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Historia de Perú - Perú Al día - Avelino Cáceres Vida y Obra - Los Incas

La conquista del Perú es consecuencia de un largo

proceso de descubrimiento, favorecido por la utilización de nueva tecnología y motivado por la búsqueda de nuevas rutas para el comercio directo con las indias orientales. Desde la caída de Constantinopla, en 1453, en manos de los turcos otomanos, los europeos ya no pudieron utilizar la ruta habitual para comerciar con el oriente. Tanto el reino español como el portugués iniciaron sus viajes exploratorios casi un siglo antes de que Cristóbal Colón descubriera el nuevo mundo en 1492. Los castellanos, después de mucho batallar, lograron conquistar el archipiélago de las Islas Canarias en 1502. La conquista de estas islas y el contacto que los españoles tuvieron con su población autóctona fue un ensayo de lo que sería luego la conquista del nuevo mundo. Incluso se pueden establecer ciertas similitudes: en la conquista de las Islas Canarias hubo un conflicto entre los países ibéricos que fue regulado por el Tratado de Alcóçovas en 1479, (en el caso del nuevo mundo por el Tratado de Tordesillas en 1494) y hubo asimismo un conflicto público y privado en cuanto a explotación y colonización se refiere. Al igual que con América, hubo una resistencia autóctona que fue aplacada rápidamente. Finalmente podemos apreciar como el ingreso del pueblo canario llegó a poblar el imaginario colectivo de los exploradores, cuando el mismo Colón utilizó la referencia mental, que el contacto con los canarios le había proporcionado, para describir a los habitantes de las indias occidentales: "d'ellos se pintan de prieto y ellos son de la color de los canarios".

Tras esta primera conquista los castellanos se volcaron a terminar con las campañas de Reconquista durante todo el siglo XV. La cruzada española buscó desterrar a los infieles moros de tierras ibéricas y ello fue otro de los ingredientes del que se nutrieron los conquistadores que llegaron al nuevo mundo en 1492. No es casualidad que Colón haya descubierto las indias occidentales el mismo año en que Granada, último bastión nazarí, fue recuperada por los reinos de Castilla y Aragón.

Los portugueses tomaron Ceuta en 1415 y para 1434 lograron sobrepasar el cabo Bojador en la costa africana, limite para los viajes al Atlántico. Sin embargo, no será sino hasta la década de 1440, que lograrán hacer viajes mar adentro gracias al perfeccionamiento de la carabela. Sin duda la carabela fue uno de los grandes descubrimientos tecnológicos, pues posibilitó ampliar los horizontes en la exploración atlántica. Los portugueses lograron circundar África en su búsqueda de una ruta comercial con la India y el mercado de las especias. En 1488 llegaron al cabo de Buena Esperanza, punto africano más austral, y lograron llegar al ansiado mercado oriental. Cabe anotar que desde 1475 los portugueses ya utilizaban la ruta "Volta de Mina", que consistía en el aprovechamiento de los vientos que permitían un tránsito más rápido entre las costas africanas y el reino de Portugal. Estos vientos muchas veces tocan las costas del Brasil, por lo que se cree que en algún momento las precarias embarcaciones portuguesas llegaron a tocar el continente americano muchos años antes que Colón, quien se cree habría tenido información sobre tales hechos.

Cristóbal Colón descubrió el nuevo mundo el 12 de octubre de 1492 y le proporcionó al reino español una nueva fuente de riqueza. La alianza entre Colón y la corona castellana no fue tampoco casual. El navegante encontró en la corte de Castilla la mejor opción para el financiamiento de su expedición. El momento era propicio ya que habiendo culminado la reconquista, España, buscaba ampliar no sólo sus territorios si no también su comercio, más allá del océano. Por otra parte, a Colón, lo favorecían sus relaciones dentro de la corte, así como también el hecho de que comerciantes y banqueros genoveses, que ya habían financiado la conquista de Canarias y con gran influencia en la corte castellana, estuvieran interesados en la expedición que él proponía.

La conquista del Perú, por lo tanto, está inscrita en un largo devenir histórico provocado y motivado por distintos factores y actores. Los avances tecnológicos en navegación posibilitaron descubrimientos geográficos que hicieron posible la concepción del proyecto de Colón. La situación política europea, concretamente las consecuencias de sus conflictos con los turcos, acrecentaron la importancia y la motivación hacia la exploración de nuevas rutas comerciales. Los acontecimientos históricos en la península ibérica dieron a la corona castellana experiencias previas y un nuevo impulso, que hicieron de ella el socio ideal para el proyecto de Colón. Finalmente la personalidad de Colón permitió que todos estos elementos se conjugaran para hacer posible la expedición. La complejidad de los factores antes mencionados; sobre todo los que conciernen a la nueva situación de España, serán fundamentales en el modo en el que se manejará el inesperado descubrimiento del nuevo continente y de las sociedades que ahí existían


Francisco Pizarro y Diego de Almagro

La empresa de Francisco Pizarro y Diego de Almagro

Noticias del Perú
Cuando aparecen en España las primeras noticias sobre el Perú, la sociedad hispana ya había asimilado en su imaginario la idea de que la recién descubierta América albergaba reinos inmensos, ricos en metales preciosos; que esperaban a ser descubiertos y conquistados. La hazaña de Hernán Cortés al conquistar el imperio Azteca no hizo sino confirmar esta idea.

La llegada de las noticias del Perú a oídos de los españoles está relacionada con los progresivos descubrimientos geográficos que la colonización de América supuso. Así, el Tahuantinsuyo hizo su aparición en el imaginario español a partir del descubrimiento de la Mar del Sur (hoy océano Pacífico). La tradición indica que fue Panquiaco, hijo del cacique Comagre, quien habló por primera vez de Birú, una reino que describió como grande y rico; lo que despertó el interés de los españoles por las tierras al sur de Panamá. El viaje de Pascual de Andagoya, así como similares expediciones que se realizaron hacia el sur de la costa del Pacífico, alimentaron este interés al recoger más referencias sobre este mítico reino.

Los viajes de Pizarro
En la ciudad de Panamá, haciendo oído a las noticias que circulaban sobre la existencia del fabuloso Birú, tres personas se asociaron con el fin de descubrir y conquistar dicho reino. Francisco Pizarro encabezaba dicha sociedad. Era Pizarro natural de Trujillo de Extremadura, llevaba varios años viviendo en América; y había formado parte de varias expediciones por Centroamérica y el Caribe, incluyendo el viaje de exploración en el que Vasco Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur.

Diego de Almagro, natural de Almagro y de condición social equiparable a la de Pizarro, entró en la sociedad como encargado del aprovisionamiento para las expediciones de descubrimiento y conquista. Finalmente Hernando de Luque, sacerdote y capellán de otras expediciones realizadas con anterioridad, debía encargarse de la financiación, aunque al final fue el licenciado Gaspar de Espinosa quien corrió con la mayor parte de la inversión.

A pesar de que nunca se ha encontrado un documento que lo pruebe, se entiende que hubo un acuerdo (probablemente de palabra) entre estos tres socios. En él se habrían sentado los términos de la empresa de conquista, en los que se compartía la inversión, el riesgo y las ganancias de la empresa (dichas ganancias se cuantificaban, como es evidente, descontando lo necesario para reponer los aportes de otros inversionistas y hacer los pagos pertinentes a los funcionarios reales)

El 13 de septiembre de 1524 partió de Panamá el primer viaje de esta empresa de conquista. El mismo gobernador de Panamá, Pedro Arias Dávila, autorizó la expedición. La ruta trazada por los expedicionarios siguió, hacia el sur, la costa del Pacífico de las actuales Panamá y Colombia. La travesía fue dura y probablemente desalentadora en muchos momentos. En todo caso, tenemos diferentes razones para creerlo. Por un lado, el hecho de que la expedición regresara a Panamá sin traspasar los límites de la actual Colombia, nos habla de la falta de incentivos y de recursos encontrados para continuar el viaje. Asimismo los estragos que los enfrentamientos con los nativos ocasionaron en la hueste conquistadora están tristemente ilustrados en la figura del mismo Diego de Almagro, quien regresó de esta primera expedición sin un ojo. Finalmente los sugerentes nombres con que los miembros de la expedición fueron bautizando los lugares en los que hacían tierra, nos hablan de su desaliento y de las penurias que enfrentaron en el viaje (Puerto Deseado , Puerto Quemado y Puerto del Hambre, son claros ejemplos de ello). El caso es que una vez alcanzada la desembocadura del río San Juan se puso fin al primer viaje y se inició el retorno a Panamá.

En 1526 partió el segundo viaje. En el mes de Agosto de dicho año se alcanzó nuevamente el río San Juan y esta vez la expedición continuó su camino hacia el sur. Sin embargo el viaje se hacía cada vez más penoso sin que se encontrara recompensas que justificara los sacrificios. En medio de estas desalentadoras circunstancias, el piloto Bartolomé Ruiz descubrió una balsa de nativos cuando realizaba una misión de reconocimiento. La captura de la balsa trajo como botín una inmensa cantidad de textiles, así como grandes cantidades de objetos de cerámica y de las tan ambicionadas piezas de metal. Asimismo fueron capturados tres de los pasajeros de la balsa, quienes posteriormente fueron llevados a España, y más adelante servirían de intérpretes en la conquista del Tahunatinsuyo.

