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Érase una vez un país llamado Yugoslavia...'' Así se contará la historia a
las futuras generaciones si esta guerra no declarada de la OTAN contra
Belgrado se extiende por unos días más. Pero antes, se dirá: ``érase una vez
un pueblo sometido y rebelde al que se conocía como serbio''. Y la historia
contará que en el siglo XIV este pueblo luchó bravamente contra la invasión
otomana, pero perdió la batalla y su rey, la cabeza. Eso ocurrió en Kosovo,
el último bastión de la resistencia y cuna de la civilización serbia. Y se
contará que durante casi cinco siglos se les negó a los serbios el ejercicio
de los más elementales derechos, como practicar su fe abiertamente o
reivindicar su tierra y su cultura. Bajo el Islam, este pueblo cristiano
ortodoxo era poco más que paria, siervo de los turcos musulmanes, y de los
nuevos conversos a la fe del conquistador, los bosnios y albaneses. Pero eso
ocurrió en la Edad Media, se dirá con razón, cuando libertad era una palabra
que no frecuentaba la mente de quien quisiera permanecer vivo, en un mundo
en el que tanto la tierra como las personas que en ella habitaban eran
propiedad privada de los coronados.
En el siglo XIX, cuando el todopoderoso y temible Imperio Otomano ya no
era ni poderoso, ni temible, ni imperio, varios pueblos sometidos empiezan a
luchar por su independencia. En los Balcanes, esta parte del mundo donde,
según los europeos ilustrados de la época, terminaba la civilización y
comenzaba la barbarie, se hablaba de revolución, de restauración, de
soberanía. Griegos, serbios y búlgaros fueron seducidos por esta idea
moderna llamada nacionalismo. Y soñaron con la libertad, y lucharon por ella
y murieron por ella... y la conquistaron.
Sin embargo, la construcción de los nuevos estados se constituyó en otra
dura experiencia para los balcánicos. Divididos por el idioma, las creencias
y la cultura, pero sobre todo por una historia de conquistas que borró los
límites de su geografía humana, estos pueblos tuvieron que reconstruir sus
fronteras a base de fusil.
Más aguda se hizo esta edificación nacional puesto que otro imperio, el
austrohúngaro, mantenía como rehenes a millones de eslavos. Eslovenos,
croatas y bosnios recibieron armas y apoyo serbios para su liberación. A
base de sabotajes, asesinatos, y magnicidio se escribió la historia de la
Mano Negra, una verdadera resistencia civil contra la caduca dinastía de los
Habsburgos.
Miedosas de que aquellos exabruptos en los Balcanes se convirtieran en
ejemplo para rebeliones en sus propios feudos, las monarquías europeas
cerraron los ojos para las atrocidades cometidas por Viena contra los
nacionalistas serbios. Y no será la única vez que la Europa de la abundancia
preferirá no ver la herida abierta en los empobrecidos Balcanes
De batalla en batalla se llegará a conflictos de dimensiones mundiales.
De odio en odio se construirá una tierra donde la muerte cuando no desayuna,
almuerza. Desde principios de ese siglo, todos los intereses y desprecios
convergirán en Yugoslavia. Los de Rusia, que con su ideología paneslava,
siempre se solidarizó con sus hermanos del sur. Los de Italia, que con o sin
el fascismo, considera a las tierras allende Adriático como una especie de
patio trasero suyo. Los de Alemania, que asumió los dolores del viejo
imperio filogermánico. Los de Gran Bretaña, este imperio que agoniza desde
hace un siglo, pero que nunca muere. Los de Grecia, que piensa en Macedonia
como la oveja desviada que un día regresará al rebaño. Los de Turquía, que
mantiene su nariz puesta en Europa y no titubea en utilizar a sus ``hermanos
musulmanes'' como puente para sus intereses. Los de Estados Unidos... ¿qué
hacen allí?
Yugoslavia siempre ha sido una obra en construcción. Cuando se levanta
una pared, la otra cae. Le faltó siempre una base sólida, muchos dirán. No,
lo que le falta es un maestro constructor. Entre 1918 y 1941, apenas
sobrevivió una monarquía que no aprendió de la historia y repitió los
errores del pasado. Invadida por el Eje Nazifascista, Yugoslavia se debatió
entre el colaboracionismo y la resistencia. Nacía la mística de Josip Broz
Tito, un hombre que entendió que las divisiones entre los eslavos del sur
constituía su principal debilidad. Unirse contra las pretensiones
imperialistas fue su bandera. Sólo juntos seremos fuertes. Juntos, pero no
revueltos
La nueva Yugoslavia de Tito era multiétnica y socialista. Croacia,
Eslovenia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro gozaban de una
autonomía política casi total dentro de la federación. La muerte de Tito, en
1980, significó un nuevo parteaguas. Recobraron fuerza los rencores
guardados y las desconfianzas recíprocas nunca eliminadas. Kosovo fue la
primera mecha, en 1981.
