manera, los oidores nombrados por el mismo
Virrey se hicieron cargo del virreinato y suspendieron la aplicación de
las Leyes Nuevas, esperando así aplacar los ánimos de los encomenderos
reunidos en torno a Gonzalo Pizarro, quien llegó a Lima con su hueste en
octubre. La Audiencia ordenó al menor de los Pizarro a deshacer su
ejército y deponer las armas, pero Gonzalo, por el contrario, exigió que
lo nombraran gobernador del Perú y para ello mandó a Francisco de
Carbajal a entrar a Lima y amenazar con saqueos y desmanes. Ante la
superioridad de fuerzas, los oidores nombraron el 23 de octubre a
Gonzalo Pizarro como gobernador y capitán general del Perú.
Mientras Gonzalo Pizarro disponía de medidas para asegurar su
gobernación, el destituido virrey lograba desembarcar en Paita y
organizar un respetable ejército para recuperar su gobierno. Ambas
tropas se enfrentaron en Añaquito el 18 de enero de 1546 resultando
vencedor el menor de los Pizarro, mientras que la suerte del primer
virrey que tuvo el Perú fue por demás dramática: fue degollado por el
esclavo de Benito Suárez de Carbajal, hermano del factor asesinado por
Núñez Vela.
Levantamiento de Diego Centeno y gobierno de Gonzalo Pizarro
Poco antes de la victoria de Añaquito, se informó a los pizarristas que
un personaje leal a la Corona llamado Diego Centeno estaba preparando
tomar la ciudad del Cuzco como afrenta a la usurpación de Gonzalo
Pizarro. Sin embargo, sus intenciones fueron desbaratadas por Francisco
de Carbajal, quien junto a los pizarristas del Cuzco pusieron orden en
la meseta del Collao y en Charcas, derrotando a los realistas en Pocona
en agosto de 1546. Diego Centeno logró salvarse gracias a que se
escondió en una cueva, mientras que los líderes del levantamiento fueron
ejecutados.
Con el flamante virreinato temporalmente pacificado, Gonzalo Pizarro
dirigió descabellados planes para perpetuarse en el poder, entre los
cuales se encontraba el casarse con su sobrina Francisca Pizarro, nieta
de Huayna Cápac, con la finalidad de legitimar su cargo inclusive dentro
de los pobladores andinos. También envió funcionarios a la Corona
española para negociar la perpetuidad de la encomienda y la gobernación
vitalicia para Gonzalo y un sucesor.
Sin embargo, la Corona no se cruzaría de brazos en su intención de
controlar los territorios sudamericanos, pero esta vez elegiría con más
tino al elegido para dicha tarea, que en este caso se trataría
básicamente de un hombre de letras, antiguo rector de la Universidad de
Salamanca y miembro del Consejo de la Inquisición, además de un hábil
negociador y militar. Así, Carlos V encargó a Pedro de la Gasca a
embarcarse al Perú en mayo de 1546.
El pacificador Pedro de la Gasca
Con el cargo de presidente de la Audiencia de Lima, Pedro de la Gasca
tenía como objetivos pacificar el territorio peruano de manera pacífica
en la medida de lo posible. Para ello haría valer sus dotes de
negociador, las cuales demostró tempranamente al llegar en noviembre de
1546 a Panamá donde lo esperaba el pizarrista Pedro de Hinojosa, al cual
le otorgó el perdón por los delitos cometidos además de grandes
encomiendas de indios para él y sus seguidores, ante lo cual Hinojosa
pasó al bando de los realistas.
Fue desde Panamá que La Gasca intentó utilizar la misma estrategia con
Gonzalo Pizarro, pero sin éxito, pues el líder de los encomenderos negó
los ofrecimientos de perdón del enviado de Carlos V. En cambio muchos
otros encomenderos que en un inicio se habían alineado detrás del menor
de los Pizarro, acogieron los jugosos ofrecimientos del pacificador,
mientras que él mismo organizaba la formación de un ejército desde
México, Panamá, y Cartagena de Indias. La primera flota salida de Panamá
en junio de 1547 comandada por Lorenzo de Aldama no sólo consiguió la
adhesión de las ciudades norteñas del virreinato, sino que consiguió
llegar hasta el mismo puerto del Callao, debido a lo cual Gonzalo
Pizarro debió abandonar la ciudad de Lima con destino a Arequipa.
Fue camino a esa ciudad que la suerte pareció darle la espalda a
Pizarro, pues nuevamente Diego Centeno había organizado un levantamiento
y logró tomar la ciudad del Cuzco. Ambos ejércitos chocaron en la
llanura de Huarina el 20 de octubre de 1547, y gracias nuevamente al
genio militar de Francisco de Carbajal, Centeno fue derrotado.
Pedro de la Gasca salió de Panamá, desembarcó en el puerto de Manta y se
adentró en los andes, mientras ofrecía el perdón y encomiendas a todos
los que se plegaran a su bando, incluyendo al mismo Pizarro. A su bando
se unieron combatientes de Chile, Guatemala y personajes como Pedro de
Valdivia, Benito Suárez de Carbajal y hasta Diego Centeno, logrando
reunir un importante contingente comandado por el otrora pizarrista
Pedro de Hinojosa. La superioridad numérica, logística y moral del bando
del pacificador -que blandía la bandera real- los llevó a una fácil
victoria en Jaquijahuana el 9 de abril de 1548, donde el derramamiento
de sangre fue mínimo gracias a que la mayoría de los pizarristas se
pasaron al bando de La Gasca, llegando a contarse sólo veinte los
muertos en batalla.