Una vez alcanzada la isla del Gallo, Diego de Almagro fue comisionado a Panamá con el fin de traer refuerzos y provisiones para la expedición. Sin embargo hombres y recursos no fue lo único que llegaría de Panamá. El capitán Juan Tafur, será enviado por el gobernador de Panamá a la isla del Gallo con el fin de llevar de regreso a los expedicionarios a. Se dice que uno de los hombres de la expedición que legó con Pizarro a la isla del Gallo, envió un mensaje oculto al gobernador de Panamá en el que decía:

¡Ah señor gobernador!
Miradlo bien por entero
allá va el recogedor
y acá queda el carnicero


Así, ante esta revelación, Pedro de los Ríos (sucesor de Pedro Arias Dávila como gobernador de Panamá), habría enviado en respuesta a Tafur. Es en estas circunstancias en las que supuestamente habría ocurrido el famoso suceso de la isla del Gallo, en el que, se dice que Francisco Pizarro trazó una línea en la arena, ofreciendo así a sus hombres la elección entre volverse ricos si cruzaban la línea en dirección al Perú, o regresar a Panamá, seguros, pero pobres. La tradición nos dice que sólo 13 hombres decidieron cruzar la línea y continuar con la empresa; los demás retornaron a Panamá. Pizarro y los 13 del Gallo, se trasladaron la Isla Gorgona a esperar las provisiones y los refuerzos.. Estos llegaron finalmente , con Bartolomé Ruiz, en 1528. Aunque venía también una nueva orden del gobernador panameño conminándolos a que regresen a dicha ciudad, los expedicionarios optaron por continuar un poco más su exploración. De esta manera alcanzaron finalmente la costa del actual territorio peruano al llegar por primera vez a Tumbes. Pedro de Candia, artillero y miembro del grupo de los trece del Gallo fue quien llegó y visitó Tumbes. La descripción que hizo de este poblado y de sus riquezas, incitaron el avance hacia el sur, hasta la desembocadura del río Santa. Luego de este reconocimiento, y ante los anhelados indicios de riquezas recién descubiertos, la expedición decidió regresar a Panamá para preparar el viaje definitivo de conquista.

América en la visión de los europeos - Historia Argentina - Carlos Marx Vida y Obra

 


 

 

 

La Capitulación de Toledo
Antes de emprender el viaje de conquista definitivo, la sociedad de la conquista decidió que lo más conveniente era conseguir una autorización directa de la corona española. Las anteriores intromisiones del gobernador panameño, los habían puesto sobre aviso del peligro que dicha figura de autoridad podía significar para sus planes. Así. Se comisionó a Francisco Pizarro para que hiciera un viaje a España, con el fin de solicitar ante la corte la autorización para la empresa de conquista, presentando asimismo pruebas de lo que hasta ese momento se había encontrado. Es por este motivo que se lleva también a España a los indios de la balsa capturada por Bartolomé Ruiz. Sin embargo, Pizarro no logra entrevistarse nunca con Carlos V. Los continuos viajes del monarca no permiten que esta entrevista se lleve a cabo. De esta manera, será la emperatriz Isabel de Portugal quien firme en representación de la Corona Española el acuerdo que Francisco Pizarro logró gestionar en la ciudad de Toledo a través del Consejo de Indias. Este acuerdo otorgaba a Pizarro la anhelada autorización de conquistar a nombre de la Corona castellana las tierras de la denominada Nueva Castilla, bajo la condición obligatoria de evangelizar a los nativos que habitaran dichas tierras conquistadas. Pizarro recibía los títulos de adelantado, gobernador y alguacil mayor. Las atribuciones de los demás socios también estuvieron estipuladas en este documento. Así, mientras Diego de Almagro sólo recibió el título de hidalgo y gobernador de la ya descubierta Tumbes; Hernando de Luque era designado obispo de ese mismo lugar (en el que hasta ese momento sólo se había levantado una fortaleza). Por otra parte se reconocía a los trece del Gallo con el título de hidalgos; y para los que ya ostentaban dicho nombramiento se concedió el título de Caballeros de la Espuela Dorada. Se estipulaba, asimismo que el reclutamiento de hombres y el aprovisionamiento de todo lo necesario para la empresa corría a cuenta de los expedicionarios. Los beneficios, por su parte, serían divididos entre los miembros de la empresa, descontando la quinta parte de todo lo encontrado (correspondiente al Quinto Real) que pertenecía a la Corona.

La capitulación de Toledo, nombre con el que se conoce a este acuerdo, se firmó el 26 de Junio de 1529

Llegada y conquista del Perú

Factores que contribuyeron a la Conquista

Superioridad tecnológica
Hubo diversos recursos que marcaron la superioridad tecnológica de los conquistadores españoles sobre la resistencia inca. Las armas son los artefactos en los que más evidente es esta diferencia tecnológica. La ventaja que otorgaban las armas de fuego a los españoles; frente a los arcos y flechas, las macanas, las lanzas y las cachiporras de los Incas; fue considerable.

Sin embargo los animales fueron también herramientas fundamentales como elementos de intimidación utilizados por los españoles contra los incas. En este sentido los caballos fueron determinantes, no sólo como herramienta de intimidación, si no también como medio que facilitó y dinamizó la movilización de los conquistadores. Los perros de los conquistadores causaron, asimismo, pavor entre los indígenas por su ferocidad que, habiendo sido exacerbada para la guerra de reconquista española, se utilizó también como arma en la conquista de América.

Enfermedades y epidemias
Las epidemias y enfermedades que llegaron a América con los conquistadores europeos debilitaron y diezmaron la población nativa de todo el continente. Sin embargo el caso del Perú fue particular. Enfermedades como la viruela y la influenza llegaron antes que los conquistadores a los territorios del Tahuantinsuyo. Por esta razón, cuando los primeros españoles llegaron a Tumbes, las enfermedades y epidemias ya tenían varios años ocasionando muertes y debilitando la salud de la población del imperio. Incluso se cree que el Inca Huayna Cápac y el Auqui elegido para su sucesión perecieron víctimas de la viruela, casi 10 años antes que la expedición de Pizarro llegara a la zona de Tumbes.

Dichas enfermedades, sin embargo, no atacaron a toda la población del imperio por igual. El clima determinó cuáles poblaciones serían las más afectadas, y cuáles las más protegidas. Los poblados de la costa norte y central, de clima cálido, fueron los más vulnerables a la propagación de enfermedades y epidemias. Por otra parte, el frío y la altura de los andes protegieron a los pobladores de la sierra, con excepción de los que habitaban los valles del centro y del sur (el valle del Mantaro y el de Urubamba), cuyo clima excepcionalmente templado y cálido favoreció la propagación de las ya mencionadas enfermedades.

En todo caso, es evidente que las propagación de enfermedades contribuyó de manera determinante al éxito de la conquista al haber debilitado y aniquilado a gran parte de la población del Tahuantinsuyo.

Pugnas dentro del Tahuantinsuyo
La llegada de los españoles al Tahuantinsuyo coincidió con la lucha interna que Huascar y Atahualpa, ambos hijos de Huayna Capac, sostenían por el control del imperio incaico. Esta lucha que por mucho tiempo fue descrita como una guerra fratricida que demostraba la decadencia del imperio, al parecer no fue sino la repetición de las guerras rituales tras la muerte de un inca. La sucesión no existía dentro del Tahuantinsuyo, la elección del Inca se realizaba entre los jóvenes más aptos y que mejores condiciones reunían para el mando.

Una vez elegido a los posibles candidatos, debían ellos contar con el apoyo de las panacas cuzqueñas, es decir los grupos familiares descendientes de los antiguos incas. Estas panacas se encontraban divididas en Hanan y Hurin, las dos parcialidades en que estaba dividida la organización andina y a la que pertenecían las dinastías incaicas. Esta dualidad organizaba la vida en los Andes, lo Hanan tenía ascendencia sobre lo Hurin; en el caso de esta guerra ritual, durante su desarrollo el representante del bando Hanan era identificado y se le apoyaba pues debía ganar para mantener el orden natural de las cosas.

En el caso de la guerra entre Huascar y Atahualpa se puede observar dicho patrón. Tras un rito de iniciación, Atahualpa se le identifica como el inca Hanan y a partir de ese momento las crónicas solo hablan de las batallas ganadas por dicho inca. Huascar está destinado a perder y a ceder a favor del inca de Tumipampa.