Kosovo es una provincia de la república soberana de Serbia. Allí viven
comunidades musulmanas de origen albanés, que poco a poco ocuparon las
tierras tradicionales de los serbios ortodoxos. En 1981, los separatistas
del Ejército de Liberación de Kosovo iniciaron una guerra de guerrillas
contra las fuerzas serbias. El terror se instaló tanto en Pristina como en
las aldeas de la frontera con Albania. Huérfanos de una ideología
unificadora, el nacionalismo sustituyó al moribundo socialismo. Kosovo ocupó
el centro del discurso de un líder serbio ambicioso y sediento de poder:
Slobodan Milosevic. Él hablaba de acabar con las autonomías y de reconstruir
la Gran Serbia. La autonomía de Kosovo recibió el golpe de muerte en 1989.
Eslovenos, croatas, macedonios y bosnios temieron por su suerte y
proclamaron la independencia de sus países. Kosovo parecía un problema menor
y Milosevic usó toda su máquina de guerra contra Croacia y Bosnia. El mundo
poscomunista aún celebraba ``el fin de la historia'' cuando se vio
sorprendido por las noticias de masacres, campos de concentración, limpieza
étnica. Otra vez la "civilización" prefirió cerrar los ojos frente a la
``barbarie''
Érase una vez un presidente con cáncer terminal: Francois Mitterrand. Su
agonía encontró un espejo en Sarajevo sitiada. Abandonó París sin previo
aviso y desembarcó en el aeropuerto de la capital Bosnia, ocupado por
milicianos serbios. Detrás de Mitterand, un mar de camarógrafos y
periodistas estupefactos: Sarajevo era poco más que un montón de escombros.
Era el año 1994. Lo que nadie quería ver llegó a todos los rincones del
mundo. Occidente se indignó y con sus aviones y bombas construyó una paz
precaria. La guerra no la perdió Milosevic. Los derrotados fueron los
cientos de miles de muertos, heridos y desplazados que jamás volverían a sus
antiguos hogares. Milosevic se convirtió en víctima del diktat de las
grandes potencias. Los serbios, sin embargo, no tolerarían otra rebelión,
menos en Kosovo
En Pristina había un hombre a quien le decían ``el sabio'' porque pensaba
y escribía demasiado. Pensaba que la lucha por la autonomía de Kosovo no
debía darse en las trincheras, sino en una mesa de diálogo. En 1992, lo
eligieron "presidente'' en rebelión de la comunidad albanesa de Serbia, pero
la intolerancia terminó por conducir a Kosovo a un callejón sin salida.
Pidió la ayuda de Francia, Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña e Italia para
que Belgrado se dispusiera a negociar. En marzo de 1999 lo llevaron a
Rambouillet, lo obligaron a firmar un documento redactado en Washington,
pero que decidía el destino de su pueblo. Hoy trata de pensar y escribir
sobre el absurdo de una guerra que nunca estuvo en sus planes. Érase una vez
Ibrahim Rugova, escritor, quien sólo quería negociar una vida digna
La OTAN cumplió 50 años. Creada para contener la expansión del comunismo,
hasta ahora no se había metido en una guerra. Yugoslavia es su primer
ensayo, desastroso sin duda. La OTAN no declaró oficialmente la guerra,
porque su carta constitutiva sólo le faculta la acción para defender a sus
19 miembros en caso de agresión. Desde todos los puntos de vista, este
conflicto es ilegal. La ONU nunca avaló la intervención de la Alianza
Atlántica. A Milosevic le impusieron un ultimátum: o firmaba la paz
propuesta por Washington, concediendo autonomía a una de sus provincias, o
recibiría el castigo de los dioses. En este mundo globalizado, las
soberanías ¿qué?
Érase una vez una bomba inteligente. Un día le falló el cerebro de
microchips y cayó sobre un convoy de civiles kosovares que huían de una
guerra iniciada para protegerlos. Érase una vez otra bomba inteligente, que
debería caer sobre Belgrado pero aterrizó en Sofía. Se equivocó de país, se
equivocó de capital. Pese a la sucesión de "errores'" no habrá castigo. Las
Convenciones de Ginebra, que dictan las reglas de una guerra, no se aplican,
porque oficialmente no hay guerra. Así, todo se vale: bombardear puentes,
zonas industriales, canales de televisión, monumentos históricos, trenes,
autobuses y gente. Es una guerra cobarde, porque no se trata de una batalla
entre iguales. Es un conflicto entre un país en ruinas y 19 naciones armadas
con lo más moderno de la industria bélica. Pero podemos dormir tranquilos.
Los miles de refugiados, los cientos de muertos civiles, el hambre y el
miedo de millones de personas tienen un propósito noble: salvar de la
tragedia humanitaria a los desprotegidos kosovares.
Carlos Aquiles Guimarães
es periodista de origen brasileño especialista en asuntos internacionales
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