Gonzalo Pizarro fue apresado, enjuiciado sumariamente junto a los
líderes de la rebelión y decapitado -gracias a su condición de hidalgo-,
mientras que Francisco de Carbajal -el "Demonio de los Andes"- fue
sentenciado a la horca y posterior descuartizamiento, pena nada
exagerada si se toma en cuenta que se le acusó de asesinar a más de 300
españoles. Al final fueron ejecutadas 48 personas, con lo cual se dio
por finalizado el primer levantamiento de los encomenderos.
Levantamiento de Francisco Hernández Girón y ordenamiento del virreinato
La victoria de Pedro de la Gasca sobre Gonzalo Pizarro no resolvió por
completo la situación en el virreinato. El ofrecimiento de encomiendas
había superado largamente las posibilidades del pacificador de contentar
a todos los que se habían pasado a su bando, por lo cual dividió las
encomiendas existentes -que no pasaban las 150- en unas 218, pero siendo
más de mil los beneficiados, entregó una suma de oro a los restantes. El
24 de agosto de 1548 se realizó el reparto en el Cuzco, generando mucho
descontento entre los presentes, evidenciando que la situación estaba
muy lejos de pacificarse.
Siguiendo las órdenes del Rey de España, Pedro de la Gasca empezó a
realizar modificaciones y a dictar normas para el mejor funcionamiento
de la administración virreinal, sobre todo en lo que al ordenamiento del
sistema fiscal se refiere pues era éste una de las principales
preocupaciones de la Corona. Así, mandó acuñar nuevas monedas, juntó la
mayor cantidad de metal extraído de las minas de Potosí, estableció
definitivamente una nueva Audiencia en Lima el 29 de abril de 1549,
estableció el sistema de corregimientos para administrar justicia en las
ciudades españolas, y se establecieron los límites del virreinato del
Perú, el cual comprendería las gobernaciones de Nueva Castilla, Nueva
Toledo, Quito, Río de San Juan, Popayán y del Río de la Plata. También
veló por el bienestar de los indios encomendados, prohibiendo maltratos
y explotaciones tanto en las minas como en el trabajo cotidiano, además
de realizar la primera visita y tasa general de las encomiendas, con la
finalidad de regular el pago del tributo de los indígenas a los
encomenderos y de esta manera reducir su poder.
En el momento de regresar a la metrópoli, La Gasca sugirió al Rey una
serie de medidas para el mejor funcionamiento del virreinato, entre las
cuales resaltan la reorganización de los pueblos de indios en
reducciones, medida llevada a cabo décadas después. El pacificador deja
como legado un virreinato cuyo poder ya no descansa en los hombros de
los conquistadores, sino en una aristocracia encomendera y en un aparato
estatal cada vez más fuerte y articulado, además de establecer las bases
para el buen funcionamiento de la república de indios, castigando los
abusos pero sin darles la libertad lascasiana. Partió del puerto del
Callao el 27 de enero de 1550, mientras que la Audiencia de Lima se
hacía cargo del gobierno del virreinato del Perú hasta la llegada del
nuevo virrey.
Antonio de Mendoza, saliente virrey de México, llegó al Callao el 12 de
septiembre de 1551 para asumir el cargo en la ciudad de Lima. Su valiosa
experiencia sólo duró 10 meses y la Audiencia se encargó de nuevo del
gobierno del virreinato, pero para entonces dicha institución ya había
intentado abolir el trabajo remunerado de los indígenas, disposición que
se había mantenido sin aplicación ante el descontento latente entre los
encomenderos. Esta situación enfureció a los encomenderos, que se
unieron con los combatientes de las guerras contra Gonzalo Pizarro que
no recibieron la prometida encomienda, quienes se organizaron en torno a
la figura de Francisco Hernández Girón desde 1550. Luego de algunas
revueltas en diversos puntos del virreinato, Hernández Girón se levantó
en la ciudad del Cuzco -centro de oposición tradicionalista al poder
real en el Perú- en noviembre de 1553 en lo que sería la rebelión más
importante desde la de Gonzalo Pizarro.
Francisco Hernández Girón, combatiente del lado realista en las batallas
de Añaquito y Jaquijahuana, fue nombrado capitán general y procurador
por los vecinos peruleros de Cuzco, Huamanga y Arequipa, acto seguido
reunió un ejército y se dirigió a la ciudad de Lima. Por otra parte la
Audiencia, advertida de esta situación, organizó resistencia bajo el
mando de Hernando de Santillán, y en la zona de Potosí se organizó el
realista Alonso de Alvarado. Hernández Girón bajó hacia la costa por la
zona de Cieneguilla hasta Pachacamac junto a 700 hombres, pero luego de
algunas escaramuzas, se retiró hacia la costa sur. El avance de Alvarado
junto a un poderoso ejército rindió sus frutos y se enfrentó a Hernández
Girón en Chuquinga (Apurímac) el 21 de mayo de 1554, resultando vencedor
el encomendero cuzqueño, quien se dirigió luego a la región del Collao.
Los combatientes derrotados en Chuquinga se acoplaron a las huestes de
la Audiencia ahora reunida bajo el mando de Pablo de Meneses, quienes se
dirigieron a la sierra central y avanzaron hacia la región del Collao
encontrándose con las tropas de los encomenderos en la fortaleza incaica
de Pucará. La superioridad militar de los realistas y las deserciones de
los gironistas echaron la suerte de su líder el 8 de octubre de 1554, el
cual emprendió fuga hacia la costa de Acarí, para ser luego capturado y
remitido a Lima. Luego del juicio sumario fue condenado ser decapitado
en la plaza mayor el 7 de diciembre de 1554. |