Si bien es cierto que para la fecha en que llegan los españoles el Tahuantinsuyo tuvo su mayor expansión, no se puede negar que en sus fronteras existía poca población como para mantener los vínculos de reciprocidad y redistribución que eran los pilares en la economía y organización social incaica. En este sentido es posible afirmar que por el año de 1532 hubo cierta descomposición en la estructura organizacional, pero ello no es fruto de las guerras entre Huascar y Atahualpa. Estas batallas eran parte de un rito cíclico que se realizaba a la muerte de cada inca. El rito coincidió con la llegada de los peninsulares, quienes se valieron de dicho enfrentamiento para tomar control sobre el Tahuantinsuyo

Desestructuración del Tahuantisuyo

El investigador francés Nathan Wachtell en su famoso libro La visión de los vencidos acuñó el termino desestructuración para referirse a la forma como es que los hombres andinos asimilaron el traumatismo de la conquista. Este traumatismo según dicho autor no duró solo el tiempo en que los españoles llegaron y se asentaron en el Perú, sino que esta desestructuración continuó por muchos años más.

Al igual que en muchas partes de América, la presencia de los españoles en el Tahuantinsuyo supuso un cambio drástico en las costumbres y actividades de los indígenas. No solo tuvieron que asimilar una cultura completamente diferente a la suya, sino que estas poblaciones sufrieron un impacto sociocultural que transformó para siempre su forma de percibir el mundo.

Lo ocurrido en el Tahuantinsuyo ya había ocurrido años atrás en las islas caribeñas y México. En primer lugar hubo una explotación generalizada de la mano de obra a través del sistema de encomiendas, pues se obligaba a trabajar en la explotación y búsqueda del oro, tal como sucedió con los indios taínos del caribe. El trabajo excesivo, la desestructuración social (causada por la sistemática práctica de desmembrar grupos familiares dispersándolos por diversas partes del territorio) y las nuevas enfermedades traídas al nuevo continente, fueron las principales causas del abrupto descenso demográfico en las poblaciones que iban desde México por el norte hasta el Perú por el sur. La población aborigen en ciertas partes del continente desapareció casi por completo (sobretodo en el Caribe) teniendo que recurrir a la importación de esclavos negros de las costas africanas.

Las enfermedades llegaron al Tahuantinsuyo mucho antes que los conquistadores, inclusive el cronista indígena Juan de Santa Cruz Pachacuti en su "Relación de Antiguedades de este Reino del Perú", indica que Huayna Capac murió de sarampión. La mortalidad fue alta especialmente en el litoral, precisamente la zona con mayor presencia española. Sarampión viruela y disentería fueron las enfermedades que mayor estrago causaron entre la población nativa arrasando prácticamente con casi todos los poblados entre los 0 y 1,000 metros sobre el nivel del mar. La resistencia indígena fue otra de las principales causas de mortandad en los primeros años de presencia española en el Perú. Desde 1532 hubo una constante lucha entre españoles e indígenas. Las batallas entre uno y otro bando desestructuraron la economía indígena pues muchas veces eran levados pueblos enteros como apoyo en la guerra, dejando sin hombres que cultiven o cosechen los campos agrícolas; siendo ello también causa del declive demográfico. Estas luchas terminarán 40 años después, tras el ajusticiamiento de Tupac Amaru I en 1572 por orden del virrey Francisco de Toledo.

En el aspecto cultural las consecuencias tuvieron profundas consecuencias. Los españoles implantaron su cultura y en particular la religión católica pues esta era la principal justificación de la conquista. Las campañas de evangelización apuntaron a destruir el imaginario indígena y a convertir a la religión cristiana a todos los indígenas. El resultado de esta campaña fue el sincretismo religioso y cultural que hasta el día de hoy es posible verlo en fiestas y costumbres andinas. Los indígenas incorporaron los elementos cristianos y culturales españoles, pero los comprendieron dentro del marco conceptual andino.

La resistencia de Vilcabamba

Se llama "La resistencia de Vilcabamba" a la presencia de una parte de la elite incaica en esta región del Cuzco que se afincó buscando restablecer la organización incaica. Duró aproximadamente unos 40 años, desde la llegada de los españoles al Perú en 1532 hasta los primeros años de gobierno del virrey Toledo. Esta resistencia guarda relación con la desestruturación del mundo andino y la consolidación del virreinato en territorio peruano. También se debe entender que esta rebelión fue la respuesta de las elites incaicas por recomponer y alcanzar de nuevo su poder valiéndose para ello, no solo de violentos enfrentamientos con los peninsulares, sino que también se valieron de la negociación, el establecimiento de alianzas o la resistencia pacífica, adecuándose al nuevo orden, que tras la conquista española, les tocaba ocupar.

Manco Inca.- de aliado a rebelde

Manco Inca, del Inca Huayna Capac y Mama Runtu, fue quien recibió a Francisco Pizarro cuando arribó al Cuzco en 1533. Al parecer Manco Inca conversó con la hueste española y tras intercambiar algunas palabras convino en acompañarlos en el ingreso al Cuzco. Esta acción se entiende primero, por la necesidad que tenía Manco Inca de tener el control del Cuzco y restablecer el orden quebrantado por la guerra entre Huascar y Atahualpa, así como eliminar a la fuerza quiteña y por otro lado porque el inca no sospechaba de las verdaderas intenciones políticas de Pizarro.

Manco Inca logró en primera instancia contar con el respaldo de los peninsulares. Apenas ingreso al Cuzco se colocó la Mascapaicha, y con la presencia de la elite incaica y curacas importantes se convirtió en Inca. Sin embargo rápidamente se desilusionaría de sus aliados, pues el nuevo inca paso ser tratado como una figura decorativa que ya no servía para los intereses peninsulares. Trató de salir dos veces del Cuzco y fue apresado, siendo inclusive encadenado por incumplir su promesa de alianza. Hacia 1535 Manco Inca tomó acciones para la reconquista del Cuzco.

Tras engañar a sus apresores (diciendo que iba a traer las estatuas de los gobernantes cuzqueños), Manco Inca logró salir del Cuzco y organizar el ataque a la ciudad imperial. El Huillac Umu, el miembro más importante del sector religioso del Tahuantinsuyo, estuvo al lado del inca en esta difícil empresa. Los curacas de las poblaciones aledañas y del valle sagrado acudieron al llamado y Manco Inca logró formar un ejercito numeroso de aproximadamente 10,000 hombres. Aprovechando la ausencia de Diego de Almagro (que fue junto al Huillac Umu y Paullu, hermano de Manco Inca a Chile) Manco Inca sitió el Cuzco durante nueve meses, asediando constantemente a las fuerzas españolas acantonadas en la ciudad sagrada. Sacsayhuaman fue escenario importante en las batallas del Cuzco y precisamente en uno de estos enfrentamientos murió Juan Pizarro, hermano del conquistador.

Manco Inca trató de impedir que desde Lima Francisco Pizarro enviara refuerzos al Cuzco. Para ello coordino un ataque a Lima y le encargó la misión a Quizo Yupanqui, quien hacia septiembre de 1536 se encontraba en Lunahuaná, a tan solo 150 kms de la ciudad de los Reyes. En Ate y Huarco se libraron batallas entre incas y españoles, llegando los primeros a instalarse en los cerros aledaños a la capital. Alonso de Alvarado logró detener el avance incaico en Pachacamac y Lima. Fueron muchos los indígenas que pelearon al costado de la hueste española. Se sabe que fueron los curacas de Huailas los que colaboraron con los españoles. Sin embargo es posible explicar esta conducta si es que se tiene en cuenta los vínculos de reciprocidad establecidos entre Francisco Pizarro y los Huailas, debido a que el conquistador había tenido dos hijos con Ines Huailas, hija de Huayna Capac. Finalmente, derrotadas las tropas de Quizo Yupanqui, Manco Inca no pudo evitar que Pizarro enviara contingentes al Cuzco. Junto a ellos Diego de Almagro y su comitiva regresaron a la ciudad imperial y evitaron la caída de las tropas españolas en el Cuzco.

Los españoles no dudaron en afirmar que su suerte se la debían a la intervención divina de la Virgen María y de Santiago Apóstol, conocido en España durante las guerras de reconquista como Santiago Matamoros. Aquí se le llamó Santiago Mataindios por la cantidad de indígenas que lograron vencer ya que las tropas españolas en el Cuzco no llegaban ni a doscientos individuos.

Tras estos sucesos Manco Inca y la elite incaica se refugió en Vilcabamba, ciudad incaica a 30 leguas del Cuzco, en la vertiente oriental de los Andes.

A pesar de haber perdido el poder político, su señorío continúo solo en algunas poblaciones aledañas a Vilcabamba.

Los Incas de Vilcabamba

Manco Inca se estableció en Vilcabamba y a pesar de que los españoles conocían su paradero no fueron tras él debido a que se encontraban en guerras intestinas por el control político del territorio y posteriormente por la guerra entre los encomenderos y los representantes de la corona española. Los españoles no le dieron mucha importancia a la presencia de Manco Inca y su hueste pues sabían que su accionar era limitado y su poder de convocatoria había disminuido.

Así pasaron casi 30 años que en este reducto incaico pervivió una parte de la elite incaica. No es posible afirmar que Manco Inca quisiera establecer un nuevo estado a partir de esta ciudad ya que en primer lugar, la elite se encontraba dividida (unos estaban en Cuzco buscando legitimación y otros en Vilcabamba) y segundo, tenía la capacidad de organizar o estructurar las relaciones con los distintos curacazgos, ni siquiera en el ámbito local. Sin embargo porsiguió con su hostigamiento por los alrdedores de la zona de vilcabamba. Por esta razón Francisco Pizarro mandó fundar San Juan de la Frontera de Huamanga para frenar el ataque de Manco Inca, que por los años 1540 y 1541 acecho los pueblos cercanos. Pizarro buscó un entendimiento con el inca, pero su repentina muerte impidió establecer las buenas relaciones con el hijo de Huayna Capac.

Vilcabamba no logró volver a tener un control organizado de su hostigamiento o de su resistencia frente a los españoles. Tras la muerte de Manco Inca a manos de un grupo de almagristas a fines de 1544, sus hijos continuaron al frente del reducto de resistencia incaica pero su accionar ya no tuvo la radicalización, ni la fuerza del movimiento que encabezó su padre. Desde los primeros años en que Sayri Tupac tuvo a cargo la resistencia, buscó establecer relaciones con Pedro de la Gasca. Sin embargo el pacificador solo le ofreció unas cuantos terrenos para aquietar sus necesidad. Sayri Tupac prefirió quedarse en su reducto hasta poder lograr un mejor acuerdo. También tuvo contacto con el virrey Andrés Hurtado de Mendoza en 1550 y 1556. Sayri Tupac logró un acuerdo beneficioso en 1558 y salió de Vilcabamba con un repartimiento en el valle de Yucay. Sayri Tupac entendió que debía adecuarse a las nuevas reglas establecidas por los españoles. La elite incaica era reconocida de alguna manera y por ello recibían ventajosos beneficios.

Sayri Tupac murió en 1561 y es su hermano Titu Cusi Yupanqui quien tomó el control de la resistencia incaica. Este nuevo "inca" se declaró enemigo de los intereses españoles, organizando en un primer momento expediciones de hostilización a las poblaciones cercanas a Vilcabamba. Al mismo tiempo se contactó con el gobernador Lope García de Castro, tratando de llegar a algún acuerdo beneficioso para los rebeldes. Firmó la capitulación de Acobamba en 1566 y en dicho tratado se ponía fin a las hostilidades y se perdonaban los actos cometidos por los rebeldes. Una de las medidas del la capituluación fue el bautizó de Titu Cusi Yupanqui y su familia en 1568, hecho que no fue bien visto por los curacas más radicales. El inca murió repentinamente de una extraña enfermedad. Los misioneros agustinos que lograron entrar tras la capitulación fueron vistos como responsables de la muerte, ya que en su afán de ayudar le dieron brebajes que los andinos pensaron era veneno. El misionero Diego Ortiz fue encontrado culpable siendo torturado y ajusticiado posteriormente. Los españoles y mestizos que se encontraban en Vilcabamba también fueron ajusticiados. La elite buscó un sucesor y fue así que su hermano Tupac Amaru empuñó el cetro y se ciñó la mascapaycha a comienzos de 1571.

Muerte de Túpac Amaru I y fin de la resistencia

Cuando el virrey Francisco de Toledo asumió el virreinato una de sus primeras acciones es acabar con el reducto de Vilcabamba. Por su parte, Tupac Amaru cerró las fronteras de Vilcabamba y destruyó el puente de Chuquichaca preparando a su pequeño ejercito por si atacan la guarnición. El virrey envió un negociador diplomático justo poco tiempo después de la muerte de Titu Cusi Yupanqui. Atiliano de Anaya, el enviado del virrey, fue visto como espía y muerto a manos de los indígenas rebeldes. Ante esta respuesta el virrey Toledo le declaró la guerra al Inca de Vilcabamba en la semana santa de 1572. El capitán Martín Hurtado de Arbieto y Juan Alvarez Maldonado estuvieron al frente de la expedición, pero fue el capitán García de Loyola quien lo capturó junto a otros miembros de la elite incaica, no sin antes entablar una feroz lucha con los naturales.

Una vez capturado el inca fue enviado al Cuzco, donde ingresó en calidad de preso, pero en medio de una algarabía general en la que incluso participó el mismo virrey.

Sin perder tiempo se le abrió un juicio por la muerte de los sacerdotes agustinos y el el negopciador Anaya, y el escribano Martín de pando. Tupac Amaru I fue condenado a la pena capital junto con otros 5 miembros de la resistencia quechua. Autoridades, miembros del clero y de las ordenes religiosas y los principales vecinos del Cuzco exhortaron al virrey para que se retracte y no ajusticie al inca. El virrey irresoluto no cambió de parecer y ordenó la muerte definitiva del inca. El 22 de junio de 1572 Tupac Amaru fue decapitado en medio del clamor de casi toda la población cuzqueña. Las pompas fúnebres fueron sentidas, inclusive a la misa de honras acudió en riguroso luto el virrey Toledo. Los indígenas y miembros de la élite cuzqueña también se mocharon ante el cuerpo del inca muerto, arrancándose cejas y pestañas siguiendo la usanza andina.

Al inca se le enterró en la catedral del Cuzco pero al ver las autoridades que esto podría causar inconvenientes (pues el cuerpo o momia del inca era considerado Huaca) se retiró silenciosamente su cuerpo y enterrado en otro lugar no conocido.

Se cree que de la muerte de Tupac Amaru nació el mito de Inkarri, que establecía que a partir de la cabeza enterrada del inca crecería nuevamente el cuerpo del inca que restauraría el imperio y le daría a las cosas su ordenamiento natural anterior a la llegada de los españoles

Implicancias de la muerte del Inca

Fin del Tahuantinsuyo

Una de las primeras consecuencias de la conquista hispana en los Andes fue que el sistema político y económico del Tahuantinsuyo sufrió graves transformaciones, siendo la causa en ambos casos la muerte del Atahualpa. El Inca no sólo representaba el mando político del Tahuantinsuyo y sostenía una serie de alianzas con las etnias que le permitieron articular un vasto territorio, sino que en su figura se basaba el sistema de redistribución tanto de bienes como de mano de obra, funcionando como el motor macroeconómico del sistema. El fin de la redistribución significó herir de muerte al sistema, pues la administración del territorio y el espacio económico se derrumbaron, dejando a los señores de Cuzco sin posibilidad alguna de efectiva resistencia apelando a los sistemas normales de alianzas y convocatorias, como sucedió con el cerco del Cuzco de Manco Inca y posteriormente con el develamiento de la resistencia de Vilcabamba.

A mediano plazo, el derrumbe del sistema político y económico andino permitió que los españoles realizaran una serie de cambios estructurales con relativa facilidad: descentralizaron el territorio estableciendo la capital en Lima, reemplazando al Cuzco como punto de convergencia y divergencia de las riquezas; establecieron en Potosí un nuevo centro de riqueza; limitaron la circulación de población y desestructuraron el sistema de control vertical de pisos ecológicos; se apoderaron mediante la encomienda de gran parte de las mejores tierras de las comunidades andinas, mientras que otras tantas quedaban sin trabajar debido a la gran baja demográfica; e insertaron un nuevo sistema que se basaba en la economía de mercado, sistema que le era completamente ajeno a los pobladores andinos.

Un ejemplo de esto es el establecimiento del tributo y el ingreso de la moneda. Si bien existió una especie de tributo en el Tahuantinsuyo éste tenía una alta carga ritual y se comprendía dentro del sistema de reciprocidad, cosa que no se dio con los encomenderos, quienes no exigían fuerza de trabajo sino suministro de productos, haciendo de esta obligación una de las más difíciles de cumplir, sobre todo si consideramos que el encomendero era libre de decidir cuánto tributo cobrar, situación que dura hasta 1550 cuando se realizan las primeras tasas reales para determinar cuánto tributo se debía pagar.

El ingreso de la moneda se hizo en un espacio económico que carecía completamente de ella. En el Tahuantinsuyo primaba el trueque y la autosubsistencia, lo que provoca que los andinos no entiendan inicialmente el nuevo sistema. A partir de 1550 se empieza a gravar el tributo en dinero y ya no en productos, lo que obliga a los pobladores a hacerse de este medio de pago inclusive realizando labores nuevas como el trabajo en minas en vez de sus actividades tradicionales, acentuando la desestructuración del mundo andino.

Así, la conquista española implica severos cambios en la sociedad, economía, demografía y religión del Tahuantinsuyo. Si bien es cierto que sobreviven ciertas estructuras, la mayoría de ellas lo hacen a través de elementos aislados fuera de su contexto inicial. Uno de los casos más complejos es el de los Curacas, pues su supervivencia estuvo marcada por la continuidad y los cambios según la utilidad que los españoles observaron en sus funciones y en la habilidad de los mismos para demostrar su importancia.

Cambios en el papel del curaca

El papel del curaca en los andes coloniales es uno de los temas que ha sido más estudiado y replanteado recientemente. Su importancia ha sido revalorizada pues los curacas no sólo significaron el nexo entre el estado incaico y el ayllu, sino que siguieron cumpliendo una serie de funciones básicas dentro de la estructura colonial que se estaba imponiendo paulatinamente. Vale la pena recalcar que estas funciones deben ser entendidas dentro de la nueva sociedad que se estaba configurando y que no era enteramente colonial ni andina, y que en muchas ocasiones el papel del curaca fue sacado de contexto por los españoles, o en otras los señores étnicos supieron aprovechar una serie de factores favorables dentro del caos de la época para conseguir beneficios personales o para sus comunidades, llegando inclusive a usurpar cargos con el apoyo de los invasores. Por ejemplo, se estableció durante la colonia que el cargo de curaca sería hereditario y que no pagarían tributo, pero tenían como labor principal encargarse de la recolección y entrega del mismo. Otro factor nuevo que recibieron fue el ser evangelizados tempranamente y tener la posibilidad se ser ordenados sacerdotes, por lo cual se fundaron colegios de caciques en el siglo XVII.

Aun así, el mundo curacal se vio afectado menos directamente que el sistema estructural del Tahuantinsuyo, pues el primero basó su poder tanto en el prestigio étnico como en el sistema de reciprocidad, factores que no tuvieron que ver directamente con la muerte de Atahualpa ni con los primeros cambios que realizaron los españoles. Es más, los hispanos consideraron tempranamente que los señores étnicos eran imprescindibles para desarrollar cualquier proyecto colonizador, iniciándose un proceso paulatino de aprovechar el papel tradicional del curaca, así como trastocarlo de acuerdo a los intereses españoles. Mientras sucedía este doble proceso, los mismos curacas utilizaron desde muy temprano las vías coloniales para obtener beneficios de acorde a su prestigio y reconocimiento, precisando derechos en busca de obtener una situación definida que les permitiera no sólo una serie de beneficios, sino asegurar las condiciones para la redistribución. Dentro de todas las posibilidades expuestas, existen un sinnúmero de casos con los cuales ilustrar la situación de incertidumbre y desorden creada por la conquista. Uno de los más conocidos por su envergadura es el que realizaron numerosos curacas de la sierra central, sur y el altiplano, en una reunión a mediados del siglo XVI, en la cual intentaron lograr una autonomía dentro del régimen colonial proponiéndole a la Corona española un tributo directamente pagado por los curacas andinos equivalente al de los encomenderos, con la finalidad se ser directamente dependientes de la jurisdicción de España, poniendo fin a la encomienda y tratando de salvaguardar sus costumbres y leyes anteriores a la conquista. La petición fue presentada finalmente por Bartolomé de Las Casas alrededor de 1560, sin éxito. Lo interesante de esta situación es que los curacas andinos reconocen el escenario colonial y lo utilizan en beneficio propio, buscando una situación más parecida a la que tenían en tiempos del Tahuantinsuyo, todo ello apenas a tres décadas de la conquista y en medio de la resistencia de Vilcabamba.

Esta actitud de los curacas ha sido malinterpretada por muchos investigadores que han tildado a muchos curacas de colaboracionistas o servidores de los intereses españoles. Entendiendo mejor el papel de la reciprocidad y las alianzas en el mundo prehispánico andino, vemos que la actitud de los curacas con los invasores no fue distinta a la que estaban acostumbrados a realizar con otras etnias, y es por ello que una vez realizada la conquista, muchos de estos curacas que apoyaron a los españoles buscaron beneficios mediante probanzas de servicios en las cuales exponían sus leales servicios a la corona. Estas probanzas contienen valiosa información del papel de las etnias en la conquista pero también una gran cantidad de información distorsionada por los mismos curacas que buscaron mayores beneficios para sí mismos y sus comunidades.

El nuevo papel del curaca, el de funcionario del régimen colonial, debe ser entendido finalmente dentro de la dualidad complementaria del mundo tradicional andino, y no como una actividad excluyente. Esta labor se ve, por ejemplo, en la organización de la producción e intercambio andino simultáneamente con ingreso paulatino al mercado español de la moneda y el tributo. El aumento o disminución de poder de los señores étnicos en estas décadas dependerá del lugar, de la época, de los acontecimientos o de la habilidad de los mismos para granjearse las prebendas y beneficios que el nuevo sistema podía ofrecerles.

A partir de 1560, el aparato estatal colonial y la Iglesia empezaron a dirigir un ataque contra los curacas en busca de disminuir su poder e importancia. El nombramiento de alcaldes indios en las comunidades y el establecimiento de las reducciones por una parte, y la campaña de extirpación de idolatrías por otra, minaron el poder de la mayoría de los curacas hasta el punto de convertirlos en simples funcionarios

Nueva administración del territorio

Fundación española de ciudades

La necesidad de dar un nuevo orden al territorio conquistado y de establecer el poder formal de la Corona española llevó a los conquistadores a fundar una gran cantidad de ciudades. Dentro del gran grupo de ciudades fundadas se pueden distinguir dos tipos: las nuevas ciudades fundadas para españoles y las reducciones.

Las ciudades de españoles, en las cuales habitaron tanto peninsulares, criollos, mestizos, indígenas e indios, fueron estrictamente construidas teniendo en cuenta el trazado de damero o cuadricular. Este trazado tiene origen en la antigua Grecia y su objetivo inmediato fue el de proveer orden y diferenciación espacial, mientras que en un segundo nivel -más abstracto- opera como una representación social y cultural de la civilización entendida como jerarquización del orden. La ciudad de Lima, fundada el 18 de enero de 1535, responde a ese modelo.

En cambio, las reducciones de indios, que también contaron con el modelo de damero y que se encuentran origen en la España de la reconquista, fueron el origen de transformaciones sociales y culturales significativas. A partir de 1550 se establecieron las normas coloniales para trasladar a poblaciones dispersas enteras, como era la costumbre tradicional andina, a nuevos poblados llamados reducciones. En estos poblados se concentró indiscriminadamente la población de una o varias etnias con la finalidad de dar orden y mejorar la administración de la población del nuevo reino, a la vez que facilitaba los censos, las tasas tributarias, la recolección del mismo tributo, la organización de la mita minera y la evangelización.

Las consecuencias fueron diversas. Los asentamientos andinos prehispánicos estuvieron ubicados cerca de pacarinas (lugares de origen) y huacas, así como otros lugares sagrados, por lo cual el traslado a un lugar ubicado con un fin administrativo colonial provocó el desarraigo de la población con su pasado mítico, más aun si consideramos que durante el gobierno del virrey Toledo se quemaron muchos de estos espacios sagrados. Otra consecuencia directa fue la pérdida de recursos como el agua y las tierras cultivables, pues la geografía andina difiere mucho de la de Castilla, de donde se trajo el modelo. Además el traslado de mano de obra a través de pisos ecológicos fue uno de los principales baluartes de la complementariedad de recursos, modo que se vio también afectado por las reducciones. La falta de agua y de tierras para cultivo provocó que en muchos casos las primeras tasas tributarias fueran desproporcionadas, pues ellas se basaban en el volumen de productos que las etnias daban al Inca.

Una consecuencia más fue la reunión en una reducción de más de una etnia o de poblaciones no oriundas trasladadas en tiempos del Tahuantinsuyo como mitimaes, lo cual trajo problemas culturales y conflictos entre poblaciones.

Finalmente el fenómeno de la reducción trajo consigo la aparición de un nuevo rol en la sociedad colonial, el del forastero, personaje que fugaba de las reducciones y que en la mayoría de los casos vendía su mano de obra asalariada en las minas y en las haciendas de producción de coca

Establecimiento de la encomienda

La encomienda durante la conquista fue una institución de suma importancia tanto dentro de las concepciones sociales de los conquistadores como por las consecuencias que tuvo para la población indígena. Sus orígenes se encuentran en la encomienda medieval española, en la cual se cedían tierras a cambio de protección y defensa, a diferencia de la encomienda indiana en la cual no se cedían tierras ni indios, sino fuerza de trabajo indígena, como una recompensa a las hazañas de conquistas y con la misma finalidad de protección y defensa, además de evangelización. Otro fundamento de la encomienda indiana fue el hecho que la Corona otorgaba el beneficio del pago del tributo de los indios directamente a los encomenderos, como una retribución a los gastos y peligros que los conquistadores debieron sufrir. Si bien es cierto que la encomienda indiana no implicaba una cesión de tierras -pues éstas pertenecían a la Corona española- ni de indios -pues éstos no eran esclavos sino vasallos libres-, en la práctica los encomenderos trataron por varios medios de perpetuarla y en muchas ocasiones utilizaron a los indios en beneficio propio para enriquecerse.

Las primeras encomiendas fueron repartidas por el mismo Francisco Pizarro a sus huestes, sobre todo a los cuales no alcanzó el botín en metálico para pagar sus esfuerzos de conquista. El encomendero, primeramente, se comprometía a defender el bienestar material de sus indios y de brindarles el acceso al catolicismo, mientras que los indios debían mantener al encomendero y a su familia. El dominio sobre un número de indios le dio automáticamente una mayor posición social a los conquistadores, en muchas ocasiones hombres de humilde origen que ahora se consideraban respetados ciudadanos.

A poco más de una década del establecimiento de la encomienda, la Corona española, influenciada por las denuncias de Bartolomé de las Casas, intentó recuperar el beneficio del tributo y además reducir el exagerado poder que algunos encomenderos habían conseguido gracias a la riqueza proveniente de la explotación de sus encomiendas, así se establecieron una serie de normas compiladas en las llamadas Leyes Nuevas, promulgadas en Barcelona el 20 de noviembre de 1942.

Las Leyes Nuevas reglamentaban la naturaleza y duración de la encomienda, estableciendo que el Rey era el único que podía darlas y que éstas debían regresar a la Corona una vez muerto el encomendero. Si bien esta reglamentación debió haber significado el fin de la perpetuidad de la encomienda, la reacción violenta de los encomenderos organizados en torno a Gonzalo Pizarro y luego a Francisco Hernández Girón no sólo retrasó los planes de la Corona, sino obligó a Pedro de la Gasca a dar una serie de concesiones que contradecían a lo estipulado en las Leyes Nuevas para conseguir el apoyo de los encomenderos del bando de Pizarro y Hernández Girón. Después de la rebelión, la encomienda parecía haberse reforzado en la Sudamérica española.

La Corona entonces planteó la posibilidad de vender encomiendas a perpetuidad, lo que además proveería ingresos a las arcas alicaídas de Carlos V, pero el Consejo de Indias se opuso alegando que no se podía dar la jurisdicción civil a perpetuidad. Fue entonces Felipe II, Rey desde 1556, el que obligó al Consejo a trasladar a un número de agentes reales para que se encargaran de establecer los precios de las encomiendas a perpetuidad, saliendo en 1559 de España y llegando en 1561 a Lima. Los encomenderos ofrecieron una alta suma siempre y cuando las encomiendas incluyeran jurisdicción civil, pero los agentes reales no confiaron en la palabra de los encomenderos ni en su capacidad para reunir esa suma, además de descubrir nuevas desventajas en la perpetuidad, como en la idea que los hijos de los encomenderos perderían su lealtad a España si no existía una dependencia de la Metrópolis. Finalmente, en 1562 los comisarios recomendaron que el Rey concediera de tres modos la encomienda: un tercio a perpetuidad, un tercio a una sola vida y el resto a la Corona.

Esto sentenció el fin de la perpetuidad de la encomienda y cobró vigencia la ley de sucesión de dos vidas ya establecida en 1535-1536, lo cual pone en evidencia también cómo la importancia de la encomienda y de los encomenderos en el Perú había disminuido considerablemente desde 1542 hasta tal punto que en 1561 existían 447 encomenderos y unos 8000 españoles, además de haber sido afectados económicamente por las tasas y retasas realizadas paulatinamente desde 1549 y que bajaban el tributo indígena con la finalidad de reducir el poder de los encomenderos. La estocada final podría resumirse hacia 1568 en la monetarización del tributo indígena, con lo cual se terminó de entender la encomienda como el usufructo de la mano de obra de los indios, pues ahora el pago podía conseguirse de la manera que quisieran los indios de le encomienda, sin que este pago significara una reducción en la recompensa que recibían los descendientes de los conquistadores.

Guerras civiles

Una vez terminado el proceso inicial de conquista y reparto de botines de guerra, y aún con el proceso de colonización en ciernes y gran parte del territorio por explorar y descubrir, se dieron una serie de acontecimientos que terminarían en guerras intestinas entre los mismos conquistadores en un primer momento, y entre los encomenderos y la Corona española en un segundo caso.

Las guerras civiles, como se le ha llamado a este conjunto de batallas dirigidas por españoles y en las cuales los indígenas no estuvieron aparte, ya sea para engrosar las filas de los bandos hispanos, o para ponerse del lado de la Corona española más delante, demostraron que el principal motor de los conquistadores era la obtención de riqueza, que sus alianzas iniciales fueron fácilmente traicionadas y que la Corona tuvo muchos problemas para establecer su autoridad en los territorios recién conquistados, problemas que se extenderán varias décadas y que se resolverán gracias tanto al genio militar de los enviados como a la capacidad de los mismos para establecer pactos y alianzas.

A lo largo de este punto veremos cómo la Corona, en su afán por hacerse del poder político y económico del virreinato, tendrá que ceder muchos beneficios inmediatos, sobre todo al otorgar indultos y encomiendas a diestra y siniestra para ganar adeptos a las causas realistas. Esto demuestra la importancia que tuvo la encomienda a mediados del siglo XVI, momento en le cual aun habían miles de españoles dispuestos a dar hasta sus vidas por el servicio personal de los indios.

Finalmente, aun cuando las victorias militares favorezcan a la Corona española, quedó en evidencia el débil papel del Estado colonial ya sea en el rol del Virrey o de la Audiencia, por más que figuras como la de Pedro de la Gasca hayan sido determinantes en el desarrollo de una futura administración virreinal. La Corona a su vez se preocupo de quitar paulatinamente los beneficios de la encomienda, a la vez que protegía mediante regulaciones a los indígenas, de acorde a la influyente prédica de Bartolomé de las Casas y también a las constantes preocupaciones por las denuncias de maltratos y despoblamiento que la real fuente de riqueza, los indígenas, sufrían en las primeras décadas de la colonia.

El debate de la encomienda no se resolverá más adelante por una ley proveniente de la metrópoli, sino por el desgaste interno de los mismos aristócratas peruleros ante nuevas formas de riqueza que ya se desarrollaban a partir de la década de 1550, bajo la figura del comercio

Las guerras entre los conquistadores

La primera acción de la Corona española para administrar el territorio conquistado fue dividir el territorio en dos líneas paralelas, formando la gobernación de Nueva Castilla (del grado 1º de latitud hasta el 14º, cerca de Pisco) y la de Nueva Toledo (del 14º al 25º, en Taltal, Chile), asignando la primera a Francisco Pizarro y la segunda a Diego de Almagro. Esta división, aparentemente arbitraria desde el punto de vista de la cartografía, trajo una serie de problemas principalmente para el nuevo gobernador de Nueva Toledo y su hueste, pues sus territorios asignados no eran por demás atractivos comparándolos a los asignados a su reciente compañero de conquista.

Pugnas entre los Pizarro y Almagro
Diego de Almagro ya había sido nombrado Teniente de Gobernador del Cuzco, y precisamente se dirigía hacia ese lugar para tomar posesión de su cargo, cuando Carlos V dividió el territorio en las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo en 1534. Según este nuevo ordenamiento, el territorio de Almagro comprendía toda la zona meridional del Perú y la aun inexplorada zona de Chile, de la que decían guardaba muchas riquezas. Quizá fue esa la razón para que el manchego no se levantase en armas inmediatamente ante el despojo de su cargo en la ciudad principal de los Incas, y acto seguido partió hacia el sur con su hueste en 1535. La exploración de los territorios de Nueva Toledo duró dos años y fue un completo fracaso, pues Almagro comprobó que allí no había riqueza metálica, que los indios araucanos eran sumamente rebeldes y violentos, y que la tierra era estéril. Esto provocó el malestar de Almagro y de su tropa que ya empezaba a amotinarse contra su líder, por lo cual se decidió tomar una acción que iniciaría el primer conflicto formal entre los españoles desde su llegada al Perú: tomar la ciudad del Cuzco.

Almagro llegó de improviso a dicha ciudad y tomó prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro, hermanos del conquistador, y luego consolidó su captura venciendo a Alonso de Alvarado y las huestes pizarristas que iban en socorro de los capturados el 12 de julio de 1537, en la llamada batalla de Abancay. Esta acción de Almagro no sólo significó un desacato al poder de la Corona, sino una ofensa directa al conquistador extremeño, cuya reacción fue por demás mesurada al convocar conversaciones, en octubre de 1537. Al ver que las negociaciones no serían fructíferas, decidieron las partes encargar la solución a un árbitro, el provincial de los mercedarios fray Francisco de Bobadilla. Mientras tanto, Almagro se trasladaba con su tropa y rehenes hasta Chincha fundando la villa de Almagro, lo cual se puede considerar otro acto de provocación dentro de la delicada situación, por lo cual el mercedario resolvió con celeridad y en noviembre de 1537 decidió que la ciudad del Cuzco pertenecía a la gobernación de Nueva Castilla y por ende a los pizarristas.

Este veredicto no dejó satisfecho a los almagristas, quienes regresaron a la sierra para acantonarse y defender la ciudad en pugna, tras cometer el error de dejar en libertad a Hernando Pizarro tras una espuria promesa de paz. Fue el mismo hermano del conquistador extremeño el que organizó las huestes comandadas por Pedro de Valdivia que se dirigieron al campo de las Salinas en Cuzco, donde se habían postrado los almagristas dirigidos por el teniente general Rodrigo Orgóñez. La batalla de las Salinas, el 6 de abril de 1538, se libró entre 1000 pizarristas y 700 almagristas, siendo estos últimos derrotados. Diego de Almagro fue capturado en su escondite de la fortaleza incaica de Sacsahuaman y se le abrió proceso por rebelión y desacato, tras lo cual y sin haberse dado sentencia, fue estrangulado en su propia celda el 8 de julio de 1538 por orden de Hernando Pizarro tras haberse corrido el rumor que un grupo de almagristas preparaban la liberación de su líder. Por estas acciones, Hernando Pizarro fue apresado en España a su retorno por orden del Consejo de Indias y sentenciado a 18 años de prisión en Medina del Campo, desde donde administró el patrimonio familiar.

Los almagristas buscaron venganza y se organizaron en Lima tras las figuras de Juan de Rada y de Diego de Almagro el Mozo (hijo del conquistador), y el 26 de junio de 1541 fueron tras el mismo Francisco Pizarro con la intención de asesinarlo en su domicilio, lo que consiguieron tras una cerrada defensa del otrora conquistador del Perú. Ante la ausencia de autoridad el mismo Almagro el Mozo asumió el cargo de gobernador del Perú, a sabiendas que la Corona había enviado a un juez visitador, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, con el objetivo de poner orden y justicia a los turbulentos territorios conquistados.

Insurrección de Almagro el Mozo y obra de Vaca de Castro

La proclamación de Diego de Almagro el Mozo como gobernador del Perú no contó con mucho apoyo ni siquiera para organizar un buen ejército que le hiciera frente a Vaca de Castro. La falta de apoyo inclusive de los vecinos de la ciudad de Lima lo obligó a salir de la misma y refugiarse en la sierra. Para entonces, la Corona consideraba a Almagro el Mozo un traidor y un tirano, pues se había adjudicado un poder que no le correspondía, y no contaba con título ni autorización del monarca para impartir justicia.

Cristóbal Vaca de Castro fue enviado por la Corona española con el objetivo de fiscalizar en un inicio a Francisco Pizarro, debido a las constantes denuncias de desórdenes y explotación que los conquistadores llevaban a cabo con los indígenas. También se le dio la orden que si Pizarro moría, él mismo debía ocupar el cargo de Gobernador del Perú, administrando la recolección del tributo y los límites entre las dos gobernaciones. Al llegar a tierras americanas, se enteró de la sublevación de Almagro el Mozo y procedió a entablar alianzas con los vecinos más notables y que acataran su autoridad. En realidad, considerando que las acciones tomadas por Diego de Almagro eran una afrenta directa a la Corona y al derecho de la época, no le fue difícil al licenciado hacerse de un ejército conformado por los personajes más hábiles y poderosos que habitaban el Perú.

Mientras tanto, Almagro el Mozo se había dirigido a Huamanga para recomponer sus fuerzas y luego al Cuzco, donde se acantonó. Vaca de Castro fue a Huaraz con las tropas de Alonso de Alvarado y de Perálvarez Holguín, y se empezó a dirigir paulatinamente hacia la sierra sur, para encontrarse cerca de Huamanga con las tropas de Almagro el Mozo que había dejado su reducto del Cuzco. La batalla del campo de Chupas entre Vaca de Castro y Almagro el Mozo se dio el 16 de setiembre de 1542, resultando vencedor el licenciado enviado por la Corona gracias a la habilidad de Francisco de Carbajal el "demonio de los Andes".

Almagro el Mozo huyó hacia el Cuzco, pero fue capturado en el camino y recluido en la casa de Hernando Pizarro. Desde allí se le acusó de intentar entablar una alianza descabellada con el líder rebelde Manco Inca y de tratar de sobornar a sus carceleros, lo que empeoró su situación. Finalmente fue sentenciado a muerte y degollado en dicha ciudad.

Vaca de Castro, flamante gobernador del Perú, dejó atrás los trabajos de pacificación y orden y se dedicó a realizar labores de desarrollo, como el mejoramiento de las vías de comunicación, reglamentar el abastecimiento de los tambos y fiscalizar el trabajo en las minas.

Consecuencias de la muerte de los conquistadores

Luego de una década de iniciada la conquista del Tahuantinsuyo, todos los líderes de la conquista han sido asesinados, ejecutados o apresados. Si bien en principio esta situación podría parecer en extremo beneficiosa para los intereses de la Corona española de controlar políticamente los territorios descubiertos, por el contrario devela más de un problema para la misma.

La falta de funcionarios leales a España ha sido uno de los primeros problemas que ha sido atendido por Carlos V, al tomar en cuenta que los conquistadores y los migrantes no necesariamente han sido movidos por intereses tan abstractos como la lealtad a la realeza o el interés de evangelizar a poblaciones no cristianas, ambos argumentos siempre repetidos por los españoles. El envío de personajes como el licenciado Vaca de Castro y luego los primeros virreyes se destinó a subsanar ese problema, que a la postre le causaría más de un dolor de cabeza a la Corona debido a los inconvenientes con los encomenderos.

La violenta situación que siguieron los años de la conquista estuvo marcada tanto por el inicio del levantamiento de Manco Inca en 1536 como por las pugnas dentro de las huestes españolas. Es muy significativo darse cuenta lo frágil que resultaba esa situación en que entre 1535 y 1537 el Cuzco fue hostigado dos veces, una por un líder indígena y la otra por uno de los líderes de la conquista. Aun así la situación colonial no feneció y siguió su curso en otros ámbitos como la administración de territorio, la desestructuración del mundo andino, la encomienda o los cambios en la economía. Esta violenta situación escapó de las manos de los mismos españoles quienes decidieron impartir justicia a diestra y siniestra, haciendo de jueces y verdugos, o usurpando poder y funciones. El fin de los conquistadores marca el fin de las pugnas por el poder a nivel de Estado, pero no por las pequeñas dotes de poder económico que muchos españoles se sentían merecedores, y que defenderían hasta con sus vidas. A la Corona las cosas no le serían más fáciles las décadas venideras, y le resultaría muy trabajoso establecer un poder virreinal en el antiguo territorio del Tahuantinsuyo debido justo a ese sector de encomenderos que, más bien que mal, permitieron gracias a la cuota de poder y orden que administraban que la empresa de la colonización no se desintegrara

La guerra de los encomenderos

Dentro de la necesidad de la Corona de imponer orden y establecer las bases de un nuevo virreinato, junto a las constantes prédicas de Bartolomé de las Casas en contra de los abusos de los encomenderos, se establecieron un conjunto de leyes llamadas las Leyes Nuevas en noviembre de 1542. Con ellas se establecía el virreinato del Perú, se creaba la figura del virrey para el Perú y se regulaba que las encomiendas sólo podían ser designadas por el rey y debían regresar a la Corona una vez muerto el encomendero. Para llevar a cabo la aplicación de las leyes, se nombró como primer virrey del Perú a Blasco Núñez Vela, quien salió de España en 1543.

Llegada y muerte del virrey Blasco Núñez Vela
El flamante virrey llegó a Lima el 15 de mayo de 1544, y como era de esperarse ya contaba con no pocos detractores entre los encomenderos quienes veían en la figura del representante de la Corona una amenaza directa a lo que ellos consideraban sus legítimos derechos. Además, la personalidad del Virrey y su intención por ejecutar a rajatabla las Leyes Nuevas le granjeó más enemigos entre los pizarristas, sobre todo luego de encarcelar a Vaca de Castro y dar muerte al factor Suárez de Carbajal, personaje muy cercano a los Pizarro.

Mientras esto sucedía, Gonzalo Pizarro -hermano menor de Francisco- y otros encomenderos, organizaron en Cuzco un levantamiento en contra de la aplicación de las Leyes Nuevas y de la investidura de Blasco Núñez Vela. Para entonces el ambiente enrarecido y la falta de tino del Virrey -quien incluso intentó trasladar la capital del virreinato a Trujillo- llevó a la Audiencia de Lima a destituir al mismo Blasco Núñez Vela y desterrarlo rumbo a España el 18 de setiembre de 1544, en una acción por demás inusitada. De esta manera, los oidores nombrados por el mismo Virrey se hicieron cargo del virreinato y suspendieron la aplicación de las Leyes Nuevas, esperando así aplacar los ánimos de los encomenderos reunidos en torno a Gonzalo Pizarro, quien llegó a Lima con su hueste en octubre. La Audiencia ordenó al menor de los Pizarro a deshacer su ejército y deponer las armas, pero Gonzalo, por el contrario, exigió que lo nombraran gobernador del Perú y para ello mandó a Francisco de Carbajal a entrar a Lima y amenazar con saqueos y desmanes. Ante la superioridad de fuerzas, los oidores nombraron el 23 de octubre a Gonzalo Pizarro como gobernador y capitán general del Perú.

Mientras Gonzalo Pizarro disponía de medidas para asegurar su gobernación, el destituido virrey lograba desembarcar en Paita y organizar un respetable ejército para recuperar su gobierno. Ambas tropas se enfrentaron en Añaquito el 18 de enero de 1546 resultando vencedor el menor de los Pizarro, mientras que la suerte del primer virrey que tuvo el Perú fue por demás dramática: fue degollado por el esclavo de Benito Suárez de Carbajal, hermano del factor asesinado por Núñez Vela.

Levantamiento de Diego Centeno y gobierno de Gonzalo Pizarro

Poco antes de la victoria de Añaquito, se informó a los pizarristas que un personaje leal a la Corona llamado Diego Centeno estaba preparando tomar la ciudad del Cuzco como afrenta a la usurpación de Gonzalo Pizarro. Sin embargo, sus intenciones fueron desbaratadas por Francisco de Carbajal, quien junto a los pizarristas del Cuzco pusieron orden en la meseta del Collao y en Charcas, derrotando a los realistas en Pocona en agosto de 1546. Diego Centeno logró salvarse gracias a que se escondió en una cueva, mientras que los líderes del levantamiento fueron ejecutados.

Con el flamante virreinato temporalmente pacificado, Gonzalo Pizarro dirigió descabellados planes para perpetuarse en el poder, entre los cuales se encontraba el casarse con su sobrina Francisca Pizarro, nieta de Huayna Cápac, con la finalidad de legitimar su cargo inclusive dentro de los pobladores andinos. También envió funcionarios a la Corona española para negociar la perpetuidad de la encomienda y la gobernación vitalicia para Gonzalo y un sucesor.

Sin embargo, la Corona no se cruzaría de brazos en su intención de controlar los territorios sudamericanos, pero esta vez elegiría con más tino al elegido para dicha tarea, que en este caso se trataría básicamente de un hombre de letras, antiguo rector de la Universidad de Salamanca y miembro del Consejo de la Inquisición, además de un hábil negociador y militar. Así, Carlos V encargó a Pedro de la Gasca a embarcarse al Perú en mayo de 1546.

El pacificador Pedro de la Gasca

Con el cargo de presidente de la Audiencia de Lima, Pedro de la Gasca tenía como objetivos pacificar el territorio peruano de manera pacífica en la medida de lo posible. Para ello haría valer sus dotes de negociador, las cuales demostró tempranamente al llegar en noviembre de 1546 a Panamá donde lo esperaba el pizarrista Pedro de Hinojosa, al cual le otorgó el perdón por los delitos cometidos además de grandes encomiendas de indios para él y sus seguidores, ante lo cual Hinojosa pasó al bando de los realistas.

Fue desde Panamá que La Gasca intentó utilizar la misma estrategia con Gonzalo Pizarro, pero sin éxito, pues el líder de los encomenderos negó los ofrecimientos de perdón del enviado de Carlos V. En cambio muchos otros encomenderos que en un inicio se habían alineado detrás del menor de los Pizarro, acogieron los jugosos ofrecimientos del pacificador, mientras que él mismo organizaba la formación de un ejército desde México, Panamá, y Cartagena de Indias. La primera flota salida de Panamá en junio de 1547 comandada por Lorenzo de Aldama no sólo consiguió la adhesión de las ciudades norteñas del virreinato, sino que consiguió llegar hasta el mismo puerto del Callao, debido a lo cual Gonzalo Pizarro debió abandonar la ciudad de Lima con destino a Arequipa.

Fue camino a esa ciudad que la suerte pareció darle la espalda a Pizarro, pues nuevamente Diego Centeno había organizado un levantamiento y logró tomar la ciudad del Cuzco. Ambos ejércitos chocaron en la llanura de Huarina el 20 de octubre de 1547, y gracias nuevamente al genio militar de Francisco de Carbajal, Centeno fue derrotado.

Pedro de la Gasca salió de Panamá, desembarcó en el puerto de Manta y se adentró en los andes, mientras ofrecía el perdón y encomiendas a todos los que se plegaran a su bando, incluyendo al mismo Pizarro. A su bando se unieron combatientes de Chile, Guatemala y personajes como Pedro de Valdivia, Benito Suárez de Carbajal y hasta Diego Centeno, logrando reunir un importante contingente comandado por el otrora pizarrista Pedro de Hinojosa. La superioridad numérica, logística y moral del bando del pacificador -que blandía la bandera real- los llevó a una fácil victoria en Jaquijahuana el 9 de abril de 1548, donde el derramamiento de sangre fue mínimo gracias a que la mayoría de los pizarristas se pasaron al bando de La Gasca, llegando a contarse sólo veinte los muertos en batalla.

Gonzalo Pizarro fue apresado, enjuiciado sumariamente junto a los líderes de la rebelión y decapitado -gracias a su condición de hidalgo-, mientras que Francisco de Carbajal -el "Demonio de los Andes"- fue sentenciado a la horca y posterior descuartizamiento, pena nada exagerada si se toma en cuenta que se le acusó de asesinar a más de 300 españoles. Al final fueron ejecutadas 48 personas, con lo cual se dio por finalizado el primer levantamiento de los encomenderos.

Levantamiento de Francisco Hernández Girón y ordenamiento del virreinato

La victoria de Pedro de la Gasca sobre Gonzalo Pizarro no resolvió por completo la situación en el virreinato. El ofrecimiento de encomiendas había superado largamente las posibilidades del pacificador de contentar a todos los que se habían pasado a su bando, por lo cual dividió las encomiendas existentes -que no pasaban las 150- en unas 218, pero siendo más de mil los beneficiados, entregó una suma de oro a los restantes. El 24 de agosto de 1548 se realizó el reparto en el Cuzco, generando mucho descontento entre los presentes, evidenciando que la situación estaba muy lejos de pacificarse.

Siguiendo las órdenes del Rey de España, Pedro de la Gasca empezó a realizar modificaciones y a dictar normas para el mejor funcionamiento de la administración virreinal, sobre todo en lo que al ordenamiento del sistema fiscal se refiere pues era éste una de las principales preocupaciones de la Corona. Así, mandó acuñar nuevas monedas, juntó la mayor cantidad de metal extraído de las minas de Potosí, estableció definitivamente una nueva Audiencia en Lima el 29 de abril de 1549, estableció el sistema de corregimientos para administrar justicia en las ciudades españolas, y se establecieron los límites del virreinato del Perú, el cual comprendería las gobernaciones de Nueva Castilla, Nueva Toledo, Quito, Río de San Juan, Popayán y del Río de la Plata. También veló por el bienestar de los indios encomendados, prohibiendo maltratos y explotaciones tanto en las minas como en el trabajo cotidiano, además de realizar la primera visita y tasa general de las encomiendas, con la finalidad de regular el pago del tributo de los indígenas a los encomenderos y de esta manera reducir su poder.

En el momento de regresar a la metrópoli, La Gasca sugirió al Rey una serie de medidas para el mejor funcionamiento del virreinato, entre las cuales resaltan la reorganización de los pueblos de indios en reducciones, medida llevada a cabo décadas después. El pacificador deja como legado un virreinato cuyo poder ya no descansa en los hombros de los conquistadores, sino en una aristocracia encomendera y en un aparato estatal cada vez más fuerte y articulado, además de establecer las bases para el buen funcionamiento de la república de indios, castigando los abusos pero sin darles la libertad lascasiana. Partió del puerto del Callao el 27 de enero de 1550, mientras que la Audiencia de Lima se hacía cargo del gobierno del virreinato del Perú hasta la llegada del nuevo virrey.

Antonio de Mendoza, saliente virrey de México, llegó al Callao el 12 de septiembre de 1551 para asumir el cargo en la ciudad de Lima. Su valiosa experiencia sólo duró 10 meses y la Audiencia se encargó de nuevo del gobierno del virreinato, pero para entonces dicha institución ya había intentado abolir el trabajo remunerado de los indígenas, disposición que se había mantenido sin aplicación ante el descontento latente entre los encomenderos. Esta situación enfureció a los encomenderos, que se unieron con los combatientes de las guerras contra Gonzalo Pizarro que no recibieron la prometida encomienda, quienes se organizaron en torno a la figura de Francisco Hernández Girón desde 1550. Luego de algunas revueltas en diversos puntos del virreinato, Hernández Girón se levantó en la ciudad del Cuzco -centro de oposición tradicionalista al poder real en el Perú- en noviembre de 1553 en lo que sería la rebelión más importante desde la de Gonzalo Pizarro.

Francisco Hernández Girón, combatiente del lado realista en las batallas de Añaquito y Jaquijahuana, fue nombrado capitán general y procurador por los vecinos peruleros de Cuzco, Huamanga y Arequipa, acto seguido reunió un ejército y se dirigió a la ciudad de Lima. Por otra parte la Audiencia, advertida de esta situación, organizó resistencia bajo el mando de Hernando de Santillán, y en la zona de Potosí se organizó el realista Alonso de Alvarado. Hernández Girón bajó hacia la costa por la zona de Cieneguilla hasta Pachacamac junto a 700 hombres, pero luego de algunas escaramuzas, se retiró hacia la costa sur. El avance de Alvarado junto a un poderoso ejército rindió sus frutos y se enfrentó a Hernández Girón en Chuquinga (Apurímac) el 21 de mayo de 1554, resultando vencedor el encomendero cuzqueño, quien se dirigió luego a la región del Collao.

Los combatientes derrotados en Chuquinga se acoplaron a las huestes de la Audiencia ahora reunida bajo el mando de Pablo de Meneses, quienes se dirigieron a la sierra central y avanzaron hacia la región del Collao encontrándose con las tropas de los encomenderos en la fortaleza incaica de Pucará. La superioridad militar de los realistas y las deserciones de los gironistas echaron la suerte de su líder el 8 de octubre de 1554, el cual emprendió fuga hacia la costa de Acarí, para ser luego capturado y remitido a Lima. Luego del juicio sumario fue condenado ser decapitado en la plaza mayor el 7 de diciembre de 1554.

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